miércoles, 21 de enero de 2015

DE POR QUÉ LA EXPRESIÓN “MISA DE LOS CATECÚMENOS” TIENE MÁS SENTIDO QUE “LITURGIA DE LA PALABRA”

Traducción desde el original inglés publicado por en NEW LITURGICAL MOVEMENT, con anotaciones propias del traductor.
   
POR QUÉ “MISA DE LOS CATECÚMENOS” TIENE MÁS SENTIDO QUE “LITURGIA DE LA PALABRA”
  
Es bien sabido que el Novus Ordo Missae divide la Misa en cuatro partes: los Ritos Introductorios; la Liturgia de la Palabra; la Liturgia Eucarística; y el Rito Conclusivo. Por otro lado, es menos conocido entre los Católicos de hoy que esto es un esquema moderno y que la distinción más antigua —aún presente en la Misa Tradicional— es entre la Misa de los Catecúmenos y la Misa de los Fieles. Como nos regocijamos en el resplandor del Verbo encarnado, estaría bien reflexionar del por qué este modo antiguo de expresar es superior al moderno.
   
La “palabra” central y definitive es Jesucristo, el Logos o Verbum del Padre, hecho carne por nosotros los hombres y por nuestra salvación. De ahí se desprende que la liturgia de la Palabra por excelencia es la Sagrada Eucaristía en sí misma. Yendo más allá, la liturgia de la Palabra, en sentido amplísimo, debe ser el sacrificio Eucarístico, porque en este sacrificio, el Verbo que “proviene” del Padre regresa a Él, gracias a que por Su naturaleza humana, en un perfecto ofrecimiento de Sí mismo —y esta oblación de Cristo en la cruz es la sola razón que podríamos recibir, que podríamos “escuchar” de la palabra de Dios en su naturaleza y en su divina revelación. En lugar de ello, si alguien adecúa “palabra” a la Biblia, entonces esta parte del culto público, en términos de la fenomenología de la Misa, estaría arriesgándose a equipararla con la Eucaristía, si no haciéndola superior.
  
El verbum Dómini o Verbo de Dios es el Logos, Jesucristo mismo. Verbum caro fáctum est, et habitávit in nobis. Esto también se refiere a la “palabra” (en el sentido idiomático en el cual se resume: “en una palabra…”) consagratoria, la cual es el mystérium fidei, el Misterio de Fe. Cristo, superlativamente, es este mystérium fidei; y todos los otros sacros misterios son su semejanza porque encuentran su fundamento o procedencia de Él. La Iglesia es un mystérium porque ella está unida a Cristo, el gran Misterio, mágnum mystérium. Por medio de la consagración, somos conducidos de la promesa de la revelación (la Misa de los Catecúmenos) a la Presencia Real (la Misa de los Fieles) —una transición del verbum (en el sentido oridinario de lo que es dicho) al res (en el sentido de lo que significa la palabra)—.
 
La Consagración eucarística es la manifestación visible y cotidiana del paso de la promesa a la Presencia Real
   
Entonces, el problema con la frase “Liturgia de la Palabra” es que el Verbo, como tal, está real y plenamente presente sólo en la Liturgia de la Eucaristía, cuando el Verbo está personalmente presente en su Divinidad y en su glorificada humanidad. Esa es la diferencia: mientras ofrecemos incienso al Evangelio en honor de Aquel de quien el Evangelio habla, sería pecaminoso para alguien que se arrodille y adore el leccionario (N. del T. A raíz del Vaticano II, reaparecen los leccionarios como libros independientes del Misal, so pretexto de “retornar a las raíces”), poniendo su fe y confianza en él, y amándole sobre todas las cosas, cuando es precisamente esta adoración o latreía la que debe ser dada a la sagrada Eucaristía; de hecho, como lo dice San Agustín, seríamos culpables de pecado si no adoramos el Santisimo Sacramento.

Una confusion protestante es de este modo introducida y sutilmente fomentada. De acuerdo a la fe Católica, la “Palabra de Dios” está principal y primeramente en la Sagrada Eucaristía porque en ella está Jesucristo, y solo en forma secundaria en la Sagrada Escritura, que contiene su enseñanza y los testimonios sobre Él. Como todos los simples signos y figuras, la Escritura cesará en el Cielo, como lo enseña el Apocalipsis: “Yo no vi templo en la ciudad, porque su templo es el Señor Dios omnipotente y el Cordero. Y no tiene necesidad de sol ni de luna que la alumbren, porque su luz es la Gloria de Dios, y su lámpara es el Cordero” (Apoc. 21:22-23). Como todos los signos, éstos son solo para los viadores. En las iglesias protestantes, uno encuentra generalmente la Biblia sobre el altar principal, donde el tabernáculo debería estar (N. del T. similar a como ocurre en las sinagogas, donde los rollos de la Torah ocupan el lugar que correspondería al Arca de la Alianza), como haciendo ver que el centro del Cristianismo fuera un libro, algo escrito en letra muerta sobre un papel no menos inerte; como un arreglo que expresa la verdadera escencia de la herejía protestante, donde las palabras remplazan al Verbo viviente y su Cuerpo y Sangre vivificante. La estructura Novus Ordo sigue, en ese sentido, este modelo arquitectónico verbalista, lo que hace más entendible que en casi todas las iglesias del mundo el Tabernáculo fuese removido del centro y puesto a un lado, usualmente en un lugar menos honroso (N. del T. Algunos templos conciliares, aún más lejos, destinan el Tabernáculo a un lugar oculto, detrás del templo, en una suerte de “cuarto de San Alejo”).
   
El "bibliocentrismo" (también llamado Bibliolatría) es atribuirle a la Biblia el puesto central de la fe, EN LUGAR DE A DIOS, su Autor. Es un fenómeno propio del judaísmo y de los protestantes (que lo llevaron a la iglesia conciliar).
   
Nadie pudiera haber apreciado más que los Cristianos procedentes del judaísmo en los primeros tiempos de la Iglesia, lo vasto y profundo del cambio que hace Cristo con el Nuevo Testamento. De ahí, entonces, se deduce que ellos debían abandonar las antiguas formas de adoración (los odres viejos) en favor de las nuevas. Pero nada de esto sucedió; la adoración Cristiana creció orgánicamente fuera del culto judío preexistente. Cuando los cristianos comenzaron a adorar exclusivamente en sus propias comunidades, no visitarán más las sinagogas para el oficio de lecturas, ni mucho menos conservarán ni acogerán las tradiciones judías en la adoración Eucarística. El solo hecho que los Cristianos vieran en la Sagrada Eucaristía el cumplimiento de lo que los judíos leían en sus Escrituras indica que la conexión litúrgica se entendió como algo más profundo que sólo dos segmentos contiguos del ritual: uno perteneciente a los “libros” y el otro al “sacramento” o los “misterios.” Desde una perspectiva Patrística, la división de “Misa de los Catecúmenos” y “Misa de los Fieles” expresa en forma más precisa la relación existente: Los catecúmenos son aquellos que, bien sean judíos o gentiles, están fuera del rebaño pero están próximos a entrar, mientras que los fieles son los que han recibido a Jesucristo como su Señor en los misterios de iniciación (N. del T. Se refiere al Sacramento del Bautismo, con el cual se adquiere el Carácter, la distinción del Cristiano respecto de los que no lo son) y pueden entrar en el Santo de los Santos, a recoger los frutos anunciados en la Escritura que es leída a todos (incluídos los catecúmenos). (N. del T. Por ello antiguamente, al menos desde el Concilio de Orange del año 441, a los catecúmenos se los despedía del templo antes del Ofertorio).
   
La tradición nos enseña continuidad, no ruptura ni discontinuidad, aún en medio de los cambios religiosos más radicales que haya visto el mundo en una tradición religiosa: de la Ley mosaica a la gracia de Cristo, de la Torah a la Cruz, de los muchos sacrificios del Antiguo Testamento al único sacrificio pleno, santo y suficiente del Nuevo Testamento. Hubo una transición no de la letra al espíritu, sino de un catecumenado cósmico a una eternal fidelidad, de una Misa a otra Misa —en otras palabras, un tránsito sin accidentes desde la cámara exterior de la preparación expectante a la cámara interior de la comunión—.
  
¡Cuán extraña fue, en muchos aspectos, la actitud y las decisiones que remplazaron la orgánicamente desarrollada liturgia Romana con un manufacturardo comité que que trató la adoración Católica como algo más extraño de lo que los primeros Cristianos consideraron la adoración de los israelitas! Tal vez no sea más extraño que la pérdida general del sentido de obligación o vínculo a la revelación que Dios hizo de Sí mismo en el pasado. Pudiéramos preferir algo que hayamos creado en nuestro tiempo que algo que haya llegado a nosotros de nuestros antepasados. Sobra decir, esta mentalidad es profundamente antiescritural, antitradicional y antieclesial. Sería algo de maravillarse si no estuviera ineluctablemente unida esta mentalidad al modelo hegeliano (o teilhardiano) del inexorable progreso histórico por la constante superación de lo recibido, como que todos marchamos en pos del Espíritu Absoluto. Pero este camino loco miente.
   
La Encarnación es el punto de inflexión, no el momento presente; y Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre, que se nos ha dado en los ritos apostólicos de la Iglesia Católica, es la medida de nuestra doctrina y práctica —no nuestros modelos sociológicos o construcciones teoréticas—. 

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