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lunes, 30 de julio de 2018

RENACEMOS DEL AGUA Y DEL ESPÍRITU SANTO A TRAVÉS DEL BAUTISMO

  
¿Qué es lo que viste en el bautisterio? Agua, desde luego, pero no sólo agua; viste también a los diáconos ejerciendo su ministerio, al obispo haciendo las preguntas de ritual y santificando. El Apóstol te enseñó, lo primero de todo, que no hemos de fijarnos en lo que se ve, sino en lo que no se ve; lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno (II Cor. IV, 18). Pues, como leemos en otro lugar, desde la creación del mundo, las perfecciones invisibles de Dios, su poder eterno y su divinidad son visibles por sus obras (Rom. I, 20). Por esto, dice el Señor en persona: Aunque no me creáis a mí, creed a las obras (Juan X, 38). Cree, pues, que está allí presente la divinidad. ¿Vas a creer en su actuación y no en su presencia? ¿De dónde vendría esta actuación sin su previa presencia?
  
Considera también cuán antiguo sea este misterio, pues fue prefigurado en el mismo origen del mundo. Ya en el principio, cuando hizo Dios el cielo y la tierra, el espíritu -leemos- se cernía sobre la faz de las aguas (Gén. I, 2). Y si se cernía es porque obraba. El rey David nos da a conocer esta actuación del espíritu en la creación del mundo, cuando dice: La palabra del Señor hizo el cielo; el espíritu de su boca, sus ejércitos (Sal. XXXII, 3). Ambas cosas, esto es, que se cernía y que actuaba, son atestiguadas por la palabra profética. Que se cernía, lo afirma Moisés; que actuaba, David.
  
Tenemos aún otro testimonio. Toda carne se había corrompido por sus iniquidades. Mi espíritu no durará por siempre en el hombre -dijo Dios-, puesto que es de carne (Gén. VI, 3). Con las cuales palabras demostró que la gracia espiritual era incompatible con la inmundicia carnal y la mancha del pecado grave. Por esto, queriendo Dios reparar su obra, envió el diluvio y mandó al justo Noé que subiera al arca (Gén. VII, 1 ss). Cuando menguaron las aguas del diluvio, soltó primero un cuervo, el cual no volvió, y después una paloma que, según leemos, volvió con una rama de olivo (Gén. VIII, 7-8). Ves cómo se menciona el agua, el leño, la paloma, ¿y aún dudas del misterio?
  
En el agua es sumergida nuestra carne, para que quede borrado todo pecado carnal. En ella quedan sepultadas todas nuestras malas acciones. En un leño fue clavado el Señor Jesús, cuando sufrió por nosotros su pasión. En forma de paloma descendió el Espíritu Santo, como has aprendido en el nuevo Testamento (Mat. III, 16), el cual inspira en tu alma la paz, en tu mente la calma. El cuervo es la figura del pecado, que se va y no regresa, si, en ti, también, es preservada la rectitud tanto interior como exteriormente.
  
SAN AMBROSIO DE MILÁN. Tratado sobre los Misterios, cap. III, nros. 8-11.
 
ORACIÓN (del Domingo III después de Pascua)
Oh Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados para que puedan volver al buen camino, concede a todos los cristianos rechazar lo que es indigno de este nombre y cumplir cuanto en él se significa. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

sábado, 30 de abril de 2016

EL BAUTISMO DE SANGRE ES ACOGER LA GRACIA ENLAZADA CON LA SANGRE DE CRISTO

Tomado de LA PUERTA ANGOSTA
   
Santa Catalina de Siena
 
Diálogos de Santa Catalina de Siena, Capítulo XI: "Cómo los imperfectos quieren seguir solamente al Padre, pero los perfectos al Hijo; y de una visión que tuvo esta alma devota, en la cual se refieren varios Bautismos y de algunas otras cosas útiles y excelentes".
   
Te he dicho que salen afuera, lo cual es señal de que se levantaron de la imperfección y llegaron a la perfección. Abre los ojos de tu entendimiento y míralos correr por el puente de la doctrina de Cristo crucificado, el cual es vuestra regla, camino y doctrina. No se proponen otra cosa ante los ojos de su entendimiento que a Cristo crucificado. No se proponen a Mí, que soy el Padre, como lo hace el que está en el amor imperfecto, el cual no quiere padecer penas, y porque en Mí no puede haberlas, desean el contentamiento que en Mí hallan, y por eso digo que siguen en Mí, no a Mí; esto es el deleite que hay en Mí, no a Mí mismo. No proceden así estos (los que quieren la perfección), sino que como embriagados y encendidos en amor subieron estos tres escalones generales, que signifiqué en las tres potencias del alma, y los tres actuales, que te manifesté en el cuerpo de Cristo crucificado, mi Unigénito Hijo. Habiendo subido a los pies con los del afecto, llega al costado, en donde halló el secreto del corazón y conoció el Bautismo del agua, el cual tiene virtud en la sangre, en donde halló gracia en el santo Bautismo, dispuesto el vaso del alma a recibir la gracia unida y enlazada con la sangre.
   
¿En dónde conoció esta dignidad de verse unida y enlazada con la sangre del Cordero, recibiendo el santo Bautismo en virtud de la sangre? En el costado, donde conoció el fuego de la Divina Caridad. Así te lo manifestó mi Verdad cuando la preguntaste, diciendo: "Dulce e inmaculado Cordero, ya habías muerto cuando te abrieron el costado, ¿por qué, pues, quisiste ser herido y partido el corazón?"
   
Y Él te respondió que por muchos motivos había sucedido esto, y te diré uno de los principales, y fue porque mi deseo para con el linaje humano era infinito, y el acto de sufrir penas y tormentos era limitado y finito; y por cuanto en cosa finita no podía mostrar el amor infinito, por tanto quiso que vieseis el secreto del corazón mostrándoosle abierto, para que vieseis que más amaba de lo que manifestaba por una pena finita. Derramando sangre y agua os mostré el santo Bautismo, el cual recibisteis en virtud de la sangre y, sin embargo, derramaba sangre y agua. Manifestaba también el Bautismo de sangre de dos maneras, uno en aquellos que son bautizados en su sangre vertida por Mí, el cual tiene virtud por mi sangre, no pudiendo ellos ser bautizados. Algunos otros se bautizan con fuego, deseando el Bautismo con afecto de amor, y no lo pueden tener. Mas no hay Bautismo de fuego sin sangre, porque la sangre está enlazada y unida con el fuego de la Divina caridad, porque fue vertida por amor.
  
También recibe el alma de otra manera este Bautismo de sangre, hablando figuradamente, y esto proveyó la caridad Divina porque, conociendo la flaqueza y debilidad del hombre, éste me ofende por ella, no que sea precisado, ni ningún otro motivo le induzca a la culpa, si él no quiere; mas cae como frágil en pecado mortal, por el cual pierde la gracia que recibió en el santo Bautismo en virtud de la sangre, por tanto fue precisado que la caridad Divina dejase el Bautismo continuo de la sangre, el cual se recibe con la contrición del corazón y con la confesión, confesándose cuando pueda con mis Ministros, que tienen las llaves de la sangre, la cual derraman sobre el alma; y no pudiendo confesarse basta la contrición del corazón. Entonces mi clemencia os da el fruto de esta preciosa sangre; pero pudiendo confesaros, quiero que lo hagáis, y el que pueda confesarse y no quiera, será privado del fruto de la sangre. Es sin embargo cierto que al fin de la vida, si quisiere confesarse, aunque no pueda, todavía recibirá el dicho fruto de la sangre; pero no haya alguno tan necio que con esta esperanza espere a la hora de la muerte para arreglar su vida, pues no está seguro de que por su obstinación no le diga mi justicia Divina: Ya que tú no te acordaste de mí en el tiempo de tu vida cuando podías, yo también me olvidaré de ti en la hora de la muerte. Así que nadie debe fiarse, y si por culpa suya se ha descuidado, no debe dilatar este Bautismo a la última hora con la esperanza de esta sangre.
   
Ya ves que es continuo este Bautismo con que debe bautizarse el alma, pues puedes conocer en él que la pena de la cruz fue finita, pero el fruto de la pena que por Mí habéis recibido, es infinito; porque fue en virtud de la naturaleza Divina, que es infinita, unida con la humana, la cual sufrió la pena en el Verbo, vestido de vuestra humanidad. Mas porque está una naturaleza unida y enlazada con la otra, por eso la Deidad eterna trajo a sí la pena que yo padecí con tan encendido amor, y por tanto puede esta operación llamarse infinita, no porque lo sea la pena que yo padecí, ni la actual del cuerpo, ni la del deseo, que yo tenía de redimiros, pues terminó en la cruz cuando espiré, sino el fruto que dimanó de la pena y deseo de vuestra salud, que es infinito, y por tanto lo recibisteis infinitamente, porque si no hubiera sido infinito, no hubiera sido restituido a la gracia todo el linaje humano, pasados, presentes y venideros: Ni el hombre cuando peca pudiera levantarse, si no fuese infinito este Bautismo de sangre, esto es, si el fruto de la sangre no fuese infinito. Esto os manifesté en la llaga del costado de mi Hijo, donde puedes hallar los secretos del corazón, manifestando que os ama más de lo que puede manifestar con una pena finita. Te he manifestado ser este fruto infinito. ¿Con qué? Con el Bautismo de sangre unida a mi ardiente caridad, derramada por amor. Y en el Bautismo general dado a los cristianos, y a cualquiera que lo reciba del agua unida con la sangre y con el fuego, en donde el alma se hace una misma cosa con mi sangre, y para dároslo a entender, quise que del costado saliese sangre y agua. Te he respondido a lo que me preguntabas.
  
Diálogos de Santa Catalina de Siena, Jerónimo de Gigli, 1797

martes, 17 de marzo de 2015

SAN PATRICIO, OBISPO Y APÓSTOL DE IRLANDA

En el Bautismo hemos sido sepultados con Jesucristo, muriendo al pecado”. (Romanos 6, 4).
  
San Patricio, Apóstol de Irlanda

La evangelización de Irlanda, que bien puede decirse que se confundió con la vida de San Patricio, es uno de los hechos más sorprendentes de la vida de la Iglesia en el siglo V.

Gracias a la inteligente actividad de este hombre y a su rara prudencia, la conquista de toda una nación pagana a la fe cristiana se operó en pocos años sin choques, sin violencias y sin persecuciones. 
   
PRIMEROS AÑOS
Patricio nació en el último cuarto del siglo IV, en un pueblo marítimo de la Gran Bretaña llamado antiguamente Tabernia, donde sus padres poseían una granja. Su abuelo Potito era sacerdote, su padre Calpumio, diácono y decurión, y su madre, de raza franca, pariente de San Martín de Tours.

Patricio tenía apenas dieciséis años cuando fue apresado por piratas irlandeses, como muchísimos compatriotas suyos.

El Santo mancebo vio en este acontecimiento un castigo del cielo, pues —refiere el mismo— “vivíamos alejados de Dios y no observábamos sus preceptos ni obedecíamos a los sacerdotes que nos amonestaban sobre nuestra salvación”. Le vendieron a un amo que se lo llevó al oeste de la Isla para guardar sus rebaños.

Patricio pasaba la vida por los montes como si fuera ermitaño, absorto en la divina contemplación. Él mismo nos dice que “cien veces al día y otras tantas de noche se hincaba de rodillas a hacer oración”.

Seis años estuvo cautivo, llevando una vida santa y penitente; durante este tiempo aprendió la lengua irlandesa y conoció las costumbres y el espíritu del pueblo al que, andando el tiempo, había de evangelizar.
    
LLAMAMIENTO DE DIOS: APOSTOLADO EN IRLANDA
Al cabo de estos seis años, avisado por una voz celestial y guiado como por mano invisible, emprendió la marcha hacia el oeste y llego a un puerto desconocido, donde halló una nave dispuesta para hacerse a la vela con un raro cargamento de perros.

Pasados tres días de navegación, abordaron a las Galias, y emprendieron una larga caminata a través de un país desierto para llevar a los mercados del sur de Francia y de Italia esos grandes perros lobos de Irlanda, que eran muy apreciados en estos países.

La caravana recibió auxilio milagrosamente varias veces y fue salvada gracias a las oraciones de Patricio; al fin, sin percances mayores, logró Patricio escapar a la compañía con quien viajaba y emprendió el regreso a su tierra pasando por el monasterio de Lerins. En él permaneció por algún tiempo admirando el fervor de la vida monástica, y se reintegró a su familia que le hizo un caluroso recibimiento.

Le rogaban sus padres que no volviera a dejarlos, recordándole la gran tribulación que por el habían pasado; pero la gracia le instaba y las visiones se multiplicaban, siendo el Ángel “Víctor” el mensajero habitual. Dios hablaba a su corazón cada vez con más vehemencia y le hacía oír las voces y gemidos de Irlanda, que imploraba su venida.

Tras una crisis de ánimo muy violenta, Patricio se puso por completo en manos de Dios y se dejó conducir por su Providencia. Tenía a la sazón veinticinco años.

Pasó a las Galias para disponerse a su futuro apostolado y conseguir de Roma autorización para misionar, quedándose luego catorce años en Auxerre, donde estudió bajo la dirección de dos santos prelados: Amador, que le ordenó de diácono y Germán, que primero le ordenó de presbítero y más tarde le consagro obispo, para que fuese a predicar la buena nueva a Irlanda.

Hallábase este país dividido en multitud de tribus o clanes gobernados por un jefe más o menos poderoso y, por lo general, independiente de los reyezuelos vecinos.

La conversión de un rey o jefe traía casi siempre consigo la del clan entero; por eso puso tanto empeño Patricio para convertir ante todo a los magnates de aquella tierra. Pero tenía enfrente la influencia decisiva y omnímoda de los druidas o magos, a los que provocaba a verdaderas justas de milagros, de las que, con el auxilio divino, siempre salía vencedor, lo que daba como resultado que muchos paganos acudiesen a él ansiosos de conversión.

De ese modo recorrió, tribu tras tribu, las cinco provincias de Irlanda, destruyendo el culto idolátrico y fundando por doquier cristiandades fervorosas; ordenaba para cada lugar de diacono, sacerdote u obispo a algún discípulo suyo y les confiaba el cuidado de la naciente Iglesia.

MILAGROS DE SAN PATRICIO
Sus contemporáneos nos refieren las maravillas que San Patricio obraba, y no podríamos explicarnos la obra apostólica de este pastorcillo, si Dios no le otorgara poder para demostrar con obras portentosas la doctrina que predicaba.

Desde sus primeros años Patricio se vio asistido por el don de milagros. Siendo todavía niño, curó a una hermana suya de una herida muy grave que se hizo en una caída.

Resucitó a su tío, que le acompañaba a una asamblea pública en la que cayó muerto de repente.

Durante el cautiverio de Patricio, su amo le vio en sueños acercarse a él rodeado de llamas; las rechazó el amo, pero consumieron a sus dos hijitas, que dormían en una misma cuna. Sus cenizas se esparcieron a lo lejos y las llamas, llevadas por el viento, llegaron a los confines de la isla.

Al despertar, Milco —tal era el nombre del amo— rogó a su esclavo que le interpretase sueño tan extraño. Patricio respondió que la llama era la verdadera fe en que se abrasaban su inteligencia y su corazón, que sus dos hijas se harían cristianas y que sus reliquias, llevadas a lo lejos, servirían para mayor propaganda de la verdad, que Irlanda aceptaría en toda la extensión de su territorio.

Nunca, fuera de la ocupación de la Gran Bretaña por Agrícola, había pensado Roma en invadir a Irlanda. Esta, por el contrario, invadía a Inglaterra por medio de sus colonias, que desde Escocia iban penetrando hasta los alrededores de Londres. Más tarde fueron rechazadas tales factorías, pero el temor de los irlandeses dominó largo tiempo a los bretones.

Hallábase Irlanda sometida por aquel entonces a tres clases superiores: los druidas, los jueces y los bardos.

Los druidas habían anunciado con mucha anticipación la llegada de San Patricio y descrito su traje, tonsura y costumbres. Así es que cuando arribó hacia el año 432 a la desembocadura del río Vartry, le negaron la entrada y tuvo que ir a desembarcar por la parte de Meath, donde transcurrió el cautiverio de su juventud.

De los comienzos de su apostolado hemos de mencionar la historia del niño Benigno que, viendo al Santo dormido a orillas de un riachuelo, fue a coger las más bellas flores que halló por allí y, contra la voluntad de los compañeros de Patricio, que no querían despertarle, se las puso en el seno. Se despertó, en efecto, el Santo, y predijo la futura grandeza del niño: “Este será, les dijo, el heredero de mi reino”.

Otro historiador añade que, habiendo pasado Patricio la noche en casa de los padres de Benigno, el niño se empeñó en quedarse toda la noche a sus pies. Cuando al día siguiente iba el Santo a partir, le conjuró Benigno con tales instancias a que le permitiese acompañarle, que Patricio consintió en ello; desde entonces Benigno ya no se separó de él y fue su sucesor en la sede de Armagh.

Patricio hubiera querido convertir a su antiguo amo Milco. Le envió oro, pero el viejo avaro, furioso por la llegada de su antiguo esclavo, juntó sus tesoros y, pegando fuego a la casa, pereció con ellos.

Se alejó Patricio de Meath y se estableció en Strangford. La comarca estaba gobernada por Dichu, vasallo de Laegario, rey de Tara.

Los druidas, que recelaban de la llegada del apóstol, no dejaron piedra por mover para rechazarle.

Aquí dan principio los portentos de Patricio: Se celebraban las fiestas de Pascua y se prohibió a los paganos que encendiesen fuego antes de la aparición del fuego real. Patricio no hizo caso de la prohibición y encendió el suyo.

Avisado el rey, envió soldados para que prendieran a Patricio; él mismo quiso levantar su espada sobre la cabeza del Santo, pero no pudo, porque su mano quedo paralizada.

Con orden de darle muerte enviaron emisarios a los caminos por donde había de pasar. Patricio bendijo a sus ocho compañeros y al niño Benigno; él, por su parte, se hizo invisible, y los esbirros sólo vieron pasar ocho gamos y un cervatillo.

Al día siguiente, el rey daba un festín: y, aunque las puertas de la sala se hallaban cerradas, Patricio se presentó en medio. Le ofrecieron una copa emponzoñada; Patricio hizo la señal de la cruz, volcó la copa y sólo se vertió el veneno.

Cuenta la tradición que había en Tara, corte del rey Laegario, un druida muy experto en artes mágicas, que teniendo noticia de los milagros de San Patricio y creyéndolos efectos de sortilegios, se propuso competir con él y, a este fin, logró que cayera repentinamente sobre la ciudad tan fuerte nevada, que el sol se oscureció, dejando la población sumida en las más espesas tinieblas y completamente obstruida por la nieve.

Gozaba el druida con aquel triunfo y, al invitar a nuestro Santo a que hiciera otro portento igual, San Patricio respondió que para que el prodigio de su competidor fuera completo, debía hacer cesar aquel fenómeno meteorológico con la misma rapidez que lo había producido.

Se comprometió a ello el druida pero, por más apelaciones que hizo a sus artes mágicas, la nieve seguía cayendo, amenazando sepultar bajo su blanco y espeso sudario a toda la ciudad, con gran espanto de sus moradores, que no cesaban de pedir socorro a sus falsos dioses, para que los libraran de aquel horrendo peligro.

Compadecido San Patricio de la aflicción de aquellos desventurados y después de haber hecho confesar al druida su impotencia para conjurar el riesgo en que había puesto al pueblo por su imprudente presunción, se hincó de rodillas y, pidiendo al Dios verdadero que cesara la imponente nevada, se rasgaron las nubes inmediatamente y un sol esplendoroso y refulgente fundió los témpanos de hielo, devolviendo a los atribulados habitantes de Tara el sosiego que les había hecho perder el maleficio del soberbio druida.

Muchos otros portentos obró el Santo, uno de los cuales costó la vida al druida.

Se convirtió la reina, pero no el rey. Con todo, varios convertidos recibieron el bautismo; Laegario lo rehusó tenazmente, tal vez por diplomacia. Patricio le anuncio que sus hijos morirían sin reinar, salvo el más joven, porque se haría cristiano; los acontecimientos justificaron la profecía.

Después del drama de Tara, se nos presenta Patricio como vencedor que ha conquistado el país con una sola victoria, recorriéndolo de oriente a occidente como triunfador.

Se encuentra con las dos hijas del rey Laegario y, tras un diálogo de encantadora sencillez, las bautiza, les impone el velo de las vírgenes y les hace participes de los sagrados misterios. Ellas, presas en ardiente deseo de contemplar a Dios cara a cara, quedaron sumidas en un sueño extático y al despertar se hallaron al pie del trono del Eterno.

Pero un combate más empeñado aguardaba a Patricio. Al llegar al monte que lleva su nombre, entra en lucha con Dios mismo: quiere almas y dice al Ángel enviado por el Todopoderoso cuantas han de ser; y cuanto más le deja hablar, mas pide.

Al principio el Señor parece rehusar, mas luego consigue el Santo cuanto deseaba. ¿Qué podía negar Dios a tan gran siervo suyo?
   
SAN PATRICIO Y LOS JEFES DE CLAN
Imposible sería seguir al apóstol en sus peregrinaciones, que nada tenían de regular.

Había pedido a un rey, por nombre Dairo, licencia para edificar una iglesia en una colina. El rey se la denegó y a los pocos días cayó enfermo. Patricio tomó agua, la bendijo y se la envió a Dairo, que curó al punto. Contentísimo el rey de verse bueno, tomó un caldero de cobre y se lo envió al Santo, el cual respondió solamente: “DEO GRÁTIAS”. Esta manera de dar las gracias no agradó a Dairo y mandó otra vez por el caldero.

“¿Qué ha dicho Patricio cuando le habéis quitado el caldero?” —Pregunto el rey—. “DEO GRÁTIAS” —respondió aquél.

Tal dominio de sí mismo conmovió al monarca, que fue en persona, acompañado de la reina, a devolverle el caldero y le concedió la colina que antes le había rehusado.

Patricio y sus compañeros subieron a la cima y encontraron una cierva con su cervatillo. Los compañeros querían matar al cervatillo, pero Patricio se opuso a ello y llevó a cuestas al cervatillo, cuya madre le seguía ansiosa. Conmovedora representación del buen Pastor.

La construcción de la iglesia parece el punto culminante de la vida de San Patricio.

Un pagano, cuyo ídolo había derribado Patricio, juró vengarse. Fuese al bosque y esperó junto al camino a que pasara el viajero apostólico, pero hirió equivocadamente a su compañero, único mártir que tuvo Irlanda durante aquel maravilloso episcopado.

La fe iba, no obstante, difundiéndose por la futura “Isla de los Santos”, y era Patricio casi el único propagador; bautizaba a los convertidos, sanaba a los enfermos, predicaba sin descanso, visitaba a los reyes para que le auxiliasen en la obra de la conversión de los pueblos; no retrocedía ante ningún trabajo ni peligro, derramando por doquier raudales de amor y luz evangélica.

Lo más admirable de San Patricio es la fe. Ella le inspiró la confianza de que todo lo podía con el auxilio de Dios.

Un capitán de bandoleros, Mac Kile, era el terror de la provincia de Ulster. Un día tuvo noticia de que Patricio estaba para llegar a los parajes infestados por él; su primer pensamiento fue huir, mas por sentimiento de caballerosidad se decidió a resistir el poder del apóstol.

Al efecto, ordenó a uno de la banda que se metiese en un ataúd y que sus compañeros le llevasen a Patricio, para implorar un milagro inútil y cubrir de confusión al Santo. Pero una luz divina se lo reveló todo al siervo de Dios, al que no abandonaba el auxilio de lo alto, pues al descubrir los portadores el rostro de su compañero, lo hallaron muerto de verdad.

Grande fue entonces su desolación; cayeron de rodillas a los pies de Patricio, el cual, movido a lástima, resucitó al desventurado.

Este acontecimiento causó tal impresión en Mac Kile, que se entregó a espantosas austeridades y llegó a ser uno de los santos más ilustres de Irlanda. 
  
CARIDAD Y MORTIFICACIONES
La caridad de Patricio no tenía límites.

Viajando un día por un bosque se encontró con unos leñadores que tenían las manos ensangrentadas. Les preguntó la causa, y ellos respondieron: “Somos esclavos de Trion, el cual es tan cruel que no nos permite afilar las hachas, para que la labor sea más penosa”.

Patricio bendice las hachas, con lo cual el trabajo no presenta dificultad; mas no para aquí su caridad, va ante Trion para implorar gracia en favor de aquellos infelices. Todo es en vano, incluso el ayuno que con tal fin se ha impuesto. Patricio se retira, prediciéndole una muerte desastrada en castigo de su dureza.

Trion prosiguió sus malos tratos, pero cierto día que bordeaba un lago, el caballo le lanzó al agua, pereciendo ahogado; desde entonces lleva el lago el nombre de Trion.

Convertida ya Irlanda, gozó Patricio de algunos años de quietud y pudo entregarse con más sosiego a la contemplación.

Sus visiones eran constantes, sobre todo al celebrar el santo sacrifico o cuando leía el Apocalipsis.

El Ángel Víctor le visitaba a menudo.

En la primera parte de la noche rezaba cien salmos, haciendo al mismo tiempo doscientas genuflexiones. En la segunda parte de ella se metía en agua helada, con los ojos y las manos levantados al cielo hasta terminar los cincuenta salmos restantes. Por último daba al sueño un tiempo muy corto, tendido sobre una roca cuya cabecera era una dura piedra. Aun entonces llevaba los lomos ceñidos con un áspero cilicio para macerar su cuerpo durante el sueño.

¿Es, pues, de admirar que a semejante austeridad concediese Dios dones sobrenaturales, como el de resucitar treinta y tres muertos en nombre de la Santísima Trinidad y el de obtener tan sorprendentes efectos con su predicación y sus ardientes oraciones?

Como San Elfin, Patricio renunció al episcopado, pero consagró más de trescientos obispos. Se explica que fueran tantos por el gran número de pontífices que renunciaron a sus sedes. 
   
EL SUDARIO DE SANTA BRÍGIDA
Después de haber conocido por revelación el porvenir de Irlanda, Patricio tuvo noticia de que se acercaba la hora de su muerte.

Cierto día en que el varón de Dios se hallaba sentado con algunos compañeros, en un lugar inmediato a la ciudad de Down, se puso a hablar de la vida de los Santos. Mientras así hablaba brilló una gran luz en el camposanto próximo. Sus compañeros le hicieron notar el prodigio y él encargó a Santa Brígida de Irlanda que lo explicase. La virgen respondió que era el sitio en donde sería enterrado un gran siervo de Dios.

Santa Etumbria, la primera virgen consagrada a Dios, preguntó a Santa Brígida que le dijese el nombre de tan gran siervo de Dios, y la Santa respondió que era el padre y apóstol de Irlanda.

Patricio se encaminó entonces hacia el monasterio de Saúl y al llegar se puso en cama, porque sabía que llegaba a su fin.

Por su parte, Santa Brígida, en cuanto regresó a su monasterio de Curragh, tomó el sudario que desde hacía mucho tiempo tenía preparado para Patricio y volvió inmediatamente a Saúl acompañada de cuatro monjas; pero como iban en ayunas y estaban rendidas de cansancio, ni ella ni sus compañeros pudieron proseguir el camino.

El Santo tuvo revelación, en su lecho de muerte, de la angustia en que se encontraban las caritativas viajeras; envió cinco carritos a su encuentro y pudieron llegar a tiempo. Besaron sus pies y manos y recibieron por ultimo su bendición.

Iba acercándose la hora de su muerte; recibió el Cuerpo de Cristo de manos del obispo de Tassach y poco después entregó su alma al Señor.

Le envolvieron en la sabana que Santa Brígida había preparado.

En los funerales se multiplicaron los milagros.

Muchos oyeron a los Ángeles que cantaban delante del difunto, que exhalaba suavísimo olor.

Los habitantes de Armagh y los de Ulidia tuvieron entre sí gran controversia, porque cada pueblo pretendía tener derecho a sus reliquias.

Se colocó el cuerpo en un carro fúnebre tirado por dos bueyes. Los de Armagh seguían el carro, caminando —según creían— hacia su ciudad; pero al llegar al término vieron que habían sido víctimas de una ilusión, pues habían seguido a un fantasma, en tanto que los ulidianos, dueños del precioso deposito, lo llevaron a su pueblo y lo enterraron, como estaba predicho, entre los hijos de Dichu, en Down-Patrick.

Los irlandeses han profesado a San Patricio un culto extraordinario y lo han honrado y bendecido en todas las edades como jamás lo fue apóstol nacional alguno.

La ciudad de Murcia se honra con la protección de San Patricio, a quien tomó como abogado, igualmente que la ciudad de Lorca, porque en 1452, por su intercesión fueron libradas ambas ciudades de caer de nuevo en poder de los moros en la batalla de los Alporchones, que se dio de la mencionada fecha, y en la que los mahometanos fueron derrotados y sufrieron incalculables pérdidas.

La fiesta de San Patricio, señalada para el 17 de marzo por Urbano VIII, fue mandada celebrar con rito de doble por Pío IX el 12 de mayo de 1859.
  
 (Tomado de la Novena a San Patricio)
     
MEDITACIÓN SOBRE LAS OBLIGACIONES CONTRAÍDAS EN EL BAUTISMO
I. En nuestro bautismo hemos renunciado, por boca de nuestros padrinos, al demonio, a sus pompas y a sus obras. ¿Hemos cumplido esta promesa? ¿No hemos dejado de ser hijos de Dios para serlo del demonio? ¿Cuya es la imagen que llevamos? ¿A quién obedecemos, a Jesús o al demonio? Y, sin embargo, ¿qué hizo por ti el demonio? ¿Murió por ti? ¿y qué te promete en cambio de tantos sacrificios, mil veces más penosos que los que Jesucristo te pide, y sin prometerte como éste el Cielo?
   
II. El Bautismo borra el pecado original y los actuales que se hayan cometido antes de recibirlo. Esta inocencia bautismal, ¿no la perdiste por el pecado mortal? Si la has perdido, llora, llora tu falta y tu desgracia: las lágrimas de la penitencia son un segundo bautismo, sin el cual ya no hay para ti esperanzas de salvación. “Las lágrimas son el diluvio que lava las manchas y expía los pecados del mundo”. (San Gregorio Nacianzeno).
   
III. Antiguamente se daba a los recién bautizados una vestidura blanca que llevaban durante la octava de Pascua. Un cristiano debe ser reconocido por la inocencia y la santidad de su vida. ¿Por qué puede reconocerse que eres cristiano? ¿Qué te distinguiría de los infieles si vivieses entre ellos? “No es sólo por el nombre de Cristo que lleva por lo que se ha de reconocer a un cristiano, sino por el espíritu de Cristo que anima sus obras”. (San Juan Crisóstomo).
  
El fervor. Orad por Irlanda.
   
ORACIÓN
Oh Dios, que os dignasteis enviar a San Patricio, vuestro confesor pontífice, para anunciar vuestra gloria a las naciones, concedednos, en consideración a sus méritos e intercesión, la gracia de cumplir lo que Vos nos mandáis. Por J. C. N. S. Amén.

miércoles, 14 de enero de 2015

DE LA NECESIDAD ABSOLUTA DEL BAUTISMO Y LA NEGLIGENCIA DE NO SABER ADMINISTRARLO

Desde LA DENUNCIA PROFÉTICA 
  
 
  
Destinado del Cielo el Bautista para ser precursor del Redentor del mundo que había de quitar los pecados de los hombres, no podía dejar su celo de anunciar el santo Bautismo, con que se habían de perdonar y borrar. En efecto lo anunció, no sólo con palabras, sino también con obras: Con palabras, predicando al pueblo el mismo bautismo, por el cual debía lograr el perdón de sus culpas; con obras, bautizando por sus manos, para figurar con su bautismo el que se había de esperar por institución de Cristo, y preparar al pueblo a recibirle dignamente.
   
Antes de la venida del Redentor, la divina bondad que nunca faltó al socorro del linaje humano, tenía señalados otros remedios para borrar el pecado original, con el que venimos a este mundo todos los descendientes de Adán, a excepción del mismo Cristo y su santísima Madre; habiéndolo contraído todos los demás en nuestro primer padre, y quedando por él esclavos de Satanás, privados de la divina gracia, excluidos del Cielo hasta que se les haya borrado; pero Cristo instituyó por único medio, absolutamente necesario, el santo Bautismo, con el cual infundiéndonos el Señor su gracia, no sólo quita el pecado original, sino también cualesquiera otros cometidos antes de su recepción: Rompe las cadenas de nuestra dura esclavitud, y de miserables esclavos del demonio nos hace hijos y amigos suyos, herederos como tales de la Gloria eterna; de cuyo inestimable beneficio quedarán eternamente privados los que no tuvieron la dicha de recibirle aunque hubieren muerto en el vientre de sus madres.
   
Con este cierto conocimiento, ¿cuál deberá ser el cuidado de los padres y madres, para que sus hijos no mueran sin el Bautismo? ¿Cuán gravemente será castigada en el Tribunal de Dios cualquier negligencia en ese punto? ¿Cuán horrendo será el castigo de los que hayan cometido el execrable atentado de un aborto, voluntario o concurrido, a tan enorme maldad? ¿Qué clamores no darán aquellas desgraciadas víctimas a la Divina Justicia contra los malvados, que tuvieron la crueldad de quitarles con un golpe dos vidas, la temporal y la eterna? Se hacen también reos en el severísimo tribunal de Dios los que son omisos en administrar el Bautismo en los casos de necesidad, o no lo administran como se debe, supuesto que el Bautismo, llamado de necesidad o de socorro, es verdadero sacramento, y causa en el alma substancialmente los mismos efectos que el Bautismo solemne. Sería muy conveniente que a todos los fieles, llegando a la edad de discreción, se les instruyera bien de lo que deben practicar en semejantes casos que piden pronto socorro, y no siempre hay oportunidad de otras personas más capaces. Con gran consuelo de nuestro corazón sabemos que lo practica el celo de algunos párrocos, y exhortamos con todo nuestro afecto los demás, que sigan tan importante ejemplo. Las parteras en particular deben estar perfectamente instruidas en este ministerio, del cual pende no menos que la salvación eterna de muchas almas; y no han de ser fáciles en juzgar inanimados los fetos, negándoles el Bautismo con su precipitado juicio, muy expuesto a engaño, y por él, a los más funestos resultados.
  
Establecida la necesidad absoluta del Bautismo en que mi paterno amor me ha detenido acaso más de lo que pide un exordio: Lo que importa, oyentes carísimos, a todos los que habéis logrado la dicha de recibir aquel Sacramento, es mostrar vuestra gratitud a tan gran beneficio, desempeñando dignamente las obligaciones que por él contrajisteis. A este fin ponderaré los augustos títulos que por el santo Bautismo se adquieren y los gravísimos cargos que nos imponen, para que todos procuréis con suma vigilancia y esmero su desempeño. Veis aquí todo el objeto de mi discurso, para cuyo acierto hemos de implorar con fervorosa devoción la divina gracia, por intercesión de la Virgen. 
   
Ave María.
   
Extraído de los Sermones de D. Fr. Francisco Armañá, Arzobispo de Tarragona, 1847

lunes, 8 de diciembre de 2014

"MARÍA SANTÍSIMA: DEVOCIÓN Y DOGMAS DESDE LA BIBLIA" (II): MARÍA SANTÍSIMA RECIBIÓ EL SACRAMENTO DEL BAUTISMO

Luego de varios meses, recapitulamos la serie "MARÍA SANTÍSIMA: DEVOCIÓN Y DOGMAS DESDE LA BIBLIA", tratando sobre el Sacramento del Bautismo, y que la Virgen Santísima lo recibió de manos de Nuestro Señor. Es verdad de Fe que María Santísima fue preservada del pecado original desde el primer instante de su Inmaculada Concepción, pero también lo es que el Bautismo es necesario para recibir el carácter, la insignia que distingue a los cristianos de los que no lo son, por lo cual nadie está exonerado de recibirlo. Por tanto, Nuestra Señora estaba obligada a recibir el Bautismo, y en efecto, lo recibió.

MARÍA SANTÍSIMA RECIBIÓ EL SACRAMENTO DEL BAUTISMO
    
(Tomado de VATICANO CATÓLICO)
   
Como hoy es la fiesta de la Inmaculada Concepción, creo oportuno tratar un tema acerca de la Santísima Virgen María. El título de este libro es Historia de la Vida y Excelencias de la Virgen María Nuestra Señora escrito por Fray José de Jesús, de la Orden de los Descalzos de Nuestra Señora del Carmen, que vivió desde 1562 hasta 1629.
   
El capítulo que quiero leerles trata de los sacramentos y cómo la Virgen usó de ellos. En particular quiero enfocarme en el sacramento del Bautismo. Antes de leer este capítulo voy a citar la bula Benedictus Deus del Papa Benedicto XII (1332). Esta bula define infaliblemente como dogma que ningún apóstol, mártir, confesor o virgen podría recibir la visión beatífica sin haber sido bautizado. Esto refuta las teorías de la salvación por un “bautismo de deseo” o “bautismo de sangre”.

Papa Benedicto XII, Benedictus Deus, 1336, ex cathedra, sobre las almas de los justos que reciben la visión beatífica: “Por esta constitución que ha de valer para siempre, por autoridad apostólica declaramos… los santos Apóstoles, los mártires, confesores, vírgenes y los otros fieles que murieron después de recibir el bautismo de Cristo, en los que no había nada que purgar al salir de este mundo… y que las almas de los niños renacidos por el mismo bautismo de Cristo o de los que han de ser bautizados cuando hubieren sido bautizados, que mueren antes del uso del libre albedrío… estuvieron, están y estarán en el cielo…” (Denzinger 530).
  
Otro punto que quiero hacer antes de leer el capítulo de Fray José, es que este libro es una prueba adicional; no es necesario citarlo para probar la necesidad absoluta de recibir el sacramento del Bautismo, celebrado en agua, para la salvación, ya que esto ha sido definido en numerosas declaraciones papales infalibles. El mismo Concilio de Trento, que interesantemente finalizó un año después de haber nacido Fray José, condenó a todos los que dijesen que el sacramento del bautismo no es necesario para la salvación. Teniendo en cuenta estos puntos, comenzaré a leer el segundo libro, cap. XIII “Del uso de los Sacramentos, que es un acto de religión, y cómo la Virgen usó de ellos”, dice así:  
1. Una duda que se presenta entre los Doctores, es si la Virgen Nuestra Señora recibió en esta vida los Sacramentos de la ley de gracia que Cristo Nuestro Señor instituyó para nuestra salud y santificación, pues no se halla en la Escritura un lugar que diga que los haya recibido; y puesto que el uso de los sacramentos es un acto de religión, es forzoso abordar aquí este punto, para que quede más claro cómo la religiosísima Virgen ejercitó todos los actos de esta virtud que le fueron posibles. Que la Virgen recibió en esta vida los sacramentos de la Iglesia que ella pudo, lo afirman muchos y gravísimos autores, y fue muy conveniente que los recibiese, por muchas razones. La primera, para su humillación; porque cuanto fue ella la más santa de todos, tanto más fue conveniente que se humillase al uso de los Sacramentos de la ley de gracia; pues ella no se dedignó en humillarse a la observancia de la ley antigua y de sus preceptos, como al de la purificación, sin estar obligada a ello. La segunda, por el cumplimiento del precepto que obliga a todos, según aquello de San Juan: No entrará en el reino de Dios, sino el que renaciere del agua y del Espíritu Santo (San Juan III). La tercera, por evitar el escandalo que pudiera haber entre los demás cristianos que usaban de los Sacramentos, viendo que la Madre de Cristo, que los había instituido, no usaba de ellos. La cuarta, para mayor suma de merecimiento de la misma Virgen, y ejemplo e instrucción de los fieles, así perfectos como imperfectos; para que usando todos de este socorro del Cielo, los imperfectos se perfeccionasen, y los perfectos fuesen más santos. La quinta, para convencer a los herejes que, deslumbrados (como dicen Alberto Magno y Dionisio Richelio) con los resplandores de su admirable excelencia, decían (como ya vimos) que no era criatura humana [la Virgen], sino Ángel, negando con esto la naturaleza humana de Cristo.
  
2. Viniendo pues a tratar en particular de cada sacramento, recibió la Virgen el primero, el Sacramento del Bautismo; porque, además de obligar a todos el precepto de Cristo Nuestro Señor, que referimos anteriormente, no fuera la Virgen perfectísima observadora de los preceptos y consejos de su Hijo si no usara de los Sacramentos. Y como dice San Alberto Magno, si la Virgen no se hubiera bautizado, no habría recibido el carácter e insignia por el cual los cristianos se distinguen de los judíos y gentiles: y además de esto, como ella fue humildísima, no es de creer que despreciase ningún grado de humildad; lo cual no contradice que el bautismo sea medicina contra el pecado original, y el no haber la Virgen tenido necesidad de él, como preservada de esta dolencia. Porque también Cristo no tuvo necesidad de bautizarse y se bautizó; y como dice Santo Tomás, y comúnmente los Doctores, ninguno está desobligado al bautismo, aunque haya sido santificado en el vientre de su madre, por cada una de tres razones: La primera, para adquirir el carácter e insignia con la cual es conocido el pueblo de Dios, y se dispone para percibir los secretos divinos. La segunda, para que, por la recepción del bautismo, se conforme también corporalmente con la pasión de Cristo. La tercera, por el merito de la obediencia; porque el precepto del bautismo fue dado a todos. Además de lo anterior, no fue la recepción del bautismo un acto inútil de la Virgen: porque por él recibió ella, junto con la impresión del carácter el cúmulo de gracia, aumento de merecimientos, y ejercicio de virtudes.
 
[…]
  
8. El Sacramento del Bautismo, lo recibió la Virgen de manos del mismo Cristo Nuestro Señor, como lo dice San Eutimio por estas palabras: 'Algunos de los muy cercanos a los tiempos de los Apóstoles, escriben que Cristo bautizó a la Virgen su Madre y a San Pedro, y San Pedro a los demás Apóstoles: lo cual fue así conveniente a su dignidad; porque no quedase [la Virgen] en este privilegio inferior a San Pedro, ni a San Juan Bautista, habiéndoles sido tan superior en todos los demás'.

Hay algunos puntos interesantes a tomar en cuenta. Era clarísimo para este sacerdote fray José, que el bautismo de agua es absolutamente necesario para la salvación. Nótese que, entre las razones que él da del por qué la Virgen recibió el bautismo fue por “el cumplimiento del precepto que obliga a todos” y en seguida cita a Juan III, 5. En otras palabras, Fray José de Jesús entendía literalmente las palabras de Jesucristo. Cualquier persona que sea lo suficiente honesta podrá ver que esas palabras de Nuestro Señor deben entenderse literalmente. De hecho, así las ha entendido la Iglesia católica, como se indica en la declaración infalible de los concilios de Florencia y de Trento
Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, Exultate Deo, 22 de noviembre de 1439, ex cathedra: “El primer lugar entre los sacramentos lo ocupa el santo bautismo, que es la puerta de la vida espiritual pues por él nos hacemos miembros de Cristo y del cuerpo de la Iglesia. Y habiendo por el primer hombre entrado la muerte en todos, ‘si no renacemos por el agua y el Espíritu’ como dice la Verdad, ‘no podemos entrar en el reino de los cielos’ (Juan 3, 5). La materia de este sacramento es el agua verdadera y natural” (Denzinger 696).
  
Papa Paulo III, Concilio de Trento, del pecado original, sesión V, ex cathedra: “Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte… para que en ellos por la regeneración se limpie lo que por la generación contrajeron. ‘Porque si uno no renaciere del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios’ (Juan 3, 5)” (Denzinger 791).
  
El segundo punto que encontré interesante es el hecho que fray José cita a San Alberto Magno, que dijo que, si la Virgen no hubiese sido bautizada, ella no habría recibido el carácter indeleble por el cual los cristianos se distinguen “de los que no profesan la fe”, como lo dice el Catecismo del Concilio de Trento. Pues bien, muchos herejes del bautismo de deseo han promovido la errónea idea que dado que la Virgen no tuvo el pecado original, ella no recibió del bautismo de agua. Sin embargo, este es un problema, porque entonces ello significaría que Nuestra Señora, si se presume que no recibió el carácter e insignia que se imprime por el bautismo, ella entonces no habría sido reconocida como parte del pueblo de Dios, sino más bien formaría parte de aquellos que no profesan la fe católica. Esto es totalmente erróneo y falso.
  
En tercer lugar, Fray José dice que Santo Tomás de Aquino, junto con muchos otros teólogos, creyó que nadie está desobligado al bautismo, es decir, que nadie está libre del bautismo. Esto es interesante porque el bautismo de deseo, por definición, es una excepción al sacramento del bautismo; o sea, la persona, para salvarse, está libre del bautismo de agua. Y sabemos que fue infaliblemente definido por el Concilio de Trento, en el canon 5 sobre el sacramento del bautismo, que es necesario para la salvación recibir el bautismo de agua; por lo tanto, nadie está libre de él, ninguno está desobligado, ni siquiera lo estuvo Nuestra Señora
Papa Paulo III, Concilio de Trento, can. 5 sobre el sacramento del bautismo, sesión 7, 1547, ex cathedra: “Si alguno dijere que el bautismo es libre, es decir, NO NECESARIO para la salvación (Juan 3, 5), sea anatema” (Denzinger 861).
  
Por último, existe una confirmación bastante interesante que quiero señalar, y es que en el libro se cita a un antiguo padre de la Iglesia, San Eutimio (vivió en el siglo V), que había declarado que hubo algunos escritores cristianos antiguos, que vivieron muy cercanos a los tiempos de los Apóstoles, que habían dejado escrito de que N. S. Jesucristo bautizó a la Virgen María y a San Pedro y que San Pedro bautizó a los demás Apóstoles. Esta es una confirmación adicional de lo que el Papa Benedicto XII definió infaliblemente, esto es, que los Apóstoles sí fueron bautizados. No es de extrañar que, unas décadas después de publicarse la obra de fray José, durante la colonia, hubo pinturas mexicanas, como las siguientes del siglo XVII en donde vemos a Nuestro Señor bautizando a su Madre, la Virgen María, o por ejemplo a San Juan Bautista.
  
Jesucristo bautizando a su Madre, la Virgen Santa María (Antonio de Torres. Museo de Guadalupe, Zacatecas, México)

Bautismo de San Juan Bautista (José Joaquín Magón. Tecamachalco, Puebla, México)
  
Estuvo clarísimo para los católicos de entonces que las palabras de Nuestro Señor Jesucristo en Juan 3, 5 –QUIEN NO RENACIERE DEL AGUA Y DEL ESPÍRITU, NO PUEDE ENTRAR EN EL REINO DE LOS CIELOS– tienen un solo significado único: que todos necesitamos recibir el bautismo para entrar en el reino de los cielos. Nadie está libre de él. No hay bautismo de deseo. No hay bautismo de sangre. De hecho, fue creído por la Iglesia primitiva que los santos del Antiguo Testamento resucitaron de entre los muertos y fueron bautizados. 

domingo, 16 de marzo de 2014

DE POR QUÉ BAUTISMO NO DEBE NECESARIAMENTE SER POR INMERSIÓN

Tomado de VATICANO CATÓLICO
    
EL BAUTISMO NO TIENE QUE SER POR LA INMERSIÓN
    
Jesús fue bautisado por efusión (vertimiento del agua sobre la cabeza), NO POR INMERSIÓN
       
Algunos no católicos creen que el bautismo debe ser realizado por inmersión. Esto no se enseña en la Biblia. Considere el hecho de que el día de Pentecostés, en Hechos capítulo 2, cuando miles fueron bautizados, no había suficiente agua para bautizar a todos por inmersión. El bautismo por efusión (vertido) o de aspersión debe haber sido utilizado.
       
Además, el bautismo por inmersión, sería muy difícil o imposible en ambientes extremadamente fríos como el Ártico, y en ambientes extremadamente calientes como los desiertos. En otros casos –como un apostolado a los presos (p. ej., Hechos 16)– cuando se limita la libertad de movimiento, bautizando por inmersión no sería viable. Jesús nunca se hubiera hecho tan difícil o imposible de administrar el bautismo en estas situaciones cuando Él fue el que declaró que todo hombre debe tenerlo.
   
Algunos dicen también que la palabra bautismo en griego significa exclusivamente inmersión. Esto no es cierto. La palabra se usa para significar la inmersión, pero también se utiliza para significar lavados que no están por inmersiones. Entre los casos en donde el bautismo significa lavado, y no la inmersión, se encuentran en Lucas 11:38 y Hebreos 9:10. El bautismo es válido si se realiza ya sea por inmersión, efusión (es decir, vertiendo) o aspersión, pero el agua debe estar en movimiento mientras toca la piel y las palabras adecuadas ("Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del el Espíritu Santo" o su equivalente) hay que decirlo.
      
Otro punto es que en el bautismo, el Espíritu Santo es derramado. Eso significa que a pesar de que el bautismo por inmersión es ciertamente válido si se hace correctamente, se podría decir que el bautismo por efusión (es decir, vertiendo) representa con mayor precisión la acción del Espíritu Santo en el bautismo. También está el hecho de que las pinturas en las catacumbas, que fueron hechas por los primeros cristianos, muestran bautismos mediante el vertido. Esto demuestra que estos bautismos vertiendo se consideran aceptables desde el principio.
      
El Didaché fue escrito cercas del año 70 d.C. Es un famoso documento de la Iglesia primitiva. Es un testimonio fuerte de las creencias y prácticas de los antiguos cristianos. En el capítulo 7, El Didaché aprueba el bautismo por inmersión en un río, pero también el bautismo por efusión o vertido.
     
El Didaché, 70 d.C.: “En cuanto al bautismo, he aquí como hay que administrarle: Después de haber enseñado los anteriores preceptos, bautizad en el agua viva, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Si no pudiere ser en el agua viva, puedes utilizar otra; si no pudieres hacerlo con agua fría, puedes servirte de agua caliente; si no tuvieres a mano ni una ni otra, echa tres veces agua sobre la cabeza, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.
      
Esto fue escrito cuando algunos de los apóstoles podrían haber estado viviendo o en la primera generación después de ellos. Todo esto demuestra que la enseñanza de la Iglesia Católica sobre el bautismo es la verdadera enseñanza de la Biblia. Esto se debe a la Iglesia Católica es la única verdadera Iglesia.

viernes, 3 de enero de 2014

UN INTERROGANTE...


Vista la polémica entre los defensores del “Bautismo de sangre o deseo” y los del Bautismo con agua, digo: Nuestro Señor vino al mundo para anunciar el Evangelio, y estableció el deber de bautizarse para pertenecer a la Iglesia (que es UNA, SANTA, CATÓLICA Y APOSTÓLICA). Y no lo impuso como una cuestón dudosa, sino que lo afirmó categóricamente: “Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu Santo no puede entrar en el Reino de Dios” (San Juan III, 5). “El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará”. (San Marcos XVI, 16). Y San Pablo: “Un Señor, una fe, un bautismo”. (Efesios IV, 5).

Innumerables Padres y Doctores de la Iglesia han sostenido esta verdad de Fe: UN solo Bautismo. Los Papas y Concilios tradicionales han declarado que sentir contrario a la Necesidad del Bautismo es PATENTE HEREJÍA, llegando a condenar a los herejes a las penas del Infierno. Ahora pregunto a todos los que defienden el “Bautismo de sangre o deseo”:

¿Por qué el Credo de Nicea es categórico en decir: “Confieso UN SOLO BAUTISMO PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS”?

miércoles, 19 de junio de 2013

DE LA NECESIDAD DEL BAUTISMO POR AGUA

Desde LA PUERTA ANGOSTA

"Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los cielos, y vio al Espíritu Santo descender como una paloma y dirigirse hacia Él." (Evangelio de San Mateo, III, 16)

"Pero si alguien desea saber por qué razón se da la Gracia a través del agua, y no por algún otro elemento, lo averiguará examinando las Escrituras. Ciertamente es gran cosa el agua, el más hermoso de los cuatro elementos fundamentales del mundo. Pues la morada de los ángeles es el cielo; pero los cielos se componen de agua, la tierra es la sede del hombre y también la tierra ha brotado de las aguas: formada antes de la constitución en seis días de todas las cosas creadas, «el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas» (Gén 1, 2). Principio del mundo es el agua y principio de los evangelios es el Jordán. La liberación del Faraón tuvo lugar para Israel a través del mar: la liberación de los pecados la obtiene el mundo por el lavatorio del agua en la palabra de Dios (cf. Ef 5,26). Donde quiera que se establece una alianza entre quienes sea, allí interviene el agua. Fue después de un diluvio cuando se sancionó la alianza con Noé (Gén 9, 9). La alianza con Israel se abordó desde el monte Sinaí, pero con lana escarlata e hisopo (Hebr 9,19; cf. Ex 24,6-8). Elías fue tomado, pero no sin agua, pues primeramente se acerca al Jordán, pero después penetra en el cielo en un carro y transportado en un torbellino (2 Re 2,7,11). Primero se lava el sumo sacerdote, y después ofrece el incienso, pues Aarón fue lavado antes de ser hecho sumo sacerdote (cf. Lev 8,6). Pues, ¿cómo oraría por los demás el que antes no hubiese sido purificado por el agua? Símbolo del bautismo era también la pila colocada en el tabernáculo".

 (San Cirilo de Jerusalén, Catequesis III, 5)

domingo, 2 de enero de 2011

HAY UN SOLO BAUTISMO (NO TRES) PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS

Dice el Credo de Nicea "Confieso que hay UN SOLO BAUTISMO para el perdón de los pecados"

Se define el dogma católico que sólo hay un bautismo. Por eso el Credo dogmático de Nicea, profesado, históricamente, todos los domingos en el rito romano, se lee: «Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados». Y este dogma de que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados viene de Nuestro Señor y de los Apóstoles. Se afirma por San Pablo en Efesios 4:5: «Un Señor, una fe, un bautismo». ¿Podría ser posible que haya más de un bautismo para el perdón de los pecados cuando los católicos han profesado y creído durante 2000 años que sólo hay una? No.
Papa Pío XI, Quas Primas (# 8), 11 de dic. de 1925: “En esta perpetua alabanza a Cristo Rey descúbrase fácilmente la armonía tan hermosa entre nuestro rito y el rito oriental, de modo que se ha manifestado también en este caso que la ley de la oración constituye la ley de la creencia.”

A lo largo de la historia muchos papas han reafirmado expresamente esta regla de fe: que sólo hay un solo bautismo para el perdón de los pecados.
Credo de Nicea-Constantinopla, 381, ex cathedra: “Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados.”

Papa San Celestino I, Concilio de Éfeso, 431: “Después de haber leído estas frases santas y encontrarnos en acuerdo (pues como solo «uno es el Señor, una fe, un bautismo» [Ef. 4:5]), Nos han dado gloria a Dios, que es el salvador de todos...

Papa San León IX, Congratulámur Vehémenter, 13 de abril de 1053: “Creo que hay una sola verdadera Iglesia, Santa, Católica y Apostólica, en la que se da un solo bautismo y verdadera remisión de todos los pecados.”

Papa Bonifacio VIII, Unam sanctam, 18 de nov. de 1302, ex cathedra: “Una sola es mi paloma, una sola es mi perfecta… representa un solo cuerpo místico, cuya cabeza es Cristo, y la cabeza de Cristo, Dios. En ella hay «un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo» [Ef. 4,5].”

Papa Clemente V, Concilio de Vienne, Decreto # 30, 1311-1312, ex cathedra: “Sin embargo, desde que hay una Iglesia universal, fuera de cual no hay ninguna salvación para ambos regulares y seglares, para superiores y súbditos, para exentos y no exentos, en quien todos hay un Señor, una fe, y un bautismo...”

Papa Pío VI, Inscrutábile (# 8), 25 de dic. de 1775: “… Nos le exhortamos y aconsejamos que sean todos de un mismo sentir y en armonía en su esfuerzo para el mismo objeto, al igual que la Iglesia tiene una sola fe, un bautismo, y un solo espíritu.

Papa León XII, Ubi Primum (# 14), 5 de mayo de 1824: “Porque por esta fe divina nosotros sostenemos «un Señor, una fe, un bautismo», y que no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, excepto el nombre de Jesucristo en la que podamos ser salvos. Por esta razón Nos profesamos que no hay salvación fuera de la Iglesia.

Papa Pío VIII, Tradíti Humilitáti (# 4), 24 de mayo de 1829: “Frente a estos sofistas con experiencia se le debe enseñar al pueblo que la profesión de la fe católica es la única verdadera, como proclama el Apóstol: «un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo» (Efesios 4:5).”
Papa Gregorio XVI, Mirári Vos (# 13), 15 de agosto de 1832: “Si dice el Apóstol que hay «un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo» (Ef. 4:5), entiendan, por lo tanto, los que piensan que por todas partes se va al puerto de salvación.”

Papa León XIII, Graves de commúni re (# 8), 18 de ene. de 1901: “Esta es la doctrina del Apóstol: Un cuerpo y un espíritu, como fuisteis llamados en una esperanza de vuestra devoción. Un Señor, una fe, un bautismo…”

El decir que hay «tres bautismos», que por desgracia muchos así lo hacen, es herético. Sólo hay un solo bautismo, que se celebra en el agua (de fide).
Papa Clemente V, Concilio de Vienne, 1311-1312, ex cátedra: “Además ha de ser por todos fielmente confesado un bautismo único que regenera a todos los bautizados en Cristo, como ha de confesarse: «un solo Dios y una fe única» [Eph. 4, 5]; que se celebra en el agua en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, creemos ser comúnmente, tanto para los niños como para los adultos, perfecto remedio de salvación.”

Aquí el Papa Clemente V define como un dogma que ha de ser por todos fielmente confesado UN BAUTISMO ÚNICO, que se celebra en el agua. Esto significa que todos los católicos deben profesar un bautismo de agua, no tres bautismos: de agua, de sangre y de deseo. Al confesar «tres bautismos», y no uno, es de contradecir el dogma católico definido. ¿Esos que creen que hay tres bautismos (agua, sangre y deseo) alguna vez se han preguntado por qué innumerables papas han profesado que sólo hay un bautismo, y ni uno solo de ellos han tomado la molestia de decirnos acerca de los llamados «otros dos»?