martes, 17 de abril de 2018

EXAMEN DE CONCIENCIA DE LOS PECADOS VENIALES, SEGÚN SAN ANTONIO MARÍA CLARET

El alma debe evitar los pecados veniales, especialmente aquellos que conducen al pecado mortal. No es suficiente, alma mía, tener una resolución firme de sufrir la muerte antes que consentir cualquier pecado grave. Es necesario tener la misma resolución frente a los pecados veniales. Aquél que no tiene este deseo dentro de sí mismo, no puede tener seguridad.
  
No hay nada que pueda darnos una seguridad cierta, como un cuidado sin interrupción para evitar aún el pecado venial más insignificante y un celo extensivo a todas las practicas de la vida espiritual -fervor en la oración y en las relaciones con Dios; fervor en la mortificación y en la abnegación, en ser humillado y aceptar desprecios, obedeciendo y renunciando a nuestros deseos; fervor en el amor a Dios y al prójimo-. Quien desee ganar este fervor y guardarlo, debe necesariamente estar resuelto siempre a evitar especialmente los siguientes pecados veniales:
  1. El pecado de dar entrada en su corazón cualquier sospecha irracional, todo juicio injusto contra el prójimo.
  2. El pecado de introducir en la conversación los defectos de otros y ofensas contra la caridad de cualquier clase, aún ligeramente.
  3. El pecado de omitir, por pereza, nuestras prácticas espirituales o cumplirlas con negligencia voluntaria.
  4. El pecado de tener un afecto desordenado por alguien.
  5. El pecado de tener una vana estimación de sí mismo, o el hablar con vana satisfacción de cosas que nos conciernen.
  6. El pecado de recibir el Santísimo Sacramento sin cuidado, con distracciones y otras irreverencias y sin una preparación seria.
  7. Impaciencia, resentimiento, cualquier objeción para aceptar las desilusiones como venidas de la mano de Dios; porque esto pone obstáculos a los decretos y disposiciones de la Divina Providencia respecto a nosotros.
  8. El pecado de darnos a nosotros mismos una ocasión, que aún remotamente, manche la santa pureza.
  9. La falta de ocultar voluntariamente a quien debe conocer (es decir, el confesor o director espiritual) las malas inclinaciones, debilidades y mortificaciones, buscando seguir el camino de la virtud no bajo la dirección de la obediencia, sino dejándose guiar por los propios caprichos [1].
NOTA
[1] Se habla aquí de situaciones ante las que podríamos tener una dirección cierta, si la buscamos, pero preferimos seguir nuestra propia luz borrosa.

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