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viernes, 29 de junio de 2018

30 AÑOS DE LAS CONSAGRACIONES DE ÉCÔNE: UNA REFLEXIÓN

Traducción del artículo publicado en NOVUS ORDO WIRE.
  
30 AÑOS DESDE LAS CONSAGRACIONES EPISCOPALES DE LA FSSPX POR EL ARZOBISPO LEFEBVRE
30 de Junio de 1988-2018
   
 
En 1988, el 30 de Junio era Jueves. Litúrgicamente, era la Conmemoración de San Pablo Apóstol. Ese día, todos los ojos del mundo estaban sobre una pequeña población en el suroeste de Suiza llamada Ecône. En una conferencia de prensa el 15 de Junio, el arzobispo francés Marcel Lefebvre (1905-1991) había anunciado que el 30 de ese mes iba a consagrar cuatro obispos en Ecône, incluso contra la expresa prohibición del hombre que reconocía ser el Vicario de Jesucristo, el obispo apóstata polaco Karol Wojtyla, conocido de otra forma por su nombre de escena, “Papa Juan Pablo II”.
  
Habiendo fracasado todas las negociaciones entre la Secta Novus Ordo y la Sociedad San Pío X (FSSPX) para la consagración de un obispo aprobado por Roma, el arzobispo Lefebvre procedió a consagrar al episcopado a cuatro hombres de su propia elección: el inglés P. Richard Williamson, es español P. Alfonso de Galarreta, el francés P. Bernard Tissier de Mallerais, y el suizo P. Bernard Fellay. Él obró así en orden de asegurar la supervivencia de su sociedad sacerdotal (fundada en 1970 con la aprobación del obispo Novus Ordo local) y la válida transmisión de la plenitud del sacramento de las Órdenes Sagradas. Esto se había convertido en necesario toda vez que el rito Novus Ordo impuesto por el “Papa” Pablo VI en 1968 era claramente inválido. Aunque la Iglesia prescribe dos obispos co-consagrantes para una consagración episcopal, solamente un hombre en todo el mundo estuvo dispuesto a unirse a Lefebvre en esta ceremonia de ordenación: Mons. Antônio de Castro-Mayer (1904-1991), el ordinario retirado de Campos, Brasil.
  
El 17 de Junio de 1988, el “Cardenal” Bernardino Gantin (1922-2008), entonces Prefecto de la Congregación Vaticana para los Obispos, le envió la siguiente advertencia canónica formal al arz. Lefebvre, anunciándole que la excomunión automática sería la consecuencia si de hecho consagraba a los cuatro obispos como era planeado:
ADVERTENCIA CANÓNICA
 
Congregación para los Obispos a Su Excelencia el Arzobispo Marcel Lefebvre, Arzobispo-Obispo Emérito de Tulle
     
Puesto que el 15 de Junio de 1988 Vd. declaró que intentaría ordenar cuatro sacerdotes al episcopado sin haber obtenido el mandato del Sumo Pontífice como lo requiere el Canon 1013 del Código de Derecho Canónico de 1983, yo mismo le envío a Vd. esta advertencia canónica pública, confirmando que si llevare a cabo su intención como está declarada arriba, Vd. mismo y también los obispos ordenados por Vd. incurrirán ipso facto en excomunión latæ senténtiæ reservada a la Sede Apostólica, en conformidad con el Canon 1382. Por tanto le intimo y suplico en nombre de Jesucristo que pondere cuidadosamente lo que Vd. está a punto de hacer contra las leyes de la sagrada disciplina, y las muy graves consecuencias resultantes de ésta para la comunión de la Iglesia Católica, de la cual Vd. es un obispo.
  
Dado en Roma, en la Oficina de la Congregación para los Obispos, 17 de Junio de, 1988.
  
Por mandato del Sumo Pontífice,
  
Bernardino Card. Gantin
Prefecto de la Congregación para los Obispos
(Fuente: “Advertencia Canónica”, en El Arzobispo Lefebvre y el Vaticano, pág. 112; cursivas propias del original).
 
De más está decir, esta advertencia no tuvo el efecto deseado, y el arz. Lefebvre llevó a cabo las consagraciones el 30 de Junio. Un vídeoclip resumiendo los detalles de la ceremonia puede ser visto aquí:
  
     
El día posterior a las consagraciones, 1 de Julio, el Vaticano envió la amenazada carta de excomunión:
DECRETO
  
Monseñor Marcel Lefebvre, Arzobispo-Obispo emérito de Tulle, no obstante la advertencia canónica formal del 17 de Junio pasado y los repetidos apelos a desistir de su intención, ha realizado un acto cismático por la consagración episcopal de cuatro sacerdotes, sin mandato pontificio y contrario a la voluntad del Sumo Pontífice, y por tanto ha incurrido en la pena prevista por el Canon 1364 §1, y el Canon 1382 del Código de Derecho Canónico.
  
Habiendo tomado cuenta de todos los efectos jurídicos, yo declaro que el arriba mencionado Arzobispo Marcel Lefebvre, y Bernard Fellay, Bernard Tissier de Mallerais, Richard Williamson, y Alfonso de Galarreta han incurrido ipso facto en excomunión latæ senténtiæ reservada a la Sede Apostólica.
  
Además, declaro que el Arzobispo [sic] Antônio de Castro-Mayer, Obispo emérito de Campos, puesto que tomó parte directamente en la celebración litúrgica como co-consagrante y adhirió públicamente al acto cismático, ha incurrido en la excomunión latæ senténtiæ prevista por el Canon 1364 §1.
  
Los sacerdotes y fieles están advertidos de no apoyar el cisma del Arzobispo Lefebvre, de otra manera incurrirán ipso facto en la muy grave pena de excomunión.
  
De la Oficina de la Congregación para los Obispos, 1 de Julio de 1988.
  
Bernardino Card. Gantin
Prefecto de la Congregación para los Obispos.
(Fuente: “Decreto”, en El Arzobispo Lefebvre y el Vaticano, pág. 126; cursivas propias del original).
  
Al día siguiente, 2 de Julio, Juan Pablo II publicó un autodenominado documento motu próprio (“de su propia iniciativa”), la Carta “Apostólica” Ecclésia Dei Adflícta, en la cual declaró que por haberse llevado a cabo estas consagraciones episcopales contra su expresa prohibición, los obispos consagrados se habían convertido en culpables de un “acto cismático”.
  
Por otra parte, él anunció la creación de una comisión especial (Comisión Pontificia “Ecclésia Dei”) para complacer a los que estuvieran afectos a la liturgia pre-Vaticano II pero no querían seguir a los lefebvristas en su cisma. Pocos días después, una nueva orden de sacerdotes fue fundada para este fin, llamada la Fraternidad de San Pedro (FSSP). La FSSP iba a ser justo como la FSSPX en términos litúrgicos, pero estaría en “plena comunión” con la Secta del Vaticano II, aceptando el Concilio y los Nuevos Sacramentos como válidos y lícitos, y siendo obedientes al “Papa”. Varios sacerdotes y laicos dejaron la FSSPX y en su lugar se unieron a la FSSP.
    
El 6 de Julio, el liderato de la FSSPX —el Superior General en ese tiempo era el P. Franz Schmidberger— envió lo que pudo llamarse su “respuesta oficial” al decreto de excomunión. Era una carta abierta al “Cardenal” Gantin, en la cual los lefebvristas esencialmente declararon su gozo y gratitud al ser considerados excomulgados por una falsa iglesia. Puesto que no es bien conocida y su contenido es en cambio explosivo, la reproducimos aquí in tutto:
CARTA ABIERTA AL CARDENAL GANTIN, PREFECTO DE LA CONGREGACIÓN PARA LOS OBISPOS
 
Ecône, 6 de Julio de 1988.
  
Eminencia,
  
Reunidos en torno a nuestro Superior General, los Superiores de los Distritos, Seminarios y casas autónomas de la Sociedad Sacerdotal San Pío X tenemos a bien expresarle respetuosamente a Vd. las siguientes reflexiones.
  
Usted pensó bien, por su carta del 1 de Julio, al informar a sus Excelencias el Arzobispo Marcel Lefebvre, el Obispo Antônio de Castro-Mayer, y los cuatro Obispos que ellos consagraron el 30 de Junio, en Ecône, de la excomunión latæ senténtiæ. Dejamos a Vd. juzgar por sí mismo el valor de tal declaración, viniendo de una autoridad que, en su ejercicio, rompe con todos sus predecesores hasta el Papa Pío XII, en el culto, enseñanza y gobierno de la Iglesia.
  
En cuanto a nosotros, estamos en plena comunión con todos los Papas y Obispos antes del Concilio Vaticano II, celebrando precisamente la Misa que ellos codificaron y celebraron, enseñando el Catecismo que ellos compusieron, de pie contra los errores que ellos muchas veces condenaron en sus encíclicas y cartas pastorales. Dejamos a Vd. juzgar en qué lado de la ruptura será encontrado. Nosotros estamos extremadamente entristecidos por la ceguera de espíritu y la dureza de corazón de las autoridades romanas.
  
Por otra parte, nunca deseamos pertenecer a este sistema que se llama a sí mismo la Iglesia Conciliar, y se define a sí misma con el Novus Ordo Missæ, un ecumenismo que lleva al indiferentismo y la laicización de toda la sociedad. Sí, nosotros no tenemos parte, nullam partem habémus, con el panteón de las religiones de Asís; nuestra propia excomunión por un decreto de Su Eminencia o de otra Congregación romana sólo sería la prueba irrefutable de esto. Nada mejor pedimos que ser declarados fuera de la comunión con este espíritu adulterino que ha estado soplando en la Iglesia por los últimos 25 años; nada mejor pedimos que ser declarados fuera de esta impía comunión de los impíos. Nosotros creemos en el Único Dios, Nuestro Señor Jesucristo, con el Padre y el Espíritu Santo, y siempre permaneceremos fieles a Su única esposa, la Iglesia Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana.
   
Ser públicamente asociados con esta sanción que es infligida sobre los seis Obispos Católicos, Defensores de la Fe en su integridad y entereza, sería para nosotros un sello de honor y una señal de ortodoxia ante los fieles. Ellos de hecho tienen un estricto derecho a conocer que los sacerdotes que les sirven no están en comunión con una iglesia impostora, promotora de la evolución, el pentecostalismo y el sincretismo. En unión con estos fieles, hacemos nuestras las palabras del Profeta: “Præparáte corda vestra Dómino et servíte Illi soli: et liberábit vos de mánibus inimicórum vestrórum. Convertímini ad Eum in toto corde vestro, et auférte deos aliénos de médio vestri - Abrid vuestros corazones al Señor y servidle a Él solo: y Él os librará de las manos de vuestros enemigos. Convertíos a Él de todo corazón, y apartad de entre vosotros los dioses extranjeros” (I Reyes 7, 3).
  
Confiando en la protección de Aquella que ha aplastado a todas las herejías en el mundo, le aseguramos a Su Eminencia nuestra dedicación a Aquél que es el único Camino de Salvación.
  
P. Franz Schmidberger, Superior General
P. Paul Aulagnier, Superior del Distrito de Francia
P. Franz-Josef Maessen, Superior del Distrito de Alemania
P. Edward Black, Superior del Distrito de Gran Bretaña
P. Anthony Esposito, Superior del Distrito de Italia
P. François Laisney, Superior del Distrito de Estados Unidos
P. Jacques Emily, Superior del Distrito de Canadá
P. Jean Michel Faure, Superior del Distrito de México
P. Gerard Hogan, Superior del Distrito de Australasia
P. Alain Lorans, Superior del Seminario de Ecône
P. Jean Paul André, Superior del Seminario de Francia
P. Paul Natterer, Superior del Seminario de Alemania
P. Andrés Morello, Superior del Seminario de Argentina
P. William Welsh, Superior del Seminario de Australia
P. Michel Simoulin, Rector de la Universidad San Pío X
P. Patrice Laroche, Vicerrector del Seminario de Ecône
P. Philippe François, Superior de Bélgica
P. Roland de Mérode, Superior de Holanda
P. Georg Pflüger, Superior de Austria
P. Guillaume Devillers, Superior de España
P. Philippe Pazat, Superior de Portugal
P. Daniel Couture, Superior de Irlanda
P. Patrick Groche, Superior de Gabón
P. Frank Peek, Superior de África del Sur
(Fuente: “Carta Abierta al Cardenal Gantin”, en El Arzobispo Lefebvre y el Vaticano, págs. 136-138; cursivas propias del original; subrayas agregadas).
 
El Vaticano nunca respondió a esta misiva; al menos la FSSPX dice que nunca recibieron una réplica, y no hay razón para dudarlo.
  
Esta carta del 6 de Julio al “Cardenal” Gantin revela la extrema irrazonabilidad de reconocer como legítimos Católicos a autoridades manifiestamente acatólicas que imponen doctrina, culto y disciplina no católicas. Es una imposible cuadratura del círculo y en sí misma herética o al menos próxima a herejía, puesto que implica que la Iglesia Católica puede defeccionar de la Fe verdadera, la verdadera adoración, y la salutífera disciplina universal. Si eso fuera posible, la Iglesia no estaría protegida por el Espíritu Santo, ella no sería el Arca de Salvación, y las puertas del Infierno habrían prevalecido.
  
Advertid que la carta claramente declara o implica que las autoridades Novus Ordo son parte de una falsa iglesia (“iglesia impostora”), una iglesia que está en contraste con la verdadera Iglesia (“la Iglesia Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana”), a la que los signatarios insisten que están siendo fieles. Tan lejos, tan bueno —aunque lo que arroja un desafío a todo esto es el hecho de que la FSSPX insiste que esos mismos modernistas son sin embargo autoridades legítimas de la verdadera Iglesia; autoridades, sin embargo, que deben ser desobedecidas y resistidas, de otro modo correríamos el riesgo de ser envenenados por su herética religión. ¡Esto es un absurdo en zancos!
  
Esto es porque la FSSPX nunca ha resuelto esta contradicción en su teología —¡cómo pudieron!— de que las comunidades lefebvristas siempre tienen en sí mismas el potencial para reconciliarse con Roma o apartarse completamente a lo suyo. Vemos lo anterior en la FSSP, en defecciones individuales a la Secta Novus Ordo, y en el movimiento interno de la FSSPX (encabezado por el obispo Fellay) buscando la aceptación oficial de Roma incluso como un “modernista genuino” (palabras de Fellay) es reconocido como Papa. Vemos la última en los autodenominados “sacerdotes de la resistencia” que dejaron la FSSPX o fueron expulsados (ellos se llaman a sí mismos “FSSPX de la Estricta Observancia” o “FSSPX-Marian Corps” [La “Resistencia” incluye la “Unión Sacerdotal Marcel Lefebvre” en Francia y la “Sociedad Sacerdotal de los Apóstoles de Jesús y María” en América del Sur, N. del T.]), entre los cuales se encuentran el obispo Richard Williamson, P. François Chazal, P. David Hewko, P. Joseph Pfeiffer, y otros.
  
Lo único en lo que aparentemente coinciden totalmente es: el Sedevacantismo —la única posición doctrinalmente sólida y razonable que puede justificar el rechazo a la sumisión a los modernistas en Roma— no es el camino a seguir. Qué interesante.
  
Aquí hay una selección de nuestros muchos artículos en este blog contra la FSSPX, refutando su teología falsa y anticatólica:
 
En el 2009, P. Joseph Ratzinger —entonces reclamante del título “Papa Benedicto XVI”— ordenó la remisión de la excomunión de los cuatro obispos aún vivos: Fellay, Williamson, de Galarreta, y Tissier de Mallerais. Así como el decreto de excomunión de 1988 había sido firmado por el Prefecto de la Congregación para los Obispos (entonces el “Cardenal” Gantin), así también el decteto de 2009  fue firmado por la misma autoridad novusordiana (entonces el “Cardenal” Giovanni Battista Re).
   
Esta remisión vino sin condiciones previas, y Benedicto XVI publicó una carta a los obispos Novus Ordo en todo el mundo explicando su desición. Sin embargo, el decreto remisorio de la excomunión decía: “Es de desear que tras este paso se realice solícitamente la plena comunión de toda la Fraternidad San Pío X con la Iglesia, testimoniando así auténtica fidelidad y un verdadero reconocimiento del Magisterio y de la autoridad del Papa, con la prueba de la unidad visible”. Luego del fracaso de las continuas negociaciones para lograr esta esperada “plena comunión” entre la FSSPX y la Roma Modernista, sin embargo, la Congregación para la Doctrina de la Fe preparó un nuevo decreto de excomunión en 2013, pero Francisco el Misericordioso se negó a firmarlo.
  
Desde entonces, Francisco ha estado gradualmente haciendo concesiones a la FSSPX: En 2015, él designó al obispo Fellay para juzgar casos de sacerdotes de la FSSPX en la primera instancia, y concedió a todos los sacerdotes y obispos de la FSSPX las facultades para absolver “válida y lícitamente” los pecados en confesión durante el “Año de la Misericordia”. No sorprendentemente, cuando el Año de la Misericordia se acabó, esta concesión fue extendida indefinidamente. Entonces el Vaticano comenzó a lanzar la idea de que la FSSPX no aceptaría totalmente el Vaticano II en orden a ser regularizada, y tuvo lugar el ofrecimiento de una prelatura personal. En un punto el obispo Fellay proclamó que Francisco consideraba que la FSSPX es Católica, agregando —aparentemente totalmente inconciente de la fatal ironía— que “la doctrina no es lo importante para él”. Parecía que una reconciliación entre las dos partes era inminente.
  
Cuando en el 2017 el Vaticano presentó un documento astuto permitiendo a los obispos del Novus Ordo permitir las bodas de la FSSPX en sus diócesis, esto fue demasiado para siete decanos de la FSSPX en Francia, y ellos comenzaron a rebelarse. El obispo Fellay actuó decisivamente, rápidamente removiendo a todos los siete decanos de sus puestos (años atrás, varios laicos franceses de la FSSPX habían demandado la renuncia del obispo Fellay de su puesto como Superior General). El mismo año, el obispo Fellay anunció que le había sido concedido permiso por Roma para ordenar sacerdotes libremente. Aunque no todos en la FSSPX eran tan entusiastas como sus líderes sobre un acuerdo con la Roma Modernista, todo parecía ser fácil para los lefebvristas.
  
Pero entonces, todo cambió. Intempestivamente, el “Cardenal” Gerhard Ludwig Müller puso un obstáculo en las negociaciones, requiriendo súbitamente a la FSSPX aceptar cada jota y título del Vaticano II y del Magisterio postconciliar, como también la legitimidad de los sacramentos del Novus Ordo, como precondición para cualquier tipo de reconciliación. Esto efectivamente acabó con todo. “Esto es como el juego de la oca”, lamentó el obispo Fellay, refiriéndose al popular juego familiar en el cual la persona puede ser requerida a comenzar de nuevo justo antes de llegar a la línea de meta.
  
Este es, más o menos, el punto en el que la FSSPX está con Roma. Ellos aún están haciendo lo suyo, y les ha sido dada toda clase de concesiones, pero en términos de un acuerdo están de nuevo en el punto inicial. Dependiendo de a quién le preguntes en la Secta Novus Ordo, las opiniones sobre el estado preciso de la FSSPX varían entre “en cisma” y “ellos pueden ser aceptados como son”.
  
Mons. Antônio de Castro-Mayer (1904-1991)
 
En cuanto al Obispo de Castro-Mayer, después de las consagraciones de 1988 él continuó liderando su movimiento de resistencia en Campos, la Fraternidad Sacerdotal San Juan María Vianney, en oposición al ordinario local que lo remplazó en 1981. Como el arzobispo Lefebvre, de Castro-Mayer murió en 1991, después del cual tres de los cuatro nuevos obispos de la FSSPX consagraron al P. Licínio Rangel (1936-2002) para sucederlo. El Vaticano eventualmente persuadió al obispo Rangel para firmar un acuerdo para entrar en la “plena comunión” con Juan Pablo II, transformando su Sociedad de San Juan Vianney en la “Administración Apostólica Personal” de San Juan Vianney. Esto fue en Enero de 2002. En ese tiempo, la FSSPX bajo el obispo Fellay le advirtió a la resistencia de Campos no hacer un acuerdo con el Vaticano (ver aquí y acá), prediciéndole que los modernistas romanos simplemente estaban neutralizando su resistencia al Vaticano II y la Nueva Misa, cosa que exectivamente sucedió.
  
Aunque el Vaticano permitió la (¡válida!) consagración de un nuevo obispo en el 2002 (Mons. Fernando Rifán) como parte del acuerdo, uno puede decir verdaderamente que, a todos intentos y propósitos, la Resistencia de Campos no lo es más. Aunque la “Administración Apostólica Personal” todavía existe, ellos son en efecto simplemente otra organización indultada cuya “resistencia” al Vaticano II y los Nuevos Sacramentos, si existe, es a lo sumo mínima. Hoy Campos es completamente irrelevante. Ellos aún tienen las bellas externalidades tradicionales e incluso un clero válido, pero en su interior son simplemente una parte de la Secta del Vaticano II. En 2013, el obispo Rifán fue captado felizmente concelebrando el servicio de adoración Novus Ordo con el “Papa” Francisco en la Casa Santa Marta. Mons. de Castro-Mayer debe estar revolviéndose en su tumba.
  
Claramente, la resistencia de Campos es historia. El acuerdo del Vaticano se volvió el beso de la muerte para ellos. Por eso es más sorprendente que el mismo obispo Fellay que una vez le advirtió al obispo Rangel no firmar el acuerdo que Juan Pablo II le ofreciera, hoy está deseoso por un autodenominado acuerdo por la “prelatura personal” bajo Francisco, algo que él confirmó una vez más en una nueva entrevista publicada en la edición del 28 de Junio del diario alemán Die Tagespost (ver Regina Einig, “Wir sind ein Störfaktor in der Kirche” -Somos un factor de perturbación en la Iglesia-, Die Tagespost LXXI: 26, pág. 3).
  
La consagración episcopal de los Obispos Tissier de Mallerais, Williamson, de Galaretta, y Fellay
  
En relación al 30º aniversario de las consagraciones de Lefebvre este año, anticipamos que el liderazgo de la FSSPX mantendrá la conmemoración en un perfil bajo. En años recientes ellos habían estado subrepticiamente siendo conciliadores con el Vaticano modernista —¡bajo Francisco, de toda la gente!–, y el obispo Fellay había incluso afirmado sin reparo que la FSSPX nunca quiso ser cismática o separada de Roma. Aunque la carta del 6 de Julio al “Cardenal” Gantin reproducida arriba cuenta una historia diferente.
   
Pero aún hoy, el obispo Fellay repite el mismo reclamo: “Insisto: nunca nos separamos de la Iglesia”, dice en la entrevista en el Tagespost (pág. 2; traducción nuestra). Quizá de acuerdo a su propia definición peculiar de “Iglesia” él nunca se ha separado, pero eso no es algo que pueda experimentar. Los Ortodoxos Orientales han afirmado de antiguo la misma cosa, y a ellos el Papa Pío IX les tuvo un mensaje claro: “…cualquiera que sea señalado de cismático por el Pontífice Romano, hasta que no admita expresamente y respete su potestad, debe cesar de usurpar en cualquier modo el nombre de Católico” (Encíclica Quártus Supra, n. 9).
  
Para los que puedan objetar que los lefebvristas reconocen la primacía del Papa, les respondemos con el Papa Pío IX una vez más:
¿De qué sirve, de hecho, proclamar el dogma Católico del primado del Bienaventurado Pedro y de sus sucesores, y haber difundido tantas declaraciones de fe Católica y de obediencia ante la Sede Apostólica, cuando las acciones en sí desmienten abiertamente las palabras? ¿Tal vez que no se convierta incluso menos excusable la obstinación, cuando más se reconoce el imperioso deber de la obediencia? ¿Tal vez que la autoridad de la Sede Apostólica no se extiende más de lo que ha sido por Nos dispuesto, o basta tener comunión de fe con ella, sin obligación de obediencia, para que se pueda considerar como salva la Fe Católica
  
…Se trata de hecho, Venerables Hermanos y dilectos Hijos, de la obediencia que se debe prestar o negar a la Sede Apostólica; se trata de reconocer la suprema potestad, también en vuestras Iglesias, cuanto menos por lo que concierne a la fe, la verdad y la disciplina; quien la haya negado es un hereje. Quien en cambio la tenga reconocida, pero orgullosamente se rehúse a obedecerla, es digno del anatema. (Papa Pío IX, Encíclica Quæ in Patriarchátu [1 de Septiembre de 1876], nros. 23-24; en Acta Sanctæ Sedis X [1877], págs. 3-37; Vestión inglesa tomada de Papal Teachings: The Church, nros. 433-434.)
  
Qué irónico: Resulta que los supuestos defensores de la Tradición abrazan ellos mismos una posición que es contraria a la enseñanza recibida de la Iglesia.
  
Por cierto: la segunda dodécada del obispo Fellay como Superior General está a su final. El Capítulo General de la FSSPX se reunirá entre el 11 y 21 de Julio de este año, al final del cual el nuevo Superior General será elegido. Si los rumores pueden ser creídos, entonces los candidatos con las mejores chances son el P. Davide Pagliarani, P. Jürgen Wegner, P. Yves Le Roux, y el P. Niklaus Pflüger. Este será un evento decisivo para la FSSPX y determinará claramente a donde irá la sociedad lefebvrista en los próximos doce años, cuando, podemos seguramente imagniarlo, se considere nuevamente conferir al menos una consagración episcopal.
  
En todo caso, una cosa parece cierta: No importa lo que la FSSPX pueda decidir hacer respecto al Vaticano modernista, una posición ortodoxa Católica no será asumida por ellos.

miércoles, 27 de junio de 2018

CARTA DE MONS. LEFEBVRE AL CARDENAL OTTAVIANI, SOBRE LA CRISIS ECLESIAL GENERADA POR EL VATICANO II

Traemos otro documento histórico que apenas recientemente ve la luz pública: La carta que Mons. Marcel Lefebvre enviara al Santo Oficio liderado por el cardenal Alfredo Ottaviani en 1966, exponiéndole las consecuencias que trajo el Vaticano II a un año de su clausura, y apelando al reclamante al Papado en ese tiempo que haga el retorno a la Fe y la Doctrina Católica (aunque sabemos ahora que no sucedió NADA, toda vez que el mismo Montini apoyaba la deriva teológica y disciplinaria).
   
Esta carta, que no pierde actualidad -sobre todo ahora que salió el Anuario Pontificio del 2018 y el Anuario Estadístico Eclesial del año 2016 señalando la persistente disminución en las vocaciones sacerdotales y religiosas neo-eclesiales desde el año 2015-, tiene cierto viso profético, porque describe el “magisterio mediático” de Bergoglio, que prefiere sentar cátedra con sus improvisadas entrevistas, audiencias y homilías (alentando el error y la impiedad, por descontado). - Original en Italiano publicado en RADIO SPADA, traducción y negrillas nuestras.

Mons. Marcel Lefebvre
  
CARTA DE Mons. MARCEL LEFEBVRE AL Card. OTTAVIANI, PREFECTO DE LA CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE (EX SANTO OFICIO), EN RESPUESTA A UNA PETICIÓN AVANZADA POR EL MISMO CARDENAL
 
Eminencia,
 
Su carta del 24 de Julio, concerniente a la puesta en discusión de algunas verdades de Fe, ha sido comunicada, a través de los buenos oficios de nuestra secretaría, a todos nuestros Superiores mayores.
  
Nos hay llegado pocas respuestas. En aquellas que nos han llegado del África no se niega que en este momento hay una gran confusión en las mentes. Incluso si estas verdades no parecen haber sido puestas en discusión, en la práctica se asiste a una disminución del fervor y de la regularidad en la recepción de los sacramentos, sobre todo del Sacramento de la Penitencia.
  
Se constata una notable disminución del respeto debido a la Santa Eucaristía, sobre todo de parte de los sacerdotes, y una escasez de vocaciones sacerdotales en las misiones francófonas: las vocaciones en las misiones de habla inglesa y portuguesa están menos influenciadas del nuevo espíritu, pero ya las revistas y los diarios están difundiendo las teorías más avanzadas.
  
Parecería que el motivo para el limitado número de respuestas recibidas, sea debido a la dificultad de cogliere estos errores, que se han difundido por todas partes. La causa del mal está principalmente en una literatura que siembra la confusión en las mentes a través de las presentaciones que son ambiguas y equívocas, pero detrás de las cuales se descubre una nueva religión. Creo que es mi deber plantearle plenamente y claramente lo que se evidencia de mis conversaciones con numerosos obispos, sacerdotes y laicos en Europa y en África, y que emerge también de lo que he leído en los territorios de lengua inglesa y francesa.
  
Hubiera gustoso seguido el orden de las verdades señaladas en Su carta, pero me permito decirle que el mal presente parece mucho más grave que la negación o la puesta en discusión de algunas verdades de nuestra fe. Hoy eso se manifiesta en una extrema confusión de ideas, en una ruptura de las instituciones de la Iglesia, de las fundaciones religiosas, de los seminarios, de las escuelas católicas –en breve, de lo que era el apoyo permanente de la Iglesia. Y no es más que la continuación lógica de las herejías y los errores que han minado la Iglesia en los últimos siglos, sobre todo del liberalismo del siglo pasado, que ha buscado a toda costa reconciliar la Iglesia con las ideas que han conducido a la Revolución francesa.
 
En la medida en que la Iglesia se ha opuesto a estas ideas, que van contra la sana filosofía y teología, ella ha hecho progresos. Mientras, en cambio, cada compromiso con estas ideas subversivas ha provocado un alinamiento de la Iglesia con el derecho civil, con el consiguiente peligro de esclavizarla a la sociedad civil.
   
Además, cada vez que grupos de católicos se han dejado atraer por estos mitos, los Papas valientemente los han llamado al orden, iluminando y, si es necesario, condenando. El liberalismo católico fue condenado por el Papa Pío IX, el modernismo por el Papa León XIII, el movimiento del Sillon por el Papa San Pío X, el comunismo por el Papa Pío XI y el neomodernismo por el Papa Pío XII.
 
Gracias a esta admirable vigilancia, la Iglesia ha crecido y se ha difundido; las conversiones de los paganos y de los protestantes han sido muy numerosa; la herejía era completamente alejada; los Estados han aceptado una legislación más católica.
  
Todavía, grupos de religiosos empapados de estas falsas ideas han llegado a infiltrarse en la Acción Católica y en los seminarios, gracias a una cierta indulgencia de parte de los obispos y de la tolerancia de algunas autoridades romanas. Prestamente fueron escogidos para obispos de entre estos religiosos. Esta era la situación existente en el momento en el cual el Concilio, con las comisiones preliminares, se preparaba a proclamar la verdad contra tales errores, a fin de desterrarlos de la Iglesia por largo tiempo. Hubiera sido el final del protestantismo y el inicio de una era nueva y fecunda para la Iglesia.
  
Ahora, esta preparación fue odiosamente rechazada para hacer puesto a la más grave tragedia que la Iglesia haya sufrido jamás. Habíamos asistido al matrimonio de la Iglesia Católica con las ideas liberales. Significaría negar la evidencia, ser voluntariamente ciegos, no afirmar con coraje que el Concilio ha permitido a aquellos que profesan los errores y siguen las tendencias condenadas por los Papas citados antes, el creer legítimamente que las sus doctrinas han sido sancionadas y aprobadas.
  
Considerando que el Concilio se estaba preparando a ser una luz esplendente en el mundo de hoy (si hubiesen sido aceptados los documentos pre-conciliares en los cuales se encontraba una solemne profesión de doctrina cierta, frente a los problemas hodiernos), ahora sin embargo se puede y debe constatar que:
  • En modo más o menos general, cuando el Concilio ha introducido las innovaciones, ha perturbado la certeza de las verdades enseñadas por el Magisterio auténtico de la Iglesia, en cuanto pertenecientes auténticamente al tesoro de la Tradición.
  • Sobre la transmisión de la jurisdicción de los obispos, las dos fuentes de la Revelación, la inspiración de la Escritura, la necesidad de la gracia para la justificación, la necesidad del bautismo católico, la vida de la gracia entre los herejes, los cismáticos y los paganos, los fines del matrimonio, la libertad religiosa, los Novísimos, etc. … sobre todos estos puntos fundamentales la doctrina tradicional era clara y era unánimemente enseñada en las universidades católicas. De ahora en adelante, numerosos textos del Concilio sobre estas verdades, permitirán dudar de ellas.
 
Las consecuencias de todo esto han sido rápidamente elaboradas y aplicadas en la vida de la Iglesia:
  • Dudas sobre la necesidad de la Iglesia y de los sacramentos, han llevado a la desaparición de las vocaciones sacerdotales;
  • Dudas sobre la necesidad y la naturaleza de la “conversión” de las almas, han llevado a la desaparición de las vocaciones relgiosas, a la destrucción de la espiritualidad tradicional en los noviciados y a la inutilidad de las misiones;
  • Dudas sobre la legitimidad de la autoridad y sobre la necesidad de la obediencia, han causado la exaltación de la dignidad humana, la autonomía de la conciencia y de la libertad, que están trastornando todos los ámbitos basados sobre la Iglesia (congregaciones religiosas, diócesis, sociedad secular, familia).
El orgullo tiene como consecuencia normal la concupiscencia de los ojos y de la carne. Y tal vez uno de los más terroríficos signos de nuestro tiempo es el ver hasta qué punto ha llegado la decadencia moral de la mayor parte de las publicaciones católicas. Ellas hablan sin ningún reparo de sexualidad, de control de los nacimientos con todo medio, de la legitimidad del divorcio, de educación mixta, de flirteos, de bailes, como medios necesarios a la edificación cristiana, al celibato del clero, etc.
 
Las dudas sobre la necesidad de la gracia para ser salvos, hacen sí que el bautismo caiga en la más baja consideración, así que en el futuro esto será pospuesto a más tarde, ocasionando la negligencia del Sacramento de la Penitencia, tanto más que si se trata de una postura del clero y no de los fieles. Lo mismo dígase para la Presencia Real: está el clero que se comporta como si no lo creyera más, escondiendo el Santísimo Sacramento, suprimiendo todas las señales de respeto hacia las Sacras Especies y todas las ceremonias en su honor.
  
Las dudas sobre la necesidad de la Iglesia como única fuente de salvación, sobre la Iglesia Católica como la única verdadera religión, que derivan de las declaraciones sobre el ecumenismo y sobre la libertad religiosa, están destruyendo la autoridad del Magisterio de la Iglesia. De hecho, Roma no es más la única y necesaria Magístra Veritátis.
 
Yendo pues a los hechos, estoy obligado a concluir que el Concilio ha alentado de manera inconcebible la difusión de los errores liberales. Fe, moral y disciplina eclesiástica son sacudidas de sus fundamentos, realizando las previsiones de todos los Papas.
  
La destrucción de la Iglesia está avanzando a un ritmo acelerado. Dando una autoridad exagerada a las Conferencias Episcopales, el Sumo Pontífice se ha quedado impotente. ¡Cuántas dolorosas lecciones en un solo año! Pero es el Sucesor de Pedro, y sólo él, quien puede salvar la Iglesia.
  
Rodéese el Santo Padre de fuertes defensores de la fe: los nombres de las diócesis importantes. Proclame la verdad con docuemtos de importancia extraordinaria descartando el error sin el temor de contradicciones, sin el temor de poner en discusión las disposiciones pastorales pastorali del Concilio.
    
Que el Santo Padre se digne:
  • Alentar a los obispos a corregir la fe y la moral, cada uno en la respectiva diócesis, como conviene a todo buen pastor;
  • Sostener a los obispos valientes, exhortándoles a reformar sus seminarios y a recuperar el estudio de Santo Tomás de Aquino;
  • Alentar a los Superiores Generales a mantener en los noviciados y en las comunidades los principios fundamentales del ascetismo cristiano y, sobre todo, la obediencia;
  • Alentar el desarrollo de las escuelas católicas, de una prensa informada de la sana doctrina, de asociaciones de familias cristianas;
  • Y, en fin, redargüir a los instigadores de errores y reducirlos al silencio. Las alocuciones de los miércoles no pueden sustituir las encíclicas, los decretos y las cartas a los obispos.
 
¡Sin duda es temerario que yo me exprese en este modo! Mas es con amor ardiente que redacto estas líneas, el amor a la gloria de Dios, el amor a Jesús, el amor a María, a la Iglesia, al Sucesor de Pedro, Obispo de Roma, Vicario de Jesucristo.
 
Pueda el Espíritu Santo, al cual está dedicada nuestra Congregación, dignarse venir en ayuda al Pastor de la Iglesia universal.
 
Que Vuestra Eminencia se digne aceptar la garantía de mi más respetuosa devoción en Nuestro Señor.
 
Marcel Lefebvre,
Arzobispo titular de Sinada en Frigia,
Superior General de la Congregación del Espíritu Santo.
20 de Diciembre de 1966.

miércoles, 2 de mayo de 2018

MARÍA SANTÍSIMA NO GUSTA DE LAS HEREJÍAS

«María nos conservará en la fe Católica. Ella no es liberal, ni modernista, ni ecumenista. Es alérgica a todos los errores, y con mayor razón, a las herejías y la apostasía». (Mons. Marcel Lefebvre, Itinerario Espiritual, cap. IX, in fine)

miércoles, 14 de febrero de 2018

DEL AYUNO Y LA ABSTINENCIA, POR MONS. MARCEL LEFEBVRE

Mis queridos hermanos, según una antigua y saludable tradición en la Iglesia, con ocasión del inicio de la Cuaresma, yo dirijo estas palabras a vosotros con el fin de alentaros a entrar sinceramente en esta temporada penitencia, con las disposiciones establecidas por la Iglesia y para cumplir el propósito por el cual las prescribió.
 
Al mirar los libros de principios de este siglo XX, encuentro que ellos indican tres propósitos por los cuales la Iglesia prescribió este tiempo penitencial:
  • Primero, en orden a frenar la concupiscencia de la carne;
  • Para facilitar la elevación de nuestras almas hacia las divinas realidades;
  • Finalmente, para ofrecer reparación por nuestros pecados.
 
Nuestro Señor nos dio el ejemplo durante Su vida, aquí en la tierra: orar y hacer penitencia. Sin embargo, Nuestro Señor, siendo como es libre de la concupiscencia y el pecado, hizo penitencia y ofreció reparación por nuestros pecados, mostrándonos así que nuestra penitencia puede ser beneficiosa no sólo para nosotros mismos, sino también para otros. Orad y haced penitencia. Haced penitencia con el fin de orar mejor, con el fin de estar más cerca de Dios Todopoderoso. Eso es lo que todos los santos hicieron, y es lo que nos recuerdan todos los mensajes de la Santísima Virgen.
 
¿Osaríamos decir que esta necesidad es menos importante en nuestros días que lo que fue en tiempos pasados? Por el contrario, podemos y debemos afirmar que hoy, más que nunca, la oración y la penitencia son necesarias porque se ha hecho todo lo posible para disminuir y denigrar estos dos elementos fundamentales de la vida cristiana.
 
Nunca antes se había visto que el mundo buscase satisfacer, sin ningún límite, los desordenados instintos de la carne, incluso hasta el punto de asesinar a millones de inocentes niños no nacidos. Uno pudiera creer que la sociedad no tiene otra razón de su existencia que darle el mayor nivel material de vida para todos los hombres, a fin de que no se vean privados de bienes materiales.
 
Por eso podemos ver que tal sociedad está en oposición a lo que prescribe la Iglesia. En estos tiempos, cuando incluso los hombres de Iglesia se alínean con el espíritu del mundo, somos testigos de la desaparición de la oración y la penitencia, particularmente en su carácter de reparación de pecados y para obtener el perdón de las culpas. Son pocos hoy los que aman recitar el Salmo 50, el Miserére, y que dicen con el salmista “Peccátum meum contra me est semper” (Mi pecado está siempre delante de mí). ¿Cómo puede un cristiano remover el pensamiento del pecado si la imagen del Crucificado está siempre ante sus ojos?
 
En el Concilio [Vaticano II] los obispos pidieron una disminución del ayuno y la abstinencia en tal manera que las prescripciones prácticamente han desaparecido. Debemos reconocer el hecho de que esta desaparición es conseciencia del espíritu ecumenista y protestante que niega la necesidad de nuestra participación para la aplicación de los méritos de Nuestro Señor para cada uno de nosotros en la remisión de nuestros pecados y la restauración de nuestra filiación divina, esto es, nuestro carácter de hijos adoptivos de Dios.
 
En el pasado los mandamientos de la Iglesia preveían:
  • Un ayuno obligatorio todos los días de la Cuaresma (excepto los Domingos), los días de las Témporas y en muchas vigilias;
  • Abstinencia todos los Viernes del año, los Sábados de Cuaresma y, en numerosas diócesis, todos los Sábados del año.
Lo que quedó de esas prescripciones fue el ayuno el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, y la abstinencia para el Miércoles de Ceniza y los Viernes de Cuaresma.
 
Uno se sorprende ante los motivos de tan drástica disminución. ¿Quiénes están obligados a observar el ayuno? Los adultos de 21 a 60. ¿Y quiénes están obligados a observar abstinencia? Todos los fieles desde los siete años.
 
¿Qué significa el ayuno? Ayunar significa tomar una única comida (completa) al día, a la cual uno puede tomar dos colaciones (o pequeñas comidas): una en la mañana y otra en la tarde, que, combinadas, no igualen una comida completa.
 
¿Qué se entiende por abstinencia? Por abstinencia se entiende que uno debe dejar de consumir carne.
 
Los fieles que tienen un verdadero espíritu de fe y que entienden a cabalidad los motivos de la Iglesia como han sido mencionados arriba, cumplirán sinceramente no sólo las ligeras prescripciones de hoy, sino que entrando en el espíritu de Nuestro Señor y de la Bienaventurada Virgen María, se dedicarán a hacer reparación por los pecados que han cometido y por los pecados de su familia, vesinos, amigos y compatriotas.
  
Es por esta razón que ellos las agregarán las prescripciones actuales. Estas penitencias adicionales pueden ser el ayuno todos los viernes de Cuaresma, abstinencia de toda bebida alcohólica, abstinencia de televisión, u otros sacrificios similares. Ellos harán un esfuerzo para orar más, para asistir más frecuentemente al Santo Sacrificio de la Misa, para recitar el Rosario, y no faltar a la oración nocturna con la familia. Ellos se desprenderán de sus bienes materiales superfluos con el fin de apoyar a los seminarios, ayudarán a establecer escuelas, ayudarán a sus sacerdotes para decorar adecuadamente las capillas y para establecer noviciados para monjas y religiosos.
 
Las prescripciones de la Iglesia no solo conciernen al ayuno y la abstinencia solamente, sino también a la obligación de comulgar por Pascua (Deber Pascual).
 
He aquí lo que el vicario de la Diócesis de Sion (Suiza) recomendó a los fieles de esa diócesis el 20 de Febrero de 1919:
  1. Durante la Cuaresma, los sacerdotes que tengan cura de almas harán el Via Crucis dos veces a la semana: un día para los niños de las escuelas, y otro día para los demás parroquianos. Después del Via Crucis, recitarán la Letanía del Sagrado Corazón de Jesús.
  2. Durante la Semana de Pasión, es decir, la semana antes del Domingo de Ramos, habrá un tríduo en todas las iglesias parroquiales, con enseñanza, Letanía del Sagrado Corazón de Jesús en presencia del Santísimo Sacramento y Bendición con el mismo. En esas instrucciones los curas de almas les recordarán en forma simple y clara las principales condiciones para recibir dignamente el Sacramento de la Penitencia.
  3. El tiempo durante el cual uno puede cumplir con el Deber Pascual ha sido establecido para todas las parroquias desde el Domingo de Pasión hasta el Domingo in Albis (Octava de Pascua).
 
¿Por qué esas directrices no serían ser útiles hoy? Aprovechemos este tiempo salutífero durante el cual Nuestro Señor está acostumbrado a dispensar abundantemente su gracia. No imitemos a las vírgenes bobas que por no tener aceite en sus lámpara encontraron cerrada la puerta de la casa del esposo y su terrible respuesta: “Néscio vos” (No os conozco).
 
Bienaventurados los que tienen espíritu de pobre, porque de ellos es el Reino de los Cielos. El espíritu de pobre significa el espíritu de desprenderse de las cosas mundanas.
 
Bienaventurados los que lloran porque serán consolados. Pensemos en Jesús en el Huerto de los Olivos, donde lloró por nuestros pecados. En adelante, nosotros debemos llorar por nuestros pecados y por los de nuestros hermanos.
 
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de santidad, pues serán saciados. La santidad se obtiene por medio de la Cruz, la penitencia y el sacrificio. Si verdaderamente buscamos la perfección, debemos seguir el Camino de la Cruz.
 
Escuchemos, durante este tiempo de Cuaresma, el llamado de Jesús y María, y comprometámonos a seguirlos en esta Cruzada de Oración y Penitencia.
 
Que nuestras oraciones, nuestras súplicas y nuestros sacrificios nos alcancen del Cielo la gracia para aquellos que están en lugares de responsabilidad en la Iglesia retornen a la verdadera y santa tradición, que es la única solución para revivir y florecer nuevamente las instituciones de la Iglesia.
 
Amemos recitar la conclusión del Te Deum: “In te Dómine, sperávi; non confúndar in ætérnum” (En ti, Señor, he esperado, no sea yo confundido eternamente).
 
+ Marcel Lefebvre
(Rickenbach, Suiza, 14 de Febrero de 1982)

sábado, 24 de diciembre de 2016

"ESTO FIDÉLIS" (Permaneced fieles)

Tomado de STAT VERITAS, vía APOSTOLADO EUCARÍSTICO
 
   
La fidelidad es una virtud social que tiene una afinidad profunda con la virtud de verdad y, en consecuencia, se vincula, tal como ella, con la virtud de justicia.
  
Parece muy oportuno rememorar qué es esta virtud, a fin de animarnos a desarrollarla, a mantenerla en nosotros y a manifestarla en nuestra vida individual y social.
  
La fidelidad es la voluntad de tener un compromiso dado. Es ser verdadero hacia sí mismo y verdadero hacia los demás, que tienen sus propios compromisos. También es ser justos, pues uno se compromete hacia otra persona o aún hacia Dios o la Iglesia, o a una sociedad. Los compromisos pueden ser numerosos. Hay unos, irrenunciables, que nos comprometen por la eternidad; hay otros que nos comprometen para esta vida de aquí abajo. En cambio, hay otros que pueden ser anulados, pero jamás unilateralmente, lo cual constituiría una injusticia hacia personas con las cuales uno se comprometió y, en definitiva, hacia Dios.
  
Así, el bautismo nos compromete por toda la eternidad, y ese compromiso debe procurarnos bienes que aseguran la vida eterna. Bautizados, nunca nos está permitido renegar de nuestro compromiso. El casamiento compromete para la vida de aquí abajo y los que lo han contraído deben permanecer fieles, sin que ninguna autoridad de este mundo pueda dispensarlos de estos compromisos. Con esto se puede medir la gran importancia de la virtud de la fidelidad.
  
Numerosas pueden ser las promesas y compromisos diversos. Numerosas también pueden ser las circunstancias que, sea por sí mismas, sea por aquellos con los cuales uno se comprometió, resuelvan el compromiso. Pero nada es tan odioso, deshonrante y nocivo para la vida social, como una promesa o un compromiso que no se cumple sin que medie alguna circunstancia legítima, o que un asentimiento de las personas interesadas haya autorizado su anulación.
  
Se asiste hoy a un desprecio de la virtud de fidelidad que molesta gravemente a la vida religiosa, cuando se trata de compromisos realizados con Dios, y con la vida social, cuando se trata de compromisos para con el prójimo.
  
Las numerosas infidelidades de los sacerdotes, tanto hacia Dios como hacia el prójimo, causan un grave escándalo a la humanidad entera. El sacerdote consagrado, santificado por la unción sacramental y la imposición de las manos del Obispo, está dedicado al culto de Dios y a la santificación de las almas. Está comprometido por esa doble unción a cierta doble finalidad. Aún si la Iglesia pudiera suspender el ejercicio de ese compromiso, no sería menos verdadero que estos sacerdotes han sido infieles a lo que habían prometido solemnemente delante de Dios y de la Iglesia. Esa ruptura no es, ciertamente, un ejemplo para los que se han comprometido en los lazos del matrimonio.
  
La infidelidad en la vida religiosa se produce cuando uno pide la ruptura de los votos perpetuos: cierto, puede haber motivos legítimos para hacer ese pedido, pero ¿no es verdad, desgraciadamente, que estos motivos tienen generalmente por causa infidelidades reales? No sucede lo mismo con los votos temporales, que por su naturaleza son caducables. Pero hoy se asiste a menudo a una desestimación de los votos, que se manifiesta por la impaciencia de ser relevado de ellos antes de que éstos lleguen a su término. Esto provocará, sin duda, una modificación en el régimen de los votos temporarios. ¿Pero se puede pensar que la estima será más grande? Quizás en el retraso en la preparación y en la profesión de los compromisos podría encontrarse una solución parcial. Pero también probablemente sea en una fe más grande y en una mejor comprensión del ideal religioso que se encuentre la verdadera solución.
  
Desgraciadamente, las infidelidades a nuestras constituciones, las cuales nos hemos comprometido a observar, son más y más frecuentes. Por cierto, los capítulos generales extraordinarios son invitados a revisar estas constituciones y modificarlas según algunos principios enunciados por el Concilio y por los decretos. Para eso se preparan todas las sociedades religiosas. Si una cierta tolerancia puede existir sobre algunos aspectos poco importantes de estas constituciones, uno queda estupefacto al ver a veces con cuánta inconsciencia, para no decir con qué desprecio, se consideran los compromisos tomados solemnemente ante la Iglesia y ante Dios. Algunos superiores se creen verdaderos legisladores y que tienen ellos solos la autoridad del capítulo general. Que no se hagan ilusiones; en esos casos la víctima siempre es la autoridad, y por consiguiente, Dios, en cuanto Dios pueda ser víctima de nuestras faltas y de nuestras infidelidades. Pues el desprecio de los compromisos por parte de quienes tienen responsabilidades no puede dirigirse más que contra estas autoridades. No tener en cuenta las constituciones ahora, vale para el futuro. No habrá más razones para obedecer a las futuras constituciones que a las de hoy.
  
Los superiores que obran así se arriesgan a causar graves infortunios a quienes en su comunidad son fieles a sus compromisos. Los privan de gracias particulares vinculadas a esta fidelidad. Entonces, hay que ser muy circunspecto y prudente en esta manera de obrar, so pena de recibir los reproches que Dios destina a los servidores infieles.
  
Esta tendencia actual a la infidelidad es desastrosa, tanto hacia la unión con Dios, como en relación a la vida de familia en la congregación misma. Es que la fidelidad es vecina de la sencillez, mientras que la infidelidad es vecina de la duplicidad. ¿Cómo se puede tener relaciones de filiación verdadera y confiada con Dios, si nuestra actitud es falsa y doble? ¿Cómo puede reinar una atmósfera de confianza entre los miembros de una sociedad sin la fidelidad a una palabra dada?
  
Es tiempo de que cada uno se examine sobre esta linda virtud de fidelidad que hace honor a aquel que la posee, que le procura una reputación de lealtad y le adquiere a justo título la confianza de su prójimo y, sobre todo, la confianza de Dios. “Euge, serve bone et fidélis, quia super parva fuísti fidélis, supra multa te constítuam”. Tal será la palabra con la cual el Señor nos acogerá, si hemos sabido ser fieles en todas las cosas.
  
‡ Monseñor Marcel Lefebvre
Carta Pastoral n° 37
(“Avisos del mes”, septiembre-octubre de 1967)

lunes, 21 de noviembre de 2016

MONSEÑOR MARCEL LEFEBVRE DESMINTIENDO A ANTONIO SOCCI

El año pasado, Antonio Socci publicó unas actas del Vaticano II afirmando que Mons. Lefebvre había aprobado las 16 constituciones conciliares, noticia que entre los conciliares fue recibida con el acostumbrado júbilo, y por algunos sedevacantistas viscerales (sirianistas, loganistas y cassiciacum por igual) como la prueba reina de que Lefebvre no era del todo tradicionalista. ¡Cuán fácil es atacar a quien no se puede defender por estar muerto! Pero en realidad, él no firmó ninguna de dichas constituciones, antes bien les plantó oposición, porque de otra manera sería una contradicción consigo mismo.
 
La siguiente entrevista con el Arzobispo Marcel Lefebvre hubiera sido publicada en 1978 por la revista Catholic Press si la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos no hubiese amenazado a su editor con la excomunión y el virtual cierre de la publicación... De hecho, los obispos prohibieron a la prensa católica publicar esta entrevista. Una versión editada fue publicada finalmente por el extinto semanario The Spotlight de Washington, D.C., en su edición del 18 de Julio de 1988. La edición completa e inédita fue cedida por éstos al Distrito de Asia de la FSSPX, que la publicó en 2002 (por lo cual agradecen -y agradecemos- profundamente a “SPL”, 300 Independence Ave., S.E., Washington, D.C. 20003); y fue publicada en italiano por CHIESA E POST CONCILIO y RADIO SPADA en junio de 2016.
  
Aunque en esta entrevista hay ciertas afirmaciones que pueden no ser de recibo, hay que tener presente que para la época la claridad práctica sobre el Sedevacantismo no estaba tan definida como en nuestros días. Pero con todo, actualmente se comprenden completamente las razones del por qué Mons. Lefebvre, hombre de Fe, era tan temido por aquellos sacerdotes y religiosos que con sus manejos cumplieron el masterplán de Satanás. Sería interesante que tanto los seguidores de Bernard Fellay y Franz Schmidberger, como los de Richard Williamson y Jean Michel Faure y Dom Tomás de Aquino OSB leyesen este artículo y reflexionen cuánto distan ellos de su fundador.

LA ENTREVISTA PROHIBIDA (por la USCBC) AL ARZOBISPO MARCEL LEFEBVRE
 
CATHOLIC PRESS: Vd. ha debatido y tomado parte en las deliberaciones del Concilio Vaticano II, ¿cierto?
Mons. MARCEL LEFEBVRE: Sí.
C. P.: ¿No firmó ni aceptó las decisiones de este Concilio?
Mons. M. L.: No. En primer lugar, yo no he firmado todos los documentos del Vaticano II a causa de las dos últimas actas. El primero, respecto a la “Religión y Libertad” (“La libertad religiosa”, que será publicado como «Dignitátis Humánæ») no lo firmé. Tampoco firmé el otro, el de “La Iglesia en el mundo contemporáneo”. Este segundo documento es, según mi opinión, el más inspirado por el modernismo y el liberalismo.
C. P.: ¿Vd. es conocido no solo por no firmar los documentos, sino por oponerse públicamente a ellos?
Mons. M. L.: Sì. En un libro que he publicado en Francia acuso al Concilio de errores sobre estas resoluciones, y he suministrado todos los documentos con los cuales ataco la posición del Concilio, principalmente las dos resoluciones sobre las cuestiones de la libertad religiosa y de “La Iglesia en el mundo contemporaneo” (Constitución Conciliar «Gaudium et Spes»).
C. P.: ¿Por qué Vd. está contra estas deliberaciones?
Mons. M. L.: Porque estas dos decisiones son inspiradas por una ideología liberal tal cual la describieron los Papas de siempre, vale decir, una libertad religiosa entendida y promovida por los Masones, los humanistas, los modernistas y los liberales.
C. P.: ¿Qué objeta de ellos?
Mons. M. L.: Esta ideología dice que todas las culturas son iguales, todas las religiones son iguales, y que no existe una única fe verdadera Todo esto conduce al abuso y al error que es la libertad de pensamiento. Todos estos errores sobre la libertad, que han sido condenados en todos los siglos por todos los Papas, ahora han sido aceptados por el Concilio Vaticano II.
C. P.: ¿Quién puso estas decisiones particulares en el orden del día?
Mons. M. L.: Creo que fueron algunos de los cardinales, asistidos por peritos teológos, que adhieren a las ideas liberales.
C. P.: ¿Quiénes, por ejemplo?
Mons. M. L.: El cardenal [Agustín] Bea (jesuita alemán), el cardenal [Leo] Suenens (de Bélgica), el cardenal [Josef] Frings de la Alemania, y el cardenal [Franz] König [de Austria]. Estos personajes ya se habían reunido y habían discutido estas resoluciones antes del Concilio, y su preciso objetivo era el de hacer un compromiso con el mundo secular, de introducir las ideas ilustradas y modernistas en la doctrina de la Iglesia.
C. P.: ¿Quiénes eran los Cardenales estadounidenses que sostenían estas ideas y resoluciones?
Mons. M. L.: No recuerdo ahora sus nombres, pero no eran pocos. Aunque, una fuerza importante a favor de estas resoluciones fue el padre Murray.
C. P.: ¿Se refiere Vd. al padre John Courtney Murray (jesuita)?
Mons. M. L.: Sí.
C. P.: ¿Qué rol desempeñó?
Mons. M. L.: Ha desarrollado un papel muy activo en el curso de todas las deliberaciones y en la redacción de estos documentos.
C. P.: ¿Vd. le puso de presente al Papa [Pablo VI] sus preocupaciones e inquietudes sobre tales resoluciones?
Mons. M. L.: He hablado con el Papa. He hablado en el Concilio. Hice tres intervenciones públicas, dos de las cuales deposité en la secretaría. Por tanto habían cinco intervenciones contra estas decisiones del Vaticano II. De hecho, la oposición dirigida contra estas decisiones fue tal que el Papa intentó establecer una comisión con el fin de conciliar las partes opuestas en el interior del Concilio. En dicha comisión debían hacer parte tres miembros, uno de los cuales era yo. Cuando los cardenales liberales vieron que mi nombre estaba en esta comisión, fueron a buscar al Santo Padre y le dijeron tajantemente que ni aceptarían esta comisión ni aceptarían mi presencia en ella. La presión sobre el Papa fue tal que renunció a la idea. Yo hice todo lo que estuvo en mi mano para detener estas decisiones, que juzgo contrarias y destructivas para la Fe Católica. El Concilio fue convocado legítimamente, pero fue con el propósito de difundir todas estas ideas.
C. P.: ¿Hubo otros cardenales que lo apoyaban a Vd.?
Mons. M. L.: Sí. Estaban el cardenal [Ernesto] Ruffini de Palermo, el cardenal [Giuseppe] Siri de Génova y el cardenal [Antonio] Caggiano de Buenos Aires.
C. P.: ¿Hubo obispos que lo apoyaban a Vd.?
Mons. M. L.: Sí. Muchos obispos sostuvieron mi posición.
C. P.: ¿Cuántos obispos?
Mons. M. L.: Fueron más de 250 obispos. Incluso ellos se habían constituido en un grupo con el fin de defender la verdadera Fe Católica (el Cœtus Internationális Patrum).
C. P.: ¿Qué ha sido de todos ellos?
Mons. M. L.: Algunos han muerto; otros están dispersos por el mundo; muchos aún me apoyan en su corazón, pero tienen miedo de perder una posición que piensan puede serles útil en un momento posterior.
C. P.: ¿Alguno lo sigue apoyando hoy (1978)?
Mons. M. L.: Sí. Por ejemplo, el obispo Pintonello de la Italia, y el obispo De Castro Mayer del Brasil. Muchos otros obispos y cardenales a menudo me contactan para expresarme su apoyo, pero por el momento desean permanecer en el anonimato.
C. P.: ¿Qué hay con los obispos que no son liberales, pero que se oponen a Vd. y lo critican?
Mons. M. L.: La su oposición es basada sobre una idea imprecisa sobre la obediencia al papa. Es, quizás, una obediencia en buena fe, que podría ser reconducible a la obediencia de los ultramontanos del siglo pasado, obediencia que entonces era buena porque los Papas eran buenos. Todavía hoy hay una obediencia ciega que tiene poco que ver con la práctica y la adhesión a la verdadera Fe Católica. En este momento es importante recordar a los Católicos de todo el mundo que la obediencia al papa no es una virtud primaria. La jerarquía de la virtud parte de las tres virtudes teologales de la Fe, Esperanza y Caridad, seguida de las cuatro virtudes cardinales de Justicia, Templanza, Prudencia y Fortaleza. La obediencia es un derivado de la virtud cardinal de la Justicia. Por tanto está muy lejos de ser clasificada como la primera en la jerarquía de las virtudes. Algunos obispos no quieren dar la menor impresión de desobedecer al Santo Padre. Yo entiendo cómo se sienten. Es claro que es muy displacentero, si no muy doloroso. A mí ciertamente no me gusta estar en la oposición al Santo Padre, pero no tengo otra opción considerando qué viene para nosotros desde Roma en el presente, que está en oposición a la Doctrina Católica y es inaceptable para los Católicos.
C. P.: ¿Sugiere que el Santo Padre acepta estas ideas particulares?
Mons. M. L.: Sí. Lo acepta. Pero no solo el Santo Padre. Es una tendencia general. Le he mencionado algunos cardenales involucrados en estas ideas. Ha más de un siglo, las sociedades secretas, Illuminatis, humanistas, modernistas y otros, de los cuales nosotros tenemos ahora todos los documentos y pruebas, se estaban preparando para un Concilio Vaticano en el cual habían infiltrado sus propias ideas para una iglesia humanista.
C. P.: ¿Cree que algunos cardenales podrían ser miembros de tales sociedades secretas?
Mons. M. L.: No es una cuestión muy importante, en este momento, si lo fueron o no. Lo que es importante y grave es que, para todos los efectos, ellos actuaron como si fuesen agentes o servidores de sociedades humanistas secretas.
C. P.: Según Vd., ¿estos cardenales han adherido deliberadamente a tales ideas o fueron inclinados a informaciones equivocadas o fueron engañados, o una combinación de todo esto?
Mons. M. L.: Yo pienso que las ideas humanistas y liberales se difundieron en todo el siglo XIX y XX. Estas ideas seculares fueron propagadas en todos lados, tanto en los gobiernos como en las iglesias. Estas ideas han penetrado en los seminarios y en toda la Iglesia, y hoy la Iglesia se despierta hallándose en una camisa de fuerza liberal. Esto es porque uno se encuentra la influencia liberal, que ha penetrado en todos los estratos de la vida secular en el curso de los últimos dos siglos, hasta dentro de la Iglesia. El Concilio Vaticano II fue planificado por los liberales; era un concilio liberal; el Papa es un liberal y aquellos que lo rodean son liberales.
C. P.: ¿Está diciendo que el Papa es un liberal?
Mons. M. L.: El Papa nunca ha negado que lo es.
C. P.: ¿Cuándo el Papa ha dicho que es un liberal?
Mons. M. L.: El Papa ha afirmado en muchas ocasiones que es favorable a las ideas modernistas, favorable a un compromiso con el mundo. Según sus mismas palabras, es necesario “levantar un puente entre la Iglesia y el mundo secular”. El Papa ha dicho que era necesario aceptar las ideas humanistas, que era necesario discutir tales ideas; que era necesario dialogar. En este momento es importante recordar que el diálogo es contrario a la doctrina de la Fe Católica. El diálogo presupone el encuentro de dos partes iguales y opuestas; por tanto, en ninguna manera podría tener nada que ver con la Fe Católica. Nosotros creímos y aceptamos nuestra fe como la única verdadera Fe en el mundo. Toda esta confusión lleva a compromisos que destruyen la doctrina de la Iglesia, para la desgracia de la humanidad y de la Iglesia misma.
C. P.: Vd. ha afirmado conocer la razón hodierna del declive de la frecuentación de la iglesia y de la falta de interés ante la Iglesia, que, en base a cuanto ha referido, Vd. atribuye a las decisiones del Vaticano II. ¿Es correcto?
Mons. M. L.: No diría que el Vaticano II habría prevenido lo que está sucediendo en la Iglesia actualmente. Las ideas modernistas lo han penetrado todo por mucho tiempo y esto no ha sido un bien para la Iglesia. Pero el hecho es que algunos miembros del clero han profesado tales ideas, vale decir, ideas de libertad adulterada, en esto caso, permisivismo. La idea que todas las verdades son iguales, todas las religiones son iguales, y por consecuencia todas las morales tienen igual dignidad, que toda consciencia es válida a su manera, que cualquiera puede juzgar teológicamente lo que puede hacer, todas estas son ideas humanistas de laxismo total sin alguna disciplina de pensamiento, que conducen a la posición de que cualquiera puede hacer lo que quiera. Todo esto es absolutamente contrario a nuestra Fe Católica.
C. P.: Vd. ha dicho que la mayor parte de estos consejeros teológicos y peritos fingen solamente representar la mayoría del pueblo, que en realidad el pueblo no está realmente representado por estos teólogos liberales. ¿Podría explicarlo?
Mons. M. L.: Por “mayoría del pueblo” entiendo todas las personas que trabajan honestamente para vivir. Quiero decir las personas con los pies sobre la tierra, las personas de buen sentido en contacto con el mundo real, el mundo venidero. Estas son la mayoría de las personas, que prefieren las tradiciones y el orden al caos. Este es un movimiento de todas estas personas en todo el mundo, que está lentamente coagulándose en oposición total a todos los cambios que han sido hechos en su nombre, en su religión. Estas personas de buena voluntad han estado tan traumatizadas por estos cambios dramáticos que ahora son reluctantes a frecuentar la iglesia. Cuando van a una iglesia modernista, ellos no encuentran lo sagrado, el carácter místico de la Iglesia, todo lo que es verdaderamente divino. Lo que conduce a Dios es divino y ellos no encuentran más a Dios en estas iglesias. ¿Por qué deberían ir a un lugar donde Dios está ausente? Los fieles perciben esto muy bien y los cardenales liberales y sus consultores han seriamente subvalorado la lealtad de la mayoría de los fieles a su verdadera Fe. ¿Cómo [alguien] se puede explicar que, ni bien abrimos una capilla o una iglesia tradicional, la gente viene de todos lados? Hemos solo levantado el lugar. Las Misas se realizan todo el día para hacer participar a todos los fieles. ¿Por qué? Porque ellos encuentran nuevamente eso que necesitan: lo sagrado, lo místico, el respeto por lo sagrado. Por ejemplo, Vd. pudiera ver esta escena en el aeropuerto: diversas personas yendo hacia los sacerdotes que habían ido allí a recibirme, y agitando sus manos, ¡y eran perfectos extraños! ¿Por qué? Porque cuando las personas encuentran un sacerdote, un verdadero sacerdote, un sacerdote que se comporta como sacerdote, que viste como un sacerdote, inmediatamente son atraídas por él y lo siguen. Esto sucede en los Estados Unidos, sucede en Europa y en todas partes del mundo. Gente en las calles que va a saludar a un sacerdote; vienen de la nada solo para congratularse con él y decirle cuán gozosos están de ver un real sacerdote, para decirle que están dichosos de que aún hay sacerdotes.
C. P.: ¿Está diciendo que el hábito y la túnica hacen la diferencia en la calidad del sacerdote?
Mons. M. L.: Las túnicas y los hábitos son, obviamente, solo un símbolo, pero es por lo que este símbolo representa que las personas son atraídas, no, obviamente, el símbolo mismo.
C. P.: ¿Por qué vosotros dais tanta importancia a los rituales de la “Misa Tridentina”? [1]
Mons. M. L.: Nosotros ciertamente no insistimos sobre los rituales solo por los rituales, sino solamente como símbolos de nuestra fe. En tal contexto estamos convencidos que son importantes. Sin embargo, es la sustancia y no los ritos de la Misa Tridentina los que han sido removidos.
C. P.: ¿Podría ser más específico?
Mons. M. L.: Las nuevas oraciones del Ofertorio no expresan la noción católica del sacrificio. Ellas simplemente explican el concepto de una mera participación del pan y del vino. Por ejemplo, la Misa tridentina dirige a Dios la oración “Súscipe, sancte Pater, omnípotens ætérne Deus, hanc immaculátam hóstiam, quam ego indígnus fámulus tuus óffero tibi Deo meo vivo et vero, pro innumerabílibus peccátis, et offensiónibus, et neglegéntiis meis” (“Recibe, oh Padre Santo, omnipotente y eterno Dios, esta que va a ser Hostia inmaculada y que yo, indigno siervo tuyo, te ofrezco a Ti, mi Dios vivo y verdadero, por mis innumerables pecados, ofensas y negligencias”). Dice la nueva Misa: “Ofrecemos este pan como el pan de vida”. No hay ninguna mención del sacrificio o de la víctima. Este texto es vago e impreciso, se presta a la ambigüedad y ha sido pensado para que fuese aceptable para los protestantes. Es, sin embargo, inaceptable para la verdadera Fe y la Doctrina Católica. La sustancia ha sido cambiada en favor de la acomodación y del compromiso.
C. P.: ¿Por qué le da tanta importancia a la Misa latina en lugar de la Misa en vernáculo aprobada por el Concilio Vaticano II?
Mons. M. L.: Por un lado, esta pregunta sobre el latín en la Misa es una cuestión secundaria, bajo algunos puntos de vista. Pero por otro lado es una pregunta sumamente importante. Es importante porque es un modo de fijar el lenguaje de nuestra Fe, el dogma católico y la doctrina. Es un modo para no cambiar nuestra Fe, porque en las traducciones que afectan las palabras latinas, no se encuentran exactamente las verdades de nuestra Fe como han sido expresadas y encarnadas en el latín. Esto es ciertamente muy peligroso, porque poco a poco se puede perder la misma Fe. Estas traducciones no reflejan las palabras exactas de la Consagración. Estas palabras son cambiadas en el vernáculo.
C. P.: ¿Podría darme un ejemplo?
Mons. M. L.: Sí. Por ejemplo, en lengua vernácula se dice que la Preciosísima Sangre ha sido derramada “por todos”, cuando en el texto latino (incluso en la última versión latina revisada) se dice que la Preciosísima Sangre es “por muchos” y no “por todos”. Todos es ciertamente diferente a muchos. Esto es solo un pequeño ejemplo que demuestra las imprecisiones de las traducciones actuales [2].
C. P.: ¿Podría citar una traducción que contradiga efectivamente el dogma católico?
Mons. M. L.: Sí. Por ejemplo, en el texto latino la Virgen María es llamada “Semper Virgo”, “Siempre Virgen”. En todas las traducciones modernas la palabra “siempre” ha sido eliminada. Esto es muy grave, porque hay una grande diferencia entre “Virgen” y “Siempre Virgen”. Es muy peligroso manumitir traducciones de este tipo. El latín es también importante para mantener la unidad de la Iglesia, porque cuando se viaja (y las personas viajan más y más al extranjero cada día), es importante para ellos encontrar el mismo eco que ellos han oído de un sacerdote en casa, sea en los Estados Unidos, Suramérica, Europa, o cualquiera otra parte del mundo. Ellos están en casa en cualquier iglesia (católica). Es su Misa Católica la que se está celebrando. Ellos han siembre escuchado las palabras latinas desde su infancia, sus padres antes de ellos, y sus abuelos antes de ellos. Se trata de un signo que identifica su Fe. Ahora, cuando vamos a una iglesia extranjera, ellos no entienden ni una sola palabra. Los extranjeros que vienen aquí no entienden ni una palabra. ¿Cuál es la ventaja de ir a una Misa en inglés, italiano o español si ninguno puede entender ni una palabra?
C. P.: ¿Pero la mayor parte de estas personas no entienden mucho menos el latín? ¿Cuál es la diferencia?
Mons. M. L.: La diferencia es que el latín de la Misa Católica siempre ha sido enseñado a través de la instrucción religiosa desde la infancia. Hay escritos varios libros sobre el tema. Ha sido enseñado en el transcurso de los siglos; no es difícil de recordar. El latín es una expresión exacta que ha sido familiar a generaciones de Católicos. Cada vez que se encuentra el latín en una iglesia, inmediatamente se crea la atmósfera correcta para la adoración de Dios. Esa es la lengua distintiva de la Fe Católica, que une a todos los Católicos del mundo a pesar de su lengua nacional. Ellos no están desorientados o confusos. Dicen: “Esta es la mía Misa, es la Misa de mis padres, es la Misa que hay que seguir, es la Misa de Nuestro Señor Jesucristo, es la Misa eterna e inmutable”. Por tanto, desde el punto de vista de la unidad, es un lazo simbólico muy importante; es un signo de identidad para todos los Católicos. Pero se trata de algo de más profundo que un simple cambio de lengua. En el espíritu del ecumenismo, es una tentativa de crear un reacercamiento con los protestantes.
C. P.: ¿Qué pruebas tiene de esto?
Mons. M. L.: Es muy evidente, porque habían cinco protestantes (efectivamente seis ministros) que asistieron en la reforma de nuestra Liturgia. El Arzobispo de Cincinnati, que estaba presente durante estos trabajos, ha dicho que no solo estos cinco protestantes estaban presentes, sino también que ellos tomaron una parte muy activa en los debates y participaron directamente en la reforma de nuestra Liturgia.
C. P.: ¿Quiénes eran estos protestantes?
Mons. M. L.: Eran ministros protestantes representantes de distintas sectas protestantes (específicamente las iglesias Anglicana y Luterana, el Consejo Mundial de Iglesias y la Comunidad de Taizé), los cuales fueron llamados por Roma para participar en la reforma de nuestra Liturgia, lo que demuestra claramente que había una intención voluntaria en todo esto. Ellos eran el Dr. A. R. George, el canónigo (Ronald) Jasper, el Dr. (Massey) Sheperd, el Dr. (George) Smith, el Dr. (Frederick) Koneth y el hermano (Max) Thurian. Mons. Bugnini (el principal autor de la nueva Misa) no escondió este intento. Él lo expresó muy claramente. Dijo: “Nosotros haremos una Misa ecuménica, así como habíamos hecho una Biblia Ecuménica”. Todo esto es muy peligroso porque es nuestra Fe la que es atacada. Cuando un protestante celebra la misma Misa como la hacemos nosotros, él interpreta el texto en un modo diverso, porque su fe es diversa. Consecuentemente, es una Misa ambigua. Es una Misa equívoca. No es más una Misa Católica.
C. P.: ¿A cuál Biblia ecuménica se está refiriendo?
Mons. M. L.: Hay una Biblia ecuménica hecha hace dos o tres años que ha sido reconocida por muchos obispos [3]. Yo no sé si el Vaticano la había aprobado públicamente, pero ciertamente no le sorprendería, porque se usa en muchas diócesis. Por ejemplo, hace dos semanas el obispo de Friburgo, en Suiza, ha tenido pastores protestantes que han explicado esta Biblia ecuménica a todos los niños de las escuelas católicas. Estas lecciones eran las mismas para católicos y protestantes. ¿Qué tiene que ver esta Biblia ecuménica con la Palabra de Dios? Dal momento que la Palabra de Dios no puede ser cambiada, todo esto conduce siempre más a confusión. Cuando pienso que el arzobispo de Houston, Texas, no admite los niños católicos a la confirmación si no van con los padres a seguir un curso de instrucción de 15 días dictado por el rabino local y por el ministro protestante… Si los padres se rehúsan a enviar a sus niños a tales instrucciones, ellos (los niños) no pueden ser confirmados. Ellos deben exhibir un certificado firmado por el rabino y por el ministro protestante que ambos padres y los niños han asistido debidamente a la instrucción, y solo entonces (los niños) pueden ser confirmados por el obispo. Estas son las absurdidades a las que se llega cuando se sigue la senda liberal. No solo ellos, sino que ahora se recurre también a budistas y musulmanes. Muchos obispos están sorprendidos cuando el medio papal fue recientemente recibido en manera vergonzosa por los musulmanes.
C. P.: ¿Qué sucedió?
Mons. M. L.: No recuerdo todos los detalles específicos, pero este incidente sucedió en Trípoli, en Libia, donde el representante del papa (Sergio Pignedoli, Presidente de la Secretaría para los no cristianos) ha querido orar con los musulmanes. Los musulmanes rechazaron esto y han se fueron a otro lado a rezar a su manera, dejando al representante solo, no sabiendo qué hacer [4]. Esto demuestra la ingenuidad de estos “católicos liberales” que piensan que es suficiente ir a hablar con estos musulmanes para inmediatamente aceptar de ellos un compromiso de la propia religión. El solo hecho de querer tener para tal fin una estrecha relación con los musulmanes atrae el desprecio de ellos hacia nosotros. Es una realidad que los musulmanes no cambiarán nada de la su religión; es absolutamente fuera de discusión. Si los católicos van a equiparar nuestra religión con la de ellos, ellos obtendrán solo confusión y desprecio de parte suya, que interpretan esto como un atentado de desacreditar la su religión y no preocuparse de la nuestra religión. Ellos son de lejos más respetuosos con aquellos que dicen: “Soy un Católico; no puedo rezar contigo porque no tenemos las mismas creencias”. Esta persona es más respetada por los musulmanes en comparación a quien sostiene que todas las religiones son iguales, que todos creemos en lo mismo, que todos tenemos la misma fe. Ellos se sienten insultados por esto.
C. P.: ¿Pero el Corán no contiene versos conmovedores de encomio hacia Jesús y María?
Mons. M. L.: El Islam acepta a Jesús como profeta y tiene un gran respeto por María, y esto pone ciertamente al Islam más cerca a nuestra religión que, por ejemplo, el Judaísmo, que es mucho más lejano a nosotros. El Islam ha nacido en el siglo VII y ha tomado ventajas, hasta cierto punto, de las enseñanzas cristianas de aquel tiempo. El Judaísmo, al contrario, es el heredero del aparato que ha crucificado al nuestro Dios, y los miembros de esta religión, que no se han convertido a Cristo, son los que están opuestos radicalmente a nuestro Dios Jesucristo. Para ellos no es una cuestión cualquiera reconocer a Nuestro Señor. Sobre este punto ellos están en contraposición a la fundación y existencia de la verdadera Fe Católica. Con todo, no podemos estar a medias aguas. O Jesucristo es el Hijo de Dios y el Señor y Salvador, o no lo es. Se trata de un caso donde no se puede tener el mínimo compromiso sin destruir el fundamento mismo de la Fe Católica. Esto no vale solo para las religiones que son directamente contrarias a la divinidad de Jesucristo como Hijo de Dios, sino también para las religiones que, sin oponerse a Él, no Le reconocen como tal.
C. P.: ¿Por tanto Vd. es muy seguro y dogmático sobre este punto?
Mons. M. L.: Completamente dogmático. A modo de ejemplo, los musulmanes tienen un modo muy diverso del nuestro de concebir a Dios. Su concepción de Dios es muy materialista. No es posible decir que su Dios es el mismo Dios nuestro.
C. P.: ¿Pero Dios no es el mismo Dios para todas las personas del mundo?
Mons. M. L.: Sí. yo creo que Dios es el mismo Dios para el universo entero, según la Fe de la Iglesia Católica. Pero la concepción de Dios difiere notablemente de religión a religión. Nuestra Fe Católica es la sola y única verdadera Fe. Si Vd. no adhiere plenamente a ella, no se puede profesar como Católico. Nuestra Fe no podemos comprometerla en modo alguno con el mundo. El Dios según los musulmanes dice: “Cuando entréis al Paraíso, seréis cien veces más rico de lo que sois ahora sobre la tierra. Esto vale también para el número de mujeres que tenéis aquí en la tierra”. Esta concepción de Dios está demasiado lejos de la de nuestro Dios y Salvador.
C. P.: ¿Por qué Vd. da más importancia al Papa San Pío V que al Papa Pablo VI? Después de todo ambos son Papas (sic). ¿No acepta la doctrina de la infalibilidad papal? ¿Piensa que esta doctrina valga más para el uno que para el otro?
Mons. M. L.: Constato por una parte que el Papa San Pío V ha querido comprometer su infalibilidad, porque ha usado todas las condiciones que todos los papas han usado tradicionalmente y generalmente cuando han querido manifestar su infalibilidad. Por otra parte, el Papa Pablo VI dice, él mismo, que no ha querido usar su infalibilidad.
C. P.: ¿Cuándo ha indicado esto?
Mons. M. L.: Él ha indicado esto al no comprometer su infalibilidad sobre cualquier cuestión de fe, contrariamente a cuanto han hecho todos los otros papas en toda la historia. Ninguno de los decretos del Concilio Vaticano II fue publicado con el peso de la infalibilidad. Además, él nunca comprometió su infalibilidad en relación a la Misa. Cuando él (Pablo VI) decidió permitir que esta nueva Misa fuera impuesta fraudulentamente a los fieles, nunca empleó los términos que fueron utilizados por el Papa San Pío V. Yo no puedo comparar los dos actos promulgatorios porque son completamente diferentes entre si.
C. P.: ¿El Papa Pablo VI ha dicho que no cree en la infalibilidad papal?
Mons. M. L.: No. En verdad nunca ha dicho esto categóricamente. Pero Pablo VI es un liberal y no cree en la fijeza de los dogmas. Él no cree que un dogma deba permanecer inmutado para siempre. Él está a por la evolución de éstos según los deseos de los hombres. Él está a por los cambios que tienen orígen en las fuentes humanistas y modernistas, y es por esto que tiene tantos problemas para fijar una verdad para siempre. De hecho, es reacio para hacerlo tan personalmente y se pone muy mal cada vez que estos casos se presentan. Esta actitud refleja el espíritu modernista. El Papa (Pablo VI), hasta hoy, nunca ha comprometido su infalibilidad en materia de Fe y de Moral.
C. P.: ¿Ha afirmado el Papa mismo ser un liberal o modernista?
Mons. M. L.: Sí. El Papa ha manifestado esto en la misma naturaleza no dogmática del Concilio. También lo ha afirmado claramente en la su encíclica “Ecclésiam suam”. Él ha declarado que no quería que sus encíclicas definiesen las cuestiones, sino que deseaba que fuesen aceptadas como consejo y pudiesen llevar a un diálogo. En su Credo (el “Credo del pueblo de Dios”, promulgado a la clausura del Año de la Fe de 1968), dice que no quería empeñar su infalibilidad, lo que muestra claramente cuáles son sus enseñanzas.
C. P.: ¿Vd. piensa que esta evolución ante el diálogo le permite estar en desacuerdo con el Papa?
Mons. M. L.: Sí. Desde el punto de vista liberal ellos deberían, coherentemente, permitir este diálogo. Cuando el Papa no usa su infalibilidad en materia de Fe y de Moral, se está mucho más libre de discutir las sus palabras y los sus actos. Desde mi punto de vista, yo estoy obligado a oponerme a esto que ha sucedido, porque subvierte las bimilenarias enseñanzas infalibles de los Papas. Sin embargo, yo no soy favorable a similares discusiones, porque no se puede seriamente discutir sobre la verdad de la Fe Católica. De ahí que esto es verdaderamente un diálogo inverso, al cual soy constreñido.
C. P.: ¿Qué sucedería si el Papa improvisamente utilizase su infalibilidad para ordenarle que le obedezca? ¿Qué haría Vd.?
Mons. M. L.: En la medida en que el Papa comprometa su infalibilidad como sucesor de San Pedro, en modo solemne, entonces el Espíritu Santo no le permitiría caer en error. Naturalmente seguiría al Papa.
C. P.: Pero si el Papa invocase su infalibilidad para confirmar los cambios a los que Vd. ahora se opone, ¿cuál será su actitud entonces?
Mons. M. L.: La cuestión no se levantaría en ningún modo, porque, afortunadamente, el Espíritu Santo está siempre allí, y el Espíritu Santo intervendría de manera que el Papa no use de su infalibilidad para algo que sería contrario a la doctrina de la Iglesia Católica. Es por esta razón que el Papa no empeña su infalibilidad, porque el Espíritu Santo no permitiría que tales cambios tomen lugar bajo el imprimátur de la infalibilidad.
C. P.: ¿Qué cosa sucedería si esto llegase a acontecer?
Mons. M. L.: Es inconcebible, mas si sucediese, la Iglesia cesaría de existir. Lo que significaría que allí no estaría Dios, porque Dios estaría en contradicción conSigo mismo, y eso es imposible.
C. P.: ¿El hecho de que el Papa Pablo VI ocupe el lugar de San Pedro no es suficiente para Vd. para reconocerle como el pontífice, como Vicario de Cristo sobre la tierra, si le pidiesen hacerlo, así como lo hacen los otros católicos?
Mons. M. L.: Desafortunadamente esto es un error. Se trata de un malentendido sobre la infalibilidad papal, en cuanto desde el Concilio Vaticano I, cuando el dogma de la infalibilidad fue proclamado (1870), el Papa era ya infalible. Esta no era una invención improvisada. La infalibilidad fue comprendida mucho mejor entonces que no ahora, porque era bien sabido que el Papa no era infalible a priori sobre cualquier cosa bajo el sol. Él era infalible solamente en las cuestiones bien específicas de Fe y Moral. En aquel tiempo, muchos enemigos de la Iglesia hacían todo lo posible para ridiculizar este dogma y propagar ideas equivocadas. Por ejemplo, los enemigos de la Iglesia decían a los ignorantes e ingenuos que si el papa hubiese dicho que un perro era un gato, era deber de los católicos aceptar ciegamente esta posición, sin cuestionarlo. Naturalmente esta era una interpretación absurda y los católicos lo sabían. Hoy los mismos enemigos de la Iglesia, ahora que sirve a su objetivo, están laborando duramente a fin de que cualquier cosa que diga el Papa sea aceptado, sin preguntas, como infalible, más o menos como si sus palabras fuesen pronunciadas por el mismo Jesucristo Nuestro Señor. Esta concepción, aunque es ampliamente promovida, es todavía completamente falsa. La infalibilidad está extremadamente limitada, y es atinente solo a casos muy específicos que el Vaticano I ha definido y detallado claramente. No es posible decir que cada vez que el Papa habla es infalible. El hecho es que este Papa (Pablo VI) es un liberal, que toda esta tendencia liberal ha tenido lugar durante el Concilio Vaticano II, y ha trazado un sendero que lleva a la destrucción de la Iglesia; una destrucción que podría suceder de un momento a otro. Después que todas estas ideas liberales se han infiltrado en los seminarios, en los catecismos, y en todas las manifestaciones de la Iglesia, ahora se me pide alinearme con estas ideas liberales. Porque no me alíneo con estas ideas liberales que destruirían la Iglesia, ellos intentan suprimir mis seminarios. Y es por esta razón que me insinúan que no ordene más sacerdotes. Sobre mí está siendo ejercida una extraordinaria presión a fin de que me alinee y acepte este orientamiento de la destrucción de la Iglesia, un camino que yo no puedo seguir. No acepto estar en contradicción con lo que los Papas han enseñado por 20 siglos. O mis defensores y yo obedecemos a todos los Papas que nos han precedido, o le debemos obediencia al Papa presente. Si lo hacemos (obedecer al Papa presente, esto es, a Pablo VI), desobedeceríamos a todos los Papas que lo han antecedido. En conclusión, terminaríamos desobedeciendo a la Fe Católica y a Dios.
C. P.: Pero si los obispos [de antes] obedecieron a los papas de su tiempo, ¿Vd. no debería obedecer al papa de ahora?
Mons. M. L.: Los obispos no deben obedecer las órdenes humanistas que contradicen la Fe católica y la doctrina establecida por Jesucristo y por todos los papas en el curso de los siglos.
C. P.: ¿Entonces ha decidido deliberadamente desobedecer al actual Papa?
Mons. M. L.: Es una elección consciente y dolorosa, porque los eventos han verdaderamente llevado a la decisión de desobedecer en lugar de obedecer. Estoy haciendo esta elección sin duda o vacilación. He decidido desobedecer al Papa actual para poder estar en comunión con los 262 papas [precedentes].
C. P.: Su independencia es atribuída por muchos a una tradición galicana [5]. 
Mons. M. L.: Al contrario, yo soy completamente romano y nunca galicano. Estoy por el Papa como sucesor de San Pedro en Roma. Todo lo que nosotros pedimos es que el Papa sea, de hecho, el sucesor de San Pedro, no el sucesor de J. J. Rousseau, de los Masones, de los humanistas, de los modernistas ni de los liberales.
C. P.: Desde el momento que Vd. ha dicho que estas ideas están ampliamente difundidas y aceptadas en todo el mundo, también en el seno de la Iglesia, ¿no cree estar cargando un fardo demasiado pesado? ¿Cómo piensa la Fraternidad San Pío X contrarrestar una tendencia que parece abrumadora?
Mons. M. L.: Confío en Nuestro Dios y Salvador. Los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X tienen confianza en Nuestro Señor y no tengo duda de que Dios nos ha inspirado a todos nosotros. Todos aquellos que luchan por la verdadera Fe tienen el pleno apoyo de Dios. Naturalmente, respecto a la maquinara liberal, nosotros somos un “David” pequeñísimo. Yo podría morir mañana, pero Dios está permitiéndome vivir un poco más para ayudar a los otros en la lucha por la Fe verdadera. Ya esto había sucedido antes en la Iglesia. Los verdaderos Católicos han debido trabajar por la supervivencia de la Fe bajo el oprobio general y la persecución de parte de aquellos que fingían ser católicos. Es un pequeño precio que hay que pagar para estar de parte de Jesucristo.
C. P.: ¿Cuándo ha sucedido esto?
Mons. M. L.: ¡Esto sucedió con el primer Papa! San Pedro estaba conduciendo a los fieles al error con su mal ejemplo de seguir las prescripciones de la Ley de Moisés. San Pablo rehusó obedecer a este error y se opuso a él. San Pablo venció, y San Pedro tuvo que rescindir de su error (cf. Gálatas II, 11-21). En el siglo IIII, San Atanasio se rehusó obedecer a las órdenes del Papa Liberio. En aquel tiempo, la Iglesia estaba infectada por las ideas de la herejía arriana y el papa estaba presionando para que las abrazara. San Atanasio se puso a la cabeza de la oposición a esta desviación de la doctrina de la Iglesia. Él (San Atanasio) fue atacado despiadamente por la jerarquía. Fue suspendido. Cuando se rehusó a someterse, fue excomulgado. Finalmente la oposición a la herejía venció, y a la muerte del Papa Liberio, un nuevo Papa ocupó el trono de San Pedro. Él reconoció que la Iglesia estaba en deuda con San Atanasio. La excomunión fue revocada y el santo fue reconocido como un salvador de la Iglesia y fue canonizado. En el siglo VII, el Papa Honorio I favoreció la herejía monotelita, la proposición de que Jesucristo no poseía una voluntad humana y por consecuencia no era verdadero hombre. Muchos Católicos que conocían la doctrina de la Iglesia se negaron a aceptar esto e hicieron todo lo posible para contener la difusión de esta herejía. El Concilio de Costantinopla condenó a Honorio en el año 681 y lo anatematizó [6]. Existen otros muchos ejemplos de este tipo, en los cuales los verdaderos Católicos se opusieron firmemente contra una aparente mayoría aplastante, no para destruir o cambiar la Iglesia, sino para mantener la verdadera Fe. Yo no tengo en consideración la disparidad abrumadora. Uno de los objetivos principales de la nuestra Fraternidad es ordenar sacerdotes, verdaderos sacerdotes, en modo que el Santo Sacrificio de la Misa continúe, para que el Catecismo continúe, para que la Fe Católica continúe. Por supuesto algunos obispos nos atacan y critican. Algunos intentan frustrar nuestra misión. Pero todo esto es solo temporal, porque cuando todos los sus seminarios estén vacíos (algunos ya casi lo están), ¿qué harán los obispos? Entonses ya no habrán sacerdotes [7].
C. P.: ¿Por qué piensa que no habrán más sacerdotes?
Mons. M. L.: Porque los seminarios de hoy están enseñando nada para la formación de un sacerdote; se enseñan la psicología liberal, la sociología, el humanismo, el modernismo y muchas otras ciencias y semi-ciencias que son contrarias a la Doctrina Católica o no tienen nada que ver con las enseñanzas de la Iglesia o con lo que debería saber un sacerdote. En lo concerniente a las enseñanzas católicas, difícilmente son enseñadas en los seminarios de hoy.
C. P.: ¿Qué viene enseñándose en los seminarios de hoy?
Mons. M. L.: Por ejemplo, en un seminario de Nueva York, los profesores de teología están enseñando a los seminaristas que “Jesús no veía claramente lo que sería el resultato de Su muerte de Cruz”; que: “Nadie es tan completamente coherente para no decir algo que resulte en desacuerdo con lo que ha dicho en el pasado. Esto vale también para Jesús”; que “José pudo haber sido el padre natural de Cristo”; y otro profesor enseña que: “Un psiquiatra recomienda las relaciones sexuales extramatrimoniales como una cura para la impotencia, yo estoy abierto en este campo y no me cierro a la posibilidad”.
C. P.: ¿Estas aserciones están documentadas y registradas?
Mons. M. L.: Sí.
C. P.: ¿Han sido llevadas a la atención de la jerarquía?
Mons. M. L.: En numerosas ocasiones.
C. P.: ¿La jerarquía ha hecho algo para poner fin a estas y similares enseñanzas?
Mons. M. L.: Hasta donde sé, no.
C. P.: ¿Se siente solo y aislado?
Mons. M. L.: ¿Cómo puedo sentirme aislado cuando estoy en comunión con 262 Papas y la entera Fe Católica? Si se entiende solo entre los otros obispos, la respuesta es no. Difícilmente pasa un día que yo [no] reciba comunicación de obispos, sacerdotes, laicos de diversas partes del mundo que me expresan apoyo y coraje.
C. P.: ¿Por qué no se exponen públicamente y lo sostienen?
Mons. M. L.: Como he dicho antes, muchos (obispos) quieren conservar su puesto, a fin de estar en una posición útil para poder hacer algo cuando surja la ocasión.
C. P.: ¿Su posición le ha separado aún más de las otras confesiones cristianas?
Mons. M. L.: No totalmente. Apenas hace cinco días, algunos líderes ortodoxos han venido a encontrarme para expresar su apoyo a nuestra posición.
C. P.: ¿Por qué deberían expresarle apoyo cuando de hecho Vd. dice que tiene razón y que ellos están en el error?
Mons. M. L.: Es precisamente porque mi posición es clara que ellos me apoyan. Muchas otras denominaciones cristianas han considerado siempre a Roma como una suerte de áncora estabilizante en un mundo tumultuoso. Ellos sentían que pasara lo que pasara, Roma estaba siempre allí, eterna e inmutable. Esta presencia les daba descanso y confianza. Aún más sorprendentes son los líderes islámicos que se han congratulado vivamente conmigo por mi posición, aunque ellos saben perfectamente que yo no acepto su religión.
C. P.: ¿La caridad cristiana no intentaría evitar endurecer las diferencias y divisiones que podrían ser aplanadas?
Mons. M. L.: Las diferencias y las divisiones hacen parte de este mundo. La unidad de la Iglesia puede ser alcanzada solamente con el ejemplo y el constante compromiso por nuestra Fe Católica. La caridad comienza con la fidelidad a la propia Fe.
C. P.: ¿Qué le hace creer que un número significativo de ortodoxos, protestantes o musulmanes o apoyan?
Mons. M. L.: Aparte de los contactos directos y frecuentes que estas personas han tenido conmigo, hubo, por ejemplo, un amplio sondeo dirigido por un conocido diario de París, y fueron interrogados los miembros de varias confesiones religiosas. El resultado es que, lejos de encontrar a nuestra fe como ofensiva o amenazadora para ellos, admiraban la posición clara que estamos manteniendo. Al contrario, ellos muestran desprecio absoluto a todos aquellos “católicos liberales” que están intentando hacer un batiburrillo de nuestra Fe Católica y de sus religiones de ellos.
C. P.: ¿El Papa no le ha invitado a reconciliarse? ¿Ha aceptado esta invitación?
Mons. M. L.: Pedí ver al Papa el pasado Agosto (tiempo después, ese mismo año, Mons. Lefebvre tuvo una breve audiencia con Juan Pablo II). El Papa rechazó, a menos que firmara una declaración de aceptación incondicional de todas las resoluciones del Concilio Vaticano II (y todas las “orientaciones” posconciliares). Me gustaría mucho ver al Papa, pero no puedo firmar resoluciones que pavimenten el camino a la destrucción de la Iglesia.
C. P.: ¿Cómo se puede ser fieles a la Iglesia y desobedientes al Papa?
Mons. M. L.: Se debe entender el significado de la obediencia y se debe distinguir entre la obediencia ciega y la virtud de la obediencia. La obediencia indiscriminada es en realidad un pecado contra la virtud de la obediencia. Si nosotros desobedecemos a fin de practicar la virtud de la obediencia, en lugar de someternos a mandatos ilícitos contrarios a las enseñanzas morales católicas; todo lo que uno tiene que hacer es consultar cualquier libro de teología católica para comprender que no estamos pecando contra la virtud de la obediencia.

NOTAS DEL TRADUCTOR AL ESPAÑOL
[1] La llamada “Misa Tridentina” (en realidad Misa Romana Tradicional) es aquella que fue instituida por Nuestro Señor Jesucristo el 24 de Marzo del año 33, antes de ser crucificado; y celebrada en Roma por los Santos Apóstoles Pedro y Pablo. El Rito Romano Tradicional fue codificado por primera vez por San Gregorio Magno, conservado por los frailes franciscanos, canonizado por el Concilio de Trento y declarado permanente e irrevocable por San Pío V con la Bula Quo primum témpore en 1570, y restaurado en su gloria por San Pío X mediante la Constitución Apostólica Divíno Afflátu en 1911. Incluso, el mismo Montini admitió en su Constitución Apostólica Missále Románum la antigüedad del Rito Romano Tradicional y que éste ha nutrido a muchísimos santos.
[2] Aunque sea un ejemplo menor, representa cuán grave es la adulteración hecha por Montini sobre las palabras de Consagración, hasta el punto de hacer inválido el Novus Ordo. La expresión “por todos” significa la suficiencia (virtud) de la Sangre de Cristo para salvar a todos, pero en la Última Cena, Jesús escogió una buena razón para decir “por muchos”, refiriéndose a la eficiencia (fruto) de Su Sangre Preciosa que, a través de la Misa, realmente salvará a los que pertenecen a la Iglesia y son fieles a su Doctrina. Cfr. Catecismo del Concilio de Trento).
[3] Se refiere a la Traduction œcuménique de la Bible, coordinada por el sacerdote François Refoulé OP y el pastor calvinista Georges Casalis, y publicada en 1975 por la casa Éditions du Cerf (de los dominicos de Francia) y las Sociedades Bíblicas Unidas. Actualmente, van por la cuarta edición.
[4] Sergio Pignedoli fue representante de Pablo VI en el Seminario sobre el Diálogo Islámico-Cristiano, evento auspiciado por el líder libio Muamar Gadafi y realizado del 1 al 6 de Febrero de 1976 en Trípoli, en el cual los casi 500 interlocutores musulmanes presentes en el evento reiteraron sus acusaciones tradicionales contra el catolicismo (adulterar las Escrituras, liderar las Cruzadas y hacer proselitismo entre los musulmanes). De dicho seminario salió un comunicado de 24 puntos que incluía una condena al sionismo, por lo cual el régimen de Tel Aviv protestó y Pablo VI desautorizó a su representante en el evento (que hasta su muerte en 1980 sostuvo que fue víctima “de una traducción incompleta si no errónea presentada a último minuto”). Este hecho le costará a Pignedoli (conocido como “el Kissinger del Papa”) la papabilidad en los cónclaves de 1978, de donde surgirá el “principio Pignedoli” (las posibilidades de que un hombre se convierta en Papa son inversamente proporcionales al número de veces que aparezca en los mass media).
[5] El Galicanismo era un movimento francés de resistencia a la autoridad papal, el cual manejaba dos aspectos: el primero (galicanismo real) afirmaba los derechos del monarca sobre la Iglesia Católica francesa, y el segundo (galicanismo eclesial) afirmaba los derechos de los concilios generales sobre el Papa. Ambas acepciones fueron condenadas como herejía durante el Concilio Vaticano (de 1870).
[6] El monotelismo planteaba que en Jesucristo existía una única voluntad y operación “Teándrica”, de ahí a que sea considerado como el punto máximo de la herejía monofisista (que enseñaba que la naturaleza humana de Cristo era absorbida en tal manera por la naturaleza divina hasta el punto de ser inexistente). Esta herejía surgió cuando el patriarca Sergio de Constantinopla planteó la expresión ἓν θέλημα καί μία θεανδρική ἐνέργεια (una voluntad y única energía teándrica) como un compromiso entre la Catolicidad y los herejes monofisistas para recuperar la unidad eclesial (y silenciar así al patriarca y monje carmelita San Sofronio Jerosolimitano, que consideraba herético dicho postulado). El Papa Honorio I respondió a Sergio aprobando el celo de éste en recuperar la unidad de la Iglesia y adoptando su posición (aunque sin comprometer su infalibilidad). La doctrina monotelita (que aún los mismos monofisistas consideraban ridícula) fue condenada oficialmente en el III Concilio Constantinopolitano (680-681), donde se confirmó como Dogma de fe la doctrina de las dos naturalezas, voluntades y operaciones de Cristo “sin división, sin conmutación, sin separación y sin confusión, según la enseñanza de los Santos Padres”, y se anatematizó a Teodoro de Farán, Ciro de Alejandría, Sergio, Pirro y Pablo II de Constantinopla. Honorio en particular fue condenado no tanto por enseñar específicamente la herejía, sino porque “no intentó santificar su Sede Apostólica con la enseñanza de la tradición apostólica sino que por una traición profana permitió que su pureza fuera manchada” al silenciar la ortodoxia y dar pábulo a la predicación herética (de ahí que se pueda considerar que Honorio, en cuanto doctor privado, incurrió en herejía material; y que durante un tiempo, en el juramento papal de coronación, se proclamase el anatema contra Honorio).
[7] Aún con sus seminarios a reventar, igual el sacerdocio conciliar se acabó completamente. Se pueden contar fácilmente cuántos obispos y sacerdotes (de muy avanzada edad) fueron ordenados antes de 1968 con el Rito Romano Tradicional. Mientras, los presbíteros y obispos instalados por el Rito Montiniano son simples laicos, toda vez que el Ritual Montiniano de Ordenación es tan inválido y nulo como el Rito Anglicano contenido en el Libro de Oración Común condenado por el Papa León XIII en Apostólicæ Curæ.