jueves, 16 de octubre de 2014

HENRI DE LUBAC, SU CONDENA Y "REHABILITACIÓN"

Tomado de PRECURSORES Y PERITOS DEL CONCILIO O DE LA PRECIOSA CONTRIBUCIÓN AL VATICANO II DE TEÓLOGOS CONDENADOS, publicado por Bernardinus en SI SI NO NO, nums. 420-422, verano de 2012.

La condena y la “rehabilitación”
 
Henri de Lubac, perito del Concliliábulo
 
Nació [Henri de Lubac] en Cambrai, en 1896 (15 años después de Teilhard de Chardin). Se hizo jesuita en 1913 (14 años después de Teilhard) y enseñó teología en el escolasticado de Lyon-Fourvière desde 1929 a 1950 (año en que fue apartado de la enseñanza luego de la condena del neomodernismo, o nouvelle théologie, por parte de la encíclica Humani Generis de Pío XII).

Pío XII imputó a la “neoteología”, uno de cuyos mayores exponentes era De Lubac después de Teilhard, los cargos de “relativismo dogmático, historicismo, indiferencia para con las esencias inmutables y abandono de la filosofía escolástica”. Mientras que para Teilhard hubo que esperar a Pablo VI y, sobre todo, a Juan Pablo II, De Lubac fue rehabilitado ya por Juan XXIII, quien lo invitó al Concilio Vaticano II y lo readmitió en la docencia. El propio De Lubac escribe lo siguiente del Papa Roncalli: «Al nuevo Papa (....) le disgustaba lo que había ocurrido en tiempos de la Humani Generis (...) Leí en la “Croix” (...) la lista de los teólogos elegidos por el Papa como consultores de la Comisión Teológica Preparatoria del Concilio. Mi nombre figuraba en ella, así como el del padre Congar. Eran dos nombres simbólicos. No cabe duda de que Juan XXIII había querido así hacer comprender a todos que debían olvidarse las “dificultades” surgidas en el pontificado precedente» (10).

De Lubac formó pareja en el Concilio con Monseñor Karol Wojtyla en la preparación de la constitución dogmática Gaudium et Spes, toda embebida de teilhardismo (cf. su no 22: «El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre») y de confusión entre el orden natural y el sobrenatural (al estar unido todo hombre a Cristo por el mero hecho de la encarnación, tiene de por sí la gracia santificante, que lo eleva al orden sobrenatural), una confusión propia de De Lubac y que Juan Pablo II asumió en sus tres primeras encíclicas (citadas más arriba). El Papa Wojtyla lo creó cardenal en 1983, dos años después de haber rehabilitado a Teilhard pública y oficialmente. Ya Pablo VI, por su parte, había insistido en que De Lubac hablara de Teilhard de Chardin en la clausura del congreso tomista de 1963 (11), mientras que cuando era arzobispo de Milán, en 1962, le había dado las gracias por su obra sobre Teilhard (El pensamiento religioso del padre Teilhard de Chardin, 1961), y antes aún, cuando no pasaba de ser un mero monseñor de la curia romana, lo había sostenido después de la condena de la Humani Generis en 1950 (12).

Muerto De Lubac en París, el 4 de septiembre de 1991, Juan Pablo II “canonizó” su pensamiento teológico con dos telegramas de condolencia (que L’Osservatore Romano del 5 de septiembre publicó en su primera página) en los que se definía a De Lubac como «uno de los teólogos más agudos y fecundos de nuestro siglo”. L’Avvenire, el diario de la CEI [Conferencia Episcopal Italiana], comentaba también el mismo día y en primera página: «durante la primera postguerra se dudó de la ortodoxia de sus intuiciones, fuertemente innovadoras; en realidad, sus ideas constituyeron más tarde una de las bases más sólidas del Vaticano II».

Visto esto, no se alcanza a ver qué “hermenéutica de la continuidad”, entendida de manera realista, puede darse entre la Tradición (que Pío XII corroboró en la Humani Generis) y el Vaticano II (que se basa en De Lubac, condenado por Pío XII en 1950). Solo la dialéctica contradictoria de Hegel (tesis, antítesis y síntesis) y el historicismo hermenéutico de Dilthey, Schleiermacher y Gadamer, el cual lo enlaza todo cronológicamente, aun los contrarios, logran conciliar la Tradición y el Vaticano II en cuanto sometidos al tiempo, que lo une y engloba todo.

La ruptura con la Tradición
«De Lubac -escribe Ardusso- estudió con simpatía y defendió constantemente (...) a un autor que procuraba tender puentes entre la fe y la ciencia: Teilhard de Chardin. Teilhard brinda a De Lubac la ocasión de ahondar en la dimensión cósmica del cristianismo» (13). Ahora bien, Teilhard fue condenado desde 1926, bajo el pontificado de Pío XI, hasta 1963, con Roncalli por Papa; es decir, hasta un año después de comenzado el Concilio. Más aún, la última condena se verificó precisamente cuando De Lubac ejercía de “perito” conciliar en virtud de un nombramiento de Juan XXIII (recuérdese que De Lubac se fundaba en las teorías de Teilhard, que habían sido condenadas por el Santo Oficio, cuyo prefecto ora el propio pontífice). Aquí se hace patente la contradicción, la ruptura que media entre, por un lado, un canon infalible del Concilio Vaticano I (14), San Pío X y Pío XII, y, por el otro, el Concilio Vaticano II.

En efecto, el error principal de De Lubac estriba en la confusión entre el orden natural y el sobrenatural, según la cual la gracia se le debe a la naturaleza humana, un error que había sido ya condenado, dogmática e infaliblemente, durante unos mil quinientos años seguidos: lo fue, como naturalismo pelagiano, por el Concilio de Cartago en el año 418 (Denz. B., 101 y ss.), y también por el Concilio II de Orange en el 529 (Denz. B., 174 y ss.); como falsa concepción protestante de la justificación, por el Concilio Tridentino (Denz. B., 1786, 1798, 1891, 1914), y luego, como modernismo, por San Pío X en la encíclica Pascendi (1907). «Se trata (...) del viejo error que le concede a la naturaleza humana un como derecho al orden sobrenatural (...) Por eso el Concilio Vaticano I declaró: “Si alguno dijere que el hombre no puede ser levantado por Dios a un conocimiento y perfección sobrenaturales, sino que por sí mismo, mediante un progreso continuado, puede al fin y debe llegar a la posesión de toda verdad y de todo bien, sea anatema” (De Revelationes, canon III)». Dicho error fue condenado finalmente, como neomodernismo, por Pío XII (Humani Generis, en 1950). En efecto, escribe el Papa lo siguiente, refiriéndose implícitamente a De Lubac: «Algunos deforman la verdadera noción de la gratuidad del orden sobrenatural cuando pretenden que Dios no puede crear seres inteligentes sin ordenarlos y llamarlos a la visión beatífica».

De Lubac, pues, repitió tal error, que había sido anatematizado infaliblemente, desde el 418 a 1870, por varios concilios dogmáticos, el último de los cuales fue el Vaticano I; y lo que es más, hizo de él su caballo de batalla a pesar de que Pío XII lo había vuelto a condenar en 1950, sólo diez años antes de su “rehabilitación”.

El cardenal Pietro Parente escribía en la década de los cincuenta: «Se manifiesta en estos últimos tiempos la tendencia de algunos teólogos a hacer de lo sobrenatural un desarrollo necesario de la naturaleza, con lo que eliminan la distinción entitativa entre los dos órdenes (cf. De Lubac, Surnaturel, París, ed. Aubier, 1946). Pío XII identifica y deplora tal tendencia en la encíclica Humani Generis (1950)» (15). Este error lo había vuelto a sostener Maurice Blondel en 1893, después del Vaticano I. De Lubac lo asumió ya en 1941 y lo dio al público en 1946 (16); de ahí que fuera una «opinión difundida la de que el texto de la Humani Generis se dirigía contra De Lubac y sus amigos [Daniélou, Congar, Chenu, Rahner], además de contra Teilhard de Chardin» (17). Según el cardenal Giuseppe Siri, De Lubac «afirmaba que el orden sobrenatural está implicado necesariamente en el natural. De este concepto se sigue necesariamente que el don del orden sobrenatural no es gratuito, sino que se le debe a la naturaleza. Entonces, una vez excluida la gratuidad del orden sobrenatural, la naturaleza se identifica con lo sobrenatural por el mero hecho de existir» (18).

El “viraje antropológico”
Dice asimismo el cardenal Siri que De Lubac abre paso «al antropocentrismo fundamental (...) A una especie de monismo cósmico, a un idealismo antropocéntrico» (19). Con todo, mientras Siri condena, con razón, el pensamiento de De Lubac como antropocentrismo panteísta, Juan Pablo II lo exalta diciendo que acaso sea el punto más importante del Vaticano II, el cual logró hacer coincidir teocentrismo y antropocentrismo (Dives in Misericordia, no 1), lo que equivale a decir que Dios y el hombre son la misma cosa, el mismo punto central en torno al cual gira el mundo, igual que la circunferencia da vueltas en derredor de su centro: es el panteísmo o pancristismo de derivación teilhardiana.

Así, pues, el viraje antropológico no es cosa sólo de Karl Rahner, Congar, Metz, Küng y Schillebeeckx (20), es decir, de la corriente “progresista” de los peritos conciliares, tributaria de la nouvelle théologie y cuyo órgano de expresión era la revista Concilium, sino, además, de los denominados teólogos “conservadores” de dicha nouvelle théologie (De Lubac, Daniélou, Balthasar, Chenu y Joseph Ratzinger) cuyo órgano de expresión ha sido la revista Communio. Esta corriente “conservadora” se halla representada hoy en Italia por el cardenal Angelo Scola, Monseñor Rino Fisichella y Monseñor Luigi Negri, cercanos al movimiento Comunión y Liberación, fundado por el sacerdote Luigi Giussani.

De hecho, no se dan diferencias esenciales entre estas dos corrientes: su sustancia es el pancristismo, el antropocentrismo y la confusión entre la naturaleza y la gracia; mas, tocante al modo de expresar tales errores, hay una diferencia accidental entre ellas: un modo más radical en la primera, más pacato en la segunda.

Hacia la apostasía completa
El padre Réginald Garrigou-Lagrange escribía a propósito de De Lubac: «No parece que el padre De Lubac mantenga la verdadera noción de la naturaleza humana; se diría que ésta no tiene ya límite alguno (...). No se logra comprender dónde termina lo natural y comienza lo sobrenatural, dónde acaba la naturaleza y empieza la gracia» (21). De ahí que, cargado de razón, concluyera aseverando: «¿A dónde va la nueva teología? Vuelve al modernismo» (22). San Pío X calificó al modernismo en la Pascendi de «cloaca y colector de todas las herejías». Ahora bien, ¿cómo es posible que se dé continuidad entre la Tradición y el neomodernismo, “cloaca y colector de todas las herejías”? Repugna. Solo dialécticamente (Hegel) y hermenéuticamente (Gadamer) se puede ver una continuidad “filosófica” entre los contrarios, esto es, entre el preconcilio y el Concilio Vaticano II, mientras que realista y dogmáticamente constituye una “quimera”, un “círculo cuadrado”. Con razón Garrigou-Lagrange calificó a la nouvelle théologie con mayor severidad que al modernismo: aquélla seria “incluso más que una herejía: sería la apostasía completa»(23).
 
NOTAS
10 H. De Lubac, Memorias relativas a las circunstancias que motivaron mis escritos, Namur, ed. Culture et Verité, 1980, pp. 117-118.
11 Cf. H. U. Von Balthasar, El padre Henri de Lubac. La tradición, fuente de renovación, Milán, ed. Jaca Book, 1978, pp. 20-23.
12 Cf. H. De Lubac, Memorias relativas a las circunstancias que motivaron mis escritos, Namur, ed. Culture et Verité, 1980, p. 77.
13 Ardusso, Ferretti, Pastore y Perrone, La teología contemporánea, Turín, ed. Marietti, 1980, p. 327.
14 De Revelatione, canon III.
15 Diccionario de teología dogmática, Roma, ed. Studium, 4a edición, 1957, voz “sobrenatural”.
16 B. Mondin, Los grandes teólogos del siglo XX, pp. 229-230.
17 A. Russo, Henri de Lubac: teología y dogma en la historia. El influjo de Blondel, Roma, ed. Studium, 1990, p. 370.
18 Getsemaní, Roma, ed. Fraternità della SS. Vergine Maña, 1980, 2a edición, p. 54.
19 Getsemaní, cit., pp. 56 y 58.
20 Cf. C. Fabro, La aventura de la teología progresista, Milán, ed. Rusconi, 1974; Id., El viraje antropológico de Karl Rahner, Milán, ed. Rusconi, 1974.
21 La inmutabilidad de las formulas dogmáticas, en Angelicum, no 24, 1947. 22 La nueva teología, ¿a dónde va?, en Angelicum, no 23, 1946, p. 137.
23 Verdad e inmutabilidad del dogma, en Angelicum, no 24, 1947, pág. 137.

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