martes, 29 de enero de 2019

SAN FRANCISCO DE SALES, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA

«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis el reposo para vuestras almas». (San Mateo 11, 29).
  
San Francisco de Sales
   
San Francisco de Sales, celebérrimo por su piedad y por su celo, apóstol de estos últimos tiempos, uno de los más bellos ornamentos de la dignidad episcopal, nació en el castillo y casa solariega de Sales, del ducado de Saboya y diócesis de Ginebra, el 21 de Agosto de 1567. Fueron sus padres Francisco, señor de Sales, de una de las casas más antiguas y nobles de Saboya, y Francisca de Sionas, de la ilustre casa de Charansonay.
  
Su virtuosa madre le consagró a Dios antes de que naciera, y nació a los siete meses de ser concebido, por lo que se crió de niño con gran cuidado. Apenas pronunció palabras, dijo éstas: «Dios y mi madre me quieren mucho». Las buenas disposiciones de su espíritu hicieron eficaces la piadosa educación que recibió de sus padres. Y así, desde sus más tiernos años dio muestra de gran piedad y modestia, y de caridad excelente con los pobres, hasta el punto de que, según el P. Luis de la Riviére, uno de sus panegiristas, se asemejaba a un ángel.
 
Sus padres le encomendaron al cuidado de un sacerdote ilustrado y virtuoso, llamado Juan Déage; e hizo Francisco los primeros estudios en el colegio de la Boche, pasando después a continuarlos en el de Annecy; y tal impresión causaban las virtudes del joven Francisco entre sus condiscípulos que, al verle llegar adonde ellos estaban, suspendían sus juegos y decían con respeto: «Seamos juiciosos, que viene el Santo». Si alguno, en momento de cólera, decía alguna palabra fea, Francisco le rogaba con dulzura que se moderara en el lenguaje, y conseguía con esto la enmienda. Su caridad era tan grande, que un primo suyo cometió un día una falta por la que debía ser azotado, y Francisco se ofreció en su lugar para sufrir el castigo.
  
A los diez años, después de haber hecho la primera Comunión en la iglesia de los dominicos de Annecy, fue enviado a París para proseguir sus estudios. La ciencia, o mejor, la sabiduría de Francisco de Sales, fue el resultado del asiduo estudio de buenos libros en que casi toda su vida se ejercitó su talento fecundo, claro y feliz. En París estudió las humanidades y la filosofía con los padres jesuitas; y la teología, parte con estos Padres y parte en la Universidad de la Sorbona, entonces muy floreciente, teniendo por maestros al sabio P. Juan de Maldonado en teología, y al célebre Gilberto Genebrardo en griego y hebreo, a cuyo estudio se dedicó principalmente para poder comprender bien las Sagradas Escrituras, que eran su lectura ordinaria y su mejor delicia humana. Para librarse de los peligros de malas compañías, no salía de casa como no fuese para la iglesia o para la universidad.
   
Aunque adelantaba mucho en las letras sagradas y humanas, eran mayores los progresos que hacía en todas las virtudes, siendo de notar su ardiente devoción a la Santísima Virgen, ante cuya imagen pasaba horas enteras en oración. Comulgaba cada ocho días; tres en la semana traía cilicio, y, queriendo consagrarse a más perfectamente, hizo voto de perpetua castidad delante de una imagen de la Santísima Virgen en la iglesia de San Esteban de los griegos, que se halla hoy en la capilla de las Hermanas de Santo Tomás de Villanueva, en la calle de Sèvres, con la advocación de Nuestra Señora de la Buena Liberación.
 
Imagen de Nuestra Señora de la Buena Liberación (Notre Dame de la Bonne Déliverance), ante la que San Francisco de Sales oró e hizo voto de castidad
  
No podía sufrir el enemigo común tanta inocencia y tanto fervor en un joven de tan tierna edad, y le acometió con una tentación, que era la más capaz de trastornarle. Entre diciembre de 1586 y enero de 1587, sugirióle con la mayor viveza que en vano se fatigaba, puesto que era del número de los réprobos; y que así, por mucho que hiciese, infaliblemente se condenaría. El horror del Infierno, el considerarse en el infeliz estado de los réprobos, el espanto y la turbación que esto le causó le llenó de melancolía tan profunda, que poco a poco le iba consumiendo; hasta que, fijando un día los ojos en una imagen de la Santísima Virgen, le dijo con extraordinario fervor y ternura: «Señora y Madre mía, si es tanta mi desdicha que he de ser condenado, y he de estar en la desgracia de mi Dios después de mi muerte, a lo menos quiero tener el consuelo de amarle con todo mi corazón por todos los días de mi vida». Esta oración tan devota y tan ajena de los sentimientos que suele tener un alma réproba, disipó las nubes, confundió al demonio y restituyó la tranquilidad a su corazón.
  
Habiendo acabado sus estudios en París, pasó de orden de sus pa­dres a la ciudad de Padua a estudiar en aquella célebre Universidad la jurisprudencia, bajo el magisterio del famoso Guido Pancirolo. Escogió luego por director de su conciencia al P. Antonio Possevino; y conociendo este insigne jesuita en aquel joven un corazón según el de Dios, se aplicó con el mayor empeño a disponerle y habilitarle para las grandes empresas a que concibió tenía Dios destinada aquella alma verdaderamente grande.

Este virtuoso padre, además de guiarle por el camino de la perfección cristiana le explicó la Summa de Santo Tomás y las Controversias del cardenal Belarmino. Buscaba Francisco siempre lo mejor, lo más puro y perfecto, así en amigos como en libros y maestros, y, aun peregrinando y de viaje, nunca abandonaba la Biblia, la Moral de Valerio Reginaldo y la Suma de Santo Tomás.

Envidiosos los demás condiscípulos suyos de la universal estima­ción que se había adquirido Francisco por su singular virtud, armaron a su pureza un terrible lazo. Con pretexto que fingieron de visitar a una pobre indigente, le llevaron a presencia de una mujer impúdica, que a los principios se fingió muy virtuosa y muy devota, y le dejaron solo con ella. Lidió algún tiempo contra sus artificios y contra su desenvoltura, y fue tan violento el combate, que al fin no tuvo otro medio para salir del peligro que tirarle a la cara un tizón que encontró a mano y tomar la escalera con precipitada fuga. Hízole más circunspecto esta victoria; y renunciando desde luego las malas compañías de la gente joven, redobló sus penitencias.
  
Tomó precauciones contra semejantes peligros, y, reflexionando que la rebelión de la carne es el medio de que se valen los enemigos exteriores, redujo su cuerpo a tal grado de debilidad, y fueron tantas sus austeridades, que, junto con el estudio incesante, le acarrearon poco después una grave enfermedad que puso en grave riesgo su vida, llegando a disponer que su cuerpo, en siendo cadáver, se entregase a los alumnos de la clase de Anatomía con el fin de que, ya que durante su vida de nada útil había servido, sirviera de algo, después de muerto, a sus semejantes. Dios no permitió que se cumplieran los pronósticos de los médicos, y, restablecido de aquella enfermedad, prosiguió sus estudios, tomando la borla de doctor en aquella Universidad. Al salir de Padua para volverse a su casa, le aconsejó su director espiritual el P. Possevino que no se afanase tanto en aprender el derecho romano como en hacerse buen teólogo para gobernar una diócesis, pues tenía el presentimiento que había de ser obispo de Ginebra. Pasó por Roma, donde visitó el sepulcro de los Santos Apóstoles. De Roma fue a Loreto, donde veneró la Santa Casa de la Virgen; allí renovó el voto de castidad que había hecho en París, y sintió deseo de abrazar el estado eclesiástico. En Ancona quiso tomar pasaje en un barco para su patria; pero la Divina Providencia hizo que no se le admitiese para que no pereciera, porque, casi sin salir del puerto, aquel barco se fue a fondo con todos los pasajeros y tripulantes.
  
Después de descansar Francisco en su casa de Sales, adonde llegó con felicidad, su padre, al ver en su hijo un joven tan completo, formó dos proyectos para colocarle con brillo en el siglo. Le envió a Chambéry para que se inscribiese como abogado en el Senado de aquella ciudad. Obedeció Francisco, y, en el camino, el caballo que montaba, y que iba al paso, resbaló y cayó tres veces, haciendo en cada una que la espada de Francisco saliera de su vaina, formando con ésta una cruz. Tomó éste aquel prodigio como manifestación de Dios, que le quería para Sí, y resolvió cumplir el deseo que le venía el Señor inspirando de ser sacerdote. Pero aun había que vencer otra dificultad. Su padre acariciaba el proyecto de casarle con Francisca, la hija de Juan de Suchet, señor de Végy, rica y virtuosa.
  
De todos los obstáculos supo triunfar Francisco, confiado en Dios y en la Santísima Virgen. Manifestó a su padre el voto de castidad que había hecho y su evidente vocación al sacerdocio. Se conformó su padre, y en seguida se preparó Francisco a recibir con fervor las sagradas Ordenes, redoblando sus mortificaciones y penitencias; y el acto de su ordenación sacerdotal, que fue conmovedor, se verificó en Annecy el 18 de Diciembre de 1593.
  
Era obispo de aquella iglesia Claudio Granier, que amaba tiernamente a Francisco, y le miraba ya como a su sucesor. Mandóle que predicase; y lo hizo con tanta eficacia, que logró por fruto de su primer sermón trescientas conversiones grandes y ruidosas. No es ponderable el gusto con que le oían, ni el fervor y la eficacia con que predicaba. No había obstinación tan empedernida que pudiese resistir a su devoción en el altar, ni a su elocuencia en el pulpito. Andaba sin cesar de aldea en aldea y de choza en choza, instruyendo a innumerables pobres rústicos que vivían en el Cristianismo casi sin conocerle; y sus primeras excursiones apostólicas ganaron tantas almas para Jesucristo, que así el obispo de Ginebra como el duque de Saboya le hicieron misionero del Chablais, dominada por el protestantismo, no dudando que había de ser su apóstol.
  
Luego que Francisco recibió su misión, marchó a buscar al enemigo, sin más compañero que su pariente Luis de Sales, canónigo de Ginebra, y, sin acobardarle trabajos ni peligros, fue a atacar a la herejía calvinista en sus mismas trincheras. A vista de las iglesias arruinadas, de los monasterios asolados y de las cruces echadas por tierra, se llenó de dolor y se dobló el aliento de su celo. Lleno de aquella santa intrepidez y de aquella confianza, que hacen el carácter de los héroes cristianos, entró por Thonon, capital de la provincia, despreciando generosamente las befas, las irrisiones y los insultos de los protestantes. La paciencia, la modestia y la dulzura fueron las únicas armas de que se valió para resistir a los escarnios y a la malignidad de aquel furioso pueblo. Con esta moderación, y con los ejemplos de su vivísima virtud, se fueron domesticando aquellos ánimos feroces y aquellos corazones apostatas: habla, convence, mueve; óyenle, y se convierten. Se agita toda la secta protestante, y resuelven los ministros deshacerse de él. Avisado Francisco de sus intentos, no por eso se acobardó; antes bien se mostró mucho más celoso, y con sola su presencia desarmó a los asesinos que iban a matarle. Cerráronle las posadas, y se fue a dormir al campo. A las violencias sucedieron las calumnias: divulgaron de él que era mago, hechicero y brujo; adelantando que le habían visto en las juntas nocturnas que se dice celebran éstos en el sábado, danzando alrededor del demonio; pero nuestro Santo desarmó a todo el Infierno con su confianza en Dios y con su paciencia.
 
Teniendo noticia el barón de Hermance de las conspiraciones que se fraguaban contra su vida, quiso darle una escolta para su defensa; pero Francisco no la admitió, diciendo que había entrado en el Chablais como misionero, y como tal se había de mantener en él. A sus elocuentes predicaciones unía una caridad sin límites. Atravesó por un estrecho pontón todo cubierto de hielo, por ir a socorrer a unos pobres paisanos recién convertidos, que estaban de la otra parte de un arroyo bastante profundo, con grande admiración de todos, que se vieron obligados a confesar que sólo pudo atravesar Francisco sin sucumbir por especial milagro de Dios. Ningún peligro le detiene, ningún riesgo le acobarda; todos los arrostra por la salvación de aquel obstinado pueblo: de esta manera fueron excesivos sus trabajos, pero también fueron inmensas sus conquistas. Volvieron a entrar en el seno de la Iglesia los bailiajes de Ger, de Ternier y de Gaillard; todo el Chablais se convirtió, porque no había resistencia ni a la fuerza de sus discursos, ni a la virtud de sus ejemplos; y, por un milagro evidente, aquel cordero rodeado de lobos, en manifiesto peligro de ser despedazado por ellos, con su prudencia, con su mansedumbre y con su piedad convirtió á los mismos lobos en corderos. Siete católicos había en Thonon cuando llegó Francisco de Sales, y a los tres años de predicación pasaban de seis mil los convertidos en dicha ciudad, y de sesenta y dos mil en el resto de la comarca.

Tuvo varias controversias; ocho o diez veces ofreció disputar o conferenciar con los ministros protestantes sobre los puntos contestados; pero estuvieron tan lejos de aceptar la conferencia, que buscaron nuevos asesinos para quitarle la vida.
  
Extendióse por todas las cortes la fama de estas maravillas. El papa Clemente VIII le escribió un Breve laudatorio, en el que, después de haberse congratulado con él por los felices sucesos que lograba, le daba orden que pasase a Ginebra a disputar con Teodoro Beza, que recibió al apóstol Francisco con grandes muestras de atención; le oyó, con gusto al parecer, se confesó convencido, hasta derramar lágrimas; pero no se convirtió, porque dilató demasiado el convertirse, y, después de haber dado a nuestro Santo las más bellas palabras, al cabo murió apóstata en Ginebra.
  
Ciertamente, apenas se puede comprender cómo un hombre solo, y en tan poco tiempo, pudo hacer tantas maravillas y no rendirse al peso de tantos trabajos. Predicaba muchas veces al día, daba instrucciones particulares, tenía conferencias públicas, visitaba a los enfermos; buscaba a la gente más pobre y más desamparada en sus cabañas y en sus chozas; oía confesiones hasta muy entrada la noche; administraba los Sacramentos a los moribundos; asistía a los entierros. En fin, a ningún oficio perdonaba su cuidado, a todo se extendía su celo, y medía su caridad con las necesidades y no con la calidad de las personas, haciéndose todo a todos para ganarlos a todos.
  
Para asegurar el triunfo obtenido en el Chablais, fundó en Thonon una especie de universidad, con el título de la Santa Casa, destinada a la enseñanza de diferentes oficios manuales, y aun de las ciencias, juntamente con una sólida instrucción moral y religiosa.
 
La conversión de este país calvinista fue acompañada de milagros, uno de los cuales fue el siguiente: Una mujer calvinista, convencida, por los sermones de Francisco, del error en que estaba, difería su conversión y dejó que muriera sin el bautismo un hijo suyo. Al llevarle al cementerio, vio a nuestro Santo: se arrojó a sus pies la infeliz mujer, con el cadáver de su hijo en brazos, y exclamó entre sollozos: «¡Devolvedme mi hijo, Padre mío, siquiera el tiempo suficiente para ser bautizado!». Enternecido Francisco, se puso también de rodillas y pidió al Señor que despachase favorablemente la súplica de aquella madre. Oraba todavía el Santo, y el niño abrió los ojos y dio suspiros. Volvió a la vida, fue bautizado y vivió aún dos días más, con gran admiración de todos, sobre todo del médico que certificó de la muerte del niño.
  
La santa empresa que en tres años llevó Francisco de Sales a feliz término, habiéndose tenido durante medio siglo por punto menos que imposible, extendió la fama de este santo apóstol por todas partes. Entre los que más le admiraban era el cardenal Santiago de Perron, que, hablando de Francisco, decía que, si no le pidiesen más que convencer a los hugonotes, no tendría inconveniente en hacerlo; mas, para convertirlos, sería necesario enviar a Francisco de Sales.
  
No es, pues, de extrañar que el obispo de Ginebra le eligiera para su coadjutor, no sin tener que vencer la resistencia de la humildad de Francisco. Para ser preconizado y dar cuenta al Papa de los resultados de su misión en el Chablais, fue a Roma, donde fue recibido con grande cariño por Clemente VIII, ante quien sufrió un examen teológico tan brillante, que el Papa declaró que ninguno de los examinados hasta entonces le había satisfecho por completo como Francisco de Sales. Le abrazó y le dijo después estas palabras de los Proverbios (cap. V, versículos 15 y 16): Bebe, hijo mío, de las aguas de tu cisterna y de la fuente de tu pozo. Haz que la abundancia de tus aguas se derrame por todas las plazas públicas, para que todos puedan beber y saciar su sed. Fue preconizado en 1599 obispo de Nicópolis in pártibus infidélium, y auxiliar o coadjutor del de Ginebra.
  
Armas episcopales de San Francisco de Sales: En campo de azur, dos barras gemelas de oro, cargadas cada una de una divisa de gulés, acompañadas de una luna creciente de oro en jefe y de dos estrellas de seis rayos de oro en el abismo y en la punta (armas de la Casa de Sales). Su lema era NON EXCÍDET (No decaerá).
   
Apenas volvió Francisco a Saboya, cuando los negocios de la religión le precisaron a pasar a París. Allí fue recibido de Enrique IV y de toda la corte con respeto y veneración. La estimación y la confianza con que el rey le trató, y los públicos testimonios que dio de ella, fueron ocasión de que le levantasen una calumnia. Pretendieron hacerle sospechoso con el rey; pero presto se justificó plenamente, y la malignidad de los envidiosos sólo sirvió para que creciese el amor y el concepto que ya tenía aquel monarca de Francisco de Sales. Ofrecióle el rey beneficios y pensiones; llegó a brindarle con el obispado de París, pero todo lo agradeció cortesanamente y todo lo renunció con noble desinterés. Esta generosa prenda, su piedad, su dulzura y sus gratísimos modales encantaron a toda la corte. Predicó delante de ella; pero ¡con qué felicidad, con qué éxito! Las maravillosas conversiones que logró fueron fruto de los asombrosos ejemplos que dio en todo. Consiguió decreto del rey para que se volviese a establecer la religión católica en el bailiaje de Ger, cuya solicitud había sido el principal motivo de su viaje a la corte.
 
San Francisco de Sales confesando a un noble (Valentín Metzinger)
  
Durante su viaje de regreso a Ginebra recibió la noticia de la defunción de Claudio Granier, obispo de aquella diócesis. Como estaba ya designado Francisco para sucederle desde que fue preconizado obispo auxiliar, se preparó luego para tomar sobre sus hombros tan grave carga con oración y retiro. Consagrado obispo de Ginebra el 8 de Diciembre de 1603, visitó en seguida toda la diócesis a pie y sin ostentación alguna, consiguiendo numerosas conversiones y reforma en las costumbres.
  
Como ángel de paz, ajustó las disensiones que había entre el archiduque y el clero del Franco Condado; como legado de la Santa Sede, reformó las abadías de Talloires, de Abondance, de Puitdorbe, de Santa Catalina y de Six; como buen pastor, apacentó sus ovejas con el pan de la divina palabra, y expuso cien y cien veces su vida por su salvación, mereciendo mil bendiciones del Cielo para toda su diócesis.
  
Crecía por instantes su fama. Los príncipes se competían unos a otros en darle los más ilustres testimonios de su alta estimación. No quiso admitir muchas ricas abadías con que le brindó Enrique IV, y renunció el capelo de cardenal que le ofreció el papa León XI. Sus relaciones con San Pedro Canisio, el Venerable cardenal César Baronio, el de Perron, San Roberto Belarmino, Lessio y otros hombres célebres hicieron que el papa Paulo V le consultase sobre la cuestión famosa De auxíliis, y que la decisión que tomó el Papa lo fuese por consejo de San Francisco de Sales. No es extraño, pues, que se le compare con los antiguos doctores de la Iglesia. De todas partes le consultaban como a oráculo de su siglo; y lo que parecía increíble, si la experiencia no hubiera mostrado lo contrario, esta multitud de tantas y tan graves ocupaciones no le estorbaron predicar muchas Cuaresmas en Annecy, en Grenoble, en Chambéry, ni retirarse todos los años a ejercicios espirituales al Colegio de la Compañía.
  
Al mismo tiempo que el Santo obispo comunicaba a todas partes los ardores de su celo, supo que le habían acusado ante Su Santidad de poco vigilante en desterrar de su obispado los libros heréticos o de doctrina sospechosa. Y el Santo, que siempre había manejado las armas de la invicta paciencia para rebatir los golpes de la calumnia, mostró en esta ocasión, por la vivacidad vigorosa con que se justificó, el horror con que miraba tan perniciosa negligencia.
  
No se contentó Francisco con que su celo fuese inmenso; quiso en cierta manera hacerle perpetuo componiendo aquel excelente libro de la Introducción a la vida devota, que él solo vale por cuantos libros espirituales se han escrito. Apenas salió a luz esta admirable obra, cuando cierto predicador indiscreto comenzó a declamar furiosamente contra ella, calificándola de perniciosa y de relajada, y llegó a quemar un ejemplar públicamente en el púlpito. Contaron al Santo este suceso, y todo su resentimiento se redujo a decir: que deseaba tan abrasado en el fuego del amor de Dios el corazón de aquel Padre, como su libro lo había sido de las llamas.
  
Pero ninguna empresa fue más digna de aquella grande alma, ninguna pudo ser más útil a toda la Iglesia, que la fundación de la Orden de la Visitación, uno de los más bellos ornamentos de la Iglesia.
  
El día 6 de Junio del año 1610, en que se celebraba la fiesta de la Santísima Trinidad, la célebre Santa Juana Francisca Frémiot, baronesa viuda de Chantal; Jacqueline, la hija de Francisco Fabre, presidente del Senado de Saboya; y Juana Carlota, la noble doncella de la casa de Bréchard de Nivernois, dieron principio a este nuevo instituto bajo la dirección de San Francisco de Sales, que había ido a predicar a Dijon la santa cuaresma. Después que el santo fundador confesó y dio la comunión a aquéllas sus nuevas hijas, les dio también unas reglas llenas de dulzura, de discreción y de prudencia, en las cuales viene a comprenderse como reducida a arte toda la perfección cristiana, siendo fruto de una vida dulce, tranquila y nada austera. Esta Orden religiosa es aquella grande obra de nuestro Santo, que con tanto esplendor está difundida por todo el Universo, y después de casi tres siglos conserva todo el fervor de su primitivo espíritu, contándose más de seis mil seiscientas esposas de Jesucristo que edifican a la Iglesia con sus ejemplos, y son digno objeto de la admiración de los pueblos con sus religiosas virtudes.
 
San Francisco de Sales entrega las Constituciones de la Orden de la Visitación a Santa Juana de Chantal (Valentín Metzinger).
  
De esta Orden de la Visitación solía decir más tarde su santo fundador con santo gracejo: «Me llaman fundador de una Orden, y, sin embargo, hice lo que no he querido, y no he hecho lo que quería». Esto se explica sabiendo que el proyecto de Francisco era fundar una congregación de señoras, cuya vida, menos austera que la de los demás conventos, permitiera recibir en ella a viudas y señoras de edad e impedidas, sin clausura, para que salieran a visitar a los enfermos. De aquí su nombre de Visitadoras, y Visitación el de la Orden. Pero hubo obstáculos a este proyecto; y las consideraciones del cardenal arzobispo de Lyon le obligaron a desistir de él y a adoptar la forma que hoy tiene con aprobación del papa Paulo V.
  
Poco tiempo después compuso el admirable libro de la Práctica del amor de Dios, que el papa Alejandro VII llamaba libro de oro; del cual han hecho elevadísimos elogios los más ilustres prelados. En la Introducción a la Vida Devota (dice el célebre obispo de Vence, el señor Godeau), Francisco es un ángel que guía a los Tobías pequeñuelos por el camino y por la peregrinación de esta vida; en el tratado del Amor de Dios es un abrasado serafín que pega el fuego del amor celestial al corazón de los perfectos. Este enseña a volar; aquél, a caminar por las sendas del Evangelio con modo sencillo, pero sólido y seguro: el uno da el pan de los fuertes a las almas fuertes; el otro nutre con suavísima leche a los que no son capaces de alimento más robusto.
  
Otras muchas obras devotas dio a luz San Francisco de Sales, llenas todas de igual solidez, y de aquella divina unción que sólo el Espíritu Santo es capaz de derramar. Por eso el papa Alejandro VII, en la bula de su canonización, declara que los saludables escritos de este Santo son hachas brillantes y encendidas que introducen la luz y pegan fuego a todos los miembros del cuerpo místico de la Iglesia.
  
El año de 1622 recibió Francisco orden de su soberano, el duque de Saboya, para pasar a Aviñón a recibir al príncipe y a la princesa del Piamonte. Desde Aviñón pasó a Lyon, de Francia, donde a la sazón se hallaba el rey cristianísimo Luis XIII con toda la corte, de quien recibió singulares honras y especiales demostraciones de aprecio y de veneración. Por su parte correspondió también con nuevas pruebas de celo y de respeto. Aunque se hallaba con la salud bastante quebrantada, predicó en la iglesia del colegio de la Compañía, y se dedicó a todo género de ministerios, hallándole pronto cuantos le buscaban para su consuelo y para su alivio en las necesidades espirituales.
  
El día de Navidad dio el hábito de la Visitación a dos doncellas, predicó sobre el misterio del día, y le pasó todo en tiernas y piadosísimas conferencias con toda la comunidad. Al amanecer del día de San Juan sintió que se le debilitaba la vista y se le iban disminuyendo las fuerzas, mas no por eso dejó de celebrar aquel día. Luego que dio gracias fue a visitar al duque de Nemours para interceder por aquellos mismos ministros del ducado de Ginebra que tanto le habían dado en qué merecer, y no se retiró hasta que les consiguió el perdón. Por la noche cayó en una especie de delirio, que pronto se declaró en apoplejía.
  
Apenas se divulgó en la ciudad su peligro, cuando todos concurrieron a visitarle. Los primeros que llegaron fueron los jesuitas del Colegio de San José; y luego que los vio el Santo les dijo con el mayor agrado: Padres míos, ya ven que, en él estado en que me hallo, sólo tengo necesidad de la misericordia de mi Dios; implórenla por mí y para mi, que yo todo lo espero de su bondad. Mucho tiempo ha que tengo hecho al Señor sacrificio de mi vida. En fin, el día 28 de Diciembre del año 1622, este insigne prelado, reverenciado de los pueblos, honrado de los príncipes, amado de los vicarios de Jesucristo, y, lo que es más admirable, respetado hasta de los mismos herejes, de quienes era el mayor azote, rindió a Dios su espíritu inocente y puro con aquella misma tranquilidad con que había vivido. Murió a las ocho de la noche, en el cuarto del hortelano del convento de la Visitación, a los cincuenta y seis años de su edad, y a los veinte de su pontificado.
   
Abrieron el santo cuerpo para embalsamarle, y con esta ocasión se reconoció que aquella grande dulzura, que tanto admiraron todos, no era natural a su genio, pues que se le encontró la vesícula biliar endurecida y petrificada, dividida en muchos y muy consistentes pedacillos, por la continua violencia que se había hecho para reprimir la cólera a que naturalmente estaba sujeto.
  
Luego que se extendió la noticia de su muerte, fue extraordinaria la conmoción y el concurso de todo el pueblo. Condújose el santo cadáver a Annecy, con pompa digna de su mérito y correspondiente a la celosa veneración con que todos le miraban. Diósele sepultura en la iglesia del primer convento de la Visitación; y su corazón, que hoy día se venera entero, engastado entre dos corazones de oro, se quedó en Lyon de Francia, en el convento de la Visitación que está en Bellecour, y fue fundación del mismo Santo y de la ilustre Santa Madre Chantal el año de 1615, poco tiempo después que se fundó el de Annecy, disponiendo la Divina Providencia que después de muerto se quedase su corazón con aquellas hijas a quienes había tenido más dentro de él cuando vivo.
  
Hallándose en Lyon el rey Luis XIII el año 1630, habiendo caído malo, deseó Su Majestad ver el corazón de San Francisco de Sales. Trájosele su confesor; y, habiendo recobrado al punto la salud, contribuyó mucho para que creciese la devoción que ya se tenía al Santo. Agradecido el piadoso monarca, mandó hacer, en testimonio de su reconocimiento, una urna de oro donde se reservase aquella preciosa reliquia. Algunos años antes de su canonización recibió por medio de ella semejante favor el duque de Mercurio; y su madre, la duquesa de Vandome, mandó fabricar otra grande caja de oro, donde estuviese cerrado todo el relicario.
  
Fue canonizado por Alejandro VII en 1666. El papa Beato Pío IX, por su breve Dives in misericórdia, de 16 de Noviembre de 1877, le declaró doctor de la Iglesia, y, por último, León XIII le ha declarado recientemente patrono de la prensa católica.
  
La edición completa de las obras de San Francisco de Sales se publicó en 1892 por las religiosas del primer monasterio de la Visitación de Annecy, en ocho grupos, a saber: 1º Las controversias. 2º Defensa del estandarte de la Santa Cruz. 3º Introducción a la vida devota. 4º Tratado del amor de Dios. 5º Coloquios. 6º Ser­mones. 7º Cartas; y 8º Opúsculos.
  
JEAN CROISSET SJ. Año Cristiano, tomo I.
  
MEDITACIÓN SOBRE EL CORAZÓN DE SAN FRANCISCO DE SALES
I. El corazón de San Francisco de Sales ardía con el fuego del amor divino. Este amor le hizo emprender todo lo que juzgó apto para contribuir a la gloria de Dios y a la salvación del prójimo. Sus predicaciones, sus pláticas, sus libros, son pruebas de esta verdad. ¡Ah! si amases a Dios como él, te burlarías de las riquezas, de los placeres, de los honores, y no dejarías perder las ocasiones de incitar a los demás a amar al Señor. ¡Oh Dios que sois tan amable! ¿por qué sois tan poco amado? ¡Oh fuego que siempre ardéis, fuego que nunca os extinguís, abrasad mi corazón!
 
II. El corazón del Santo sólo tenía dulzura y ternura para el prójimo; después de su muerte no se le encontró hiel en el cuerpo. Consolaba a los enfermos, daba limosna a los pobres, instruía a los ignorantes, y con su afabilidad trataba de que se le allegasen los pecadores, a fin de conducirlos enseguida al redil de Jesucristo.
  
III. Ese corazón, en fin, que era todo amor para Dios y toda dulzura para el prójimo, trataba a su cuerpo como a enemigo; para domar sus pasiones no retrocedía ante mortificación alguna, ante sacrificio alguno. Examina la causa de tus penas, Y verás que provienen de las pasiones que no supiste domeñar. Aquél que ha vencido a sus pasiones adquirió una paz duradera.

La dulzura. Rogad por la orden de la Visitación.

ORACIÓN
Oh Dios, que has querido que el bienaventurado San Francisco de Sales, tu confesor y pontífice, fuese todo para todos para salvar a las almas, difunde en nosotros la dulzura de tu caridad, y haz que, dirigidos por sus consejos y asistidos por sus méritos, lleguemos al gozo eterno. Por J. C. N. S. Amén.

lunes, 28 de enero de 2019

LOS PEORES ENEMIGOS DE LA IGLESIA SON LOS “CATÓLICOS LIBERALES”

  
«Estad seguros, día llegará en que la misma revolución, sagaz como su jefe, se ría y menosprecie a los que la sirvieron o de alguna manera pidieron favor o gracia. Es un error, y error funesto a la Iglesia y a las almas, transigir con los enemigos de Jesucristo y andar blandos y complacientes con ellos. Mayores estragos ha hecho en la Iglesia de Dios la cobardía velada de prudencia y moderación, que los gritos y golpes furiosos de la impiedad. (…)
 
¿Qué bienes se han conseguido con las blanduras y coqueteos con los enemigos de Jesucristo? ¿Qué males se han evitado, pequeños ni grandes, por esos caminos? No se consigue otra cosa con esa conducta que afianzar el poder de los malos, calmando ¡Oh dolor! el santo odio que se debe tener a la herejía y al error; acostumbrando a los fieles a ver esas situaciones de persecución religiosa con cierta indiferencia.
  
Esos mismos católicos tienen escrúpulo, al parecer, de pedir a los Gobiernos que tapen la boca a los blasfemos y hagan callar a los propagadores de herejías; pero, en cambio, quisieran que Roma impusiera silencio a los más decididos defensores de la verdad. (…) Con razón Pío IX, el grande, decía lleno de amargura el 17 de septiembre de 1861: “En estos tiempos de confusión y desorden no es raro ver a cristianos, a católicos- también los hay en el clero- que tienen siempre en boca las palabras de término medio, conciliación y transacción. Pues bien, yo no titubeo en declararlo: estos hombres están en un error, y no los tengo por los enemigos menos peligrosos de la Iglesia”».
  
BIENAVENTURADO Mons. EZEQUIEL MORENO Y DÍAZ O.A.R., Obispo de San Juan de Pasto. Cartas pastorales, circulares y otros escritos, págs. 244, 265-267. (Carta cuaresmal, 1 de Febrero de 1901).

FRUTOS DEL CONCILIO: LA JMJ PANAMÁ (Reportes curiosos que no verás en ningún otro sitio)

Se acabó la XXXVI Jornada Mundial de la Juventud, celebrada en Ciudad de Panamá. Hubo mucho jaleo noticioso y anécdotas seguidas por periodistas profesionales y amateurs, junto con las blasfemias e irreverencias que suelen acontecer en estos eventos de la iglesia conciliar. A continuación os presentamos algunos hechos que, como dice el título, no verás en los grandes medios, los cuales analizaremos agudamente como siempre.
  
1º SUSPENDEN EL EXAMEN RELÁMPAGO DEL “Padre Sam”.
El presbítero salvadoreño Francisco Samuel Bonilla Amaya, mejor conocido como el “Padre Sam” (30, nacido en Nombre de Dios, Sensuntepeque, depto. Cabañas), instalado el 20 de Enero de 2016 por el cardenal saxofonista y encubridor Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga SDB para Tegucigalpa (Honduras) le preguntó a los jóvenes concurrentes a la trigesimo sexta versión del Woodstock conciliar, por otro nombre Jornada Mundial de la Juventud, sobre los Diez Mandamientos de la Ley de Dios, ¡Y NO SE LOS SABÍAN!

   
 
Claro, cómo van a saber que existen los Mandamientos, si en la iglesia conciliar no hablan de ellos, y cuando lo hacen, es recurriendo a la sorna y a la negación de los mismos. Y después se quejan esos mismos prelados conciliares de que los protestantes les arrebatan la feligresía (clientela). Por algo dice el Espíritu Santo por la boca de San Oseas Profeta: «MI PUEBLO PERECE POR FALTA DE CONOCIMIENTO; PORQUE TÚ RECHAZASTE EL CONOCIMIENTO, YO TE RECHAZO A TI DE MI SACERDOCIO; POR OLVIDARTE DE LA LEY DE TU DIOS, ME OLVIDARÉ DE TUS HIJOS» (cap. 4, 6).
  
2º JOVEN COLAPSA AL VER AL “PAPA”
El diario local CRÍTICA publicó en su página de Facebook y en su cuenta de Instagram un vídeo en el que un joven de nacionalidad nicaragüense (así trascendió en los comentarios, así que POR  FAVOR, NO SE ENOJEN, que no estamos generalizando), mientras hacía una transmisión en vivo con su móvil a sus compatriotas, al ver a Bergoglio pasando en su vehículo por la ciudad capital el día 24, comienza a agitarse y a gritar frenéticamente diciendo «¡Acabo de ver al Papa!» mientras que otro intenta en vano tranquilizarlo.

https://www.facebook.com/CriticaPanama/videos/1233027333520115/
Clic sobre la imagen para ver el vídeo
 
San Pablo Apóstol en el capítulo V de su carta a los Gálatas, y el Catecismo nos enseñan que en oposición a las obras de la carne (adulterio, fornicación, deshonestidad, lujuria, culto de ídolos, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, enojos, riñas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, embriagueces, glotonerías et álibi aliórum) existen los frutos del Espíritu Santo, a saber: Caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, y castidad. Estos tres últimos, como enseña el Compendio Moral Salmaticense, regulan por una superior moción tanto las pasiones y concupiscencias, como también las acciones exteriores.

Como vemos en este caso particular que el diario CRÍTICA registró como «A este le dio una vaina. Se desconoce si la reacción es verdadera o falsa», se manifiesta una ausencia de la modestia en el exterior y de continencia en el interior de la persona implicada, y sí el culto del ídolo Bergoglio, que hace transmitir a sus seguidores el espíritu del Seudoprofeta, la tercera persona de la Trinidad infernal (recordar que el diablo siempre intenta remedar a Dios). Donde está Dios, hay orden y compostura; y en la JMJ, el que estuvo presente fue otro. HEMOS DICHO.

3º BERGOGLIO: LA PASIÓN DE CRISTO CONTINÚA EN LA “MADRE TIERRA”
Como es habitual en la JMJ, el viernes 25 hubo un vía crucis. Este se hizo con temática de los problemas latinoamericanos y tomando como referencia para las estaciones el denominado Vía Crucis Bíblico, dando de mano con las 14 estaciones que la Iglesia Católica ha rezado siempre. En su discurso de clausura del Vía crucis que Bergoglio presidió el viernes 25 en la Cinta Costera de Ciudad de Panamá, dijo:
«Padre, el vía crucis de tu Hijo se prolonga en el grito de nuestra madre tierra, que está herida en sus entrañas por la contaminación de sus cielos, por la esterilidad en sus campos, por la suciedad de sus aguas, y que se ve pisoteada por el desprecio y el consumo enloquecido que supera toda razón».
Es de advertir nuevamente el tema del ecologismo vergonzante y New Age del que Bergoglio es abanderado desde los tiempos del Laudato sii, y que será uno de los próximos temas en el Sínodo de la Amazonía, que se realizará el Octubre adveniente. Y nuevamente es de señalar que por una parte, el hombre fue constituido por Dios en forma irrevocable como dominador de la creación, y por otra que inexorablemente, este mundo será destruido con fuego en el día del Juicio Final (ver II Pedro 3, 15 y Apocalipsis 20), así que de nada vale el discurso ambientalista ante la ira del Dios Todopoderoso, que está a la puerta.
 
Ahora bien, donde el Vía Crucis continúa es en la verdadera Iglesia Católica, que de institucionalmente tener poder y gloria ha pasado a estar en las catacumbas del exilio, reducida desde hace sesenta años a su más mínima expresión por culpa de la Apostasía oficializada en el Vaticano II. Pero a pesar de todo, la Iglesia ha sobrevivido a las peores persecuciones, que han demostrado que es la verdadera y la única que Nuestro Señor Jesucristo, y será restablecida en gloria al Fin de los Tiempos. Oremos y esforcémonos con buenas obras y fe impertérrita para ser hallados dignos.
  
BREVES:
  • Tiembla, Lisboa, que te toca en el 2022 ser la sede de la edición XXXIX de la JMJ.
  • Según Alessandro Gisotti, quien remplazó al opusino Gregory Joseph “Greg” Burke en la Oficina de Prensa, Bergoglio estudia la posibilidad de viajar a Japón en Noviembre, y que Iraq fue descartado por seguridad (¿miedo al martirio a manos de sus “hermanos” sarracenos?).
  • ¿Beatificarán al médico venezolano José Gregorio Hernández Cisneros? Inició la fase romana de estudio de un posible milagro.

domingo, 27 de enero de 2019

DE LOS FRUTOS DEL ESPÍRITU SANTO

 
P. ¿Qué cosa son los frutos del Espíritu Santo? R. Que son: Actus perfécti procedéntes ex speciáli motióne Spíritus Sancti, quibus homo operátur suáviter, et delectabíliter. Llámanse frutos del Espíritu Santo, por proceder del hombre fecundado de este divino Espíritu, mediante su virtud, que es su semilla.
 
P. ¿Cuántos son los frutos del Espíritu Santo? R. Que son doce, es a saber: Caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, y castidad. Así los numera el Apóstol ad Gálatam Cap. 5. Los tres primeros perfeccionan el alma en sus bienes, dentro de sí misma; porque mediante ellos ama a Dios con gozo y paz, sin que las pasiones la perturben, que es un felicísimo estado. La paciencia y longanimidad perfeccionan el alma dentro de sí misma, para superar las adversidades interiores, y exteriores de esta vida, y el que se le dilate el gozar de los bienes de glora. La bondad, benignidad, mansedumbre, y fe perfeccionan el alma, en orden al prójimo, comunicándole sin ira ni fraude, sino antes bien con sinceridad, benignidad, y fidelidad los bienes, así espirituales, como temporales. Últimamente la modestia, continencia, y castidad perfeccionan el alma, acerca de las pasiones y concupiscencias, regulando, así a éstas, como a las acciones exteriores, suavemente por una superior moción.
  
FRAY MARCOS DE SANTA TERESA OCD. Compendio Moral Salmaticense, tomo I, tratado cuarto, cap. III, punto 2º. Pamplona, Imprenta de José Rada, 1805, págs. 130-131

SIETE DOMINGOS EN HONOR A SAN JOSÉ

Esta maravillosa tradición, cuyo origen se remonta al siglo XVI, consiste en dedicar los siete domingos anteriores a la fiesta de San José a acudir con especial detenimiento al Esposo de María Virgen, para expresarle cariño y pedirle mercedes. Los ejemplos que se presentan a consideración fueron tomados del libro El devoto josefino, de la autoría del padre Enrique de Ossó.
  
INDULGENCIAS
El Sumo Pontífice Gregorio XVI, mediante decreto del 22 de Enero de 1836 concedió a todos los fieles que, a lo menos con corazón contrito, recen devotamente las oraciones de los Gozos y Dolores en siete domingos continuos, las siguientes Indulgencias: 300 días en cada uno de los seis primeros domingos; plenaria en el séptimo confesando y comulgando.
  
Su Santidad Pío IX, mediante decretos de la Sagrada Congregación de Indulgencias del 1 de Febrero y el 22 de Marzo de 1847, se dignó conceder una Indulgencia plenaria para cada uno de los siete domingos de San José, si se observan las condiciones de confesión, comunión y visita en cualquier templo, rogando por las necesidades de la santa Iglesia.
  
El Santo Padre Pío XI, mediante decreto de la Sagrada Penitenciaría Apostólica del 23 de Mayo de 1936, amplió la Indulgencia parcial a 5 años cada domingo, y ratificó la Indulgencia Plenaria, con las condiciones de rigor.
 
Se pueden rezar también en cualquier época del año; pero se exige que sean siete domingos seguidos, sin interrupción, y que en cada domingo se recen todos los Dolores y Gozos de San José; y quien no sabe leer rece siete veces el Padrenuestro, Avemaria y Gloria. Se recomienda a la piedad de los fíeles que en cada domingo lean una de las meditaciones que van a continuación.
  
Las indulgencias son aplicables por las Benditas Almas del Purgatorio, con las condiciones acostumbradas.
  
SIETE DOMINGOS EN HONOR A SAN JOSÉ
  
 
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
  
ACTO DE CONTRICIÓN PARA TODOS LOS DOMINGOS
¡Dios y Señor mío, en quien creo, en quien espero y a quien amo sobre todas las cosas! Al pensar en lo mucho que habéis hecho por mí y lo ingrato que he sido yo a vuestros favores, mi corazón se confunde y me obliga a exclamar: ¡Piedad, Señor, para este hijo rebelde y perdonadle sus extravíos, que le pesa de haberos ofendido, y desea antes morir que volver a pecar! Confieso que soy indigno de esta gracia; pero os la pido por los méritos de vuestro padre nutricio San José. Y Vos, gloriosísimo abogado mío, recibidme bajo vuestra protección, y dadme el fervor necesario para emplear bien este rato en obsequio vuestro y utilidad de mi alma. Amén.
 
PRIMER DOMINGO
DOLOR: Cuando estaba dispuesto a repudiar a su Inmaculada esposa. - GOZO: Cuando el Arcángel le reveló el sublime misterio de la Encarnación.
  
MEDITACIÓN
María y José, fieles al voto de virginidad que habían hecho, vivían como ángeles en su pobre casa de Nazaret; cuando por obra del Espíritu Santo concibió María en sus castísimas entrañas al Hijo de Dios, José ideó el proyectó de separarse de su esposa, y de hacerlo ocultamente, para que no resultase infamia para María. Aunque en general los Doctores explican esta resolución fundándola en que José ignoraba el misterio de la Encarnación.
  
Turbado con estos pensamientos, pensaba el humilde José huir de su casa y de su esposa virginal, cuando he aquí que el ángel del Señor se le aparece, y le dice: «José, hijo de David, no tengas recelo en recibir a María tu esposa, porque lo que se ha engendrado en su seno es obra del Espíritu Santo».
   
San Juan Crisóstomo nos declara que el arcángel Gabriel llamó a José por su nombre para infundirle confianza, y le recordó su origen de David para que tuviera en cuenta el cumplimiento de la promesa que Dios había hecho al Rey Profeta: que el Mesías nacería de su descendencia.
  
Las palabras del ángel inundaron el corazón de José de inefable júbilo. Recobrado de su turbación, fue tan grande su gozo, que exclamaría como el Salmista: «Vuestros consuelos, oh Señor, me han regocijado tanto el alma cuanto era grande la muchedumbre de mis padecimientos». Así pues, en un instante apaciguó Dios la tormenta que agitaba el corazón de José, y le restituyó acrecentada con mucho su dulce tranquilidad. Ved aquí lo que acontece a las almas que se someten a la voluntad de Dios con entera confianza. «Por obra de vuestra misericordia, oh Señor, habéis querido que a la tempestad siga la calma, y que después de la aflicción y de las lágrimas, venga la alegría a los corazones». Así se expresaba en su agradecimiento aquel santo varón Tobías, tan afligido con trabajos, y tan grandemente consolado por el Señor.
   
¡Oh Patriarca Señor San José! Por este dolor y gozo vuestro, alcanzadnos la gracia de conformarnos siempre y en todas las cosas con la justísima, altísima y amabilísima voluntad de Dios. Amén.
   
ORACIÓN
Oh castísimo esposo de María, glorioso San José, ¡qué aflicción y angustia la de vuestro corazón en la perplejidad en que estabais sin saber si debíais abandonar o no a vuestra esposa sin mancilla! Pero ¡cuál no fue también vuestra alegría cuando el ángel os reveló el gran misterio de la Encarnación! Por este dolor y este gozo os pedimos consoléis nuestro corazón ahora y en nuestros últimos dolores, con la alegría de una vida justa y de una santa muerte semejante a la vuestra, asistidos de Jesús y de María, y la gracia que solicitamos si es a mayor gloria de Dios y salvación de nuestras almas. Pater, Ave y Gloria.
 
EJEMPLO: Una distinguida señora escribía con fecha 29 de enero de 1866, a una amiga suya, participándole el favor que acababa de recibir de San José.
  
Una persona ya entrada en años, por la cual ella se interesaba mucho, vivía en un completo olvido de sus deberes religiosos, de suerte que hacía más de treinta y cinco años que no había recibido ningún sacramento ni practicado acto alguno de devoción. Ni las instancias reiteradas de varios amigos influyentes, ni los avisos providenciales enviados a aquella oveja descarriada, fueron bastantes para ablandar su corazón empedernido. Cayó enfermo el infeliz, y púsose de cuidado: entonces fue cuando la caritativa señora, alarmada por el estado crítico de su querido anciano, buscaba medios para que no se perdiese aquella alma, que tanto había costado al divino Redentor; y acordándose del grande poder del Patriarca Señor San José (de quien era muy devota) para socorrer a los moribundos, le suplicó que viniese en su ayuda, y llena de fervor le prometió hacer la devoción de los Siete Domingos en memoria de sus dolores y gozos, esperando que le alcanzase la conversión del enfermo que ella tanto deseaba. ¡Cosa admirable! Ya en el primer domingo sintió la eficacia de su oración: fue un sacerdote a visitar al enfermo; éste lo recibió muy bien; le insinuó que quería confesarse; hizo en efecto una confesión entera y muy dolorosa, y pidió le administrasen los demás sacramentos al día siguiente. A pesar de su extrema debilidad, el buen anciano recibió de rodillas en la cama a su Dios, a quien había olvidado por tan largo tiempo, y desde entonces no cesó de demostrar la alegría de que estaba llena su alma. Había perdido la fe, pero la recobró y con ella una prenda de la gloria.
  
Ojalá este nuevo favor, obtenido por medio de la devoción de los Siete Domingos, mueva a otras buenas almas a practicarla para conseguir la conversión de aquellas personas por las cuales se interesan!
  
OBSEQUIO: Callaré y sufriré sin replicar cuando me culpen sin motivo.
JACULATORIA: Glorioso Señor San José, sed mi abogado en esta vida mortal.
  
Abundantísimo fruto espiritual se sacaría de esta práctica de los Siete Domingos consagrados a honrar al excelso Patriarca Señor San José, si los obsequios y jaculatorias de cada domingo se practicaran con cuidado en todos los días de la semana.
   
GOZOS DEL GLORIOSO PATRIARCA Y ESPOSO DE MARÍA, SAN JOSÉ
  
Pues sois santo sin igual
Y de Dios el más honrado:
Sed, José, nuestro abogado
En esta vida mortal.
    
Antes que hubiéseis nacido,
Ya fuisteis santificado,
Y ab ætérno destinado
Para ser favorecido:
Nacísteis de esclarecido
Linaje y sangre real.
Sed, José, nuestro abogado
En esta vida mortal.
    
Vuestra vida fue tan pura
Que en todo sois sin segundo:
Después de María, el mundo
No vio más santa criatura;
Y así fue vuestra ventura
Entre todos sin igual.
Sed, José, nuestro abogado
En esta vida mortal.
    
Vuestra santidad declara
Aquel caso soberano,
Cuando en vuestra santa mano
Floreció la seca vara;
Y porque nadie dudara,
Hizo el Cielo esta señal.
Sed, José, nuestro abogado
En esta vida mortal.
    
A vista de este portento,
Todo el mundo os respetaba,
Y parabienes os daba
Con alegría y contento;
Publicando el casamiento
Con la Reina celestial.
Sed, José, nuestro abogado
En esta vida mortal.
    
Con júbilo recibísteis
A María por esposa,
Virgen pura, santa, hermosa,
Con la cual feliz vivísteis,
Y por Ella conseguísteis
Dones y luz celestial.
Sed, José, nuestro abogado
En esta vida mortal.
    
Oficio de carpintero
Ejercitásteis en vida,
Para ganar la comida
A Jesús, Dios verdadero,
Y a vuestra Esposa, lucero,
Compañera virginal.
Sed, José, nuestro abogado
En esta vida mortal.
    
Vos y Dios con tierno amor
Daba el uno al otro vida,
Vos a Él con la comida,
Y Él a Vos con su sabor:
Vos le disteis el sudor,
Y Él os dio vida inmortal.
Sed, José, nuestro abogado
En esta vida mortal.
    
Vos fuisteis la concha fina,
En donde con entereza
Se conservó la pureza
De aquella Perla divina,
Vuestra Esposa y Madre digna,
La que nos sacó de mal.
Sed, José, nuestro abogado
En esta vida mortal.
    
Cuando la visteis encinta,
Fue grande vuestra tristeza;
Sin condenar su pureza,
Tratábais vuestra jornada;
Estorbóla la embajada
De aquel Nuncio celestial.
Sed, José, nuestro abogado
En esta vida mortal.
    
“No tengáis, ¡oh José!, espanto
–El Paraninfo decía–:
Lo que ha nacido en María
Es del Espíritu Santo”:
Vuestro consuelo fue tanto,
Cual pedía caso tal.
Sed, José, nuestro abogado
En esta vida mortal.
    
Vos sois el hombre primero
Que visteis a Dios nacido;
En vuestros brazos dormido
Tuvisteis aquel Lucero,
Siendo Vos el tesorero
De aquel inmenso caudal.
Sed, José, nuestro abogado
En esta vida mortal.
    
Por treinta años nos guardásteis
Aquel Tesoro infinito
En Judea, y en Egipto
A donde lo retirásteis;
Entero nos conservasteis
Aquel rico mineral.
Sed, José, nuestro abogado
En esta vida mortal.
    
Cuidado, cuando perdido,
Os causó y gran sentimiento
Que se os volvió en contento
Del Cielo restituido;
De quien siempre obedecido
Sois con amor filial.
Sed, José, nuestro abogado
En esta vida mortal.
    
A vuestra muerte dichosa,
Estuvo siempre con Vos
El mismo humanado Dios,
Con María vuestra Esposa:
Y para ser muy gloriosa,
Vino un coro angelical.
Sed, José, nuestro abogado
En esta vida mortal.
    
Con Cristo resucitásteis
En cuerpo y alma glorioso,
Y a los Cielos victorioso
Vuestro Rey acompañasteis,
A su derecha os sentasteis
Haciendo coro especial.
Sed, José, nuestro abogado
En esta vida mortal.
    
Allá estáis como abogado
De todos los pecadores,
Alcanzando mil favores
Al que os llama atribulado:
Ninguno desconsolado
Salió de este tribunal.
Sed, José, nuestro abogado
En esta vida mortal.
    
Los avisos que leemos
De Teresa nuestra madre,
Por Abogado y por Padre
Nos exhorta que os tomemos:
El alma y cuerpo sabemos
Que libráis de todo mal.
Sed, José, nuestro abogado
En esta vida mortal.
   
Vio vuestro poder, y un día
El Pontifice Pío noveno
A Vos como a su Patrono
Toda la Iglesia confía;
Humilla, pues, la osadía
Del ejército infernal.
Sed, José, nuestro abogado
En esta vida mortal.
 
Pues sois santo sin igual
Y de Dios el más honrado,
Sed, José, nuestro abogado
En esta vida mortal.

Antífona: ¡Oh feliz Varón, bienaventurado San José! A quién le fue concedido no sólo ver y oir al Hijo de Dios, a quién muchos quisieron ver y no vieron, oir y no oyeron, sino también abrazarlo, besarlo, vestirlo y custodiarlo.
℣. Ruega por nosotros, oh bienaventurado San José.
℟. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo.
    
ORACIÓN
Oh Dios, que, con inefable providencia, te dignaste elegir a San José para Esposo de tu Santísima Madre: haz, te suplicamos, que al que veneramos en la tierra como Protector, merezcamos tenerle por intercesor en los cielos. Tú que vives y reinas con Dios Padre en la unidad del Espíritu Santo, y eres Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
    
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
SEGUNDO DOMINGO
Por la señal...
Acto de Contrición
     
DOLOR: Ver nacer el niño Jesús en la pobreza. - GOZO: Escuchar la armonía del coro de los ángeles y observar la gloria de esa noche.
   
MEDITACIÓN
Llegados María y José a Belén para cumplir el mandato de César Augusto, buscan en vano de puerta en puerta el abrigo de un techo hospitalario: el mundo cierra sus moradas a los huéspedes pobres, y niega asilo a la santidad y a la inocencia, como lo refiere el santo Evangelio, que dice: «El Hijo de Dios vino a los suyos, y los suyos rehusaron recibirle». José se vio reducido a buscar un establo abandonado; y en tal lugar plugo al Hijo del Eterno nacer, lejos de los resplandores de la gloria en que reina.
  
¡Cuál sería el dolor del corazón de José, mirando al divino Niño en lugar propio de bestias, y como ellas reclinado en pajas húmedas y heladas por los rigores del invierno! ¡Cómo se conmovería lo íntimo de sus paternales entrañas con aquel primer llanto del Salvador, ocasionado por el padecimiento! Si fueron tiernas, no fueron en verdad menos amargas las lágrimas que el Patriarca mezcló con las que derramaba el Niño Dios en expiación de nuestras culpas. José inclina la frente al suelo y adora como a su Dios, como a Criador del cielo y de la tierra y como a Salvador y Redentor del mundo a aquel niño tan pobre, tan humillado, tan débil y tan rechazado de los hombres; ofrécele su corazón, su alma, su vida; le bendice mil y mil veces y le da gracias por haber sido escogido y adoptado como padre.
  
María, tomando al Niño en sus brazos, lo pondrá en los de José, quien lo estrechará contra su corazón, lo bañará con sus lágrimas, le besará los sagrados piececitos, y lo ofrecerá al Padre Eterno como víctima, por la salvación del mundo. ¡Oh, qué feliz fue aquel instante para el Patriarca, hijo de David, a pesar de su pobreza y de sus penas; y ¡cómo le deleitaron los cantos angélicos que celebraban el nacimiento del niño, a quien José podía llamar hijo suyo! Más opulento en su pobreza que sus reales ascendientes, poseía el tesoro infinito de los cielos; y su gloria, aunque escondida al mundo, estaba eclipsando á toda la que brilló en el trono de sus progenitores. ¡Oh dicha! ¡Oh sumo bien! ¡Oh delicias escondidas en apariencias de miseria y de dolores!
  
Por este dolor y gozo vuestro, alcanzadnos, oh Patriarca Señor San José, la gracia de apartar nuestro corazón de las pompas y vanidades del mundo, y poner nuestra dicha en la posesión de Jesús, que es el único bien durable y verdadero. Amén.
  
ORACIÓN
Oh castísimo esposo de María, glorioso San José, ¡qué aflicción y angustia la de vuestro corazón en la perplejidad de no poder procurar al Creador un lugar digno de su majestad! Pero ¡cuál no fue también vuestra alegría al escuchar a los ángeles alabar con hosannas al Dios de los Ejércitos! Por este dolor y este gozo os pedimos consoléis nuestro corazón ahora y en nuestros últimos dolores, con la alegría de una vida justa y de una santa muerte semejante a la vuestra, asistidos de Jesús y de María, y la gracia que solicitamos si es a mayor gloria de Dios y salvación de nuestras almas. Pater, Ave y Gloria.
  
EJEMPLO: Una piadosa señorita muy devota del santo Patriarca, a quien obsequiaba con las prácticas de piedad más gratas al Santo, como son la oración, confesión y comunión frecuentes, cayó en una grave y penosa enfermedad, y a pesar de distar más de ocho meses de su fiesta, le pedía al Santo tres gracias: 1ª morir en su fiesta; 2ª morir con todo el conocimiento e invocando los nombres de Jesús, María y José, y 3ª que le sistiese en su última hora quien esto escribe. Pues todo se lo concedió el bendito Santo. Contra él parecer de los médicos, alargóse su enfermedad hasta el día del Santo (19 de marzo); conservó claro el conocimiento hasta el último instante, invocando con gran devoción los dulcísimos nombres de Jesús, María y José; y, cosa providencial, para que nada faltase a sus súplicas, retirándose el confesor para tomar un poco de alimento, quien esto escribe tuvo precisión de quedarse para consolar a la enferma y animarla en aquella última hora y no dejarla sola, y contra la previsión de todos expiró en el mismo día del Santo, en nuestros brazos, con la paz de los justos, yendo sin duda, piadosamente pensando, a cantar con los bienaventurados las misericordias del Señor San José en el Cielo en su misma fiesta.
   
¿A quién no animan estos hechos? En otros devotos de San José hemos visto lo mismo, esto es, morir plácidamente o el día de San José, o en días que en algún modo están consagrados a San José. Animémonos con nuestras buenas obras a merecer del Santo bendito este favor de morir bajo su amparo, el más grande de todos sus favores.
  
OBSEQUIO: Mortificaré principalmente mi vista y mi lengua, para merecer la dicha de ver y alabar en el cielo a Jesús, María y José.
JACULATORIA: Bondadoso Señor San José, hacedme niño por la pureza, sencillez y candor.
  
Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días. 
    
TERCER DOMINGO
Por la señal...
Acto de Contrición
     
DOLOR: Ver la sangre del Niño Salvador derramada en su circuncisión. - GOZO: Imponerle el nombre de Jesús.
   
MEDITACIÓN
Habiendo venido el Mesías para dar cumplimiento a la ley, quiso someterse humildemente al martirio de la circuncisión: Terminada la ceremonia, impuso al Niño Dios el adorable nombre de Jesús, según mandato que de lo alto había recibido.
   
Y ¡con qué dulzura, con qué amor, con qué afectos de confianza, con qué reverencia pronunciaría José, por vez primera, este nombre de salud, consuelo de nuestra vida y esperanza de nuestra muerte! Jesús, nombre dulcísimo, nombre sobre todo nombre, por el cual nos será concedido todo lo que pidamos; nombre obrador de milagros, que al oírlo, se postran en adoración los Cielos, salta de júbilo y esperanza la tierra, tiemblan de pavor los Infiernos. Jesús, nombre del que brota leche suavísima y casto vino para las almas puras, pan de fortaleza para los débiles, manantial de delicias infinitas para los santos, y esperanza y amor y salud de todos. Grábese este nombre en nuestras almas, palpite en nuestros corazones, sea la miel de nuestros labios, el adiós de nuestra despedida del mundo, y el saludo y principio de nuestra glorificación perdurable.
  
¡Oh Patriarca, Señor San José! Por este dolor y gozo vuestro, alcanzadnos la gracia de cumplir en todo con nuestros deberes, por grandes que sean los sacrificios que en ello hayamos de hacer; y otorgadnos también el favor dé pronunciar siempre con mérito el santísimo y dulcísimo nombre de Jesús. Amén.
    
ORACIÓN
Oh castísimo esposo de María, glorioso San José, ¡qué aflicción y angustia la de vuestro corazón al ver al Verbo Encarnado someterse humildemente al martirio de la circuncisión! Pero ¡cuál no fue también vuestra alegría al imponerle al Niño Dios el adorable nombre de Jesús! Por este dolor y este gozo os pedimos consoléis nuestro corazón ahora y en nuestros últimos dolores, con la alegría de una vida justa y de una santa muerte semejante a la vuestra, asistidos de Jesús y de María, y la gracia que solicitamos si es a mayor gloria de Dios y salvación de nuestras almas. Pater, Ave y Gloria. 
      
EJEMPLO: Uno de los asuntos más importantes de la vida es sin duda alguna la elección de estado, pues de su acierto depende casi siempre la felicidad temporal y aun eterna de los hombres. San José, socorredor en toda necesidad, no se hace sordo a sus devotos, que de él quieren aconsejarse, como lo demuestra el caso siguiente, escogido entre millares.
  
Una joven suspiraba por acertar en la elección de estado, y no sabiendo qué resolver, si abrazar el estado religioso, o dar su mano en ventajoso matrimonio, determinó con el consejo de su confesor hacer los Siete Domingos a San José para conocer con certeza su vocación. No se hizo sordo el Santo bendito; pues tan suavemente la inclinó a seguir la vocación religiosa y deshizo todo lo que parecía ligarla al mundo, que ella misma no llegaba a comprender tan súbita claridad. Mas no era esto lo más difícil. Los padres de la joven, mirando, como sucede casi siempre, antes a su conveniencia que a la felicidad temporal y eterna de sus hijos, no quisieron darle su consentimiento de ningún modo para hacerse religiosa. «Cásate, le decían, te daremos buen dote, y así estarás siempre a nuestro lado». Pero como cuando es de Dios el llamamiento, si no le resistimos, al fin se vence todo, así sucedió en esta ocasión por intercesión de San José. Hizo la joven otra vez los Siete Domingos, y antes de concluirlos, el padre de la joven, que era el que más se oponía, estaba, como escribía un devoto de San José, chocho de alegría, porque su hija había escogido la mejor parte, haciéndose religiosa. Quedaron todos maravillados de tan inesperada mudanza, mas no la joven devota, que agradecida al Santo decía con gracia: «¿Por qué se maravillan? Nombré agente de este negocio a mi Padre y Señor San José, y él lo había de hacer y lo ha hecho mejor que yo supe encargárselo. ¡Gloria a San José!».
      
OBSEQUIO: Haré actos de caridad espiritual o corporal con el prójimo.
JACULATORIA: ¡Bondadoso Señor San José, maestro de oración! Enseñadme a orar y conversar con Jesús.
  
Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
   
CUARTO DOMINGO
Por la señal...
Acto de Contrición
     
DOLOR: La profecía de Simeón, al predecir los sufrimientos de Jesús y María. - GOZO: La predicción de la salvación y gloriosa resurrección de innumerables almas.
   
MEDITACIÓN
El Eterno Padre, que había predestinado a José desde la eternidad para padre nutricio de Jesús, atesoró en su corazón un amor incomparablemente más grande que el que han tenido y tendrán a sus hijos todos los padres de la tierra. Amarguísimo sería, pues, sobre toda ponderación el dolor que traspasó el alma de José, cuando oyó que el santo anciano Simeón profetizaba a María que el divino Niño había de ser puesto por blanco de contradicción entre los hombres. Entonces se le representó al vivo y con todas sus circunstancias la pasión dolorosa de nuestro Redentor: vio que aquellas manecitas y pies habían de ser traspasados por crueles clavos; que aquella frente infantil se vería coronada de espinas; que aquel dulce mirar de sus hermosos ojos se anublaría con lágrimas y con sombras de muerte; que aquel corazón divino, lleno de sangre generosa, sería abierto con una lanza. Los futuros dolores de María traspasada con una espada de dolor en el Calvario, ya viendo expirar a su Hijo, ya recibiéndole muerto en su regazo, acrecentaban los de José su ternísimo esposo, tanto más, cuanto pensaba que había de padecerlos en amarga soledad y abandono.
 
Pero este dolor tan acerbo de San José se convirtió luego en gozo deliciosísimo, cuando consideró el copioso fruto de la Redención, y vio como de lejos innumerables ejércitos de mártires que llevaban palmas de triunfo, coros brillantes de cándidas vírgenes coronadas de inmortales guirnaldas, ejércitos de pecadores que lavaron sus estolas en la Sangre redentora, doctores de la Iglesia, santos levitas, e inmensa muchedumbre de todas las naciones y lenguas, cantando en celestiales himnos las glorias de Jesús y las alabanzas de María.
  
¡Oh Patriarca Señor San José! Por este dolor y gozo vuestro, alcanzadnos la gracia de inflamarnos de tal modo en el celo de la gloria de Dios y la salvación de las almas, que para ganarlas, tengamos en nada las penas de la tierra y aun el sacrificio de nuestra vida. Amén.
  
ORACIÓN
Oh castísimo esposo de María, glorioso San José, ¡qué aflicción y angustia la de vuestro corazón al escuchar la profecía de Simeón, al predecir los sufrimientos de Jesús y María! Pero ¡cuál no fue también vuestra alegría al enterarte de la predicción de la salvación y gloriosa resurrección de innumerables almas! Por este dolor y este gozo os pedimos consoléis nuestro corazón ahora y en nuestros últimos dolores, con la alegría de una vida justa y de una santa muerte semejante a la vuestra, asistidos de Jesús y de María, y la gracia que solicitamos si es a mayor gloria de Dios y salvación de nuestras almas. Pater, Ave y Gloria. 
      
EJEMPLO: El siguiente ejemplo podrá servir de norma a los que han de tomar estado de matrimonio, mayormente en nuestros días en que sólo se atiende a los intereses y a las cualidades exteriores, cuando del acierto depende el bienestar en la presente vida y muchísima veces la salvación eterna.
   
Un joven noble, hijo de padres virtuosos que nada omitieron para formarle un corazón sólidamente piadoso, después de haber rogado mucho a Dios para conocer bien su vocación, se persuadió de que no era llamado al sacerdocio. No obstante continuó haciendo con mucho fervor sus devociones particulares, confesando y comulgando cada semana, y siendo exacto en todas estas santas prácticas. Aunque pertenecía a una distinguida familia, relacionada con la alta sociedad, se apartó siempre de aquellas diversiones peligrosas, en las que muchos jóvenes, atolondrados se dejan seducir del brillo exterior que tan fácilmente se pierde, y comprometen su porvenir, eligiendo sin ningún consejo, como objeto de su amor un corazón que no conocen, ligando ya el suyo con lazos difíciles luego de deshacer. Bien convencido de que los buenos matrimonios están ya escritos en el Cielo, este excelente joven no se olvidaba cada día de rogar a San José que le hiciese encontrar una compañera de una piedad sólida y a prueba de las seducciones del siglo. Cierto día, con motivo de una buena obra que llevaba entre manos, tuvo que avistarse con una respetable señora, que con sus dos hijas vivía muy cristianamente. Al verlas, experimentó cierto presentimiento de ser una de aquellas dos jóvenes la destinada por Dios para compartir con él su suerte; en su consecuencia la pidió a su madre, la cual, constándole las buenas prendas que adornaban a aquel joven, dio gustosa su consentimiento. La señorita confesó después sencillamente, que ella desde mucho tiempo hacía la misma súplica, y que el entrar aquel joven, presintió a la vez que Dios se lo enviaba como a quien había de ser su futuro esposo. Pero fue el caso que, repugnándole muchísimo al padre de la señorita aquel enlace e interponiendo toda clase de obstáculos, pura vencerlos y conocer la voluntad de Dios en asunto de tanta trascendencia, determinaron todos empezar la devoción de los Siete Domingos en honor de San José a últimos de mayo. El favor de este glorioso Patriarca no se hizo esperar, pues en el siguiente agosto se celebró el casamiento con gran contento de ambas partes. Lo que prueba que el Cielo se complace en bendecir aquellos desposorios para cuyo acierto se ha pedido su luz y gracia, en especial si ha mediado la eficaz intercesión de aquel Santo a quien Jesucristo se complació en estar sujeto sobre la tierra.
  
OBSEQUIO: Velar contra las tentaciones, y al sentir alguna, decir: Viva Jesús, mi amor.
JACULATORIA: Poderoso protector y padre mío Señor San José, asistidme y amparadme en la vida y en la muerte.
  
Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días. 
   
QUINTO DOMINGO
Por la señal...
Acto de Contrición
     
DOLOR: La huida a Egipto. - GOZO: Tener siempre con él a Dios mismo, y viendo la caída de los ídolos de Egipto.
   
MEDITACIÓN
Pocos días después de la presentación de Jesús en el templo, un ángel se apareció a San José, y le ordenó que huyera a Egipto para librar al Niño divino de la persecución de Herodes. Riguroso era entonces el invierno, largísimo el viaje y muchos eran los peligros que en él se ofrecían; por otra parte, la pobreza de San José y la premura con que había de ponerse en camino la santa Familia, le impidieron hacer provisión siquiera de lo más necesario. María Santísima era doncella de poco más de quince años, Jesús estaba recién nacido; y sin embargo tuvieron que salir al punto, y a toda prisa para poner en salvo el gran tesoro que se les había confiado. La Santa Escritura no nos refiere ninguna circunstancia de este viaje; pero su silencio mismo nos está diciendo que en él hubo de padecer la sagrada Familia las penas del cansancio y fatiga, del hambre y de la sed, del calor y del frío, del destierro y del abandono.
   
Largos días tardaron en llegar al sitio de su refugio, y allí ¡cuánto padeció el corazón de San José, al ver a los 14 demonios adorados como dioses, desconocida la verdadera religión y reinante una groserísima idolatría! Pero esta amargura se cambió en júbilo cuando, a la presencia del Niño Dios, cayeron los ídolos por tierra; vacilaron sus templos y los oráculos callaron, dando así testimonio claro de la divinidad de Jesucristo nuestro Señor. En esa región de destierro oyeron también María y José por vez primera la voz dulcísima del Redentor, que se desataba en tiernos acentos con los nombres de madre y de padre, dichos con la dulzura de niño y con el amor del corazón de Dios.
   
¡Oh Patriarca Señor San José! Por este dolor y gozo vuestro, alcanzadnos la gracia de huir prontamente no sólo del pecado, sino de las ocasiones de cometerlo, por remotas que sean, para que, derribados en nuestra alma los ídolos de los vicios; reine en ella sólo y sin competencia el divino Jesús, nuestro Rey y nuestro Dios. Amén.
  
ORACIÓN
Oh castísimo esposo de María, glorioso San José, ¡qué aflicción y angustia la de vuestro corazón al tener que dejar tu hogar y huir a tierra desconocida con el Hijo de Dios y tu Castísima Esposa! Pero ¡cuál no fue también vuestra alegría al ver caer a los ídolos de Egipto! Por este dolor y este gozo os pedimos consoléis nuestro corazón ahora y en nuestros últimos dolores, con la alegría de una vida justa y de una santa muerte semejante a la vuestra, asistidos de Jesús y de María, y la gracia que solicitamos si es a mayor gloria de Dios y salvación de nuestras almas. Pater, Ave y Gloria.
   
EJEMPLO: De una persona que nos merece toda confianza por su carácter y por la amistad con que nos honra, publicamos la siguiente carta que no es de poca edificación para todos los devotos josefinos:
 
«, nos escribe, que trata Ud. de recoger ejemplos en honra de San José, y yo se los puedo suministrar a cientos y a millares, y no de casa ajena, sino de la propia. Con más razón tal vez que la santa josefina Teresa de Jesús, puedo decir que me cansaría y cansaría a todos, si hubiese de referir muy por menudo las gracias que debo a San José. Apuntaré algunas. Molestado de una grave tentación contra la santa pureza, acudí al Santo, y hasta hoy no me ha molestado más, pareciendo haberse extinguido el estímulo de la carne. Pedíle conocimiento, amor y trato íntimo con Jesús, y hallo mi espíritu inundado a veces de tal conocimiento y luz interior, que sin sentirlo, me hallo todo movido a alabanzas y amor de Dios. Cada año en su día le pido alguna gracia, y siempre la veo cumplida mejor que yo la he sabido pedir. En dos o tres graves enfermedades, el Santo bendito me ha dado salud mejor que los médicos y cuidados de los hombres. En algunos apuros de honra, y fama y necesidades temporales, San José me ha socorrido siempre, y a veces de un modo casi portentoso, que, hasta los mismos que tienen poca fe, se han visto obligado a confesarlo. Una vez, sobre todo, que todos los caminos en lo humano estaban cerrados, el Santo mostró gallardamente que ninguno de los que han acudido con confianza a su protección, ha quedado burlado. Creo que esto basta, para que pueda servirle en algo para mover a la devoción del santo Patriarca, toda vez que a mí, pecador ruin y miserable, así me ha asistido siempre. Otro día, concluye, le daré más detallada relación de algunas gracias bien singulares que me ha dispensado el glorioso San José».
   
¡Quién no se anima con estos ejemplos a acudir con confianza a la protección del Santo!
   
OBSEQUIO: Huir de las malas compañías y de las ocasiones de pecar.
JACULATORIA: Glorioso Señor San José, guardadme; del enemigo maligno defendedme.
  
Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días. 
    
SEXTO DOMINGO
Por la señal...
Acto de Contrición
     
DOLOR: A pesar de poder regresar a su querido Nazaret, surge el miedo al tirano Arquelao. - GOZO: Regresar con Jesús de Egipto a Nazaret y la confianza establecida por el Ángel.
      
MEDITACIÓN
En los siete años que duró el destierro de la santa Familia, iba creciendo el Niño Jesús; y al cabo de este período, el ángel del Señor se apareció de nuevo a San José, y le avisó que el cruel Herodes había muerto y que podía volver sin recelo a Nazaret. «Volvamos, se dijeron, volvamos a la casa del Señor llenos de gozo». ¡Qué dulce es el regreso a la patria, después de largos y amarguísimos años de destierro! ¡Con qué santos afectos Jesús, María y José desandarían aquel largo camino tan penoso, acortado ahora con la esperanza de volver al suelo natal, regado ya con la sangre preciosísima de Jesús!
 
Este gozo se turbó con la inquietud que inspiraba a José la tiranía de Arquelao, hijo de Herodes, que reinaba en Judea, quien ciertamente hubiera dado muerte al Niño Jesús, si le hubiera descubierto. José determinó por esto establecerse con su divino Hijo y su castísima Esposa en Galilea para librar al Niño de la persecución, y el Cielo aprobó la prudencia de José y premió el celo paternal con que le defendía. Así es cómo las almas piadosas de delicada conciencia andan siempre temerosas de perder a Jesús.
  
¡Oh Patriarca Señor San José! Por este dolor y gozo vuestro, alcanzadnos la gracia de caminar alegres hacia la Patria celestial, iluminados con una fe viva, alentados con una esperanza firme, abrasados con una ardorosa caridad, uniendo estas virtudes con aquel temor saludable que debe nacer en nosotros del conocimiento de nuestra flaqueza y miseria. Amén.
   
ORACIÓN
Oh castísimo esposo de María, glorioso San José, ¡qué aflicción y angustia la de vuestro corazón al saber que el hijo de Herodes podía amenazar la vida del Divino Redentor! Pero ¡cuál no fue también vuestra alegría al saber que contaban con la asistencia de Dios, como te lo indica el Ángel! Por este dolor y este gozo os pedimos consoléis nuestro corazón ahora y en nuestros últimos dolores, con la alegría de una vida justa y de una santa muerte semejante a la vuestra, asistidos de Jesús y de María, y la gracia que solicitamos si es a mayor gloria de Dios y salvación de nuestras almas. Pater, Ave y Gloria.
   
EJEMPLO: El siguiente caso infundirá valor a las almas débiles que, después de haber tenido la infelicidad de caer en culpa grave, dominadas por la vergüenza de confesarla, huyen del único remedio para su eterna vida, que es una buena y contrita confesión. Acudan estos infelices al amparo de San José, y en su protección hallarán fuerza para vencer esa cobarde timidez y mal entendida vergüenza. Esta gracia recibió un pecador vergonzante de la bondad del santo Patriarca, según lo refirió el mismo favorecido al P. Barry, en tiempo que éste escribía la vida de San José.
  
Habiendo dicha persona tenido la desgracia de cometer un enorme sacrilegio, violando un voto con que estaba ligada al Altísimo, no supo, o mejor, no quiso vencer la maldita vergüenza de confesarlo, para salir del precipicio en que había caído. De este modo permaneció algún tiempo enemistada con Dios, siempre destrozada por los remordimientos de conciencia, agitada de continuo por fundados temores de perderse, consecuencia inevitable de la culpa. Bien sabía ella que para el que ha infringido gravemente la ley de Dios no hay término medio: o confesión o condenación; que no podía sanar, sin querer eficazmente descubrir su llaga al médico espiritual; que no podía apagar el dolor y los torcedores de su alma, sin arrancar la espina que le hería; pero la cobardía la alejaba de la piscina de salud, y la vergüenza cerraba tristemente sus labios. ¿Qué hacer en lance tan apurado? Por la divina misericordia ocurrióle llamar a San José al socorro de su miserable debilidad, e invocarlo contra las repugnancias que le atormentaban y le impedían triunfar de sí misma. Con esta mira resolvió obsequiar al Santo, consagrando nueve días continuos al rezo del himno y oración propios del ayo del Salvador. Dios bendijo sus buenos deseos; pues terminado el novenario se sintió el sacrílego completamente trocado, y revestido de tal fuerza y valor que, sobreponiéndose a sus locas y temerarias repugnancias, fue a arrojarse a los pies de un confesor, al cual, sin dudas, ambages ni reserva, manifestó la más íntimo de su atribulada conciencia. Con esto respiró su alma; y desde este feliz momento reverenció a San José como a su libertador y consuelo, le confió el difícil cargo de su espíritu y se impuso el deber de llevar siempre consigo la imagen del Santo, a fin de que le sirviera de impenetrable escudo contra los ataques luciferinos. No hay duda que esta filial devoción fue por mucho en la paz y fervor de que gozó en lo sucesivo. San José le recompensó su devoción y fidelidad con favores señalados, y en especial librándole de los peligros que rodeaban su alma.
  
OBSEQUIO: Fidelidad en las prácticas espirituales.
JACULATORIA: San José mío, haga yo lo que debo, y suceda lo que Dios quiera.
  
Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días. 
  
SÉPTIMO DOMINGO
Por la señal...
Acto de Contrición
     
DOLOR: Cuando sin culpa pierde a Jesús, y junto a su Castísma Esposa lo buscan con angustia por tres días. - GOZO: Al encontrarlo en medio de los doctores en el Templo.
   
MEDITACIÓN
¿Quién podrá concebir lo acerbo del dolor de San José cuando al regresar del templo echó de menos a Jesús? Consideren los que son padres, qué amargura sentirían en su alma al perder un hijo tierno y muy querido; y si ese hijo es el único, y si es la hermosura, la bondad, la sabiduría mismas, ¿qué palabras habrá que expresen lo sumo del padecimiento? Madres ha habido que, habiendo desaparecido su hijo por sólo una hora, llegaron a perder el juicio de dolor. Orígenes asegura que San José, en los tres días que perdió al divino Jesús, padeció más que todos los mártires; pero en aflicción tan grande ni murmuró, ni perdió la paz del alma, ni la parte superior de su espíritu se vio turbada por movimientos de impaciencia o de tristeza desordenada. Los dolores de María acrecentaban los del santo Patriarca, y solícito y diligente buscó al divino Niño noche y día, preguntando por Él con las palabras del Cantar de los Cantares: «¿No habéis visto al amado de mi alma? Conjuróos, oh hijas de Jerusalén, que si hallareis á mi amado, le digáis cómo desfallezco de amor».
  
A medida de tan grande pena fue el gozo que experimentó San José, cuando halló al sapientísimo Niño en el templo disputando con los doctores. Con qué ternura le abrazaría bañado en lágrimas de amor y gratitud; con qué palabras afectuosas le declararía los padecimientos de su Madre santísima y los suyos propios; con qué vigilante cuidado le llevaría a la paterna casa, sin apartar los ojos del tesoro infinito que acababa de recobrar. ¡Oh gloriosísimo Patriarca Señor San José! Por este dolor y gozo vuestro, alcanzadnos a nosotros los pecadores la gracia de buscar a Jesús con amor y dolor de perfecta contrición; y la de hallarle para no perderle jamás, mediante el don preciosísimo de la perseverancia final.
   
ORACIÓN
Oh castísimo esposo de María, glorioso San José, ¡qué martirio para vuestro corazón al perder al Rey de Reyes! Pero ¡cuál no fue también vuestra alegría al encontrarlo manifestando públicamente que es la Sabiduría Eterna y Encarnada Jesucristo! Por este dolor y este gozo os pedimos consoléis nuestro corazón ahora y en nuestros últimos dolores, con la alegría de una vida justa y de una santa muerte semejante a la vuestra, asistidos de Jesús y de María, y la gracia que solicitamos si es a mayor gloria de Dios y salvación de nuestras almas. Pater, Ave y Gloria.
   
EJEMPLO: De la venerable Sor Prudenciana Zagnoni, una de las heroínas más eminentes en virtud, del orden de San Francisco, se dice que después de haber venerado durante su vida a San José, recibió en su muerte la gracia más singular que jamás hubiese podido desear; pues que en ella, según cuenta su Vida, se le apareció el Santo y se le acercó a la cama, llevando en sus brazos al Niño Jesús. Es imposible referir la abundancia de afectos que inundaron el corazón de Prudencia. Baste decir que llegó a difundirse en el corazón de aquellas religiosas compañeras que la asistían, al oírla hablar, ya con el Santo anciano, ya con el dulce Niño; con aquél, dándole gracias porque se había dignado visitarla y hacerla disfrutar anticipadamente de la gloria del Paraíso: con éste, porque con tanta amabilidad se había dignado invitarla a ir consigo á las celestiales nupcias. En la actividad de las manos y del rostro se conocía que San José había puesto en los brazos de su devota el celestial Niño, concediéndole aquella muerte feliz que tuvo él en los brazos de Jesús en su casa de Nazaret.
  
OBSEQUIO: Conformidad con la voluntad de Dios.
JACULATORIA: Glorioso padre mío San José, ¿cuándo os contemplaré en el Cielo?
  
Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.