domingo, 22 de septiembre de 2013

ALGUNAS DE LAS RAZONES POR LAS QUE RECHAZAMOS EL CONCILIO VATICANO II

«No querráis conformaros con este siglo», dice categóricamente San Pablo. (Rom 12, 2).
 
Estamos en el mundo pero no somos del mundo, esta es una verdad que el católico no debe jamás olvidar. El católico es un ciudadano del cielo, donde está su verdadera Patria.
 
Hoy en día se quiere quitar la barrera infranqueable entre Iglesia y Mundo, a tal punto de identificárselos mutuamente. No se quiere más esa separación, ese abismo inconmensurable que Nuestro Señor estableció entre El y el mundo; entendiendo por mundo las cosas de aquí abajo, y el apetito desordenado de todo lo efímero de esta tierra. Como si toda la realidad de la vida se agotara en este mundo, hasta hacer de la vida presente el único fin de nuestras vidas.
 
Desgraciadamente con el Concilio Vaticano II se quiso que la Iglesia asimile el mundo moderno, la civilización moderna; la Iglesia debía «aggionarse» (actualizarse) o adaptarse y para ello era necesario que la Iglesia se compenetrara con el mundo.  
 
El mismo Cardenal Ratzinger (encargado de velar por la doctrina y la Fe) declara que el problema del Concilio fue el de asimilar dos siglos de cultura liberal. ¿Qué son estos dos siglos de cultura liberal que la Iglesia quiere asimilar? Son los dos siglos transcurridos a partir de la llamada Revolución Francesa de 1789.
 
Así mismo, el Cardenal Suenens dice que el Concilio fué 1789 en la Iglesia. Con la llamada Revolución Francesa se inicia pública y oficialmente la implantación de la civilización moderna.
 
Para comprender en qué consiste la civilización moderna (el mundo moderno), es preciso remontar hasta el Renacimiento humanista, pues fue entonces cuando se gesto.
 
El Renacimiento fue el renacer (resurgir) del ideal de vida pagano. El principio de vida pagana estima que el hombre vive en la tierra para gozar.
 
Esto se opone categóricamente al principio de vida cristiano, que dice que el hombre vive en la tierra para merecer el cielo esto es, ganarse el cielo a través del sacrificio y de la abnegación.Con este ideal (principio) se forjó la Cristiandad nacida de la penetración del Evangelio en la vida de los pueblos. El Evangelio fue quién hizo la Europa Cristiana o Civilización Occidental. El Renacimiento se opone a esta concepción católica de la vida, dirige su mirada al hombre haciendo de él su objeto de contemplación y admiración. Esta concepción se refleja y se expresa en el arte, síntoma y reflejo del hombre y de la cultura. La Edad Media, la mal llamada «Edad Media» porque fué en realidad una cúspide y no un período obscuro e intermedio (obscurantista) de la historia como la leyenda negra nos ha hecho sentir y creer.
 
El renacimiento humanista se opuso al ideal de vida cristiano, al espíritu del Evangelio. La Civilización Cristiana se forjó en Europa gracias al gran Patriarca de Occidente, San Benito, quien con sus monjes civilizó a los pueblos bárbaros dándoles el ejemplo de vida cristiana y convirtiéndolos a la Fe del Evangelio, su famoso «Ora et Labora» (Ora y trabaja) hizo de sus monjes el más sólido ejemplo de la vida cristiana que se impregnó en el alma de esos pueblos bárbaros.
 
La edad media fue un verdadero apogeo del ideal de vida cristiana, no obstante las deficiencias inherentes a la condición humana. En todas partes se cuecen habas, dice el sabio refrán, faltas y errores siempre los hay como en todo lo humano. Pero eso no quita el alto valor cultural y civilizador de ese período que hoy se quiere borrar y hacer ver como algo detestable, como una época retrógrada, precisamente por haber sido la más católica, la más conforme a la Iglesia y a Dios.
 
Con el renacimiento se gestó la Ciudad del Hombre en contraposición a la Ciudad de Dios.
 
San Agustín con su profunda agudeza dejó establecido el antagonismo radical entre estas dos ciudades: «Dos amores fundaron dos ciudades: una terrestre, obra del amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la otra celestial, obra del amor a Dios hasta el desprecio de sí mismo. (De Civitate Dei, lib 14, cap. 28).
 
Las ideas del humanismo renacentista y su consabido naturalismo, fue socavando las mentes y preparando el camino a la Reforma Protestante, que fue una Revolución Religiosa que dividió a Europa hasta el día de hoy.
La Reforma (1517) produce en el orden teológico y religioso la escisión de la cristiandad la unidad religiosa en Europa sufrió su primer desgarramiento. El espíritu liberal y racionalista de la Reforma protestante, preparó a su vez la Revolución Francesa (1789). La mal llamada Revolución Francesa, pues fue en realidad una Revolución Mundial auspiciada por el Judaismo y la Masonería su instrumento. Así surgió esta revolución política, que con su trilogía: libertad, igualdad, fraternidad, instala oficialmente la civilización moderna de la cual todos desgraciadamente somos hijos. La famosa Declaración de los Derechos del Hombre en contraposición a los Derechos de Dios, es la carta magna de la civilización moderna, del mundo moderno implantado oficialmente con la Revolución Francesa o Revolución Mundial Judeo Masónica. Solo nuestra pertenencia a la Iglesia puede quitar y contrarrestar ese pesado lastre revolucionario y liberal del cual debemos liberarnos.
 
Hoy la jerarquía eclesiástica en su casi totalidad quiere asimilar esta cultura liberal y está empeñada en incorporar la civilización moderna a la Iglesia. Por ello fue necesario un Concilio como el Vaticano II, animado por un espíritu modernista que abriera las puertas a la Revolución. De aquí nace nuestro repudio a este espíritu de adulterio entre la Iglesia y el Mundo. Nuestra actitud no puede ser otra que el rechazo a tanta impiedad encubierta con el manto de una falsa piedad.
 
Nuestro deber no puede ser otro que el de permanecer firmes en la fe, la fe de siempre, la fe transmitida desde el origen, desde el principio hasta nuestros dias. Esta Fe que viene de los Apóstoles hasta hoy es la Tradición. Permanecer firmes en la fe, es así, permanecer fieles a la Tradición de la Iglesia hasta la consumación de los siglos.

+ Padre Basilio Méramo
Bogotá, Diciembre 8 de 1997

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