viernes, 14 de abril de 2017

LOS JUDÍOS SON LOS AUTORES VERDADEROS DE LA MUERTE DE JESÚS


Por otra parte, respecto a lo que el evangelista Juan añade, Para que se cumpliera la palabra de Jesús, la que dijo para indicar con qué muerte iba a morir, si queremos interpretar aquí la muerte de cruz, cual si los judíos hubieran dicho «No nos es lícito matar a nadie» precisamente porque una cosa es ser matado, otra ser crucificado, no veo cómo esto puede entenderse con razón, pues respondieron esto a las palabras de Pilato con que les había dicho: Tomadlo vosotros y juzgadlo según vuestra ley. ¿Tal vez, pues, no podían tomarlo y esos mismos crucificarlo, si mediante tal género de suplicio ansiaban evitar el asesinato de alguien? Ahora bien, ¿quién no verá cuán absurdo es que crucificar a alguien les sea lícito a quienes no es lícito matar a nadie? ¿Qué decir del hecho de que el Señor en persona llama también asesinato a su misma muerte, esto es, la muerte de cruz, como leemos en Marcos, donde asevera: He ahí que subimos a Jerusalén y el Hijo del hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles y lo ridiculizarán y le escupirán y lo flagelarán y lo asesinarán, mas al tercer día resucitará? Seguramente, pues, diciendo eso, el Señor ha indicado con qué muerte iba a morir: no que quisiera que aquí se entienda la muerte de cruz, sino que los judíos iban a entregarlo a los gentiles, esto es, a los romanos, porque Pilato era romano y los romanos lo habían enviado a Judea como gobernador.
  
Para que, pues, se cumpliera esa palabra de Jesús, esto es, que los gentiles lo asesinarían entregado a ellos, cosa que Jesús había predicho que iba a suceder, por eso, cuando Pilato, que era el juez romano, quiso devolverlo a los judíos para que lo juzgasen según su ley, no quisieron tomarlo, pues dijeron: No nos es lícito matar a nadie. Y así se cumplió la palabra de Jesús, la que respecto a su muerte predijo: que, entregado por los judíos, los gentiles lo asesinarían; con crimen menor que los judíos, los cuales quisieron de ese modo desentenderse, digamos, de su asesinato, no para que se mostrase su inocencia, sino para que se mostrase su demencia.
  
San Agustín, Tratado 114 del Evangelio de San Juan (Jn 18:28-32)

3 comentarios:

  1. Tu, el resto del mundo y yo somos los verdaderos responsables de la muerte de Cristo, Él vino a este mundo con esa misión, Dios padre amó tanto al mundo que nos dio a su único hijo para que todo el que crea en el no se pierda si no que tenga vida eterna, no culpes a los sucios judíos por la muerte de Nuestro Señor, que Él vino a esta tierra a morir por los pecados de toda la humanidad, no porque los judíos le tendieron una trampa, murió por culpa de nosotros pecadores ingratos.

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  2. Jesús murió por todos nosotros, pecadores ingratos. No le eches la culpa a los sucios judíos por la muerte de Nuestro Señor. Él no murió porque los judíos cerdos lo odiaban. Él entregó su vida por ti, por mí, y por el resto de pecadores.

    MATEO 26,26-28.
    26 Mientras comían, Jesús tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomen y coman; esto es mi cuerpo.»

    27 Después tomó una copa, dio gracias y se la pasó diciendo: «Beban todos de ella:

    28 esto es mi sangre, la sangre de la Alianza, que es derramada por muchos, para el perdón de sus pecados.

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  3. Carísimo Antonio, no es la finalidad de este artículo el reiterar el por qué y para quiénes fue el Sacrificio de Cristo nuestro Señor en la Cruz, sino el pecado de Deicidio que cometieron los judíos al condenar a muerte a Nuestro Señor por el odio contra su Persona y Doctrina, pecado por el cual colmaron la medida de su perfidia y que tendrán que pagar por toda la eternidad. Y con más razón lo publicamos porque hoy Viernes Santo, los conciliares piden en su Intercesión General que a los judíos les sea acrecentado «el amor al nombre de Dios y la fidelidad de la Alianza que selló con sus padres», muy a pesar de que la Antigua Alianza, profanada mil veces por la terquedad e idolatría de los judíos, fue abrogada por el Nuevo y Eterno Testamento sellado en la Cruz.

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