lunes, 12 de octubre de 2015

NUESTRA SEÑORA DE APARECIDA, PATRONA DE BRASIL

Nuestra Señora de Aparecida
  
La devoción a la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen, fue propagada por los portugueses desde los primeros tiempos de su arribo al Brasil. El más insigne testimonio de esa veneración se encuentra a pocos kilómetros de Guaratinguetá, villa del estado de Sao Paulo, sobre las riberas del Paraiba, en el pueblo de la Apparecida, que debe su nombre y su origen, al célebre santuario de Nuestra Señora, levantado ahí el año de 1743.
 
La historia tradicional y legendaria de Nuestra Señora de Apparecida, pequeña estatua de madera negra muy delicadamente tallada, tal como se halla consignada en un documento de la época, es como sigue:
Hacia fines del año de 1717, pasó por Guaratinguetá el gobernador de Sao Paulo, Don Pedro de Almeida, conde de Assumar y, para agasajarle, salieron algunos pescadores en sus canoas a echar sus redes en el río Paraiba. Uno de ellos, por nombre Juan Alves, se apartó del resto y arrojó la red frente un sitio de la costa denominado Puerto Itaguassú. Del primer lance, el pescador sacó en las mallas de su red un objeto cubierto de algas y hierbas en el que se adivinaba el cuerpo de una estatuilla labrada, al que le faltaba la cabeza. Asombrado ante el hallazgo, Juan volvió a lanzar la red en otra direccción y, aquella vez, logró atrapar la cabeza de la efigie. Sin pérdida de tiempo, se dirigió a la orilla, y luego de despojar a los objetos de los yerbajos que los cubrían y de limpiarlos como mejor pudo, comprobó que la cabeza encajaba perfectamente en el cuerpo de la imagen y descubrió que ésta representaba a la Virgen María en su Concepción Inmaculada.
  
Nunca se supo cómo fue a parar al lecho del río aquélla imagen, pero el hecho es que los pescadores que la encontraron, se la llevaron consigo y en la casa de uno de ellos, llamado Felipe Pedrosa, le aderezaron un altar y comenzó dársele culto. Poco tiempo después, un hijo de Felipe, construyó una capillita para depositar la imagen a la mitad del camino entre Puerto Itaguassú y Guatinguetá. Propuesta ahí a la veneración de los fieles, la Virgen María suscitó inmediatamente, por sus gracias milagrosas, un gran concurso de fieles, en número siempre creciente. La devoción a la Apparecida, como el pueblo llamó desde entonces a la imagen, se extendió en forma tan rápida que, en 1725, las autoridades eclesiásticas debieron intervenir, pusieron al cuidado de la capilla a los monjes paulinos y comenzaron a realizar la campaña para construir otra iglesia mayor. Por comisión del obispo de Río de Janeiro y gracias a su empeñosa colaboración, el santuario quedó terminado en 1743, fue solemnemente consagrado y trasladada la imagen con todos los honores. El culto creció en forma extraordinaria; de todas partes acudían peregrinaciones con riquísimos donativos para la Virgen, se confió el cuidado de la imagen y sus muchos bienes a la diócesis de Sao Paulo y, en torno al templo, comenzó a surgir la población de La Apparecida. Ya mediado el siglo XIX, se construyó el gran santuario que hoy existe y al que unos 75,000 peregrinos visitan cada año.
  
Los Sumos Pontífices han enriquecido el santuario con diversas gracias y privilegios, como la concesión del título de Basílica. Por decreto del Capítulo de la Basílíca Vaticana, en ocasión del primer cincuentenario de la proclamación del dogma de la Inmaculada, la imagen de la Apparecida fue coronada por el arzobispo de Sao Paulo; pero más solemnes todavía fueron las fiestas de la proclamación de Nuestra Señora de Apparecida como patrona del Brasil, el 16 de julio de 1930, cuando la santa imagen fue transportada en procesión triunfal a Río de Janeiro (capital del país en ese entonces), donde fue acogida con indescriptible regocijo. Después de la coronación, en presencia del presidente de la República, ministros y hombres de estado, el cardenal Leme, arzobispo de Río, pronunció la fórmula de consagración del Brasil al Corazón Inmaculado de María, en su advocación de Nuestra Señora de Apparecida.
  
Los datos para este artículo fueron tomados de Historia del Culto a María en América, de R. Vargas Ugarte, SJ, pp. 803 a 805, lo mismo que de la obra de Hubert du Manoir, SJ., Maria-Etudes sur la Sainte Vierge, vol. V, pp. 373-374.

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