sábado, 31 de octubre de 2015

EL FRAILE QUE LE ANUNCIÓ LA MUERTE AL REY, Y EL FUNERAL IRÓNICO

Traducción del artículo publicado por Dylan Parry para A RELUCTANT SINNER y SPERO NEWS 

Enrique VIII, fundador de la herejía anglicana

El rey Enrique VIII Tudor, quien murió el 28 de Enero de 1547, fue probablemente uno de los tiranos más crueles en la historia de Inglaterra. Por situar su lujuria sin sentido antes que el bienestar de su gente, los pecados personales de Enrique VIII eventualmente hicieron que Inglaterra cayera en el cisma y aún en la herejía. Es un cisma y una distorsión del Cristianismo de la cual la Gran Bretaña nunca se ha recuperado completamente. Como nación, aún estamos pagando por los crímenes de Enrique.
  
La gente de Enrique le tenía miedo, tanto que sus consejeros no se atrevían a decirle que estaba moribundo -¡él había declarado ofensa criminal el anunciarle la muerte al soberano!- De hecho, parece que Enrique VIII permaneció olvidando el hecho de que no le quedaba mucho tiempo en el mundo hasta que el Arzobispo de Canterbury, Tomás Cranmer, le informó de su imminente muerte sólo a escasas horas de que ésto aconteciese. Un hombre valiente, se piensa, profetizó algo concerniente a la muerte del rey muchos años antes. Ese hombre fue el fraile (luego Obispo y Cardenal) William Peto.

Retrato de fray William Peto (Convento de Ognissanti, Florencia)
 
William Peto (o Petow, o Peyto) fue hijo de Edward Peyto de Chesterton, Warwickshire, y Goditha, hija de Sir Tomás Throckmorton de Coughton. El año exacto de su nacimiento es desconocido, pero sabemos que recibió la tonsura franciscana en Oxford, y se graduó en esa universidad en 1502. Peto entonces fue a estudiar a Cambridge, donde recibió el grado de Maestro de Artes en 1505. Un año después, fue electo profesor del Queens' College en Cambridge.
   
Peto se convierte en franciscano
Aún como estudiante, parece que William Peto fue conocido por su santidad, por eso no sorprende que encontrara su vocación con los Franciscanos. Poco después de la ordenación sacerdotal, Peto devino en confesor de una de las hijas de Enrique VIII, la futura reina María I de Inglaterra. Establecido en el monasterio de los Observantes en Greenwich, que siempre tuvo los favores de la realeza, y uno de los lugares espirituales más frecuentados por Enrique, fray Peto pronto surgirá como Provincial de su orden en Inglaterra. Es durante este tiempo -la década de 1520 y comienzos de la de 1530-, que él comienza a tener conflictos con el rey, que estaba determinado a anular su matrimonio con Catalina de Aragón y casarse con su amante de mucho tiempo, la protestante Ana Bolena.

Enrique VIII estaba casado con Catalina de Aragón, pero como ésta no le daba un hijo varón, quiso que le anularan el matrimonio para desposarse con Ana Bolena (que era filo-luterana y según ciertas crónicas de época, su propia hija ilegítima)
  
Enrique VIII nació y creció en Greenwich, y amaba pasar tanto tiempo como fuera posible en su palacio allí ubicado -llamado el Palacio de Placentia-. Cada vez que estaban en Greenwich, la casa real concedía favores a los Franciscanos, quienes habían hallado y recibido un terreno adyacente al Palacio de Placentia por el rey Eduardo IV en 1480. Conocidos por su predicación, por su dedicación a los pobres y su lealtad a la Iglesia, los franciscanos no sólo gozaron la estima de los monarcas, sino también de los ciudadanos comunes de Londres. De hecho, cuando la real y sangrienta persecución de Católicos comenzó bajo el reinado de Enrique, y que continuó durante los siguientes dos siglos, algunos de los primeros santos mártires a manos de los "reformadores" fueron miembros del monasterio franciscano de Greenwich.
 
Anunciar la verdad frente al poder - La vocación del predicador
El 31 de Marzo de 1532, Domingo de Pascua, el rey Enrique VIII oyó Misa en la capilla franciscana en Greenwich. Él estaba en ese tiempo consumido por su lujuria hacia Ana Bolena y con la presión de divorciarse de Catalina -una situación que muchos llamaban "el Asunto del Rey"-. El predicador esa mañana fue William Peto, que era bien conocido por la familia real, por supuesto, por ser el confesor de la joven princesa María. En vez de tratar de la Resurrección, Peto basó su sermón en el capítulo 22 del III Libro de Reyes (o I de Reyes, como lo llaman ahora), que relata del rechazo del rey Acab a atender la palabra de Dios que le diera el profeta Miqueas, y su posterior muerte desgraciada y humillante entierro.

Acab (rey de Israel) murió a causa de la idolatría a que lo indujo la impía Jezabel
 
En un inaudito acto de valor, y en fidelidad a su fe y su anhelo de salvar al rey, fray Peto procedió a comparar Enrique VIII con el rey Acab -cuya esposa Jezabel había remplazado a los verdaderos profetas de Yahveh con los profetas paganos de Baal-. La inferencia obvia es que Ana Bolena era la Jezabel de Inglaterra -que podía usar el capricho que el rey tenía con ella para sustituir al Catolicismo con las fantasías de Lutero, al cual ella le tenía una particular devoción-. Ante el asombro de la congregación que se hallaba en la iglesia franciscana esa mañana, Peto advirtió a Enrique que si continuaba imitando a Acab, entonces su cadáver sufriría la misma indignidad en la cual había caído el rey israelita. Después de su muerte, los perros lamerían la sangre de Acab (cf. III Reyes 22: 38).
  
Supérfluo es decir, Enrique VIII no se emocionó por el sermón de Fray Peto. Pero aún no había caído en la locura tiránica que lo marcaría en sus últimos años. De hecho, el rey se reunió con Peto posteriormente a ese evento, para intentar persuadir al fraile de su creencia de que su matrimonio con Catalina era inválido. Peto, sin embargo, le advirtió al rey que su intento de abandonar a su leal esposa conduciría al final de la dinastía Tudor. Poco después de ese intercambio, Enrique permitió que Peto abandonara el país, porque había sido llamado a Tolosa de Francia para representar a los franciscanos ingleses en el capítulo general de la orden. Inmediatamente William Peto partió al continente, se presume, Enrique VIII nombró a uno de sus capellanes privados, el Dr. Hugo Curwen, para predicar el Domingo siguiente un sermón en el convento de Greenwich para contrariar a Peto.

Convento de los Franciscanos Observantes de Greenwich, demolido por Isabel I de Inglaterra (grabado de la época)
 
La contraofensiva de Enrique
El sermón de Curwen fue un ataque directo contra Peto y un atentado de defensa del planeado divorcio de Enrique. Hay evidencia creíble para sugerir que el rey mismo había asistido de incógnito, para oir la homilía de Curwen. El sermón comenzó con una acusación de cobardía contra Peto -Curwen decía que el fraile tenía miedo del rey y había huído a Tolosa para buscar refugio-. Como el capellán real comenzó a defender el intento de divorcio del rey, algunos de los frailes, liderados por su prior, Fray Enrique Elstow, comenzaron a protestar en alta voz. Elstow incluso escaló al coro alto de la iglesia, donde apareció "como un fantasma en escena" (cf. The Religious Orders in England - Las órdenes religiosas en Inglaterra, Vol. III, David Knowles, Cambridge University Press, 1959; p 207).
  
Los franciscanos bajaron gritando ante el predicador real. Suscitóse la protesta. Elstow entonces procedió a equiparar a Curwen con uno de los profetas de Baal, y también lo acusó de desear asegurar para sí el favor del rey en vez de gozar del favor de Dios. Curwen, exclamó Elstow, "era un borrego del rey, no un discípulo de la Verdad". Al final, parece que Enrique VIII tuvo que manifestarse en público para imponerle silencio a Elstow. ¡Podemos asumir seguramente, entonces, que los franciscanos cayeron ese día en desgracia ante la realeza inglesa! Parece incluso que María, la futura reina católica, también se volvió contra ellos en esa época -probablemente temiendo que en su entusiasmo por la Iglesia, algunos frailes pudieran presionar a su padre a distanciarse aún más de ella-.
  
Después de regresar de Francia, fray Peto fue tomado prisionero por Enrique VIII. Entre los otros frailes que lo acompañaron en la prisión estaba fray Elstow. Un año después, se cree, ambos fueron liberados. Ellos inmediatamente escaparon a Europa continental, sabiendo que era peligroso para ellos permanecer en Inglaterra, porque día tras día, el rey respiraba más deseos de venganza contra la Iglesia. Al año siguiente, varios sacerdotes y religiosos -incluyendo los miembros de su propia comunidad- fueron muertos por causa de la Fe. En dos años, en 1535, incluso laicos, como Santo Tomás Moro, tuvieron que ir al patíbulo por su defensa de la Verdad. Peto vivió en Amberes por un tiempo, donde editó un libro escrito por el obispo San Juan Fisher en defensa de la reina Catalina de Aragón. También ayudó a muchos católicos ingleses y galeses refugiados durante su estadía en el continente. Varios de los espías de Enrique VIII informaron al rey que Peto "trabajaba más empeñadamente que una abeja estableciéndose" en el libro de Fisher, y que "el rey nunca había tenido en su reino traidores semejantes a los frailes" (The King's Reformation - La Reforma del rey, por G. W. Bernard, Yale University Press, 2005; p 153).
  
Elevado a la púrpura y recibiendo el capelo rojo
En 1539, William Peto fue incluido en el Acta de Deshonra decretada contra el Cardenal Reginaldo Pole y sus aliados, pero estaba a salvo entonces de las garras del rey. De hecho, Peto vivía en Italia a finales de la década de 1530, donde permaneció hasta la muerte del rey Enrique VIII y su sucesor protestante, Eduardo VI. El 30 de Marzo de 1543, el Papa Paulo III consagró a Peto como obispo de Salisbury, aunque por supuesto, no podía posesionarse en la diócesis. Para ese tiempo, él podía reclamar su sede, pero no intentó nada al respecto. Incluso, con la asunción de María I en 1553, su antiguo confesor formalmente renunció al obispado de Salisbury y se retiró a su antiguo convento en Greenwich. 
  
Luego de su elección, el Papa Paulo IV decidió elevar al Obispo William Peto al Colegio Cardenalicio. Ambos se conocieron en Roma, y el Papa deseaba nombrar a William Peto como Legado Pontificio en Inglaterra, remplazando al Cardenal Reginaldo Pole, que había sido nombrado recientemente Arzobispo de Canterbury. Para entonces, Peto ya estaba muy anciano y declinó recibir el capelo cardenalicio. Aún así, el Papa Paulo IV realizó la postulación, y su viejo amigo fue elevado al cardenalato en Junio de 1557.
 
La reina María, se cree, no podría consentir que su viejo confesor recibiera el capelo rojo de los cardenales, y parece que Peto afrontó considerables -e injustas- burlas públicas por ello. Algunas fuentes incluso sugieren que fue apedreado por una turba de Londres poco después de este nombramiento, circunstancia que pudiera causarle la muerte meses después. Sobre su muerte, hay dudas sobre dónde y cuándo fue. Algunos se preguntan si el Cardenal Peto murió en Londres o en Francia. La fecha de su muerte también es materia de debate. Muchos coinciden en que murió pocas semanas antes que la reina, entre finales del verano y comienzos del otoño de 1558. Antes de morir en Noviembre de ese año, María Tudor le escribió al Papa Paulo IV. En su misiva, ella mencionó que le había ofrecido a Peto restablecerlo como Obispo de Salisbury, pero que él había declinado el ofrecimiento debido a su mala salud y avanzada edad.
  
¿Pero qué le pasó al cadáver de Enrique VIII?
Hay dos razones de por qué Enrique VIII no fue enterrado en la Abadía de Westminster, con el resto de su familia. La primera es que él había deseado ser sepultado junto a su tercera reina, Jane Seymour -la mujer que le dio su único hijo varón y heredero, Eduardo VI-. Ella fue enterrada en la Capilla de San Jorge del Castillo Windsor. En un testamento fechado a 1546, Enrique había mencionado específicamene su deseo de ser sepultado junto a ella, y también hizo provisiones para erigir un gran monumento para ambos -jamás fue realizado el monumento, y el sarcófago de mármol negro diseñado para Enrique VIII, que había confiscado al Cardenal Wolsey, hoy adorna la tumba del almirante Horacio Nelson en la Catedral de San Pablo-. La segunda razón para el entierro de Enrique VIII fuera de Londres es debido al hecho de que la gente -o por lo menos, la mayoría- lo odiaba. Pudo haber causado una rebelión el que el finado hubiese sido enterrado con todos los honores en la Abadía de Westminster -un monasterio que él mismo ha disuelto junto con todos los otros grandes santuarios y casas religiosas en Inglaterra y Gales-.
 
La macabra procesión a Windsor
Más de dos semanas pasaron desde su muerte antes que el gran cortejo fúnebre del cadáver de Enrique VIII dejara Whitehall y Westminster para llegar a Windsor. No mucha gente salió para rendirle los últimos respetos, y aquellos que lo hicieron fue por miedo o por un falso sentido de lealtad. Muchos de los dolientes fueron pagados para estar allí -entre ellos el servicio doméstico de Enrique VIII, los muchachos que trabajaban en sus cocinas y las mujeres que lavaban su ropa-. Cubiertos en trajes negros hechos especialmente para la ocasión, esos sirvientes del rey caminaron con su cadáver en dirección a Windsor. El ataúd de plomo, que fue conducido en un carruaje fastuosamente decorado, tenía una efigie de Enrique VIII en la tapa. Esta representación del rey muerto fue tan convincente que muchos, incluído el embajador español, pensaron que realmente éra el.
 
Un funeral real de la época implicaba un gran cortejo y un catafalco profusamente adornado. (Pompas fúnebres de Isabel I de Inglaterra)
  
Durante esta macabra procesión, los sacerdotes pudieron saludar el ataúd real al pasar por sus iglesias -asperjándole agua bendita y honrándole con incienso-. También habían estacionados varios obispos en el camino, para ofrecer misas en sufragio de su alma -a menudo en las arruinadas capillas monásticas, que él había vandalizado-. El cortejo de Enrique VIII fue también rodeado de estandartes que desplegaban imágenes de los santos, como el de San Eduardo el Confesor -cuyo santuario él destruyó- y de Nuestra Señora, la Virgen Santa María -cuyo principal lugar de peregrinación en Walsingham también fue saqueado por el rey-. ¡Tanta fue la enloquecedora maldad que agitó la mente y el alma de Enrique VIII hacia el final de su vida, que parecía convencido de, por un lado, poder afirmar su devoción a la Virgen María; mientras que, por otro lado, también profanaba sus iglesias, imágenes y santuarios!
  
A ocho millas de Londres, la procesión fúnebre de Enrique VIII se detuvo en Syon House para pasar la noche. En otro tiempo fue uno de los monasterios de la orden brigidina más apreciados en Inglaterra, pero entonces era una casa privada de campo. Antes de suprimir el monasterio, ejecutar a uno de sus sacerdotes (San Ricardo Reynolds), y dárselo a sus parientes por afinidad, la familia Seymour, él a menudo frecuentaba como peregrino dicho lugar. Disfrutaba de oir misa allí cuando era niño y aún cuando era un joven adulto, antes de que su propia Jezabel le condujera a las selvas de la soberbia espiritual. Como un cadáver ingrato, se cree, fue dejado solo esa noche en la capilla arruinada de la vieja abadía.
  
"Las lenguas de tus perros tomarán su parte del enemigo" (Salmo 68:24)
Luego de que el Obispo de Londres ofreciera la misa por su alma, algunos asistentes notaron que el ataúd de plomo de Enrique había sido dañado durante la noche. Si fue por el peso de la efigie y las otras decoraciones sobre el ataúd, o porque el cadáver del rey explotó -estaba extremadamente hinchado y había entrado en un avanzado estado de descomposición entonces-, en todo caso el cajón parecía haberse expandido y abierto por partes. Los presentes también advirtieron el pútrido hedor que llenaba la vieja capilla de Syon donde estaban velando al rey, y un líquido como sangre también se filtraba sobre el piso de piedra. Tanto la fetidez como la pus sanguinolenta que emanaba de su supurante cuerpo eran demasiado repulsivas para mostrarla al público. Por eso decidieron llamar a los plomeros locales para soldar las juntas del ataúd de plomo antes de que la procesión emprendiera los pasos finales de su viaje.
 
En evidencia de uno de esos plomeros, como también de otros testigos, sabemos que cuando el ataúd real estaba siendo reparado, un perro (posiblemente propiedad de uno de los plomeros) corrió debajo del mismo y comenzó a lamer la sangre purulenta de Enrique VIII. Aquí hay el relato de un testigo ocular del evento, citado por Robert Hutchinson en su libro The Last Days of Henry VIII [Los últimos días de Enrique VIII] (Weidenfeld, 2005):
[El] pavimento de la iglesia estaba mojado con la sangre del rey. En la mañana vinieron los plomeros para soldar el ataúd bajo el cual se vio súbitamente a un perro reptando y lamiendo la sangre del rey. Si me preguntas cómo lo supe, te respondo que William Grenville, que apenas pudo retirar al perro, me lo dijo y también se lo contó al plomero.
Parece que se cumplió la profecía de Fray Peto. Como las antiguas advertencias del fraile a Enrique VIII en 1532 habían sido ampliamente difundidas para ese tiempo, muchos estuvieron alerta al respecto. De más está decirlo, la palabra que dio cuando se supo que Enrique VIII realmente se casó con la Jezabel inglesa y también había abandonado a Dios, siendo castigado por eso en una forma semejante a la del rey Acab.

Como ironía, el escudo real de Enrique VIII tenía como tenante (soporte heráldico) un perro. Y precisamente fue un cánido el instrumento para que la profecía de Fray Peto se cumpliera.
 
Finalmente fue sepultado junto a Jane Seymour en la Capilla de San Jorge, en Windsor. Casi un siglo más tarde, fue acompañado por Carlos I Estuardo, quien fue enterrado en la misma bóveda tras ser ejecutado por Oliver Cromwell. Ningún rey tuvo una gran losa sepulcral hasta principios del siglo XIX, y los sueños de Enrique VIII de ser sepultado en una tumba monumental jamás se cumplieron. Parece que aún sus descendientes protestantes están avergonzados de su tiránico ancestro. Uno también está tentado a recordar esa vieja frase, que en otro tiempo se pronunciaba tres veces en la coronación de los Papas: "Sic transit glória mundi" (Así pasa la gloria de este mundo).
 
Como Fray Peto y todos aquellos hombres y mujeres que afrontaron persecuciones y muerte por decir la Verdad a los poderosos durante el Cisma Anglicano, podemos -y debemos- los Católicos de hoy ser también valientes en proclamar el Evangelio de salvación. En ánimo de salvar las almas, enfrentemos la muerte, o el ser enviados a exilio o a prisión si es necesario, aún por aquellos cuya salvación anhelamos fervientemente. Es nuestro deber cristiano amar a todos los hombres y proclamar la Verdad, incluso como Cristo nuestro Salvador lo hizo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Preferiblemente, los comentarios (y sus respuestas) deben guardar relación al contenido del artículo. De otro modo, su publicación dependerá de la pertinencia del contenido. La blasfemia está prohibida.