lunes, 1 de mayo de 2017

LA VERDADERA NATURALEZA DE LA INTERNACIONAL SOCIALISTA

Tomado de RADIO CONVICCIÓN (Parte 1, 2, 3 y 4)
  
LA VERDADERA NATURALEZA DE LA INTERNACIONAL SOCIALISTA: ORIGEN, DESARROLLO Y ACTUALIDAD.
(Tomado de Los Signos del Anticristo de Ricardo de la Cierva).
  
En este estudio se recogen diversas sugerencias con carácter solo aparentemente asistemático, porque todos los epígrafes tienen una relación profunda con los problemas de la moral, inevitablemente relacionados con la política en varios aspectos esenciales. Por otra parte, como el lector sabe ya bien, estamos tratando de establecer un seguimiento de la cadena gnóstica de la que acaban de aflorar como representantes los dos creadores del Modernismo a principios del siglo XX. Podrá deducir el lector que la cadena gnóstica hace notar su presencia en todas partes, en todos los períodos de la historia de la Iglesia católica y tendremos que darle de lleno la razón; la gnosis, el presunto «conocimiento profundo», tiene que acabar por planearse el problema de Dios para diluirle o para rechazarle; por eso cualquier presencia de la gnosis afecta a la historia de la Iglesia, que es una creación de Dios a través de su fundador, Cristo. Y vamos a ver inmediatamente que, entre las instituciones que exigen una mención y un análisis en este libro, reclama inequívocamente un lugar, la que hoy se conoce como Internacional Socialista. Acabo de recorrer algunas páginas de los centenares que Internet guarda sobre esta institución -muy poco satisfactorias, generalmente- y creo que nos conviene profundizar un poco más.
  
La Internacional Socialista es la denominación actual de la institución marxista fundada por el alter ego de Carlos Marx, Friedrich Engels, en 1889 poco después de la muerte de Marx, todavía en el siglo XIX, para agrupar en una Internacional revolucionaria a todos los partidos socialistas del mundo que entonces existían. Se llamó Segunda Internacional tras el fracaso de la Primera que aun cofundada por Marx en 1864 fue dominada pronto por los anarquistas que rechazaron enteramente la obediencia marxista y prefirieron la «propaganda por el hecho», es decir, el terrorismo para destruir el orden social burgués A principios del siglo XX fueron desapareciendo los anarquistas de los que solamente conservó la Primera Internacional una importante fuerza de masas: el sindicato mayor de España, la CNT (Confederación Nacional del Trabajo) controlado desde los años veinte por una sociedad secreta de grupos terroristas, la FAI (Federación Anarquista Ibérica). CNT y FAI tomaron parte en la guerra civil a favor del Frente Popular y durante ella fueron virtualmente aniquiladas por los comunistas.
  
La Segunda Internacional Socialista, creada por Engels, actuaba bajo el influjo predominante del Sozialdemokratische Partei Deutschlands (partido socialdemócrata alemán), de ideología netamente marxista, como todos los demás partidos miembros entre los que figuraba el español. El Partido Laborista británico, inspirado por los sindicatos Trade Unions, no era abiertamente marxista salvo en algunos sectores radicales y durante las dos primeras décadas del siglo XX llegó a convertirse en alternativa parlamentaria para el Partido Conservador. Los primeros partidos que integraron la Segunda Internacional eran, sin excepción, marxistas; aunque se denominaran socialdemócratas. Algunos como el de Alemania y el de Rusia se llamaban, en efecto, socialdemócratas; otros, como el español y el italiano, Partidos Socialistas; otros como el de Francia «Sección Francesa de la Internacional Obrera» (SFIO).
  
Como marxistas radicales, los partidos de la Segunda Internacional se declaraban anti-burgueses, anti-capitalistas, partidarios fervientes de la lucha de clases y enemigos de la religión y de los ejércitos. Poco a poco, sin embargo, se fueron moderando, sin abjurar nunca de sus orígenes marxistas expresados en lo que llama por ejemplo el PSOE «Programa máximo». Esta tendencia reformista se hizo dominante en la Segunda Internacional gracias a diversas personalidades del mundo de la política o del mundo intelectual, como Jean Jaurés en Francia, Bernstein en Alemania y la Sociedad Fabiana en el Reino Unido. La Sociedad Fabiana fue determinante en la creación de la Segunda Internacional y mantiene su fuerza y su influjo dentro de la forma actual de esa institución, la Internacional Socialista.
  
Porque la primera configuración de la Segunda Internacional se hundió por su tremendo fracaso de 1914, al estallar la Primera Guerra Mundial. Los partidos socialistas, de confesión pacifista, habían apostado todo su influjo en las clases inferiores a que sus respectivos países no entrarían jamás en una guerra general entre burgueses, que se movían por intereses exclusivamente económicos. Sin embargo, toda Europa deseaba la guerra al comenzar la segunda década del siglo XX y los partidos socialistas de casi todos los países, movidos por el nacionalismo y el patriotismo belicista, aceptaron formar parte de los gobiernos de Unión Sagrada (coaliciones de partidos burgueses y partidos socialistas), con lo que la Segunda Internacional perdió toda su credibilidad. En 1919, tras el triunfo de la Revolución bolchevique en Rusia, su creador Lenin lo hizo con estas palabras: «La Segunda Internacional ha muerto, ¡Viva la Tercera Internacional!» Aun así, la Segunda Internacional sobrevivió como una sombra, bajo diversas denominaciones, hasta la Segunda Guerra Mundial. Los partidos socialistas marchaban cada uno por su lado hasta que apuntó la guerra fría en mediode la política de bloques. Entonces la estrategia mundial norteamericana pensó en resucitar para sus fines defensivos a la Segunda Internacional y lo consiguió con otro nombre para ella: la Internacional Socialista, que vio la luz en 1951 como un valladar de la izquierda europea no comunista contra el expansionismo soviético. Ésta es la forma y el nombre actual de la agrupación de partidos creada por Engels.
  
El marxismo ha formado la trama ideológica original de la Internacional Socialista, incluso desde que casi todos los partidos a ella adheridos, que en la actualidad son 130, hayan renunciado al marxismo como doctrina dominante. Para suplir a las formas groseras de marxismo, los estrategas norteamericanos que abrieron paso a la Internacional Socialista, apoyándose en el reconstituido SPD alemán -bastión principal de la I.S. como lo había sido de la Segunda Internacional-, seleccionaron a un grupo de intelectuales de origen judío que habían conseguido escapar de las persecuciones hitlerianas para encontrar refugio y cátedra en los Estados Unidos. Este grupo, de carácter neomarxista oscuro, se denomina Escuela de Frankfurt y procede del Instituto para la Investigación Social que habían creado en Alemania antes de huir de ella y luego más o menos reconstruyeron en Norteamérica. El Institut für Sozialforschung se había fundado en 1922 en el ámbito de la desmantelada Segunda Internacional por el millonario marxista radical Félix Weil, con el apoyo de Friedrich Pollock y Albert Gerlach, que fue ministro de Educación en el régimen de la República de Weimar, dominada por tendencias socialdemócratas. El segundo director fue el filósofo neomarxista Mark Horkheimer, y los miembros más importantes del Instituto, reagrupados luego como Escuela de Frankfurt, fueron los pensadores neomarxistas, casi siempre judíos, Theodor W. Adorno, Erich Fromm, Walter Benjamin, Frank Borkenau, Herbert Marcuse (futuro ideólogo de la revolución juvenil de 1968) y Jürgen Habermas, teórico de la secularización radical que es, hoy, el único superviviente. Para él, Modernidad equivale a secularización; y ha mantenido durante décadas una intensa presencia en los medios españoles de comunicación pese a haberse comprometido en la pervivencia indefinida de la Unión Soviética. Para esta fallida tesis ha contado con un conocido discípulo en España, Javier Tusell.
   
No resulta extraño que en 1933 Adolfo Hitler cerrase el Instituto para la Investigación Social y forzase la diáspora de los miembros de la Escuela de Frankfurt que, como acabo de indicar, se reagruparon en América. (El mejor análisis que conozco sobre la Escuela de Frankfurt lo he visto en el admirable Diccionario de Filosofía, de José Ferrater Mora). No es fácil definir las características comunes de la Escuela de Frankfurt; sus maestros se autodescriben como críticos, creo que como un reflejo lejano de los ilustrados del s. XVIII, que enarbolaron ese término como bandera; son, por supuesto neomarxistas y ofrecen una implacabilidad teórica junto a una moderación aparente en sus concepciones. El exilio en Estados Unidos no reorientó a los pensadores de la Escuela de Frankfurt hacia la defensa de la democracia liberal, como le había sucedido en circunstancias semejantes al pensador católico francés Jacques Maritain, sino que, por el contrario, exacerbó su actitud anticapitalista sobre todo en el caso de Herbert Marcuse. Ya vimos cómo la degradación y perversión sexual absoluta del comunista Wilhel Reich influyó en la Escuela de Frankfurt a través de uno de sus miembros más radicales, Erich Fromm.
   
Los maestros de la Escuela de Frankfurt son profetas profundos de la secularización, pero no ofrecen ante el hecho religioso el ateísmo constitutivo y destructor de Marx. Quizás por ello los pensadores de Fankfurt ejercieron una influencia decisiva de carácter neomarxista y anticapitalista sobre los inspiradores de la teología de la liberación, sobre todo en el caso de Jürgen Moltmann, que configuró con energía decisiva ese movimiento herético y cristiano-marxista. Montmann influyó también intensamente sobre varios teólogos jesuitas a los que en buena parte debe atribuirse el fundamento expansivo de los movimientos liberacionistas. Nada de extraño que esos jesuitas se hayan presentado sin rebozos como socialistas durante el proceso histórico de la transición española. Así la Escuela de Frankfurt contribuyó a la configuración de la Teología Política. Tal vez por ello los jesuitas afectos a la Escuela de Frankfurt y a la Teología Política gozan de tan alta estima en los medios de la Internacional Socialista. En mi libro Las Puertas del Infierno de 1995 doy más detalles sobre tan sabrosos juego de influencias.
  
Junto a la Escuela de Frankfurt, el centro ideológico-político que más influido en la Internacional Socialista ha sido, sin duda, la Sociedad Fabiana.
  
Esta importante asociación, que hoy sobrevive con redoblado entusiasmo, fue creada en 1884 por Edward R. Pearse, miembro de la Bolsa de Londres. Su primer cuadro ideológico fue un sentido idealista del socialismo basado en sentimientos cristianos, pero desechaba siempre la violencia, la abierta lucha de clases y el radicalismo. Pronto se incorporaron miembros valiosos que le imprimieron carácter: el dramaturgo George Bernard Shaw y su amigo Sidney Webb, político que llegó a ministro, casado con la riquísima heredera canadiense Beatrice Potter, que financió generosamente a la organización. Pronto se definieron como socialistas humanistas, rechazaron cualquier tentación de adherirse al marxismo, pero nunca ocultaron sus duras críticas al capitalismo inhumano. Entre 1900 y 1906 los fabianos determinaron la fundación del Partido Laborista, al que hoy pertenecen como agencia colaboradora e ideológica; han apostado ahora por la tendencia centrista de Tony Blair. Se les unieron conocidos aristócratas como lord Russell y lord Kimberley. No eran marxistas, pero alentaron y ayudaron a todas las causas de la izquierda mundial, como la revolución bolchevique de Lenin en Rusia. Luego apoyaron a León Trotski y al bando marxista de la guerra civil española. Dominaron la Organización Internacional de Trabajo y varias agencias internacionales como la UNESCO.
  
Su actividad no se vio afectada por el hundimiento de la Segunda Internacional en 1914, ya que no pertenecían formalmente a ella; en cambio, en el seno del Partido Laborista, fueron miembros cofundadores de la Internacional Socialista creada en 1951 y en ella siguen. En su primera época mostraron claras tendencias espiritistas y teosóficas, aceptadas a través de la pertenencia al grupo fabiano de Annie Besant, sucesora de Helena Petrovna Blavatski como presidenta de la Sociedad Teosófica. Annie Besant era fervorosa adepta de la Masonería, muy influyente también en la Sociedad Fabiana.
  
El doble campo de actividad donde ha penetrado más profundamente el espíritu fabiano y la red izquierdista internacional que representa la Sociedad ha sido, primero, el mundo universitario anglosajón; segundo, el conjunto de medios de comunicación con influjo mundial. Para la conquista de las universidades británicas (sobre todo Cambridge) y norteamericanas (sobre todo Harvard) ha sido decisivo el apostolado fabiano de John Maynard Keynes, como he mostrado en mi libro Las Puertas del Infierno. La red fabiana de comunicaciones mundiales arbola su pabellón en el New York Times que, como es sabido, forma una especie de cadena ideológica mundial con Le Monde de París, el Washington Post, El País de Madrid, la Repubblica en Italia, así como las grandes cadenas mundiales multimedia. El primer foco fabiano de Harvard fue anterior a Keynes y casi simultáneo a la fundación de la Sociedad. La presidencia de Franklin Roosevelt estuvo marcada por el sello fabiano, que impregna la ideología de los que en Estados Unidos se llaman liberals, que nada tiene que ver con los liberales de Europa, sino con los socialdemócratas. Ni que decir tiene que el fabianismo ha tendido puentes interesantes con los grupos del movimiento New Age y por supuesto con la Masonería.

Y es que la Masonería, que se había identificado en el siglo XIX con el liberalismo radical por una parte, y con el anarquismo de la Comuna de París por otra, ha llegado a vincularse en el siglo XX con la Internacional Socialista. Acabamos de ver el motivo de la estrategia norteamericana para resucitar en 1951 de sus cenizas a la Segunda Internacional, dotada de una doble fuente de influencia: la escuela neomarxista de Frankfurt y la Sociedad Fabiana. Nacía, por supuesto, de un impulso masónico; la Segunda Internacional provenía también de una fuente masónica, como la Primera y la Masonería alentaba en las raíces teosóficas de la Sociedad Fabiana.
   
Para demostrar el carácter masónico de la Internacional Socialista existen argumentos y pruebas concluyentes. Con carácter general, la prueba más interesante para mí es el libro de un Gran Maestre del Gran Oriente de Francia, Jacques Mitterrand, que procedente del partido y la ideología radical se incorporó, también, como alto dignatario, al Partido Socialista de Francia, con el que marcó expresamente la conjunción masónica en su importante libro La politique des Francmaçons (París, Roblot, 1973). El amable empleado de la librería de la Rive Gauche que me vendió el ejemplar, me confesó con cierto aire de misterio: «Se lleva usted el último ejemplar. Tenemos orden de devolver los demás para su destrucción. El libro no se reeditará». Ante mi sorpresa me explicó: «Dice demasiado clara la verdad». La verdad consiste en que para un testigo de tanta importancia en el SFIO y en la logia de la rué Cadet, la Masonería francesa, que se había identificado en el siglo XVIII con la Iguadad y en el siglo XIX con el Liberalismo Radical, había evolucionado en el siglo XX hacia la identificación con el socialismo marxista. Para no salir de la familia diré que me impresionó el libro sobre otro Mitterrand, François, publicado por Dominique Setzpfandt: François Mitterrand, Grand Architecte de l' Univers (París, Faits el Documents, 1995), que lleva por significativo subtítulo El simbolismo masónico de las Grandes Obras de F. Mitterrand, con la famosa pirámide del Louvre en portada y un sugestivo itinerario masónico de París.
  
El segundo argumento se refiere a España y se debe a un testigo tan sincero y respetado como Pablo Castellano, figura prominente del nuevo PSOE durante la época en que el partido de Pablo Iglesias, renovado, pugnaba por el reconocimiento («la homologación», se decía entonces) por parte de la dirección de la Internacional Socialista, establecida ya entonces, como ahora, en Londres. El testimonio de Pablo Castellano, muy importante porque él era entonces secretario de relaciones exteriores del PSOE joven (el de Felipe González, que se impondría en el congreso de Suresnes de 1974), se contiene en un interesantísimo libro, Yo sí me acuerdo (Madrid, Temas de Hoy, 1994, p. 200). Pugnaban en 1972/1973 los socialistas del exilio francés, dirigidos por el antiguo y sectario director general de Enseñanza Primaria de la segunda República, Rodolfo Llopis (masón convicto) y los jóvenes socialistas «renovados» de las agrupaciones del interior, sobre todo la sevillana (González, Guerra) y la vasca (Múgica, Redondo). El Partido Socialista Popular, dirigido en España por el profesor Enrique Tierno Galván, radicalmente marxista, efectuó una conjunción táctica con el PSOE de Llopis y entonces este grupo y los «renovados» llevaron el caso a la Internacional Socialista para que decidiera la homologación. Pablo Castellano insiste en que, dentro del Buró de la Internacional Socialista, fue la Masonería la responsable del reconocimiento de los jóvenes socialistas. «Se habían reunido las logias -dice- y, tras las correspondientes tenidas, habían acordado dejar de sostener la causa de su hermano, grado treinta y tres, Rodolfo Llopis. En la sesión del día 6 de enero de 1974 (estos ingleses no reconocen más reyes que los suyos, y lo de los magos no es objeto de conmemoración y relieve), el presidente de la Internacional, señor Piterman, austriaco y masón, pretextó una diplomática dolencia para que la reunión fuese presidida por Jenny Little, proclive a nuestra causa. El Congreso de agosto de 1972 y su Ejecutiva eran la legítima expresión organizativa del socialismo español y así sus miembros eran reconocidos como miembros de pleno derecho de la Internacional Socialista». Es decir, que la orientación decisiva del socialismo español para la época siguiente fue marcada por la Masonería que controlaba a la Internacional Socialista, de acuerdo con la tesis de Jacques Mitterrand que acabamos de referir.
  
En este episodio el Partido Socialista Obrero Español reconfirmaba su historia masónica. Los socialistas hispanos contaron con una significativa presencia masónica desde sus orígenes hasta la actualidad. Esta presencia se hizo muy notoria en la época decisiva de la segunda República y la guerra civil, como ha revelado el insustituible libro de la profesora Gómez Molleda que ya hemos citado. En todos los momentos decisivos de la República actuaron los masones para condicionar la orientación y la actuación del PSOE. La presión de los socialistas masones (seguidos por los no masones), a favor de radicalizar todavía más la ya sectaria política del masón Manuel Azaña en campos tan delicados como el de la Iglesia, las órdenes religiosas y la enseñanza, está demostrada con datos y estadísticas en el libro citado, fruto de una minuciosa investigación. Durante la Revolución de Octubre de 1934 actuó como secretario general del PSOE, el masón Juan Simeón Vidarte, que nos ha dejado en varios libros escritos en México un testimonio masónico fundamental. La tercera parte de los diputados del PSOE en las Cortes Constituyentes (35 de 114) eran miembros de la Masonería.
   
La Internacional Socialista, pues, en su configuración actual, fue refundada en el año 1951 al servicio de la estrategia antisoviética de Norteamérica en el Congreso de Frankfurt. En la declaración fundacional se incluye un duro ataque (de pura fachada) al capitalismo como sistema antisocial, pero desde entonces la Internacional Socialista es una de las columnas del capitalismo con el pretexto de humanizarle. Por desgracia la principal contribución práctica de la Internacional Socialista al capitalismo ha sido la corrupción generalizada en muchos de los países en que constituye fuerza dominante; están aún rezumantes de porquería los casos del socialismo italiano bajo Bettino Craxi y del socialismo español de Felipe González, quien debería cuidar mucho más la aplicación de la palabra mierda en las campañas electorales; todos recordamos que al final de la larga noche que España vivió bajo la corrupción socialista por él presidida el periódico financiero más importante del mundo titulaba, como cosa sabida, Spain, a lot of shit (España, un montón de mierda). La Declaración de la Internacional Socialista en 1951 se redactó en tonos pragmáticos: en el Nuevo Socialismo cabe todo, desde el marxismo a cualquier otra concepción de la sociedad. Desde 1970 la Internacional Socialista saltó a Iberoamérica, donde apoyó, allí y desde sus bases europeas -Alemania, Bélgica, Francia, España-, a los movimientos marxistas de liberación con auténtico descaro, incluso a los de corte totalitario como los sandinistas de Nicaragua, el PRI de México o la Unidad Popular de Salvador Allende. Cuando se produjo el hundimiento del comunismo soviético en 1989 los partidos comunistas de Europa se aproximaron a la Internacional Socialista como tabla de salvación. Desde el congreso de Bad Godesberg en 1959, el SPD alemán abandonó al marxismo como doctrina exclusiva y se abrió a cualquier otra, incluso al cristianismo. Con mucho menos fervor cristiano, el PSOE español hizo algo semejante veinte años después al renunciar al marxismo con la boca chica en los Congresos de 1979. Salvador Allende y ahora Fidel Castro han encontrado eficaz respaldo y apoyo en la Internacional Socialista que conoce perfectamente el carácter antidemocrático de los dos regímenes.
 
Cuando en 1982 Felipe González, al frente del socialismo español, consiguió una victoria histórica y aplastante que parecía presentar al socialismo como el régimen inmutable para los cien años siguientes, su esbirro radical Alfonso Guerra, que sigue siendo marxista en medio del dramático descrédito de su arbitrariedad personal y su corrupción familiar, se creyó justificado para descubrir sus cartas y dar a la publicación un engendro que se llamó Programa 2000 del PSOE. Hoy conviene leer los cuatro tomos de esa extraña cocción política como lo que es, una pesadilla y un anacronismo formidable. Pero esto es lo que de verdad pretendían los fulgurantes ideólogos del socialismo español cuando creían tener en sus manos a una España cautiva y desarmada.
   
Cuando a los socialistas españoles de hoy se les pregunta por el Programa 2000, tuercen la vista y miran para otro lado. Evidentemente se avergüenzan de que esa monstruosidad circulara, en la ebriedad de su triunfo (1988) como un proyecto decidido de futuro. Y además con carácter oficial: lo editaba la Fundación Pablo Iglesias, que tiene ese carácter dentro del PSOE. Entonces habían ganado ya dos veces por mayoría absoluta y se creían los Amos del Universo. No desmenuzaré los cuatro grandes cuadernos, aunque sólo sea por vergüenza ajena. Pero no puedo evitar asomarme con el lector al tomo titulado La sociedad española en transformación y dentro de él al capítulo sexto, Instituciones sociales-Familia. Pretendían «una nueva forma de familia, más democrática, más igualitaria y más unida» (p. 131). La familia tradicional está en quiebra; se basaba en valores como la dedicación y el sacrificio, sobre todo por parte de las mujeres; que se han hartado y han sustituido esos valores por los de libertad, felicidad e innovación. ¿Es que en el año 2000 las familias españolas, destrozadas en un alarmante porcentaje, son más felices y más innovadoras? «La familia de hoy -en contraposición a la tradicional- cada vez más se apoya en el cariño, el afecto y los sentimientos». Por eso se ha disparado el número de divorcios y separaciones, el número de mujeres maltratadas y aun asesinadas, el número de niños frustrados por el alejamiento de uno de los padres. Con sentido poco profetico dice el Programa que los hijos desean abandonar el hogar cada vez más tempranamente; ha sucedido exactamente al revés. «El valor de la fidelidad dentro de la pareja persiste», otra profecía fallida.
  
El epígrafe sobre las «familias alternativas» es cómico. Ninguna de las que se describen es una familia, sino una antifamilia. Y lleva naturalmente a lo que será la familia en el año 2000; no es solamente una descripción aséptica, sino un objetivo al que los socialistas han aplicado todo su esfuerzo desintegrador, al que contribuyen además asiduamente con los ejemplos más detonantes; me divierte mucho que hasta en las invitaciones de la Casa del Rey se convoca a determinado personaje «y acompañante» por la proliferación de familias alternativas, sin duda. Dice el Programa, púdicamente que «vamos a una cierta desintegración de la familia nuclear», como si los socialistas fueran simplemente observadores y no fervientes promotores de esa desintegración. Después de dejar la familia como unos zorros, los ideólogos del Programa se vuelven a la Iglesia. Creen que los puntos fundamentales del dogma católico se interpretan por los católicos «con libertad». Esta libertad se nota sobre todo en el desapego de la «moral oficial» y en la desvinculación entre catolicismo y partidos de la derecha, que era de rigor en épocas anteriores. El Programa se permite enjuiciar a los obispos; elogia a los de «talante taranconiano» y en cambio rechaza a «los partidarios de Suquía», así, con total confianza y sin tratamientos; de quienes se critica que estén conformes con «la política restauracionista del Vaticano», es decir, la del Papa Juan Pablo II. El Programa elogia a los católicos «con simpatías socialistas, pro-teología de la liberación» (p. 136). Se divide a los católicos en dos grandes grupos; los afectos a ideologías conservadoras como el Opus y los kikos; los abiertos a simpatías socialistas. Es decir, los malos-retrógrados y los buenos-progresistas.
  
El resumen histórico desde la Iglesia «del nacional-catolicismo» a la «apuesta democrática del cardenal Tarancón en la coronación del Rey» -cuatro disparates serios, por lo menos, en línea y media-, sugiere que los católicos normales estaban todos en el nacional-catolicismo y que ninguno aceptó la homilía del cardenal Tarancón. Se elogia la evolución política de la Conferencia Episcopal, como si a estas alturas ignorásemos que tal política no puede explicarse sin su trampa y su cartón. Lo más extraño es que, cuando el pobre cardenal Tarancón ya no podía ser utilizado por los socialistas, le dejaron en la más completa soledad, le marginaron, le insultaron echándole en cara sus ofrecimientos del palio a Franco y, como se quejaba amargamente el excelente prelado, no le dieron una mala condecoración de despedida.
  
A continuación dogmatizan los socialistas sobre la involución de la Iglesia desde la llegada del cardenal Suquía, tras el ejemplo de giro conservador que ofrece la Iglesia romana. El esfuerzo supremo que, en las fechas de la publicación de este Programa, realizaba la Santa Sede para terminar con el comunismo en la todavía atea URSS, no merece una mala línea profética; ya vemos que los redactores e ideólogos del Programa no estaban tocados por la vara de Moisés.
  
Sobre la otra gran institución social de España, el Ejército, el PSOE de 1988 trasluce, como era de esperar, su antimilitarismo congénito. Con todo cinismo subrayan la importancia positiva de la adhesión de España a la Alianza Atlántica, a partir de los tiempos, todavía tan cercanos, del «OTAN, de entrada no».
  
Se ufanan los socialistas de que el sistema de valores propios de las Fuerzas Armadas ya no es, como antaño, la secuencia «Deber, Honor, Valor, Patria» a los que se añadía la disciplina; hoy ya no se establecen diferencias sustanciales entre el sistema de organización militar y las organizaciones civiles (p. 141). La vocación militar ya no es vocación sino profesión. Es decir, que el Programa 2000 propone unas Fuerzas Armadas más o menos desmilitarizadas, sin nada que ver con las que desde la época romana hasta hoy hicieron esto que llamamos España.

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