Mostrando entradas con la etiqueta Divino Espíritu Santo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Divino Espíritu Santo. Mostrar todas las entradas

domingo, 27 de enero de 2019

DE LOS FRUTOS DEL ESPÍRITU SANTO

 
P. ¿Qué cosa son los frutos del Espíritu Santo? R. Que son: Actus perfécti procedéntes ex speciáli motióne Spíritus Sancti, quibus homo operátur suáviter, et delectabíliter. Llámanse frutos del Espíritu Santo, por proceder del hombre fecundado de este divino Espíritu, mediante su virtud, que es su semilla.
 
P. ¿Cuántos son los frutos del Espíritu Santo? R. Que son doce, es a saber: Caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, y castidad. Así los numera el Apóstol ad Gálatam Cap. 5. Los tres primeros perfeccionan el alma en sus bienes, dentro de sí misma; porque mediante ellos ama a Dios con gozo y paz, sin que las pasiones la perturben, que es un felicísimo estado. La paciencia y longanimidad perfeccionan el alma dentro de sí misma, para superar las adversidades interiores, y exteriores de esta vida, y el que se le dilate el gozar de los bienes de glora. La bondad, benignidad, mansedumbre, y fe perfeccionan el alma, en orden al prójimo, comunicándole sin ira ni fraude, sino antes bien con sinceridad, benignidad, y fidelidad los bienes, así espirituales, como temporales. Últimamente la modestia, continencia, y castidad perfeccionan el alma, acerca de las pasiones y concupiscencias, regulando, así a éstas, como a las acciones exteriores, suavemente por una superior moción.
  
FRAY MARCOS DE SANTA TERESA OCD. Compendio Moral Salmaticense, tomo I, tratado cuarto, cap. III, punto 2º. Pamplona, Imprenta de José Rada, 1805, págs. 130-131

martes, 1 de enero de 2019

INVOCACIÓN AL ESPÍRITU SANTO PARA EL AÑO NUEVO

  
El “Veni, Creátor Spíritus”, que según el himnólogo alemán Guido Maria Dreves SJ es “el mejor de todos los himnos”, fue compuesto por San Rabano Mauro hacia el siglo IX. La Iglesia lo recita en el Divino Oficio del día de Pentecostés y durante su octava, antes de los salmos de Tercia y antes del Magníficat en las Vísperas, de rodillas en la primera estrofa y lo demás de pie. También se entona cuando se suplica la presencia del Espíritu Santo, como la entrada de los Cardenales a cónclave, canonizaciones, la consagración de Obispos y ordenación de Sacerdotes, la profesión en comunidades religiosas, la Dedicación de una iglesia, durante la celebración de sínodos o concilios, en la coronación de los reyes; y en algunas universidades se entona al comienzo y cierre del año académico (como dato curioso, es el único himno católico conservado en el Libro de Oración Común de la iglesia anglicana).
  
Mediante Breve del Papa Pío VI, fechado a 26 de Mayo de 1796, a todos cuantos recen diariamente el Veni Creátor Spíritus y las siguientes oraciones, con la intención de orar por las intenciones generales de la Iglesia, se les concede Indulgencia plenaria una vez al mes, después de confesarse y comulgar. Indulgencia confirmada por la Sagrada Congregación de Ritos mediante decreto del 20 de Junio de 1889, y por la Sagrada Penitenciaría Apostólica mediante decreto del 9 de Febrero de 1934, que estableció la posibilidad de ganarla también por rezarlo el día de Pentecostés y durante su octava (en el Breve del 26 de Mayo de 1796, eran 300 días de Indulgencia), y el 1 de Enero para encomendar y dedicar el año entrante; además de cinco años de Indulgencia en cualquier otro día del año, cada mañana.
 
LATÍN
Veni, Creátor Spíritus,
Mentes tuórum vísita,
Imple supérna grátia,
Quæ tu creásti péctora.
  
Qui díceris Paráclitus,
Altíssimi donum Dei,
Fons vivus, ignis, cáritas,
Et spiritális únctio.
  
Tu septifórmis múnere,
Dígitus patérnæ déxteræ,
Tu rite promíssum Patris,
Sermóne ditans gúttura.
 
Accénde lumen sénsibus:
Infunde amórem córdibus:
Infírma nostri córporis
Virtúte firmans pérpeti.
  
Hostem repéllas lóngius,
Pacémque dones prótinus:
Ductóre sic te prǽvio
Vitémus omne nóxium.
 
Per te sciámus da Patrem,
Noscámus atque Fílium,
Teque utriúsque Spíritum
Credámus omni témpore.
  
Deo Patri sit glória,
Et Fílio, qui a mórtuis
Surréxit, ac Paráclito,
In sæculórum sǽcula.
Amen.
  
℣. Emítte Spíritum tuum, et creabúntur.
℟. Et renovábis fáciem terræ.
 
℣. Dómine, exáudi oratiónem meam.
℟. Et clamor meus ad te véniat.
  
[Sacerdótes addunt:
℣. Dóminus vobíscum.
℟. Et cum spí­ri­tu tuo.]
 
Orémus
  
ORATIO
Deus, qui corda fidélium Sancti Spíritus illustratióne docuísti: da nobis in eódem Spíritu recta sápere; et de ejus semper consolatióne gaudére.
 
Dómine Deus omnípotens, qui ad princípium hujus anni nos perveníre fecísti: tua nos hódie salva virtúte; ut in hoc anno ad nullum declinémus peccátum, sed semper ad tuam justítiam faciéndam nostra procédant elóquia, dirigántur cogitatiónes et ópera. Per Dóminum nostrum Jesum Christum, Fílium tuum: qui tecum vivit et regnat in unitáte Spíritus Sancti Deus, per ómnia sǽcula sæculórum. Amen.
   
TRADUCCIÓN
Ven, creador Espíritu,
De los tuyos la mente a visitar;
A encender en tu amor los corazones
Que de la nada plúgote crear.
   
Tú que eres el Paráclito,
Llamado y don altísimo de Dios;
Fuente viva, amor y fuego ardiente,
Y espiritual unción.
   
Tú, septiforme en dádivas,
Tú, dedo de la diestra Paternal;
Tú, promesa magnífica del Padre,
Que el torpe labio vienes a soltar.
   
Con tu luz ilumina los sentidos,
Los afectos inflama con tu amor;
Con tu fuerza invencible corrobora
La corpórea flaqueza y corrupción.
   
Lejos expulsa al pérfido enemigo,
Envíanos tu paz;
Siendo Tú nuestro guía,
Toda culpa logremos evitar.
   
Denos tu influjo conocer al Padre,
Denos también al Hijo conocer;
Y del uno y del otro, oh Santo Espíritu,
En Ti creamos con sincera fe.
  
A Dios Padre alabanza, honor y gloria,
Con el Hijo que un día resucitó
De entre los muertos; y al feliz Paráclito,
De siglos en la eterna sucesión. Amén.
 
℣. Envía, Señor, tu Espíritu, y todo será creado.
℟. Y renovarás la faz de la tierra.
   
℣. Señor, escucha mi oración.
℟. Y llegue a ti mi clamor.
  
[Los Sacerdotes agregan:
℣. El Señor sea con vosotros.
℟. Y con tu espí­ri­tu.]
  
ORACIÓN
Oh Dios, que con la claridad del Espíritu Santo iluminaste los corazones de los fieles; concédenos este mismo Espíritu para obrar con prudencia y rectitud, y gozar siempre de sus consuelos inefables.
  
Oh Señor Dios omnipotente, que nos has permitido llegar al comienzo de este año, sálvanos con tu virtud, para que no caigamos en ningún pecado en este año, sino que nuestros pensamientos y obras se dirijan siempre al cumplimiento de tu ley. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

martes, 5 de junio de 2018

CORONA DEL DIVINO ESPÍRITU SANTO

 
CORONA DEL DIVINO ESPÍRITU SANTO
(Oración dictada por Nuestro Señor Jesucristo a Sor María de Jesús Crucificado OCD).
 
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
  
En la Cruz, decir: Dios, ven en nuestro auxilio. Señor, apresúrate en socorrernos.
Glória Patri.
Credo.
 
En la primera cuenta grande: Ven, Espíritu Santo de Sabiduría, desprénde­nos de las cosas de la Tierra e infúndenos el amor y gusto por las cosas del Cielo.
En las siete cuentas pequeñas: Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor; ven y renueva la faz de la Tierra.
Finalizado el misterio: Oh Maria, que por obra del Espíritu Santo, concebiste al Salvador, ruega por nosotros.
 
En la segunda cuenta grande: Ven, Espíritu de Entendimento, ilumina nuestra mente con la luz de la Verdad Eterna y enriquécela de puros y santos pensamientos.
En las siete cuentas pequeñas: Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor; ven y renueva la faz de la Tierra.
Finalizado el misterio: Oh Maria, que por obra del Espíritu Santo, concebiste al Salvador, ruega por nosotros.
 
En la tercera cuenta grande: Ven, Espíritu de Buen Consejo, haznos dóciles a tus santas inspiraciones y guíanos en el camino de salvación.
En las siete cuentas pequeñas: Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor; ven y renueva la faz de la Tierra.
Finalizado el misterio: Oh Maria, que por obra del Espíritu Santo, concebiste al Salvador, ruega por nosotros.
 
En la cuarta cuenta grande: Ven, Espíritu de Fortaleza, danos fuerza, constancia y victoria en las batallas contra nuestros enimigos espirituales y corporales.
En las siete cuentas pequeñas: Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor; ven y renueva la faz de la Tierra.
Finalizado el misterio: Oh Maria, que por obra del Espíritu Santo, concebiste al Salvador, ruega por nosotros.
  
En la quinta cuenta grande: Ven, Espíritu de Ciencia, se el Maestro de nuestras almas y ayúdanos a practicar tus santas enseñanzas.
En las siete cuentas pequeñas: Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor; ven y renueva la faz de la Tierra.
Finalizado el misterio: Oh Maria, que por obra del Espíritu Santo, concebiste al Salvador, ruega por nosotros.
 
En la sexta cuenta grande: Ven, Espíritu de Piedad, ven a morar en nuestros corazones, toma cuenta de ellos y santifica todos sus afectos.
En las siete cuentas pequeñas: Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor; ven y renueva la faz de la Tierra.
Finalizado el misterio: Oh Maria, que por obra del Espíritu Santo, concebiste al Salvador, ruega por nosotros.
 
En la séptima cuenta grande: Ven, Espíritu del Santo Temor de Dios, reina en nuestra voluntad y haz que estemos siempre dispuestos a antes sufrir y morir que ofender a la Divina Majestad.
En las siete cuentas pequeñas: Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor; ven y renueva la faz de la Tierra.
Finalizado el misterio: Oh Maria, que por obra del Espíritu Santo, concebiste al Salvador, ruega por nosotros.
 
ORACIÓN FINAL
¡Oh Divino Espíritu Santo!, Tú que me esclareces de todo, que iluminas todos mis caminos para que pueda alcanzar mi ideal, Tú que me concedes el sublime dom de perdonar y olvidar las ofensas y hasta el mal que me hayan hecho, a Ti que estás conmigo en todos los instantes, yo quiero humildemente agradecer por todo lo que tengo, por todo lo que soy y confirmar una vez más mi intención de nunca apartarme de Ti por mayor que sea la ilusión o tentación material, con la esperanza de un día merecer y poder estar contigo y todos mis hermanos en la gloria y en la paz de los Cielos. Amén.
 
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

viernes, 26 de mayo de 2017

NOVENA AL DIVINO ESPÍRITU SANTO

La novena cuenta con aprobación otorgada en Marzo de 1931 por Mons. Manuel José Caicedo Martínez, Arzobispo de Medellín (Colombia). Las meditaciones insertas en el original fueron tomadas del libro Oficios de la Iglesia: con la explicación de las ceremonias de la Santa Misa, impreso en Madrid, año de 1853, sin compilador conocido.

NOVENA AL DIVINO ESPÍRITU SANTO
  
  
Por la señal ✠ de la santa Cruz; de nuestros ✠ enemigos líbranos, Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
Antífona: Ven, oh Santo Espíritu: llena los corazones de tus fieles, y enciende en ellos el fuego de tu amor.
℣. Envía tu Espíritu, y las cosas serán creadas.
℟. Y renovarás la faz de la tierra.
 
ORACIÓN
Oh Dios, que con la claridad del Espíritu Santo iluminaste los corazones de los fieles; concédenos este mismo Espíritu para obrar con prudencia y rectitud, y gozar siempre de sus consuelos inefables. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
 
HIMNO Veni Creátor Spíritus
Ven, creador Espíritu,
De los tuyos la mente a visitar;
A encender en tu amor los corazones
Que de la nada plúgote crear.
  
Tú que eres el Paráclito,
Llamado y don altísimo de Dios;
Fuente viva, amor y fuego ardiente,
Y espiritual unción.
 
Tú, septiforme en dádivas,
Tú, dedo de la diestra Paternal;
Tú, promesa magnífica del Padre,
Que el torpe labio vienes a soltar.
  
Con tu luz ilumina los sentidos,
Los afectos inflama con tu amor;
Con tu fuerza invencible corrobora
La corpórea flaqueza y corrupción.
 
Lejos expulsa al pérfido enemigo,
Envíanos tu paz;
Siendo Tú nuestro guía,
Toda culpa logremos evitar.
 
Denos tu influjo conocer al Padre,
Denos también al Hijo conocer;
Y del uno y del otro, oh Santo Espíritu,
En Ti creamos con sincera fe.
 
A Dios Padre alabanza, honor y gloria,
Con el Hijo que un día resucitó
De entre los muertos; y al feliz Paráclito,
De siglos en la eterna sucesión. Amén.
  
ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Oh divino amor, oh lazo sagrado que unes al Padre y al Hijo, Espíritu Todopoderoso, consolador de los afligidos, penetra en los profundos abismos de mi corazón. Derrama tu refulgente luz sobre estos lugares incultos y tenebrosos, y envía tu dulce rocío a esta tierra desierta para reparar su larga aridez. Envía los rayos celestiales de tu amor hasta el fondo más misterioso del hombre interior, a fin de que penetrando en él, enciendan el vivísimo fuego que consume todas las debilidades y toda languidez. Ven, pues, ven, dulce consolador de las almas desoladas, refugio en los peligros y protector en las tribulaciones. Ven, tú que lavas las almas de sus manchas y curas sus heridas. Ven, fuerza del débil y apoyo del que cae. Ven, doctor de los humildes y vencedor de los orgullosos. Ven, padre de los huérfanos, esperanza del pobre y vida del que comenzaba a languidecer. Ven, estrella de los navegantes y puerto de los náufragos. Ven, fuerza de los vivos y última esperanza de los que van a morir. Ven, oh Espíritu Santo, ven y ten misericordia de mí. Dispón de tal suerte mi alma y condesciende con mi debilidad con tanta dulzura, que mi pequeñez encuentre gracia delante de tu grandeza infinita; mi impotencia delante de tu fuerza, y mis ofensas delante de la multitud de tus misericordias; por Nuestro Señor Jesucristo, mi Salvador, que con el Padre vive y reina en tu unidad por todos los siglos de los siglos. Amén. (San Agustín, Meditaciones, cap. IX).
 
DÍA PRIMERO
MEDITACIÓN: “¿Qué debo hacer para hallarte, Dios mío?
¿Qué debo hacer para hallarte, oh Dios mío, a ti que eres mi verdadera vida? Buscarte a ti, es buscar la vida bienaventurada. ¡Plegue a tu misericordia inspirarme el deseo de buscarte siempre!, porque, así como mi alma es la vida de mi cuerpo, del mismo modo tú, Señor, eres la vida de mi alma.
 
Oh verdad, luz de mi corazón, sé tú la que me conduzca, y no mi propio espíritu, que no es más que tinieblas. Me he dejado arrastrar al torrente de las cosas que pasan, y pronto se halló mi inteligencia cubierta de una profunda noche. Mas en este estado de oscuridad no he dejado de amarte; en mi extravío me he acordado al fin de ti. He oído a lo lejos tu voz que me llamaba. Apenas ¡ay! la he oído, a causa del ruido que mis pecados hacían en mi corazón. Sin embargo, la seguí al fin, y heme que vuelvo fatigado, sediento y jadeando a la fuente vivificante que eres tú mismo, oh Dios mío. ¡Haz que nadie me impida apagar la sed en esas aguas celestiales! ¡Que beba en ellas, para recobrar la vida; porque cuando vivía mal, me di la muerte a mí mismo. Yo no puedo vivir sino en ti solo, oh Dios mío! (San Agustín, Confesiones, Libro 10 cap. XVII y XX; Libro 12, cap. X).
 
SECUENCIA Veni, Sancte Spíritus
Ven, oh Santo Espíritu,
Y del alto empíreo
Un rayo de tu luz dígnate enviar;
Ven, dador de dádivas,
Padre de los míseros,
Ven, nuestros corazones a inflamar.
 
Huésped de las almas,
Dulce refrigerio,
Optimo y eficaz consolador;
Bálsamo en el llanto,
Tregua en la fatiga,
Plácida sombra en festival ardor.
 
¡Oh luz dichosísima!
Llena lo más íntimo
De las entrañas en tu pueblo fiel;
Pues nada en el hombre,
Sin tu excelso numen,
Inculpable ni justo puede haber.
  
Lava allí lo sórdido;
Riega lo que es árido;
Sana lo que sufrió golpe mortal;
Dobla ya lo rígido;
Arda al fin lo gélido;
Lo descarriado ven a gobernar.
 
Calma aquí a tus fieles,
Los que en Ti confían,
De tu sagrado septenario don;
Dales gracias y mérito;
Dales feliz éxito.
Y el celestial eterno galardón.
Amén.
 
MAGNÍFICAT
Glorifica mi alma al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha puesto sus ojos en la humildad de su esclava; y he aquí que todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque el Omnipotente ha hecho en mí grandes cosas; y su Nombre es santo. Y su misericordia se propaga de generación en generación sobre los que le temen.
 
Desplegó el poder de su brazo: y disipó los designios del corazón de los soberbios. Derribó del trono a los poderosos y exaltó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos; y a los ricos despidió sin cosa alguna.
 
Levantó a Israel su siervo, acordándose de su misericordia: según había prometido a nuestros padres, Abrahán y su descendencia, por los siglos de los siglos. Amén.
 
Gloria al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
  
MEMORÁRE
Acuérdate, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a tu protección e implorado tu socorro, ha sido abandonado. Animado de esta confianza, ¡oh Virgen de las vírgenes!, vengo a ti. Gimiendo bajo el peso de mis pecados me prosterno a tus plantas. ¡Oh Madre del Verbo!, no desprecies mis oraciones, sino escúchalas favorablemente, y dígnate acogerlas. Amén.
 
Rezar siete Padrenuestros, con Avemarías y Gloria, para alcanzar los dones del Espíritu Santo.
 
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
 
DÍA SEGUNDO
Por la Señal...
Oraciones iniciales.
 
MEDITACIÓN: “Señor, abre mis ojos
¡Oh luz que veía Tobías, cuando con los ojos cerrados le enseñaba a su hijo el camino de la vida inmortal; luz que veía Isaac en su corazón cuando, oscurecidos los ojos del cuerpo, contaba a su hijo las cosas futuras; luz que veía Jacob cuando, instruido interiormente, predecía a sus hijos los secretos del porvenir; luz invisible para la que están descubiertos los abismos del corazón! Yo sé que las tinieblas se esparcen por las profundidades de mi inteligencia; pero tú eres luz; yo sé que espesa oscuridad se levanta sobre las aguas de mi corazón, pero Tú eres verdad.
 
Oh Verbo, por quien todo ha sido hecho y sin el cual nada recibe la vida; Verbo, que eres ante todo y sin el cual todo estaba en la nada; Verbo, que gobiernas todo y sin el cual todo vuelve a caer en la confusión; Verbo, que dijiste al principio: «Hágase la luz, y la luz fue hecha» (Génesis I, 3); dime a mí también «Hágase la luz», y la luz será hecha, y veré la luz, y reconoceré mis tinieblas; porque sin ti tomamos la luz por las tinieblas y las tinieblas por la luz. Sí, sin ti, no hay verdad, sino error; sin ti no hay orden ni prudencia, sino confusión; no hay ciencia sino ignorancia; no hay vista clara, sino ceguedad del corazón; no hay camino recto, sino extravío y emboscadas; no hay vida, sino muerte.
 
Oh luz venturosa, tú no puedes ser vista sino de los corazones puros. «¡Bienaventurados los corazones puros, porque verán a Dios!» (Mateo V, 8). Lávame, virtud purificante; cura mis ojos a fin de que puedan contemplarte. Esplendor inaccesible, haz que un rayo de tu luz eche abajo las escamas de mi antigua ceguedad. Te doy gracias, oh Dios, porque ya veo: ¡dilata mi vista, Señor, dilátala en ti! ¡Corre el velo a mis ojos para que considere las maravillas de tu ley! Gracias te sean dadas, ¡oh luz mía!, porque ya veo, aunque todavía como en un espejo y en enigma. ¿Cuándo te veré frente a frente? ¿Cuándo vendrá ese día de alegría y de gloria en que entre en tu admirable santuario, en que sea saciado mi deseo y vea al que siempre me ha visto? (San Agustín, Soliloquios, cap. III y XXXIV).
 
Las demás oraciones se rezarán todos los días.
 
DÍA TERCERO
Por la Señal...
Oraciones iniciales.
 
MEDITACIÓN: Quiero conocerte, oh Dios mío
Quiero conocerte, oh Dios mío, a ti que me conoces hasta el fondo de mi corazón. Quiero conocerte, fuerza de mi alma. Muéstrate a mí, consolador mío; ven, plenitud de mi espíritu; quiero verte, luz de mis ojos, quiero hallarte, supremo objeto de mi deseo; ¡quiero poseerte, amor de mi vida, eterna belleza! ¡Consérvete siempre en el fondo de mi corazón, vida bienaventurada y soberana dulzura! Haz que te ame, Dios mío, Criador y refugio mío, dulce esperanza mía en todos mis males. Goce yo de ti, perfección divina, sin la cual nada hay perfecto. Abre las profundidades de mi oído a tu palabra, «más penetrante que una espada cortante» (Hebreos IV, 12), y haz que oiga tu voz. Alumbra mis ojos, luz incomprensible, a fin de que deslumbrados con el brillo de tu gloria, no puedan ver ya las vanidades.
  
Dame, Señor, un corazón que piense en ti, un alma que te ame, un espíritu que se acuerde de tus maravillas, una inteligencia que te comprenda, una razón que esté siempre adherida fuertemente a ti. Oh vida, por quien todo respira; vida que me das el ser; vida que eres mi vida, sin la cual yo muero, sin la cual caigo en la aflicción; vida dulce, vida suave, vida siempre presente a mi memoria, ¿dónde estás? ¿Dónde te hallaré, para que me deje a mí mismo, y no viva más que en ti? (San Agustín, Soliloquios, cap. I).
   
Las demás oraciones se rezarán todos los días.
   
DÍA CUARTO
Por la Señal...
Oraciones iniciales.
 
MEDITACIÓN: “Te he amado demasiado tarde
Te he amado demasiado tarde, belleza siempre antigua y siempre nueva: ¡Te he amado demasiado tarde! Tú estabas dentro y yo fuera, y aquí era donde te buscaba. Tú estabas conmigo, y no estaba contigo, y tus obras, que sin ti no habrían existido, me retenían lejos de ti. Daba vueltas alrededor de ellas buscándote; pero deslumbrado por ellas, me olvidaba a mí mismo. Pregunté a la tierra si era mi Dios, y me respondió que no, y todos los seres que están en ella me hicieron la misma confesión. Interrogué a todas las criaturas y me respondieron: “nosotros no somos tu Dios; búscale sobre nosotras”. Y yo volví a mí, entré dentro de mí mismo, y me dije: “¿y tú quién eres?”. Yo me respondí: “soy un hombre racional y mortal”.
  
Y comencé a discutir lo que esto significa. Profundicé desde más cerca la naturaleza del hombre, y dije: “¿de dónde viene tal ser? Señor mi Dios, ¿de dónde viene, sino es de Ti? Tú eres quien me ha formado, y yo no me he formado a mí mismo. ¿Quién eres tú, por quien todo vive? ¿Tú, por quien yo vivo? ¿Quién eres tú, mi Señor y mi Dios, único poderoso, único eterno, incomprensible, inmenso, que siempre vives, y en quien nada muere? ¿Quién eres tú, y qué eres para mí? Dilo, oh misericordia mía, dilo a tu pobre siervo. Dilo en nombre de tu bondad, ¿qué eres Tú para mí? Di a mi alma: Yo soy tu salud. No me ocultes tu rostro, no sea que muera. Déjame dirigirme a tu clemencia, a mí que no soy más que tierra y ceniza. Déjame hablar a tu misericordia, pues ella ha sido grande sobre mí. Dime, responde, oh misericordia mía, en nombre de tus bondades, ¿qué eres Tú para mí?”. Y he aquí que has hecho resonar hasta mí una gran voz en el fondo de mi corazón y has roto mi sordera. Me has iluminado y he visto tu luz, y he comprendido que eres mi Dios, he aquí por qué Te he conocido.
   
Sí, Te he conocido, y he sabido que eres mi Dios. He creído que eres el verdadero Dios, y que el que has enviado es el Cristo. Mal haya el tiempo en que no te conocí, mal haya esa ceguedad que me impedía verte; mal haya esa sordera en la que no te oía. Te he amado demasiado tarde, belleza siempre antigua y siempre nueva. ¡Te he amado demasiado tarde! (San Agustín, Soliloquios, cap. XXXI y Confesiones, Libro 10 cap. VI).
  
Las demás oraciones se rezarán todos los días.
   
DÍA QUINTO
Por la Señal...
Oraciones iniciales.
 
MEDITACIÓN: “Mora con nosotros, Señor
Sí, «quédate con nosotros, Señor, porque el día baja y se hace ya tarde» (Lucas XXIV, 29). Las olas de las tribulaciones han subido hasta nosotros; las alegrías del fervor se han cambiado en suspiros, y el soplo de las tentaciones ha removido nuestra alma hasta en sus íntimos pliegues. «Quédate con nosotros», oh tú, paz, refugio y consuelo de los corazones atribulados. Nuestros ojos te imploran, y nuestra alma alterada suspira por ti. «Quédate con nosotros», no sea que nuestra caridad se entibie y nuestra luz se extinga en la noche; porque «el día baja y se hace ya tarde».
  
Ya ha llegado la tarde de mi vida: ya mi cuerpo cede a la violencia de los dolores; la muerte me cerca, mi conciencia se turba, tiemblo al pensamiento de tu juicio, Señor. «Se hace tarde, el día declina; quédate con nosotros». «En tus manos entrego mi espíritu» (Lucas XXIII, 46). En ti solo está mi salud; hacia ti solo sé levantar mis miradas. «Quédate con nosotros», a fin de que emancipándose el alma en la tarde de la vida por medio del fervor del yugo de las tribulaciones, le preparen la oración y el amor una dulce hospitalidad en el seno de Dios. (San Bernardo, en Tesoro de los Santos).
  
Las demás oraciones se rezarán todos los días.
   
DÍA SEXTO
Por la Señal...
Oraciones iniciales.
 
MEDITACIÓN: “Oh Dios mío, ten misericordia de los que no la tienen de sí mismos
Oh Señor y Dios mío, cuán grande es la petición que te hago cuando te pido que ames a los que no te aman; que abras a los que no llaman a tu divina puerta, y que sanes a los que no solamente tienen gusto en estar enfermos, sino que trabajan por aumentar sus enfermedades. Tú has dicho, Dios mío, que viniste al mundo a buscar a los pecadores: estos son, Señor, los verdaderos pecadores. No consideres su ceguedad; considera solamente la sangre que tu Hijo derramó por nuestra salvación. Ten misericordia de los que no la tienen de sí mismos, y puesto que no quieren ir a ti, ve tú mismo a ellos, oh Dios mío.
   
Oh verdaderos cristianos, llorad con vuestro Dios; las lágrimas que derramó no fueron solamente por Lázaro, sino también por todos aquellos de quienes Él sabía que no querían resucitar cuando los llamase en voz alta para que saliesen de sus sepulcros.
 
Oh Jesús, ¡cuán presentes tenías entonces todos los pecados que he cometido contra ti! Mas haz que cesen, Dios mío, haz que cesen, así como los de todo el mundo. Salvador mío, sean tus gritos tan poderosos que den la vida a estos desgraciados, aunque no te la pidan, y los hagan salir del abismo tan profundo de sus funestas delicias. Lázaro no te pidió que lo resucitaras; tú hiciste ese milagro en favor de una mujer pecadora. Aquí tienes una, Señor, que lo es mucho más. Muestra, pues, la grandeza de tu misericordia; yo te la pido, aunque miserable, para los que no quieren pedírtela. Yo te la pido en su nombre con la seguridad de que esos muertos resucitarán tan pronto como comiencen a volver en sí mismos, a conocer su miseria y a volver a tu gracia. (Santa Teresa, Meditaciones 8, 9 y 10 después de la Comunión).
  
Las demás oraciones se rezarán todos los días.
  
DÍA SÉPTIMO
Por la Señal...
Oraciones iniciales.
 
MEDITACIÓN: “Yo no veo en mí más que imperfección
Oh Dios de mi alma, vos que tanta compasión y amor tenéis por ella, habéis dicho: «Venid a mí, venid vosotros que estáis abrumados de trabajo y de pena, y yo os aliviaré; venid todos los que tenéis sed, y yo os la apagaré». Oh vida que dais la vida a todos, fuente celestial de la gracia, no me neguéis esa agua tan dulce que prometéis a todos los que la desean. Yo la deseo, Salvador mío, yo la pido, y acudo a vos para recibirla de vos.
 
Pero, oh Señor y Dios mío, ¿cómo la que tan mal os ha servido y no ha sabido conservar lo que le habéis dado, puede tener el atrevimiento de pediros favores? ¿Quién puede fiarse de una persona que tantas veces le ha vendido? ¿Qué puede pediros una criatura tan miserable como yo?
 
¡Bendito sea eternamente el que me da tanto y a quien doy tan poco! Porque, ¿qué os da, Señor, una persona que no renuncia a todo por vuestro amor? ¿Y no estoy infinitamente distante de haberlo hecho? Yo no veo en mí más que imperfección, ni más que cobardía por tu servicio, y a veces quisiera ver perdido el sentimiento para no saber hasta dónde llega el exceso de mi miseria. Vos solo, Señor, sois capaz de remediarla; así os lo suplico; no me neguéis esta gracia, oh Dios mío. (Santa Teresa, Meditaciones 2, 8 y 5 después de la Comunión).
  
Las demás oraciones se rezarán todos los días.
  
DÍA OCTAVO
Por la Señal...
Oraciones iniciales.
 
MEDITACIÓN: “Oh Dios, cuán pobre es mi alma
Oh Dios, ¡cuán pobre es mi alma! Es una verdadera nada de donde sacas poco a poco el bien que quieres derramar en ella: no es más que un caos antes de que tú comiences a poner en claro todos sus pensamientos. Tú comienzas por la fe a introducir en ella la luz, la cual, sin embargo, es imperfecta hasta que la has formado por la caridad, y hasta que Tú, verdadero sol de justicia, tan ardiente como luminoso, la abrasas con tu amor. Oh Dios, loado seas siempre por tus propias obras. No basta haberme iluminado una vez: sin tu socorro vuelvo a caer en mis primeras tinieblas; porque el sol mismo es siempre necesario al aire que ilumina, a fin de que permanezca iluminado. ¿Cuánta mayor necesidad no tendré yo de que no ceses de iluminare, y digas siempre «Hágase la luz»?
  
Luz eterna, yo te adoro, yo abro a tus rayos mis ojos ciegos: los abro y los cierro al mismo tiempo, no atreviéndome ni a apartar mis miradas de ti, por temor de caer en el error ni en las tinieblas; ni tampoco a fijarlos demasiado sobre ese brillo infinito, por temor de que «escrutador» temerario de la majestad, no sea yo «deslumbrado por la gloria» (Proverbios 25, 27). (Santiago Benigno Bossuet, Elevaciones del alma a Dios sobre todos los Misterios de la Religión cristiana, Tercera Semana, Meditaciones 6 y 7).
  
Las demás oraciones se rezarán todos los días.
  
DÍA NOVENO
Por la Señal...
Oraciones iniciales.
 
MEDITACIÓN: Oh Espíritu, Tú no puedes hallar nada más pobre ni más abandonado que mi corazón
Señor, ¿dónde está tu Espíritu, que debe ser el alma de mi alma? No lo siento, no lo encuentro. Yo no experimento en mis sentidos más que fragilidad, ni en mi espíritu más que disipación y mentira, ni en mi voluntad más que inconstancia, repartida entre tu amor y mil vanas diversiones. ¿Dónde, pues, está tu Espíritu? ¿Por qué no vienes a crear en mí un corazón nuevo según el tuyo? Oh Dios mío, comprendo que tu Espíritu se digne habitar en esta alma empobrecida, siempre que se abra a ti sin tasa y sin medida. Ven, pues, ¡oh Espíritu!; Tú no puedes hallar nada más pobre, más despojado, más desnudo, abandonado y débil que mi corazón. ¡Oh Espíritu! ¡Oh amor! ¡Oh verdad, que eres mi Dios!, ámame, glorifícate a ti mismo en mí. (Francisco Fénelon, Pláticas de afecto, plática 15).
 
Las demás oraciones se rezarán todos los días.

jueves, 25 de mayo de 2017

BREVE “Próvida Matris Charitáte”, SOBRE LA DEVOCIÓN AL ESPÍRITU SANTO

El Espíritu Santo es la fuente de la maravillosa unidad que vemos en la Iglesia Católica, en la cual personas de diferentes culturas, diferentes idiomas y diferentes historias se unen en la única y verdadera Fe, en la misma Santa Misa, en los mismos sacramentos”. (Padre Casimir Puskorius, CMRI)
 
Por primera vez presentamos la traducción al Español de un documento papal sobre la devoción al Divino Espíritu Santo, el Παράκλητος (Defensor, sostenedor) que Jesús prometiera a los Apóstoles como garante de la indefectibilidad de la Iglesia Católica, y que sobre ellos descendió el 15 de Mayo del año 33. Esta traducción la realizamos con dos propósitos: el primero, como presentación de la Novena en honor al Espíritu Santo que publicaremos el día de mañana, que ofreceremos por la unidad del Remanente Católico. Y segundo, en protesta contra la falsa devoción que tristemente vemos esparcirse en muchos lugares por causa del fenómeno “carismático” protestante-conciliar.

BREVE “Próvida Matris Charitáte”, SOBRE LA DEVOCIÓN AL ESPÍRITU SANTO
 
A todos los fieles que lean la presente carta, Salud y Bendición Apostólica
  
Sumamente digno de providente caridad maternal es el voto que la Iglesia nunca deja de presentar a Dios, a fin que en el pueblo cristiano, dondequiera se encuentre, “una sea la fe en las mentes, una la piedad en las obras”. Del mismo modo, Nos, que, como ejercitamos en la tierra las veces del Divino Pastor y Nos empleamos en imitar su ánimo, igualmente no dejamos en ninguna manera de alimentar tal propósito entre las gentes católicas; y ahora con mayor celo nos comprometemos en los pueblos que ya por largo tiempo y con gran deseo la Iglesia misma está reclamando a sí. En verdad es bien conocido, y cada día se hace más manifiesto, de dónde habíamos obtenido principalmente la inspiración y atendíamos los desarrollos para estos nuestros propósitos y Nuestros empeños: sin duda de Aquél que con buen derecho es invocado como Padre de las misericordias, y que ilumina las mentes y benignamente doblega la voluntad ante la salvación.
  
Ciertamente no puede escapar a los católicos cuan grande es el valor y la importancia de estas Nuestras iniciativas; de hecho, de ellas depende, unidamente al engrandecimiento del honor divino y a la gloria del nombre cristiano, la salvación eterna de muchísimas almas. Si los mismos católicos quisieran meditar estas cosas con el debido espíritu religioso, ciertamente probarían en sí más poderosamente el estímulo y la llama de aquella caridad suprema la cual, por gracia de Dios, no retrocede nunca y todo intenta en favor de los hermanos. Así habrá, como Nos vivamente deseamos, que los católicos prontamente se unan a Nos, no solo en la confianza de un buen suceso, sino también en el aporte de la búsqueda de cualquier posible ayuda; ante todo de aquella que desciende de Dios por obra de humilde y santa oración.
   
A este oficio de piedad ningún tiempo parece más adecuado que aquel en el cual ya los Apóstoles, después de la ascensióne del Señor al cielo, se recogieron “perseverando unánimes en oración con María, la Madre de Jesús” (Actas 1, 14), esperando “la virtud prometida de lo alto” y los dones de todos los carismas. En el augusto Cenáculo, para el misterio del adveniente Paráclito, la Iglesia, que ya estaba concebida por Cristo, con Su muerte nació como impulsada por un soplo divino: había comenzado felizmente su misión entre todas las gentes para conducirla a la única nueva fe de la vida cristiana. En breve tempo se siguieron copiosos y relevantes frutos, entre los cuales aquella suma unión de voluntad nunca suficientemente recomendada como ejemplo: “La multitud de los creyentes era un solo corazón y una sola alma” (Actas 4, 32).
 
Por tal motivo habíamos considerado oportuno excitar con Nuestra exhortación y con Nuestra invitación la piedad de los católicos, a fin de que, según el ejemplo de la Virgen Madre y de los Santos Apóstoles, en la inminente novena en preparación a la solemnidad del sagrado Pentecostés, quieran concordes y con extraordinario ardor dirigirse a Dios, insistiendo en la súplica: “Envía, Señor, tu Espíritu, y todo será creado: y renovarás la faz de la tierra”.
 
En verdad es lícito esperar grandísimos y salubérrimos bienes de Aquel que es Espíritu de la verdad, revelador de los misterios divinos en las Sagradas Escrituras, consuelo a la Iglesia con su perpetua presencia; de Él, como viva fuente de santidad, las almas, regeneradas en la divina adopción de hijos, crecen admirablemente y se perfeccionan para la eternidad. De hecho, de la multiforme gracia del Espíritu derivan perennemente en esa luz divina y ardiente, medicina y fuerza, consolación y paz, y la voluntad para todo bien y la fecundidad de obras santas. En fin, el mismo Espíritu opera talmente con su virtud en la Iglesia que, como de este místico cuerpo la cabeza es Cristo, así Él con idónea similitud se puede decir que sea el corazón: de hecho “el corazón tiene sobre ellos una influencia oculta. Y por este motivo se compara al Espíritu Santo con el corazón” (Santo Tomás de Aquino. Suma teológica, Parte III, cuestión octava, art. 1,3).
  
Puesto que Él es esencialmente caridad y a Él en modo remarcable se atribuyen las obras de amor, es de esperar intensamente que por obra suya —frenado el creciente espíritu del error y de la malicia— se hagan más estrechos y se mantenga el consenso y la unión de las alas, como corresponde a los hijos de la Iglesia. Hijos que, según la exhortación del Apóstol, no deben nunca obrar litigiosamente, sino tener un mismo modo de sentir y unánimes en el mismo vínculo de caridad (Filipenses 2, 2-3); y así, siendo perfecta Nuestra alegría, hagan, por tanto, más seguira y floreciente la sociedad civil. Por este ejemplo de cristiana concordia entre los católicos, por este religioso compromiso de orar al divino Paráclito se puede esperar grandemente que se promueva la reconciliación de los hermanos disidentes, de los cuales hemos cuidado particularmente, a fin de que ellos sientan igualmente los sentimientos “que tuvo Cristo Jesús” (Filipenses 2, 5), participando un día con Nosotros en la fe y la esperanza, estrechados por los dulcísimos vínculos de la perfecta caridad.
 
Además de las ventajas que ciertamente por esta piedad los fieles recibirán de Dios, aquellos que respondan con plena disponibilidad a Nuestras exhortaciones, gustaríamos acrecentar el tesoro de la Iglesia, el preio de las sagradas Indulgencias.
 
Por tanto, a los fieles que durante nueve días seguidos, antes de Pentecostés, cada día dirigieren con devoción, sea en público, sea en privado, oraciones particulares al Espíritu Santo, concedemos para cada día una indulgencia de siete años y otras tantas cuarentenas; e Indulgencia plenaria una sola vez en cualquiera de los dichos días, o en el mismo día de Pentecostés, o en uno de los días de la octava, siempre que confesados y comulgados oraren según Nuestra intención arriba expresada. Además de esto, concedemos también a quienes, por su piedad, rezaren nuevamente en las mismas condiciones en los ocho días siguientes de Pentecostés, que puedan lucrar de nuevo las mismas indulgencias. También declaramos y decretamos que dichas indulgencias pueden aplicarse en sufragio de las Benditas Ánimas del Purgatorio, y que valdrán también para los años venideros, salvo cualquier prescripción de costumbre y de derecho.

Dado en Roma, junto a San Pedro, bajo el anillo del Pescador, a 15 de Mayo del año 1895, 18º de nuestro Pontificado. LEÓN PP. XIII

domingo, 24 de mayo de 2015

EL ESPÍRITU SANTO, NUESTRO INVITADO OLVIDADO

Sermón pronunciado por el Padre Casimir Puskorius, CMRI
   
  
En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén. 
  
Mis queridos parroquianos, el Introito para la vigilia de Pentecostés, tomado del profeta Ezequiel, dice lo siguiente: “Cuando habré hecho patente en vosotros mi santidad, os recogeré de todos los países y derramaré sobre vosotros agua pura y quedaréis purificados de todas vuestras inmundicias y os daré un nuevo corazón”. Obviamente estas palabras se referían a ese milagroso y magnífico día ocurrido hace muchos siglos, esa fiesta de Pentecostés en la cual el Espíritu Santo descendió sobre la Bienaventurada Madre y los Apóstoles de manera especial. No solamente descendió sobre ellos, sino que también llenó sus corazones de tal forma que inmediatamente comenzaron a predicar la fe.
  
Ese día ocurrieron muchos milagros. Sabemos que, si bien los Apóstoles predicaron en su lengua materna, la gente que había llegado a Jerusalén de diferentes partes del mundo los escuchó hablar en sus respectivas lenguas. Cerca de tres mil personas fueron bautizadas ese primer domingo de Pentecostés. Pero los milagros van más allá de esto, y algunos no son tan aparentes. Sobre estos quiero hablar hoy.
   
Primeramente, no sólo tenemos el milagro que tendió un puente entre los idiomas aquel día, sino el milagro que creó un puente entre las culturas. Un gran número de personas había ido a Jerusalén a celebrar la fiesta judía de Pentecostés, y por otras razones. Culquiera que haya sido el caso, había gente de muchas partes del mundo conocido: “partos, medos, elamitas, habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto y regiones de Libia más allá de Cirene, así como romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes...” (Hechos 1:9-11). Todos sabemos las dificultades que se presentan al tratar de hacer conexiones entre las varias culturas del mundo. En este caso, sin embargo, el Espíritu Santo obró un milagro que posibilitó a los Apóstoles comunicarse con la gente de diversas tierras.
   
Estoy convencido de que había otra distancia que debía salvarse, aquella gran distancia que solo se puede salvar por el perdón. ¿Por qué digo esto? Siendo como es la naturaleza humana, creo que aquellos que se unieron a la Iglesia ese día tuvieron que perdonarse el uno al otro por deudas pasadas. Esto me recuerda una situación moderna que puede ayudar a ilustrar este punto. A principios de los noventa vimos el colapso de muchos sistemas políticos comunistas en Europa y otros lugares. Entre estos se halla la nación excomunista de Yugoslavia. Poco después se desató una guerra violenta en Bosnia. ¿Por qué? Los que han estudiado esta guerra en particular —que involucra el genocidio (campaña de exterminio de clases enteras y de grupos de gente)— han descubierto que sus orígenes se remontan a 600 años en el pasado. Un grupo de gente, teniendo armas a su disposición, masacró a otro grupo por causa de lo que sus ancestros habían hecho hace varios siglos. Se aprovecharon de la oportunidad para finalmente vengarse. Por horrible que fuera la tiranía de los comunistas, al menos sus pistolas y su poder fueron capaces de mantener el orden. Cuando este sistema se vino abajo, la gente comenzó a saldar viejas cuentas de la forma más brutal y salvaje. Ustedes ya lo leyeron. Estas personas no perdonaron las ofensas pasadas.
  
Un pariente mío, a quien yo admiro mucho, y el único tío sobreviviente del lado de mi padre, no logró escapar de Lituania en 1944 cuando atacaron los comunistas. Como muchos otros hombres valientes, cuyas esposas no pudieron escapar con ellos por embarazo o enfermedad, se unió a la resistencia. Fue capturado y sentenciado a 25 años de trabajo forzado en Siberia. Todo el que era enviado a Siberia era muy afortunado si alguna vez llegaba a salir. Por suerte, hubo un relajamiento en las persecuciones y la sentencia de mi tío fue reducida. Cumplió una condena de 10 años en Siberia, pero no le fue permitido regresar con su esposa e hijos por otros tres años. Así que, por trece años no fue parte de la vida de su familia. Uno de mis dos primos nunca había visto a su papá; el otro era muy pequeño cuando lo sentenciaron como para recordarlo. Pero lo que me impresiona de mi tío, a quien tuve el privilegio de conocer y con quien he mantenido correspondencia, es que nunca le vi en él deseo de vengarse.
   
¿Cómo se puede perdonar tan heroicamente? La respuesta es la gracia del Espíritu Santo. Por eso es que en aquel primer domingo de Pentecostés los apóstoles no solo tendían un puente entre las lenguas y la cultura, también hacían algo que, en mi opinión, es muy importante: estaban perdonando. Las cosas estaban muy tensas en esos tiempos. Las personas ofendían y se sentían ofendidas. Pero el Espíritu Santo les ayudó a hacer a un lado esas diferencias y los unió en la verdadera fe. Por medio de su gracia y de sus dones se produjo la unidad que de otro modo hubiera sido imposible.
  
La mejor solución para los conflictos bélicos, es que la gente coopere con la gracia del Espíritu Santo. Si se hiciera eso, se terminaría con la insensibilidad. Pero si los hombres tratan de aplicar una solución política a un problema espiritual, verán que dicha solución nunca será la adecuada. En cuanto se vayan los pacificadores, se reiniciará el conflicto. Lo que falta es el perdón, y la gracia operativa del Espíritu Santo en las almas de esas gentes, eso es lo que necesitan.
   
El Espíritu Santo es la fuente de la maravillosa unidad que vemos en la Iglesia Católica, en la cual personas de diferentes culturas, diferentes idiomas y diferentes historias se unen en la única y verdadera Fe, en la misma Santa Misa, en los mismos sacramentos. ¿No es eso en sí un milagro maravilloso? Y sucede todos los días desde que existe la Iglesia Católica. Es un milagro que continúa sucediendo una y otra vez. Debo hacer hincapié, sin embargo, en que, aun cuando el Espíritu Santo es el principio de la unidad y del espíritu de amor y verdad, no puede de ninguna manera aprobar el falso ecumenismo de nuestros días.
    
Muchos cometen el error de creer que “por amor debemos aceptar los errores y pecados de los demás”. Pero en las páginas de la Sagrada Escritura no encontramos nada por el estilo; tampoco en las enseñanzas de los Apóstoles. Y, sin embargo, ¿qué vemos en la religión “católica” moderna? Vemos un constante esfuerzo por ecumenizar, que significa abandonar creencias y prácticas católicas para no ofender a nuestros conocidos acatólicos. No fue eso lo que hicieron los Apóstoles. Ellos salieron y predicaron la fe, y, de hecho, dijeron a sus oyentes: “De esta manera podréis salvar vuestras almas. Si no lo aceptáis, no podréis salvaros”. El ecumenismo moderno, por otro lado, dice: “busquemos lo bueno en las falsas religiones.” Esto es hacer abandono de las enseñanzas de Cristo.
  
La moderna Iglesia “católica” ya ni siquiera parece católica, sino protestante. En su loca prisa por ecumenizar, los modernistas vendieron la fe. He oído a gente decir que muchas iglesias protestantes parecen más católicas que las supuestas iglesias católicas de hoy, muchas de las cuales parecen pasillos vacíos. Ya no encontramos los hermosos altares, los crucifijos, las imágenes, las estaciones de la cruz. ¡Han regalado su fe! Eso no es lo que Cristo enseñó.
   
En nuestra sociedad moderna vemos un esfuerzo por aceptar el pecado en nombre del amor. En nombre del amor se nos urge aceptar el aborto, el comportamiento homosexual, el divorcio, el adulterio y el amor libre. Si uno no acepta tales cosas, es intolerante, malo. ¿Predicaron los Apóstoles que se podía seguir cometiendo pecados? No. Los Apóstoles hicieron guerra al pecado, puesto que el pecado hace que las almas se precipiten en el Infierno. Ese es el verdadero espíritu del Catolicismo. Eso es el Espíritu Santo, el Espíritu de amor y verdad. El verdadero amor significa decir la verdad; no significa aceptar como bueno el pecado. Si amamos al pecador, debemos demostrarle nuestro amor señalándole lo que necesita hacer y los pecados que debe abandonar si desea salvar su alma. De eso se trata el Espíritu de amor y verdad.
   
¿Cuá es la solución para estos problemas en la moderna Iglesia católica y de la sociedad? El Espíritu Santo. Aun dentro del movimiento católico tradicional vemos divisiones. No divisiones en la fe, porque todos estamos de acuerdo en la Misa, los Sacramentos tradicionales y las enseñanzas de la Iglesia; sino que la política y los modos de acercamiento a menudo separan a los obispos, sacerdotes y laicos. ¿Cómo solucionaremos ese problema? Ya conocen la respuesta. El Espíritu Santo. Lo que hizo en Pentecostés lo puede hacer nuevamente. En ocasiones podemos ver incluso divisiones dentro de las parroquias católicas tradicionales. Una persona puede decir: “bueno, iré a la iglesia, pero no tendré nada que ver con aquella persona. No quiero hablarle por lo que hizo, y no le voy a perdonar”. ¿Cómo podemos solucionar ese problema? Ya conocen la respuesta. La gracia del Espíritu Santo nos ayudará hacer lo que pensamos que nunca sería posible.
   
Hablando de la unidad, algo dijo Benjamín Franklin en la Convención Constitucional de los Estados Unidos, una convención que estuvo cargada de dificultades y en peligro de disolverse en más de una ocasión. Si se hubiera disuelto, los Estados Unidos de Norteamérica no existirían hoy. Dijo con gran ingenio: “Caballeros, si no quedamos unidos, quedaremos separados, colgando del cuello. Y nuestros enemigos habrán triunfado sobre nosotros”. Podemos aplicar esto a la vida espiritual. Estamos en medio de una guerra espiritual, queramos o no. Necesitamos trabajar juntos para nuestras metas espirituales. Esto no significa que vayamos a resolver todas nuestras diferencias, o que los sentimientos ásperos que tenemos hacia los demás se esfumarán repentinamente. Significa, sin embargo, que el Espíritu Santo nos ayudará a elevarnos por encima de nuestra naturaleza humana, y, llenos de su amor y verdad, seremos celosos en vivir y difundir la fe y en fomentar un lazo fuerte entre nosotros como miembros de la verdadera Iglesia.
 
Aparte de todo lo que les he dicho hasta ahora, debemos recordar cuán importante es el Espíritu Santo. Nuestro Señor pudo haber dado a los Apóstoles todas las gracias necesarias, pero el Espíritu Santo estaba destinado a venir sobre ellos en Pentecostés para iluminarlos. En el Evangelio del jueves de Ascensión, todavía preguntaban los Apóstoles, “Señor, ¿restauraréis ahora el reino de Israel?” Casi podemos imaginar a nuestro Señor negando con su cabeza. Cuántas veces les dijo que su Reino no era de este mundo, y aún no entendían. Todavía después de la Ascensión, tenían miedo. Pero después de esa primera novena, el Espíritu Santo los capacitó para que finalmente captaran las enseñanzas de Cristo. Aunque las tres Divinas Personas, siendo un solo Dios, obran perfectamente juntas, a cada una le atribuimos diferentes funciones: el Padre crea, el Hijo redime, el Espíritu Santo santifica.
  
¿No se han preguntado alguna vez por qué encuentran tanta frustración en la oración, por qué Dios parece no escuchar sus oraciones? Es porque nunca, o muy rara vez, oran al Espíritu Santo. Oramos al Padre cada vez que rezamos el Padrenuestro, y oramos a Jesús en el Santísimo Sacramento. Pero al Espíritu Santo frecuentemente se le llama “la Persona olvidada de la Trinidad”. Con todo, si no le rezamos, no recibiremos las gracias que están destinadas a venirnos de Él.
   
Renovemos, entonces, este domingo de Pentecostés, nuestra devoción al Espíritu Santo. Que no sea olvidado en nuestras vidas. Ha sido llamado el Alma de nuestra alma, pues habita dentro de ella cuando poseemos la gracia santificante; somos sus templos. ¿No resulta raro que aun cuando el Espíritu Santo vive en nosotros, casi nunca pensamos en Él? Qué maravilloso mensaje se nos da en la sagrada liturgia del domingo de Pentecostés, el día en que celebramos el cumpleaños de la Iglesia. El Padre nos creó, el Hijo nos redimió, y ahora la gran obra del Espíritu Santo continúa hasta el fin del tiempo: la santificación de nuestras almas.
 
En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.