domingo, 22 de mayo de 2016

LA SANTÍSIMA TRINIDAD, FUENTE DE LA VIDA INTERIOR

Padre Réginald Garrigou-Lagrange, OP. "Las Tres Edades de la Vida Interior", Capítulo IV: LA SANTISIMA TRINIDAD, PRESENTE EN NOSOTROS, FUENTE INCREADA DE NUESTRA VIDA INTERIOR 
    
  
EL TESTIMONIO DE LA SAGRADA ESCRITURA
La Escritura nos enseña que Dios está presente en todas las criaturas con una presencia general llamada con frecuencia presencia de inmensidad. Léese en particular en el Salmo 138, 7: "¿A dónde iré, Señor, que me esconda de tu espíritu? ¿A dónde huir para escapar a tu mirada? Si me remonto hasta los cielos, allí estás tú; si desciendo a la morada de los muertos, también estás allí". Es lo que hace decir a San Pablo predicando en el Areópago: "Dios que creó el mundo y es Señor del cielo y de la tierra... no está lejos de cada uno de nosotros, porque en él vivimos, nos movemos y somos" (Act. Apost., XVII, 28). 
  
Dios, en efecto, lo ve todo, conserva todas las cosas en su existencia e inclina a cada criatura a los actos que le convienen. Es él como el foco de donde dimana la vida de la creación y la energía centrar que todo lo atrae a sí. "Rerum, Deus, tenax vigor, immotus in te permanens". 
   
Pero la Sagrada Escritura no nos habla solamente de esta presencia general de Dios en cada cosa; nos habla también de otra presencia especial de Dios en los justos. Así, ya en el Antiguo Testamento, en la Sabiduría, I, 4 está escrito: "La sabiduría divina no penetrará en un alma perversa, ni habitará en un cuerpo sujeto al pecado". ¿Serán solamente la gracia creada o el don creado de sabiduría los que vendrán a habitar en el alma del justo? 
   
Las palabras de Nuestro Señor nos ofrecen nueva luz y nos enseñan que las mismas Personas divinas vienen a aposentarse en nosotros. "Si alguien me amare, dice, cumplirá mis mandamientos, y mi Padre le amará y vendremos a él y en él haremos nuestra morada" (Juan, XIV, 23). Cada una de estas palabras es muy de considerar: "Vendremos". ¿Quién va a venir? ¿Serán sólo los efectos creados: la gracia santificante, las virtudes infusas, los dones? No; vienen los mismos que aman, las tres divinas Personas, el Padre y el Hijo, de los que jamás se separa el Espíritu Santo, prometido por Nuestro Señor y enviado visiblemente el día de Pentecostés. Vendremos a él, al justo que ama a Dios; y vendremos no de una manera transitoria, pasajera, sino que estableceremos en él nuestra morada, es decir, habitaremos en él, mientras permanezca en la justicia o en estado de gracia, mientras conserve la caridad. Así habla Nuestro Señor. 
  
Estas palabras son confirmadas por aquellas otras de la promesa del Espíritu Santo: "Yo rogaré a mi Padre y os dará otro Consolador, para que eternamente permanezca en vosotros; éste es el Espíritu de verdad, que el mundo no puede recibir, porque ni lo ve ni lo conoce; pero vosotros lo conocéis, ya que mora en medio de vosotros, y él estará en vosotros... Él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he enseñado" (Juan, XIV, 26). Estas palabras no fueron dichas solamente a los Apóstoles; en ellos fueron realidad el día de Pentecostés, que se renueva en nosotros en la Confirmación. 
  
Este testimonio del Salvador es clarísimo y precisa admirablemente lo dicho en el libro de la Sabiduría, I, 4. Las tres divinas Personas vienen a habitar en las almas justas. 
  
Así lo entendieron los Apóstoles. San Juan escribe (I Juan, IV, 9-16): "Dios es caridad... y el que permanece en la caridad, en Dios permanece y Dios en él". Ese tal posee a Dios en su corazón, pero más lo posee Dios a él y lo contiene en sí, conservándole, no sólo su existencia natural, sino la vida de la gracia y la caridad. 
  
San Pablo dice también: "La caridad de Dios se ha derramado en vosotros por el Espíritu Santo que se os ha dado" (Rom., V, 5). Y no es solamente la caridad creada lo que hemos recibido, sino que nos ha sido dado el mismo Espíritu Santo. San Pablo habla especialmente de él, porque la caridad nos asimila más a ese Santo Espíritu, que es el amor personal, que al Padre y al Hijo. Ambos residen igualmente en nosotros, según testimonio de Jesús, pero no seremos totalmente asimilados a ellos, sino cuando recibamos la luz de la gloria que nos sellará asemejándonos al Verbo, que es esplendor del Padre.
  
En muchas ocasiones vuelve San Pablo sobre esta consoladora doctrina: "¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?" (I Cor., III, 16). "¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros que habéis recibido de Dios, y que ya no os pertenecéis? Porque habéis sido rescatados por gran precio. Glorificad pues a Dios en vuestro cuerpo". (I Cor., VI, 19.) 
  
Así pues, con toda claridad, nos enseña la Escritura que las tres Personas divinas habitan en todas las almas justas, en todas las almas en estado de gracia.

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