lunes, 17 de febrero de 2014

LA HUIDA DE LA SAGRADA FAMILIA A EGIPTO, SEGÚN FRANK DUFF

La Huida a Egipto

Seguramente el nombre de Frank Duff sea desconocido para los lectores. Él fue el fundador de la Legión de María, el grupo de apostolado seglar Católico más antiguo del mundo. En esta oportunidad, él diserta sobre la estancia de la Sagrada Familia en Egipto, mientras huían de Herodes. Aunque Frank Duff se muestra escéptico frente a los milagros que la tradición relata, presenta cómo pudo ser el itinerario que llevaron Jesús, María y José desde Belén hasta Egipto y de regreso.
  
LA HUIDA A EGIPTO
   
Por Frank Duff

El episodio de la huida de la Sagrada Familia a Egipto se halla narrado en el Evangelio de San Mateo. Los Magos habían venido a Belén a adorar al Rey Niño y a ofrendarle sus dones llenos de profundo significado. Advertidos de lo alto no cumplieron su promesa de regresar a Herodes, sino que se volvieron derecho a su país.
 
Ellos habían venido providencialmente a representar a los gentiles y nuestro Señor les pagó la visita, en esta forma: “Un Ángel del Señor se aparece en sueños a José, diciéndole: Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto, y estate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para acabar con El. José, levantándose, tomó consigo al niño y a su madre, de noche, y se refugió en Egipto” (Mt 2,13-14).
 
Las palabras son tan sencillas, pero el acontecimiento es extraordinario. ¿Por qué a Egipto? En primer lugar, había razones de carácter geográfico. Escapar al Norte era imposible. Hacia el Este significaba entrar en un interminable desierto que estaba por encima de sus fuerzas. El solo refugio de la jurisdicción de Herodes era Egipto. “Vengan de Egipto los magnates, Etiopía extienda sus manos a Dios”. (Salmo 67). Por eso aún sin mandato del ángel, ellos habrían escogido ese destino. La providencia de Dios utilizó las consideraciones humanas. Pero había razones más profundas para refugiarse en Egipto y habitar allí. Trataré de exponerlas.
 
En cuanto a la ruta precisa que siguieron, he consultado muchos libros y me parece que la mejor descripción de su itinerario es la que trae el Padre Eugene Hoade, franciscano, conocedor insigne de la Tierra Santa donde ha pasado la mayor parte de su vida.
 
Los santos refugiados comenzaron a moverse por el sur a través de las montañas de Hebrón, por senderos empinados y seguidos de precipicios, peligrosos hasta de día, sin rastro alguno en la oscuridad, no se diga en las circunstancias aquellas. Al amanecer miraron desde lo alto la llanura de los filisteos. Luego al occidente hacia Gaza, que está en el Mediterráneo. María de Agreda, una de las grandes visionarias, dice que permanecieron allí dos días para recuperarse de su tremendo cansancio. No es seguro pero es bastante probable que se juntaron a una caravana de Egipto.
 
En Bersabée comienza la tierra desolada que a poco se convierte en puro desierto, en un verdadero mar de arena. Solos o en caravana debieron, a partir de este momento observar una dirección precisa para poder descansar por la noche en ciertos lugares, que no podían ser otros que los indicados por la presencia de agua, o sea oasis.
 
La leyenda se ha ocupado de este viaje más que de otras situaciones de la vida de la Sagrada Familia. Nos cuenta una serie de milagros que vienen en socorro de estos perseguidos. Pero esto es alejarse completamente de la realidad. Ellos no operaron milagros por poderosos que eran para realizarlos. Más abajo esclarezco esta distinción. Ese viaje no fue una excursión pintoresca. Ellos soportaron todas las penalidades del camino como cualquier viajero, diferenciándose sólo en su equipaje más pobre.
 
De día el calor era intenso, produciendo torturas de sed y espejismos. De noche el frío era severo y dormían sobre una estera sin el conveniente abrigo. A lo largo de toda la ruta que se seguía a Egipto se encontraban huesos de animales muertos en el viaje. El más grande sufrimiento, se ha dicho, sentido por María y José fue el del temor, de un terrible temor. La sensibilidad de María lo convertía en pura agonía. Pero una emoción todavía más intolerable fue el percatarse de que su Hijo era ya objeto de odio y de persecución para muerte.
 
El divino Infante era defendido con gran solicitud de estos sufrimientos. Los cariñosos brazos matemos le acurrucaban protegiéndole del calor del día y del frío de la noche, y estaba bien alimentado por los pechos de su Madre.
 
No todo era desagradable. Se movían por un territorio que hablaba de recuerdos para una mente judía. Mil años antes, de acuerdo a la gran Alianza, Abrahán había tomado posesión simbólica de esa tierra para el otrora Pueblo elegido. Había sido atravesado por todos los antepasados de su raza. José, el predecesor de San José, había sido llevado por esos lugares como prisionero, vendido por sus hermanos por plata. Había estado destinado para llegar a ser poderoso en Egipto; y por él su padre Jacob y sus hermanos fueron a establecerse en Egipto. Y luego una multitud de inmigrantes les siguieron. José y Jacob murieron allí y luego de embalsamarlos los enterraron. Cientos de años más tarde Moisés y Aarón se levantarían y conducirían a su pueblo fuera de Egipto.
 
Ahora la Sagrada Familia estaba pasando por una región toda llena de asociaciones históricas. Aquella humilde jovencita con su Niño era el punto culminante de toda aquella historia. La mente de María estaría llena de ella, y ella y su esposo se habrían puesto a discutir sobre los diferentes papeles que cada lugar había desempeñado en el pasado. Más tarde este territorio iba a convertirse en la habitación de multitud de anacoretas, los Padres del Desierto.
 
Si tomamos un mapa para seguirles, aparecería su itinerario a lo largo del Mediterráneo desde Gaza al El Arish que antes se llamaba Rinocolura, que etimológicamente quiere decir “los sin narices”, que alude al castigo que sufrió aquella gente cuando les cortaron las narices. Marcaba la frontera entre el reino de Herodes y el Egipto romano. Por fin aquí estuvieron ya en seguro, pues se hallaban fuera de la jurisdicción de Herodes.
 
Luego avanzaron a Pelusio, cuyas ruinas están a 90 millas al oriente del actual Canal de Suez, y luego al sudoeste para entrar en el verde valle del Nilo; luego a través de Gosén donde vivieron en otro tiempo sus antepasados, y hacia Heliópolis.
 
Ciertas señales regionales grandemente deseadas se presentaron a la vista, y pronto estuvieron bajo la inspección legal. Dominando el panorama cerca de Giza, asomaron las Pirámides y la gran Esfinge. Esta, que tiene 189 pies de largo, y es el corte de una colina, ha sido el enigma de las edades, y se ha convertido en el signo mismo del misterio no revelado.
 
Su secreto no deja de tener cierta relación con el Todopoderoso a quien el plan divino le ha colocado ante ella en cumplimiento de la profecía: “He aquí que el Señor viene de Egipto. Y estremécense los ídolos egipcios ante El, y el corazón de Egipto se derrite en su interior” (Isaías 19, 1).

Da curiosidad pensar que de todas las estructuras hechas por el hombre que fueron el objeto de la admiración de la Sagrada Familia durante su estadía en la tierra, hayan quedado ahora sólo estas.

La mayor parte de los escritores antiguos han recalcado la caída al suelo de todos los ídolos de un templo vecino al paso de la Sagrada Familia por los arcos macizos de piedra de Heliópolis. Había una tradición entre los letrados de Egipto que databa desde la permanencia del profeta Jeremías en esa región, y que decía que vendría un Rey de los judíos y que entonces los ídolos serían destruidos.

En la época actual la opinión católica no apoya los numerosos milagros que escritores de otros tiempos atribuían a nuestro Señor durante su infancia. Por otra parte, el Evangelio describe Caná como el comienzo de sus milagros. Sin embargo creo que este episodio de los ídolos podría admitirse, porque no fue obrado directamente por la Sagrada Familia ni con el propósito de conveniencia propia.
 
Pasaron por Heliópolis a un lugar llamado Matarea que está a seis millas al norte del Cairo.

Fue allí donde María y José hicieron una habitación humilde. Muchos son de la opinión de que pronto se trasladaron al Cairo. Había una gran colonia judía en Leontópolis, a unas doce millas de Heliópolis, y no hay duda que debió haber ayudado a la Sagrada Familia, pues los judíos exilados se tenían un admirable sentido de compañerismo.

Matarea era una hermosa aldea con sombra de sicómoros. Aún ahora el vestigio de un gran sicómoro es señalado como el árbol de María por los guías musulmanes, pues afirman que María frecuentemente se protegía bajo el árbol en los días de abundante follaje. En Matarea está la única fuente de agua dulce que tiene Egipto, llamada hasta ahora la fuente de María, por haber bañado en ella María a su Niño y lavado su ropa.
 
La distancia desde la casa hasta este destino fue de trescientas millas, como he podido medirla en un mapa a escala. Diferentes autores dicen que emplearon en cubrirla quince días, pero esto parece representar una caminata demasiado rápida para aquellas circunstancias. No podían haber hecho sino entre veinte y treinta millas por día. Lo más exacto es que hicieron veinte días de viaje.

¿Cómo se mantuvieron en Egipto? San José ejercía naturalmente su oficio y sería la colonia judía la que le proporcionaba obras; María se habrá ganado la vida tejiendo a mano, ya que en ello era muy experta. Pero no falta quien afirma que pasaron un tiempo de hambruna y que María solía ir a respigar en los campos. En este caso nadie duda que su pobreza habría sido grande.

Se dice que fue durante esta permanencia en Egipto cuando María tejió la túnica inconsútil para su Hijo, la que iba creciendo con El.

La residencia en Egipto fue para ellos un cambio de medio que debió haber sido una cosa lo más drástica. Fuera del calor de todo el ceremonial judío, estimulado por la espera inmediata del Mesías, se vieron duramente transportados a la fría atmósfera del paganismo y de la idolatría. Muchos de los ídolos se hallaban habitados de espíritus malignos que daban tremendas demostraciones de su poder. Sin embargo la presencia de la colonia judía les debió haber ayudado a conservar su manera nacional de vida con sus ritos religiosos, incluso la celebración anual de la Pascua en la tierra misma donde se originó.

Pero aquí se dividen un tanto las opiniones de los historiadores. Orsini dice que en Heliópolis había un templo a Yahveh construido según las líneas del gran Templo del Monte Sión en Jerusalén. Esto no parece probable. Una mera colonia no está en capacidades para una construcción semejante ni para sostener a los sacerdotes ni el costoso ceremonial. Por otra parte el Padre Faber que era un investigador muy inteligente declara que no había ningún templo y probablemente ninguna sinagoga. Nos encontramos, pues, entre dos opiniones opuestas. ¿Por qué no una sinagoga? Pequeñas comunidades judías de cualquier parte tienen sus sinagogas. Es fácil ver la gran diferencia entre un templo y una sinagoga. El templo tiene su sacrificio; en cambio la sinagoga no es otra cosa que un simple lugar de reunión para el sábado y no precisa sino un local y un rabino, el cual no es sacerdote sino un expositor de la ley, y por lo mismo cualquier civil puede desempeñar este oficio de rabino. Esto nos hace asegurar que sinagoga sí había en el vecindario de la Sagrada Familia y que ésta solía acudir allí.
 
Pero esta familia no estaba en las mismas condiciones que cualquier otra exilada y privada de las gloriosas celebraciones del templo de Jerusalén. Esta pareja tenía una extraordinaria compensación en su exilio. Tenían a Jesús, y no les hacía falta ningún rito por significativo y bien elaborado que fuese. Frente a Jesús todo ello era sombra y figura. Todo el rico ceremonial de la Ley Antigua era solamente una indicación del Redentor, una anticipación de su venida y de su sacrificio salvador, y toda su eficacia provenía de esta venida. Por lo mismo se entiende que María y José lo tenían todo en el Divino Niño y que no les hacía falta ningún rito, como no hace falta ninguna señal al que conoce el camino.
 
Es cierto que la mente de María se pasaría pensando más asiduamente en las Escrituras, las que se hallaban ya visiblemente en proceso de cumplimiento. La inteligencia brillante de la Inmaculada Concepción sacaría vida de cada palabra de aquel texto Santo. Ella vería cosas que para otros estaban escondidas. Frases de las que otros ojos ni caerían en la cuenta serían para ella proféticas o simbólicas de aquel Niño encantador que ella besaba con ardiente amor o lo estrechaba contra su seno con temor, según los particulares aspectos de su contemplación. No dejaba de admirarse cada vez más hondamente de aquella espada de dolor predicha por el Santo Simeón en el sentido de que atravesaría su corazón. Su agonía le vendría a causa de Jesús, y así no ignoraba que les sobrevendrían terribles cosas a Jesús y a ella.

La genealogía de la raza humana que comenzó con Adán es precisamente su árbol de familia. Todos los fundadores de su pueblo son eslabones de la larga cadena que acababan en el último eslabón que ella estaba teniendo en sus brazos, aquella Prole que es el Nuevo Adán. Con reverencia considera la verdad de que ella es la Mujer profetizada en la Caída, como un destello de esperanza en medio de las tinieblas.

Por todas partes veía ella a los esclavos trabajando allí donde sus antepasados habían trabajado en la misma clase de tareas, mezclando la arcilla, haciendo ladrillos, edificando, cavando. Su amor se le iba tras ellos. En ellos veía a su propio pueblo. Y la Madre de todos los hombres los recibía en su maternal corazón.

¿Qué inconcebibles bendiciones debieron haber descendido en aquella tierra de refugio y hospitalidad durante la permanencia allí de la Sagrada Familia? María de Agreda dice que las personas que tomaban contacto con ellos se hacían Santos y Grandes.

¿Cuál sería el designio providencial de su visita a Egipto? Además de salvar la vida del Niño, debió haber habido un propósito dentro del plan de la salvación. Lo que se ve claro es la necesidad que tenía Jesús de ir al escenario de los orígenes del Pueblo de Dios para asimilárselos. El tenía que juntarse al Cuerpo místico de los comienzos. La sustancia tenía que añadirse a lo que fue sombra. Por así decirlo, tenía que tomar posesión del curso de todos sus antepasados o figuras, desde Abrahán en adelante, que habían sufrido ominosos períodos en Egipto.

En Egipto los Israelitas se hicieron realmente nación, fuera de los miles de pobres colonos que siguieron al patriarca José. En Egipto se soldaron en verdadero pueblo a fuerza de ser perseguidos.

La permanencia de Jesús allí debe haber tenido un sinnúmero de significados y de símbolos, que convergían en aquella profecía expresada siglos antes de que aquel Hijo viniera al mundo: “De Egipto llamé a mi Hijo” (Mateo 2,15).

¿Cuánto tiempo estuvo la Sagrada Familia en Egipto? El Padre Faber que coleccionó todas las opiniones dice que el tiempo de siete años era la creencia general. Nos coge de nuevo el que la erudición moderna rebaje este tiempo. El Padre Hoade opta por pocos meses. Roschini dice lo mismo, pero una reciente autoridad concede cuatro años.

A mi no me parece la opinión de los pocos meses. Toda la tradición y la idea cristiana general piensan en términos de un período mucho más largo, con el que están de acuerdo muchísimos escritos. Lo más aceptable es el tiempo de los cuatro años.

Llegó el fin de la estada. San Mateo nos informa: “En habiendo muerto Herodes, he aquí que un ángel del Señor se aparece en sueños a José en Egipto, y le dice: Levántate, y toma al niño y a la madre, y marcha a tierra de Israel, porque han muerto ya los que atentaban a la vida del niño” (Cap. 2, 19-21). Entonces con la misma prontitud con que hicieron la huida, se volvieron a su casa, dejando para siempre las Pirámides.

Se cree que el regreso fue por mar, por ser la forma más fácil y natural y porque ya no tenían por qué esconderse. Se habrían embarcado en Menfis y en dos días estarían en Alejandría. En otra embarcación habrían partido de Alejandría a Jamnia en cuatro días. Y finalmente se habrían encaminado por el pie del Monte Carmelo hasta Nazaret.

Su propósito fue ir a vivir en Belén, pero sabiendo que Arquelao, el hijo vicioso del cruel Herodes, estaba reinando en Judea, se dirigieron más bien a Galilea, donde reinaba Antipas, el otro hijo, y así se establecieron en Nazaret. Nuevamente esta elección entre Arquelao y Antipas era el instrumento de la Providencia. Porque la profecía decía: “El será llamado Nazareno” (San Mateo 2, 23).

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