miércoles, 16 de mayo de 2018

ORACIÓN PARA PEDIR A DIOS EL BUEN USO DE LAS ENFERMEDADES


I. Señor, cuyo espíritu es tan bueno y tan dulce en todas las cosas, y que sois tan misericordioso, que no solamente los sucesos prósperos, sino también las desgracias mismas que llegan a vuestros elegidos son los efectos de vuestra Misericordia, concededme la gracia de no comportarme como pagano en el estado al que vuestra Justicia me ha reducido; que, como verdadero Cristiano, os reconozca como mi Padre y mi Dios, en cualquier estado en que me encuentre, puesto que el cambio de mi condición no aporta nada a la vuestra, que Vos sois el mismo, aunque yo sea sujeto a mudanza, y que no sois menos Dios cuando afligís y cuando castigais, que cuando consolais y usáis de indulgencia.
  
II. Vos me habéis dado la salud para serviros, y yo le he dado un uso profano. Vos me enviáis en este momento la enfermedad para corregirme: no permitais que la use para irritaros con mi impaciencia. He usado mal mi salud, y Vos me habéis castigado justamente. No sufráis que use mal de vuestro castigo. Y dado que la corrupción de mi naturaleza es tal que me torna perniciosos vuestros favores, haced, ¡oh Dios mío!, que vuestra Gracia todopoderosa torne salutíferos los castigos que me enviáis. Si ha estado mi corazón lleno del afecto al mundo, ante el cual he tenido algún vigor, aniquilad este vigor para mi salvación, y volvedme incapaz de gozar del mundo, sea por la debilidad del cuerpo, sea por celo de caridad, para no gozar sino a Vos solo.
  
III. ¡Oh Dios, ante quien debo rendir cuenta exacta de mi vida al final de ésta, y al fin del mundo! ¡Oh Dios, que dejáis subsistir el mundo y todas sus cosas para el disfrute de vuestros elegidos, o para castigar a los pecadores! ¡Oh Dios, que dejáis endurecer a los pecadores en el uso delectable y criminal del mundo! ¡Oh Dios, que hacéis morir nuestros cuerpos, y que en la hora de la muerte separáis nuestra alma de todo lo que amaba en el mundo! ¡Oh Dios, que me desprendéis en este último momento de mi vida, de todas las cosas a las cuales me he aferrado, y donde había puesto mi corazón! ¡Oh Dios, que debéis consumar en el último día el cielo y la tierra, y todas las creaturas que contienen, para mostrarle a todos los hombres que nada subsiste fuera de Vos, y que nada es digno de amor sino Vos, puesto que nada es duradero sino Vos! ¡Oh Dios, que debéis destruir todos los ídolos vanos, y todos estos funestos objetos de nuestras pasiones! Yo os alabo, Dios mío, y os bendigo todos los días de mi vida, porque os plugo prevenir en mi favor este día espantoso en que destruiréis a mi vista todas las cosas, en la debilidad a que Vos me habéis reducido. Yo os alabo, Dios mío, y os bendigo todos los días de mi vida, porque os plugo reducirme a la incapacidad de gozar las dulzuras de la salud, y de los placeres del mundo; y que vos habéis destruido en cierta manera, para mi beneficio, los ídolos engañosos que Vos aniquilaréis efectivamente para la confusión de los malvados en el día de vuestra cólera. Haced, Señor, que me juzgue a mí mismo luego de esta destrucción que habéis hecho a mi vista, a fin que no me juzguéis después de la entera destrucción que haréis de mi vida y del mundo. Porque, Señor, como en el instante de mi muerte me encontraré separado del mundo, desnudo de todas las cosas, solo ante vuestra Presencia, para responder ante vuestra Justicia por todos los movimientos de mi corazón, haced que me considere en esta enfermedad como en una especie de muerte, separado del mundo, desnudo de todos los objetos de mis apegos, solo ante vuestra Presencia para implorar de vuestra Misericordia la conversión de mi corazón; y que así tenga una extrema consolación de que me enviáis en este momento una especie de muerte para ejercer vuestra Misericordia, antes que me enviéis efectivamente la muerte para ejercer vuestro Juicio. Haced pues, ¡oh Dios mío!, que como habéis prevenido mi muerte, prevenga yo el rigor de vuestra sentencia; y que me examine antes de vuestro Juicio, para encontrar misericordia ante vuestra Presencia.
 
IV. Haced, ¡oh Dios mío!, que adore en silencio la orden de vuestra Providencia sobre la conducta de mi vida; que vuestro flagelo me consuele; y que habiendo vivido en la amargura de mis pecados ante la paz, guste las dulzuras celestiales de vuestra Gracia durante los males salutíferos con que me afligís. Mas yo reconozco, Dios mío, que mi corazón está tan endurecido y lleno de ideas, de cuidados, de inquietudes y de apego al mundo, que la enfermedad no más que la salud, ni los discursos, ni los libros, ni vuestras sagradas Escrituras, ni vuestro Evangelio, ni vuestros más santos Misterios, ni las limosnas, ni los ayunos, ni las mortificaciones, ni los milagros, ni el uso de los Sacramentos, ni el sacrificio de vuestro Cuerpo, ni todos mis esfuerzos, ni los de todo el mundo unidos, nada pueden para comenzar mi conversión si Vos no acompañáis todas estas cosas con la extraordinaria asistencia de vuestra Gracia. Es por eso, Dios mío, que me dirijo a Vos, Dios Omnipotente, para pediros un don que ni todas las creaturas juntas pueden concederme. Yo no tendría la osadía de dirigiros si algún otro los pudiera satisfacer. Mas, Dios mío, como la conversión de mi corazón que yo os pido, es una obra que que supera todos los esfuerzos de la naturaleza, no puedo dirigirme sino al Autor y al Maestro todopoderoso de la naturaleza y de mi corazón. ¿A quién llamaré, Señor, a quién recurriré, sino es a Vos? Todo lo que no es Dios no puede llenar mi expectación. Es a Dios mismo quien llamo y busco; es a Vos solo que me dirijo para obteneros. Abrid mi corazón, Señor; entrad en esta plaza rebelde que los vicios han ocupado. Ellos la tienen sujeta; entrad como en la casa del fuerte (el demonio); pero atad previamente al fuerte y poderoso enemigo que la controla, y tomad enseguida los tesoros que hayan allí. Señor, tomad mis afectos que el mundo había robado; robadme este tesoro, o mejor, recuperadlo, porque es a Vos quien le pertenece, como un tributo que os debo, puesto que vuestra imagen está impresa. Vos la habéis formado, Señor, en el momento de mi Bautismo que es como mi segundo nacimiento; mas ella está toda borrada. La idea del mundo está tan grabada que la vuestra no es más reconocible. Vos solo habéis podido crear mi alma: Vos solo podéis crearla de nuevo. Vos solo habéis podido formar vuestra imagen: Vos solo podéis reformarla, y reimprimir vuestro retrato borrado, esto es, a Jesucristo mi Salvador, que es vuestra imagen y el caracter de vuestra Substancia.
  
V. Oh Dios mío, ¡qué corazón es tan feliz, que pueda amar un objeto tan amable que no le deshonre en nada y cuyo apego a él es tan saludable! Sé que no puedo amar al mundo sin disgustaros, sin perjudicarme ni deshonrarme; y nada menos que el mundo es todavía el objeto de mi delectación. Oh Dios mío, ¡qué alma es feliz porque Vos sois su delectación, puesto que ella pudo abandonarse en vuestro amor, no solamente sin escrúpulo, sino incluso con mérito! Que su felicidad es firme y duradera, puesto que su esperanza no será frustrada, porque Vos no seréis destruido jamás, y que ni la vida ni la muerte la separarán jamás del objeto de sus deseos; y en el mismo momento que llevará a los malvados con sus ídolos a una ruina común, unirá a los justos con Vos en una gloria común; y que, como los unos perecerán con los objetos perecederos a los cuales se aferraron, los otros permanecerán eternamente con el objeto eterno y existente por sí mismo al cual se han unido estrechamente. ¡Ah! ¡Qué felices son los que con toda libertad y una inclinación invencible de su voluntad aman perfecta y libremente a Aquel a quinen están obligados a amar necesariamente!
  
VI. Acabad, ¡oh Dios mío!, los buenos movimientos que me dais. Sed en ellos el fin como sois su principio. Coronad vuestros propios dones; porque yo reconozco que son vuestros dones. Sí, Dios mío; y lejos de pretender que mis oraciones tengan el mérito de obligaros a concedérmelos necesariamente, reconozco muy humildemente que he dado a las creaturas mi corazón, que habíes formado para Vos y no para el mundo ni para mí mismo, no puedo esperar ninguna gracia sino de vuestra Misericordia, porque no tengo nada en mí que Vos no me hayáis dado, y que todos los movimientos naturales de mi corazón se dirijan hacia las criaturas o a mí mismo, no pueden menos que irritaros. Os doy rendidas gracias, Dios mío, por los buenos movimientos que me habéis dado, y por lo mismo que me habéis dado.
  
VII. Tocad mi corazón con el arrepentimiento de mis faltas, porque, sin este dolor interior, los males exteriores con que Vos tocáis mi cuerpo me serán una nueva ocasión de pecado. Hacedme conocer bien que los males del cuerpo no son otra cosa que la punición y la figura general de los males del alma. Pero haced, Señor, que ellos sean también el remedio, y me hagan considerar, en los dolores que siento, aquellos que no sentí en mi alma, toda enferma y cubierta de úlceras. Porque, Señor, la más grande de sus enfermedades es esta insensibilidad, y esta extrema debilidad que le había privado de todo sentimiento de sus propias miserias. Hacédmelas sentir vivamente, y que el resto de mi vida sea una penitencia continua para lavar las ofensas que he cometido.
  
VIII. Señor, aunque mi vida pasada ha estado exenta de grandes crímenes, porque habéis alejado de mí las ocasiones, ella os ha sido no menos odiosa por su negligencia continua, por el mal uso de vuestros augustísimos Sacramentos, por el desprecio de vuestra Palabra y de vuestras inspiraciones, por la ociosidad y la inutilidad total de mis acciones y de mis pensamientos, por la entera pérdida del tiempo que me habéis dado para adoraros, pabra buscar en todas mis ocupaciones los medios para complaceros, y para hacer penitencia de las faltas que se cometen todos los días, y que son ordinarias incluso a los más justos, de suerte que su vida debe ser una penitencia continua sin la cual ellos están en peligro de ser privados de su justicia. Así, Dios mío, os he sido contrario siempre.
  
IX. Sí, Señor, hasta ahora he sido sordo a vuestras inspiraciones: he despreciado vuestros oráculos; he juzgado lo contrario a lo que Vos juzgáis; he contradicho las santas máximas que habéis traído al mundo del seno de vuestro Padre Eterno, y sobre las cuales juzgaréis al mundo. Vos dijísteis: «Bienaventurados los que lloran, y desdichados los que tienen consuelo» (Lucas VI, 21 y 24). Y yo me he dicho: «Desdichados los que lloran, y muy dichosos los que son consolados». He dicho: «Felices los que disfrutan de una fortuna ventajosa, de una reputación gloriosa y de una salud robusta». ¿Y por qué los he reputado dichosos, si no porque todas estas ventajas les brindan una facilidad muy amplia de gozar de las creaturas, esto es, de ofenderos? Sí, Señor, confieso que he estimado la salud como un bien, no porque ella es un medio fácil para serviros con utilidad, para consumir mis atenciones y vigilias en vuestro servicio y para asistir al prójimo; sino porque con su favor podía abandonarme con maneras de retenerme en la abundancia de las delicias de la vida, t en mejor gustar de los funestos placeres. Dadme la gracia, Señor, de reformar mi razón corrompida, y de conformar mis sentimientos a los vuestros. Que me considere dichoso en la aflicción y que, en la imposibilidad de salir, purifiquéis en tal modo mis sentimientos que no repugnen más a los vuestros; y que así os encuentre dentro de mí mismo, puesto que no puedo buscaros afuera a causa de mi debilidad. Porque, Señor, vuestro Reino está en vuestros fieles; y yo le encontraré en mí mismo si encuentro vuestro Espíritu y vuestros sentimientos.
  
X. Pero, Señor, ¿qué haría yo para obligaros a difundir vuestro Espíritu sobre esta miserable tierra? Todo lo que soy os es odioso, y no encuentro nada en mí que os pueda agradar. No veo nada, Señor, solamente mis dolores que tienen alguna semejanza con los vuestros. Considerad pues los males que sufro y los que me amenazan. Mirad con ojos de misericordia las llagas que vuestra mano me ha hecho, ¡oh mi Salvador, que habéis amado vuestros sufrimientos en la muerte! ¡Oh Dios, que os habéis hecho hombre para sufrir más que hombre alguno por la salvación de los hombres! ¡Oh Dios, que os habéis encarnado después del pecado de los hombres y que no habéis tomado cuerpo sino para sufrir todos los males que nuestros pecados han merecido! ¡Oh Dios, que amáis tanto los cuerpos que sufren, que habéis elegido para Vos el cuerpo más abrumado de sufrimientos que jamás ha habido en el mundo! Tened por agradable mi cuerpo, no por él mismo, ni por todo lo que él contiene, porque todo es digno de vuestra cólera, sino por los males que padece, que solamente pueden ser dignos de vuestro amor. Amad mis sufrimientos, Señor, y que mis males os inviten a visitarme. Mas para completar la preparación de vuestra morada, haced, oh mi Salvador, que si mi cuerpo tiene algo en común con el vuestro, que sufrió por mis ofensas, mi alma también tenga algo en común con la vuestra, que ella esté entristecida por las mismas ofensas; y que yo sufra con Vos, y como Vos, y en mi cuerpo, y en mi alma, por los pecados que he cometido.
  
XI. Dadme la gracia, Señor, de gozar vuestras consolaciones en mis sufrimientos, a fin de que sufra como Cristiano. No pido ser exento de los dolores, porque ésta es la recompensa de los Santos: pido no ser abandonado a los dolores de la naturaleza sin las consolaciones de vuestro Espíritu, porque ésta es la maldición de los Judíos y de los Paganos. No pido tener una plenitud de consolación sin sufrimiento alguno, porque esta es la vida de la gloria. No pido tampoco una plenitud de males sin consolación, porque éste es un estado de Judaísmo; sino que os pido, Señor, sentir enteramente en conjunto los dolores de la naturaleza por mis pecados, y las consolaciones de vuestro Espíritu por vuestra gracia, porque éste es el verdadero estado de Cristianismo. Que no padezca los dolores sin consolación, si no que sienta los dolores y la consolación al tiempo, para llegar finalmente a no sentir más que vuestras consolaciones sin dolor alguno. Porque, Señor, antes de la venida de vuestro único Hijo, Vos habéis dejado languidecer al mundo en los sufrimientos naturales sin consolación: actualmente, por la gracia de vuestro único Hijo, consolais y endulzais los sufrimientos de vuestros fieles; y colmais de una purísima bienaventuranza a vuestros Santos en la gloria de vuestro único Hijo. Estos son los admirables grados por los cuales conducís vuestras obras. Vos me habéis sacado del primero: hacedme pasar por el segundo, para llegar al tercero. Señor, esta es la gracia que os pido.
    
XII. No permitáis que esté en tal distancia de Vos, que pueda considerar vuestra alma triste hasta la muerte, y vuestro cuerpo abatido por la muerte a causa de mis propios pecados, sin regocijarme de sufrir en mi cuerpo y en mi alma. Porque, ¿qué habrá de más vergonzoso y de más ordinario en los cristianos y en mí mismo, que mientras Vos derramasteis vuestra Sangre para la expiación de nuestras culpas, nosotros vivamos en los deleites; y que los Cristianos que hacen profesión de ser vuestros, que los que por el bautismo han renunciado al mundo para serviros, que los que han jurado solemnemente a la vista de la Iglesia vivir y morir con Vos, que los que han profesado creer que el mundo os ha perseguido y crucificado, que los que creen que os habéis expuesto a la cólera de Dios y a la crueldad de los hombres para redimirlos de sus crímenes; que aquellos, digo, que creen todas estas verdades, que consideran vuestro cuerpo como la hostia que se entregó por su salvación, que consideran sus placeres y los pecados del mundo como el único objeto de vuestros sufrimientos, y al mundo mismo como vuestro verdugo, busquen lisonjear sus cuerpos con esos mismos placeres, entre ese mismo mundo; y que los que no podrían, sin estremecese de horror, ver un hombre acariciar y querer al asesino de su padre que se había entregado para darle la vida, puedan vivir como yo lo había hecho, con una plena alegría en medio de un mundo que sé verdaderamente fue el asesino de Aquél a quien reconozco por mi Dios y mi Padre, que se entregó por mi propia salvación, y que llevó en su persona la pena de nuestras iniquidades? Es justo, Señor, que hayais interrumpido una alegría tan criminal que aquella en la cual reposaba a la sombra de la muerte.
 
XIII. Apartad de mí, Señor, la tristeza que el amor propio me pueda dar por mis propios sufrimientos, y las cosas del mundo que no aprovechan las inclinaciones de mi corazón, que no mira sino vuestra gloria. En cambio, poned en mí una tristeza conforme a la vuestra; que mis dolores sirvan para aplacar vuestra ira. Hacedlos una ocasión para mi salvación y conversión, servent à apaiser votre colère. Faites-en une occasion de mon salut et de ma conversion. Que en adelante no desee salud ni vida si no es para emplearla y consumirla por Vos, en Vos y con Vos. No os pido ni salud ni enfermedad, ni vida ni muerte, si no que dispongáis de mi salud y de mi enfermedad, de mi vida y de mi muerte, para vuestra gloria, para mi salvación, y para la utilidad de la Iglesia y de vuestros Santos, donde espero por vuestra gracia tener una porción. Vos solo sabéis lo que más necesito: Vos sois el soberano maestro, haced lo que queráis. Dadme, quitadme; mas conformad mi voluntad a la vuestra; y que, con una sumisión humilde y perfecta, y con una santa confianza, me disponga a recibir las órdenes de vuestra providencia eter,a y que adore igualmente todo cuanto venga de Vos.
  
XIV. Haced, Dios mío, que con uniformidad de espíritu siempre reciba igualmente toda suerte de eventos, puesto que no sabemos lo que debemos pedir, y que no pueda desear uno más que el otro sin presunción, y sin volverme juez y responsable de las consecuencias que vuestra sabiduría ha querido justamente ocultarme. Señor, sé que no sé si no una cosa: que son buenos para el que os sirve, y que son malas para el que os ofende. Después de esto no sé qué es mejor o peor en todas las cosas. No sé si me es más provechosa la salud o la enfermedad, los bienes o la pobreza, ni todas las cosas del mundo. Este es un discernimiento que supera las fuerzas de los hombres y de los Ángeles, y que está oculta en los secretos de vuestra providencia que adoro y que no quiero escrutar.
  
XV. Haced pues, Señor, que tal como soy me conforme a vuestra voluntad; y que estando enfermo como estoy, os glorifique en mis sufrimientos. Sin ellos no puedo llegar a la gloria; y Vos mismo, Salvador mío, no habéis querido llegar sino por ellos. Es por las señales de vuestros padecimientos que habéis sido reconocido por vuestros discípulos; y es por los sufrimientos que reconocéis también a los que son vuestros discípulos. Reconocedme pues por vuestro discípulo en los males que afronto en mi cuerpo y en mi espíritu por las ofensas que he cometido. Y, puesto que nada es agradadable a Dios si no es ofrecido por Vos, unid mi voluntad a la vuestra, y mis dolores a los que habéis sufrido. Haced que los míos se conviertan en los vuestros. Unidme a Vos; llenadme de Vos y de vuestro Espíritu Santo. Entrad en mi corazón y en mi alma, para sufrir mis padecimientos, y para continuar completando en mí lo que os faltó sufrir en vuestra Pasión, que completáis en vuestros miembros hasta la consumación perfecta de vuestro Cuerpo; a fin que siendo plenamente vuestro no sea más yo quien vive y sufre, sino que seais Vos quien vive y sufre en mí, ¡oh mi Salvador!; y que así, teniendo alguna pequeña parte en vuestros sufrimientos, me llenéis enteramente de la gloria que ellos os adquirieron, en la cual vivís con el Padre y el Espíritu Santo, por todos los siglos de los siglos. Amén.
  
Œuvres de Blaise Pascal, Tomo II. París, imprenta general de Charles Lahure, 1864, págs. 28-34. Traducción nuestra

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