lunes, 30 de noviembre de 2015

EL GENERISMO Y LA CÁBALA

Traducción del artículo publicado por Pietro Ferrari para RADIO SPADA
  
Rebis, el primer ser acorde al generismo alquímico
  
La amenaza de la ideología de género se yergue como sulfúrea tentación esotérica, que no solo quiere forzar la ciencia, la antropología y la moral natural, sino la misma fe católica sobre la naturaleza divina y la naturaleza humana. Más allá del marxismo y el feminismo, hoy el igualitarismo roza en el mito del andrógino para destruir desde la raíz la diferencia entre el hombre y la mujer, negando que sean distintos. Para los cabalistas, Dios es bisexuado y andrógino, reuniendo en sí el principio masculino y el femenino, y produce sus emanaciones contrayéndose en sí mismo. Adán en la Cábala era autosuficiente y solo posteriormente Eva fue sacada de él, creada de su costilla. Eva estaba en él, el ‘principio femenil’ estaba en él: en su originaria perfección Adán sería hermafrodita, andrógino. Un ‘Dios andrógino’ creador de una ‘humanidad andrógina’.
 
Sabemos por la Teología Católica, en cambio, que Dios es espíritu puro, asexuado, ni hombre ni mujer. Pero, no casualmente, Dios se ha revelado a nosotros como PADRE y no como MADRE, y la segunda persona de la Trinidad, la del HIJO (y no ‘de la HIJA’), se ha encarnado en un hombre masculino, JESUCRISTO, que es el ‘Nuevo Adán’ (y no la ‘Nueva Eva’). Todo eso debía en algún modo será puesto en discusión, sobre todo contra San Pablo (1 Cor. 11, 9): “…el hombre es imagen y gloria de Dios, la mujer es a su vez la gloria del hombre” –es por esto que el hombre reza con la cabeza descubierta y la mujer con un velo en la cabeza– porque “no procede el hombre de la mujer, sino que la mujer procede del hombre; no fue hecho el hombre por causa de la mujer, sino la mujer por causa del hombre”.
 
San Pablo (Ef. 3, 14): “Por eso doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra, para que os conceda, según la riqueza de su gloria, que seáis fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior”.
  
¿La Iglesia es por esto machista como lo pretende el ‘feminismo-homosexualismo-generismo’? El hombre y la mujer son a imagen de Dios, porque poseen el aspecto principal, esto es, el alma espiritual y sus potencias, pero solo el hombre lo es porque guarda los aspectos secundarios. La sumisión de la mujer no se justifica porque ella tenga menores cualidades, o porque en el orden de la gracia no pueda ser superior al hombre.
  
Aunque no sea directa ni explícitamente abrazado, no podemos dejar de evidenciar cómo el tufo ‘feminista-homosexualista-genderista’, con sus orígenes esotéricos, había al menos “condicionado” el lenguaje de algunos reclamantes al Solio Petrino.
 
Gran escándalo se suscitó cuando Juan Pablo I dijo el 10 de Septiembre de 1978 estas palabras: “Dios es padre, pero también, es madre”.
  
Karol Wojtyla en el 1994 –quizá involuntariamente (!?)– recoge la teoria cabalística de la ‘contracción divina’ y de la naturaleza bisexuada de Dios, en la ‘Carta a las Familias’en su Numeral 6:
“Antes de crear al hombre, parece como si el Creador entrara dentro de sí mismo para buscar el modelo y la inspiración en el misterio de su Ser, que ya aquí se manifiesta de alguna manera como el «Nosotros» divino. De este misterio surge, por medio de la creación, el ser humano: «Creó Dios al hombre a imagen suya; a imagen de Dios le creó; varón y mujer los creó» (Gn 1, 27).
   
Karol Wojtyla liga las dos perícopas usando el cursivo como si el texto fuese: “Creó Dios al hombre a imagen suya; varón y mujer los creó”, por tanto el ‘Nos’ divino que es expresión de la Trinidad, será imagen de la dualidad ‘hombre-mujer’”. Luego, ¡el hombre se asemeja a Dios en el ser masculino y femenino al tiempo!

Incluso en el n° 7 confirma cuanto había dicho Juan Pablo I modificando la Sagrada Escritura:
“Cuando, junto con el Apóstol, doblamos las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda paternidad y maternidad (cf. Ef 3, 14-15), somos conscientes de que ser padres es el evento mediante el cual la familia, ya constituida por la alianza del matrimonio, se realiza «en sentido pleno y específico» (Familiaris Consortio, 69). La maternidad implica necesariamente la paternidad y, recíprocamente, la paternidad implica necesariamente la maternidad: es el fruto de la dualidad, concedida por el Creador al ser humano desde «el principio»”.

También en el n° 9:
‘El Apóstol, «doblando las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda paternidad y maternidad en los cielos y en la tierra»’
  
¿Es posible agregar o quitarle cualquier cosa a la Divina Revelación? Absolutamente no, pero Wojtyla ha interpolado a San Pablo, haciéndole decir que toda maternidad viene del Padre. Dios será ahora Padre y Madre, andrógino primitivo anhelado por la tradición esotérica, en la unidad a la cual todo debería regresar.
 
Vittorio Messori, entusiasta sobre el Corriere en Enero de 1999: “Dios es también Madre”, Wojtyla como Luciani: Dios es padre y madre al mismo tiempo. El concepto, ya expresado en el ‘78 por Juan Pablo I, es recuperado ayer por el papa Wojtyla en la audiencia de los miércoles. Es necesario admitirlo: quien no solo “estudia” las cuestiones religiosas, sino que participa personalmente de la prospectiva cristiana, queda sorprendido. Sorprendido, digo, de la emoción con que el sistema mediático acoge cualquier señal en la –¿como decir?– “bisexualidad” divina. Otra vez no conseguinos ver que se esté en desconcierto en eso que el Papa Luciani recordó, justamente, como cosa obvia, de resbalón (quedando después, se dice, impedido el primero por el eco suscitado): Dios, o sea, es Padre pero es también Madre. Así, no tambaleamos verdaderamente por la emoción, encontrando una señal “en el amor materno” en Dios, en uno de los innumerables discursos de Juan Pablo II… Solo por convención, por nuestro defecto de lenguaje, llamamos “Padre” a Aquél que, para el catecismo, es la Primera Persona de la Trinidad. En realidad, desde siempre, el creyente consciente de su fe sabe que “el Dador de toda vida” es “antes” y “aparte de” toda distinción terrena: luego, es tanto Padre como Madre”.

Cortesía suya… por el campeón del conservadurismo católico Vittorio Messori, ¡¡¡la Revelación devino en “convención por defecto de lenguaje”!!!
  
Pero vamos al presente. En Enero de 2015, Bergoglio minimiza la magnitud del Gender a cuestión socio-cultural, una cuestión de colonización ideológica:
“Hace veinte años, en 1995, una señora Ministra de Educación había pedido un importante préstamo para poder construir escuelas para pobres. Le concedieron el préstamo con la condición de que en las escuelas los niños, a partir de un cierto grado, tuvieran un determinado libro. Era un libro escolar, un libro bien preparado didácticamente, en el que se enseñaba la ideología de género. Esta señora necesitaba el dinero del préstamo, pero ésa era la condición... Eso es la colonización ideológica: entrar en un pueblo con una idea que no tiene nada que ver con él; con grupos del pueblo sí, pero no con el pueblo, y así colonizar un pueblo con una idea que cambia o pretende cambiar su mentalidad o su estructura. Durante el Sínodo de los Obispos, los obispos africanos se quejaban de esto, que es como poner ciertas condiciones para conceder un préstamo. Hablo sólo de este caso que he conocido. ¿Por qué digo “colonización ideológica”? Porque aprovechan las necesidades de un pueblo o sus niños para entrar y hacerse fuertes. Pero esto no es nuevo. Lo mismo hicieron las dictaduras del siglo pasado. Llegaron con su doctrina. Recuerden a los “Balilla”, a la Juventud Hitleriana… Colonizaron al pueblo, lo querían colonizar. Pero ¡cuánto dolor! Los pueblos no pueden perder la libertad. El pueblo tiene su cultura, su historia; cada pueblo tiene su cultura. Cuando los imperios colonizadores imponen sus condiciones, pretenden que los pueblos pierdan su identidad y que se cree uniformidad. Ésa es la globalización de la esfera: todos los puntos son equidistantes del centro. Pero la verdadera globalización –me gusta decir esto– no es la esfera. Es importante globalizar, pero no como la esfera, sino como el poliedro, es decir, que cada pueblo, cada parte, conserve su identidad, su ser, sin ser colonizado ideológicamente. A esto llamo ‘colonizaciones ideológicas’”. (Rueda de prensa de regreso a Roma desde Filipinas y Corea del Sur, 19 de Enero de 2015).
 
Marzo de 2015, Bergoglio es más perentorio, pero como siempre, en clave pseudo-sociológica:
“Luego ese error de la mente humana que es la teoría del gender, que crea tanta confusión”. (Encuentro con los jóvenes en Nápoles, 22 de Marzo 2015)
 
En el mes de Abril de 2015:
“…yo me pregunto si la así llamada teoría del gender no sea también expresión de una frustración y de una resignación, orientada a cancelar la diferencia sexual porque ya no sabe confrontarse con la misma. La diferencia entre hombre y mujer no es para la contraposición, o subordinación, sino para la comunión y la generación, siempre a imagen y semejanza de Dios… Es necesario, en efecto, que la mujer no sólo sea más escuchada, sino que su voz tenga un peso real, una autoridad reconocida, en la sociedad y en la Iglesia”. (Audiencia general, 15 de Abril de 2015)
  
Bergoglio formula una crítica psicológica al gender más que doctrinal y moral, confunde la denuncia de la contraposición entre hombre y mujer con la doctrina paulina de la subordinación de la mujer al hombre (acusando a la Iglesia de machismo) y reafirma la idea de una divinidad de traza cabalística.
  
Por tanto es necesario evidenciar cómo también en la Iglesia, aunque en forma críptica, se están desarrollando las semillas de la revolución del gender. Denunciamos en todas partes esta locura antes que se convierta en nuevo sentido común, como ya sucedió por el divorcio, el aborto y el homosexualismo.
  
Si las tinieblas pueden insinuarse en todas partes, es siempre la Luz quien las disipa y que, aún antes, las desvela.

domingo, 29 de noviembre de 2015

ORACIONES DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO PARA DESPUÉS DE LA MISA

ORATIÓNES SANCTI ALPHÓNSI EPÍSCOPI POST MISSAM
   
DIE DOMÍNICA
Amantíssime Jesu, Redémptor et Deus, adóro te præséntem in péctore meo sub speciébus panis et vini, quibus factus es cibus et potus ánimæ meæ. Sit infiníte benedíctus advéntus tuus ad ánimam meam, Deus meus, et pro tanto benefício tibi ex íntimo corde grátias ago, et dóleo eo quod digne tibi grates repéndere non váleo.
  
Et quasnam dignas gratiárum actiónes habére posset húmilis víllicus, si rústica in domo sua ab ipso suo rege se visitátum vidéret, nisi ad íllius pedes procúmbere et tácito admirári et laudáre tantam dignatiónem?
 
Prócido ergo coram te, o Rex divine; o Jesu dulcíssime, teque adóro ex abysso vilitátis meæ. Conjúngo adoratiónem meam adoratióni, quam tibi præstítit beatíssima Virgo María, quando in úterum suum sacrosánctum te recépit, et quo ipsa te amávit amóre, eódem te prósequi vellem.
  
O Redémptor amábilis, tu hódie sacerdotális verbis [Sacerdos dicit: verbis meis] obœ́diens, de Cœlo in manus meas [si fuerit laicus, vel minister, dicat: super Altáre] descendísti: et ego? eheu! quóties, præcéptis tuis inobœ́diens, te, ingráto ánimo, sprevi et grátiam et amórem tuum rejéci! O bone Jesu, meórum véniam delictórum jam te mihi tribuísse confído; quod si culpa mea nondum mihi pepercísti, modo, quǽso, ignósce mihi, o Bónitas infinita, nam te offendísse toto corde me pœ́nitet. Utinam, o Jesu, te semper amavíssem! A die saltem quo primam missam celebrávi [si fuerit laicus, vel minister, dicat: asstíti], únice pro te amóre flagráre debuíssem. Tu ex mílibus me in sacerdótem [si fuerit laicus, vel minister, dicat: sanctum] et amícum tuum elegísti, quid ultra fácere debuísti, ut a me diligeréris? Sed grátias ago tibi quia tempus mihi præstas agéndi, quod fácere omísi. Ex toto corde meo te amáre volo. Nullum afféctum in corde meo admittere volo nisi pro te, qui me tantis beneficiis ad te redamándum obstrinxísti.
  
Deus meus et ómnia. O Deus meus, quid mihi divítiæ! quid honóres! quid mundi voluptátes! tu ómnia mihi es. Tu solus eris deínceps únicum bonum, únicus amor meus. Dicam tibi cum sancto Paulino: Sibi hábeant divítias suas divítes, regna sua reges; mihi Christus glória et regnum est. Fruántur reges, ac dívites terræ, regnis suis, suisque divítiis, tu, o bone Jesu, divítiæ meæ et regnum meum mihi solus eris.
 
O Pater ætérne, per amórem hujus Fílii tui, quem hódie tibi óbtuli, et in cor meum recépi, da quǽso, mihi sanctam perseverántiam in grátia tua, et donum tui sancti amóris. Tibi étiam comméndo propínquos meos, amícos et inimícos; ánimas item Purgatórii omnésque peccatóres.
  
O Mater mea, María sanctíssima, ímpetra mihi sanctam perseverántiam et Jesu Christi amórem.
  
FERIA SECÚNDA
O Bónitas infinita! O cáritas infiníta! Deus mihi se totum dedit, factus est totus meus! Anima méa, cóllige omnes afféctus tuos, teque íntime conjúnge Dómino tuo, qui dédita ópera ad te venit, ut conjungátur tibi et redamétur a te.
 
O Redémptor amábilis, ampléctor te, amor et vita mea; me tibi conjúngo, noli me despícere. Heu mihi! tempus erat vitæ meæ, quo te rejéci ex ánima mea et me separávi a te; sed in pósterum vitam meam mílies pónere pótius volo, quam íterum amíttere te, summum Bonum meum. Oblivíscere, Dómine, ómnium injuriárum, quibus te afféci, et mihi miserátus ignósce; toto corde me illárum pœ́nitet, et præ dolóre mori vellem.
 
Quámvis autem in te peccáverim, mihi præcípis, ut amem te: Díliges Dóminum Deum tuum, ex toto corde tuo. Oh! Dómine mi, quis ego sum ut a me díligi cúpias? Quóniam hoc desideras, amóre te prósequi volo. Tu pro me mortem subíre voluísti, et carnes tuas in cibum mihi dedísti; ego ómnia relinquo, ómnibus valedíco, et te solum, amantíssime Salvátor, ampléctor.
 
Quis me separábit a caritáte Christi? O Redémptor amábilis, et quem álium dilígere volo, nisi te, qui es infiníta bónitas et infiníto amóre dignus? Quid mihi est in cœlo et a te quid vólui super terram? Deus cordis mei, et pars mea Deus in ætérnum. Profécto quidem, Deus meus, et úbinam sive in cœlo, sive in terra bonum te majus inveníre possum, vel qui magis quam tu me diléxerit?

Advéniat regnum tuum. Oh! bone Jesu, sume, precor, hoc mane totíus cordis mei domínium, illud ego tibi totum prǽbeo. Tu illud semper ac totum pósside, et omnes afféctus, qui non sunt ad te, ab eo repélle. Te solum in partem meam, et in meas divítias éligo: Deus cordis mei, et pars mea, Deus, in ætérnum.
 
Da, ut semper illud sancti Ignátii a Loyóla in ore hábeam et petam: Amórem tui solum cum grátia tua mihi dones, et dives sum satis. Da mihi amórem et grátiam tuam; fac vidélicet ut amem te, et amer a te, et dives sum satis, nec ámplius ultra desidéro, nec áliud quǽro. Verúmtamen tu scis infirmitátem meám, et quam sæpe tibi infidélis exstíterim; ádjuva ergo me grátia tua, nec unquam permíttas me separári ab amóre tuo sancto. Ne permíttas me separári a te. Hoc nunc tibi dico, sempérque dícere volo, et idípsum tríbue, ut repétere tibi semper queam: Ne permíttas, ne permíttas me separári a te.
  
O Virgo sanctíssima, spes mea, María, ímpetra mihi a Deo hanc dúplicem grátiam: sanctam perseverántiam et sanctum amórem; nihil ámplius a te peto.
  
FERIA TÉRTIA
Ah! Dómine mi, quómodo pótui te multóties offéndere, sciens quod peccándo tibi summe displicébam? Per mérita, quǽso, passiónis tuæ ignósce mihi, et vínculo amóris tui me tibi obstrínge; non te séparet a me fetor culpárum meárum. Fac ut magis ac magis tuam bonitátem et amórem, qui tibi debétur, et caritátem, qua me dilexísti, semper agnóscam.
 
Cúpio, bone Jesu, me totum pro te devovére, qui temetípsum pro me in sacrifícium offérre voluísti. Tu innúmeris caritátis arguméntis me tibi obstrinxísti; ne, qu
ǽso, permíttas me unquam separári a te. Amo te, Deus meus, teque semper dilígere volo. Et quómodo a te disjúnctus, et sine grátia tua vivere pótero, cum amórem tuum cognóverim?
 
Grátias ago tibi quia me pertulísti quando sine grátia tua vivébam, et quia tempus adhuc mihi præstas amándi te. Si tunc mihi supervenísset intéritus, te ámplius amáre non possem. Quóniam vero adhuc te dilígere possum, ómnibus víribus te amáre volo, dulcíssime Jesu, tibíque in ómnibus placére perópto.
 
Diligo te, o Bónitas infinita, amo te plus quam me; et quia amo te, dono tibi corpus meum, ánimam meam, ac totam voluntátem meam. Fac, Dómine, et dispóne de me juxta beneplácitum tuum; in ómnibus me tibi subício. Dúmmodo mihi concédas ut semper díligam te, nihil áliud posco. Terréna bona da voléntibus illa; non áliud ego desídero, nihílque peto, nisi perseverántiam in grátia tua et sanctum amórem tuum.
 
Inníxus ego, o Pater ætérne, Filii tui promíssis: Amen, amen, dico vobis, si quid petiéritis Patrem in nómine meo, dabit vobis, in nómine Jesu Christi peto a te sanctam perseverántiam et grátiam amándi te ex toto corde meo, perfécte faciéndo deínceps voluntátem tuam.
 
O Jesu, tu pro me víctima factus es, et mihi teípsum dedísti, ut tradam tibi meípsum, tibíque ímmolem voluntátem meam; inquis enim: Præbe, fili mi, cor tuum mihi. Ecce cor meum, Dómine, ecce cor meum et ánimam meam, quam tibi dono et omníno pro te devóveo.
 
Verum tu scis, Dómine, infirmitátem meam: succúrre mihi; ne permíttas me hanc voluntátem meam a te retráhere ad peccándum in te. Mínime: noli hoc permíttere; da, ut semper dilígam te, fac ut amem te quantum sacérdos te dilígere debet; et quemádmodum Filius tuus in cruce móriens dicere pótuit: Consummátum est, ita in morte mea dicere váleam, quod ex hac die mandáta tua custodívi. Præsta, ut in ómnibus tentatiónibus et perículis in te peccándi semper ad te recúrram, et auxílium tuum per mérita Jesu Christi imploráre non omíttam.
 
O María sanctíssima, quæ ómnia potes apud Deum, ímpetra mihi hanc grátiam, ut in tentatiónibus semper ad Deum et ad te confúgiam.
  
FERIA QUARTA
O mi Jesu, video quanta operátus et passus es, ut mihi necessitátem impóneres amándi te; et ego tam ingrátum me tibi probávi? Quóties pro vili delectatióne et desidério nequam tuam grátiam commutávi et amísi te, o Deus ánimæ meæ! Creaturárum benefícia grata memória sum prosecútus, tibi soli me ingrátum prǽbui. Ignósce mihi, Deus meus; dóleo ejúsmodi ingráti ánimi crimen, et toto corde me pœ́nitet, et véniam a te spero cum sis infiníta bónitas. Si tu bónitas infiníta non esses, mihi desperándum foret, nec ámplius misericórdiam tuam imploráre audérem. Tibi sint grates, amor meus, quia ad Inférnum, quem promérui, non me damnásti et tanto témpore me sustinuísti. Sola quidem patiéntia tua in me, Deus meus, ad amándum te tráhere me debéret. Quis unquam me toleráre potuísset, nisi tu, qui es infinítæ misericórdiæ Deus? Jámdiu est, ex quo invítas me ad amándum te; nolo ámplius resístere amóri tuo; ecce, me tibi totum dedo. Súfficit quantum in te peccávi, nunc te dilígere volo.
 
Amo te, o summum Bonum meum; diligo te, o Bónitas infinita; amo te, Deus meus, qui es infiníto amóre dignus, et semper repétere volo in témpore et in æternitáte: amo te, amo te.
  
O Deus, et quot annos amísi, in quibus te dilígere et in amóre tuo prógredi potuíssem, et eos insúmpsi ad peccándum in te!
  
At sanguis tuus, o Jesu, spes mea est. Numquam, spero, te amáre cessábo. Ignóro quantum mihi vivéndum súperest; resíduum tamen vitæ meæ sive breve sive longum sit, illud tibi totum cónsecro. Ad hunc finem háctenus exspectásti me. Volo quippe tibi complacére, volo te, amantíssime Dómine, semper amáre, teque solum dilígere volo. Quid mihi delíciæ! Quid divítiæ! Quid honóres! Tu solus, Deus meus, tu solus, solus es, et semper eris amor meus et ómnia.
 
Sed nihil possum, nisi tu ádjuves me grátia tua. Vúlnera, quǽso, cor meum, inflámma illud sancto amóre tuo, tibíque totum conjúnge, et ita conjúnge, ut a te númquam separári possit. Tu amáre promisísti, qui te díligit: Ego diligéntes me díligo. Nunc amo te: parce audáciæ meæ, ama tu étiam me, nec permíttas me quidquam fácere, quod impédiat quóminus díligas me: Qui non díligit manet in morte. Líbera me ab ista morte, qua impédiar quóminus amem te. Fac, ut semper díligam te, ut semper tu queas amáre me; et sic diléctio nostra ætérna sit, nec inter me et te ámplius dissolvátur.
  
Hoc præsta, Pater ætérne, per amórem Jesu Christi. Hoc ipsum concéde, jucundíssime Jesu, ob mérita tua, per quæ spero fore, ut te semper díligam et vicíssim a te semper díligar.
 
O María, Mater Dei, et mater mea, tu étiam deprecáre Jesum pro me.
  
FERIA QUINTA
O Deus infinítæ majestátis, en proditórem ad pedes tuos, qui tam gráviter in te delíquit! Tu multóties pepercísti peccátis meis; et ego, spretis benefíciis et præsídiis, quibus me donásti, íterum te injúriis afféci. Céteri peccavérunt in ténebris, ego autem in luce. Sed audi vocem hujus Filii tui, quem modo tibi óbtuli, et qui nunc est in péctore meo: ipse pro me misericórdiam et véniam apud te implórat. Parce mihi, o Bónitas infinita, per amórem Jesu Christi, quia te offendísse toto corde me pœ́nitet.
   
Scio te libénter, Jesu Christi amóre, peccatóribus fíeri placábilem: Complácuit per eum reconciliáre ómnia in ipsum. Per amórem ígitur Jesu Christi, placáre tu étiam mihi. Ne projícias me a fácie tua, quamvis id mérear; parce mihi et muta cor meum. Cor mundum crea in me, Deus.
 
Hoc age ob honórem saltem tuum, [Sacerdos dicit: quóniam elegísti me in sacerdótem et ministrum ad offeréndum tibi ipsum Filium tuum]. Fac me vívere sicut decet sacerdótem [si fuerit laicus, vel minister, dicat: Christifídéli]. Da cor mihi, quo te sacérdos [si fuerit laicus, vel minister, dicat: sanctum] amáre debet. Exstíngue, precor, et déstrue in me tui amóris igne omnes terrénos afféctus. Fac, ut gratum deínceps me tibi probem pro tantis benefíciis mihi collátis, et pro tanto amóre, quo amásti me. Si olim amicítiam tuam sprevi, nunc eam magis æstímo quam cuncta mundi regna, et beneplácitum tuum ómnibus divítiis ac cœli térræque delíciis antepóno.
 
O Pater mi, per Jesu Chrísti amórem ábstrahe me ab ómnibus rebus. [Sacerdos dicit: Tu vis, ut sacerdótes tui ab ómnibus, quæ in mundo sunt, omníno segregáti sint, ac tibi soli, et opéribus glóriæ tuæ vivant: Segregáte mihi Saulum et Bárnabam in opus, ad quod assúmpsi eos.] Scio quod étiam id a me requíris, et hoc fácere propóno, sed tu ádjuva me grátia tua. Trahe me totum ad te.
 
In labóribus et in advérsis mihi patiéntiam et voluntátis conformatiónem tríbue. Da, ut per amórem tuum meípsum mortíficem. Concéde mihi spíritum veræ humilitátis, quo gáudeam me abjéctum et imperféctum reputári. Doce me fácere voluntátem tuam, et tum quod a me requíris índica mihi, id enim éxsequi volo.
  
Récipe, Deus meus, ad amándum te peccatórem, qui háctenus nímium in te peccávit, sed nunc vere te dilígere vult et esse tuus. O Deus ætérne, spero fore ut te amem in ætérnum. Et ideo volo étiam in hac vita te multum amáre, ut multum te amáre váleam in æternitáte.
  
Et quia amo te, ab ómnibus te cognósci et amári desídero; et ídeo, Dómine, quóniam fecísti me sacerdótem [si fuerit laicus, vel minister, dicat: servum] tuum, fac ut pro te labórem, et salúti animárum incúmbam.
  
Hæc ómnia spero per mérita tua, o Christe Jesu, et per tuam intercessiónem, o Mater mea María.
  
FERIA SEXTA
O Jesu! et quómodo potuísti me ex mílibus in sacerdótem [si fuerit laicus, vel minister, dicat: servum] tuum eligere? Me, qui tóties tibi terga verti, et pro níhilo grátiam tuam sprevi? Amantíssime Dómine mi, dóleo ex tota ánima mea de peccátis meis. Dicito mihi, remisístine peccáta mea? Spero quidem. Fuísti quippe Redémptor meus non semel tantum, sed quóties mihi pepercísti. Ah, Salvátor mi, útinam numquam te offendissem! Fac, óbsecro, me audíre quod Magdalénæ dixísti: Remittúntur tibi peccáta tua. Fac, ut séntiam me in grátiam tuam jam esse recéptum donans mihi magnum dolórem de peccátis meis. In manus tuas comméndo spíritum meum; redemísti me, Dómine, Deus veritátis. Oh! diviníssime Pastor, tu de cœlo descendísti ad inveniéndum me, pérditam ovem, et pro me cotídie super altáre descéndis; posuísti vitam tuam ut salvum me fáceres; ne derelínquas me. In manus tuas comméndo ánimam meam, súscipe cleménter eam, et ne permíttas unquam separári a te.
 
Tu pro me totum Sánguinem tuum fudísti. Te ergo quǽsumus, tuis fámulis súbveni, quos pretióso Sánguine redemísti. Nunc es advocátus meus, non vero judex; véniam pro me apud Patrem tuum ímpetra; óbtine mihi lumen et virtútem amándi te ex tota ánima mea. Da resíduum vitæ meæ sic transígere, ut cum te júdicem aspéxero, mihi te placátum videam.
 
Regna, quǽso, amóre tuo in corde meo, fac ut sim totus tuus; et ídeo, Salvátor amábilis, mémorem me fac semper amóris, quo me dilexísti, et quanta operátus et passus es, ut me salváres, et amaréris a me. Ad hoc me sacerdótem [si fuerit laicus, vel minister, dicat: servum] fecísti, ut nihil díligam præter te.
  
Jesu mi, volo quippe tibi complacére; ego diligo te, et nihil áliud dilígere volo præter te.
 
Fac me húmilem et patiéntem in labóribus hujus vitæ, mansuétum in humiliatiónibus, a terrénis delíciis abhorréntem et a creatúris abstráctum, et præsta, ut a corde meo eíciam omnes afféctus, qui non sunt ad te.
 
Hæc ómnia a te implóro, et spero per mérita passiónis tuæ. O Jesu jucundíssime, amábilis Jesu, o bone Jesu, exáudi me.
 
O mater mea, et spes mea, María, tu quoque exáudi me et ora Jesum pro me.
  
SÁBBATO
Lóquere, Dómine, quia áudit servus tuus. O Jesu amantíssime, tu venísti étiam hoc mane ad visitándam ánimam meam, ex íntimo corde tibi grátias ago.
 
Quóniam venísti ad me, lóquere, quǽso, et dícito mihi quid velis a me quia ómnia fácere volo. Non méreo quod ultra mihi loquáris, eo quod vocem tuam audíre persǽpe recusávi, qua me vocábas ad amórem tuum, et ingrátus tibi terga verti. Verum de peccátis meis jam pœniténtiam egi, nunc íterum me illórum pœ́nitet, et véniam a te jam obtinuísse confído. Dic ergo mihi quid me vis fácere, sum enim parátus ad ómnia.
 
Utinam, Deus meus, te semper amássem! Hei mihi! quot annos amísi! At Sanguis tuus, et promissiónes tuæ spem mihi áfferunt reparándi tempus amíssum, te solum deínceps amándo tibíque placéndo. Amo te, Redémptor meus, amo te, Deus meus, ad nihil aspíro nisi ad amándum te ex toto corde meo, et ad vitam ipsam ponéndam pro amóre tui, qui amóre mei mortem subíre voluísti. Amóre amóris tui, dicam tibi cum sancto Francisco, móriar, qui amóre amóris mei dignátus es mori.
 
Tu, Jesu, mihi totum teípsum dedísti; dedísti tuum Sánguinem, vitam, omnes sudóres tuos, ómnia mérita tua; plus dare non habuísti: ego me totum tibi dono; dono tibi omnes delectatiónes meas, omnes sǽculi delícias, corpus meum, ánimam, voluntátem; plus tibi dare non hábeo; si plus habérem, plus tibi darem. Jucundíssime Jesu, tu mihi súfficis.
 
Fac tamen, Dómine, ut sim tibi fidélis; ne permíttas me, mutáta voluntáte, derelínquere te. Spero per mérita passiónis tuæ, Salvátor mi, id mihi númquam obventúrum. Tu dixísti: Nullus sperávit in Dómino, et confúsus est. Tota ígitur fidúcia dícere possum et ego: In te, Dómine, sperávi, non confúndar in ætérnum. Spero, o Deus ánimæ meæ, et semper volo speráre, numquam confusiónem passúrum vidéndi me separátum a te. In te, Dómine, sperávi, non confúndar in ætérnum!
    
Deus meus, tu omnípotens es, éffice me sanctum. Fac, ut multum díligam te, fac, ut nihil prætermíttam, quod redúndet in glóriam tuam, et ómnia vincam, ut tibi compláceam. O me beátum, si ómnia perdam, ut solum te, et amórem tuum invéniam! Ad hunc finem vitam tribuísti mihi, fac, ut eam opéribus glóriæ tuæ omníno impéndam.
 
Non méreor benefícia, sed pœnas; ideo déprecor te, ut púnias me sicut vis, dúmmodo grátiam tuam non áuferas a me.
 
Sine mensúra amásti me, o cáritas infiníta, o infiníta bónitas, sic amo et amábo te. O volúntas Dei! tu es amor meus. O Jesu mi! tu mórtuus es pro me, útinam ego étiam mori possem pro te et morte mea effícere, ut omnes ament te. O bónitas infiníta et infiníte amábilis! ego te máximi fácio et super ómnia díligo te.
 
O María! trahe me ad Deum; da mihi fidúciam in te et fac, ut semper ad te confúgiam; intercessióne tua sanctum me réddere debes: ita spero.
  
TRADUCCIÓN
 
DOMINGO
Mi querido Jesús, mi Redentor y mi Dios, antes de celebrar os adoré ya en el Cielo considerándoos glorioso en vuestro trono, a la diestra de vuestro Padre eterno; y ahora os adoro por haber descendido hasta mi corazón, oculto bajo las humildes especies de pan y vino, siendo de este modo el alimento y la bebida de mi alma. Sed pues, Señor, muy bien venido en mi alma, y os doy gracias por ello con todo mi corazón, si bien quisiera dároslas, Señor, dignamente. Pero ¡qué acción de gracias podría dar un pobre aldeano a rey que fuera a visitarlo en su cabaña; no arrojándose a sus pies, y permanecer ante él prosternado para alabar y admirar semejante bondad! Arrójome pues yo también a vuestros pies, oh mi rey divino, oh Jesús mío, y os adoro en el fondo abismo de mis miserias: uno mi adoración a la que os ofreció María al recibiros en su bienaventurado seno. Asimismo quisiera amaros como ella os amaba.
  
¡Ah! Redentor mío, obedeciendo esta mañana a mis palabras descendisteis del Cielo a mis manos; y ¡cuántas veces desobedeciendo yo vuestros preceptos, os he vuelto la espalda con ingratitud, renunciando a vuestra gracia y a vuestro amor! Jesús mío, espero no obstante que a estas horas me habréis ya perdonado; pero en el caso de no haberlo hecho aún por no merecerlo yo, perdonadme esta mañana, mientras que me arrepiento de todo corazón, oh bondad infinita, de haberos ofendido!
  
¡Ah! Jesús mío, que no os haya siempre amado! al menos debía hallarme inflamado de amor por vos desde que dije mi primera misa: vos me elegisteis entre tantos millones de hombres para vuestro sacerdote y favorito, haciendo cuanto de vuestra parte estaba para lograr mi amor. Os agradezco empero, amor mío, el que me deis el tiempo necesario para hacer lo que no he hecho hasta aquí, esto es, de amaros con todo mi corazón. No, no quiero que haya en mi corazón otro afecto que el que a vos os profeso, a vos, que tanto me obligasteis á amaros.
 
«Deus meus, et omnia». Dios mío; ¡cuántas riquezas! ¡Cuántos honores! ¡Cuántos placeres hallo en vuestra posesión, pues sois mi todo, y seréis en lo sucesivo mi único bien, mi único amor. Permitidme os diga con San Paulino: «Sibi hábeant divítias suas divites, regna sua reges; mihi Christus glória et regnum est». Posean los ricos enhorabuena sus riquezas, y los reyes conserven sus reinos; que para mí la única riqueza y el único reino a que aspiro, sois vos solo, ¡oh Jesús mío!
  
Padre eterno, por el amor de ese Hijo que os he ofrecido en sacrificio esta mañana, y que he recibido en mi corazón, dadme la santa perseverancia en vuestra gracia, y el don de vuestro santo amor: asimismo os ruego por mis parientes, amigos y enemigos, por las almas del Purgatorio y por todos los pobres pecadores. Mi santísima madre, María, obtenedme la santa perseverancia y el amor de Jesucristo.

LUNES
¡Oh bondad infinita! ¡Oh amor infinito! ¡Todo un Dios se me ha entregado y se ha hecho enteramente mío! Oh alma mía, recoge todos tus afectos, y únete estrechamente a tu Señor, que ha venido para unírsete y ser por ti amado.
 
Mi querido Redentor, yo os abrazo; mi tesoro y mi vida, me uno a vos, no me desechéis por piedad. ¡Desgraciado de mí, os arrojé en otro tiempo de mi alma y me separé de vos; pero ahora prefiero perder mil veces la vida antes que perderos de nuevo, mi soberano bien! Olvidad, Señor, las ofensas que contra vos cometí, y perdonadme: es tanto lo que me arrepiento de mis faltas, que quisiera morir de dolor.
 
Pero a pesar de todos mis pecados, veo con placer que me mandáis que os ame: «Diliges Dominum Deum tuum ex toto corde tuo.» ¡Ah! mi Señor y mi Dios, ¿quién soy yo porque deseéis tanto que os ame? pero puesto que lo deseáis, quiero complaceros. Vos moristeis por mí, me alimentasteis con vuestra propia carne; ¿y cómo podría yo abandonaros, y dejar de abrazaros, mi Salvador bien amado? «Quis me separabit á caritate Christi?»

Mi Redentor muy amado, ¿a quién podría amar, si no os amaba a vos que sois bondad infinita y digno de un amor también infinito? «Quid mihi est in coelo? et á te quid volui super terram? Deus cordis mei, et pars mea Deus in reternum.» Sí, Dios mío, ¿y dónde podré hallar en el cielo ni en la tierra un bien mayor que vos, nique me haya amado tanto? «Adveniat regnum tuum.» ¡Ah! Jesús mío, tomad posesión esta mañana de mi corazón, el cual os ofrezco enteramente: poseedle sin cesar, poseedle por entero, lanzad de él todo otro amor que no sea para vos; porque os escojo por mi exclusivo patrimonio, por mi única riqueza. «Deus cordis mei, et pars mea Deus in aeternum.» Permitidme os ruegue y os pida sin cesar con S. Ignacio de Loyola: «Amorem tui solum cum gratia tua mihi dones , et dives sum satis.» Dadme vuestro amor y vuestra gracia, esto es, haced que os ame y que me vea amado por vos, y con esto seré ya bastante rico, no desearé nada más, ni os pediré nunca otra cosa,
  
MARTES
¡Ah! Señor, ¿cómo pude tantas veces ofenderos con mis pecados, sabiendo que os causaba con ello un gran disgusto? ¡Ah! perdonadme por los méritos de vuestra pasión, y unidme estrechamente a vos con los lazos de vuestro amor; no os alejéis, Señor, de mí, a pesar del hedor que exhalan mis pecados. Hacedme conocer más cada día vuestra omnipotencia, el amor que merecéis, y el afecto que me habéis profesado.

Deseo, Jesús mío, sacrificarme enteramente por vos, puesto que también vos os sacrificasteis por mí: ya que me enlazasteis con vos por medio de tan amorosos ardides, no permitáis me separe nunca de vos; porque os amo, Dios mío, y quiero amaros siempre. A más de que, ¿cómo me sería posible vivir lejos de vos, al verme privado de vuestra gracia, después de haber conocido vuestro amor?

Os doy gracias por haberme tolerado cuando estaba en desgracia vuestra y de que me deis ahora el tiempo necesario para poder amaros: si hubiese muerto entonces no podría amaros ya más; pero ya que lo puedo ahora, quiero amaros, Jesús mío, cuanto me sea posible, y hacer todo lo que esté de mi parte por seros agradable. Os amo, bondad infinita, os amo más que a mí mismo; y por amaros tanto, os doy mi alma, mi cuerpo y mi voluntad: haced de mí, Señor, lo que os guste, y disponed en un todo según vuestra voluntad; porque viniendo de vos, con gusto lo acepto todo.

Basta que me acordéis la gracia de poder siempre amaros para no pediros nunca otra cosa. Conceded los bienes de la tierra a los que aspiren a ellos; en cuanto a mí no deseo ni os pido más que la perseverancia en vuestra gracia y en vuestro santo amor.
 
Oh Padre eterno, apoyado en la promesa de Jesucristo, vuestro hijo: «En verdad, en verdad os digo, si pedís al Padre en mi nombre, os lo concedería» (Joan. xvi, 25); os pido en nombre de Jesucristo la santa perseverancia y la gracia de amaros con todo mi corazón, y de cumplir además perfectamente vuestra voluntad. Oh Jesús mío, vos que os sacrificasteis enteramente por mí, que os entregasteis en un todo á mí, para que a mi vez me diera a vos y os sacrificara toda mi voluntad, no pude resistir a tantas pruebas, sobre todo después de haberme hecho oír estas palabras: «Inclina, hijo, tu corazón hacia mí». (Prov. xxm, 26.) He aquí, Señor, he aquí mi corazón, he aquí mi voluntad, que os ofrezco por entero y que gustoso os sacrifico. Ya sabéis empero cuán débil soy: socorredme, no permitáis me apodere nuevamente de ella para ofenderos; no, no me lo permitáis; haced por el contrario que os ame siempre, haced que os ame como debe amaros un sacerdote; y que así como pudo decir vuestro Hijo al espirar: «Consummatum est,» pueda decir yo también en la hora de mi muerte, vuestra voluntad quedó cumplida. Procurad que en todas mis tentaciones y en todos los peligros que corra de ofenderos, no cese de acudir a vos y suplicaros me preservéis de ellos por los méritos de Jesucristo. Oh sacratísima Virgen María, obtenedme esta gracia, haced que me dirija siempre a Dios en las tentaciones, y que no me olvide tampoco de acudir entonces a vos que tan poderosa sois cerca de Dios.

MIÉRCOLES
¡Ah! Jesús mío, ya veo cuanto os he hecho sufrir para ponerme en la necesidad de amaros, y hasta qué punto ha llegado mi ingratitud! ¡Cuántas veces he trocado vuestra gracia por un miserable capricho, y os he perdido, oh Dios de mi alma! Me he mostrado agradecido con las criaturas, al paso que he sido tan ingrato para con vos; Dios mío, perdonadme; siento por ello un vivo arrepentimiento, y así espero me concederéis el perdón que de lo más profundo de mi corazón os pido, siendo como sois, bondad infinita. A no serlo, perdería la esperanza y ni aun el valor ni la seguridad tendría cíe pediros misericordia.

Os doy gracias, Dios mío, por no haberme lanzado al Infierno, como lo merecía, y por haberme tolerado tanto tiempo; ¡ah! la paciencia que habéis mostrado conmigo debería por sí sola hacerme para siempre amante vuestro. ¿Y quién más que vos, que sois un Dios de infinita misericordia, habría soportado mis enormes faltas? No se me oculta que hace mucho tiempo me hostigáis para que os ame; no quiero por lo tanto resistir más a vuestro amor, y desde ahora podéis ya disponer de mí por ser enteramente vuestro. Bastante os ofendí, para que deje ahora de amaros; os amo, soberano bien mío; os amo, bondad infinita; os amo, Dios mío, porque sois digno de un amor infinito, y por esto quiero repetiros siempre así en el tiempo como en la eternidad, os amo, os amo.

¡Oh! Dios, ¡cuántos años he perdido, durante los cuales hubiera podido amaros y adquirir más y más vuestro amor, lejos de haberlos empleado en ofenderos! Pero, oh Jesús mío, vuestra sangre es mi esperanza, y por ella confió no dejaré nunca de amaros: no sé el tiempo que me resta de vida, pero que sea este breve o largo, quiero consagrároslo todo; así no dudo, llenaré el objeto por el cual me habéis esperado. Sí, mi amantísimo Redentor; quiero amaros siempre, quiero complaceros, y no amar más que a vos: ¿qué es lo que son los placeres, las riquezas y los honores? Vos solo, Dios mío, sois y seréis siempre mi amor y mi todo.

Pero ¿qué es lo que puedo yo si no me ayudáis vos con vuestra gracia? ¡Ah! herid mi corazón, inflamadle enteramente con vuestro amor y unidle del todo a vos, por manera que no pueda separarse nunca. Prometisteis amar al que os ama: «Yo amo a los que me aman» (Prov. yin.). Ahora que yo os amo, amadme también, perdonad mi osadía, y no permitáis que haga nada que pueda obligaros a dejar de amarme. «Quien no me ama, ama la muerte» (Jo. m, 14.) Libradme de esa muerte cuyo horror consiste en ser privado de amaros, haced que os ame siempre a fin de que a vuestra vez podáis amarme por toda la eternidad, y quede para siempre indisoluble el lazo de amor que á entrambos nos une. Hacedlo, Padre eterno, por el amor de Jesucristo; hacedlo, Jesús mío, por vuestros méritos; por ellos tengo la dulce esperanza de amaros y de ser siempre amado. María, madre de Dios, y madre mía, rogad también a Jesús por mí.

JUEVES
Oh Dios de infinita majestad, ved aquí postrado a vuestras plantas al traidor que os ha ofendido tanto: cuantas veces me habéis perdonado, otras tantas he vuelto a ofenderos, no obstante las luces y gracias que me habéis dispensado. Los demás han pecado envueltos entre las tinieblas, cuando yo pequé hallándome en el centro mismo de la luz; pero escuchad a vuestro Hijo, que os ofrecí esta mañana, y que está todavía en mi corazón, el cual os pide para mí misericordia y perdón. Así pues, perdonadme por el amor de Jesucristo, y porque me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido, bondad infinita.
  
Sé que os complacéis en perdonar a los pecadores por el amor de Jesucristo: «Complacuit per eum reconciliare omnia ipso.» (Coloss. i, 19.) Por el amor de Jesucristo, conciliaos pues conmigo. «No me arrojes de tu presencia» No me arrojéis de vuestra presencia, aunque lo merezca; antes por el contrario, perdonadme, y cambiad mi corazón: «Crea en mí, oh Dios, un corazón puro». Hacedlo al menos por vuestro honor, puesto que me hicisteis sacerdote, vuestro ministro, y como tal destinado a ofreceros a vuestro propio Hijo. Hacedme vivir como sacerdote, y dadme un corazón que os ame como debe amaros un sacerdote. ¡Ah! consumid y destruid en mí con la llama de vuestro santo amor, todas las afecciones de la tierra: haced también que sea en lo sucesivo agradecido a los beneficios que me dispensasteis y al inmenso amor que me tenéis. Si en otro tiempo desprecié vuestra amistad, ahora la prefiero a todos los tesoros del mundo, colocando para mí vuestra voluntad sobre todos los placeres del cielo y de la tierra.

Oh Padre mío, desprendedme de lo mundanal por el amor de Jesucristo; queréis que vuestros sacerdotes estén separados enteramente del mundo, y que no vivan más que por vos y por la obra de vuestra gloria. «Separadme a Saulo y Bernabé, para la obra a la que los he llamado». (Act. xiu, 2.) Ya sé que exigís de mí otro tanto; por esto procuraré hacerlo, pero ayudadme, Señor, con vuestra gracia. Atraed me enteramente hacia vos; infundidme la paciencia y la resignación de que tanto necesito en los trabajos y en las adversidades; dadme el espíritu de mortificación por vuestro amor; dadme asimismo el espíritu de una verdadera humildad, de modo que desee ser considerado por los demás como un objeto despreciable y cargado de fallas. «Enséñame a hacer tu voluntad», y decidme luego lo que queréis de mí, porque pienso hacerlo desde luego. Contad en el número de los que os aman, oh Dios mío, a este miserable pecador que os ha ofendido tanto, pero que quiere ahora amaros enteramente y ser del todo vuestro. ¡Oh Dios eterno! Confío amaros eternamente; por ello quiero amaros mucho en esta vida, a fin de que pueda después también amaros mucho en la eternidad.

Os amo tanto que quisiera fuerais conocido y amado por todos los hombres; y puesto que me habéis conferido vuestro sacerdocio, Señor, hacedme la gracia de poder trabajar por vos y de conquistaros almas. Oh Dios mío Jesucristo, en vuestros méritos fijo mi esperanza; así como la fundo también, oh María, madre mía, en vuestra intercesión.

VIERNES
Oh Jesús mío, ¿y cómo habéis podido elegirme entre tantos hombres para vuestro sacerdote, yo que os he abandonado tantas veces, y que he despreciado vuestra gracia por cosas puramente humanas? Mi amantísimo Señor, me arrepiento de ello con toda mi alma, y decidme, ¿me habéis perdonado? yo espero que sí: si, vos fuisteis mi Redentor, no solamente una sola vez, sino tantas veces como me perdonasteis. ¡Ah! Salvador mío, ¡ojalá que no os hubiese nunca ofendido! ¡Ah! hacedme oír las siguientes palabras que dijisteis en otro tiempo a Magdalena: «Perdonados son tus pecados». Hacedme saber que me devolvéis vuestra gracia, concediéndome un intenso dolor de todos mis pecados.

«En tus manos encomiendo mi espíritu, tú me salvarás, Señor, Dios de la verdad». ¡Ah! mi divino Pastor, vos bajasteis del Cielo para buscarme a mí, oveja descarriada, y todos los días descendéis al altar por mi bien: vos que disteis vuestra vida por salvarme, no me abandonéis; confiado entrego mi alma a vuestras manos, recibidla por piedad, y no permitáis que vuelva a separarse más de vos.

Vos derramasteis toda vuestra sangre por mí: «Te ergo quasumus famulis tuis subveni, quos pretioso sanguine redemisti.» Vos sois ahora mi abogado, sin ser ya mi juez: obtenedme pues el perdón de vuestro Padre: obtenedme la luz y la fuerza necesarias para amaros con toda mi alma; hacedme la gracia de que pueda pasar el resto de mis días de modo que cuando os vea como mi juez, os halle apaciguado.

¡Ah! Reinad sobre todo en mi corazón por vuestro amor; haced que sea enteramente vuestro; y por esto, mi amado Salvador, recordadme siempre el amor que me habéis tenido, y todo cuanto hicisteis por salvarme y porque os amara. Me hicisteis sacerdote vuestro, a fin de que no pensara en amar más que a vos.

Sí, Jesús mío, quiero agradaros, porque os amo y no quiero amar más que a Vos. Concededme la humildad, la paciencia en los trabajos de esta vida, la dulzura en los desprecios, la mortificación respecto de los placeres terrenos, el desprendimiento de las criaturas, haciendo que destierre de mi corazón todo afecto que no tienda a amaros. Todo os lo pido y de vos lo espero todo por los méritos de vuestra pasión. Mi querido Jesús, mi muy amado Jesús, mi buen Jesús, oídme. Oídme también vos, María, mi madre y esperanza mía, y orad a Jesús por mí.

SÁBADO
«Habla, Señor, que tu siervo escucha» (i Reg. m, 9 ) Mi amado Jesús, que vinisteis esta mañana a visitarme de nuevo, os doy gracias por ello con todo mi corazón. Ya que habéis venido a verme, hablad, decid lo que queréis de mí, que estoy dispuesto a hacerlo prontamente. Merecía que no volvieseis a hablarme, por haberme mostrado tantas veces sordo a vuestra voz que sin cesar me llamaba a vuestro amor, y por haberos vuelto con ingratitud la espalda; pero me arrepiento de todas las ofensas que he cometido contra Vos; y no dudo que al ver de nuevo mi vivo arrepentimiento me habíais perdonado. Decidme pues lo que queréis de mí, porque quiero cumplirlo enteramente.

¡Oh Dios mío!, ¡cuán desgraciado soy en haber perdido tantos años no amándoos como os amo ahora!, pero vuestra sangre y vuestras promesas me hacen esperar poder compensar en lo sucesivo el tiempo perdido, dedicándome únicamente a amaros y a seros agradable. Os amo, Redentor mío, os amo, Dios mío, y amaros siempre y morir por el amor del que murió por mí, es el deseo más ardiente de mi corazón. «Amore amoris tui moriar —os diré con S. Francisco— qui amore amoris mei dignatuses mori.» Vos os entregasteis enteramente a mí, Jesús mío, me disteis nuestra sangre, vuestra vida, todos vuestros sudores, todos vuestros méritos, sin que os restára ya cosa alguna para darme. Por lo tanto, yo también me entrego enteramente a Vos, os ofrezco todos mis goces, todos los placeres de la tierra, mi cuerpo, mi alma, mi voluntad, que es cuanto puedo daros: si más tuviera, más os ofrecería también con placer; porque, Jesús mío, Vos solo me bastáis.

Pero, Señor, haced que os sea fiel; no permitáis que cambie mi voluntad, y os abandone; cuya desgracia, espero, Salvador mío, por vuestra pasión, no me acontecerá. Vos dijisteis: «Nadie esperó en el Señor, y quedó confundido» (Eccl.n, 11.) Así es, que puedo decir firmemente: «En ti, Señor, esperé; no sea yo confundido eternamente». Por lo que espero, y quiero siempre esperar, oh Dios de mi alma, que no experimentaré ya más la confusión de verme separado de vos, y en vuestra desgracia: «En ti, Señor, esperé; no sea yo confundido eternamente».

Dios mío, Vos que sois omnipotente, santificadme: haced que os ame mucho, haced que nada omita de cuanto pueda contribuir a vuestra gloria, y que lo sobrepuje todo por agradaros; ¡feliz de mí si lo perdiera todo por vuestra adquisición y vuestro amor! ya que por esto me disteis la vida, haced que la emplee enteramente en vuestro servicio. No merezco ya gracia alguna, y sí tan solo vuestro castigo; ved aquí porque os digo: Castigadme como mejor os plazca, pero no me privéis de vuestro amor; vos me amasteis sin reserva, pues sin reserva quiero también amaros yo, bien infinito, amor infinito. ¡O voluntad divina! sois mi amor; ¡oh Jesús mío! ¡Ya que moristeis por mí, por qué no puedo yo morir por vos, y hacer que todos los hombres os amen! ¡Oh bien infinito, infinitamente amable! os estimo y amo sobre todas las cosas. O María, atraedme enteramente hacia Dios: dadme la confianza en vos, y haced que en vos encuentre siempre un auxilio; a Vos toca santificarme con vuestra intercesión: así lo espero.
 
El Papa León XIII, mediante rescripto del 20 de Diciembre de 1884, otorgó 100 días de indulgencia a cuantos rezaren la oración correspondiente a cada día de la semana.