lunes, 27 de julio de 2015

¿MANUEL AZAÑA SE CONVIRTIÓ "In artículo mortis"?

Pomposamente en Libertad Digital (un website izquierdoso a decir no más) se publicó la historia de una "conversión" de Manuel Azaña Díaz (sí, el primer -y último- presidente de la República atea, el que quemó muchas iglesias en Madrid al grito "Todas las iglesias no valen la vida de un republicano", el que dijo "España dejó de ser Católica", el primer culpable de la Guerra Civil) en las postrimerías de su vida, reproduciendo apartes del artículo del jesuita Gabriel María Verd (con nuestras aclaraciones): 

Manuel Azaña, primer y último Presidente de la II República Española (Cartel de propaganda republicana, año de 1937)
  
"«Un buen día apareció -dice su viuda, Dolores de Rivas- una monja de Montauban, con la pretensión de que le recibiera». Esa monja será un eslabón importante. Era Hermana de la Caridad, se llamaba Soeur Ignace, y venía a pedir una recomendación ante el embajador de México, en ayuda de unas familias judías que querían salir de Francia. La monja siguió yendo al hotel donde se alojaban a interesarse por Azaña y por la familia. Azaña le preguntó por un fraile vasco que conocía; y del deseo de ver al fraile pasó al deseo de ver al nuevo obispo de Montauban, que había hecho su entrada en la catedral el 17 de octubre de 1940. Cuenta la viuda de Azaña:
«Aquella tarde, comentaba conmigo lo bonita que sería la ceremonia en la catedral: Lástima no poder verlo, y recordaba con este emotivo las fiestas de Iglesia en El Escorial».
  
El otro protagonista de esta historia es Pierre Marie Théas (el "nuevo obispo de Montauban" al que hace referencia la señora de Rivas, viuda de Azaña), que escribió lo siguiente en su diario:
«Posesionado de la catedral de Montauban el 17 de octubre, fui al día siguiente, llamado por el Presidente Azaña(sic), enfermo. El primer encuentro fue muy cordial. Vuelva a visitarme todos los días, me dice el Presidente. En efecto, todos los días por la tarde iba a conversar un rato. Hablábamos de la revolución, de los asesinatos, de los incendios de iglesias y conventos. Él me hablaba de la impotencia de un gobernante para contener a las multitudes desenfrenadas.
  
Deseando conocer los sentimientos íntimos del enfermo, le presenté un día el Crucifijo. Sus grandes ojos abiertos, enseguida humedecidos por las lágrimas, se fijaron largo rato en Cristo crucificado. Seguidamente lo cogió de mis manos, lo acercó a sus labios, besándolo amorosamente por tres veces y exclamando cada vez: ¡Jesús, piedad y misericordia! Este hombre tenía fe. Su primera educación cristiana no había sido inútil. Después de errores, olvidos y persecuciones, la fe de su infancia y juventud informaba de nuevo la conducta de los últimos días de su vida. A esta pregunta: ¿Desea usted el perdón de sus pecados?, respondió: Sí. Recibió con plena lucidez el sacramento de la Penitencia, que yo mismo le administré.
  
Cuando hablé a los que le rodeaban (su mujer, Dolores de Rivas Cherif, el general Juan Hernández Saravia, el pintor Francisco Galicia, el mayordomo Antonio Lot, el obispo Pierre-Marie Théas y la monja Ignace) de la administración de la Comunión, en forma de Viático, me fue denegado con estas palabras: ¡Eso le impresionaría! Mi insistencia no tuvo resultado.
   
En la noche del 3 de noviembre, a las 23 horas, la señora de Azaña me mandó llamar. Acudí inmediatamente, y en presencia de sus antiguos colaboradores y de su esposa, administré la Extremaunción y la Indulgencia plenaria al moribundo en plena lucidez. Después, sujetas sus manos entre las mías, mientras yo le sugería algunas piadosas invocaciones, el Presidente expiró dulcemente, en el amor de Dios y en la esperanza de su visión»
 
Hasta aquí, la crónica de Verd. A continuación, nuestros hallazgos personales:
   
La conversión de Azaña no podía surgir de la nada, de buenas a primeras (como tampoco la cruz y el "Paz, Piedad, Perdón" grabados en su epitafio), si no fuera por una intervención divina. En este caso, Dios Nuestro Señor intervino por medio de una niña: María del Carmen Gonzalez-Valerio y Sáenz de Heredia, de quien se dice "se ofreció a Dios por la conversión de Manuel Azaña" (precisamente el mismo Azaña ordenó el fusilamiento de su padre Julio González-Valerio Allones por tener parentesco por medio de su esposa con José Antonio Primo de Rivera). La niña murió en 1939 en olor de santidad.

María del Carmen González-Valero y Sáenz de Heredia, la niña que ofreció a Dios su vida por la conversión de Azaña.
  
Humanamente hablando, sería increíble la conversión de un hombre como Manuel Azaña Díaz, que pasó a la Historia por ser el enemigo del Ejército, la Religión y la Patria; un masón y marxista que, al decir de Alejandro Villamón:
"Se creyó siempre el primero de la clase, el más listo de todos, y, como estimaba que la sociedad no le había reconocido el talento inmenso que tenía, dentro de aquella cabeza, igualmente grande, represó un profundo resentimiento contra casi todo el mundo".
  
Antes de que Azaña fuera juzgado por sus crímenes, él fue ridiculizado por sus correligionarios. Prueba de ello es la caricatura publicada en 1931 por el Ateneo de Madrid (del cual Azaña era miembro). NOTA: Los otros personajes de la viñeta N° 9 son el "derechista" Alejandro Lerroux y el socialista Indalecio Prieto.
   
Tampoco se trata de negar que sea una persona y un político leído y culto (incluso Franco reconoce a Azaña como "el más inteligente de sus correligionarios"), pero sigue diciendo Villamón:
"intérprete tendencioso y manipulador de la Historia, se hizo temer por su estilo mordaz, corrosivo, altanero, y por eso mismo se hizo odiar. Demostró ser, más que un soberbio engreído, un irresponsable peligroso. Desdeñaba a los demás, tenía mala opinión de cuantos trataba o conocía, como se recoge en sus “Diarios”; apenas tuvo amigo, pisaba callos por donde pasaba, y, al revés del rey Midas, arruinaba o destrozaba aquello donde posaba su mano: los negocios personales, la revista que fundó con su cuñado, la concordia entre republicanos, el Ejército, la Iglesia, la libertad, la República y la Patria".
 
Su antiguo párroco complutense declaró años después:
"Azaña creó tal estado social de crímenes que Dios, en su infinita misericordia, inspiró a nuestro ínclito Caudillo la misión de salvar a España. Nadie duda que su rencor había causado males sin cuento a la nación: la trituración del Ejército, la persecución de la Iglesia, el permanente estado de agitación y rebeldía, la disolución y el peligro inminente de destrucción de la Patria".
   
Un ex-integrante de la anarquista Confederación Nacional del Trabajo (para que no vengan luego a decir que sólo a la derecha les abrimos foro) relata: 
"Azaña sabía perféctamente cómo contener a las multitudes desenfrenadas, y no sólo eso, sino tambien cómo asesinar sin miramientos al campesino hambriento y desarmado. Me parece un tanto sensacionalista ésto de que 'hablasen (supuestamente) de esto'. No olvidemos los crímenes de Casas Viejas, Cadiz, Enero de 1933, en los que las fuerzas del orden republicanas bajo el mando de Azaña, irrumpen en la población acribillando a ciudadanos, civiles atados de pies y manos bajo el burdo pretexto del infame y por aquel entonces recien estrenado as en la manga homicida del presidente: la 'Ley de Fugas', segun la cual el guardia era autorizado a abrir fuego sobre aquel que fuese sorprendido huyendo de la autoridad... ¿Cómo huían las personas atadas con cuerdas cuyos cuerpos presentaban disparos a quemarropa?
Se trata de un castigo ejemplar para que nadie se atreviese a cuestionar el orden establecido, ya que éstas personas ante la ineficacia de la reforma agraria y el abandono del gobierno decidieron optar por la auto organización...
Y sino, que se lo digan al anarquista Seisdedos (Francisco Cruz Gutiérrez), muerto junto a su mujer y sus hijos dentro de su propia casa, a la cual pegaron fuego por haber 'instigado una revuelta'".
  
Los Sucesos de Casas Viejas (Cádiz) fueron unos episodios acontecidos entre el 10 y el 12 de Enero de 1933, consistentes en un alzamiento anarquista en dicha población, y la posterior represión del mismo por la Guardia Civil y la republicana Guardia de Asalto siguiendo órdenes del gobierno central. La brutalidad de la misma significó la caída de Azaña en su primer mandato, y un anticipo de lo que harían los republicanos en la Guerra Civil.
   
El pensar que Azaña llegara a convertirse estando como estaba al borde de la muerte, desterrado y privado de toda autoridad, en perspectiva meramente humana sería dudoso; y en general, el diferir la conversión para el último momento es pecado mortal, por temerariedad. Pero si Dios intervino en ello (y nada es imposible para Él), alabado sea en sus misericordias, porque mientras haya vida, habrá oportunidad de conversión (Carlos II de Inglaterra, por ejemplo, abjuró del Protestantismo y se hizo bautizar en la fe Católica en su lecho de muerte); Azaña estará en el Purgatorio, y necesitará muchas oraciones para salir de él. Si por el contrario, Azaña se arrepintió sólo por los castigos -la guerra civil, la traición de sus copartidarios, el destierro y su última enfermedad-, sea también alabado Dios por su justicia: Azaña acabó en el Infierno, donde pagará eternamente por sus iniquidades.
 
Dejamos al lector la misión de sacar sus propias conclusiones al respecto.

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