miércoles, 10 de mayo de 2017

EL EMBARAZO POR COMISIÓN, HIJO NATURAL DEL FEMINISMO

Por Massimo Micaletti para RADIO SPADA
   
Se lee con siempre mayor frecuencia de feministas que toman posición contra el alquiler de vientres[1]: bueno, la ecuación feminista = minus habens nunca me ha convencido, aunque distintos exponentes de la materia han hecho de todo para darnos incontrovertibles demostraciones.
   
Todavía… todavía, quisiera explicar superficialmente a estas señoras que la pendiente que han emprendido va cuesta arriba, así como a su tiempo todas lo han decidido. Me explico.
 
El alquiler de vientres, esto es, la comercialización de la maternidad, no es más que la consecuencia lógica y necesaria de la apropiación de la maternidad por parte de la antropología feminista. En el momento en que una se despierta y considera que así como la gestación es un asunto suyo también la maternidad lo es, allí parte el equívoco.
 
El embarazo, o sea, el desarrollo biológico del niño en el seno materno, es un fenómeno que involucra a tres personas: la madre, el padre, y el hijo concebido. El niño por sí solo no se da el DNA, ni la madre puede decir haberlo concebido por sí sola. Se podría, con una evidente exageración, considerar estos benditos nueve meses solo como cuestión entre madre e hijo: pero para vosotras esta exageración no basta, y he aquí que, contra toda evidencia científica y del buen sentido, por decenas andan diciendo que, antes del nacimiento, el concebido es sólo una parte del cuerpo de la gestante.
 
Mas el objetivo del feminismo, específicamente del siglo XX acá, no es el embarazo, sino la maternidad, la relación madre-hijo. Mientras el embarazo es un proceso biológico, la maternidad es un fenómeno de relación, inicia poco antes de la concepción y continúa también cuando –Dios no lo quiera– el hijo deba morir. Esta experiencia es el tropezadero por el cual las epígonas de Simone de Beauvoir y Virginia Woolf no se atreven a pasar, porque pueden hacer solo dos cosas: evitarlo, con los anticonceptivos, o dominarlo, in primis con el aborto. Solo que si yo puedo destruir el… producto de la concepción, entonces con mayor razón puedo también venderlo, incluso si con esos cuartos se afectan los otros hijos que tengo. Si la maternidad es vista come una elección –la maternidad, no la concepción y mucho menos el embarazo– entonces una mujer puede vivirla como considere y ningún otro o ninguna otra puede controlarla, sus argumentos no se sostienen, vuestros argumentos, queridas feministas contra la surrogacy, no se sostienen.
 
Lo que vosotras llamáis feminismo no es sino individualismo, en cuanto tal no admite alguna forma de juicio y, en última instancia, de censura o límite, natural o moral que sea, y vosotras lo sabéis bien porque en nombre de aquel individualismo habeis apoyado el aborto, que es el acto más antinatural e inmoral que puede cometerse al dañar a un inocente. Del resto, la óptica de la Ley 194/78 es propiamente esta: la maternidad es protegida solo y solamente como derecho de la madre, que es protegida incluso de la presencia (no ciertamente causal) del hijo en su seno y el ejercicio del derecho a no ser madre comporta necesariamente la sepultura del concebido (y del padre). De tres actores de la relación parental (padre, madre e hijo), veis solamente uno y lo considerais moralmente irresponsable.
 
Por tanto, ahora no podeis tener nada que decir sobre el embarazo por comisión, práctica que no es más que la más reciente, pero ciertamente no la última expresión, supongo, de la amoralidad que habeis siempre buscado más o menos conscientemente en esta área. Si el útero es mío y lo manejo yo, decido yo serenamente el uso que le quiero dar, también con fines remunerativos. Y si a menudo es llamado “horno”, debe estar bien. Si quereis el aborto, teneis entonces el vientre en alquiler.
 
Si el embarazo por comisión os agrada poco, entonces debeis renegar de casi todo aquello por lo cual estais vencidas cuando se habla de familia y vida por nacer. La maternidad no es un hecho solamente vuestro, como tampoco lo es el embarazo. El concebido no es una parte de vuestro cuerpo, es otra persona, y la protección de su dignidad va al mismo paso con la protección de vuestra dignidad, queráis o no. Os ha sido dicho de todos los modos posibles por nosotros “los católicos oscurantistas y sexistas” que, enterrado el concebido, sereis también fatalmente enterradas vosotras con él. Aclaramos: una sociedad que mata al hijo mata a la madre, igualmente mata al padre y en definitiva a sí misma. Y las mujeres aceptan “libremente” convertirse en hornos a pago.
 
Si en cambio continuais con la cantinela Años Setenta, aunque con miedo a ser quemadas como “homófobas” por quienes hasta ayer estaban en los desfiles o en las conferencias al lado vuestro, entonces resignaos a los vientres de alquiler, pero resignaos también, por ejemplo, a los abortos selectivos contra las niñas, que en India o China no son solo impuestos por los pades sino queridos también por las madres, que rechazan a una mujer; o, solo para poner otro ejemplo, al vientre artificial, en el que vosotros no tendreis otro papel que el de producir los gametos. Gametos que incluso después, quién sabe, dentro de algunas décadas no servirán más.
  

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