lunes, 30 de julio de 2018

RENACEMOS DEL AGUA Y DEL ESPÍRITU SANTO A TRAVÉS DEL BAUTISMO

  
¿Qué es lo que viste en el bautisterio? Agua, desde luego, pero no sólo agua; viste también a los diáconos ejerciendo su ministerio, al obispo haciendo las preguntas de ritual y santificando. El Apóstol te enseñó, lo primero de todo, que no hemos de fijarnos en lo que se ve, sino en lo que no se ve; lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno (II Cor. IV, 18). Pues, como leemos en otro lugar, desde la creación del mundo, las perfecciones invisibles de Dios, su poder eterno y su divinidad son visibles por sus obras (Rom. I, 20). Por esto, dice el Señor en persona: Aunque no me creáis a mí, creed a las obras (Juan X, 38). Cree, pues, que está allí presente la divinidad. ¿Vas a creer en su actuación y no en su presencia? ¿De dónde vendría esta actuación sin su previa presencia?
  
Considera también cuán antiguo sea este misterio, pues fue prefigurado en el mismo origen del mundo. Ya en el principio, cuando hizo Dios el cielo y la tierra, el espíritu -leemos- se cernía sobre la faz de las aguas (Gén. I, 2). Y si se cernía es porque obraba. El rey David nos da a conocer esta actuación del espíritu en la creación del mundo, cuando dice: La palabra del Señor hizo el cielo; el espíritu de su boca, sus ejércitos (Sal. XXXII, 3). Ambas cosas, esto es, que se cernía y que actuaba, son atestiguadas por la palabra profética. Que se cernía, lo afirma Moisés; que actuaba, David.
  
Tenemos aún otro testimonio. Toda carne se había corrompido por sus iniquidades. Mi espíritu no durará por siempre en el hombre -dijo Dios-, puesto que es de carne (Gén. VI, 3). Con las cuales palabras demostró que la gracia espiritual era incompatible con la inmundicia carnal y la mancha del pecado grave. Por esto, queriendo Dios reparar su obra, envió el diluvio y mandó al justo Noé que subiera al arca (Gén. VII, 1 ss). Cuando menguaron las aguas del diluvio, soltó primero un cuervo, el cual no volvió, y después una paloma que, según leemos, volvió con una rama de olivo (Gén. VIII, 7-8). Ves cómo se menciona el agua, el leño, la paloma, ¿y aún dudas del misterio?
  
En el agua es sumergida nuestra carne, para que quede borrado todo pecado carnal. En ella quedan sepultadas todas nuestras malas acciones. En un leño fue clavado el Señor Jesús, cuando sufrió por nosotros su pasión. En forma de paloma descendió el Espíritu Santo, como has aprendido en el nuevo Testamento (Mat. III, 16), el cual inspira en tu alma la paz, en tu mente la calma. El cuervo es la figura del pecado, que se va y no regresa, si, en ti, también, es preservada la rectitud tanto interior como exteriormente.
  
SAN AMBROSIO DE MILÁN. Tratado sobre los Misterios, cap. III, nros. 8-11.
 
ORACIÓN (del Domingo III después de Pascua)
Oh Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados para que puedan volver al buen camino, concede a todos los cristianos rechazar lo que es indigno de este nombre y cumplir cuanto en él se significa. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

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