martes, 27 de septiembre de 2016

DEL “ADULTERIO COMO PECADO VENIAL” Y OTROS ABSURDOS DE LOS DEFENSORES DE LA INDEFENDIBLE DOCTRINA FRANCISQUISTA

Traducción hecha por E. N. para ADELANTE LA FE, del artículo escrito por el Dr. John Lamont para RORATE CÆLI. Nota e imagen propia.

El arrepentimiento de David ante el aviso de Natán (Anónimo flamenco)

El doctor Jeffrey Mirus sobre el Matrimonio y la Eucaristía
 
El Dr. Jeffrey Mirus ha publicado recientemente un artículo titulado: “No es herética: La aprobación del papa Francisco de la política de los obispos argentinos sobre los matrimonios inválidos” (disponible en Inglés aquí). El objeto de este artículo es argumentar que el papa Francisco no ha afirmado ni endosado la herejía al aprobar un documento reciente emitido por algunos obispos argentinos concernientes a la exhortación apostólica Amóris Lætítia. Para justificar sus conclusiones el Dr. Mirus hace un número de afirmaciones sobre conducta moral y la disciplina de los sacramentos.
 
Estas afirmaciones necesitan urgentemente ser abordadas.
 
Esta discusión de las afirmaciones de Mirus no considerará lo correcto o equivocado del documento de los obispos argentinos en sí y el respaldo del papa a él. Sin embargo, debe ser notado que el documento del Dr. Mirus está de alguna manera evadiendo el tema, porque da la impresión que la única parte objetable de este documento, es el permiso que da a los divorciados y vueltos a casar de recibir la Eucaristía. De hecho, este documento en su párrafo 6 extiende este permiso tanto a la absolución como a la recepción de la Eucaristía y establece que las personas divorciadas y vueltas a casar a las que se refiere, pueden crecer en la gracia a través de estos sacramentos. El contenido de este párrafo ha sido denunciado por un grupo de estudiosos católicos que han elaborado censuras teológicas de proposiciones erróneas y heréticas que pueden ser atribuidas a Amóris Lætítia y han pedido al Colegio de Cardenales y Patriarcas de la Iglesia que solicite al Papa que condene esas proposiciones. Estas censuras fueron enviadas privadamente, pero fueron filtradas a los medios y ahora están disponibles públicamente. El párrafo 6 del documento de los obispos argentinos respalda las proposiciones condenadas en las censuras 6, 7, 11, 15 y 16 del documento enviado a los cardenales que son accesibles aquí. La declaración de los cardenales tiene entonces un alcance más amplio que los temas tratados por el Dr. Mirus, un alcance que puede ser captado al considerar sus declaraciones y las censuras a que nos referimos más arriba.
 
Para hacer justicia en el tema, es necesario considerar los temas específicos que invoca el Dr. Mirus y luego responder los temas generales que subyacen en la cuestión. La expresión “divorciados y vueltos a casar” será usada por brevedad en el resto de este articulo para referirnos a católicos que están divorciados de su esposa viva y civilmente vueltos a casar con alguien más, y que no disuelven esa relación civil ni cesan toda relación sexual con su pareja civil, en una situación en la cual la disolución de su situación civil está regulada por legítimas e inevitables razones.
 
Afirmaciones del Dr. Mirus
El artículo del Dr. Mirus contiene un número de afirmaciones erróneas. Los comentarios se limitarán solo a aquellas que son más significativas para nuestro tema:
  
Mirus: ‘No es incompatible que las enseñanzas doctrinales de la Iglesia tanto en el matrimonio como en la comunión, que se pueda argumentar, que bajo ciertas circunstancias, personas envueltas en matrimonios inválidos puedan ser admitidas a la comunión’.
Respuesta: El término “matrimonios inválidos” es engañoso aquí, ya que generalmente se usa para referirse a matrimonios hechos por católicos en forma debida, pero que más tarde son invalidados por encontrar algún impedimento dirimente, cuya existencia no era reconocida en el momento en que se celebró el matrimonio. Ese término no es usado para referirse a personas que entran a un matrimonio civil con alguien más que su cónyuge, que es el caso al que nos referimos aquí.
 
Mirus: ‘Repetidamente he hecho el punto que las reglas que gobiernan la recepción de la comunión son disciplinarias, no doctrinales’.
Respuesta: Esto es incorrecto. Cualquier cosa contenida en la divina revelación es doctrina. Este contenido incluye regulaciones disciplinarias, y por lo tanto, el hecho de que alguna regla sea disciplinaria no implica que no sea doctrinal. Las regulaciones disciplinarias para la recepción de la comunión fueron establecidas por san Pablo, en 1 Corintios, cap. 11. En efecto, desde que la santa Eucaristía es un misterio sobrenatural no conocible por la razón natural, ¿de qué otra manera serían conocidas las reglas básicas para su recepción, salvo por la divina revelación? Por tanto, no puede ser mantenido que las reglas que gobiernan la recepción de la comunión son disciplinarias y por tanto no doctrinales. Familiaris Consortio 84, reconoce como regla divinamente revelada por la cual no se admiten adúlteros a la comunión: “La Iglesia reafirma su práctica, que está basada en la sagrada Escritura de no admitir a la comunión eucarística a personas divorciadas que se han vuelto a casar”.
 
Mirus: ‘Quisiera argumentar que el siguiente es el escenario ideal en el que la presunción de que solo está involucrado pecado venial, está razonablemente justificada:
  1. Una pareja inválidamente casada tiene hijos juntos, que todavía están en casa.
  2. Tanto la mujer como el hombre reconocen lo pecaminoso de su matrimonio, se arrepienten de haber entrado en él, y desean hacer lo correcto (en cuyo caso, sería que los padres vivan como hermanos, teniendo el cuidado de los hijos como padre y madre en el mismo hogar).
  3. Una de las partes rehúsa vivir como hermanos.
  4. La otra parte dejará la familia si las relaciones sexuales le son rehusadas.
  5. Por tanto, el hombre o la mujer continúan con las relaciones sexuales, bajo coacción, para asegurar que la prole no se vea privada de uno de los padres.
En este caso, los pecados continuos involucrados en esta unión irregular por parte del cónyuge arrepentido, parecerían ser veniales, basados en que hace falta el consentimiento completo de la voluntad para el mal moral de las relaciones sexuales continuadas. Los pecados pudieran ser rendidos como veniales por cualquiera, una verdadera confusión acerca de la mejor solución o compulsión inherente en esta situación particular, o ambas’.
Respuesta: En este escenario la posibilidad de confusión acerca de la mejor manera, está excluida, ex hypothesy, desde que está estipulado que la persona en cuestión reconoce lo pecaminoso de su relación. La cuestión entonces es si hace falta el consentimiento completo para las relaciones sexuales. Pero este consentimiento completo está totalmente expresado. El consentimiento es el punto focal en este escenario. La persona en cuestión se describe como continuando con una relación sexual en orden a prevenir que el cónyuge en adulterio se vaya. Actuando de esa manera significa que estás haciendo- continuando con las relaciones sexuales- en orden a obtener algo-la presencia continuada de la parte adúltera. Sabiendo lo que estás haciendo y eligiendo hacerlo para obtener el objetivo deseado, es en lo que consiste una acción voluntaria. No hay infringimiento exculpatorio de la voluntad o falta de consentimiento en ese escenario. Hay una elección totalmente voluntaria de hacer una acción pecaminosa, hecha porque la acción es el resultado que el agente quiere obtener. Hacer elecciones de esta clase es en lo que consiste el pecado.
 
Principios generales subyacentes en la disciplina católica para la recepción de la Eucaristía por personas divorciadas y vueltas a casar.
La ley que niega la Eucaristía a católicos divorciados y vueltos a casar tiene como objetivo proteger tres bienes: 1) el bien del individuo preocupado, que ofende a Dios gravemente al recibir la comunión en estado de pecado mortal (cf. 1 Cor. 11 29); 2) El bien de Jesucristo en la santa Eucaristía, que es profanado por la recepción indigna de la Eucaristía: y 3) el bien común de la Iglesia que es dañado cuando personas en estado público de pecado reciben la Eucaristía causando escándalo a los fieles. Los católicos divorciados y vueltos a casar dejarán de ser objetos de esta ley si se arrepienten de su pecado, lo confiesan y son absueltos en el sacramento de la penitencia y se abstienen de relaciones sexuales con su pareja civil. Normalmente, deben disolver su matrimonio civil y dejar de vivir con su pareja civil, pero este requerimiento puede ser dispensado por razones serias, como es el cuidado de hijos. La cuestión de este tema es si los católicos que no han satisfecho estas condiciones pueden ser admitidos a la comunión en ciertas circunstancias. (Estas condiciones están especificadas en la ley, pero es también el caso de que dichos católicos deben satisfacer sus deberes con sus actuales esposas, si quieren quedar libres del pecado mortal).
  
La razón por la que se insiste en estas condiciones es que católicos civilmente divorciados y vueltos a casar que no las satisfacen, son adúlteros y bígamos. Su estado de adúlteros está señalado varias veces por nuestro Señor en los Evangelios (Lucas 16 18, Marcos 10 2-12, Mateo 5 31-2, Mateo 19 2-12; también en 1 Cor 7 10-11). Las enseñanzas divinas condenan el divorcio per se, así como casarse después de divorciarse. El obvio significado de estos textos siempre ha sido enseñado por la Iglesia como divinamente revelado. Adicionalmente, son precisamente las concesiones en el divorcio, adheridos por los fariseos, las que Jesús ataca por contravenir la intención original de Dios para el matrimonio.
 
Con respecto a los primeros dos bienes protegidos por esta ley, algunos han reclamado que es posible que divorciados y vueltos a casar no estén en caso de pecado mortal, porque por circunstancias individuales que disminuyen su responsabilidad objetiva, es posible que se acerquen a la comunión, ya por esa falta formal de pecado mortal. Amóris Lætítia 302 cita los párrafos §§ 1735 y 2352 del catecismo de la Iglesia católica [Desaconsejamos la lectura de dicho catecismo por ser modernista, N. del E.] a este respecto. Pero estos párrafos se refieren a factores que disminuyen o desaparecen la responsabilidad subjetiva para acciones individuales, pero no factores que remuevan la responsabilidad subjetiva por una estable y persistente elección de estilo de vida. Y en las enseñanzas católicas y en teología moral, estos factores han sido generalmente entendidos para disminuir o desaparecer la responsabilidad en caso de personas que están tratando de seguir la ley divina, pero sin impedimento de hacerlo por dichos factores. La situación de los divorciados y vueltos a casar que invocan el Dr. Mirus y Amóris Lætítia es de cualquier forma la de personas que no tienen intención de conformarse con la ley divina y lo hacen con pleno conocimiento de la ley. (cf. Amóris Lætítia 301).
 
Es difícil identificar factores que quitarán la responsabilidad moral por una elección de una forma de vida gravemente pecadora y la persistencia en ese modo de vida, sin quitar parcialmente la capacidad de una persona para ser un agente moral voluntario. No se ha demostrado que dichos factores existan y sería rarísimo que existieran en el caso de la situación de los divorciados y vueltos a casar. No son relevantes para la disciplina de los sacramentos, que está hecha para aquellos que son capaces de responsabilidad moral. La existencia de dichos factores, que no ha sido demostrada, no puede justificar que se remueva la ley actual.
 
Aun si algunos individuos fueran material, pero no formalmente culpables de adulterio y bigamia, en la situación en que están los divorciados y vueltos a casar, su situación no justifica violar el tercer bien custodiado por la ley. Esta ausencia de culpabilidad formal no pudiera ser materia de conocimiento público, ya que los factores que excusaran a las personas involucradas incluirían elementos psicológicos que no son públicamente observables. Estos fieles serían presentados externamente como católicos adúlteros y bígamos siendo admitidos a la comunión. Esto causaría grave escándalo minando la fe en la doctrina católica sobre el matrimonio y la pureza, y en la justicia de la Iglesia y su fidelidad a la enseñanza divina. Causaría particular escándalo e injuria a los cónyuges de las personas así admitidas a la comunión, quienes verían a la Iglesia públicamente aceptando que sus matrimonios y los deberes debidos a ellos pudieran ser tratados como si no existieran.
 
La actual ley está entonces basada en las esenciales demandas por el bien de la Iglesia. No pueden ser rotas sin injusticia y la Iglesia por tanto, no tiene el poder para alterarla. A la luz del testimonio escriturístico en esta materia, es probable que esta disciplina se origine con los mismos apóstoles y sea un componente de la Tradición sagrada.

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