domingo, 25 de febrero de 2018

EL CRITERIO DE “MUERTE CEREBRAL”, DESLEGITIMADO

Traducción del artículo publicado por Adolfo De Matteo para CORRISPONDENZA ROMANA.
 
 
Este año se recuerdan los cincuenta años (1968) de la primera definición del criterio de muerte cerebral, por obra de una comisión médica ad hoc de la universidad de Harvard para justificar éticamente los primeros transplantes de órganos vitales. En el Avvenire del 4 de febrero fue publicada una interesante entrevista de Lucia Bellaspiga a la investigadora del Centro neurológico de Messina, Silvia Marino.
  
La ocasión fue un simposio internacional que se desarrolló en Milán el 2 de febrero pasado sobre los desórdenes de la consciencia, organizado por la Fundación Instituto de Investigación y Salud de Carácter Científico (acrónimo italiano IRCCS) Instituto Neurológico Carlo Besta.
 
La neuróloga Marino se encarga desde varios años a explorar los residuos más ocultos de la conciencia a través de las técnicas de neuroimagen y de estudiar las reacciones del cerebro estimulado por sonidos, olores e imágenes. A los pacientes aparentemente privados de contacto con el mundo exterior e inmóviles por meses o años en su cama, explica la investigadora en la entrevista, suministramos estímulos de toda clase, sobre todo gracias a la colaboración fundamental de los familares. Mientras esto sucede, a través de la resonancia magnética funcional podemos ver si se activan las áreas del cerebro del paciente.
 
Así habíamos estudiado a 27 personas con diagnosis de consciencia mínima y 23 en estado vegetativo, y entre estos últimos 10 pasaron a un estado de consciencia mínima. Por tanto, concluye la neuróloga, la palabra “irreversible” aplicada a los trastornos de las consciencia, incluido el estado vegetativo, ya no es utilizable.
  
Del resto, pocos meses ha la revista Current Biology ha dado a conocer un importante experimento científico conducido por la neurocientífica italiana Ángela Sirigu, la cual tuvo éxito en recuperar la consciencia de un paciente en estado vegetativo a través de una serie prolongada en el tiempo de electroestimulaciones del nervio vago. Según la comunidad científica, al menos el 40 por cien de los diagnósticos de estado vegetativo resultan errados, pero la particularidad del caso del paciente sometido al experimento de Sirigu concierne al hecho de que la certeza de la diagnosis parecía fuera de discusión, puesto que él no tenía ningún contacto con el mundo exterior por 15 años y su condición parecía efectivamente irreversible.
  
Hasta los años Sesenta la tradición jurídica y médica occidental consideraba que la certeza de la muerte debía provenir por medio de la verificación de la cesación definitiva de todas las funciones vitales: respiración, circulación, actividad del sistema nervioso. Hace casi cincuenta años, en 1968, un instituto comisionado por la Harvard Medical School propone un nuevo criterio de certeza de la muerte fundado sobre la definitiva cesación de las solas funciones cerebrale, el autodenominado coma irreversible. Desde entonces, la muerte cerebral es el criterio que permite efectuar legalmente la práctica de los transplantes de órganos vitales en la mayor parte de los Estados del mundo.

Ahora, si la ahora alcanzada conciencia de la inconfiabilidad del parámetro de muerte cerebral o coma irreversible nos mueve a denunciar la tendencia que fácticamente reduce el hombre a un simple aglomerado de órganos, sin conciencia ni alma, como sucede por ejemplo para la eutanasia, ¿por qué no debería también movernos a denunciar con igual determinación la práctica de la autodenominada “donación de órganos”?
  
¿No se funda también ella, si miramos bien, sobre los mismos principios que han llevado al asesinato per senténtiam de Eluana Englaro o de Terry Schiavo y que han llevado a los jueces ingleses a “desconectar” al pobre Charlie Gard?
  
En efecto, el criterio último sobre cuya base, hoy, se decide la suerte de los seres humanos es meramente utilitarístico y prevé la distinción del todo arbitraria entre vidas “dignas” e “indignas de la vida”, entre existencias útiles e inútiles (para algo o alguno). Tampoco la donación de órganos escapa al mismo principio filosófico subyacente a las otras conductas contra la vida y se apoya totalmente sobre el criterio anticientífico de la muerte cerebral. Se podría objetar que permite sin embargo salvar vidas humanas que de otro modo estarían destinadas a una muerte segura. ¿Pero a qué costo? ¿Cuántas son las personas a quienes les son extraídos los órganos que, si las dejaran vivir, habrían podido despertar o mejorar sus condiciones de vida? Y sobre todo, ¿cuántos de estos pacientes estaban profundamente conscientes pero imposibilitados de comunicarse?
  
A todas estas preguntas no es posible darle una respuesta segura. Lo cierto es que la batalla en defensa de la vida y contra la cultura de la muerte no puede ser llevada en forma parcial, sea condenando algunas prácticas y al tiempo elogiando o no condenando otras, que se apoyan en los mismos criterios antihumanos y anticientíficos propagados por la modernidad.

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