sábado, 1 de noviembre de 2014

SUFRAGIOS CON QUE PUEDEN SER AYUDADAS LAS ALMAS DEL PURGATORIO

   
Primeramente, celebrar o hacer celebrar y oír el santo sacrificio de la Misa, que no es necesario que sea de Réquiem para que sirva de sufragio a las almas. Procuren, pues, los reverendos sacerdotes celebrarla con toda devoción, suplicando al Señor que por este medio apague el fuego del purgatorio; los seglares procuren hacerlas celebrar, o a lo menos oírlas devotamente.
  
Refiérese en el tomo tercero de los Anales de Boverio que nuestro Señor reveló a un religioso capuchino las penas del purgatorio, y mirando afligido las que padecían aquellas benditas almas, vio entrar dos ángeles en aquel estanque de fuego: el uno llevaba un vaso preciosísimo lleno de la sangre de Cristo nuestro Señor, que se había ofrecido en el altar por aquéllas; el otro tenía un hisopo en la mano, con el cual iba tomando de aquella preciosísima sangre e iba rociando a las benditas almas que allí padecían; cuantas recibían alguna gota de aquel divino licor quedaban a punto limpias, puras y más resplandecientes que el sol; indicando con ello el Señor cuán eficaz sea el sacrificio de la Misa para librar de aquellas penas a las almas. Añádase a esto la sagrada Comunión y la recepción de los demás Sacramentos, pues que todos son fuentes perennes de gracia y de salud espiritual.
  
Lo Segundo, la oración, ora sea puramente mental, ora vocal ayudada de la mental: la primera porque además de ser impetratoria, que es propio de toda oración y quiere decir que es hábil y a propósito para alcanzar favores y gracias en beneficio del que la hace y de las personas por quienes se hace, participa también de la razón de obra satisfactoria por la mortificación de estar postrado, doblado y otras penalidades que entienden los que de veras quieren tener este género de mortificación. La segunda, que será más afectuosa cuando fuere más acompañada de la mental, esto es, la intención recta y atención devota a lo que se rece, consiste en rezar el Rosario a la Santísima Virgen, el Oficio de difuntos, los Salmos penitenciales y otra cualquier devoción, con tal que sea aprobada por la Santa Iglesia. El que no entiende los salmos rece el Rosario, porque entendiendo lo que reza, tendrá más devoción.
   
Lo Tercero, las obras penales, que son satisfactorias, esto es, que son proporcionadas para hacer penitencia y dar satisfacción por nuestras culpas a la Majestad divina. Tales son: el ayuno, limosna, disciplinarse, cilicio, besar la cruz, estarse con la cruz, y todo género de cristiana mortificación. Se advierte, que a los que no pueden ayunar sin ser notados les es muy fácil privarse de este o de aquel bocado regalado, privarse de visitas curiosas o de alguna otra lícita recreación de los sentidos, cosa que nadie o casi nadie advierte y ante Dios es de mucho valor.
   
Lo Cuarto, de ser posible, tomar bulas de difuntos para ganar la indulgencias plenarias a ellos concedidas. Son innumerables las que se ganan con la bula de la Cruzada: los cofrades del Rosario y los que profesan la tercera regla del Seráfico Padre San Francisco pueden ganar muchísimas, y todos, recorriendo las estaciones del Vía Crucis; también se ganan muchas indulgencias llevando el escapulario del Carmen, por el que son tan asistidas las almas en el sábado; también llevando el cordón de San Francisco o la correa de San Agustín y finalmente, por muchas otras devociones; porque los Sumos Pontífices han sido generosos en conceder indulgencias, porque saben que es el medio más fácil para remediar a los vivos y a los difuntos.

Lo Quinto, todas las buenas obras, los trabajos, enfermedades, las afrentas sufridas con paciencia, se pueden ofrecer a Dios junto con los méritos de la Pasión de Cristo y Dolores de la Santísima Virgen, en sufragio de aquellas almas que, pudiendo valernos mucho a nosotros, a sí mismas no pueden valerse. Y, por lo tanto agradecidísimas a nuestra misericordia, nos alcanzarán, entre otros favores, que el Señor nos guíe por el camino del cielo, en donde ellas y nosotros descansaremos para siempre. Amén.

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