viernes, 29 de septiembre de 2017

DE LOS TRES ATENTADOS QUE PADECIERA NUESTRO SEÑOR ANTES DE SER CRUCIFICADO

Por Luis Antequera para RELIGIÓN EN LIBERTAD.
  
Si el horripilante final que tiene Jesús de Nazaret es sobradamente conocido por los lectores del Evangelio, y aún por muchos que no lo son, menos conocidos son los tres atentados que antes de ser crucificado sufre contra su vida, recogidos los tres en los evangelios. Uno nos lo relata Lucas, los otros dos, Juan.
 
La cuestión del César (Rubens)
   
El primero, aquél del que nos informa Lucas, tiene lugar al inicio de su manifestación. Es de hecho, en el Evangelio de Lucas, el acto iniciático del ministerio de Jesús. Tiene lugar en su propia ciudad de Nazaret, una vez que retorna a ella del desierto, en el que ha permanecido cuarenta días, y éstos son sus precedentes:
“Vino a Nazará [sic], donde se había criado; entró, según su costumbre, en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías, desenrolló el volumen y halló el pasaje donde estaba escrito: ‘El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido, para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor’. Enrolló el volumen, lo devolvió al ministro y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él. Comenzó, pues, a decirles: ‘Esta Escritura que acabáis de oír se ha cumplido hoy’”. (Lc. 4, 16-21)

Las consecuencias de semejante sermón van a ser terribles:
“Al oír estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira y levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad para despeñarle. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó”. (Lc. 4, 28-30)

La segunda, que nos narra Juan, tiene lugar durante el segundo año de los dos que, según él, dura el ministerio de Jesús, concretamente en la fiesta de las tiendas o de los tabernáculos, el Sukot, siete días en torno a los meses de septiembre-octubre, medio año por lo tanto antes de ser crucificado.

Todo empieza con esta tensa disputa.
“‘En verdad, en verdad os digo: si alguno guarda mi palabra, no verá la muerte jamás’. Le dijeron los judíos: ‘Ahora estamos seguros de que tienes un demonio. Abrahán murió, y también los profetas; y tú dices: Si alguno guarda mi palabra, no probará la muerte jamás. ¿Eres tú acaso más grande que nuestro padre Abrahán, que murió? También los profetas murieron. ¿Por quién te tienes a ti mismo?’
Jesús respondió: ‘Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada; es mi Padre quien me glorifica, de quien vosotros decís: Él es nuestro Dios, y sin embargo no le conocéis, yo sí que le conozco, y si dijera que no le conozco, sería un mentiroso como vosotros. Pero yo le conozco, y guardo su palabra. Vuestro padre Abrahán se regocijó pensando en ver mi Día; lo vio y se alegró’.
Entonces los judíos le dijeron: ‘¿Aún no tienes cincuenta años y has visto a Abrahán?' Jesús les respondió: ‘En verdad, en verdad os digo: antes de que Abrahán existiera, Yo Soy’”. (Jn. 8, 51-59)
  
El desenlace, parecido al habido lugar un año antes en Nazaret.
“Entonces tomaron piedras para tirárselas; pero Jesús se ocultó y salió del Templo”. (Jn. 8, 59)

Pocos días después, durante la fiesta de la Dedicación, de las luces o, en términos hebreos, la Hanuká (pinche aquí para conocerla mejor), otros siete días de fiesta, esta vez durante la segunda quincena de diciembre, en pleno invierno, también en Jerusalén, Jesús sufre un nuevo atentado contra su vida, con una nueva lapidación en grado, una vez más, de tentativa.

Esta vez las cosas suceden de la siguiente manera:
“Los judíos trajeron otra vez piedras para apedrearle. Jesús les dijo: ‘Muchas obras buenas de parte del Padre os he mostrado. ¿Por cuál de esas obras queréis apedrearme?’ Le respondieron los judíos: ‘No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por una blasfemia y porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios’. Jesús les respondió: ‘¿No está escrito en vuestra Ley: Yo he dicho: dioses sois? Si llama dioses a aquellos a quienes se dirigió la palabra de Dios -y no puede fallar la Escritura- a aquel a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo, ¿cómo le decís que blasfema por haber dicho: Yo soy Hijo de Dios? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque a mí no me creáis, creed por las obras, y así sabréis y conoceréis que el Padre está en mí y yo en el Padre’. Querían de nuevo prenderle, pero se les escapó de las manos”. (Jn. 10, 31-39)
  
Tres intentos que tienen en común la manera en la que Jesús los elude, etérea, silenciosa, casi como el que no quiere la cosa: “pasando por medio de ellos, se marchó”, “se ocultó y salió del Templo”, “se les escapó de las manos”…
 
Y bien amigos, sin más que desearle de nuevo que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos, me despido de Vds una vez más, convocándoles, como siempre, en esta misma columna.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

UN CHISTE SOBRE JESUITAS

En cierta ocasión le preguntaron a un jesuita: “¿No les resulta muy difícil vivir el voto de obediencia?”
El jesuita contestó: “En absoluto. Antes de mandarnos algo, el superior se reúne con nosotros y, tras una larga conversación, descubre qué es lo que queremos hacer. Entonces, solemnemente, nos lo manda”.
El interlocutor, extrañado, preguntó: “Pero, ¿entonces qué pasa con aquellos que no saben lo que quieren?”
El jesuita, sonriendo, respondió: “Muy fácil. A esos los nombramos superiores”.

martes, 26 de septiembre de 2017

SAN VICENTE MARÍA STRAMBI, OBISPO Y CONFESOR

 
Poco antes de la medianoche del 23 de diciembre de 1823, San Vicente María Strambi fue despertado urgentemente, requerido por Su Santidad León XII, que se encontraba gravemente enfermo.
 
Desde finales de noviembre, habiendo renunciado el obispado de Macerata y Tolentino, habitaba en el palacio del Quirinal, llamado por Su Santidad como consejero particular y director espiritual de su alma.
 
Consternado por la infausta noticia, San Vicente María Strambi voló a la cabecera del augusto enfermo. Con afecto de hijo y corazón de santo preparó a Su Santidad a recibir el santo viático, decidido a quedarse a su lado para asistirle en los últimos momentos con el conforto espiritual.
 
Mientras la respiración del Santo Padre se hacía cada vez más afanosa, San Vicente, movido de sobrenatural impulso, pidió al Papa poder celebrar inmediatamente la santa misa para obtener su curación. Se notó que aquella misa votiva pro infírmo, celebrada en la misma capilla papal, fue más larga que de costumbre, y el rostro del Santo, transformado por el recogimiento, causó maravilla en los presentes. A la Víctima del Calvario se unió la personal de San Vicente por la salud temporal de León XII.
  
Al alborear del día el Santo pasionista visitó de nuevo a Su Santidad, y en íntima confidencia personal le reveló el secreto: curaría y su vida terrena se prolongaría cinco años y cuatro meses, Dios había aceptado la inmolación de San Vicente María Strambi; el ofrecimiento de su vida por la del Papa había sido satisfactoriamente recibido por la divina Justicia.
 
El 28 de diciembre San Vicente sufre un ataque apoplético y el 1 de enero de 1824 entrega su alma a Dios. Este acto sublime del venerable anciano de setenta y nueve años era el epílogo y recapitulación de una vida consagrada al servicio de la Iglesia y del Romano Pontífice.
 
Nacido en Civitavecchia el 1 de enero de 1745, le concedió Dios la gracia de ser educado por unos padres de acendrada piedad. Consiguió la realización de su vocación pasionista en 1769 a la hermosa edad de veinticuatro años, después de haber terminado la carrera sacerdotal y haber ocupado los cargos de prefecto y rector del seminario.
  
La herencia del crucifijo que pide de rodillas a su padre la recibe realmente de manos de San Pablo de la Cruz, que, a la hora de la muerte, le encarga el cuidado de la Congregación. Ocupa en ella los cargos más altos y delicados de educación y gobierno, admirado por su espíritu de observancia y de oración.
  
En la soledad de los “retiros” pasionisias intensifica su preparación a la futura vida apostólica con la oración y el estudio. Serán deliciosas las horas pasadas a los pies de Jesús crucificado, siempre sediento de la sangre divina, a la que honrará con particular devoción.
  
Pero sobre todo heredará de su santo fundador el espíritu apostólico. Será en este ancho campo de la predicación donde sus servicios a la Iglesia le conseguirían el renombre de santo y de misionero.
  
Orador por excelencia, dotado de una extraordinaria capacidad de adaptación al auditorio, procuraba no sólo dirigirse a la inteligencia de sus oyentes para instruirlos, sino llegar a lo más íntimo de su corazón y de su voluntad para arrastrarles.
 
Misionero de fama y de extraordinaria eficacia, fue reiteradamente escogido por los romanos pontífices para predicar las misiones en Roma y apaciguar las sediciones y motines populares. Preferido más de una vez para dar los ejercicios espirituales al Colegio Cardenalicio y al alto clero de la Ciudad Eterna, dejará admirada la selecta asamblea por su unción apostólica y por su exacta y vasta doctrina, confirmando el parecer común que le consideraba “sumo” en este género de predicación.
 
Durante veinticinco años recorrió la Italia central en todas direcciones, aclamado como uno de los mejores predicadores de la península y quizá el más grande catequista de su siglo. Volcaba en el púlpito su corazón de padre, de pastor, de apóstol y de santo; sobre todo de santo. El fuego divino que le abrasaba se comunicaba con fuerza irresistible a su auditorio, ablandando el corazón de los pecadores más endurecidos, que venían a descargar sus culpas a los pies de aquel hombre extraordinario.
 
Identificado con Cristo crucificado, el argumento de su pasión fue siempre el tema preferido de sus predicaciones y el secreto de su elocuencia dulce y avasalladora. Cuando San Vicente hablaba de la víctima divina no hacía más que descubrir los tesoros de vida eterna que su alma contemplativa había descubierto en las llagas del Redentor. Siempre presente en el Calvario, ocupado en la contemplación extática de su amor crucificado, no es de admirar que su caldeada palabra transmitiese al auditorio la virtud divina que irradia desde la cruz.
 
En el confesionario, donde recogía los frutos de los trabajos apostólicos, fue admirada su bondad, creyéndose cada penitente objeto especial de sus atenciones. Gaspar del Búfalo, Ana María Taigi y un nutrido grupo de almas selectas encontraron en San Vicente María Strambi al director eximio, práctico y experimentado en el camino de la perfección y en los recónditos secretos de la mística, que no sólo sabía calmar sus dudas con el consejo oportuno, sino también descubrirles los amplios horizontes de la santidad más encumbrada, lanzándoles resueltamente por las más altas vías del espíritu.
 
Dotado de una gran potencia asimiladora, sus incesantes lecturas le permitieron usar de la pluma para ensanchar y perfeccionar su acción apostólica. Inspirado en la santísima pasión de Cristo, ella fue el tema preferido de sus escritos. Nada de especulación árida, fría, de vana y ostentosa erudición. El descubrimiento de los tesoros que tenemos en Jesucristo no tenía en su pluma otro fin que convencer al alma cristiana del amor que debemos a Cristo y decidirla a la práctica de las virtudes que Él nos dio ejemplo.
 
En 1801 le imponía Pío VII la aceptación del obispado de Macerata y Tolentino. En vano se resistió. La voluntad decidida y terminante del Papa puede más que todo. Consagrado obispo, San Carlos Borromeo y San Francisco de Sales fueron desde entonces su modelo, copiando el celo apostólico del uno y la dulzura del otro.
  
Recibido como un don de Dios para ambas diócesis, comenzó su actividad episcopal organizando grandes misiones, que predicó personalmente. Con una entrega total y sin reserva a los suyos, procuró, ante todo, conocerlos, examinando de cerca todos sus problemas para darles la más perfecta solución. A este fin empezó casi inmediatamente la visita pastoral, que se puede decir fue continua e interrumpida solamente por el destierro.
 
Su unión con Dios, aun en medio de las más absorbentes ocupaciones del gobierno pastoral, era continua y profunda. Dedicaba no menos de cinco horas diarias a la oración, viviendo todo el día como en un ambiente místico y celestial en íntima unión con Dios. Este contacto ininterrumpido con la Divinidad envolvía su persona y sus actividades como en una atmósfera sobrenatural, imprimiendo a todos sus actos de gobierno un marcado tono de la más alta espiritualidad, a la vez que de la más escrupulosa justicia y exactitud, no buscando jamás otra cosa que la gloria de Dios.
 
Su primera preocupación fueron los eclesiásticos, a cuya elevación y santificación consagró sus mejores energías. Empezó por el seminario, renovando, además del edificio material, el programa escolar y el reglamento, deseoso de acomodarlo a las necesidades de su tiempo. El seminario, en su concepto, debía ser únicamente el semillero perpetuo de los ministros de Dios, excluyendo, contra la mentalidad reinante, todo joven que no diese pruebas claras de vocación divina.
 
Los dos puntos básicos de la formación espiritual de los futuros ministros del santuario eran la comunión fervorosa, que deseaba fuese cotidiana, y la oración mental. Consideraba este ejercicio de la meditación como algo indispensable y fundamental en la vida de un sacerdote, por lo cual sometía a los ordenandos a un riguroso examen, no sólo del conocimiento teórico de la meditación, sino también de la práctica y de los frutos reales en ella conseguidos. Para facilitar a su clero el cumplimiento de esta obligación compuso una serie de meditaciones sobre los principales deberes del estado clerical y otra sobre los novísimos, que en poco tiempo alcanzó la quinta edición.
 
Con estos medios y su asidua vigilancia consiguió, en un tiempo en que la formación sacerdotal dejaba mucho que desear, elevar su seminario a un nivel tal de ciencia y santidad, que no sólo se presentaba como modelo de organización y disciplina, sino también de la piedad más acendrada. Adelantándose a su tiempo como sagaz previsor de las necesidades de la Iglesia, instituyó prácticas y métodos entonces desconocidos y que son hoy normas corrientes de formación de nuestros mejores seminarios.
 
Durante los veintidós años que duró su episcopado no dejó un solo día de seguir con vigilante y escrutadora mirada, con los más asiduos cuidados y desvelos, la educación de sus queridos seminaristas, a los que amaba como a las niñas de sus ojos. Era un padre, y como tal deseaba estar junto a sus hijos. Con ellos convivió los últimos años de su vida, preocupándose personalmente por cada uno, formándoles con su ejemplo, su consejo y sus exhortaciones. Legando su herencia al seminario, quiso perpetuar su influjo benéfico hasta después de su muerte.
  
Al par que la santidad, exigió siempre de su clero la ciencia, mostrándose inflexible en el examen obligatorio para todos los sacerdotes antes de conferirles la cura de almas o la facultad de oír confesiones.
 
Diligentísimo en el cumplimiento de todos sus deberes de obispo, no perdonó sacrificio ni molestia cuando se trataba de la gloria de Dios o de la salvación de las almas. Precedido por la fama de su santidad, su presencia se consideraba como una gracia especial de Dios, y, bajo el influjo de aquella vida sobrenatural, que no podía ocultar su humildad, se entregó sin reservas a la reforma y saneamiento moral de sus diocesanos, consiguiendo una profunda transformación religiosa.
  
Experimentado misionero, se sirvió con profusión del ministerio de la palabra para enseñar a sus diocesanos el conocimiento de la religión, convencido ser éste el único fundamento para conseguir que la práctica religiosa fuese sólida y constante. Contra el parecer e inercia de muchos, restableció la enseñanza de la doctrina cristiana a los niños y al pueblo. Procuró ante todo el aumento numérico de asistencia, perfeccionó los maestros y hasta reeditó el catecismo, adaptándolo a las necesidades del tiempo e individuos.
  
Personalmente llevó la instrucción de la juventud que frecuentaba el liceo y la universidad de Macerata, predicándoles todos los domingos.
 
Confiando en que “Dios no es pobre” y convencido que los pobres eran los verdaderos “dueños” y sus “acreedores”, la generosidad de San Vicente María Strambi rayó frecuentemente en el heroísmo más sublime y desinteresado.
 
Vivía en extrema pobreza con el fin de economizar para los indigentes. Sus manos eran un canal que nada retenían. Se reconocía en él una gracia especial para pedir, que supo utilizar para alivio de los necesitados. Con frecuencia se hizo mendigo por amor de Cristo, llamando a las puertas de sus potentados amigos de Milán y de Roma, incluido el Romano Pontífice. Estará para abandonar definitivamente la diócesis camino de Roma, y dará en limosna el anillo episcopal, que era lo único que le quedaba.
  
En estas acciones caritativas era dominado por dos sentimientos diametralmente opuestos: extraordinario amor a la pobreza y un deseo vivísimo de poseer. El aparente contraste se reducía a perfecta unidad en el amor a los pobres, en quienes veía a Jesucristo. En las largas horas de oración a los pies del crucifijo, consiguió descubrir las sublimes e inefables relaciones que existen entre el Cuerpo real de Jesucristo y su Cuerpo místico, que es la Iglesia, entre el divino Paciente que agoniza en la cruz y sus miembros que sufren en los pobres.
 
Durante su vida religiosa la voz del Vicario de Cristo fue para San Vicente María Strambi la voz de Dios, y cuando los sucesores de Pedro le transmitieron su voluntad, el misionero pasionista cumplió los encargos con afectuosa y diligente sumisión filial.
 
Aceptado el obispado por directa intervención de Pío VII, que confesó hacerlo por inspiración divina, consideró como superior inmediato al Romano Pontífice. El respeto, amor y obediencia de San Vicente María Strambi al Papa es una de las notas más características de su santidad.
  
Su fe inquebrantable en la Cátedra de Pedro le hacia considerar al Santo Padre como el centro de la autoridad, el padre común de todos los fieles, el oráculo de la verdad. A toda orden del Papa, mejor, a la más mínima manifestación de su voluntad, San Vicente María Strambi repetía con fe viva y amor ardiente: “Voluntad de Dios”. A tal grado llegó esta obediencia, que, invitado por obispos y cardenales a predicar las misiones en sus diócesis, exigía antes de aceptar el consentimiento expreso del Romano Pontífice.
  
Sin miramientos humanos salía en defensa del Vicario de Cristo, y el general francés Lemarois se vio contradicho enérgicamente por el santo obispo, admirando los demás oficiales tan intrépida fortaleza.
  
La convicción que tenía del Primado de San Pedro le hacía hablar con tanta elocuencia, que causaba maravilla a sus auditores, mereciendo ser calificados estos discursos entre las mejores piezas oratorias del Santo.
 
Las circunstancias por donde le tocó atravesar le dieron ocasión de probar, con la heroicidad de los hechos, los sentimientos que albergaba en su corazón. Su amor a la Iglesia y al Papa debían pasar por el crisol de la prueba, dándonos la oportunidad de conocer su profundidad y su extraordinaria grandeza.
 
Como consecuencia de la conquista del Estado pontificio por las huestes napoleónicas en 1808, San Vicente María Strambi se vio condenado al destierro por no consentir en el juramento que se pretendía imponer a los obispos. Prefirió obedecer al Santo Padre antes que mancillar su alma con semejante cobardía. Intrépido defensor de los derechos del Papa y de la Iglesia, se vio arrancado violentamente de su amado pueblo, que le despidió con las lágrimas en los ojos, testimoniando con ello el afecto con que era circundado.
 
Durante los seis años que se vio relegado en Milán a forzado e involuntario reposo, ocupó su tiempo en obras de caridad. Pero sobre todo, como otro Moisés, no cesó de levantar los brazos y los ojos al cielo en continua oración para que Dios se apiadase de su esposa la Iglesia. Con el corazón desgarrado por los sufrimientos del supremo pastor Pío VII, al que veneraba como a un santo, le seguirá en todas las estaciones de su Viacrucis, buscando ocasión de hacerle menos dolorosos aquellos días de persecución.
 
El poder consolar con sus cartas al “dulce Cristo en la tierra” y socorrer con subsidio pecuniario al prisionero de Savona fue para San Vicente María Strambi, más bien que un simple acto de caridad, el cumplimiento de un acto de religión.
 
Lejos de los suyos corporalmente, siguió gobernando sus diócesis por medio de los vicarios generales, con los que se mantuvo en continuo contacto.
 
Volvió a Macerata en 1814; pero haciéndole ver su humildad que era incapaz para el gobierno de su grey, en 1823 insistió en la renuncia. León XII la aceptaba con la condición de que transcurriera los últimos días a su lado. En los planes de la divina Providencia el mismo Vicario de Cristo había escogido la víctima que se inmolaría por él, por el Santo Padre, para que la santa Iglesia no quedase en momentos tan borrascosos sin el capitán que la gobernase.
  
Y San Vicente María Strambi, como lo había hecho durante toda su existencia, apenas comprendió lo que Dios le pedía, se ofreció con la generosidad de hijo, que entonces se siente profundamente feliz cuando puede dar hasta la propia vida por su amado padre.
 
PAULINO ALONSO BLANCO DE LA DOLOROSA CP, Año Cristiano, Tomo III, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1966.
  
ORACIÓN (Del Común de los Confesores y Pontífices)
Rogámoste, Señor, que oigas benigno las súplicas que te dirigimos en la solemnidad de tu bienaventurado confesor y pontífice San Vicente María, y que nos libres de todos nuestros pecados, por los méritos de aquel que te sirvió con tanta fidelidad. Por J. C. N. S. Amén.

domingo, 24 de septiembre de 2017

ANTIGUA ORACIÓN IRLANDESA A SANTA MARÍA

Oh gran María, la más grande de las Marías, la mayor entre las mujeres, Reina de los Ángeles, Señora de los Cielos, Mujer llena y repleta con la gracia del Espíritu Santo, Bendita y benditísima, Madre de la gloria eterna, Madre de la Iglesia celestial y terrena, Madre de amor e indulgencia, Madre de la luz dorada, Honor del cielo, Heraldo de la paz, Puerta del cielo, Arca dorada, Sede de amor y misericordia, Templo de la Divinidad, Belleza de las vírgenes, Señora de las tribus, Fuente de los jardines, Expiación de los pecados, Ablución de las almas, Madre de los huérfanos, Sustentadora de los infantes, Refugio de los desdichados, Estrella del mar, Sierva de Dios, Madre de Cristo, Trono de la Divinidad, Hermosa como la paloma, Serena como la luna, Resplandeciente como el sol, Destrucción de la desgracia de Eva, Perfección de las mujeres, Jefa de las vírgenes, Jardín vallado, Fuente sellada, Madre de Dios, Virgen perpetua, Virgen santa, Virgen prudente, Virgen serena, Virgen casta, Templo del Dios viviente, Trono del Rey eterno, Santuario del Espíritu Santo, Virgen de la raíz de Jesé, Cedro del monte Líbano, Ciprés del monte Sión, Rosa purpúrea en la tierra de Jacob, Fructífera como el olivo, Floreciente como la palma, Gloriosa puérpera, Luz de Nazaret, Gloria de Jerusalén, Belleza del mundo, Nobilísima entre el pueblo cristiano, Reina de la vida, Escalera del Cielo, escucha las peticiones del pobre, no desprecies las heridas y los lamentos de los miserables.
 
Que nuestra devoción y nuestros lamentos sean llevados por Ti a la presencia del Creador, porque nosotros no somos dignos de ser escuchados por nuestros deméritos.
 
Oh poderosa Reina de cielo y tierra, borra nuestras transgresiones y pecados. Destruye nuestra maldad y depravación. Levanta a los caídos, los debilitados y los encadenados. Absuelve a los que están desahuciados. Repara por tu medio las transgresiones de nuestra inmoralidad y nuestros vicios. Revístenos de las flores y ornamentos de las buenas acciones y las virtudes. Aplaca a nuestro Juez por tus oraciones y súplicas. Por tu misericordia, no permitas que seamos contados entre los despojos de nuestros enemigos. No permitas que nuestras almas sean condenadas, antes bien, tómanos siempre bajo tu protección.
  
Además, te suplicamos y rogamos, oh Santa María, que nos obtengas por tus poderosa intercesión ante tu único Hijo, esto es, Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que Dios nos defienda de toda straits y tentaciones. Obténnos también de Dios Creador el perdón de todos nuestros pecados y transgresiones, y que además podamos recibir de Él, por tu intercesión, que podamos merecer y gozarnos de habitar para siempre en el reino celestial por toda la eternidad, en presencia de los santos y las santas vírgenes del mundo, por los siglos de los siglos. Amén.

Oración encontrada en el manuscrito An Leabhar Breac en irlandés medio, traducida al inglés hacia 1850-1860 por el profesor Eugene OCurry. Imprimátur concedido en 1880 por el Cardenal Edward MacCabe, Arzobispo de Dublín y Primado católico de Irlanda. El Papa Pío IX concedió, mediante breve del 5 de Septiembre de 1862, cien días de Indulgencia.

PROFANADA LA IGLESIA DE SAN ESTEBAN EN BEIT JIMAL

Nota previa: Beit Jimal (בַּיִת גִ׳מָאל/بَيْت جَمَال) es un monasterio salesiano erigido en la antigua Cafargamala (Villa de Gamaliel), lugar en el cual fueron sepultados los santos Esteban Protomártir, Nicodemo, Gamaliel y su hijo Abibas, y sus reliquias halladas por el sacerdote San Luciano el 3 de Agosto del año 415.
 
Traducción de la noticia publicada en AVVENIRE (Italia).
 
A los «daños ingentes» provocados por la destrucción de las estatuas y de las vidrieras, se agrega el profundo dolor causado «por el fanatismo de estos grupos de personas, que no quieren aceptar la diversidad y la fe del otro». Así comentó a la agencia AsiaNews monseñor Giacinto-Boulos Marcuzzo, nuevo vicario patriarcal para Jerusalén y e la Palestina, el ataque realizado en la tarde del miércoles 20 de Septiembre «por algunos fanáticos» (como él mismo los define y con toda probabilidad «extremistas judíos») a la iglesia de San Esteban en Beit Jimal. El lugar de culto es parte de un complejo gestionado por los salesianos que comprende un monasterio y un cementerio, teatro en el 2016 de una profanación.
  
Imágenes de la destrucción ocasionada en la iglesia de San Esteban (Fuente: Patriarcado Latino de Jerusalén)
 
«Estamos en un período de fiesta –agrega Marcuzzo– por el Año nuevo judío y musulmán. En este clima de alegría y celebraciones, habíamos recibido ayer la noticia de este nuevo ataque. Los vándalos han hecho irrupción en el interior de la iglesia y han destruido las cruces, la estatua de la Virgen y las vidrieras artísticas, además de los rostros de los santos». El daño, prosigue el obispo, no es solo económico sino que es debido «al mensaje fanático que este ataque contiene: una ideología que no acepta la fe, la visión del otro. En el Antiguo Testamento está escrito destruir las estatuas porque son símbolo de idolatría». Aquí, «estas personas distorsionan las Escrituras y promueven el fanatismo. Aunque no es un ataque directo a los cristianos, ciertamente es un mensaje contra los que no comparten su ideología y causan terror, porque muestra que no tienen respeto por los otros, amenazando la convivencia social».
 
La condena de la asamblea de los obispos católicos
También la Asamblea de los ordinarios católicos de Tierra Santa ha denunciado lo sucedido como “la desacración de la iglesia de San Esteban” que se encuentra en el Monasterio salesiano de Beit Jamal, no lejos de Jerusalén. «Supimos esta mañana –ha declarado Wadie Abunassar en nombre de la Asamblea– de la desacración de la iglesia por acción de desconocidos que han dejado gran destrucción más allá de haber roto las imágenes de vidrio de Cristo y de la Virgen María». «Es con disgusto y rabia –prosiguió– que nos vemos comprometidos a condenar semejantes actos criminales que se han repetido muchas veces en años recientes, mientras al mismo tiempo no vemos ni seguridad ni tratamiento educativo de apertura de las autoridades del Estado contra este fenómeno peligroso».
 
«Mientras demandamos al Estado, y a todas sus instituciones pertinentes, que trabajen para castigar a los autores del ataque y educar a la gente a no perpetrar ofensas similares, rogamos al Altísimo –siguió Abunassar– por la retirada de los autores esperando que todos los pueblos, especialmente en nuestra Tierra Santa, aprendan a coexistir el uno con el otro en amor y recíproco respeto, sin considerar la diferencia entre ellos».
 
El embajador italiano en Israel, Gianluigi Benedetti, ha hecho saber que habló esta mañana con el responsable del monasterio, don Antonio Scudo, informándose de los hechos y el lunes próximo (25 de Septiembre) se dirigirá allá para una visita de solidaridad. La policía israelí ha anunciado la apertura de una investigación sobre lo sucedido.
  
COMENTARIO DE FRATER JORGE: De hecho, con este se elevan los ataques vandálicos realizados a la iglesia de San Esteban en Beit Jimal durante los últimos cuatro años. El primero, en el año 2013, consistió en una bomba incendiaria que causó daños menores en el monasterio y pintadas con la frase “Etiqueta de precio” (תָּג מְחִיר) en un muro exterior. Y el segundo, en Junio de 2016, cuando varias lápidas cruciformes fueron derribadas por tierra.
  
Como siempre, la policía israelí dice que va a investigar, pero dudamos que se produzcan capturas por los hechos. Y para más variar, A BERGOGLIO ESO NO LE INTERESA. simplemente porque las víctimas no son ninguno de sus amigos (judíos, musulmanes, comunistas, homosexuales, etc.), sino sus súbditos, a los que supuestamente gobierna y apacienta. De razón que San Ignacio de Loyola dijera: “Más le vale a la grey no tener pastor, que tener de pastor a un lobo”.

¿DÓNDE ESTÁBAIS ESCONDIDOS, ¡OH HEREJES!, QUE HASTA AHORA OS DIGNAIS APARECER?

San Roberto Belarmino, martillo de herejes.
 
«La religión cristiana comenzó en la Palestina no ayer, ni anteayer, sino hace mil quinientos setenta años de Cristo, Hijo de Dios y de la Virgen María: luego fue sembrada y propagada por todo el mundo hasta el extremo de la tierra. Así lo habían predicho los profetas: “De Sión vendrá la ley, y de Jerusalén la palabra del Señor” (Isaías 2, 3). “Pequeña cosa es que tú me prestes servicio para resucitar las tribus de Jacob, y para convertir la feccia de Israel. Yo te he constituido luz de las gentes, a fin de que tú seas la salvación dada por mí hasta los últimos confines del mundo” (Isaías 49, 6).
 
Ahora, ¿quién no sabe que todas las herejías son posteriores? Ciertamente los Arrianos no fueron antes de Arrio, ni los Macedonianos antes de Macedonio, ni los Nestorianos antes de Nestorio, ni los Pelagianos antes de Pelagio, ni los Mahometanos antes de Mahoma, ni los Luteranos antes de Lutero. ¿Pero quién ignora que todos estos hab venido después del 300, a el 400, o el 500, a el 1500 de la venida de Jesucristo aquí abajo? ¿No es éste un grande argumento de la verdad, el poder nosotros hacer ver el origen de alguna herejía, tanto por la nominación de su autor, o fijar el año, designar el lugar, hacer conocer la causa, o mejor, la ocasión de las nuevas doctrinas?
  
Y para venir a un particular en Lutero, ¿quién no sabe que la secta, o incluso las sectas de ellos, que se dicen Luteranos, tienen como primer autor a Lutero, ya monje agustiniano, en el año 1517 del parto de la Virgen, en Wittemberg, ciudad de la Sajonia, en ocasión de las indulgencias concedidas por el pontífice León X? Antes de aquel año no se había oído nunca ni por sueño el nombre de los Luteranos: ni Lutero mismo era entonces Luterano: se profesaba en la Iglesia Católica sacerdote y doctor e hijo obediente del Romano Pontífice.
  
Luego, por principio, cuando se separó de la Iglesia Romana, no encontró absolutamente a ninguno de su secta, sino, como habla San Cipriano, “él por primero, sin suceder a otro, comenzó por sí mismo y dio principio a congregar un nuevo grupo de personas”. De hecho en tiempo de Lutero habían varias y muchísimas sectas, como por ejemplo las de los Judíos, de los paganos, de los Griegos, de los Jacobitas, de los Armenios, de los Valdenses y de los Bohemios o sea Husitas, además de la verdadera y católica religión, la Romana.
 
Mas es cierto, y lo testifica el mismo Lutero, que a Él no le gustaron ninguna de aquellas sectas que existían entonces, y que se separó de la Iglesia Romana de su propia voluntad. ¿Qué resta pues, si no que fundó él una nueva herejía? Y si no es así, muestre los orígenes más antiguos, cuente sus predecesores, señale los lugares y los templos, dónde y cuándo subsistieron. Seguramente, si él no hubiera encontrado maestros y sacerdotes jefes de su secta en donde atentamente miraba, y aquellos los habría considerado siempre cerrados; no podemos suponer que alguno lo haya precedido en aquella herejía.
  
Dirá tal vez que él no ha encontrado ninguno: pero que no por eso él había comenzado una nueva religión: que en cambio ha puesto nuevamente en vigor la antigua, que florecía en tiempo de Cristo y de los Apóstoles. Sino que es más claro que la luz del sol, que ninguno ha combatido más abiertamente contra las doctrinas de Cristo y de los apóstoles.
  
¿O era tal vez extinta, como para que Lutero la debiese reclamar por así decirlo, del infierno? Y si es así, ¿dónde está aquél “He aquí que yo estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos” (San Mateo 28, 20)? ¿Dónde aquél “Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (San Mateo 16, 18)? ¿Dónde aquél “Yo he orado por ti, para que tu fe no venga a menos” (San Lucas 22, 32)? ¿Dónde aquél “Su reino no tendrá fin” (San Lucas l, 33)? ¿Dónde aquel “a la Iglesia no puede tener acceso la mala fe” (San Cipriano, libro l, epístola 5)? ¿Y aquél “que la fe Romana no admite imposturas: y que si bien un ángel anunciase diversamente de aquello que fue predicado, no se podría cambiar, según la autoridad del apóstol San Pablo” (San Jerónimo, Apología contra Rufino)? ¿Y aquél «juzgo» de San Bernardo, que sea digno de nota, como tuvo «principalmente»; esto es, en la Iglesia Romana, “se reparan los daños de la fe, mientras en esa Iglesia la fe no puede venir a menos” (Epístola 190, a Inocencio II)?
 
Y si la Religión de Cristo no estaba perecida, como realmente no lo era; ¿dónde se encontraba antes que surgiese Lutero? ¿Tal vez entre los Judíos o los Mahometanos? ¿O entre los Armenios y los Griegos? ¿O entre los Valdenses y los Husitas? Pero entre estos monstruosos portentos no se encontraba, como juzga hasta Lutero. ¿Qué resta pues, si no que la verdadera fe y la Religión de Cristo continuó durando en la Iglesia Romana, que es aquela sola que queda? ¿Cuál de estas cosas se puede negar o privar de autoridad?
  
Esto pues yo considero, oidores: aquí me fijo. O la verdadera religión era perecida, cuando salió Lutero, o no lo era. Si estaba perecida, pereció también la promesa de Cristo, y ha mentido la verdad, que afirmó que no estaría perdida. Si no estaba perdida, se encontraba entre alguno. Pero no entre los paganos, ni los Judíos, o los Griegos, o los Husitas. Luego, está entre los Romanos. Por tanto Lutero, alejándose de la Iglesia Romana, se alejó de la verdadera y antigua Religión, y se fabricó una falsa y nueva.
   
Muestren ahora los herejes, si lo saben, en qué tiempo, en cuál lugar, por autoridad de quién tuvo principio aquella religión y aquella fe que Lutero ha combatido, y que nosotros llamamos antigua, ellos reciente, nosotros verdadera, ellos falsa, nosotros católica, ellos papista. ¿Cuál es el error principal de los papistas? Cierto, si hay algún error, no hay otro que este, el Papa Romano es el jefe de todo el mundo en nombre de Cristo, y que él es Obispo, Padre y Doctor no solo de los pueblos, sino también de todos los Obispos. De hecho, por esta herejía, como ellos consideran, cual primera y principal, nos llaman papista, y han decidido que debemos ser llamados así.
   
Veamos cuándo tuvo principio este nuestro error. Decid vosotros, Luteranos: ¿cuándo fue introducido el papismo en lugar del Cristianismo? ¿Tal vez el reino de los Pontífices ha comenzado por el reino de los teólogos escolásticos, en el tiempo de Inocencio III, cuando se celebró el Concilio de Letrán, y en él la Iglesia Romana fue llamada Madre y Maestra de todas las iglesias, y surgieron las familias de los Predicadores y los Menores?
  
Pero yo leo que San Bernardo, clarísimo por doctrina, milagros y santidad de vida y más antiguo que todos ellos, escribe al Romano Pontífice Eugenio III así: “Ciertamente hay también otros porteros del Cielo y pastores de grey: mas tú has heredado sobre los otros uno y otro nombre, tanto más gloriosamente, como también más diferentemente. Han sido asignados los rebaños, uno para cada uno: a ti son confiados todos, como a un solo pastor una sola grey. Y tú eres no solo pastor de las ovejas, sino pastor único también de todos los pastores. Porque, según tus cánones, los otros son llamados en parte de la solicitud, tú en la plenitud de la potestad. La potestad de los otros está restringida dentro de ciertos límites, la tuya se extiende también sobre aquellos mismos, que hay recibido la potestad sobre otros. ¿No podrías tú, si hubiese motivo, cerrar el cielo a un obispo, deponerlo del episcopado, e incluso entregarlo en manos de satanás?” (De la consideración, libro 2). Pero tal vez  San Bernardo adulaba a Eugenio, monje de su orden; y por eso no fueron los teólogos escolásticos, sino San Bernardo, quien ideó la herejía de los papistas.
  
¿Qué diremos de San Gregorio Magno? Éste, muchos siglos anterior a San Bernardo, escribe al emperador Mauricio en esta forma: “Está claro para todos ellos, que saben el Evangelio, que por la palabra del Señor el cuidado de toda la Iglesia ha sido confiado al apóstol Pedro, príncipe de todos los apóstoles” (Epístola al emperador Mauricio).
  
¿Qué diremos del santífico Pontífice León? Él, en el aniversario de su asunción al trono pontificio, habla así: “Por todo el mundo es elegido el único Pedro, para ser puesto al mando de la vocación de todas las gentes, y de todos los apóstoles, y de todos los Padres de la Iglesia. Así, aunque en el pueblo de Dios sean muchos los sacerdotes y muchos los pastores, todos sin embargo son dirigidos por Pedro aquellos que principalmente sono dirigidos por Cristo” (Sermón del aniversario de su asunción al Solio Petrino).
 
Pero tal vez San Gregorio y San León trataron la causa de la propia sede, y por eso inventaron ellos esta herejía por primera vez. ¿Qué responderemos por tanto al grandísimo y santísimo concilio de Calcedonia, que llamó al Pontífice León Patriarca universal, y la Iglesia Romana cabeza de todas las Iglesias? (Concilio de Calcedonia, epístola a San León I). ¿Qué al concilio de Nicea, primero y más antiguo de los concilios generales, que estableció que todos los Obispos de toda la tierra pueden apelar al Romano Pontífice, como a juez supremo, y recurrir a Roma como Madre (Cartas de Julio, 2 y 3)? Y así hicieron muchas veces Atanasio, Marcelo, Pablo, y Juan Crisóstomo; y Teodoreto y otros Padres, cuando fueron expulsados de sus sedes.
  
¿Qué responderemos a San Cirilo, obispo de Alejandría, que hablando en el «Tesoro» del Romano Pontífice, dice: “Permanezcamos como miembros en nuestra cabeza, el trono de los Romanos Pontífices; es nuestro deber el preguntarle aquello que debemos creer”? (Tesoro de San Cirilo).
 
¿Qué responderemos al gran Atanasio? En su carta a Marcos, él llama Papa de la Iglesia Universal al Romano Pontífice, y a la Iglesia Romana cabeza y maestra de todas las iglesias? (Carta de San Atanasio a Marcos).
  
¿Qué responderemos al gran Crisóstomo, que dice: “Cristo puso a Pedro a cabeza de todo el universo” (Homilía 55 en San Mateo), e incluso: “Padre y jefe de la Iglesia a un hombre pescador e innoble”?
  
¿Qué a San Optato obispo Milevitano, el cual dice: “No puedo negar, que tú bien sabes, que en la ciudad de Roma fue puesta por primera cátedra episcopal por Pedro, sobre cuya sede Pedro, cabeza de todos los apóstoles; donde también fue llamada piedra, a fin de que en una sola cátedra se conservase por todos la unidad; así que los otros apóstoles no ocuparon cátedra alguna para sí; una vez que sería cismático y pecador quien hubise colocado otra cátedra contra la única”? (Contra Parmeniano donatista, libro 2).
  
¿Qué responderemos al Santo Mártir Ireneo mientras enseña: “que a la Iglesia Romana, la más grande y la más antigua, por la más potente supremacía, es necesario que se una toda iglesia, esto es, los fieles que se encuentran donde quiera”? (Contra Valentín gnóstico, libro 1).
  
¿Qué responderemos a Anacleto, santísimo Pontífice y mártir, y discípulo de los apóstoles, que dice: “Esta sacrosanta Iglesia Romana y Apostólica ha obtenido, no por los Apóstoles, sino por el mismo Señor y Salvador nuestro, la eminencia de la potestad sobre todas las iglesias, y a consegudo toda la grey del pueblo cristiano?” (Epístola 3).
  
¿Qué responderemos a los demás antiquísimos y santísimos Padres Griegos y Latinos, de cuyos gravísimos testimonios abundamos tanto, que podemos sepultar a nuestros adversarios: y a uno que ellos lancen, nosotros podamos traer cien e incluso más? Bien, replicarán: muchos de los antiguos dijeron esto, pero adularon a los Pontífices. ¡Oh desfachatez herética! ¿Entonces Ireneo, Cirilo, Crisóstomo, Optato y demás Padres justísimos, sapientísimos y óptimos, habrían adulado a los Pontífices? ¿Y para qué, finalmente? ¿Para conseguir riquezas de ellos? Pero en aquel tiempo los Pontífices eran pobrísimos de riquezas temporales: y eran ricos de las solas virtudes. ¿Para obtener un episcopado? Pero entonces el episcopado era puerta a la muerte. Los primeros que eran arrastrados a la muerte y al martirio eran los obispos. No, porque aquellos santísimos Padres no adulaban a los Pontífices, los cuales con suma libertad les habrían resistido en la cara si hubiesen querido usurpar para sí alguna cosa, más allá de lo lícito y lo justo. Pero de todos modos, adulaban. ¿También Cristo adulaba a San Pedro? ¿Qué responderemos pues a Jesucristo? Como recuerda San Juan, él llamó a Pedro con su nombre propio, agregando el nombre del padre, y lo distingue así de otro Simón. Después le hace una interrogación, y lo separó netamente de los demás discípulos, diciéndolo: “Simón hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” (San Juan 21). Y enseguida: “Apacienta mis corderos”. Después por segunda vez: “Apacienta mis corderos”. Y a una tercera pregunta: “Apacienta mis ovejas”. A ti, dice. Simón hijo de Juan, que me amas más que los otros, a ti confío el apacentar toda mi grey, esto es, los corderos y las ovejas. Por los corderos entiendo el pueblo hebreo y por los corderos aún el pueblo gentil: por las ovejas entiéndase los obispos, que son como madres y nutricios de los pueblos.
  
Decidme: ¿qué se podría decir con más claridad? ¿Qué con más evidencia? ¿Qué con mayor determinación? Recusan por tanto de ser corderos y ovejas de Pedro aquellos que no reconocen a Cristo como pastor primero y principal, desean en cambio ser colocados a la izquierda con las cabras en el día del juicio. De cierto que aquellos que no siguen sobre la tierra cual ovejas al Vicario de Cristo, en el día del juicio serán puestos a la izquierda junto con las cabras.
  
Y no se debe creer que este amplísimo poder fue conferido por Jesucristo a Pedro solo y no a sus sucesores. Cristo no instituyó la Iglesia para que durase solo veinte o treinta años. Y si en los tiempos apostólicos era necesario un jefe, a fin de que se quitase la ocasión de un cisma, como habla San Jerónimo contra Joviniano, cuando los cristianos eran pocos y buenos, y eran obispos los Apóstoles, que no podían errar contra la fe, ni pecar mortalmente; precisamente en los tiempos posteriores, la Iglesia necesitaba de un Sumo Pontífice no menos que un cuerpo necesitar de la cabeza, un ejército del general, las ovejas de un pastor, o una nave de un capitán y de un piloto.
  
De ahí viene por tanto, que el nuevo no es el Papismo, sino el Luteranismo. Y no nos hace que los herejes nos llamen ora omousianos, ora papistas. También estos vocablos designan la antigüedad y la nobleza de nuestra Iglesia. De hecho, ¿qué significa que Jesucristo es ‘omoúsios’ al Padre, si no que tiene en común con el Padre la sustancia y la divinidad? Por tanto, cuando somos llamados omousianos, somos apelados así por la sustancia y la divinidad de Cristo. Por igual razón, si nosotros somos dichos papistas por el Papa, como los Luteranos por Lutero, ¿quién no ve cuánto más antiguos son los Papistas que los Luteranos y los Calvinistas? En verdad que Clemente y Pedro y hasta Cristo, fueron Papas, esto es, Padres y Sumos Pontífices de los Padres. Los herejes nos llaman papistas, nos llaman omousianos, pero no nos podrán llamar con razón por cualquier hombre determinado, como nosotros los llamamos a ellos por Lutero y Calvino.
     
Así es, oh oyentes. Nosotros estamos seguros en la roca de la Iglesia, y nos reímos de todos los herejes, hombres nuevos, y decímosles con Tertuliano: “¿Quiénes sois vosotros? ¿De dónde y de cuándo habeis venido? ¿Dónde os hallábais hasta ahora? ¿Dónde estuvisteis escondidos por tanto tiempo? No habíamos oído hablar de vosotros hasta ahora” (De præscriptióne hæreticórum), con San Optato: “Mostrad el origen de vuestra cátedra, vosotros que queréis atribuiros la santa Iglesia” (Epístola milevitana contra Parmeniano donatista), y con el beatísimo Hilario: “Habéis llegado demasiado tarde, os habéis despertado con mucha pereza. Nosotros ya hemos sabido lo que debemos creer de Cristo, de la Iglesia y de los Sacramentos. ¿No por cierto es sospechoso que os dejéis ver ahora por primera vez? La buena semilla fue sembrada y nació, no después, sino antes de la cizaña”.
  
Justamente les advertimos con San Jerónimo: “Quien quiera que seas, oh sostenedor de nuevas doctrinas, te pido guardar respeto ante las orejas romanas: muestra respeto a la fe que fue reconocida con alabanzas por la boca apostólica. ¿Por qué tientas enseñarnos lo que antes no habíamos sabido? ¿Por qué pones fuera lo que Pedro y Pablo no han querido sacar? Hasta este día el mundo ha sido cristiano sin esta tu doctrina. En cuanto a mí, tendré en la vejez aquella fe en la cual nací de niño” (Epístola a Pamaquio y Océano). Y bien oímos al mismo Jerónimo advertir paternalmente así: “Si oyereis en algún lugar a aquellos, que se dicen cristianos, llamarse no por Jesucristo el Señor, sino por algún otro, como los marcionistas, los valentinianos, los campeses o sea monteses (arrianos), sabed que ellos no son la Iglesia de Cristo, sino la sinagoga del Anticristo. Por eso mismo de que se han establecido más tarde, se colige que es de ellos que habla el Apóstol claramente cuando dice que ellos habrán venido”. En fin, temamos justamente la terrible amenaza de San Pablo Apóstol: “Pero aun cuando nosotros, o un ángel del cielo, os anunciase un evangelio distinto al que os hemos enseñado, sea anatema” (Gálatas 1, 8).  
Entended, finalmente, con cuánto temor, con cuánto cuidado, con cuánta solicitud, con cuánto celo se debe huir de la novedad: cuando no está libre, ¿está permitido ni a los Apóstoles ni a los ángeles mismos enseñar diversamente de lo que han enseñado una vez? “Aun cuando nosotros”, dice. ¿Qué quiere decir con este ‘nosotros’? Que, aunque Pedro, Andrés, Juan, yo, el coro Apostólico, incluso fuese todo el ejército de los ángeles, “os anunciase un evangelio distinto al que os hemos enseñado, sea anatema”. Y a fin que no creamos por ventura que esta palabra fue dicha incautamente, y que no tuvo razón para decirla, lo repite nuevamente: “Como lo dije antes, lo digo también ahora: si alguno os anunciase un evangelio distinto al que habéis recibido, sea anatema”. Porque una vez ni a los Apóstoles, ni a los Ángeles es lícito fundar una nueva fe; sin duda tampoco nos es lícito recibirla sin daño de nuestra salvación, y ruina de nuestra alma».
  
SAN ROBERTO BELARMINO SJ. Gran Catecismo de la Doctrina Cristiana, cap. II: «Antigüedad de la Iglesia Católica»

sábado, 23 de septiembre de 2017

LA INSTRUMENTALIZACIÓN DEL PADRE PÍO POR LA IGLESIA CONCILIAR PARA JUSTIFICAR LA FALSA OBEDIENCIA

Traducción del artículo publicado en NON PRÆVALEBUNT
  
Hoy es muy conveniente crear confusión al interior de la Iglesia. Los enemigos están bien contentos de ver a la Iglesia Católica presa de una profunda crisis doctrinal y disciplinaria, esperando que todo ello acelere su definitiva desaparición de la escena social y política. El último falso profeta en llevar agua a su molino es el prior Enzo Bianchi, que se presenta como el prior de la Comunidad de Bose, que algunos católicos consideran ser una nueva orden monástica, cuando canónicamente no lo es, porque no respeta las leyes de la Iglesia sobre la vida común religiosa. Algunos lo tienen como un maestro de espiritualidad… Enzo Bianchi viste los ropajes del “profeta” que lucha por la llegada de un cristianismo nuevo (un cristianismo que debe ser moderno, abierto, no jerárquico y no dogmático, esto es, en sustancia, no católico).
 
El hecho de que los media a servicio del género comprenda hasta qué punto de confusión doctrinal y de insensibilidad pastoral se ha llegado en la Iglesia.
  
No se enseña ni qué es el Evangelio, ni la obediencia, mucho menos el significado de la palabra humildad... Sabemos que muchos “católicos” en la Nueva Iglesia se sienten perfectamente en su camino. Es bello poder caminar libremente sin el temor de ofender a Dios; es bello sentirse predicar ciertas nuevas doctrinas que liberen de la obligación de poner en práctica la Santa y milenaria doctrina, es bello para muchos decir que el Evangelio había sido malinterpretado por dos mil años. Algunas personas me han dicho que si Bergoglio dice una cosa es seguramente justa porque existe el “dogma de la infalibilidad papal”; por lo que ¡Bergoglio sería hasta más infalible que el mismo Evangelio!
  
¿Tales creencias son debidas a la ignorancia? ¿O a la comodidad que las aperturas y el Sínodo pudieron dar a todos los pecadores impenitentes que podrán engañarse de salvarse sin el arrepentimiento y la generosa reparación por sus pecados?
  
A menudo tenemos la posibilidad de saber los nombres y apellidos de aquellos católicos protestantizados que votaron a favor del divorcio y del aborto y continúan siguiendo la utopía de un catolicismo englobado a las ideologías políticas liberal-siniestroide, invocando la infalibilidad de ciertos eclesiásticos y el querer abrir su misericordia a los pecadores impenitentes, que bajo la máscara de la falsa piedad desearían mostrarse aun más misericordiosos que Dios mismo (¡!)
  
Necesitaría recordar los pasajes del Evangelio y aquella puerta estrecha indicada por Jesús, mediante la cual nos ha exhortado entrar. ¡Pero seguir el Evangelio no es fácil! Lo sé, ¿quién ha dicho que lo sea? Quien escribe sabe muchísimo cuán difícil es caminar sobre la senda trazada por Cristo, cuán fácil es caer y cuán imposible sería levantarse si la Gracia de Dios no viniese en auxilio del penitente, que no obstante su pecado otra cosa no desea que levantarse y santificarse para poder así vivir eternamente en comunión con Él. Ah sí, porque el pecado es un problema nuestro y no de Dios, cuál humildad podría reivindicar el pecador que desea un Dios a la altura de sus tiempos, obviamente. La Humildad significa de hecho la gozosa sumisión a Dios y a Su Ley y el reconocimiento del don de la Gracia en el camino de Santidad, unido al Sacrificio de Cristo sin el cual ningún hombre puede salvarse.
  
Si algunos discípulos abandonaron a Jesús por la dureza de la Doctrina por Él predicada, y si Jesús no reclama que ellos permanecieran preguntando a los otros: “¿Vosotros también queréis iros?”. Hoy somos llamados a responder con las palabras de San Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? Tú solo tienes palabras de Vida eterna”, agregando: “No gracias, no estamos en busca de ilusiones, queremos seguir la doctrina que ha sido fielmente transmitida por los Apóstoles y que la Iglesia ha custodiado por milenios”.
 
Buscamos por tanto entender a qué refiere exactamente el término “autoridad papal”, y explicar que ningún pontífice está por encima de la Verdad, desechando de nuestros corazones todo compromiso con el mundo moderno e ilusiones de Libertad sin Verdad.
 
El dogma de la infalibilidad papal (o infalibilidad pontificia) afirma que el papa no puede equivocarse cuando habla ex cáthedra, o sea, como doctor o pastor universal de la Iglesia (epíscopus servus servórum Dei). Aunque, el dogma vale solo cuando ejercita el ministerio petrino proclamando un nuevo dogma o definiendo una doctrina en modo definitivo como revelada.
  
De hecho, según la doctrina, el magisterio extraordinario de la Iglesia, ejercitado exclusivamente por el Papa, en ciertos casos no posee el carácter de la infalibilidad cuando el Papa mismo no usa explícita y declaradamente (en forma de hacerlo comprender enseguida a todos los fieles) este carisma, de que Cristo ha dotado a la Iglesia para que sea sacramento universal de salvación. Las enseñanzas de los obispos en cambio, no son cubiertas bajo la infalibilidad papal, y de hecho no son absolutamente citadas en la definición del dogma, así como lo expresa la constitución apostólica Pastor Ætérnus, tampoco si la totalidad de los obispos, que están en comunión con el papa, tiene este carisma.
  
De este importante documento del Concilio Vaticano -fácilmente descargable por internet- se evidencia claramente que la definición de “infalibilidad” papal es solo en condiciones determinadas, o sea, si está vinculada con el Evangelio y con la tradición de la Iglesia. Por tanto la pastoral de un Papa podría ciertamente NO SER INFALIBLE (clic aquí). En la acción pastoral el papa es falible como cualquier persona, como ha sucedido en los siglos pasados en el caso del Papa Pío VII, que cedió a los compromisos con Napoleón I, para después retractarse reconociendo el error.
  
El valor de la Tradición es tal que también las Encíclicas y los otros documentos del Magisterio ordinario del Sumo Pontífice en los cuales no se quiere definir ni obligar a creer son infalibles solamente en las enseñanzas confirmadas por la Tradición (Pío IX, Carta Tuas libénter, 1863), esto es, por una continua enseñanza de la doctrina, realizada por diversos Papas y durante un largo período de tiempo.
    
Después de haber explicado la “no infalibilidad” pastoral, pasemos a determinar el significado de la palabra “humildad”.
 
Está muy de moda por ahora hablar del Padre Pío y de su agonía de dos años en una celda de clausura del convento por órdenes de Juan XXIII bis.
  
Sabemos muy bien que el grandísimo santo, San Pío de Pietrelcina, desde el inicio señaló en el Concilio Vaticano II un posible gran peligro para la Iglesia de Cristo. La pregunta es: ¿Habría aceptado Padre Pío una doctrina diversa a la transmitida por los Apóstoles? ¡Obvio que NO!
  
Conocemos muy bien la intransigencia del Padre Pío en el defender la pureza de la doctrina y la pureza de las virtudes, como tuvieron modo de conocerla todos aquellos falsos penitentes que por la curiosidad se acercaban al confesionario quedando desenmascarados de su malicia, estando el padre Pío dotado del “don de conocimiento”.
  
La instrumentalización de la obediencia del Padre Pío es por tanto inoportuna y carente de sentido.
  
Primer argumento: los problemas que dieron inicio a la persecución contra el P. Pío no eran concernientes a cuestiones de Fe, sino a acusaciones relativas a su conducta de vida personal y la no autenticidad de los fenómenos místicos que le rodeaban.
  
En el caso de los tradicionalistas, la puesta en juego es en cambio tan diversa e incomparablemente más importante. Aquí se trata de defender el depósito de la Fe claramente puesto en peligro por doctrinas como el ecumenismo, la libertad religiosa, la colegialidad episcopal, la negación de la naturleza sacrifical de la Santa Misa y la sacralidad e indisolubilidad del matrimonio compuesto por un hombre y una mujer.
   
Nadie tiene el derecho de vender estos valores fundamentales, ni parece justo delegar exclusivamente a la Divina Providencia un deber como es la defensa de la Fe, que corresponde, en realidad, a cada fiel individualmente considerado. Sería como pedirle a un padre que no trabaje, aunque esté en condiciones de hacerlo, porque, a fin de cuentas, se cree que Dios alimentará a sus hijos.
  
Segundo argumento. A quien objeta que las Verdades de Fe son exclusivamente las expresadas por el “Magisterio viviente” y no las que aparecen en el Catecismo, explicitadas constantemente por la Iglesia Docente y elaboradas por nuestra recta conciencia, se puede responder fácilmente que, si a tanto iban verdaderamente las cosas, no tendría sentido alguno la instrucción religiosa. Bastaría sintetizar todo catecismo en la fórmula: “¡Obedece a tu Párroco y… dobla la cerviz!”.
  
La Fe, como bien sabemos, trasciende nuestra razón pero no la contradice. La razón también es un don de Dios, y tanto quien no la utiliza, como, al contrario, quien la absolutiza, no puede ser agradable al Altísimo.
  
Como se puede ver, por tanto, quien invoca, a menudo en mala fe, al Padre Pío para convencer a clérigos y fieles a la aquiescencia pasiva frente a órdenes claramente injustas, habla a despropósito y busca hacer hincapié inopinadamente sobre la gran devoción popular de la cual está rodeado el gran místico capuchino. Él fue, al contrario, siempre muy intransigente en la defensa de la Fe Católica y no faltaron, en su vida, episodios en que él reprobó ásperamente a hombres de Iglesia rehusando sujetarse a sus pretensiones.
 
Basta recordar, para tal propósito, el claro rechazo opuesto por el fraile, en 1920, al padre Agostino Gemelli que, por encargo del Santo Oficio, le había perentoriamente ordenado de mostrar sus heridas.
   
Fidelidad, por consiguiente, es no modernidad, la palabra de Dios es eterna, Dios no cambia de opinión.
 
«[Jesús dijo a los judíos que creían en él]: “Si permanecéis fieles a mi palabra, seréis de veras mis discípulos; conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”. Le respondieron: “Nosotros somos descendencia de Abraham y no hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo puedes decir: ‘Seréis libres’?”. Jesús respondió: “En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es esclavo del pecado”». (Juan 8, 31-34).
  
Floriana Castro

lunes, 18 de septiembre de 2017

CADA QUIÉN SE SANTIFICA SEGÚN SU TEMPERAMENTO, SU CARÁCTER PROPIO

Tomado de SOCIEDAD RELIGIOSA SAN LUIS REY DE FRANCIA.
  
Mons. Luis María Martínez y Rodríguez, Arzobispo Primado de México (1881-1956)
  
“Hay personas muy serias, otras personas muy sonrientes; unas abiertas y otras cerradas. Esos elementos vienen a constituir el carácter psicológico que no es ni bueno ni malo, se puede ir al cielo con un carácter serio como con un carácter jocoso: tanto se puede ir con un carácter abierto como con uno cerrado. Muchas veces esos caracteres tienen algunas exageraciones, algunos desórdenes; eso sí hay que quitarlos, lo que sea moral, lo que dependa de nuestra libertad, pero lo psicológico no, ni conviene.
  
Porque digámoslo al pasar, no hay cosa peor que querer cambiar nuestro carácter en lo que tiene de natural. Desde luego es perder el tiempo, lo que seria ya razón suficiente. Además de que fácilmente podemos lastimar nuestra alma queriendo modificarlo.
  
Porque debemos advertir que la gracia está fundada sobre la naturaleza, de manera que ésta, es decir, las cualidades, los elementos que constituyen nuestro carácter natural, Nuestro Señor nos lo dio para que con él nos santifiquemos, y entra ya perfectamente en sus designios, es como base, como fundamento, ¿Cómo queremos destruirlo?
  
Vemos que hay santos de todos los caracteres: unos son fogosísimos como San Pablo, que apenas lo arrojó Nuestro Señor del caballo en el camino de Damasco y ya está preguntando: ¿Y ahora que voy hacer? No se puso a reflexionar qué había sucedido, no, lo primero: ‘¿Dómine, quid me vis facére?’. Es un hombre de acción, un hombre de fuego. Le acaba de quitar una empresa, que era la de perseguir a Cristo… ¡Bien, pues que me den otra!

En cambio San Juan, tranquilo, apacible, dulce, que no les decía otra cosa a sus discípulos sino: ‘Hijitos míos, amaos los unos a los otros’. ¡Qué contraste!
  
Unos santos, como San Francisco de Asís con un corazón inmenso, todo ternura, amando hasta el sol y las estrellas y el agua y todo lo que se le presentaba delante; y otros santos ha habido que no querían ni levantar los ojos para no perder su recogimiento interior.
  
Unos santos como Santa Teresa de Jesús, limpia, aseda, que le pedía a Dios que sus religiosas no tuvieran parásitos… Santiago Apóstol no se rasuraba ni se cortaba el pelo ni se bañaba ni nada… Y tan santos eran unos como otros, porque cada quien se santifica según su temperamento, su carácter propio.
  
Y cuando uno quiere quitar su carácter desde luego pierde la sencillez, se vuelve artificial, afectado; eso no es lo que Nuestro Señor nos pide; y lo que es todavía peor, se corre verdaderamente el riesgo de lastimar, de forzar el alma y, muchas veces, hasta de fracasar. No, cada quien tiene que ir al cielo con la cara y con el carácter que Dios le dio; ni modo de cambiar una y otra cosa.
  
Lo que si hay que procurar cambiar es el carácter moral, pero el psicológico, no.
  
Tengamos por cierto que con cualquier carácter, con cualquier temperamento se puede ir al cielo y que sería peligrosísimo querer uno cambiar de carácter. Yo he visto casos prácticos de personas que han verdaderamente fracasado, teniendo por otra parte muy buenas cualidades, porque quisieron acomodarse al carácter de otro.
  
Y por eso es tan peligroso andar uno imitando a los hombres. A Nuestro Señor sí lo podemos imitar sin peligro; siendo tan grande como es, es modelo de todos, chicos y grandes. Pero a los hombres, si hay que imitarlos, se necesita mucha discreción; porque muchas veces andamos imitando a una persona en aquello que tiene de propio, de personal, de individual, de acomodado a su carácter; queremos meternos en aquel cartabón y resultamos sencillamente ridículos, porque no es lo natural ni es por ahí por donde Nuestro Señor nos llama”.
 
Mons. LUIS MARÍA MARTÍNEZ Y RODRÌGEZ (Arzobispo de México DF). Espiritualidad de la Cruz.

viernes, 15 de septiembre de 2017

RESPONSORIO EN HONOR DE SANTO DOMINGO DE GUZMÁN

Cuando nuestro Padre Santo Domingo de Guzmán estaba en su lecho de muerte, consolaba a sus dolientes hermanos con la promesa de que después de su muerte les ayudaría más de lo que hizo en vida. En esta promesa, los dominicos recitan este responsorio tomado de las Vísperas de su festividad.
 
Antíphona. O spem miram, quam dedísti mortis hora te fléntibus, dum post mortem promisísti te profutúrum frátribus!
℟. Imple, Pater, quod dixísti, nos tui juvans précibus.
℣. Qui tot signis claruísti in ægrórum corpóribus, nobis opem ferens Christi, ægris medére móribus.
℟. Imple, Pater, quod dixísti, nos tui juvans précibus.
℣. Glória Patri, et Fílio, et Spíritu Sancto.
℟. Imple, Pater, quod dixísti, nos tui juvans précibus.
℣. Ora pro nobis, beáte pater Domínice.
℟. Ut digni efficiámur promissiónibus Christi.
 
ORATIO
Deus, qui Ecclésiam tuam beáti Domínici Confessóris tui Patris nostri illumináre dignátus es méritis et doctrínis: concéde; ut ejus intercessióne temporálibus non destituátur auxíliis, et spirituálibus semper profíciat increméntis. Per Christum Dóminum nostrum. Amen.

TRADUCCIÓN
Antífona. ¡Oh admirable esperanza, que diste a los que te lloraban en la hora de la muerte, prometiéndoles que después de tu tránsito ayudarías a tus hermanos!
℟. Cumple, oh Padre, lo que dijiste: ayúdanos con tus preces.
℣. Tú que resplandeces con tantos milagros en los cuerpos de los enfermos, impétranos la ayuda de Cristo para sanar nuestras costumbres enfermas.
℟. Cumple, oh Padre, lo que dijiste: ayúdanos con tus preces.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Cumple, oh Padre, lo que dijiste: ayúdanos con tus preces.
℣. Ruega por nosotros, bienaventurado Padre Santo Domingo.
℟. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.

ORACIÓN
Oh Dios, que te dignaste esclarecer a tu Iglesia con los méritos y la doctrina de tu confesor, nuestro padre el bienaventurado Santo Domingo, concédenos que, por su intercesión, no seamos privados de los socorros temporales, y que tengamos continuos progresos espirituales. Por J. C. N. S. Amén.

El Papa León XIII, mediante rescripto del 23 de Agosto de 1890, otorgó Indulgencia de 500 días cada vez, para cada día del año. Plenaria aplicable a los difuntos, con las condiciones de rigor, en las fiestas de Santo Domingo (Tránsito, 4 de Agosto; Traslación de reliquias, 24 de Mayo; Aparición de su imagen en Soriano, 15 de Septiembre), para quienes lo recitan diariamente durante un año.

jueves, 14 de septiembre de 2017

“VEO SU SANGRE SOBRE LA ROSA”

Veo su sangre sobre la rosa
Y en las estrellas la gloria de sus ojos,
Su cuerpo brilla en medio de las nieves eternas,
Sus lágrimas caen de los cielos.
 
Veo su rostro en cada flor;
El trueno y el canto de los pájaros
Están aunque su voz, tallada por su poder
Las rocas son sus palabras escritas.
  
Todos los caminos por sus pies están gastados,
Su fuerte corazón agita el mar siempre en movimiento,
Su corona de espinas esta entrelazada con cada espina,
Su cruz es cada árbol.

JOSÉ MARÍA PLUNKETT (Mártir de la independencia irlandesa)

miércoles, 13 de septiembre de 2017

FRANCISCO BERGOGLIO “BENDIJO” EL ADULTERIO DEL “PRESIDENTE” COLOMBIANO Y SU “ESPOSA”

Durante su gira por Colombia, el 10 de septiembre de 2017 en la ciudad de Cartagena de Indias, el Antipapa Francisco Bergoglio “bendijo” el “matrimonio civil” (concubinato legal) adúltero del “presidente” Juan Manuel “Juanma” Santos Calderón GColIH GCB (65) y su “esposa” María Clemencia “Tutina” Rodríguez Múnera (56).
  
 
«Su Santidad @pontifex_es gracias por bendecir nuestro matrimonio », trinó María Clemencia desde su cuenta de Twitter como pie de vídeo, en el cual se ve a Bergoglio ante una mesa con artículos religiosos y la citada pareja flanqueándolo, pero aunque la pobre calidad del audio impide saber cuál era el objeto de la “bendición”, por la imagen se infiere claramente que es a ellos y no la parafernalia sobre la mesa.
   
«Tanto Santos como Rodríguez habían estado casados ​​y divorciados antes de entrar en un matrimonio civil en 1987…», informó LifeSite News. Juan Manuel estuvo casado con Silvia Amaya Londoño (1982-1985) durante su estadía en Londres, y María Clemencia, contrajo nucpias con el publicista Christian Toro Ibler (1982-1985) en la iglesia bogotana de Nuestra Señora de las Aguas.
  
Como el matrimonio (así sea Novus Ordo) es válido por el consentimiento libre y consciente expresado por los contrayentes (que son los ministros de este Sacramento, siendo el Sacerdote el testigo oficial) y no se ha hecho anular por el tribunal eclesiástico conciliar (ni TAMPOCO se anularía en la Iglesia Católica), los matrimonios Santos-Amaya y Toro-Rodríguez siguen siendo válidos canónicamente, y por tanto, al contraer segundas nupcias (incluso civilmente), incurren en adulterio formal.
  
Antipapa Francisco Bergoglio enseña la herejía de que los adúlteros no son excomulgados de los sacramentos. En su catequesis del 5 de agosto de 2015, dijo que los divorciados vueltos a casar «de hecho, no estan excomulgados y no deben ser tratados como tal porque forman parte de la Iglesia», contrariando no solamente el principio de indignidad para los que no se disponen a los Sacramentos, sino también el sexto mandamiento de la Ley de Dios, que dice: «No cometerás fornicación» (Éxodo 20, 14), y la enseñanza positiva de Cristo que, contrario a la casuística florida de los fariseos, prohíbe el divorcio y las segundas nupcias en vida del otro consorte: «Yo os digo que, si uno repudia a su mujer, si no fuere por causa de fornicación, y se casa con otra, comete adulterio; y el que se casa con la repudiada del marido, comete adulterio» (Mateo XIX, 9; Lucas XVI, 18) enseñanza reafirmada por San Pablo al señalar que los adúlteros NO HEREDARÁN EL REINO (I Corintios VI, 9-10). Sentir y enseñar lo contrario es causal de excomunión:
Concilio de Trento, Sesión 24, canon VII: «Si alguno dijere que la Iglesia yerra cuando ha enseñado y enseña, según la doctrina del Evangelio y de los Apóstoles, que no se puede disolver el vínculo del Matrimonio por el adulterio de uno de los dos consortes; y cuando enseña que ninguno de los dos, ni aun el inocente que no dio motivo al adulterio, puede contraer otro Matrimonio viviendo el otro consorte; y que cae en fornicación el que se casare con otra dejada la primera por adúltera, o la que, dejando al adúltero, se casare con otro; sea excomulgado».

Pero Bergoglio, en su infernal exhortación Amóris Lætítia dice en el párrafo 303 que
«A partir del reconocimiento del peso de los condicionamientos concretos, podemos agregar que la conciencia de las personas debe ser mejor incorporada en la praxis de la Iglesia en algunas situaciones que no realizan objetivamente nuestra concepción del matrimonio. Ciertamente, que hay que alentar la maduración de una conciencia iluminada, formada y acompañada por el discernimiento responsable y serio del pastor, y proponer una confianza cada vez mayor en la gracia. Pero esa conciencia puede reconocer no sólo que una situación no responde objetivamente a la propuesta general del Evangelio. También puede reconocer con sinceridad y honestidad aquello que, por ahora, es la respuesta generosa que se puede ofrecer a Dios, y descubrir con cierta seguridad moral que esa es la entrega que Dios mismo está reclamando en medio de la complejidad concreta de los límites, aunque todavía no sea plenamente el ideal objetivo. De todos modos, recordemos que este discernimiento es dinámico y debe permanecer siempre abierto a nuevas etapas de crecimiento y a nuevas decisiones que permitan realizar el ideal de manera más plena».
lo que da a entender que hay circunstancias de que el adulterio y el amasiato no solamente son permitidos, sino ¡ordenados por Dios!
     
Alrededor del 24 de agosto de 2017, el Vaticano publico la carta de Bergoglio a los “Obispos” argentinos sobre AL en su página web. Estos “Obispos”, interpretando el párrafo 305 de AL:
«A causa de los condicionamientos o factores atenuantes, es posible que, en medio de una situación objetiva de pecado —que no sea subjetivamente culpable o que no lo sea de modo pleno— se pueda vivir en gracia de Dios, se pueda amar, y también se pueda crecer en la vida de la gracia y la caridad, recibiendo para ello la ayuda de la Iglesia»
y su nota al pie 351:
«En ciertos casos, podría ser también la ayuda de los sacramentos. Por eso, “a los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor”. (Exhortación apostólica Evangélii gáudium, 24 de noviembre de 2013, #44)»,
sostienen que Bergoglio, por medio de AL, promueve la “Comunión” para los adúlteros. Ante esto, Bergoglio los aprobó y escribió que “no hay otras interpretaciones” sobre AL, que ese es su verdadero sentido. Así pues, las famosas Dúbia de los cuatro quedan por contestadas.
 
En el 2014, Francisco llamó a una mujer de nombre Jacqueline Lisbona (47, hoy de 50) en la ciudad de San Lorenzo (Argentina) que vivía en adulterio con el también divorciado Julio Sabetta (50, hoy 53), y le dijo que podría recibir la “Comunión”.
  
Francisco Bergoglio rechaza claramente la indisolubilidad y santidad del matrimonio, a pesar de presentarse como católico, sacerdote y Papa, y cacarear que defiende lo anterior. Prueba de ello, además de AL, lo son sus Motu Próprio «Mitis Judex Dóminus Jesus» (reformatorio del Código de Derecho Canónico de 1983, para el Rito Romano) y «Mitis et miséricors Jesus» (reformatorio del Código de los Cánones de las Iglesias Orientales), que abrevian el ya de por sí laxo proceso de nulidad matrimonial novusordiano. Por lo tanto, se comprueba es un hereje y un antipapa peor que sus antecesores Roncalli Marzolla, Montini Alghisi, Luciani Tancon, Wojtyla Katzorowsky y Ratzinger Tauber/Peintner.
  
La Fe Católica tradicional es necesaria para la salvación, pero la Roma modernista ha perdido la Fe y se ha convertido en la sede del Anticristo, de acuerdo con la profecía de la Virgen en La Salette:
«ROMA PERDERÁ LA FE Y SE CONVERTIRÁ EN LA SEDE DEL ANTICRISTO».
  
Además, Juan Manuel Santos Calderón está excomulgado latæ senténtiæ por francmasón y comunista (es alias Santiago, agente del G-2 cubano), además de estar a favor del seudo-matrimonio homosexual (y de las adopciones gay), de participar en rituales paganos en la Sierra Nevada de Santa Marta en el año 2010 antes de posesionarse como presidente de Colombia (por lo cual Yahveh Dios ha permitido que la temporada de lluvias y estío en esta nación sean erráticas y devastadoras en estos últimos años) y de valerse de la brujería para blindar la falsa paz en el 2016 (que por eso afectó tanto el huracán Matthew y perdieron el plebiscito del 2-O). La Conferencia Episcopal Colombiana, silente ante todas estas cosas -cuando no abiertamente cómplice-, también es apóstata y excomulgada.

LA ALIANZA LUTERO-HITLER

«La lucha de Hitler y la doctrina de Lutero, [son] la mejor defensa del pueblo alemán» (Cartel electoral del NSDAP, 1933)
   
A cien años del nacimiento de Hitler, queremos hacer una puntualización. Está dedicada a aquellos católicos que sólo entonan el mea culpa en respuesta al viejo coro de acusaciones, como si la Iglesia fuera la responsable de aquel cristiano austriaco.
  
Pero la verdad es ésta: en mayor o menor medida, todos comparten la responsabilidad de lo acaecido entre 1933 y 1945. Sin embargo, si Alemania hubiera sido católica, no habría responsabilidades que echarse en cara: el nacionalsocialismo habría seguido siendo una facción política impotente y folclórica.
  
Primero fueron Lutero y sus sucesores y luego, en el siglo XIX, Otto von Bismarck, quienes intentaron, con toda la violencia a su alcance, desterrar de Alemania el catolicismo, considerado como una sumisión a Roma indigna de un buen patriota alemán. El «Canciller de Hierro» definió su persecución de los católicos como Kulturkampf, «lucha por la civiliza­ción», con el fin de separarlos por la fuerza del papado «extranjero y supersticioso» y hacerlos confluir en una activa Iglesia nacional, al igual que pretendían los luteranos desde siglos atrás. No lo consiguió y al final fue él quien se vio obligado a ceder (sin embargo, la fidelidad a Roma fue hasta 1918 una deshonra que impedía el ascenso a los altos escalafones del Estado y del Ejército).

El canciller luterano de Prusia, Otto von Bismarck, aprovechándose el rechazo de varios católicos germanoparlantes al dogma de la Infalibilidad Pontificia ex cáthedra promulgado por el Papa Pío IX, impulsó leyes restrictivas contra la Iglesia (aunque el fenómeno abarcó también a Suiza -donde se acuñó el término Kulturkampf-, Austria e Italia). (Caricatura «Entre Berlín y Roma», por Wilhelm Scholz para el diario satírico alemán Kladderadatsch, 16 de Mayo de 1875)
 
Después de la Reforma luterana, sólo un tercio de los alemanes siguió siendo católico. Hitler no llegó al poder mediante un golpe de Estado, lo hizo con toda legalidad, mediante el democrático método de elecciones libres. No obstante, en ninguna de aquellas elecciones obtuvo mayoría en los Länder católicos, los cuales, obedientes (entonces lo eran...) a las indicaciones de la jerarquía, votaron unidos, como siempre, por su partido, el glorioso Zentrum, que ya había desafiado victoriosamente a Bismarck y que también se opuso a Hitler hasta el último momento.
  
El partido católico Deutsche Zentrumspartei tenía claro que los comunistas y los nazis, aunque disímiles en sus ideales, compartían un objetivo común: destruir a la Iglesia y al país en el proceso (cartel electoral de 1932).
  
Y esto fue (dato que se olvida pronto), lo que no hicieron los comunistas, para quienes, hasta 1933, el enemigo principal no era el nazismo, sino la «herética» socialdemocracia. Se ha hecho todo lo posible para que olvidemos que Hitler nunca habría desencadenado la guerra sin la alianza con la Unión Soviética que, en 1939, bajó al campo de batalla con los nazis para dividirse Polonia. Y fueron los soviéticos quienes, al librar a Hitler de la amenaza del doble frente, le permitieron llegar hasta París, después de conquistar Varsovia. Hasta la «traición» de Hitler en el verano de 1941, las materias primas rusas sostuvieron el esfuerzo germano durante sus buenos veintidós meses. Los motores de los carros de combate nazis del Blitz en Polonia y en Francia y los aviones de la batalla de Inglaterra rodaron con el petróleo de la soviética Bakú. Hasta esa fecha, en los países ocupados, como Francia, los comunistas locales obedecían las directrices de Moscú y estaban de parte de los nazis, no de la resistencia.
  
Sirvan estos hechos por las décadas de alardes de «importantes méritos antifascistas» del comunismo internacional, tan predispuesto a definir a los católicos (los «clérigo-fascistas») de encubridores de la gran tragedia. No son méritos los que ostentan los comunistas sino responsabilidades gravísimas. Al nazismo no lo venció de ningún modo la iniciativa de Stalin, quien, por el contrario, se sintió traicionado por el ataque imprevisto de la aliada Berlín. Lo venció la resistencia, de cuyos méritos intentó luego apropiarse el marxismo, tras una decisión tardía y obligada por el revés alemán.
 
El nazismo cayó gracias a la obstinación de Inglaterra, que consiguió atraer tras de sí a la potencia industrial americana y que, de acuerdo con su política tradicional más que por motivos ideales (el propio Churchill había sido admirador de Mussolini y tuvo palabras de aprecio y elogio para Hitler; además, el partido fascista local recogía simpatía y apoyo en la isla), nunca había soportado la existencia de una potencia hegemónica en la Europa continental. Así había ocurrido con Napoleón y la entrada en la guerra de 1914: ésta no fue una guerra de principios sino de estrategia imperial. A principios de siglo, la Gran Bretaña victoriana no había mostrado intenciones y procedimientos muy distintos de los de la Alemania hitleriana contra los bóers sudafricanos. Por desgracia, en política (y en la guerra, que es su continuación), no existen los paladines de ideal in­maculado.
  
Volviendo al ascenso de Hitler, recordaremos que, también en las decisivas elecciones de marzo de 1933, los Länder protestantes le proporcionaron la mayoría, pero las zonas católicas lo mantuvieron en minoría. El presidente Hindenburg, respetando la voluntad de la mayoría de los electores, confió la cancillería a aquel austriaco de cuarenta y cuatro años, de orígenes oscuros (quizás parcialmente judío, según algunos historiadores). El 21 de marzo, día de la primera sesión del Parlamento del Tercer Reich, Goebbels proclamó el «Día de la Revancha Nacional». Las solemnes ceremonias se abrieron con un servicio religioso en el templo luterano de Postdam, antigua residencia real prusiana.

Durante las elecciones al Reichstag del 31 de Julio de 1932, el partido nazi obtuvo el 37,4% de votos (mapa de la izquierda), pero perdió en los distritos de mayoría católica (mapa de la derecha). (Mapas provenientes del libro «Cristianos contra Hitler», de José Manuel García Pelegrín)
  
Joachin Fest, el biógrafo de Hitler, escribe: «Los diputados del católico Zentrum tenían permiso para entrar en el servicio religioso (luterano) de la iglesia de los santos Pedro y Pablo sólo por una puerta la­teral, en señal de escarnio y venganza. Hitler y los jerarcas nazis no se presentaron “a causa -dijeron- de la actitud hostil del obispado católico”». La famosa foto de Hindenburg estrechando la mano de un Hitler vestido con casaca se realizó en los escalones del templo protestante. «Inmediatamente después -escribe Fest- el órgano entonó el himno de Lutero: Nun danket alle Gott, Ahora todos demos gracias a Dios». Era el principio de una tragedia que vería el asesinato de cuatro mil sacerdotes y religiosos católicos, por el mero hecho de serlo.
  
En un acto organizado por el futuro ministro de propaganda nazi Joseph Goebbels, Adolfo Hitler (vestido de civil), saluda al presidente Paul von Hindenburg al llegar a la luterana Garnisonkirche de Postdam el 21 de Marzo de 1933.
 
Desde 1930, en la Iglesia luterana los Deutschen Christen (los Cristianos Alemanes) se habían organizado siguiendo el modelo del partido nazi en la «Iglesia del Reich» que sólo aceptaba a bautizados «arios». Después de las elecciones de 1933, Martin Niemoller, el teólogo que luego se pasó a la oposición, «en nombre -escribió- de más de dos mil qui­nientos pastores luteranos no pertenecientes a la “Iglesia del Reich”», envió un telegrama a Hitler: «Saludamos a nuestro “Führer”, dando gracias por la viril acción y las claras palabras que han devuelto el honor a Alemania. Nosotros, pastores evangélicos, aseguramos fidelidad absoluta y encendidas plegarias».
  
Se trata de una larga y penosa historia que, también en julio de 1944, tras el fallido atentado a Hitler, mientras lo que quedaba de la Iglesia católica alemana guardaba un profundo silencio, los jefes de la Iglesia luterana enviaban otro telegrama: «En todos nuestros templos se expresa en la oración de hoy la gratitud por la benigna protección de Dios y su visible salvaguarda». Una pasividad, que, como veremos, no fue casual.
  
La historia no perdona. Tal vez deje que pasen los siglos, pero a la larga no se olvida de nadie, llevando la luz a todos los rincones. En este tout se tient, todo encaja, incluida la relación directa entre la reforma luterana y la docilidad alemana frente al ascenso del nacionalsocialismo, por un lado, y, por el otro, la fidelidad absoluta al régimen hasta el fin, pese a alguna excepción tan heroica como aislada.
   
Recordábamos cómo, ya desde 1930, los protestantes se organizaron en la «Iglesia del Reich» de los Deutschen Christen, los «Cristianos Alemanes», cuyo lema era: «Una nación, una Raza, un Führer». Su proclama: «Alemania es nuestra misión, Cristo nuestra fuerza». El estatuto de la iglesia se modeló según el del partido nazi, incluido el denominado «párrafo ario» que impedía la ordenación de pastores que no fueran de «raza pura» y dictaba restricciones para el acceso al bautismo de quien no poseyera buenos antecedentes de sangre.

Joachim Hossenfelder, obispo luterano de Brandenburgo y fundador de los Deutschen Christen, dando un discurso en medio de la celebración del nacimiento de Martín Lutero (Berlín, 19 de Julio de 1933)
  
Entre otros documentos que han de hacer reflexionar a todos los cristianos, pero de manera muy especial a los hermanos protestantes, citamos la crónica enviada por el corresponsal en Alemania del acreditado periódico norteamericano Time, publicado en el número que lleva fecha del 17 de abril de 1933, es decir, un par de meses después del ascenso a la cancillería de Hitler:
«El gran Congreso de los Cristianos Germánicos ha tenido lugar en el antiguo edificio de la Dieta prusiana para presentar las líneas de las Iglesias evangélicas en Alemania en el nuevo clima auspiciado por el nacionalsocialismo. El pastor Hossenfelder ha comenzado anunciando: “Lutero ha dicho que un campesino puede ser más piadoso mientras ara la tierra que una monja cuando reza. Nosotros decimos que un nazi de los Grupos de Asalto está más cerca de la voluntad de Dios mientras combate, que una Iglesia que no se une al júbilo por el Tercer Reich”». [Alusión polémica a la jerarquía católica que se había negado a «unirse al júbilo». N. del E.]
   
El Time proseguía: «El pastor doctor Wieneke-Soldin ha añadido: “La cruz en forma de esvástica y la cruz cristiana son una misma cosa. Si Jesús tuviera que aparecer hoy entre nosotros sería el líder de nuestra lucha contra el marxismo y contra el cosmopolitismo antinacional”. La idea central de este cristianismo reformado es que el Antiguo Testamento debe prohibirse en el culto y en las escuelas de catecismo dominical por tratarse de un libro judío. Finalmente, el Congreso ha adoptado estos dos princi­pios: 1º “Dios me ha creado alemán. Ser alemán es un don del Señor. Dios quiere que combata por mi germanismo”; 2º “Servir en la guerra no es una violación de la conciencia cristiana sino obediencia a Dios”».
  
La penosa extravagancia de los Deutschen Christen no fue la de un grupo minoritario sino la expresión de la mayoría de los luteranos: en las elecciones eclesiásticas de julio de 1933 los «cristonazis» obtenían el 75 % de los sufragios de parte de los mismos protestantes que, a diferencia de los católicos, en las elecciones políticas habían asegurado la mayoría par­lamentaria al NSDAP (el Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes).
   
Todo esto (como ya anticipábamos) no es casual, sino que responde a una lógica histórica y teológica. Como explica el cardenal Joseph Ratzinger, un bávaro que en 1945 tenía dieciocho años y estaba alistado en la Flak, la artillería contraaérea del Reich:
«El fenómeno de los “Cristianos Alemanes” ilumina el típico peligro al que está expuesto el protestantismo frente al nazismo. La concepción luterana de un cristianismo nacional, germánico y antilatino, ofreció a Hitler un buen punto de partida, paralelo a la tradición de una Iglesia de Estado y del fuerte énfasis puesto en la obediencia debida a la autoridad política, que es natural entre los seguidores de Lutero. Precisamente por estos motivos el protestantismo luterano se vio más expuesto que el catolicismo a los halagos de Hitler. Un movimiento tan aberrante como el de los Deutschen Christen no habría podido formarse en el marco de la concepción católica de la Iglesia. En el seno de esta última, los fieles hallaron más facilidades para resistir a las doctrinas nazis. Ya entonces se vio lo que la Historia ha confirmado siempre: la Iglesia católica puede avenirse a pactar estratégicamente con los sistemas estatales, aunque sean represivos, como un mal menor, pero al final se revela como una defensa para todos contra la degeneración del totalitarismo. En efecto, por su propia naturaleza, no puede confundirse con el Estado -a diferencia de las Iglesias surgidas de la Reforma-, sino que debe oponerse obligatoriamente a un gobierno que pretenda imponer a sus miembros una visión unívoca del mundo».
  
En efecto, el típico dualismo luterano que divide el mundo en dos Reinos (el «profano» confiado sólo al Príncipe, y el «religioso» que es competencia de la Iglesia, pero del cual el propio Príncipe es Moderador y Protector, cuando no su Jefe en la tierra), justificó la lealtad al tirano. Una lealtad que para la mayoría de los cargos de la Iglesia protestante se llevó hasta el final: ya vimos el mensaje enviado al Führer cuando, después de escapar del atentado de julio de 1944, ordenó acabar con la conjura (en la que estaban implicados, entre otros, oficiales de la antigua aristocracia y la alta burguesía católica) con un baño de sangre.
  
Si en la época del ascenso al poder del nazismo no hubo movimientos de resistencia apreciables, ya en 1934 una minoría protestante se aglutinaba en torno a la figura no de un alemán sino del suizo Karl Barth, tomando distancias respecto a los Deutschen Christen y organizándose luego en el movimiento de la Bekennende Kirche «Iglesia confesante», que tuvo sus propios mártires [sic], entre ellos al célebre teólogo Dietrich Bonhoffer. Sin embargo, como menciona Ratzinger, «precisamente porque la Iglesia luterana oficial y su tradicional obediencia a la autoridad, cualquiera que fuera ésta, tendían a halagar al gobierno y al compromiso en servirlo también en la guerra, un protestante necesitaba un grado de valor mayor y más íntimo que un católico para resistir a Hitler». En resumidas cuentas, la resistencia fue una excepción, un hecho individual, de minorías, que «explica por qué los evangélicos -prosigue el cardenal- han podido jac­tarse de personalidades de gran relieve en la oposición al nazismo». Era necesario un gran carácter, enormes reservas de valor, una inusual convicción para resistir, precisamente porque se trataba de ir contra la mayoría de los fieles y las enseñanzas mismas de la propia iglesia.
  
Naturalmente, dado que la historia de la Iglesia católica es también la historia de las incoherencias, de sus concesiones, de los yerros del «personal eclesiástico», no todo fue un brillo dorado ni entre la jerarquía ni entre los religiosos y fieles laicos.
  
Se ha discutido mucho, por ejemplo, acerca de la oportunidad de la firma en julio de 1933 de un Concordato entre el Vaticano y el nuevo Reich. Ya lo habíamos mencionado, pero vale la pena repetirlo, al igual que continuamente se repiten las acusaciones contra la Iglesia por este asunto.
  
En primer lugar hay que considerar -y esto, naturalmente, vale para todos los cristianos, sean católicos o protestantes- que hacía pocos meses desde el advenimiento a la Cancillería de Adolf Hitler, que todavía no había asumido todos los poderes y por lo tanto no había revelado al completo el rostro del régimen, cosa que sólo se aprestaría a hacer inmedia­tamente después. Recuérdese que hasta 1939, el primer ministro británico Chamberlain defendía la necesidad de una conciliación con Hitler y que el mismo Winston Churchill escribió (algo que, para mayor apuro de los aliados, recordarían los acusados en el Proceso de Núremberg): «Si un día mi patria tuviera que sufrir las penalidades de Alemania, rogaría a Dios que le diera un hombre con la activa energía de un Hitler».
   
Joseph Lortz, historiador católico de la Iglesia, que vivió aquellos años en Alemania, su país, dice: «No hay que olvidar nunca que durante mucho tiempo, y de una forma refinadamente mentirosa, el nacionalsocialismo ocultó sus fines bajo fórmulas que podían parecer plausibles». Ahora nosotros juzgamos aquellos años sobre la base de la terrible documentación descubierta: pero sólo después. Como se demostró en el mismo Proceso de Núremberg, sólo muy pocos de los miembros de las altas esferas sabían lo que en realidad estaba sucediendo en los campos de concentración (para judíos; pero también para gitanos, homosexuales, disidentes o presos comunes, en su mayoría eslavos). Las órdenes para la «solución final del problema judío» se mantuvieron con tal reserva que no tenemos ningún rastro escrito de las mismas, hecho que permite a los historiadores «revisionistas» poner en duda que hubiesen llegado a proclamarse.
  
En cualquier caso, en lo referente al Concordato de 1933 cabe señalar que no debía de ser un texto tan impresentable si, aunque con alguna modificación, todavía sigue vigente en la República Federal Alemana, limitándose casi a repetir los acuerdos firmados tiempo atrás con los Estados de la Alemania democrática prenazi. Recuérdese también que en 1936, apenas tres años después del pacto, la Santa Sede ya había presentado al gobierno del Reich unas 34 notas de protesta por violación del citado Concordato. Y como punto final a aquellas continuas violaciones, al año siguiente, en 1937, Pío XI escribió la célebre encíclica Mit brennender Sorge.

Pío XI escribió Mit brennender Sorge (Con ardiente preocupación, en latín Flagránti Cura), acusando al nazismo de sembrar «la cizaña de la desconfianza, del descontento, de la discordia, del odio, de la difamación, de la hostilidad profunda, oculta o manifiesta, contra Cristo y su Iglesia».
   
Pero luego, volviendo a las raíces del tema; los opositores a cualquier concordato, no entienden que éstos sean posibles en virtud de una concepción de la Iglesia que es preciosa, sobre todo en épocas dramáticas como aquéllas. Es la concepción católica de una Iglesia como sociedad anónima, independiente, con sus estructuras, su organización, su vicario terreno y cuyo único jefe y legislador es Jesucristo.
  
En resumen, una esperanza que toma realmente en serio la inaudita palabra del Evangelio: «Dad al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios». Es extraordinariamente importante el hecho mismo de que un gobierno (y más uno como el del Führer), acepte pactar con la Iglesia, estableciendo derechos y deberes recíprocos: es el reconocimiento de que el hombre también tiene deberes con Dios, no sólo con el Estado. Es la afirmación de que el césar no lo es todo, como casi llega a hacer el protestantismo con la sofocante creación de las «Iglesias de Estado», al menos en lo que concierne a los hechos. Pese a sus inconvenientes y, pese, como en el caso del nazismo, a no ser siempre respetado, la mera existencia del Concordato confirma que a la larga existe otro poder capaz de resistir y vencer al poder terrenal.
  
Bien es verdad que, una vez declarada la guerra, el Concordato de 1933 fue para Berlín poco menos que papel mojado. Sin embargo, recordó a los creyentes perseguidos que en Europa no sólo existía el omnipotente Tercer Reich. También existía la Iglesia romana, desarmada pero temible hasta para el tirano que, por más que desafiara al mundo entero, no osó pedir a los paracaidistas que tenía situados en una Roma de la que había huido el gobierno italiano, que rebasaran las fronteras de la colina vaticana.
  
VITTORIO MESSORI, artículo «Iglesia y Nazismo», Abril de 1989. En Leyendas negras de la Iglesia, 14ª Edición. Barcelona, Editorial Planeta, 2008. cap. V. «Los nazis y la Iglesia».