viernes, 29 de marzo de 2013

LA FUERZA DE LA SANTA CRUZ DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, POR SAN JUAN DAMASCENO

Jesús dijo, indicando que Él habría de morir crucificado: "Cuando Yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí". (Juan XII: 32)
 
Con motivo de ser Viernes Santo, nuestro pensamineto debe volverse hacia Jesús crucificado. Así, queremos compartir este bello y edificante sermón que San Juan Damasceno escribió sobre el poder de la Santa Cruz de Nuestro Señor, porque como dice San Pablo Apóstol, “El mensaje de la Cruz es una locura para los que se pierden, pero para los que se salvan —para nosotros— es fuerza de Dios” (I Corintios I: 18).

Desde TRADICIÓN CATÓLICA

San Juan Damasceno, Padre y Doctor de la Iglesia
 
La fuerza de la Cruz (San Juan Damasceno- Exposición de la fe ortodoxa, I14 11).

Todas las obras y milagros de Cristo son sobresalientes, divinos y admirables; pero lo más digno de admiración es su venerable cruz. Porque por ninguna otra causa se ha abolido la muerte, se ha extinguido el pecado del primer padre, se ha expoliado el Infierno, se nos ha entregado la resurrección, se nos ha concedido la fuerza de despreciar el mundo presente y la muerte misma, se ha enderezado nuestro regreso a la primitiva felicidad, se han abierto las puertas del Paraíso, se ha situado nuestra naturaleza junto a la diestra de Dios, y hemos sido hechos hijos y herederos suyos, no por ninguna otra causa — repito — más que por la cruz de nuestro Señor Jesucristo. La cruz ha garantizado todas estas cosas: todos los que fuimos bautizados en Cristo, dijo el Apóstol, fuimos bautizados en su muerte (Rm 6:3). Todos los que fuimos bautizados en Cristo nos revestimos de Cristo (Gal 3:27). Cristo es la virtud y la sabiduría de Dios (2 Cor 1:24).

Por tanto, la muerte de Cristo, es decir, la cruz, nos ha revestido de la auténtica sabiduría y potencia divina. El poder de Dios es la palabra de la cruz, porque por ésta se nos ha manifestado la potencia de Dios, es decir, la victoria sobre la muerte; y del mismo modo que los cuatro extremos de la cruz se pliegan y se encierran en la parte central, así lo elevado y lo profundo, lo largo y lo ancho, esto es, toda criatura visible e invisible, es abarcada por el poder de Dios.

La cruz se nos ha dado como señal en la frente al igual que a Israel la circuncisión, pues por ella los fieles nos diferenciamos de los infieles y nos damos a conocer a los demás. Es el escudo, el arma y el trofeo contra el demonio. Es el sello para que no nos alcance el ángel exterminador, como dice la Escritura (cfr. Ex 9:12). Es el instrumento para levantar a los que yacen, el apoyo de los que se mantienen en pie, el bastón de los débiles, la vara de los que son apacentados, la guía de los que se dan la vuelta hacia atrás, el punto final de los que avanzan, la salud del alma y del cuerpo, la que ahuyenta todos los males, la que acoge todos los bienes, la muerte del pecado, la planta de la resurrección, el árbol de la vida eterna.

Así, pues, ante este leño precioso y verdaderamente digno de veneración, en el que Cristo se ofreció como hostia por nosotros, debemos arrodillarnos para adorarlo, porque fue santificado por el contacto con el cuerpo y sangre santísimos del Señor. También hemos de obrar así con los clavos, la lanza, los vestidos y los sagrados lugares donde el Señor ha estado: el pesebre, la cueva, el Gólgota que nos ha traído la salvación, el sepulcro que nos ha donado la vida, Sión, fortaleza de la Iglesia, y otros lugares semejantes, según decía David, antepasado de Dios según la carne: entraremos en sus mansiones, adoraremos en el lugar donde estuvieron sus pies (Sal 131:7).

Las palabras que se exponen a continuación demuestran que David se refiere a la cruz: levántate, Señor, a tu descanso (Ibid., 8). La resurrección sigue a la cruz. Pues si entre las cosas queridas estimamos la casa, el lecho y el vestido, ¿cuánto más queridas serán para nosotros, entre las cosas de Dios y de nuestro Salvador, las que nos han procurado la salvación?

¡Adoremos la imagen de la preciosa y vivificante cruz, de cualquier materia que esté compuesta! Porque no veneramos el objeto material — ¡no suceda esto nunca! —, sino lo que representa: el símbolo de Cristo. Él mismo, refiriéndose a la cruz, advirtió a sus discípulos: entonces aparecerá la señal del Hijo del hombre en el cielo (Mt 24:30). Y, por eso, el ángel que anunciaba la Resurrección dijo a las mujeres: buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado (Mc 16:6). Y el Apóstol: nosotros anunciamos a Cristo crucificado (2 Cor 2:23). Hay muchos Cristos y muchos Jesús, pero uno solo es el crucificado. No dijo atravesado por la lanza, sino crucificado. Hay que adorar, por tanto, el símbolo de Cristo; donde se halle su señal, allí también se encontrará Él. Pero la materia con que esté construida la imagen de la cruz, aunque sea de oro o de piedras preciosas, no hay que adorarla después de que se destruya la figura. Adoramos todas las cosas consagradas a Dios para rendirle culto.

El árbol de la vida, el plantado por Dios en el Paraíso, prefiguró esta venerable cruz. Puesto que por el árbol apareció la muerte (Gn 2 y 3), convenía que por el árbol se nos diera la vida y la resurrección. Jacob, que fue el primero en adorar el extremo de la vara de José, designó la cruz, porque al bendecir a sus hijos con las manos asidas al bastón, delineó clarísimamente la señal de la cruz.

También la prefiguran la vara de Moisés, después de golpear el mar trazando la figura de la cruz, de salvar a Israel y de sumergir al Faraón; sus manos extendidas en forma de cruz y que pusieron en fuga a Amalec; el agua endulzada por el leño y la roca agrietada de la que fluía un manantial; la vara de Aarón, que sancionaba la dignidad de su jerarquía sacerdotal; la serpiente hecha, según la costumbre de los trofeos, sobre madera, como si estuviera muerta (aunque esta madera fue la que dio la salvación a los que con fe veían muerto al enemigo), como Cristo fue clavado con carne incapaz de pecado. El gran Moisés exclamó: veréis vuestra vida colgada en el leño ante vuestros ojos (Dt 28:66). E Isaías: todo el día extendí mis manos ante el pueblo que no cree y que me contradice (Is 15:2). ¡Ojalá los que adoramos la cruz participemos de Cristo crucificado!

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