lunes, 1 de septiembre de 2014

¿QUÉ TAN CATÓLICA FUE LA IGLESIA DEL VATICANO II EN TIEMPOS DE MONS. LEFEBVRE?

Conferencia dada por Mons. Marcel Lefebvre el 13 de Agosto de 1981 en Buenos Aires (Argentina).
     
EL PAPEL DE LA FRATERNIDAD SACERDOTAL SAN PÍO X EN EL SENO DE LA IGLESIA
    
Sabemos que se formulan muchas preguntes acerca de mi actitud en la Iglesia, de mi posición en la Iglesia. ¿Cuál es la actitud de Monseñor Lefebvre en la Iglesia Católica? ¿Cuál es la situación de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X en el seno de la Iglesia?
      
Pienso que encontrándome ante un auditorio selecto, ante un auditorio profundamente católico, profundamente cristiano, no me será necesario insistir sobre cuál fue la situación de la Iglesia hasta el Concilio Vaticano II. Se puede decir, de un modo general, que la Iglesia, los hombres de la iglesia, tal cual eran en tiempos del Papa Pío XII, a quien conocí personalmente cuando fui Delegado Apostólico para el Africa Francesa, eran muy distintos a los actuales. Tuve oportunidad de encontrarme frecuentemente con Pío XII, todos los años durante once años.
       
Puedo decir, de una manera general, que en las Congregaciones Romanas y en el Vaticano existía un sentido muy profundo de la fe católica. Se trabajaba, realmente, para el reinado de la Fe de Nuestro Señor Jesucristo y para el reinado social de Nuestro Señor Jesucristo, reinado sobre las personas, sobre las familias y sobre la sociedad.
     
Por supuesto, ustedes saben bien que desde hace cuatro siglos se han realizado grandes esfuerzos para luchar contra esa doctrina católica, contra esa Fe de la Iglesia, pero lo cierto es que cuando uno iba al Vaticano encontraba que la Fe Católica estaba viva en todas esas Congregaciones romanas y allí se encontraba un apoyo considerable, sobre todo para un obispo misionero como era yo.
     
En ese tiempo, si necesitábamos esclarecer nuestra fe sobre algún punto de la doctrina, era suficiente consultar a la Congregación del Santo Oficio para obtener una respuesta clara y precisa, conforme a la Fe de la Iglesia y a su magisterio. No había ninguna vacilación.
     
De la misma manera, para conocer qué clase de relaciones quería mantener el Vaticano entre la Santa Sede y las sociedades civiles era suficiente dirigirse a la Secretaría de Estado, que entonces tenía principios muy claros y muy precisos frente a los estados que no eran católicos, con relación a los estados enteramente católicos.
   
En todos estos dominios se experimentaba, entonces, la sabiduría secular de la Iglesia, de nuestra Santa Madre la Iglesia, como puede sentirse la sabiduría y la protección de la Santísima Virgen María hacia sus hijos. Cuando los principios de las relaciones entre el Vaticano y los estados estaban facilitados por la Fe Católica, no existían dificultades en lo que se refiere a las relaciones de los estados con la Iglesia.
     
Respecto de su misión de salvar las almas, cuando los estados eran católicos, la Santa Sede contaba con el apoyo de los jefes de estado, a quienes pedía que fuera Nuestro Señor Jesucristo quien reinara en la sociedad. Cuando los jefes de estado redactaban una constitución consignaban en el primer artículo que "la religión católica es la única reconocida oficialmente por el Estado". Así se cumplía lo que deseaba la Santa Sede: el reinado de Nuestro Señor Jesucristo para la salud de las almas, no para tener una influencia temporal en esos estados.
     
Cuando se trataba de estados que no eran católicos, por ejemplo el Senegal, en el cual estuve durante quince años como Arzobispo, sobre 3.500.000 habitantes había 3.000.000 de musulmanes y 500.000 animistas, de los cuales, felizmente, 100.000 se convirtieron a la fe católica. Eramos, por consiguiente, una pequeña minoría. ¿Y qué hacía la Iglesia en este caso? Enviaba sacerdotes obispos, religiosos y religiosas, hermanos de las Escuelas Cristianas, hermanos que se dedicaban a enseñar al pueblo, de manera que lentamente, seguramente, los que no creían en Nuestro Señor Jesucristo, se convirtieron a la Iglesia, se transformaran en cristianos, aún al precio de la sangre de esos predicadores. ¡Cuántos de estos misioneros enviados por la Iglesia en el curso de los siglos han sido masacrados, porque decían que Nuestro Señor Jesucristo debía ser el Rey de las personas, el Rey de la sociedad! A estos misioneros, la Iglesia los ha puesto en los altares y los ha considerado mártires.
    
De la misma manera, la Iglesia colocó en los altares muchos santos, santos Papas, santos obispos, santos sacerdotes, religiosos, religiosas, padres de familia, madres de familia, reyes, reinas, pobres. La Iglesia mostraba así, el ejemplo de estas personas que habían trabajado, cada una en su medio, que habían trabajado en el curso de su vida para santificarse por el reinado de Nuestro Señor Jesucristo y para establecer su reino en las almas. Todos estos reyes y reinas, que han, sido canonizados, nos dan un ejemplo extraordinario que bien podríamos adoptar en nuestros días.
   
¡Qué orgullosos podríamos estar de tener en nuestros días ejemplos de reyes de reinas, que vivieran como santos! ¡Qué ejemplos significarían para el mundo entero! Y esta postura la conservó la Iglesia hasta los tiempos de Pío XII.
     
Pero, desgraciadamente, debernos reconocer que algo ha cambiado en la Iglesia. Por supuesto que cuando digo la Iglesia tengo conciencia de que la Iglesia no puede cambiar, ya que la Iglesia será siempre eterna santa, universal, católica y apostólica. De manera que, cuando hablo de la Iglesia, se descuenta que no quiero atacar a la Iglesia. Tengo una inmensa veneración por la Iglesia y creo que sigo trabajando siempre para la Iglesia, como lo hice en tiempos de los Papas Pío XI y Pío XII. Pero no podemos dejar de reconocer que algo importante ha cambiado en la Iglesia.
    
Si nos remontamos hasta las primeras causas de la situación actual, si buscamos quién es el primer autor de estos cambios nos encontraremos con el primer enemigo, el gran enemigo de Nuestro Señor Jesucristo, su enemigo jurado, con Satanás mismo. El demonio luchó siempre contra Nuestro Señor Jesucristo y pudo pensar que triunfaba en el momento de la Crucifixión, en el momento del Calvario, pero allí también fue derrotado, por lo que siguió atacando al Cuerpo Místico de Cristo, a la Santa Iglesia Católica, y entonces, desde el principio y durante tres siglos hubo miles y miles de cristianos martirizados que dieron testimonio de la Fe, de su Fe en Nuestro Señor Jesucristo.
   
Después vinieron las herejías, los cismas, los ataques contra la Fe, las divisiones suscitadas por el demonio y así, desgraciadamente, millones de cristianos se separaron de la Iglesia.
    
Inventó también Satanás falsas religiones que hicieron imposible la conversión de pueblos enteros, dificultando así el trabajo de las misiones. Esa fue la obra del demonio durante quince siglos, podemos decir que hasta el momento de la Revolución Francesa.
     
Hasta esa época el demonio trabajaba como enemigo de la Iglesia, para destruir la Iglesia desde el exterior de la misma y así pudo sustraer a pueblos enteros del reinado de Nuestro Señor Jesucristo y llevarlos hasta las puertas del infierno. Después, para atacar con más seguridad a la Iglesia, que era defendida por sus hijos y gobernada por ésos que se llamaban lugartenientes de Nuestro Señor Jesucristo, por los príncipes católicos, Satanás atacó a los mismos gobiernos de los estados católicos y desató una persecución contra esos estados católicos, de resultas de la cual no hubo más estados católicos.
    
Los estados ateos, los estados que no profesaban ninguna religión, persiguieron a la Iglesia Católica, que fue atacada, entonces, por los mismos estados laicos que se habían convertido en estados anticatólicos. Esto constituyó un éxito considerable para Satán, en el interior de esos estados, de esas universidades, de esas escuelas en las cuales formó generaciones imbuidas de liberalismo, de modernismo, de ateísmo, de suerte que llegó el momento, para Satán, de apoderarse de esos estados. Todos los ambientes católicos terminaron por dejarse penetrar por ese clima.
   
El Papa San Pío X en su primera encíclica de 1904, dice textualmente: "De ahora en más el enemigo no está fuera de la Iglesia sino dentro de la Iglesia misma" y San Pío X designa los lugares donde se encuentra el enemigo: el enemigo está en los seminarios, el enemigo se infiltró en los seminarios, entre los profesores de los seminarios. Esto está claro: es San Pío X mismo quien lo dice.
     
Cincuenta años antes de este texto de San Pío X, el Papa Pío IX mostró a los obispos el plan de las sociedades secretas y pidió que se publicaran las actas de las sociedades secretas italianas. En estos documentos se puede leer: "De ahora en adelante penetraremos en las parroquias, en los obispados, y en los seminarios y tendremos así párrocos, obispos y cardenales que serán nuestros discípulos, y de estos cardenales esperamos tener un día un Papa, que estará imbuido de nuestras ideas y que no parecerá elegido por las Sociedades secretas, Así, el pueblo cristiano creerá seguir la tiara de Pedro y en su lugar nos seguirá a nosotros".
     
Cincuenta años después, este plan satánico se realiza, según las mismas palabras de San Pío X, y desde entonces, desde hace cincuenta años, en los cincuenta años siguientes, no sólo las sociedades secretas revelaron este plan y esta actividad, sino que la misma Santísima Virgen María en La Salette predijo que un día el enemigo subiría hasta los más altos puestos de la Iglesia.
      
Fui testigo, en particular, en una última sesión del Consejo preparatorio del Concilio (pues yo era miembro de la Comisión Central en la cual habla setenta cardenales y veinte obispos, entre los que me contaba como presidente de la Asamblea Episcopal del Africa Francesa) de una violenta discusión entre el Cardenal Bea y el Cardenal Ottaviani sobre el documento de la libertad religiosa. El Cardenal Ottaviani defendió la tesis tradicional de la Iglesia y el Cardenal Bea la tesis liberal. Estas dos tesis fueron sometidas a votación. Los cardenales votaron y nosotros comprobamos de acuerdo con los resultados, que ellos estaban divididos totalmente. Unos eran liberales y apoyaban al Cardenal Bea y otros eran conservadores y tradicionalistas y apoyaban al Cardenal Ottaviani. Así resultó de acuerdo con lo que hemos visto en el Concilio, que ganaron los liberales, No se puede negar. Fueron ellos quienes dominaron en el Concilio Vaticano II, desgraciadamente con el apoyo de Su Santidad(sic) Pablo VI.
      
Serían necesarias varias horas para poder mostrarles cómo los liberales dominaron durante el curso del Concilio Vaticano II. Para que ustedes puedan conocer ésta exactamente, por ustedes mismos, me parece oportuno aconsejarles la lectura de un libro del Padre Ralph Wiltgen "El Rin desemboca en el Tíber", que fue escrito originalmente en inglés y luego fue traducido a otros idiomas, francés, italiano y alemán, donde se muestra imparcialmente, ya que su autor no era un tradicionalista, la imagen del combate que se desarrolló en el Concilio.
       
No podemos olvidar que el Papa Juan XXIII pidió expresamente a los cardenales de la Curia Romana, que eran sin duda los más tradicionalistas, que no intervinieran en las discusiones del Concilio. De hecho, los cardenales romanos, aunque integraron las comisiones, ya no hablaron más. Esto fue un golpe muy duro para los grupos conservadores que se mantenían fieles a la tradición de la Iglesia Católica, que no eran innovadores, que no eran modernistas.
       
Yo les quiero dar sólo un ejemplo de lo que fue el Concilio: hicimos lo posible para que el Concilio Vaticano II condenara al comunismo. Siendo un "concilio pastoral" (no debemos olvidar que el Concilio Vaticano II fue un concilio pastoral), es decir, un concilio que tiene como preocupación principal la salvación de las almas, que tiene come objeto destruir los errores que amenazan a las almas, era necesario, sin dudas, que este Concilio se opusiera al peligro más grave que se presenta en esta época, como es el comunismo, un peligro que se extiende por todo el mundo.
   
Este Concilio, donde estaban reunidos 2.500 obispos responsables de la Iglesia Católica, ¡no fue capaz de condenar formalmente al comunismo!
     
Nosotros, por nuestra parte, hicimos todos los esfuerzos posibles para que se condenara al comunismo. Así logramos reunir 450 firmas para pedir esa condenación. Monseñor Sigaud y yo fuimos a ver a Monseñor Felici, el Secretario del Concilio, llevando en nuestras manos las firmas que habíamos reunido dentro del tiempo establecido de acuerdo con el Reglamento interno, a fin de que se propusiera esta condenación del comunismo a los padres conciliares. Cuando Monseñor Garrone, que era el relator del Concilio hizo referencia a este documento, dijo que tan sólo un obispo había presentado la posibilidad de que se condenase al comunismo, siendo que nosotros habíamos reunido 450 firmas. Él dijo: "Yo no he oído hablar de eso". Sabemos que Monseñor Glorieux, que era uno de los secretarios del Concilio, hizo desaparecer esta lista de firmas, de manera que nosotros no pudimos buscar otras para ser presentadas a los padres conciliares. Ante esta situación, pensamos dirigirnos a los cardenales y a los obispos de atrás de la cortina de hierro: el Cardenal Wyszynski, el Cardenal Beran y el Cardenal Slipyi que habían sido perseguidos por el comunismo, que habían estado presos. Creíamos que si conseguíamos el apoyo de estos tres cardenales, tal vez podríamos llegar a obtener cerca de mil firmas. Fuimos los dos entonces a ver al Cardenal Wyszynski, al Cardenal Beran y al Cardenal Slipyi. Habíamos preparado un proyecto con una redacción muy cuidada a cargo de Monseñor Carli, en la que se pedía a los padres conciliares la condenación del comunismo.
   
En primer lugar, fuimos a ver al Cardenal Beran, que en ese momento era arzobispo de Praga. El Cardenal Beran nos dijo: "Estoy totalmente de acuerdo con ustedes, quiero firmar el documento, pero no solo. Si firmo solo, los comunistas van a atacar a mi familia en Checoslovaquia. Quiero firmar, pero quiero que otros obispos, otros cardenales apoyen también esta posición. porque siendo muchos les será mucho más difícil atacarme". Finalmente, firmó y nosotros le prometimos que si ningún otro obispo firmaba la declaración le devolveríamos su firma. Luego nos dirigimos a ver al Cardenal Slipyi que vivía en el mismo Vaticano, detrás de la sacristía de San Pedro. Al dar con él y presentarlo el documento, nos dijo: "Estoy totalmente de acuerdo con ustedes. Si hay un error que debemos condenar es el comunismo. Ya saben cual es mi posición, pero yo soy un huésped del Vaticano y estoy seguro que allí, arriba (señalando la cúpula de San Pedro) no quieren que se condene al comunismo. Esto lo sé muy bien". Por último, fuimos a ver al Cardenal Wyszynski, y al no encontrarlo en sus habitaciones le hablé por teléfono. El Cardenal Wyszynski me dijo: "Monseñor, usted sabe cuál fue mi intervención sobre este punto en el Concilio. Yo pedí en el Concilio que se redactara un documento completo para condenar al comunismo y nadie me apoyó; mi proposición fue rechazada, y yo ya no quiero intervenir más". Entonces nos vimos obligados a devolver su firma al Cardenal Beran, arzobispo de Praga. Esta es la verdadera historia de este documento de condenación del comunismo que nunca fue aprobado por el Concilio. Este solo ejemplo muestra lo que fue el Concilio Vaticano II, un Concilio en el que estaban reunidos 2.500 padres que no se enfrentó el comunismo, el mayor enemigo de Dios, de la Iglesia, de todo principio espiritual. Un Concilio que actúa de esta manera se condena por sí solo.
      
No voy a insistir más acerca de todos aquellos hechos del Concilio, de este Concilio pastoral que produjo frutos sin duda desastrosos. Luego del Concilio, los liberales que habían triunfado completamente en él ocuparon todas las Comisiones que tenían a su cargo llevar adelante las reformas proclamadas. Todas las personas que dirigían esas comisiones, que eran las encargadas de llevar todo a la práctica, todas las Congregaciones estaban en manos de los modernistas y de los liberales. Aún actualmente, podemos decir, de una manera general, que las Congregaciones romanas están en manos de los modernistas y de los liberales que han sucedido a aquéllos que ya han muerto.
   
Habiendo mostrado cuál fue mi actitud, vuelvo entonces a las preguntas que hice al comenzar esta conferencia. ¿Se asombran ustedes de que alguien nos condene? Ahora que los jefes de las congregaciones romanas son aquellos liberales que triunfaron en el Concilio, es evidente que ellos tendrán como objetivo perseguir a todos los tradicionalistas.
     
Por ejemplo a mí, que he formado un seminario que ha sido aprobado regularmente por el Obispo de la diócesis del lugar (Mons. Francisco Charrière, Obispo de Ginebra-Lausana-Friburgo) y que ha sido constituido de acuerdo con todas las reglas canónicas. El hecho de que el seminario se haya desarrollado los ha inquietado y han preparado una especie de complot contra él y contra la Fraternidad que he fundado, un complot, en definitiva, contra nosotros, para llegar a suprimir la tradición de la Iglesia. Creo que esto no puede sorprender a nadie. Podemos afirmar que ellos no tienen enemigos a la izquierda, solamente tienen enemigos a la derecha.
    
Si yo les diera todos los detalles de este complot y de la forma en que se llegó a la condenación de mi seminario y de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, ustedes quedarían estupefactos. Les doy simplemente un detalle: Luego de la visita que realizaron al Seminario de Ecône, Suiza, dos monseñores enviados desde Roma, fui invitado por tres cardenales a esa ciudad para dar algunas informaciones complementarias. Esta reunión a la que fui invitado, no constituía de ninguna manera un juicio eclesiástico. Puede decirse que era, simplemente, una visita de cortesía.
     
Al comienzo de la entrevista, en la que estaban presentes el Cardenal Garrone, el Cardenal Wright y el Cardenal español Tavera, el Cardenal Garrone me preguntó: "Monseñor, ¿permite que grabemos esta conversación?" Yo les dije que sí, que podían grabarla, a condición de que después me dieran una copia de la misma. El me dijo: "Sí, por supuesto, se la daremos". Sin embargo, acabada la conferencia, cuando pedí la copia de la conversación me la negaron. Un segundo ejemplo que demuestra lo que fue esta entrevista con los cardenales romanos: Queriendo saber quién había nombrado a esos cardenales para entrevistarse conmigo, sí constituían una comisión, si se trataba de una iniciativa particular o era algo que había ordenado el Papa -y que yo no sabía nada, no tenía ningún documento, ninguna nota oficial y nunca se habla hecho nada parecido en el Vaticano-, me dirigí al Cardenal Staffa, que era el presidente de la Signatura Apostólica del Tribunal Romano, y allí presenté un recurso de queja. Pagué los derechos que se exigen en ese tribunal romano para poder presentar el reclamo y se me dio recibo.
     
Una vez que hice esto, el Cardenal Villot, que era Secretario de Estado en aquella época, escribió una carta de su puño y letra al Cardenal Staffa, prohibiéndole que me entregara ningún documento y ordenándole que clausurara inmediatamente el proceso. Vemos de esta manera, cómo el poder ejecutivo se inmiscuyó en la esfera del poder judicial. Algo que nunca habla sucedido en la Iglesia e impidió al Cardenal Staffa juzgar sobre mi querella. De tal manera que la Fraternidad, mis seminarios y yo mismo fuimos condenados sin proceso, sin juicio, sin documentos.
   
De hecho, debía cerrar mis seminarios, expulsar inmediatamente mis seminaristas, que cursaban sus estudios, a mitad de año, y después dispersar a todos los profesores. Ustedes comprenden que una situación como éste sólo puede atribuirse a la ocupación de la Iglesia, a la ocupación de la Iglesia por el modernismo que persigue a los tradicionalistas.
     
Recuerden ustedes la historia del Cardenal Mindszenty. La manera en que fue tratado este cardenal por el Vaticano puede considerarse innoble. El Cardenal Mindszenty, el héroe de su pueblo, que quiso permanecer durante largos años en la misma Hungría, encerrado en la embajada de Estados Unidos para estar cerca de su pueblo, fue tratado por las Congregaciones Romanas, por la Curia Romana, peor que por los soviéticos(1). Otro ejemplo es el del Cardenal Slipyi. Él mismo me dijo: "He sido peor tratado aquí, en Roma, que lo que lo fui en Ucrania".
      
Lo que el Papa Paulo VI intituló la "autodemolición de la Iglesia" no es otra cosa que lo que realizan los mismos obispos y sacerdotes dentro de la Iglesia Católica. Y yo no quiero contribuir a la demolición de la Iglesia.
       
Es triste lo que acabo de decirles, pero los cardenales que actualmente están en Roma, de los que ciertamente conocen bien los nombres, continúan esa nueva política, esa nueva actitud de la Iglesia, contraria a la tradición de Cristo. Ya sea por la liturgia, por la enseñanza, por el catecismo, por la política en general de la Iglesia frente a los estados y a las sociedades civiles, se ha impuesto una orientación completamente nueva. Todo ha cambiado en la Iglesia.
      
En la liturgia, resulta bien claro. Se han trastrocado, se han subvertido todos nuestros Sacramentos, todos los libros antiguos se han suprimido, y se han reemplazado por libros nuevos. No se trata de una reforma como la de San Pío V, que tuvo como objetivo despejar de la liturgia de la Misa los aportes hechos durante siglos que, precisamente, no estaban muy de acuerdo con la tradición. La reforma de San Pío X tuvo el mismo sentido: se quitaron elementos que se hablan adherido los años precedentes y que no eran muy conformes a la tradición, para volver a ella. Pero aquí se trata de la supresión de la tradición, de una nueva concepción de la Misa, concepción que es más protestante que católica, la cual estuvo avalada por la presencia de seis pastores protestantes que fueron llamados para transformar nuestra Misa.
   
Es una cosa nueva en el tratamiento de la Misa de la Santa Misa de siempre: Llamar a seis pastores protestantes para que vengan a cambiarla. Qué podían decir estos pastores protestantes cuando se les preguntó: "¿Qué queréis que cambiemos en la Misa? Pues alinear nuestra liturgia con la liturgia protestante". Este es el sentido del diálogo, del que tanto se habla: Una actitud muy grave que responde a un principio general, considerar a la religión de los otros tan verdadera como la nuestra. Por consiguiente, considerar que la religión Católica no es la única religión por la que uno puede salvarse, la única religión divina, fundada por Dios, fundada por Nuestro Señor Jesucristo, con una orientación perfectamente diferente a las otras, es inconcebible.
    
La Iglesia misma ha pedido a los Estados que no sean más Estados católicos, que supriman el primer artículo de sus Constituciones, que dice "la religión católica es la única religión reconocida por el Estado". Es la Santa Sede misma que ha pedido esto a los diferentes Estados, y es por eso que ya no hay más Estados católicos. Eso se acabó. Porque la Santa Sede desea que todas las religiones sean reconocidas igualmente en todos los Estados, que todas las religiones sean iguales para el Estado. Esta es una orientación completamente nueva de la Iglesia. Nunca la Iglesia ha aceptado, nunca la Iglesia ha tomado esta posición. La Iglesia nunca ha aceptado que se ponga en un pie de igualdad a Nuestro Señor Jesucristo con Buda, Lutero y todos esos fundadores de religiones falsas.
  
Desde el punto de vista político, lo sabéis bien, lo sabéis perfectamente, en casi todo el mundo los Obispados favorecen positivamente la revolución comunista y el socialismo. En Francia, la elección de Mitterand se debió en gran parte a los esfuerzos de los obispos y de los sacerdotes, que pidieron a los fieles que votaran al socialismo. Resultado: Tenemos cuatro ministros comunistas, y esto con el apoyo de obispos y clérigos. Es inimaginable. Roma no intervino para evitar que en Francia se constituyese este gobierno socialista. Un gobierno que es en los hechos, ateo militante, que va a monopolizar toda la enseñanza y que, por consiguiente, pondrá mano en todas las escuelas católicas.
   
Cuando tuve oportunidad de viajar a Méjico, en enero pasado, se publicó un documento del Episcopado mejicano en el cual se apoyaba expresamente la revolución de El Salvador, al punto de llegar a pedir a los católicos mejicanos que contribuyeran, ya sea con armas para ir a pelear contra el gobierno, ya con dinero para ayudar a la revolución, ¿A dónde vamos? ¿Qué Iglesia es ésta? Nos dicen: "Ustedes desobedecen". Pero ¿debemos obedecer? ¿Debemos obedecer a estos obispos? ¿Acaso estos obispos representan a la Iglesia?
    
Otro ejemplo, el cardenal Knox. Un cardenal que es, de hecho, sacrílego. Durante el Congreso Eucarístico de Melbourne (en ese momento yo estaba en Australia, aunque no asistí al Congreso), se realizó la llamada misa Kanguru. ¿Qué es una misa Kanguru? Hizo venir a la población primitiva, que vive en el interior de Australia, hombres vestidos de la manera que ustedes se imaginan, los cuales danzaron sobre la tarima que se había preparado para la Misa, junto al altar; bailaron sus danzas primitivas mientras se pronunciaban las palabras de la Consagración. Esto que hizo este hombre es un sacrilegio, y este hombre fue nombrado Prefecto de la Congregación del Culto. ¿Qué es lo que puede hacer este hombre al frente de tal Congregación?
  
El Cardenal Casaroli, actual Secretario de Estado, se encuentra en la lista de la logia masónica P-2 que publican los periódicos. No soy yo quien lo dice, son los periódicos italianos.
  
Cómo puede concebirse que la Iglesia continúe su tarea de santificación por intermedio de estos hombres. Mientras ellos estén a la cabeza de la Iglesia, los tradicionalistas seremos siempre perseguidos, y la Iglesia continuará su autodemolición.
  
Concluyo. Por nuestra parte, nosotros ya hemos elegido y esta elección no la cambiaremos. Queremos seguir en la Iglesia de siempre. Queremos permanecer fieles a los 250 Papas que han defendido la tradición y la fe católica. Queremos continuar el sacerdocio de la Iglesia y es por eso que seguiremos ordenando sacerdotes, a pesar de la prohibición de Roma. Queremos ordenar verdaderos sacerdotes para que ellos puedan continuar rezando la verdadera Misa, por todo el mundo y a lo largo de la historia. Esto es indispensable.
   
Yo he tenido la dicha de ordenar ya más de 100 jóvenes sacerdotes, miembros de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. En el próximo mes de octubre contaremos con 270 seminaristas, seminaristas que pertenecen a los cinco seminarios que han sido fundados solamente en el curso de diez años. Ustedes saben que actualmente hemos comenzado las obras de un seminario aquí, en la República Argentina, a 40 kilómetros de Buenos Aires, en la localidad de La Reja, donde ya contamos con veinte vocaciones, sin contar a los seminaristas que habiendo hecho el año de espiritualidad en el Seminario de Argentina, hoy prosiguen sus estudios en Ecône (Suiza), en Albano (Italia) o los que teniendo vocación monástico lo hacen en Bédoin y Saint Michel en Brenne (Francia).
  
Nosotros ya hemos hecho nuestra elección, no la cambiaremos porque queremos ser y queremos morir católicos.
  
NOTA:
  
(1) El Cardenal Mindszenty dejó Hungría, después de sufrir presiones vaticanas para que así lo hiciera. Calificó este alejamiento como la cruz más pesada de su vida. Posteriormente al cumplirse los 25 amos de su inicua condena por los comunistas, Pablo VI lo depuso de su sede arzobispal.

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