jueves, 4 de junio de 2015

NOVUS ORDO MISSÆ LUTHERANENSIS

Conferencia dada por Mons. Marcel Lefebvre en Florencia (Italia) el 15 de febrero de 1975. Transcrita en el capítulo II del libro “La Nueva Iglesia”, escrito por él mismo.
  
De la misa evangélica de Lutero al nuevo Ordo Missæ
  
Señoras, señores:
   
Hablaré esta noche de la misa evangélica de Lutero y de las sorprendentes semejanzas del nuevo rito de la misa con las innovaciones rituales de Lutero.
    
¿Por qué estas consideraciones? Porque la idea de ecumenismo que presidió la Reforma litúrgica, según expresó el propio Presidente de la comisión, nos invita a ello, porque si se probara que esta filiación del nuevo rito existe realmente, el problema teológico, es decir el problema de la fe, no puede dejar de ser planteado según el adagio bien conocido “Lex orándi, lex credéndi”.
    
Ahora bien, los documentos históricos de la Reforma litúrgica de Lutero son muy instructivos para aclarar la Reforma actual.
    
Para comprender bien cuáles fueron los objetivos de Lutero en esas Reformas litúrgicas, debemos recordar brevemente la doc­trina de la Iglesia sobre el sacerdocio y el Santo Sacrificio de la Misa.
   
El Concilio de Trento, en su Sesión XXII, nos enseña que Nuestro Señor Jesucristo, al no querer poner fin a su sacerdocio con su muerte, instituyó en la última Cena un sa­crificio visible destinado a aplicar la virtud salutífera de su Redención a los pecados que cometemos todos los días. Con este fin es­tableció a sus Apóstoles como sacerdotes del Nuevo Testamento, a ellos y a sus sucesores, instituyendo el sacramento del Orden que marca con un carácter sagrado e indeleble a esos sacerdotes de la Nueva Alianza.
  
Ese sacrificio visible se realiza sobre nues­tros altares por una acción sacrificial por la cual Nuestro Señor realmente presente bajo las especies del pan y del vino se ofrece co­mo víctima a su Padre. Y es por la man­ducación de esta Víctima como nosotros co­mulgamos con la carne y la sangre de Nuestro Señor, ofreciéndonos nosotros también en unión con Él.
   
Así pues la Iglesia nos enseña que:
  • El sacerdocio de los sacerdotes es esen­cialmente diferente del de los fieles, que no tienen sacerdocio, sino que forman parte de una Iglesia que necesita absolutamente un sacerdocio. A ese sacerdocio le es sumamente conveniente el celibato y una distinción exter­na respecto de los fieles, como es el hábito sacerdotal.
  • El acto esencial del culto realizado por ese sacerdocio es el Santo Sacrificio de la Misa, diferente del sacrificio de la Cruz únicamente por el hecho de que éste es cruento y el otro incruento. Se realiza por un acto sacrificial realizado por las palabras de la Consagración y no por un simple relato memorial de la Pasión o de la Cena.
  • Es por este acto sublime y misterioso que se aplican los beneficios de la Redención a cada una de nuestras almas y a las almas del Purgatorio. Y esto está admirablemente ex­presado en el Ofertorio.
  • La Presencia real de la Víctima es pues necesaria y se opera por el cambio de la sus­tancia del pan y del vino en la sustancia del Cuerpo y de la Sangre de Nuestro Señor. Se debe pues adorar a la Eucaristía y tener por ella un inmenso respeto: por eso, la tradi­ción de reservar a los sacerdotes el cuidado de la Eucaristía.
  • La Misa del sacerdote solo, en la cual sólo él comulga, es pues un acto público, sacrifi­cio del mismo valor como todo sacrificio de la Misa y soberanamente útil para el sacer­dote y para todas las almas. La Misa priva­da es entonces muy recomendada y deseada por la Iglesia.
  
Son estos principios los que están en el origen de las oraciones, de los cánticos, de los ritos que hicieron de la Misa latina una verdadera joya, cuya piedra preciosa es el Canon. No se puede leer sin emoción lo que dice al respecto el Concilio de Trento:
“Como conviene tratar santamente las cosas santas y que este Sacrificio es la más santa de to­das, para que fuera ofrecido y recibido digna y respetuosamente, la Iglesia Católica ha ins­tituido desde hace muchos siglos, el Sagrado Canon, tan puro de todo error que no hay nada en él que no respire una santidad y una piedad exterior y que no eleve a Dios la mente de los que ofrecen. Está en efecto compuesto de las propias palabras del Señor, de las tradiciones de los Apóstoles y de las piadosas instrucciones de los Santos Pontí­fices” (Sesión XXII, cap. 4).
   
Veamos ahora cómo Lutero realizó su Re­forma, es decir su “Misa evangélica” como él mismo la llama, y con qué espíritu. Para esto, nos referiremos a una obra de León Christiani que data de 1910 y por lo tanto no sospechosa de estar influenciada por las re­formas actuales. Esta obra tiene por título “Du luthéranisme au protestantisme” [Del luteranismo al protestantismo]. Nos interesa por las citas que nos proporciona de Lutero o de sus discípulos respecto de la Reforma litúrgica.
   
Este estudio es muy instructivo, porque Lutero no vacila en manifestar el espíritu li­beral que lo anima:
“Ante todo —escribe— suplico amablemente... a todos los que que­rrán examinar o seguir la presente ordena­ción del servicio divino, que no vean en ella una ley coactiva ni obliguen, por lo tanto, a ninguna conciencia. Que cada uno la adopte cuando, donde y como le plazca. Así lo quiere la libertad cristiana” (p. 314).
   
El culto se dirigía a Dios como un homenaje, en lo sucesivo se dirigirá al hombre para consolarlo e iluminarlo. El sacrificio ocupa­ba el primer lugar, el sermón va a suplantarlo” (p. 312).
   
¿Qué piensa Lutero del sacerdocio? En su obra sobre la misa privada, trata de demostrar que el sacerdocio católico es una invención del diablo. Para ello invoca ese principio en adelante fundamental:
Lo que no está en la Escritura es un agregado de Satanás. Ahora bien, la Escritura no co­noce el sacerdocio visible. No conoce más que a un sacerdote, a un Pontífice, uno solo: Cristo. Con Cristo somos todos sacerdotes El sacerdocio es a la vez único y universal. Qué locura la de querer acapararlo para unos pocos... Toda distinción jerárquica entre los cristianos es digna del Anticristo... ¡Ay, en­tonces, de los pretendidos sacerdotes!” (p. 269).
  
En 1520, escribe su “Manifiesto a la Nobleza Cristiana de Alemania”, en la cual ataca a los “romanistas” y pide un concilio libre:
La primera muralla levantada por los ro­manistas es la distinción entre clérigos y laicos. Se ha descubierto —dice— que el papa, los obispos, los sacerdotes, los mon­jes, componen el estado eclesiástico, mien­tras que los príncipes, los señores, los arte­sanos, los campesinos, forman el estado se­glar. Es una pura invención y una mentira. Todos los cristianos son en realidad del es­tado eclesiástico, entre ellos no existe otra diferencia que la de la función... Si el papa o un obispo da la unción, tonsura, ordena, consagra, se viste distinto de los laicos, pue­de hacer embusteros o ídolos ungidos, pero no puede hacer un cristiano, ni un eclesiás­tico... todo lo que sale del bautismo puede jactarse de ser consagrado sacerdote, obispo y papa, por más que no convenga a todos ejercer esta función” (pp. 148-149).
  
De esta doctrina Lutero saca las consecuen­cias contra el hábito eclesiástico y contra el celibato. Él mismo y sus discípulos dan el ejemplo, abandonan el celibato y se casan.
   
¡Cuántos hechos que proceden de las Refor­mas del Vaticano II se asemejan a las con­clusiones de Lutero!: el abandono del hábito religioso y eclesiástico, los numerosos casa­mientos de religiosos aceptados por la Santa Sede, o la ausencia de todo carácter distintivo entre el sacerdote y el laico. Este igualitarismo se manifestará en la atribución de funciones li­túrgicas hasta ahora reservadas a los sacer­dotes.
   
La supresión de las órdenes menores (ostiariato, lectorado, exorcistado y acolitado) y del subdiaconado, el diaconado casado, contribu­yen a la concepción puramente administra­tiva del sacerdote y a la negación del carác­ter sacerdotal; la ordenación es orientada ha­cia el servicio de la comunidad y ya no hacia el Sacrificio, que es lo único que justifica la concepción católica del sacerdocio.
    
Los sacerdotes obreros, sindicalistas, o que buscan un empleo remunerado por el Estado, contribuyen también a hacer desaparecer to­da distinción. Van más lejos que Lutero.
    
El segundo error doctrinal grave de Lute­ro será la consecuencia del primero y fun­dado sobre su primer principio: es la fe o confianza la que salva y no las obras, y es la negación del acto sacrificial que es esen­cialmente la Misa Católica.
   
Para Lutero, la misa puede ser un sacrifi­cio de alabanza, es decir un acto de alabanza, de acción de gracias, pero por cierto no un sacrificio expiatorio que renueva y aplica el sacrificio de la Cruz.
      
Hablando de las “perversiones” del culto en los conventos decía:
El elemento principal de su culto, la misa, supera toda impiedad y toda abominación, hacen de ella un sacrificio y una obra buena. Si no existiera otro mo­tivo para colgar los hábitos, irse del convento y romper los votos, éste sería ampliamente suficiente” (p. 258).
   
La misa es para Lutero una “sinaxis”, una comunión. Ítem, la Eucaristía ha sido sometida —según él— a una triple y lamentable cautividad: se les ha quitado a los laicos el uso del Cáliz, se ha impuesto como un dogma la opinión “inventada” por los tomistas de la transustanciación, se ha hecho de la Misa un sacrificio.
    
Lutero toca aquí un punto capital. No du­da, sin embargo:
“Es pues un error evidente e impío —escribe— ofrecer o aplicar la misa por pecados, para satisfacer, por los difun­tos… La misa es ofrecida por Dios al hom­bre y no por el hombre a Dios...”.
   
En cuanto a la Eucaristía, como debe ante todo excitar la fe, debería ser celebrada en lengua vulgar, a fin de que todos puedan comprender bien la grandeza de la promesa que se les recuerda” (p. 176).
   
Lutero sacará las consecuencias de esta he­rejía suprimiendo el ofertorio, que expresa claramente el objetivo propiciatorio y expia­torio del sacrificio. Suprimirá la mayor par­te del Canon, guardará los textos esenciales pero como relato de la Cena. A fin de estar más cerca de lo que se realizó en la Cena, agregará en la fórmula de consagración del pan “quod pro vobis tradétur”, suprimirá las palabras “mystérium fídei” y las palabras “pro multis”. Considerará como palabras esencia­les del relato las que preceden a la consagración del pan y del vino y las frases que siguen.
   
Estima que la misa es en primer lugar la liturgia de la Palabra; en segundo lugar, una comunión.
    
Es imposible no quedar estupefacto cuan­do se comprueba que la nueva Reforma ha aplicado las mismas modificaciones y que en verdad los textos modernos puestos entre las manos de los fieles ya no hablan de sacri­ficio sino de la “liturgia de la Palabra”, del relato de la Cena y del reparto del pan o de la Eucaristía.
    
El artículo VII de la instrucción que intro­duce el nuevo rito era significativo de una mentalidad ya protestante. La corrección que se hizo después no es de ninguna manera satisfactoria.
   
La supresión del ara, la introducción de la mesa revestida de un solo mantel, el sacer­dote de cara al pueblo, la hostia que perma­nece siempre sobre la patena y no sobre el corporal, la autorización de uso del pan ordinario, de vasos hechos de diversas materias hasta las menos nobles, y muchos otros detalles contribuyen a inculcar a los asistentes las nociones protestantes opuestas esencial y gravemente a la doctrina católica.
     
Nada es más necesario a la supervivencia de la Iglesia católica que el Santo Sacrificio de la Misa; ponerlo en la sombra equivale a conmover los fundamentos de la Iglesia. Toda la vida cristiana, religiosa y sacerdotal está fundada en la Cruz, en el Santo Sacri­ficio de la Cruz renovado en el altar.
       
Lutero sacó como consecuencia la negación de la Transustanciación y de la Presencia real, tal como es enseñada por la Iglesia Católica. Para él, el pan permanece. Por consiguiente, como lo dice su discípulo Melanchton, quien se alza con vigor contra la adoración del Santo Sacramento:
“Cristo instituyó la Euca­ristía como un recuerdo de su Pasión. Adorarla es una idolatría” (p. 262).
  
De ello se desprende la comunión en la mano y bajo las dos especies, negando de hecho la pre­sencia del Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor bajo cada una de las dos especies: es normal que la Eucaristía sea considerada como in­completa bajo una sola especie.
   
Una vez más se puede evaluar la extraña similitud de la Reforma actual con la de Lu­tero: todas las nuevas autorizaciones con­cernientes al uso de la Eucaristía van en el sentido de un menor respeto, del olvido de la adoración: comunión en la mano y distri­bución por laicos, incluso por mujeres, reducción de las genuflexiones que han llevado a que muchos sacerdotes las supriman, uso del pan ordinario, de vasos ordinarios..., todas estas reformas contribuyen a la negación de la Presencia real tal como es enseñada en la Iglesia Católica.
    
No es posible dejar de llegar a la conclu­sión de que dado que los principios están ín­timamente ligados a la práctica según el adagio “lex orándi, lex credéndi”, el hecho de imitar en la liturgia de la misa a la Re­forma de Lutero conduce infaliblemente a adoptar poco a poco las ideas mismas de Lutero. La experiencia de los seis últimos años, desde la publicación del nuevo Ordo, lo prueba ampliamente. Las consecuencias de esta manera de actuar, supuestamente ecu­ménica, son catastróficas, en el campo de la fe por empezar, y sobre todo en la corrupción del sacerdocio y la disminución de las vocaciones, en la unidad de los católicos di­vididos en todos los ambientes sobre este asunto que los toca de tan cerca, en las re­laciones con los protestantes y los ortodoxos.
     
La concepción de los protestantes sobre este asunto vital y esencial de la Iglesia (Sacerdo­cio-Sacrificio-Eucaristía) es totalmente opues­ta a la de la Iglesia Católica. No por nada tuvo lugar el Concilio de Trento y todos los documentos del Magisterio que se refieren a él desde hace cuatro siglos.
      
Es psicológica, pastoral, teológicamente im­posible para los Católicos abandonar una li­turgia que es verdaderamente la expresión y el sostén de su fe, para adoptar nuevos ritos, que han sido concebidos por herejes, sin poner su fe en el mayor de los peligros. No se puede imitar indefinidamente a los protestantes sin convertirse en uno de ellos.
    
Cuántos fieles, cuántos jóvenes sacerdotes, cuántos obispos han perdido la fe desde la adopción de estas reformas. No se puede ir contra la naturaleza y la fe sin que éstas se venguen.
   
Les resultará provechoso releer el relato de las primeras misas evangélicas y sus conse­cuencias para convencerse de este extraño parentesco entre las dos Reformas.
“En la noche del 24 al 25 de diciembre de 1521, la multitud invadió la iglesia parroquial... La ‘misa evangélica’ iba a comen­zar. Andrés Karlstadt sube al pulpito, predica sobre la Eucaristía, presenta la comunión bajo las dos especies como obligatoria, y la confesión previa como inútil. La fe sola basta. Karl­stadt se presenta en el altar en ropa seglar, recita el Confíteor, comienza la misa como siempre hasta el evangelio. El ofertorio, la elevación, en una palabra, todo lo que recuer­da la idea de sacrificio es suprimido. Des­pués de la consagración viene la comunión. Entre los asistentes muchos no se han confesado, muchos han comido y bebido y hasta tomado aguardiente. Se acercan como los demás. Karlstadt distribuye las hostias y presenta el cáliz. Los comulgantes toman el pan consagrado con la mano y beben a su antojo. Una de las hostias escapa y cae so­bre la ropa de un asistente, un sacerdote la levanta. Otra cae a tierra, Karlstadt dice a los laicos que la recojan y como éstos se nie­gan por un gesto de respeto o de superstición, se contenta con decir ‘que quede donde está con tal de que no la pisen’.
   
El mismo día, un sacerdote de los alrede­dores daba la comunión bajo las dos especies a unas cincuenta personas de las que sólo cinco se habían confesado. El resto había recibido la absolución en masa y como peni­tencia se les había recomendado sencillamente que no recayeran en el pecado.
   
Al día siguiente (26 de diciembre), Karlstadt se desposaba con Anna de Mochau. Varios sacerdotes imita­ron este ejemplo y se casaron.
    
Durante este tiempo, Gabriel Zwilling, escapado de su convento, predicaba en Eilenburgo. Había dejado el hábito monástico y usaba barba. Vestido como laico echaba pestes contra la misa privada. En Año Nuevo distribuye la comunión bajo las dos especies. Las hostias eran distribuidas de mano a mano. Muchos se las pusieron en el bolsillo y se las llevaron. Al consumir la hostia, una mujer dejó caer al suelo algunos fragmentos. A nadie le im­portó. Los fieles tomaban ellos mismos el cáliz y bebían unos buenos tragos.
    
El 29 de febrero de 1522, se casaba con Catalina Falki. Hubo entonces un verdadero contagio de casamientos de sacerdotes y de monjes. Los monasterios empezaron a vaciarse. Los monjes que se quedaron en los conventos arrasaron los altares a excepción de uno solo, quemaron las imágenes de los santos, incluso el óleo de los enfermos.
    
La mayor de las anarquías reinaba entre los sacerdotes. Cada uno decía ahora la misa a su manera. El Consejo, desbordado, resolvió fijar una liturgia nueva destinada a restablecer el orden consagrando las reformas. Ahí se regulaba la forma de decir la misa. Se conservaban el introito, el Gloria, la epístola, el evangelio y el Sanctus; seguía una pre­dicación. Se suprimían el ofertorio y el ca­non. El sacerdote recitaría simplemente la institución de la Cena, diría en voz alta y en alemán las Palabras de la Consagración, y daría la comunión bajo las dos especies. El cántico del Agnus Dei de la comunión y del Benedicámus Dómino terminaba el servicio” (pp. 281-285).
  
Lutero se preocupa por crear nuevos cán­ticos. Busca a poetas y los encuentra no sin trabajo. Las fiestas de los santos desapare­cen. Lutero maneja bien las transiciones. Conserva la mayor cantidad posible de las ce­remonias antiguas. Se limita a cambiarles el sentido. La misa guarda en gran parte su apa­rato exterior. El pueblo encuentra en las iglesias el mismo decorado, los mismos ritos, con retoques hechos para gustarle, porque en lo sucesivo se dirigen a él mucho más que antes. Tiene conciencia de contar algo más dentro del culto. Toma en él una parte más activa por el canto y la oración en alta voz. Poco a poco el latín cede definitivamente su lugar al alemán.
  
La consagración será cantada en alemán. Está concebida en estos términos:
“Nuestro Señor en la noche en que fue traicionado tomó pan, dio gracias, lo partió y lo presentó a sus discípulos diciendo: Tomad y comed, éste es mi cuerpo que es dado por vosotros. Haced esto, todas las veces que lo hagáis, en memoria mía. De la misma manera tomó también el cáliz después de la cena y dijo: Tomad y bebed todos, esto es el cáliz, un nue­vo testamento, de mi sangre que es derra­mada por vosotros y por la remisión de los pecados. Haced esto, todas las veces que beberéis de este cáliz, en memoria mía”. (p. 317).
   
Así se encuentran agregadas las palabras “quod pro vobis tradétur” (que es dado por vosotros) y suprimidas “Mystérium fidei” (Misterio de fe) y “pro multis” (por muchos) en la consagración del vino.
   
¿Acaso estos relatos referentes a la misa evangélica no expresan los sentimientos que tenemos de la liturgia reformada desde el Concilio?
   
Todos estos cambios en el nuevo rito son verdaderamente peligrosos, porque poco a poco, sobre todo para los sacerdotes jóvenes, que ya no tienen la idea del Sacrificio, de la presencia real, de la transustanciación, y pa­ra quienes todo esto ya no significa nada, esos jóvenes sacerdotes pierden la intención de hacer lo que hace la Iglesia y ya no dicen misas válidas.
   
Por supuesto, los sacerdotes de edad, cuan­do celebran según el nuevo rito, tienen toda­vía la fe de siempre. Han dicho la misa con el antiguo rito durante tantos años, conservan las mismas intenciones, es dable creer que su misa es válida. Pero, en la medida en que esas intenciones se van, desaparecen, en tal medi­da, las misas ya no serán válidas. (N. del E. Discrepamos absolutamente en este punto, toda vez que el Novus Ordo Missæ es una ruptura con la “lex orándi, lex credéndi” Católica, y como es contrario a ella, es COMPLETA Y OBJETIVAMENTE INVÁLIDO, aunque lo oficiare un sacerdote válido, con los ornamentos tradicionales, en latín y de cara al Sagrario).
   
Se han querido acercar a los protestantes, pero son los católicos los que se han vuelto protestantes, y no los protestantes los que se hicieron católicos. Esto es evidente.
    
Cuando cinco cardenales y quince obispos fueron al “Concilio de los jóvenes” en Taizé, ¿cómo esos jóvenes podrían saber lo que es el catolicismo, lo que es el protestantismo? Algunos tomaron la Comunión con los pro­testantes, otros con los católicos.
    
Cuando el cardenal Johannes Willebrands fue a Gi­nebra, declaró ante el Consejo Ecuménico de las Iglesias: “Debemos rehabilitar a Lutero”. ¡Lo dijo como enviado de la Santa Sede!
  
Vean la Confesión. ¿En qué se ha conver­tido el sacramento de la Penitencia con esta absolución colectiva? ¿Es acaso una manera pastoral decir a los fieles: “Les hemos dado la absolución colectiva, pueden comulgar, y cuando se les presente la ocasión, si tienen pe­cados graves, se irán a confesar en el curso de los seis meses próximos o dentro de un año...”? ¿Quién puede decir que esta mane­ra de actuar es pastoral? ¿Qué idea es posi­ble hacerse del pecado grave con esto?
    
El sacramento de la Confirmación está también en idéntica situación. Ahora una fórmula corriente es la que sigue: “Te signo con la Cruz y recibe el Espíritu Santo”. De­ben precisar cuál es la gracia especial del Sacramento por el cual se da el Espíritu San­to. Si no se dicen estas palabras: “Ego te confírmo in nómine Patris...”, ¡no hay Sa­cramento! Así se lo dije a los cardenales que me dijeron “¡Usted da la Confirma­ción donde no tiene derecho a hacerlo!”:
“Lo hago porque los fieles tienen miedo de que sus hijos no tengan la gracia de la Confirmación, porque dudan sobre la validez del Sacramento tal como es dado hoy en las iglesias. Entonces para tener por lo menos esa seguridad de tener verdaderamente la gracia, me piden que les dé la Confirmación. Lo hago porque me parece que no me puedo negar a quienes me piden la Confirmación vá­lida, incluso aunque no sea lícito. Porque estamos en una época en la cual el derecho di­vino natural y sobrenatural prima sobre el derecho positivo eclesiástico cuando éste se opone a aquél en lugar de ser su canal”.
   
Estamos en una crisis extraordinaria. No podemos seguir esas reformas. ¿Dónde están los buenos frutos de esas reformas? ¡De ve­ras me lo pregunto! La reforma litúrgica, la reforma de los seminarios, la reforma de las congregaciones religiosas. ¡Todos esos capí­tulos generales! ¿Adónde han llevado a esas pobres congregaciones ahora? ¡Todo se va...! ¡Ya no hay novicios, ya no hay vocaciones...!
   
Así lo reconoció igualmente el cardenal-arzobispo de Cincinnati, Joseph Bernardin en el Sínodo de los obispos en Roma: “En nuestros países —representaba a todos los países anglófonos— ya no hay vocaciones porque ya no saben lo que es el sacerdote”. Debemos pues perma­necer en la Tradición. Sólo la Tradición nos da verdaderamente la gracia, nos da verdade­ramente la continuidad en la Iglesia. Si aban­donamos la Tradición, contribuimos a la de­molición de la Iglesia.
   
También les dije a esos cardenales:
“¿No se dan cuenta de que en el Concilio el esquema de la libertad religiosa es un esquema contradictorio? En la primera parte del es­quema se dice: “Nada ha cambiado en la Tra­dición” y en el interior de ese esquema, todo es contrario a la Tradición. Es contrario a lo que dijeron Gregorio XVI, Pío IX y León XIII”.
   
¡Entonces hay que elegir! O estamos de acuerdo con la libertad religiosa del Conci­lio y, por ende, estamos contra lo que han dicho esos papas, o bien estamos de acuerdo con esos papas y entonces ya no estamos de acuerdo con lo que se dice en el esquema sobre la libertad religiosa. Es imposible es­tar de acuerdo con los dos. Y agregué:
Escojo la Tradición, estoy con la Tradición y no con esas novedades que son el liberalismo. Nada menos que el liberalismo que fue condena­do por todos los pontífices durante un siglo y medio. Ese liberalismo ha entrado en la Iglesia a través del Concilio: la libertad, la igualdad, la fraternidad”.
  
La libertad: la libertad religiosa; la frater­nidad: el ecumenismo; la igualdad: la colegialidad. Y ésos son los tres principios del liberalismo, que proviene de los filósofos del siglo XVII, y desemboca en la Revolución Francesa.
      
Son ésas las ideas que entraron en el Con­cilio mediante palabras equívocas. Y ahora vamos a la ruina, la ruina de la Iglesia, por­que esas ideas son absolutamente contrarias a la naturaleza y contrarias a la fe. No hay igualdad entre nosotros, no hay una verda­dera igualdad. El papa León XIII lo dijo abierta y claramente en su encíclica sobre la libertad.
    
¡Además la fraternidad! Si no hay un pa­dre, ¿adónde iríamos a buscar la fraternidad? Si no hay Padre, no hay Dios, entonces, ¿có­mo somos hermanos? ¿Cómo es posible ser hermanos sin un padre común? ¡Imposi­ble! ¿Es preciso abrazar a todos los enemi­gos de la Iglesia: a los comunistas, a los budis­tas y a todos los que están contra la Iglesia? ¿A los masones?
  
Y ese decreto fechado hace una semana y que dice que ya no hay excomunión para un católico que entra en la masonería. ¿La que destruyó a Portugal? ¿La que estaba en Chi­le con Allende? Y ahora en Vietnam del Sur: hay que destruir a los Estados católicos. Austria durante la primera guerra mundial, Hungría, Polonia... ¡Los masones quieren la destrucción de los países católicos! ¿Qué será dentro de un año de España (N. del E. La muerte del Generalísimo Franco y la proclamación de Juan Carlos de Borbón, ocurridas antes de finalizar el año 1975, significaron el final de la España Católica), Italia, etcétera...? ¿Por qué la Iglesia abre los brazos a todas esas gentes que son enemigos de la Iglesia?
    
¡Ah! cuánto debemos rezar, rezar; asisti­mos a un asalto del demonio contra la Igle­sia como nunca se vio. Tenemos que rezar a Nuestra Señora, a la bienaventurada Virgen María, que venga en nuestra ayuda, por­que verdaderamente no sabemos lo que su­cederá mañana. ¡Es imposible que Dios acep­te todas esas blasfemias, sacrilegios, hechos a Su gloria, a Su majestad! Pensemos en las leyes sobre el aborto, que vemos en tantos países, en el divorcio en Italia, toda esta rui­na de la ley moral, ruina de la verdad. ¡Es difícil creer que todo esto pueda hacerse sin que un día Dios hable y castigue al mundo con terribles penas!
     
Es por esto que debemos pedir a Dios su misericordia para nosotros y para nuestros hermanos; pero debemos luchar, combatir. Combatir para mantener la Tradición y no tener miedo. Mantener, por encima de todo, el rito de nuestra Santa Misa, porque ella es el fundamento de la Iglesia y de la civiliza­ción cristiana. Si ya no hubiera una verda­dera misa en la Iglesia, la Iglesia desapare­cería.
     
Debemos pues conservar ese rito, ese Sa­crificio. Todas nuestras iglesias fueron cons­truidas para esta Misa, no para otra misa; para el Sacrificio de la Misa, no para una Cena, ni para una Comida, ni para un Memorial, o para una Comunión, ¡no! ¡Para el Sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo que continúa so­bre nuestros altares! ¡Es por ello que nues­tros padres construyeron esas hermosas igle­sias, no para una Cena, no para un memo­rial, no!
    
Cuento con las oraciones de ustedes para mis seminaristas, para hacer de mis seminaristas verdaderos sacerdotes, que tienen fe y que podrán así dar los verdaderos sacramen­tos, y el verdadero Santo Sacrificio de la Misa. Gracias.

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