lunes, 6 de febrero de 2017

SAN PEDRO BAUTISTA, MÁRTIR EN EL JAPÓN

"Gloria, Gloria a San Pedro Bautista, de Castilla hermosísima Flor, Diplomático ilustre de España, Protomártir de Cristo en Japón".
  
San Pedro Bautista, Obispo y Mártir en Japón
 
Padre Pedro Bautista nació en Ávila, España, en 1542. Se unió a los Franciscanos y se convirtió en un famoso predicador en Toledo. Llegó a las Filipinas en 1584 y evangelizó en Manila y Laguna. In 1586, fue elegido superior de los Franciscanos; sus frecuentes visitas pastorales le condujeron a Laguna, Bulacán, Quezón, Sorsogon y Camarines. Después de su mandato, fue hecho superior del convento de Manila, donde adquirió fama por su bondad y vida de oración. Posteriormente renunció a ser el superior, pero continuó como predicador. Siempre estuvo sensible y activamente involucrado en los temas candentes del día. Defendió la justicia, la caridad y la libertad para los inocentes. Criticó sin temor a los oficiales del gobierno que abusaban de los nativos.
  
En Manila, Padre Pedro conoció a Gonzalo García, un indo-portugués que vivió y trabajó muchos años en Japón, que posteriormente se unirá a la Orden Franciscana en 1587. Su conocimiento de la lengua japonesa probaría ser útil para su última misión en tierras del Sol Naciente. Fue en Manila donde Padre Pedro conoció a tres franciscanos españoles: Padre Francisco Blanco, Fray Martin de la Ascensión y Fray Francisco de San Miguel. En 1590, Felipe de Jesús, mexicano, se unió a los Franciscanos. Felipe visitó el hábito franciscano en México, pero lo abandonó un año después, marchando a las Filipinas para dedicarse al comercio.
 
En 1590, llegaron noticias de que no había misioneros en el Japón después de la expulsión y persecución de los jesuitas en 1587. Padre Pedro escribió al Rey de España pidiéndole que convenciera al Papa de permitir que los misioneros fueran al Japón. La oportunidad se dio en 1592 cuando el dictador japonés Hideyoshi amenazó con invadir las Filipinas, y el Padre Pedro fue escogido para negociar la paz. Partió con Fray Gonzalo García y Fray Francisco de San Miguel. Navegaron a Japón el 30 de Mayo de 1593, llegando a finales de Junio. Su gestión para firmar la paz fue exitosa, además de que se obtuvo el permiso para predicar libremente el Cristianismo. Padre Francisco y Fray Martin se unieron a él en Japón.
  
Los Franciscanos pusieron manos a la obra fundando varios conventos, construyendo o restaurando iglesias y hospitales, y convirtiendo al Cristianismo a cientos de paganos. Ellos reciberon ayuda de varios conversos japoneses, que luego serían martirizados junto a ellos: Pablo Suzuki, Tomás Dangi y Gabriel, catequistas; Francisco y Miguel Kozaki, carpinteros; su hijo Tomás Kozaki; Pablo Ibaraki, un cervecero; su hermano menor León Karasumaru; su sobrino Luis Ibaraki, de 12 años; Cosme Takeya, fabricante de espadas; Juan Kinuya, tejedor de seda; el joven Antonio, de 13 años; Joaquín Sakakibara, cocinero de ambos; otro Francisco, médico y predicador; y Buenaventura.
  
El 20 de Octubre de 1596, un galeón español que se dirigía hacia México fue arrojado por las tormentas a costas japonesas. A bordo de él iba Fray Felipe, que supuestamente iba a ser ordenado sacerdote en México. El capitán de la nave fue tan imprudente como para alabar al rey español y decir que los misioneros habían sido enviados en avanzada para la conquista de Japón. Hideyoshi, furioso, ordenó a sus soldados apresar a los misioneros Franciscanos y a sus ayudantes, cosa que sucedió en Diciembre de 1596. Un tal Matías y Pedro Sukejiro fueron sumados al grupo, como también al jesuita Pablo Miki, Santiago Kisai y Juan de Goto.
  
El 3 de Enero de 1597, todos ellos fueron sacados de la prisión a la plaza pública de Miyako (actual Kioto), donde se les dijo que serían crucificados, y que les cortarían parte de la oreja izquierda en señal de deshonor. Acto seguido fueron conducidos por toda la ciudad, donde la plebe fue autorizada para maltratarlos e insultarlos. Al día siguiente, comenzaron su viacrucis hacia Nagasaki, viaje que duró cuatro semanas. Llegaron a Nagasaki a la mañana del 5 de Febrero. Las cruces habían sido hechas en una colina a las afueras de la ciudad. Los mártires fueron tomados, y cada uno fue atado a su cruz. En alta voz, dieron gracias a Dios por la merced de morir como Cristo su Señor, y alabáronle con salmos e himnos. Como los mártires estaban colgados en la cruz, los verdugos traspasaron sus cuerpos con dos lanzas. Padre Pedro fue el último en ser ejecutado. Testigos reportaron que Padre Pedro permanecía impasible, extático y absorto en la oración mientras sus compañeros eran ejecutados. Sus cuerpos permanecieron en las cruces por meses para aterrorizar a otros cristianos. En 1598, un enviado de las Filipinas fue autorizado por Hideyoshi para recoger los restos de los mártires y sus cruces. Pero el lugar pronto se hizo meta de peregrinación y llegó a ser conocido como la Colina de los Mártires.
  
En la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz de 1627, el Papa Urbano VIII declaró beatos a los mártires franciscanos. Los jesuitas fueron beatificados en 1629. Todos fueron canonizados en 1862 por Pío IX.

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