sábado, 6 de agosto de 2016

CARTA DE PUBLIO LÉNTULO AL SENADO ROMANO, REFERENTE A NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

Como en tantas ocasiones, nos llega un texto que ha “desaparecido” de los libros católicos y casi de todas partes. Los “racionalistas” dudan de la autenticidad de este escrito, pero olvidan los católicos vergonzantes que si les hiciésemos caso, ni el mismo Jesucristo hubiera existido. Hemos recogido tres versiones que coinciden en lo sustancial y hacen referencia indudablemente a un texto original único, descubierto en Roma, en la antigua biblioteca de los padres Lazaristas (en la Casa del Duque Cesarini), un pergamino antiquísimo, cuyo contenido habría arrebatado la sorpresa del mundo, si esto no lo hubiera impedido el estallido de la primera guerra Mundial en 1914. Se trata de la carta que Publio Léntulo, procónsul (o gobernador) de Judea, y antecesor de Poncio Pilatos, dirigiera al Emperador Tiberio César, presentando el retrato de Jesucristo.

Dijimos que “desapareció” de los libros católicos porque los “racionalistas” han dicho que se trata de un apócrifo escrito en la Edad Media, que Léntulo no existió, que el lenguaje no es romano o cosas por el estilo. Si existió Léntulo o no es cuestión secundaria, pues su antigüedad es cercana a los primeros siglos y su fondo es veraz. Como siempre decimos, juzgue el lector y que no sean otros los que decidan por nosotros, sobre todo tratándose de un texto tan hermoso.
  
EPÍSTOLA PÚBLII LÉNTULI, PROCÓNSULIS ROMÁNI QUONDAM CELEBÉRRIMI, IN QUA JESUS CHRISTUS MIRÆ DESCRÍBITUR:
  
  
Públius Léntulus in Judea prǽses (témpore Cǽsaris) senátui populóque Románo hanc epístolam misit.
 
Appáruit tempóribus istis nostris, et adhuc est, homo magnæ virtútis, cui nomen Jesus Christus, qui a gente dícitur Prophéta veritátis; et a suis discípulis Fílius Dei. Súscitans mórtuos et sanans omnes lángores.
  
Homo quidem statúra procérus et spectábilis. Vultum habens venerábilem quam intuéntes fácile possunt dilígere et formidáre. Cápillos habens colóris nucis avellánæ præmatúra et planos usque ad aures; ab áuribus vero crispos aliquántulum cœrulióres et fulgentióres; ab húmeris ventilántes. Discrímen habens in médio cápite juxta morem Nazareórum.
  
Frontem planam sereníssimam cum fácie sine ruga áliqua quam rubor moderátus venústat. Nasi et oris nulla prorsus reprehénsio.
   
Barbam habens copiósam et cápillis concolórem, non langam, sed in médio bifurcátam. Aspéctum símplicem et matúrum, óculis glaucis váriis et claris. In increpatióne terríbilis, in admonitióne blandus et amábilis. Hiláris quidem serváta gravitáte.
  
Numquam visus ridére, flere autem sepe.
  
In statúra córporis propagátus et rectus. Manus habens et bráchia visu desertabília. In collóquio gravis, rarus et modéstus. Forma certe speciósus præ fíliis hóminum.
 
CARTA DE PUBLIO LÉNTULO, PROCÓNSUL ROMANO, DONDE DESCRIBE A JESUCRISTO 
(Manuscrito de la Biblioteca de Madrid)
 
En nuestros tiempos ha aparecido y existe todavía un hombre de gran virtud llamado Jesús Cristo y por las gentes Profeta de la verdad. Sus discípulos le apellidan Hijo de Dios, el cual resucita a los muertos y sana a los enfermos.
 
Es de estatura alta, mas sin exceso; gallardo; su rostro venerable inspira amor y temor a los que le miran; sus cabellos son de color de avellana madura y lasos, o sea lisos, casi hasta las orejas, pero desde éstas un poco rizados, de color de cera virgen y muy resplandecientes desde los hombros lisos y sueltos partidos en medio de la cabeza, según la costumbre de los nazarenos.

La frente es llana y muy serena, sin la menor arruga en la cara, agraciada por un agradable sonrosado. En su nariz y boca no hay imperfección alguna.
   
Tiene la barba poblada, mas no larga, partida igualmente en medio, del mismo color que el cabello, sin vello alguno en lo demás del rostro. Su aspecto es sencillo y grave; los ojos garzos, o sean blancos y azules claros. Es terrible en el reprender, suave y amable en el amonestar, alegre con gravedad.
 
Jamás se le ha visto reir; pero llorar sí.
  
La conformación de su cuerpo es sumamente perfecta; sus brazos y manos son muy agradables a la vista. En su conversación es grave, y por último, es el más singular y modesto entre los hijos de los hombres.
 
(Manuscrito encontrado en la Biblioteca de los Lazaristas, Roma - Publicado en el "Almanaque de Tierra Santa", 1933)
  
"Tengo entendido, ¡oh César!, que deseas conocer lo que te voy a narrar, que en estos nuestros tiempos hay por aquí un hombre que practica grandes virtudes, y se llama Jesucristo, a quien las gentes tienen por un gran Profeta y sus discípulos dicen que es el Hijo de Dios, Creador del Cielo y de la tierra, de todas las cosas que hay en ella y que han estado.
 
En verdad, ¡oh César!, todos los días se oyen cosas maravillosas de este Cristo; resucita a los muertos y sana a los enfermos con una sola palabra. Es un hombre de buena estatura, hermoso rostro y tanta majestad brilla en su persona que, cuantos le miran, se ven obligados a amarlo o temerlo. Sus cabellos son de color de avellana madura, extendidos hasta las orejas y, sobre las espaldas, son del color de la tierra, pero muy resplandecientes, partidos en medio de la cabeza, según la costumbre de los nazarenos.
  
La frente es llana y muy serena, sin la menor arruga en la cara, agraciada por un agradable sonrosado. La nariz y los labios no pueden ser tachados de defecto alguno: la barba es espesa y semejante al cabello, algo corta y partida por en medio.
  
Su aspecto es sencillo y grave; los ojos, severos, tienen el brillo como los rayos del sol, y nadie puede mirarle fijamente al rostro por el resplandor que despide. Cuando reprende inspira temor, pero al poco tiempo las lágrimas asoman a sus pupilas. Es terrible en el reprender, suave y amable en el amonestar, alegre con gravedad. Tiene las manos y los brazos muy bellos. Su conversación agrada mucho, pero se le ve muy poco y, cuando se presenta, es modestísimo en su aspecto; en fin, es el hombre más bello que se puede ver e imaginar; muy parecido a su Madre, que es la mujer más hermosa que se ha visto por estas tierras.
 
Si Vuestra Majestad, ¡Oh César!, desea verlo, como me escribiste en cartas anteriores, dímelo, que no faltará ocasión para enviarlo. En letras asombra a toda la ciudad de Jerusalén. Él nunca ha estudiado, pero sabe todas las ciencias. Camina descalzo y con la cabeza descubierta. Muchos se ríen al verlo, pero en su presencia callan y tiemblan. Dicen que jamás se ha visto ni oído a hombre semejante. En verdad, según me dicen los hebreos, no se oirán, jamás, tales consejos de gran doctrina, como enseña este Jesús. Muchos judíos lo consideran como Dios. Algunos se me quejan de que es contrario a V. Majestad, porque enseña que reyes y súbditos son iguales ante Dios. Me veo molestado por estos malignos hebreos.
  
Dícese que este Jesús nunca hizo mal a nadie, mas, al contrario, aquellos que lo conocen y con Él han tratado, afirman haber recibido grandes beneficios y salud.
  
Por eso estoy pronto a tu obediencia, aquello que v. Majestad mande, será prontamente obedecido.
 
Vale, de Tu Majestad, fidelísimo y obligadísimo... Publio Léntulo, Legado de Tiberio César en Judea. En Jerusalén, indición séptima, luna undécima".

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