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miércoles, 31 de julio de 2019

CARTA ENCÍCLICA “Mens Nostra”, SOBRE LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES

Desde su publicación en 1549, los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola han contribuido a la santificación de muchos clérigos, religiosos y laicos. Con las miras para que esta práctica sea más conocida y justamente valorada por los fieles, el Papa Pío XI hizo publicar esta encíclica, en la cual hace una síntesis de su historia y recuerda que, en medio de un mundo inundado por el materialismo y la actividad exterior, debemos volver nuestra mente y nuestro corazón a Dios en silenciosa contemplación, para poder conocerle, amarle y servirle mejor.
 
CARTA ENCÍCLICA “Mens Nostra” DEL SUMO PONTÍFICE PÍO XI, PARA PROMOVER MÁS Y MÁS EL USO DE LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES

PAPA PÍO XI
A los Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos, y demás Ordinarios de lugares en paz y comunión con la Sede Apostólica. Venerables Hermanos, Salud y Bendición Apostólica.

INTRODUCCIÓN

1. A ninguno de vosotros, venerables hermanos, se le oculta cuál fue nuestra intención o nuestro ánimo cuando, al comenzar este año, anunciamos al orbe católico un jubileo extraordinario para celebrar el quincuagésimo aniversario de aquel día en que, recibida la ordenación sacerdotal, ofrecimos por vez primera el santo sacrificio del altar.

Porque, como solemnemente declaramos en la constitución apostólica Auspicántibus Nobis, promulgada el día 6 de enero de 1929[1], con dicha celebración no sólo queríamos que nuestros queridos hijos, la gran familia cristiana confiada a nuestro corazón por el benignísimo Corazón Divino, participasen en la alegría de su Padre común, y unidos con él diesen gracias al Supremo Dador de todo bien, sino que, además y sobre todo, abrigábamos la dulce esperanza de que, franqueados con paternal liberalidad los tesoros celestiales de que el Señor nos ha hecho dispensadores, tendrían los fieles dichosa oportunidad para fortalecerse en la fe, crecer en la piedad y perfección cristiana y ajustar fielmente a las normas del Evangelio las costumbres públicas y privadas; con lo cual, y como fruto hermosísimo de la total pacificación de cada uno consigo mismo y con Dios, se podría esperar la mutua pacificación de las almas y de los pueblos.

2. No fue vana nuestra esperanza. Porque aquel encendido ardor de devoción, con que fue acogida la promulgación del jubileo, lejos de menguar con el transcurso del tiempo, ha ido creciendo cada vez más, ayudando a ello el Señor con memorables acontecimientos que harán imperecedera la memoria de este año, verdaderamente de salud.

Con indecible consuelo hemos podido ver, en gran parte con nuestros propios ojos, este magnífico aumento de fe y de piedad, y entrañablemente nos hemos complacido en contemplar tan gran muchedumbre de hijos queridísimos, a los cuales pudimos recibir en nuestra casa y, por decirlo así, estrechar con paternal afecto contra nuestro corazón.

Hoy, mientras desde lo más íntimo del alma elevamos al Padre de la misericordia un ardiente himno de gratitud por tantos y tan señalados frutos como El se dignó producir, madurar y cosechar en su viña durante este Año Jubilar, nuestra pastoral solicitud nos mueve e impulsa a procurar que de tan prósperos comienzos resulten en lo sucesivo grandes y permanentes beneficios para la felicidad y salvación de los individuos, y, por tanto, de toda la sociedad.

3. Y meditando Nos cómo podría esto conseguirse, recordamos que nuestro predecesor, de f. m., León XIII, al promulgar en otra ocasión el santo jubileo, con palabras gravísimas, que hacíamos nuestras en la citada constitución Auspicántibus Nobis[2], exhortaba a todos los fieles a recogerse algún tiempo para poner en cosas mejores sus pensamientos apegados a la tierra[3], y recordamos también cómo nuestro predecesor, de santa memoria, Pío X, tan celoso promotor y ejemplo vivo de santidad sacerdotal, al promulgar en el año jubilar de su sacerdocio una piadosísima y memorable exhortación al clero católico[4], daba enseñanzas preciosas y escogidas para elevar a mucha altura el edificio de la vida espiritual.

4. Siguiendo, pues, las huellas de estos Pontífices, hemos juzgado oportuno hacer también Nos algo, aconsejando una práctica excelente, de la cual esperamos que el pueblo cristiano sacará muchísimo y extraordinario provecho. Nos referimos a la práctica de los Ejercicios espirituales, que deseamos ardientemente se promueva y difunda más y más cada día, no sólo en ambos cleros, sino también entre las agrupaciones de seglares católicos, y que nos complacemos en dejar a nuestros amados hijos como recuerdo de nuestro Año Jubilar.

Lo cual hacemos con tanto mayor gusto, al declinar ya el año del quincuagésimo aniversario de nuestra primera Misa, cuanto que nada nos puede ser más grato que recordar las celestiales gracias e inefables consolaciones que muchas veces hemos experimentado al hacer los Ejercicios espirituales, con cuya práctica asidua hemos marcado como con otros tantos jalones las distintas etapas de nuestra vida sacerdotal, y hemos sacado luz y alientos para conocer y cumplir el divino beneplácito. Nada nos es más grato, finalmente, que recordar cuanto en todo el transcurso de nuestro ministerio sacerdotal trabajamos por instruir al prójimo en las cosas del cielo por medio de los mismos Ejercicios, con tanto fruto y tan increíble provecho de las almas, que con razón juzgamos que los Ejercicios espirituales son y constituyen un especial medio para alcanzar la eterna salvación.

I. IMPORTANCIA, OPORTUNIDAD Y UTILIDAD DE LOS EJERCICIOS

Su valor en nuestro tiempo
5. Y en verdad, venerables hermanos, que al considerar, siquiera sea de paso, los tiempos que vivimos, se verá por más de una razón la importancia, utilidad y oportunidad de los santos retiros. La más grave enfermedad que aflige a nuestra época, siendo fuente fecunda de los males que toda persona sensata lamenta, es la ligereza e irreflexión que lleva extraviados a los hombres.

De ahí la disipación continua y vehemente en las cosas exteriores; de ahí la insaciable codicia de riquezas y placeres, que poco a poco debilita y extingue en las almas el deseo de bienes más elevados, y de tal manera las enreda en las cosas exteriores y transitorias, que no las deja elevarse a la consideración de las verdades eternas, ni de las leyes divinas, ni aun del mismo Dios, único principio y fin de todo el universo creado; el cual, no obstante, por su infinita bondad y misericordia, en nuestros mismos días y a pesar de la corrupción de costumbres que todo lo invade, no deja de atraer a los hombres hacia Sí con abundantísimas gracias.

Pues para curar esta enfermedad que tan reciamente aflige hoy a los hombres, ¿qué remedio y qué alivio mejor podríamos proponer que invitar al piadoso retiro de los Ejercicios espirituales a estas almas débiles y descuidadas de las cosas eternas? Y, ciertamente, aunque los Ejercicios espirituales no fuesen sino un corto retiro de algunos días, durante los cuales el hombre, apartado del trato ordinario de los demás y de la baraúnda de preocupaciones halla oportunidad, no para emplear dicho tiempo en una quietud ociosa, sino para meditar en los gravísimos problemas que siempre han preocupado profundamente al género humano, los problemas de su origen y de su fin, de dónde viene el hombre y adónde va; aunque sólo esto fuesen los Ejercicios espirituales, nadie dejaría de ver que de ellos pueden sacarse beneficios no pequeños.

Para formar hombres
6. Pero todavía sirven para mucho más. Porque al obligar al hombre al trabajo interior de examinar más atentamente sus pensamientos, palabras y acciones, considerándolo todo con mayor diligencia y penetración, es admirable cuánto ayudan a las humanas facultades; de suerte que en esta insigne palestra del espíritu, el entendimiento se acostumbra a pensar con madurez y a ponderar justamente las cosas, la voluntad se fortalece en extremo, las pasiones se sujetan al dominio de la razón, la actividad toda del hombre, unida a la reflexión, se ajusta a una norma y regla fija, y el alma, finalmente, se eleva a su nativa nobleza y excelencia, según lo declara con una hermosa comparación el papa San Gregorio en su libro Pastoral:
«El alma humana, a la manera del agua, sí va encerrada, sube hacia la alto, volviendo a la misma altura de donde baja; pero si se la deja libre, se pierde, porque se derrama inútilmente en lo más bajo»[5].

Además, al ejercitarse en las meditaciones espirituales, la mente, gozosa en su Señor, no sólo es avivada como por ciertos estímulos del silencio y fortalecida con inefables raptos, como advierte sabiamente San Euquerio, obispo de Lyón[6], sino que es invitada por la divina liberalidad a aquel alimento celestial, del que dice Lactancio: Ningún manjar es más sabroso para el alma que el conocimiento de la verdad[7], y es admitida a aquella escuela de celestial doctrina y palestra de artes divinas[8], como la llama un antiguo autor (que largo tiempo se creyó fuese San Basilio Magno), donde es Dios todo lo que se aprende, el camino por donde se va, todo aquello por donde se llega al conocimiento de la suprema verdad[9].

De donde se sigue claramente que los Ejercicios espirituales tienen un maravilloso poder, así para perfeccionar las facultades naturales del individuo como principalmente para formar al hombre sobrenatural o cristiano. Ciertamente que en estos tiempos, cuando el genuino sentido de Cristo, el espíritu sobrenatural, esencia de nuestra santa religión, vive cercado por tantos estorbos e impedimentos, cuando por todas partes domina el naturalismo, que debilita la firmeza de la fe y extingue las llamas de la caridad cristiana, importa sobre toda ponderación que el hombre se sustraiga a esa fascinación de la vanidad que obnubila lo bueno[10], y se esconda en aquella bienaventurada soledad, donde, alumbrado por celestial magisterio, aprenda a conocer el verdadero valor y precio de la vida humana para ponerla al servicio de sólo Dios; tenga horror a la fealdad del pecado; conciba el santo temor de Dios; vea claramente, como si se le rasgase un velo, la vanidad de las cosas terrenas, y, advertido por los avisos y ejemplos de Aquel que es el camino, la verdad y la vida[11], se despoje del hombre viejo[12], se niegue a sí mismo, y acompañado por la humildad, la obediencia y la voluntaria mortificación de sí mismo, se revista de Cristo y se esfuerce en llegar a ser varón perfecto, y se afane por conseguir la completa medida de la edad perfecta según Cristo, de la que habla el Apóstol[13]; y más aún, se empeñe con toda su alma en que también él pueda repetir con el mismo Apóstol: «Yo vivo, o más bien, no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en mí»[14]. Estos son los grados por los que sube el alma a la consumada perfección, y se une suavísimamente con Dios, mediante el auxilio de la gracia divina, lograda más copiosamente durante esos días de retiro, por más fervorosas oraciones y por la participación más frecuente de los sagrados misterios.

Cosas son éstas, venerables hermanos, verdaderamente singulares y excelentísimas, que exceden con mucho a la naturaleza. En su feliz consecución se hallan, y solamente en ella, el descanso, la felicidad, la verdadera paz, que con tanta sed apetece el alma humana, y que la sociedad actual, arrebatada por la fiebre de placeres, busca inútilmente en el ansia de los bienes inciertos y caducos, en el tumulto y agitación de la vida. En cambio, vemos muy bien por experiencia cómo en los Ejercicios espirituales hay una fuerza admirable para devolver la paz a los hombres y elevarlos a la santidad de la vida; lo cual también se prueba por la larga práctica de los siglos pasados, y quizá más claramente por la de nuestros días, cuando una multitud casi innumerable de almas, que bien se han ejercitado en el sagrado retiro de los Ejercicios, salen de ellos arraigadas en Cristo y edificadas sobre El como sobre fundamento[15], llenas de luz, saturadas de gozo e inundadas por aquella paz que supera a todo sentido[16].

Para formar apóstoles
7. Pero de esta plenitud de vida cristiana, que a todas luces producen los Ejercicios espirituales, además de la paz interior, brota como espontáneamente otro fruto muy exquisito, que redunda egregiamente en no escaso provecho social: el ansia de ganar almas para Cristo, o lo que llamamos espíritu apostólico. Porque natural efecto de la caridad es que el alma justa, donde Dios mora por la gracia, se encienda maravillosamente en deseos de comunicar a las demás almas aquel conocimiento y aquel amor del Bien infinito que ella misma ha alcanzado y posee.

Ahora bien: en estos tiempos en que la sociedad humana tiene tanta necesidad de auxilios espirituales, cuando las lejanas tierras de las Misiones blanquean ya para la siega[17] y reclaman cada vez más numerosos operarios, cuando nuestros mismos países exigen escogidísimas legiones de sacerdotes de ambos cleros que sean idóneos dispensadores de los misterios divinos y numerosos ejércitos de piadosos seglares que, unidos estrechamente con el apostolado jerárquico, le ayuden con celosa actividad, consagrándose a las múltiples obras y trabajos de la Acción Católica, Nos, venerables hermanos, enseñados por el magisterio de la historia, consideramos y celebramos los sagrados retiros de los Ejercicios como Cenáculos —alzados como por inspiración divina— donde los corazones generosos, fortalecidos por la gracia, ilustrados por las verdades eternas y alentados por los ejemplos de Cristo, no sólo conocerán claramente el valor de las almas y se encenderán en deseos de salvarlas en cualquier estado de vida en que, después de diligente examen, crean que deben servir a su Creador, sino que, además, aprenderán plenamente el celo, los medios, los trabajos y las arduas empresas del apostolado cristiano.

II. LOS EJERCICIOS EN LA HISTORIA DE LA IGLESIA

En el principio de la Iglesia
8. Por lo demás, éste fue el procedimiento y método que nuestro Señor empleó muchas veces para formar los pregoneros del Evangelio. Porque el mismo divino Maestro, no satisfecho con permanecer largos años en su retiro de Nazaret, antes de brillar a plena luz ante las gentes e instruirlas con su palabra para las cosas del cielo, quiso pasar cuarenta días enteros en la mayor soledad del desierto.

Y más aún, en medio de las fatigas de la predicación evangélica, acostumbraba asimismo a invitar a los apóstoles al amable silencio del retiro: Venid aparte a un lugar desierto y reposad un poco[18]; y, vuelto ya al cielo desde este mundo de trabajos, quiso que sus apóstoles y discípulos recibieran su última formación y perfección en el Cenáculo de Jerusalén, donde por espacio de diez días perseverando unánimes en la oración[19], se hicieron dignos de recibir al Espíritu Santo: memorable retiro, a la verdad, el primero que bosquejó los Ejercicios espirituales, del que la Iglesia salió dotada de perenne vigor y pujanza, y en el que, con la presencia y poderosísimo patrocinio de la Virgen María, Madre de Dios, se formaron —junto con los apóstoles— aquellos que justamente podríamos llamar los precursores de la Acción Católica.

Desde aquel día, la práctica de los Ejercicios espirituales, si no con el nombre y método que hoy se usa, por lo menos en cuanto a la cosa misma, se hizo familiar entre los antiguos cristianos[20], como enseña San Francisco de Sales y como lo dan a entender los indicios manifiestos que se encuentran en las obras de los Santos Padres.

Así, San Jerónimo exhortaba a la noble matrona Celancia: «Elígete un lugar conveniente y apartado del tráfago familiar, en el cual te refugies como en un puerto. Lee allí tanto la Sagrada Escritura, sea tu oración tan asidua, tan sólido y concentrado el pensamiento sobre todo el futuro, que con esa vacación fácilmente compenses todas las ocupaciones del tiempo restante. Y no decimos esto por apartarte de los tuyos; más bien lo hacemos así, para que allí aprendas y medites cómo habrás de portarte con los tuyos»[21]. Y el contemporáneo de San Jerónimo, San Pedro Crisólogo, obispo de Rávena, dirigía a sus fieles esta conocidísima invitación: «Hemos dado al cuerpo un año, concedamos al alma unos días... Vivamos un poco para Dios, ya que el resto del tiempo lo hemos dedicado al siglo... Resuene en nuestros oídos la voz divina, no ensordezca nuestro oído el tráfago familiar... Armados ya así, hermanos, ordenados así para el combate, declaremos la guerra a los pecados... contando segura nuestra victoria»[22].

En la Edad Media
9. En el decurso de los siglos, los hombres han experimentado siempre en su interior este deseo de la apacible soledad, en la cual, sin testigos, el alma se dedique a las cosas de Dios. Más todavía: es cosa averiguada que cuanto más borrascosos son los tiempos por que atraviesa la sociedad humana, con tanta mayor fuerza los hombres sedientos de justicia y verdad son impulsados por el Espíritu Santo al retiro, «para que, libres de los apetitos del cuerpo, puedan entregarse más a menudo a la divina sabiduría, en el aula de su corazón, y allí, enmudecido el estrépito de los cuidados terrenos, se alegren con meditaciones santas y delicias eternas»[23].

San Ignacio de Loyola
10. Y habiendo Dios suscitado providencialmente en su Iglesia muchos varones, dotados de abundantes dones sobrenaturales y conspicuos por el magisterio de la vida espiritual —los cuales dieron sabias normas y métodos de ascética aprobadísimos, sacados ora de la divina revelación, ora de la propia experiencia, ya también de la práctica de los siglos anteriores—, por disposición de la divina Providencia y por obra de su insigne siervo Ignacio de Loyola nacieron los Ejercicios espirituales, propiamente dichos: Tesoro —como los llamaba aquel venerable varón de la ínclita Orden de San Benito, Ludovico Blosio, citado por San Alfonso María de Ligorio en cierta bellísima carta «Sobre los Ejercicios en la soledad»—, «tesoro que Dios ha manifestado a su Iglesia en estos últimos tiempos, por razón del cual se le deben dar muy rendidas acciones de gracias»[24].

San Carlos Borromeo
11. De estos Ejercicios espirituales, cuya fama se extendió muy pronto por toda la Iglesia, sacó nuevos estímulos para correr más animosamente por el camino de la santidad, entre otros muchos, el venerable y por tantos títulos carísimo para Nos, San Carlos Borromeo, quien, como en otra ocasión recordamos, divulgó su uso entre el clero y el pueblo[25], no sólo con su continuo trabajo y autoridad, sino también con aptísimas normas y directorios, hasta el punto de fundar una casa con el fin exclusivo de que en ella se practicasen los Ejercicios ignacianos. Esta casa, que el mismo santo cardenal denominó Asceterium, viene a ser, en nuestra opinión, la primera de cuantas más tarde, como feliz copia, han florecido por doquier.

Casas de Ejercicios
12. Pues como de día en día creciera en la Iglesia la estima de los Ejercicios, vinieron también a multiplicarse por singular manera las casas a ellos reservadas, verdaderos oasis felizmente colocados en el árido desierto de esta vida, en los que con alimento espiritual se reaniman y confortan a su vez los fieles de uno y otro sexo. Realmente, después del enorme desastre de la guerra, que tan acerbamente perturbó a la gran familia humana; después de tantas heridas como han lastimado la prosperidad espiritual y civil de los pueblos, ¿quién será capaz de enumerar la ingente cifra de los que, viendo cómo se extenuaban y desvanecían las engañosas esperanzas que antes habían alimentado, entendieron claramente cómo habían de posponer las cosas terrenas a las celestiales y, empujados por secreta inspiración del Espíritu Santo, volaron a la conquista de la verdadera paz en el sagrado retiro? Prueba clarísima son todos aquellos que, enamorados de la belleza de una vida más perfecta y santa, o combatidos por las crudelísimas tempestades del siglo o conmovidos por las inquietudes de la vida, o envueltos en los fraudes y sofismas del mundo, o atacados por la terrible pestilencia del racionalismo, o seducidos por los placeres de los sentidos, enderezaron un día sus pasos hacia aquellas santas casas y gozaron del descanso de la soledad, tanto más dulcemente cuanto mayores fueron las pasadas tribulaciones; y con el recuerdo de las cosas del cielo dieron a su vida una orientación sobrenatural.

III. EJERCICIOS ESPIRITUALES PARA LAS DIVERSAS CLASES DE HOMBRES

13. Por nuestra parte, mientras de lo íntimo de nuestro corazón agradecido nos alegramos de esos comienzos de excelente piedad, en cuyo acrecentamiento tenemos por cierto que se halla un eficacísimo remedio y auxilio contra los males que amenazan, nos disponemos a secundar con todas nuestras fuerzas los suavísimos designios de la divina bondad, a fin de que esta secreta inspiración, suscitada por el Espíritu Santo en las mentes de los hombres, no quede privada de la deseada abundancia de los dones celestiales.

Para la Curia Pontificia
14. Y esto lo hacemos con tanto mayor gusto cuanto que ya lo vemos hecho por nuestros predecesores. Largo tiempo hace ya que esta Sede Apostólica, que muchas veces había recomendado los Ejercicios espirituales, enseñaba también a los fieles con su ejemplo y autoridad, convirtiendo los augustos palacios vaticanos, durante unos días, en Cenáculo de la oración y la meditación; costumbre que Nos mismo hemos adoptado espontáneamente con no pequeño gozo y consuelo de nuestra alma. Y para procurar este gozo y consuelo a Nos y a los que cerca de Nos viven, satisfaciendo sus comunes deseos, hemos ordenado ya que se dispongan todas las cosas para que cada año se practiquen los Ejercicios espirituales en nuestros palacios.

Para los obispos
15. Y bien manifiesta está la gran estima que vosotros, venerables hermanos, tenéis a los Ejercicios espirituales: los practicasteis antes de vuestra ordenación sacerdotal y os dedicasteis a ellos antes de recibir la plenitud del orden sacerdotal; más tarde, y no pocas veces, presidiendo vosotros mismos a vuestros sacerdotes, oportunamente convocados, acudís a los mismos para alimentar vuestro espíritu con la contemplación de las verdades eternas. Vuestra conducta a este respecto es tan preclara y meritoria, que Nos no podemos menos de citarla con público elogio. Y no juzgamos dignos de menor recomendación a aquellos obispos de la Iglesia, tanto oriental como occidental, que, junto con el Metropolitano o Patriarca, se han reunido a veces en piadoso retiro, acomodado a sus oficios y cargos. Ejemplo por cierto muy luminoso que esperamos sea imitado con celosa emulación cuando lo consienta la naturaleza de las cosas. Y no habrá, acaso, gran dificultad en esto si tales retiros se hacen con ocasión de aquellas reuniones que celebran por oficio todos los prelados de alguna provincia eclesiástica, ya para atender al bien común de las almas, ya para deliberar sobre lo que más reclame la condición de los tiempos. Esto es lo que Nos pensábamos hacer con todos los obispos de la región lombarda en aquel brevísimo tiempo en que gobernamos la Iglesia de Milán, y sin duda lo habríamos realizado en aquel primer año de pontificado si la Providencia no hubiese tenido otros secretos designios sobre nuestra humilde persona.

Para sacerdotes y religiosos
16. Con razón, pues, estamos convencidos de que los sacerdotes y religiosos que, anticipándose a la ley de la Iglesia, con laudable empeño practicaban con frecuencia los Ejercicios espirituales, en lo futuro emplearán con tanta mayor diligencia este medio de santificación cuanto más gravemente les obliga a ello la autoridad de los sagrados cánones.

Por lo cual exhortamos insistentemente a los sacerdotes del clero secular a que sean fieles en practicar los Ejercicios espirituales, al menos en aquella módica medida que el Código del Derecho Canónico les prescribe[26], de suerte que los emprendan y lleven adelante con ardiente deseo de su perfección, para que adquieran aquella abundancia de espíritu sobrenatural, que les es sumamente necesaria para procurar el provecho espiritual de la grey a ellos encomendada y para conquistar muchas almas para Cristo.

Ese es el camino que han seguido siempre todos los sacerdotes que, ardiendo en celo de las almas, más se han distinguido en dirigir al prójimo por la senda de la santidad y en formar al clero, como, por citar un ejemplo moderno, el beato José Cafasso, recientemente elevado por Nos al honor de los altares. Pues siempre fue cosa ordinaria en aquel varón santísimo el dedicarse asiduamente a los Ejercicios espirituales, con los cuales se santificara más eficazmente a sí propio y a los otros ministros de Cristo y conociera los celestiales designios; siendo al salir de uno de esos sagrados retiros cuando, enriquecido con luz divina, indicó claramente a un sacerdote joven, penitente suyo, que siguiera aquel camino que le condujo a él al sumo grado de la virtud: nos referimos al beato Juan Bosco, cuyo solo nombre es su mayor elogio.

Los religiosos, que están obligados a practicar cada año los santos Ejercicios[27], cualquiera que sea la regla en que militen, hallarán sin duda en estos sagrados retiros una rica e inagotable mina de bienes celestiales, que todos pueden alcanzar según la necesidad de cada uno, para progresar más y más en la perfección y andar con más aliento el camino de los consejos evangélicos. Porque los Ejercicios anuales son un místico Árbol de vida[28], con cuyos frutos tanto los individuos como las comunidades crecerán en aquella laudable santidad con que debe florecer toda familia religiosa.

Y no crean los sacerdotes de uno y otro clero que el tiempo dedicado a los Ejercicios espirituales cede en detrimento del ministerio apostólico. Conviene a este propósito oír a San Bernardo, quien no dudaba en escribir al Sumo Pontífice beato Eugenio III, de quien había sido maestro, estas palabras: «Si quieres ser todo para todos, a imitación de Aquel que se hizo todo para todos, alabo tu humanidad, con tal que sea completa. Mas ¿cómo será completa si te excluyes a ti mismo? También tú eres hombre; luego para que tu humanidad sea completa e íntegra, debe acoger en su seno a ti y a todos los demás; porque de otro modo, ¿de qué te sirve ganar todo el mundo si tú te pierdes? Por lo cual, cuando todos te posean, poséete tú también. Acuérdate, no digo siempre, no digo a menudo, sino a lo menos algunas veces, de volverte a ti mismo»[29].

Para los laicos de Acción Católica
17. Con no menor solicitud, venerables hermanos, aconsejamos que con los Ejercicios espirituales se formen convenientemente las múltiples legiones de la Acción Católica; la cual no desistimos ni desistiremos nunca de fomentar y recomendar con todas nuestras fuerzas, porque tenemos por utilísima (por no decir necesaria) la participación de los seglares en el apostolado jerárquico.

No tenemos ciertamente palabras bastantes con que poder expresar la singular alegría que nos ha inundado al saber que casi en todas partes se han organizado tandas especiales de santos Ejercicios en que se ejercitan estos pacíficos y valerosos soldados de Cristo, y principalmente los grupos de los jóvenes. Los cuales, al acudir frecuentemente a ellos a fin de estar cada vez más preparados y prontos para pelear las sagradas batallas del Señor, en ellos no sólo hallan medios para imprimir en sí más perfectamente el sello de la vida cristiana, sino que tampoco es raro que oigan en su corazón la secreta voz de Dios, que los llama a los sagrados ministerios y a promover la salud de las almas, y hasta los impulsa a ejercitar plenamente el apostolado. Espléndida es, en verdad, esta aurora de bienes celestiales, a la que seguirá y coronará en breve un día pleno con tal que la práctica de los Ejercicios espirituales se propague más extensamente y se difunda con inteligencia y prudencia entre las varias asociaciones de católicos, en especial de jóvenes[30].

Para todos
18. Y como en nuestros tiempos los bienes temporales y las comodidades a ellos consiguientes, juntamente con cierto grado de bienestar, han alcanzado, y no poco, a los obreros y demás personas que viven de un sueldo, alzándolos a un plano mejor de vida, se ha de atribuir a la bondad de Dios misericordioso y próvido el que también se reparta entre el común de los fieles este celestial tesoro de los Ejercicios espirituales, que, a manera de contrapeso, contenga a los hombres, no sea que, oprimidos por el peso de las cosas perecederas y hundiéndose en las comodidades y atractivos de esta vida, caigan miserablemente en las doctrinas y costumbres del materialismo. Por esto, con razón favorecemos con ardiente celo las Obras «en pro de los Ejercicios» que en algunas regiones van creciendo, y, sobre todo, los fructíferos y oportunos «Ejercicios de Obreros» con las anejas «Asociaciones de Perseverancia»; y todas estas cosas, venerables hermanos, deseamos recomendar a vuestra actividad y solicitud pastorales.

IV. MODO DE HACER LOS EJERCICIOS

19. Mas para que los frutos que hemos enumerado se sigan de los santos Ejercicios, es preciso hacerlos con la debida diligencia; porque, si sólo por rutina o perezosa y negligentemente se practican estos Ejercicios, poco o ningún provecho se obtendrá ciertamente de ellos.

Soledad y ausencia de cuidados
20. Por lo tanto, es preciso, ante todo, que en la soledad el alma se entregue a las sagradas meditaciones, alejando todos los cuidados y preocupaciones de la vida ordinaria; pues, como claramente enseña el áureo librito «De la Imitación de Cristo»: En el silencio y la soledad aprovecha el alma devota[31]. Así, pues, aunque pensamos que las santas meditaciones, con que públicamente se ejercitan las masas, son de alabar y se han de promover con toda pastoral solicitud, como enriquecidas por Dios con múltiples bendiciones, sin embargo, recomendamos principalmente los Ejercicios espirituales practicados en secreto, los que llaman «cerrados», en los que el hombre se aparta con más facilidad del trato con las criaturas y recoge las distraídas facultades de su alma para dedicarse sólo a sí mismo y a Dios, por medio de la contemplación de las verdades eternas.

Tiempo suficiente
21. Además, los Ejercicios espirituales genuinos requieren que se invierta en ellos cierto espacio de tiempo. Y aunque, según las circunstancias de las cosas y de las personas, pueden reducirse a pocos días o extenderse a todo un mes, no se han de abreviar demasiado, si se quieren obtener todos los beneficios que prometen los Ejercicios. Porque así como la salubridad de un lugar sólo favorece a la salud del cuerpo cuando se vive allí durante algún tiempo, así el saludable arte de las sagradas meditaciones no ayuda eficazmente al alma si no se ejercita durante cierto tiempo.

Método óptimo
22. Finalmente, interesa en sumo grado, para hacer bien los Ejercicios espirituales y sacar de ellos el debido fruto, que se practiquen con un método bueno y apropiado.

Y es cosa averiguada que, entre todos los métodos de Ejercicios espirituales que muy laudablemente se fundan en los principios de la sana ascética católica, uno principalmente ha obtenido siempre la primacía. El cual, adornado con plenas y reiteradas aprobaciones de la Santa Sede, y ensalzado con las alabanzas de varones preclaros en santidad y ciencia del espíritu, ha producido en el espacio de casi cuatro siglos grandes frutos de santidad. Nos referimos al método introducido por San Ignacio de Loyola, al que cumple llamar especial y principal Maestro de los Ejercicios espirituales, cuyo admirable libro de los Ejercicios[32], pequeño ciertamente en volumen, pero repleto de celestial sabiduría, desde que fue solemnemente aprobado, alabado y recomendado por nuestro predecesor, de feliz recordación, Paulo III[33], ya desde entonces, repetiremos las palabras empleadas en cierta ocasión por Nos, antes de que fuésemos elevado a la cátedra de Pedro, «sobresalió y resplandeció como código sapientísímo y completamente universal de normas para dirigir las almas por el camino de la salvación y de la perfección; como fuente inexhausta de piedad muy eximia a la vez que muy sólida, y como fortísimo estímulo y peritísimo maestro para procurar la reforma de las costumbres y alcanzar la cima de la vida espiritual»[34]. Y cuando, al comienzo de nuestro pontificado, «correspondiendo a los ardentísimos deseos y votos» de los Prelados de casi todo el orbe católico y de uno y otro rito» por la constitución apostólica Summorum Pontificum, fechada el día 25 de julio de 1922, «declaramos y constituimos a San Ignacio de Loyola celestial Patrono de todos los Ejercicios espirituales y, por consiguiente, de todos los institutos, asociaciones y congregaciones de cualquier clase que ayudan y atienden a los que practican Ejercicios espirituales»[35], casi no hicimos más que sancionar con nuestra suprema autoridad lo que estaba en el común sentir de los pastores y de los fieles: lo cual habían dicho implícitamente, junto con el citado Paulo III, nuestros insignes predecesores Alejandro VII[36], Benedicto XIV[37], al tributar repetidos elogios a los Ejercicios ignacianos; los cuales enaltecieron con grandes encomios y aun con el mismo ejemplo de las virtudes que en esta palestra habían adquirido o aumentado todos aquellos que —para decirlo como el mismo León XIII[38]— florecieron más en la doctrina ascética o en santidad de vida[39], en los cuatro últimos siglos.

Y, ciertamente, la excelencia de la doctrina espiritual, enteramente apartada de los peligros y errores del falso misticismo, la admirable facilidad de acomodar estos Ejercicios a cualquier clase y estado de personas, ya se dediquen a la contemplación en los claustros, ya lleven una vida activa en negocios seculares; la unidad orgánica de sus partes; el orden claro y admirable con que se suceden las verdades que se meditan; los documentos espirituales, finalmente, que, una vez sacudido el yugo de los pecados y desterradas las enfermedades que atacan a las costumbres, llevan al hombre por las sendas seguras de la abnegación y de la extirpación de los malos hábitos[40], a las más elevadas cumbres de la oración y del amor divino: sin duda alguna, tales son todas estas cosas que muestran suficiente y sobradamente la naturaleza y fuerza eficaz del método ignaciano y recomiendan elocuentemente sus Ejercicios.

Retiro mensual
23. Resta, venerables hermanos, que para conservar y defender el fruto de los Ejercicios espirituales, que con tantas alabanzas hemos encomiado, y renovar su saludable recuerdo, recomendemos encarecidamente una piadosa costumbre que bien puede llamarse breve repetición de los mismos Ejercicios, esto es, el retiro mensual o a lo menos trimestral. Esta costumbre, que —usando las mismas palabras de nuestro predecesor, de santa memoria, Pío X— vemos gustosos introducirse en muchos lugares[41] y que está en vigor principalmente entre las comunidades religiosas y los sacerdotes piadosos del clero secular, deseamos vehementemente que se introduzca entre los mismos seglares, pues realmente cede en no pequeña utilidad de los mismos; sobre todo entre los que, absorbidos por los cuidados de la familia o enredados en negocios, estén impedidos de hacer Ejercicios espirituales; porque con estos retiros podrán suplir, al menos en parte, los deseados provechos de los mismos Ejercicios.

CONCLUSIÓN

24. De este modo, venerables hermanos, si por todas partes y por todas las clases de la sociedad cristiana se difundieren y diligentemente se practicaren los Ejercicios espirituales, seguirá una regeneración espiritual; se fomentará la piedad, se robustecerán las energías religiosas, se extenderá el fructífero ministerio apostólico y, finalmente, reinará la paz en los individuos y en la sociedad.

Mientras, sereno el cielo y callada la tierra, la noche alcanzaba la mitad de su curso, en el retiro, lejos del concurso de hombres, el Verbo eterno del Padre, hecho carne, apareció a los mortales y en las regiones etéreas resonó el himno celestial: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad»[42]. Este pregón de la paz cristiana —la paz de Cristo en el reino de Cristo—, manifestación del deseo mayor de nuestro corazón apostólico, al que intensamente se dirigen nuestras intenciones y trabajos, herirá profundamente las almas de los cristianos que, apartados del tumulto y de las vanidades del siglo, repasaren en profunda y escondida soledad las verdades de la fe y los ejemplos de Aquel que trajo la paz al mundo y se la dejó como herencia: «Mi paz os doy»[43].

Esta verdadera paz, venerables hermanos, anhelamos de corazón para vosotros en este mismo día en que, por favor de Dios, se cumple el quincuagésimo año de nuestro sacerdocio; y la misma con fervorosas oraciones pedimos a Aquel que es saludado como Príncipe de la paz, al aproximarse la dulcísima fiesta del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, que puede llamarse misterio de paz.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 20 de diciembre de 1929, octavo de nuestro pontificado. PÍO PP. XI

NOTAS
[1] Acta Apostólicæ Sedis, vol. XXI (1929), pág. 5.
[2] Ibíd., 6.
[3] Encíclica Quod auctoritáte (22 de Diciembre de 1885), en Acta Leónis XIII vol. II, pág. 175ss.
[4] Exhortación al clero católico Hærent ánimo (4 de Agosto de 1908); en Acta Sanctæ Sedis vol. XLI, págs. 555-577.
[5] San Gregorio Magno, Pastoral 1, cap. 3, Admonición 15; en Migne, Patrología Latina 77, col.73.
[6] San Euquerio de Lyon, De laude éremi 37; en Migne, Patrología Latina  50, col. 709.
[7] Lactancio, De falsa religióne, libro 1, cap. 1; en Migne, Patrología Latina  6, col. 118.
[8] San Basilio Magno, De laude solitáriæ vitæ, al inicio, en Ópera ómnia (Venecia 1751) tomo II, pág. 379.
[9] Ibíd.
[10] Sabiduría IV, 12.
[11] Juan XIV, 6.
[12] Romanos XIII, 14.
[13] Efesios IV, 13.
[14] Gálatas II, 20.
[15] Colosenses II, 7.
[16] Filipenses IV, 7.
[17] Juan IV, 35.
[18] Marcos VI, 31.
[19] Hechos I, 14.
[20] San Francisco de Sales, Traité de l’amour de Dieu, libro 12, cap. 8.
[21] San Jerónimo, Epístola 148 a Celantia, 24; en Migne, Patrología Latina  22, col. 1216.
[22] San Pedro Crisólogo, Sermón 12; en Migne, Patrología Latina  52, col. 186.
[23] San León Magno, Sermón 19; en Migne, Patrología Latina  54, col. 186.
[24] San Alfonso María de Ligorio, Lettera sull'utilità degli Esercizi in solitudine: Opere ascetiche (Marietti 1847) tomo III, pág. 616.
[25] Constitución Apostólica Summórum Pontíficum (20 de Julio de 1922); en AAS XIV, pág. 421.
[26] Código Pío-Benedictino de Derecho Canónico, canon 126.
[27] Ibíd., canon 595 § 1.
[28] Génesis II, 9.
[29] San Bernardo de Claraval, De consideratióne, libro 1, cap. 5; en Migne, Patrología Latina  182, col. 734.
[30] Cf. Orden del día de Mons. Giacomo Maria Radini-Tedeschi, en el Congreso Católico Italiano (1895).
[31] De la Imitación de Cristo, libro I, cap. 20, 6.
[32] Breviario Romano, en la fiesta de San Ignacio de Loyola (31 de Julio), lección 4.
[33] Letra Apostólica Pastorális offícii, 31 de Julio de 1548.
[34] «San Carlo e gli Esercizi spirituali di Sant’Ignazio», en San Carlo Borromeo nel 3º Centenario dalla Canonizzazione, n.23 (Septiembre de 1910), pág. 488.
[35] Constitución Apostólica Summórum Pontíficum (25 de Julio de 1922); en AAS vol. XIV, pág. 420.
[36] Letra Apostólica Cum sicut (12 de Octubre de 1647).
[37] Letra Apostólica Quántum secéssus (20 de Marzo de 1753); Letra Apostólica Dédimus sane (16 de Mayo de 1753).
[38] Epístola Ignatiánæ commentatiónes (8 de Febrero de 1900); en Acta Leónis XIII vol. VII, pág. 373.
[39] Ibíd.
[40] Epístola Apostólica de Pío XI, Nous avons appris (29 de Marzo de 1929) al Card. Louis-Ernest Dubois.
[41] Exhortación al clero católico Hærent ánimo (4 de Agosto de 1908); en ASS vol. XLI, pág. 575.
[42] Lucas II, 14.
[43] Juan XIV, 27.

martes, 31 de julio de 2018

LETANÍA DE SAN IGNACIO DE LOYOLA

   
Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
   
Jesucristo, óyenos.
Jesucristo, escúchanos.
  
Dios Padre Celestial, ten piedad de nosotros.
Dios Hijo Redentor del mundo, ten piedad de nosotros.
Dios Espíritu Santo, ten piedad de nosotros.
Santa Trinidad, un solo Dios, ten piedad de nosotros.

Santa María, concebida sin pecado original, ruega por nosotros.
San Ignacio, fundador de la Compañía de Jesús, ruega por nosotros.
San Ignacio, celosísimo del culto a María, ruega por nosotros.
San Ignacio, destructor de las herejías, ruega por nosotros.
San Ignacio, socorro de la Iglesia militante, ruega por nosotros.
San Ignacio, que has hecho revivir la práctica de los Sacramentos, ruega por nosotros.
San Ignacio, fuerza de los que combaten por la fe, ruega por nosotros.
San Ignacio, sostén de la juventud, ruega por nosotros.
San Ignacio, vaso de elección para llevar el nombre de Jesús, ruega por nosotros.
San Ignacio, defensor de la religión católica, ruega por nosotros.
San Ignacio, enemigo declarado del vicio, ruega por nosotros.
San Ignacio, propagador de las verdades evangélicas, ruega por nosotros.
San Ignacio, ardentísimo para la mayor gloria de Dios, ruega por nosotros.
San Ignacio, templo de la paz y de la Verdad, ruega por nosotros.
San Ignacio, imitador de los trabajos de Jesucristo, ruega por nosotros.
San Ignacio, lumbrera y gloria del mundo cristiano, ruega por nosotros.
San Ignacio, director prudente de las almas, ruega por nosotros.
San Ignacio, esclarecido maestro de la vida espiritual, ruega por nosotros.
San Ignacio, autor de los Ejercicios Espirituales, ruega por nosotros.
San Ignacio, pronto para perdonar las injurias, ruega por nosotros.
San Ignacio, severo examinador de tus pensamientos y de tus acciones,
San Ignacio, espejo de la piedad verdadera, ruega por nosotros.
San Ignacio, prodigio de humildad, ruega por nosotros.
San Ignacio, tú que has dado la salud a los enfermos, ruega por nosotros.
San Ignacio, tú que has dado la vida a los muertos, ruega por nosotros.
San Ignacio, tú que has hecho un gran número de milagros, ruega por nosotros.
San Ignacio, tú que has corrido en busca de almas extraviadas, ruega por nosotros.
San Ignacio, refugio de los desgraciados, ruega por nosotros.
San Ignacio, consuelo de los afligidos, ruega por nosotros.
San Ignacio, abrasado en el amor divino, ruega por nosotros.
San Ignacio, abanderado de la obediencia, ruega por nosotros.
San Ignacio, protector admirable de la castidad, ruega por nosotros.
San Ignacio, gran amador de la pobreza, ruega por nosotros.
San Ignacio, celosísimo de la salvación de las almas, ruega por nosotros.
San Ignacio, terror de los demonios, ruega por nosotros.
San Ignacio, modelo de todas las virtudes, ruega por nosotros.
San Ignacio, prevenido de inspiraciones divinas, ruega por nosotros.
San Ignacio, iniciado en los misterios de la Santísima Trinidad, ruega por nosotros.
San Ignacio, celosísimo por el culto de los Santos Ángeles, ruega por nosotros.
San Ignacio, apóstol a causa de tu solicitud por las almas, ruega por nosotros.
San Ignacio, profeta por la gracia y por el espíritu, ruega por nosotros.
San Ignacio, mártir por la austeridad de la vida, ruega por nosotros.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, perdónanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, escúchanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.

℣. Ruega por nosotros, bienaventurado San Ignacio.
℟. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo.
  
ORACIÓN
¡Oh Dios! Que para propagar la mayor gloria de tu nombre fortaleciste a tu Iglesia militante, por medio de San Ignacio, con un nuevo refuerzo: concédenos que, combatiendo en la tierra con su auxilio y a su imitación, merezcamos ser con él coronados en el cielo. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

lunes, 19 de febrero de 2018

DE LAS MOCIONES DEL ALMA, Y CÓMO MANEJARSE CON RESPECTO A CADA UNA

  
1ª regla. En las personas que van de pecado mortal en pecado mortal, acostumbra comúnmente el enemigo proponerles placeres aparentes, haciendo imaginar delectaciones y placeres sensuales, por más conservarlos y aumentar en sus vicios y pecados; en las cuales personas el buen espíritu usa contrario modo, punzándoles y remordiéndoles las consciencias por el sindérese de la razón.
    
2ª regla. En las personas que van intensamente purgando sus pecados, y en el servicio de Dios nuestro Señor de bien en mejor subiendo, es el contrario modo que en la primera regla; porque entonces propio es del mal espíritu morder, tristar y poner impedimentos inquietando con falsas razones, para que no pase adelante; y propio del bueno dar ánimo y fuerzas, consolaciones, lágrimas, inspiraciones y quietud, facilitando y quitando todos impedimentos, para que en el bien obrar proceda adelante. 
  
3ª regla. De la consolación espiritual: llamo consolación cuando en el ánima se causa alguna moción interior, con la cual viene el ánima a inflamarse en amor de su Criador y Señor, y consequénter cuando ninguna cosa criada sobre la faz de la tierra puede amar en sí, sino en el Criador de todas ellas. Asimismo cuando lanza lágrimas motivas a amor de su Señor, ahora sea por el dolor de sus peccados, o de la pasión de Cristo nuestro Señor, o de otras cosas derechamente ordenadas en su servicio y alabanza; finalmente, llamo consolación todo aumento de esperanza, fe y caridad y toda alegría interna que llama y atrae a las cosas celestiales y a la propia salud de su ánima, quietándola y pacificándola en su Criador y Señor.
 
4ª regla. De la desolación espiritual: llamo desolación todo el contrario de la tercera regla; así como oscuridad del ánima, turbación en ella, moción a las cosas bajas y terrenas, inquietud de varias agitaciones y tentaciones, moviendo a infidencia, sin esperanza, sin amor, hallándose toda perezosa, tibia, triste y como separada de su Criador y Señor. Porque así como la consolación es contraria a la desolación, de la misma manera los pensamientos que salen de la consolación son contrarios a los pensamientos que salen de la desolación.
  
5ª regla. En tiempo de desolación nunca hacer mudanza, mas estar firme y constante en los propósitos y determinación en que estaba el día antecedente a la tal desolación, o en la determinación en que estaba en la antecedente consolación. Porque así como en la consolación nos guía y aconseja más el buen espíritu, así en la desolación el malo, con cuyos consejos no podemos tomar camino para acertar.
  
6ª regla. Dado que en la desolación no debemos mudar los primeros propósitos, mucho aprovecha el intenso mudarse contra la misma desolación, así como es en instar más en la oración, meditación, en mucho examinar y en alargarnos en algún modo conveniente de hacer penitencia.
  
7ª regla. El que está en desolación, considere cómo el Señor le ha dejado en prueba en sus potencias naturales, para que resista a las varias agitaciones y tentaciones del enemigo; pues puede con el auxilio divino, el cual siempre le queda, aunque claramente no lo sienta; porque el Señor le ha abstraído su mucho fervor, crecido amor y gracia intensa, quedándole también gracia suficiente para la salud eterna.
  
8ª regla. El que está en desolación, trabaje de estar en paciencia, que es contraria a las vejaciones que le vienen, y piense que será presto consolado, poniendo las diligencias contra la tal desolación, como está dicho en la sexta regla.
  
9ª regla. Tres causas principales son porque nos hallamos desolados: la primera es por ser tibios, perezosos o negligentes en nuestros ejercicios espirituales, y así por nuestras faltas se aleja la consolación espiritual de nosotros; la segunda, por probarnos para cuánto somos, y en cuánto nos alargamos en su servicio y alabanza, sin tanto estipendio de consolaciones y crecidas gracias; la tercera, por darnos verdadera noticia y conocimiento para que internamente sintamos que no es de nosotros traer o tener devoción crecida, amor intenso, lágrimas ni otra alguna consolación espiritual, mas que todo es don y gracia de Dios nuestro Señor, y porque en cosa ajena no pongamos nido, alzando nuestro entendimiento en alguna soberbia o vanagloria, atribuyendo a nosotros la devoción o las otras partes de la espiritual consolación.
  
10ª regla. El que está en consolación piense cómo se habrá en la desolación que después vendrá, tomando nuevas fuerzas para entonces.
  
11ª regla. El que está consolado procure humiliarse y bajarse cuanto puede, pensando cuán para poco es en el tiempo de la desolación sin la tal gracia o consolación. Por el contrario, piense el que está en desolación que puede mucho con la gracia suficiente para resistir a todos sus enemigos, tomando fuerzas en su Criador y Señor.
  
12ª regla. El enemigo se hace como mujer en ser flaco por fuerza y fuerte de grado, porque así como es propio de la mujer, cuando riñe con algún varón, perder ánimo, dando huída cuando el hombre le muestra mucho rostro; y por el contrario, si el varón comienza a huir perdiendo ánimo, la ira, venganza y ferocidad de la mujer es muy crecida y tan sin mesura; de la misma manera es propio del enemigo enflaquecerse y perder ánimo, dando huída sus tentaciones, cuando la persona que se ejercita en las cosas espirituales pone mucho rostro contra las tentaciones del enemigo haciendo el oppósito per diámetrum; y por el contrario, si la persona que se ejercita comienza a tener temor y perder ánimo en sufrir las tentaciones, no hay bestia tan fiera sobre la faz de la tierra como el enemigo de natura humana, en prosecución de su dañada intención con tan crecida malicia.
  
13ª regla. Así mismo, se hace como vano enamorado en querer ser secreto y no descubierto: porque así como el hombre vano, que hablando a mala parte requiere a una hija de un buen padre, o a una mujer de buen marido, quiere que sus palabras y suasiones sean secretas; y el contrario le displace mucho, cuando la hija al padre o la mujer al marido descubre sus vanas palabras y intención depravada, porque fácilmente colige que no podrá salir con la empresa comenzada: de la misma manera, cuando el enemigo de natura humana trae sus astucias y suasiones al ánima justa, quiere y desea que sean recibidas y tenidas en secreto; mas cuando las descubre a su buen confesor o a otra persona espiritual, que conozca sus engaños y malicias, mucho le pesa: porque colige que no podrá salir con su malicia comenzada, en ser descubiertos sus engaños manifiestos.
  
14ª regla. Así mismo, se ha como un caudillo, para vencer y robar lo que desea; porque así como un capitán y caudillo del campo, asentando su real y mirando las fuerzas o disposición de un castillo, le combate por la parte más flaca; de la misma manera el enemigo de natura humana, rodeando mira en torno todas nuestras virtudes teologales, cardinales y morales; y por donde nos halla más flacos y más necesitados para nuestra salud eterna, por allí nos bate y procura tomarnos.
 
(SAN IGNACIO DE LOYOLA, Ejercicios Espirituales, nros. 314-327)

martes, 15 de agosto de 2017

VISIÓN EXTÁTICA DE SAN IGNACIO EN MANRESA

NOTA, Y APUNTE DE LO QUE NUESTRO PADRE SAN IGNACIO VIO Y ENTENDIÓ EN EL ÉXTASIS, O RAPTO DE OCHO DÍAS, QUE TUVO EN MANRESA
 
San Ignacio de Loyola haciendo penitencia en la Cueva de Manresa (Juan de Valdés Leal)
    
En el primer día tuvo una clara visión de toda su vida pasada, de los pecados cometidos y de los beneficios recibidos de Dios.
  
En el segundo día le fue revelado el modo que había de tener en adelante en su vida, las gracias y dones que le quería dar o comunicar Dios, y por cual había de ser llevado a la perfección.
  
En el tercero vio la alteza del instituto de la Compañía, que Dios quería fundar por él, y todo su progreso; y en esta ocasión se le dio a entender en particular, cómo la Compañía había de degenerar de su primer fervor por los muchos defectos, principalmente por la soberbia, doblez y espíritu político de muchos de ellos.
  
En el cuarto le fueron impresos altísimamente todos los misterios de la vida y pasión de Cristo, conforme aquello de San Pablo: Hoc enim sentíte in vobis, quod in Christo Jesu.
  
En el quinto día le fue dada una clarísima cognición de los ejercicios espirituales que en Manresa hizo, sacando los sentimientos que tuvo de la vida de Cristo.
  
En el sexto día le fue mostrada la forma que había de tener en tratar y comunicar con toda suerte de personas, Prelados, Príncipes, Magistrados, etc., acomodándose al genio de todos, como lo hizo Cristo.
  
En el séptimo le dio a ver la pérdida de todo el lustre de la Compañía y de todas las cosas dichas, a lo cual se resignó él con grandísima prontitud; y por esto en su Vida se dice: que si bien le sería molesta la ruina de la Compañía, pero que no perdería su paz [1].
  
En el octavo tuvo claro conocimiento de la orden que debía tener en sus acciones cotidianas, tanto para con Dios, como para consigo y con los próximos, Roma, etc.
 
En el tercer día de su rapto vio Nuestro Padre San Ignacio la gran caída que daría la Compañía por las causas siguientes:
  1. Por haberse introducido en ella un gobierno político;
  2. Por la mucha ambición;
  3. Por el mucho doblez en el trato;
  4. Por mucha soberbia, y otros varios defectos en muchos de sus hijos.
     
Hállase esta revelación en el Colegio de la ciudad de Termini en Sicilia en un papel manuscrito del P. Domenech, que fue secretario de Nuestro Padre San Ignacio.
 
El padre Flayva, varón ilustre (que floreció en el Brasil a principio de este siglo de 700) escribió una carta al padre provincial de Portugal, en que dice, que eran tres los motivos porque Dios castigaba a la Compañía en Portugal. Primero: la soberbia oculta, que sumamente desagradaba a los divinos ojos, comparándose la Compañía con preferencia a las demás religiones; y que por esta soberbia había de ser abatida más que nunca. Segundo: la falta y desatención al Culto Divino, principalmente en celebrar el Santo Sacrificio de la Misa y en rezar el Oficio Divino, en lo que nos hacían ventaja las demás religiones en que había Coro; y que supuesto no le había en la Compañía, nos debíamos perfeccionar y esmerar en el Rezo Divino. Tercero: porque ya desdecía la Compañía de aquella obediencia ciega en que deseó vernos muy señaladamente Nuestro Padre San Ignacio. Últimamente dijo el padre Flayva que con este azote quería Dios castigar la Compañía, y restituirla a su primer espíritu y ardiente celo de la salvación de las almas; y que así no lo extrañasen, ni sintiesen, aun cuando se viesen despojados de sus propias haciendas.
Es copia del original, que de letra del Padre Procurador de Provincia Antonio Miranda, se halló en su aposento en el Colegio de Córdoba del Tucumán, entre los demás papeles recogidos después de la ejecución del Decreto. Buenos Aires, 12 de Septiembre de 1767. El Obispo de Buenos Aires.
    
PADRE JUAN DE MARIANA SJ. Discurso de las Enfermedades de la Compañía. Madrid, Imprenta de don Gabriel Ramírez, 1768. Págs 277-280.
  
NOTA
[1] San Ignacio dijo: Que la cosa más sensible que podía sucederle, sería ver extinguida su Compañía por declinar de su instituto; pero que con un cuarto de hora que Dios le concediese para resignar su voluntad en la divina, quedaría muy conforme y sin pesar. En estas palabras se descubren vestigios bastantemente claros de la revelación que se ha referido. El Padre Alonso Rodríguez en sus Ejercicios Espirituales tuvo aquellas expresiones por un acto heroico de su resignación, y no por una profecía; y pudo ser uno y otro.

domingo, 31 de julio de 2016

ORACIÓN DE ENTREGA DIARIA A DIOS

  
San Ignacio de Loyola redactó esta oración cuando estaba en la cueva de Manresa, y en los Ejercicios Espirituales recomienda recitarla cada día.
  
Súscipe, Dómine, univérsam meam libertátem. Accipe memóriam, intelléctum atque voluntátem omnem. Quidquid hábeo vel possídeo, mihi largítus es: id tibi totum restítuo, ac tuæ prorsus voluntáti trado gubernándum. Amórem tui solum cum grátia tua mihi dones, et dives sum satis, nec aliud quidquam ultra posco.

TRADUCCIÓN
Recibid, Señor, toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y mi voluntad. Cuanto tengo o poseo, de vuestra Divina Majestad lo he recibido; todo lo vuelvo a mi Dios, y lo consagro a vuestra Divina voluntad, para que me dirija y gobierne en todas las cosas. Dadme, Señor, vuestro Divino amor a continuo con vuestra Divina gracia, y con eso solo soy bastantemente rico, ni pido otra cosa alguna.

Su Santidad el Papa León XIII, mediante rescripto del 26 de Mayo de 1833, otorgó 300 días de Indulgencia una vez al día a cuantos después de Misa rezaren devotamente esta oración.

viernes, 31 de julio de 2015

SAN IGNACIO DE LOYOLA Vs. MARTÍN LUTERO

Adaptado de BOANERGES-RESISTENCIA CATÓLICA
   
Los anuncios de conmemoraciones de la revolución protestante (que el del nacimiento de Pedro Valdo, que el de la muerte de Juan Hus, que el del Tratado de..., que el de la Guerra de...), hecha de rebeldía y odio a los esplendores de la Santa Iglesia Católica, pretendiendo reformar para sólo subvertir, obligan en conciencia a los Católicos a rememorar las verdades más profundas de este duro golpe a la Cristiandad. ¿Qué mejor, siguiendo la más recta espiritualidad católica, que contrastar los espíritus de sus fundadores así como con Cristo nuestro Señor contrastamos los demonios de las falsas religiones?
  
El penitente y el impenitente
El noble Ignacio de Loyola abraza la carrera militar. Las glorias de las armas y sus atractivos le arrastran por caminos mundanos. Sin embargo está dispuesto a ofrecer su propia vida en cumplimiento del deber: Antes morir que rendirse al enemigo. Herido en cumplimiento de su deber y arrojo viril, convalece tras una batalla heroica en Pamplona. Allí lee la vida de Nuestro Señor Jesucristo y vidas de santos. Se siente tocado en el alma. Anhela una vida más perfecta al servicio del Rey de Reyes. Se convierte en un penitente.
   
Lutero, viendo en riesgo su vida (asesinó a un compañero de estudios por envidia y celos, e iba huyendo de la justicia cuando un rayo casi lo mata) promete seguir la vida religiosa si se salva. Pasado el peligro jura votos solemnes de pobreza, obediencia y castidad, ordenándose sacerdote en la orden de San Agustín. “Sacérdos in aetérnum”, sacerdote para siempre. Poco a poco va haciéndose infiel a sus deberes, se aparta de las enseñanzas de la única Iglesia verdadera y, llamado a retractarse y desmontados sus errores, se resiste por amor a sus vicios y pecados: se hace impenitente.
  
Un re-formador y un de-formador
San Ignacio comienza por reformarse a sí mismo. Vence el apetito de la carne ligándose a un voto de castidad. El de las riquezas dejando todo cuanto tenía y se le ofrecía como noble y militar, renuncia a todas las promesas del mundo. La soberbia y ambición las somete con un voto de obediencia y de rehusar dignidades, que hizo más tarde, después de ordenado sacerdote.
  
Lutero comienza por deformarse a sí mismo. Da rienda suelta a los apetitos de la carne, desligándose sin derecho, cometiendo perjurio y sacrilegio, del doble voto de castidad como religioso y sacerdote. Se deforma a si mismo repudiando sus votos de pobreza consumido por el apetito de riquezas. Su soberbia y orgullo destrozan los votos de obediencia, rechazando someterse a autoridad alguna sobre la tierra ni siquiera a la de toda la Iglesia. Se obedece a si mismo y se pretende intérprete y rector de su propia doctrina.

“Compañía de Jesús” y “Compañía ¿de quién?”
San Ignacio, por medio de sus Ejercicios Espirituales, trata de mover a los demás a dejar las riquezas para abrazarse con la pobreza de Cristo Nuestro Señor. A vencer la vanidad de los honores mundanos para abrazarse con los oprobios y menosprecios. A quebrantar el apetito de la soberbia para imitar la mansedumbre y humildad de Cristo. Y por medio de estos escalones llevarlos a las demás virtudes (Ejercicios, Meditación de las dos banderas, etc). Se rodea de jóvenes eminentes de la Universidad de París y dejan todo por Cristo y funda la Compañía de Jesús.

Lutero, por medio de sus elocuentes sermones, conversaciones y escritos, tiende redes y cadenas a los sacerdotes, frailes y monjas, para que rompan sus votos y abandonen la castidad, la pobreza y la obediencia. Despierta apetitos de riquezas, prometiendo a sus secuaces los bienes de los conventos y propiedades eclesiásticas que usurpan, para que fácilmente alcancen el vano honor del mundo y lleguen a “crecida soberbia” con el desprecio de toda autoridad. Por medio de estos escalones les conduce a todos los demás vicios. Así se vio pronto rodeado de una multitud de personas enriquecidas con bienes ajenos y de una caterva de curas, monjas y frailes desertores que piden licencias para sus corrupciones. Lutero formó la Compañía ¿de quién?

San Ignacio cuenta entre sus enemigos a todos los enemigos de Cristo. Lutero cuenta entre sus amigos a los peores enemigos de Cristo y del cristianismo.

¿Quiénes de estos dos conformó mejor su vida con la de Cristo y es, por tanto, más digno de imitación? ¿Es posible, en conciencia, admitir semejanzas o festejos por la funesta hora de la deformación luterana y su rebeldía contra todo lo más santo y elevado?

domingo, 3 de agosto de 2014

MÁS VALE ESTAR LA GREY SIN PASTOR, QUE TENER POR PASTOR A UN LOBO

San Ignacio de Loyola
   
«No debería tolerarse curas o confesores que estén tildados de herejía; y a los convencidos en ella habríase de despojar en seguida de todas las rentas eclesiásticas; que MÁS VALE ESTAR LA GREY SIN PASTOR, QUE TENER POR PASTOR A UN LOBO. Los pastores, católicos ciertamente en la fe, pero que con su mucha ignorancia y mal ejemplo de públicos pecados pervierten al pueblo, parece deberían ser muy rigurosamente castigados, y privados de las rentas por sus obispos, o a lo menos separados de la cura de almas; porque la mala vida e ignorancia de éstos metió a Alemania la peste de las herejías».
San Ignacio de Loyola, Carta a San Pedro Canisio. 13 de Agosto de 1554

jueves, 31 de julio de 2014

CÉDULA DE SAN IGNACIO DE LOYOLA

Cédula de San Ignacio de Loyola
    
Una piadosa práctica muy antigua y apreciada por causa de los milagros que por la intercesión de San Ignacio de Loyola concede Dios a sus fieles, es sin duda la Cédula de San Ignacio de Loyola. Con este sacramental, se protegen las casas contra los asedios e infestaciones del diablo y sus agentes. 
   
Refiere el libro Misiones y Sermones del Padre Pedro de Calatayud, tomo I, págs. 333-335, entre los ejercicios y prácicas de devoción para asegurar el fruto de las Misiones:
«Octava devocion con nuestro Santo Padre Ignacio de Loyola: rezarle cada dia un Padre nuestro, y un Ave María al irse a recoger, y poniendo con gran fe en las puertas de todos los aposentos de las casas, por la parte de adentro, la cédula que llaman de nuestro Santo Padre Ignacio contra duendes, infestaciones del demonio, contra brujas y hechizos para defender las criaturas, y los mismos ganados de ser hechizados, o maleficiados, y para defenderse muchas personas Religiosas, y de vida pura, de tormentos, persecuciones, apariciones, y tentaciones fuertes con que las ejercita. La cédula que solemos poner los Jesuitas en los aposentos, y muchos seglares en sus casas, es de esta suerte.
   
San Ignacio de Loyola, Fundador de la Compañía de Jesus, al demonio, no entres.
  
Son muchos los prodigios y casos que con esta cédula han sucedido por intercesion del Santo, del cual dice la Iglesia en la lección del Breviario: In Dǽmones mirum exércuit impérium; que tuvo un grande imperio contra los espíritus malos. Es cierto que los hechiceros y brujas por pacto del diablo hacen notables daños en las armadas, escuadras, ejércitos, alojamientos, campamentos, en los palacios de los Príncipes, etc. ya poniendo a riesgo, ya echando a pique naves, con furiosas tempestades, huracanes, y vientos contrarios que levantan, ya con incendios, ya de otros modos; por eso en todos los navios de guerra, de comercio, y embarcaciones, en cuarteles, alojamientos, castillos o tiendas de Militares, en los palacios, especialmente de Príncipes, donde por haber mas pecados, tiene mas entrada el demonio; en Comunidades habian de poner la cédula dicha para verse libres de los espíritus malos, hechizos, encantos, duendes o diablos, y otras infestaciones. En Ledesma en un Convento de Religiosas Benedictinas molestaba un duende varias celdas, y estancias del Convento; las Religiosas estaban atribuladas: díjolas el Padre Fernando Ibañez, Misionero de la Compañía de Jesus, y despues mi compañero de Misiones, Vuestras Reverencias pongan la cédula de nuestro Santo Padre Ignacio en las puertas; hiciéronlo así, y el diablo se bajó a otros cuartos y estancias más bajas donde no habían puesto la cédula: mandó que la pusiesen tambien, y el duende no apareció, ni inquietó mas en el Convento. Buscad, buscad, pues, alguna imagen o estampa del Santo para cobrarle mas devocion, y poned tambien la cédula en las puertas de vuestros aposentos y casas».

martes, 22 de julio de 2014

NOVENA A SAN IGNACIO DE LOYOLA, FUNDADOR DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

La Novena fue escrita por un sacerdote de la Compañía de Jesús, y recibió Imprimátur de la Archidiócesis de Madrid en 1829.
  
El tiempo más oportuno para hacer esta Novena al esclarecido Patriarca San Ignacio de Loyola, es aquel en que sus devotos necesitaren conseguir alguna gracia del Señor por medio de su poderosa intercesión. Los que la hicieren sin precisarles alguna urgente aflicción, o por fervor devoto, podrán escoger los tiempos siguientes: desde el día veintidos de julio hasta el día treinta del mismo mes, víspera de su festividad; o nueve dias antes de la Asuncion gloriosa de la Emperatriz de los Cielos a la Gloria, día en que San Ignacio puso los primeros fundamentos a su religión en la iglesia de San Pedro del Monte de los Mártires, extramuros de la ciudad de París; o nueve días hasta el día veinte y siete de septiembre, cuando el Papa Pablo III confirmó la Compañía de Jesús; y en fin se podrá empezar cualquier sábado, concluyéndola el segundo domingo siguiente, en memoria de aquel prodigioso rapto que tuvo el Santo en la cueva de Manresa, que duró de un sábado a otro, en el cual le mostró Dios la idea, nacimiento y progresos de la religión que había de fundar.
   
El fin de hacer esta Novena, ha de ser el que tuvo San Ignacio en todas sus empresas, pensamientos, palabras y obras: “AD MAJÓREM DEI GLÓRIAM”, a la mayor gloria de Dios. Este fin nobilísimo se han de proponer sus devotos en pedir al Santo y conseguir la gracia que desearen, remitiendo al arbitrio del Santo lo que toca al propio interés, porque san Ignacio sabe mejor que nosotros lo que conviene y los que piden sus celestiales favores. Muchas veces, si el Santo concediera la gracia que se le pide, sería para condenación de los que suspiran por ella; y no pueden los Santos desear a sus favorecidos desgracia eternamente lamentable. Pero asegúrense los que hicieren la Novena del glorioso Patriarca San Ignacio, que si no les conviene el favor que piden, les ha de conceder otra alguna gracia mucho más deseable, y que ellos mismos pedirían al Santo, si Dios les abriese los ojos del alma para conocer la necesidad que de ella tienen.
    
Advertencias para todos los días
Hincados de rodillas delante de algún altar o imagen de San Ignacio de Loyola, levantará el corazón a Dios, y se considerará presente a la Santísima Trinidad, a Cristo nuestro Señor, a María Santísima asistida de la celestial corte de innumerables Ángeles y Santos, y especialmente pondrá los ojos del alma en San Ignacio, ofreciendo a Dios por medio del Santo todos sus pensamientos, palabras y obras con la Novena.
 
NOVENA A SAN IGNACIO DE LOYOLA, FUNDADOR DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
  
     
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
    
ACTO DE CONTRICIÓN- PARA TODOS LOS DÍAS DE LA NOVENA
Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Criador y Redentor mio, por ser Vos quien sois y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón de haberos ofendido: propongo firmemente de nunca más pecar, y de apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, y de confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta: ofrézcoos mi vida, obras y trabajos en satisfacción de todos mis pecados; y así como os lo suplico, así confío en vuestra bondad y misericordia infinita me los perdonaréis, por los merecimientos de vuestra preciosísima Sangre, Pasión y Muerte, y me daréis gracia para enmendarme y para perseverar en vuestro santo servicio hasta la muerte. Amén.
   
ORACIÓN INICIAL- PARA TODOS LOS DÍAS DE LA NOVENA
Gloriosísimo Padre y Patriarca San Ignacio, Fundador de la Compañía de Jesús y Padre mío amantísimo: si es para mayor gloria de Dios, honor vuestro y provecho de mi alma que yo consiga la gracia que os pido en esta Novena, alcanzadla del Señor; y si no, ordenad mi petición con todos mis pensamientos, palabras y obras a lo que fue siempre el blasón de vuestras heroicas empresas: A mayor gloria de Dios.
   
DÍA PRIMERO - 22 DE JULIO
Jesús mío dulcísimo, que nos revelasteis los misterios sagrados de vuestra Fe, y por vuestra predicación deseasteis plantarla en los corazones humanos como raíz de todas las buenas obras y de la eterna salvación, ofrézcoos los merecimientos de mi glorioso Padre San Ignacio, y singularmente los de su iluminada fe, con la cual creería cuantos misterios están escritos en las santas Escrituras aunque se perdiesen todos los libros sagrados; y de la cual animado, la defendió contra los herejes, la dilató entre los gentiles y la avivó entre los católicos. Suplícoos, Padre amantísimo de mí alma, me deis una fe vivísima de vuestros divinos misterios, que me ilustre para creerlos y estimarlos como verdadero hijo de la santa Iglesia con fervorosas obras de perfecto cristiano, y me concedáis la gracia que os pido en esta Novena, si es para mayor gloria de Dios, honor del Santo, y bien de mi alma. Amén.
   
Rezar tres Padre nuestros, y tres Ave Marías a la Santísima Trinidad, en obsequio de la devocion que nuestro Padre San Ignacio tuvo a este inefable e incomprensible Misterio.
   
ORACIÓN A SAN IGNACIO DE LOYOLA
Santísimo Padre y Patriarca San Ignacio, a quien Jesús escogió para Capitán de su sagrada Compañía y adornó con todas las virtudes que pedía este supremo cargo: Ángel en la pureza de cuerpo y mente; Arcángel encargado de tantos negocios de la mayor gloria de Dios y bien de las almas; Principado excelentísimo en la dirección de tantos millares de espíritus felices; Potestad poderosísima para echar a los demonios de los cuerpos y de las almas; Virtud prodigiosa en tantos y tan estupendos milagros; Dominación suprema de la Compañía, que formó tan dignos ministros evangélicos, y ahora continúa en formarlos desde el Cielo; Trono elevadísimo en quien descansó la mayor gloria de Dios, corriendo en vuestra fogosa alma por todas las cuatro partes del mundo; Sapientísimo Querubín, cuya mente ilustrada por el Espíritu Santo dictó sabiduría celestial a su pluma; Serafín fogosísimo que aspiró en su vida, y aspira continuamente desde el Cielo, a encender todo el mundo en llamas del divino amor; abreviado paraíso de todas las virtudes y gracias que, a competencia, formaron la heroicidad nunca bastantemente alabada de vuestra grande alma. Yo, Padre mío amantísimo, me gozo de veros tan superior a cuantos elogios puede daros mi balbuciente lengua y concebir mi tardo entendimiento, aunque inspirado de una voluntad ansiosa de amaros y de que os amen todos los hombres. Confiado en vuestras piedades, imploro vuestra benignísima caridad para que me alcancéis que viva yo una vida verdaderamente cristiana, conforme a las obligaciones de mi estado, observando perfectamente la ley santa de Dios y los consejos evangélicos que me pertenecen; y que no buscando en todas mis acciones otra cosa que la mayor gloria de Dios, consiga una muerte dichosa en los brazos de Jesús, en el amparo de María Santísima, y en vuestra presencia. Espero, Padre mío dulcísimo y suavísimo, me concedáis estas gracias tan importantes para mi eterna salvación, y el favor que os pido en esta Novena, si es para mayor gloria de Dios, honor vuestro y provecho de mi alma. Amén. (Aqui se hará la peticion al Santo, alentando la confianza de conseguir la gracia que se desea por los merecimientos de tan poderoso intercesor)
     
ORACIÓN DE ENTREGA
¡Oh Dios infinitamente liberal y misericordioso! Pues he recibido de vuestra Majestad todos los dones naturales y sobrenaturales que tengo, deseoso de ser en alguna manera agradecido a vuestras misericordias, os vuelvo cuanto me habéis dado, con esta oferta familiar en el corazón y en los labios de mi glorioso Padre San Ignacio: “Recibid, Señor, toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y mi voluntad. Cuanto tengo o poseo, de vuestra Divina Majestad lo he recibido; todo lo vuelvo a mi Dios, y lo consagro a vuestra Divina voluntad, para que me dirija y gobierne en todas las cosas. Dadme, Señor, vuestro Divino amor a continuo con vuestra Divina gracia, y con eso solo soy bastantemente rico, ni pido otra cosa alguna”.
   
GOZOS EN HONOR A SAN IGNACIO DE LOYOLA
   
A Ignacio glorificado
Cante el Empíreo victoria:
Gloria a Ignacio, eterna gloria
Cante el mundo alborozado.
   
Un fiero golpe espantoso
Del bronce que le combate
Le hiere, pero no abate
Su espíritu valeroso:
¡Oh corazón generoso,
Magnánimo y esforzado! 
Gloria a Ignacio, eterna gloria
Cante el mundo alborozado.
         
Apenas a orar empieza,
Su plegaria al Cielo sube,
Y baja en cándida nube
La Madre de la Belleza.
¿Qué don le trae? La Pureza,
Don precioso y regalado.
Gloria a Ignacio, eterna gloria
Cante el mundo alborozado.
      
Desde entonces en ferviente
Caridad todo se inflama,
Y esta viva y dulce llama
Crecer en su pecho siente.
Al orbe ya en fuego ardiente
Quisiera ver abrasado.
Gloria a Ignacio, eterna gloria
Cante el mundo alborozado.
    
Quien visto su ardor hubiera,
Su ternura, su desvelo
Ante la Reina del Cielo
Que Montserrat venera,
¿Un Serafín no dijera
Ser del Empíreo bajado?
Gloria a Ignacio, eterna gloria
Cante el mundo alborozado.
  
En la caverna horrorosa
Que el Cardoner limpio baña,
Con admiración vio España
Su penitencia pasmosa,
Tan rígida y espantosa
Que al orbe dejó asombrado.
Gloria a Ignacio, eterna gloria
Cante el mundo alborozado.
   
Pero en cambio allí gustará
Tan regalados favores,
Tantos deliquios y amores,
Que aunque otro bien no esperara
Ya su dicha no trocará
Por un palacio dorado.
Gloria a Ignacio, eterna gloria
Cante el mundo alborozado.
   
Si la deja, va corriendo
A buscar la Palestina,
Donde su sangre Divina
Vertió el buen Jesús muriendo.
¡Cuánto allí crece el incendio
De su espíritu inflamado!
Gloria a Ignacio, eterna gloria
Cante el mundo alborozado.
    
Desde entonces de tal suerte
Arde su amor, que ni penas,
Ni cárceles, ni cadenas,
Ni el tormento, ni la muerte
Le entibian, porque más fuerte
Es el amor acendrado.
Gloria a Ignacio, eterna gloria
Cante el mundo alborozado.
        
Mas si una vez este fuego
En un pecho noble prende,
¿Sofocarlo quién pretende
Que afuera no salga luego?
No hay paz, quietud ni sosiego
Hasta verlo propagado.
Gloria a Ignacio, eterna gloria
Cante el mundo alborozado.
    
Corre inflamado la tierra,
Busca nuevos compañeros,
Alista fuertes guerreros,
Declara al Infierno guerra:
Ya el campo se ve, y la tierra
Y el mundo todo incendiado.
Gloria a Ignacio, eterna gloria
Cante el mundo alborozado.
      
¡Oh que júbilo sentía
Su corazón generoso
Al ver que el Nombre glorioso
De Jesús ya se veía
Por su amada Compañía
En todo el orbe anunciado!
Gloria a Ignacio, eterna gloria
Cante el mundo alborozado.
      
Mas, ¡ay!, que viendo cumplido
Su ardentísimo deseo,
Ansiar el Cielo le veo
Más y más enardecido.
¡Oh fénix de amor herido,
Vuela, vuela arrebatado!
Gloria a Ignacio, eterna gloria
Cante el mundo alborozado.
    
Mueres de amor cual viviste:
Rompa ya el alma esos grillos,
Y júntese a los caudillos
Que acá en la tierra seguiste.
Venciste, Ignacio, venciste,
Tu amor, tu amor ha triunfado.
Gloria a Ignacio, eterna gloria
Cante el mundo alborozado.
    
Recibe, pues, mil albricias
En esas mansiones santas
Donde triunfas, donde cantas
Ventura, amor y delicias,
Y el gozo y tiernas caricias
En que te inunda tu Amado.
Gloria a Ignacio, eterna gloria
Cante el mundo alborozado.
     
A Ignacio glorificado
Cante el Empíreo victoria:
Gloria a Ignacio, eterna gloria
Cante el mundo alborozado.
    
Antífona: Como un hombre prudente, que construyó su casa sobre la roca.
℣. Lo amó el Señor y lo adornó.
℟. Lo revistió con una estola gloriosa.
     
ORACIÓN
Oh Dios, que para la mayor gloria de vuestro Nombre, habéis dado por el bienaventurado Ignacio un nuevo socorro a vuestra Iglesia militante, haced que después de haber combatido en la tierra, siguiendo su ejemplo y bajo su protección, merezcamos ser coronados con él en el Cielo. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
    
DÍA SEGUNDO - 23 DE JULIO
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración inicial...
     
Jesús mío dulcísimo, que prometisteis a vuestros siervos tendrían en vuestra esperanza todos los tesoros del mundo y nada les faltaría de cuanto esperasen, confiados en vuestra liberalidad tan amorosa como infinita, ofrézcoos los merecimientos de mi glorioso Padre San Ignacio, y singularmente aquella firmísima esperanza que le sirvió de tesoro inagotable en su pobreza, de áncora segura en las tormentas de tantas persecuciones, y de una gloria anticipada entre los riesgos de esta miserable vida. Suplícoos, Padre amantísimo de mi alma, me concedáis una esperanza segura de salvarme, afianzada en las buenas obras hechas con vuestra gracia, y revestidas de vuestros méritos y promesas, y también de conseguir los bienes de esta vida, conducentes a mi eterna salvación y proporcionados a mi estado, y la gracia que os pido en esta Novena, si es para mayor gloria de Dios, honor del Santo y provecho de mi alma. Amén.
   
Rezar tres Padre nuestros, y tres Ave Marías. Las oraciones y gozos se rezarán todos los días
   
DÍA TERCERO - 24 DE JULIO
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración inicial...
   
Jesús mío dulcísimo, que tanto deseásteis el amor de vuestras criaturas, que nos intimásteis, como máximo y principal precepto, amar a nuestro Señor Dios con todo el corazón, con toda el alma, y con todas las fuerzas, ofrézcoos los merecimientos de mi Glorioso Padre San Ignacio, y singularmente aquel inflamadísimo amor, con el cual abrasado en un Serafín humano, respiraba solo llamas de amor divino, refiriendo todas sus obras, palabras y pensamientos a la mayor gloria de Dios, y deseando por premio de su amor, más y más amor, y posponiendo la certeza de su eterna felicidad a la gloria de servir a Dios. Suplícoos, Padre amantísimo de mi alma, me concedáis una centella de este fuego sagrado de mi Seráfico Padre San Ignacio, y la gracia que os pido en esta Novena, a mayor gloria de Dios, honor del Santo y provecho de mi alma. Amén.
      
Rezar tres Padre nuestros, y tres Ave Marías. Las oraciones y gozos se rezarán todos los días
    
DÍA CUARTO - 25 DE JULIO
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración inicial...
   
Jesús mío dulcísimo, que nos encomendasteis la caridad y amor a los prójimos como el distintivo y señal de vuestra escuela, diciendo que en esto se habían de conocer vuestros discípulos, ofrézcoos los merecimientos de mi glorioso Padre San Ignacio, y singularmente aquella ardentísima caridad con que deseaba encender en el fuego del divino amor a todos los hombres del mundo, y con que hizo y padeció tanto por su eterna salvación, y por asistirlos en todos sus trabajos. Suplícoos, Padre amantísimo de mi alma, me concedáis una caridad inflamada, con la cual a imitación de mi Padre San Ignacio, trabaje continuamente en el bien y salvación de mis prójimos con mis palabras y ejemplos, y con cuanto necesitaren de mi caritativa asistencia, y la gracia que os pido en esta Novena, a mayor gloria de Dios, honor del Santo, y bien de mi alma. Amén.
   
Rezar tres Padre nuestros, y tres Ave Marías. Las oraciones y gozos se rezarán todos los días
    
DÍA QUINTO - 26 DE JULIO
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración inicial...
   
Jesús mío dulcísimo, que nos encomendásteis la paciencia en los trabajos de esta vida como la senda de la perfección y el camino real de la Gloria, ofrézcoos los merecimientos de mi glorioso Padre San Ignacio, y singularmente los de aquella paciencia invicta con que sufrió desprecios, calumnias, cárceles y cadenas con un espíritu tan constante y alegre en los trabajos, que decía no tener el mundo tantos grillos y cadenas como deseaba padecer por Jesús. Suplícoos, Padre amantísimo de mi alma, fortalezcáis la fragilidad de mi espíritu, para que con invencible paciencia resista a los trabajos, penas y angustias de esta miserable vida, pobreza, dolores y afrentas, fabricando de ellas escala para subir a la Gloria, y la gracia que os pido en esta Novena, si es para mayor gloria de Dios, honor del Santo, y bien de mi alma. Amén.
   
Rezar tres Padre nuestros, y tres Ave Marías. Las oraciones y gozos se rezarán todos los días
    
DÍA SEXTO - 27 DE JULIO
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración inicial...
   
Jesús mío dulcísimo, que con el ejemplo y las palabras nos enseñásteis el contínuo ejercicio de la oración y a vivir con el cuerpo en la tierra, y en el Cielo con el espíritu, ofrézcoos los merecimientos de mi glorioso Padre San Ignacio, y singularmente los de aquella continua y perfectísima oración con que vivió entre los Ángeles mientras moraba entre los hombres, para conducirlos con sus trabajos y fatigas a la Patria bienaventurada. Suplícoos, Padre amantísimo de mi alma, que me concedáis el don de la oración perfecta en aquel grado que me conviene para mi salvación y para llevar a otros muchos a la Gloria, y la gracia que os pido en esta Novena, si es para mayor gloria de Dios, honor del Santo, y bien de mi alma. Amén.
   
Rezar tres Padre nuestros, y tres Ave Marías. Las oraciones y gozos se rezarán todos los días
     
DÍA SÉPTIMO - 28 DE JULIO
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración inicial...
      
Jesús mío dulcísimo, que con las austeridades de vuestra sacratísima vida, pasión y muerte procurasteis inspirarnos una vida austera, rígida, penitente y mortificada, ofrézcoos los merecimientos de mi glorioso Padre San Ignacio, y singularmente los de su espantosa penitencia, con la cual convirtió la gruta de Manresa en un abreviado mapa de los rigores de Egipto, Tebaida y Nitria, y venció todas sus pasiones, hasta reducirlas a ser instrumentos de la divina Gracia. Suplícoos, Padre amantísimo de mi alma, que me concedáis una mortificación interior y exterior tan perfecta, que sujete todas mis pasiones y apetitos a la gracia, y con austeridades y penitencias de la carne, mi cuerpo obedezca a las leyes de una castidad angélica, y la gracia que os pido en esta Novena, a mayor gloria de Dios, honor del Santo, y bien de mi alma. Amén.
   
Rezar tres Padre nuestros, y tres Ave Marías. Las oraciones y gozos se rezarán todos los días
     
DÍA OCTAVO - 29 DE JULIO
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración inicial...
   
Jesús mío dulcísimo, que desde el instante de vuestra Encarnación en el seno purísimo de vuestra Madre Virgen, obedecisteis hasta morir obediente en la Cruz, ofrézcoos los merecimientos de mi glorioso Padre San Ignacio, y singularmente los de su heroica obediencia, con que obedeció a todos sus superiores, especialmente al Sumo Pontífice de Roma, Vicario de Cristo en la tierra, consagrando toda su Religión, la Compañía de Jesús, con particular voto a la obediencia de la Santa Sede. Suplícoos, Padre amantísimo de mi alma, me concedáis una perfectísima obediencia a todos mis superiores, continuada todos los instantes de mi vida, y perfecta en los tres grados de obedecer: en cuanto a la ejecución, en cuanto a la voluntad y en cuanto al entendimiento; y la gracia que os pido en esta Novena, a mayor gloria de Dios, honor del Santo, y bien de mi alma. Amén.
   
Rezar tres Padre nuestros, y tres Ave Marías. Las oraciones y gozos se rezarán todos los días
     
DÍA NOVENO - 30 DE JULIO
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración inicial...
     
Jesús mío dulcísimo, que al morir nos mostrásteis el amor y deseo ardiente que teníais de que los hombres todos amasen, reverenciasen y sirviesen a vuestra Santísima Madre, encomendándola al discípulo amado, ofrézcoos los merecimientos de mi glorioso Padre San Ignacio, y singularmente los que atesoró con la cordialísima devoción que profesaba a María Santísima, a quien escogió por madre desde su conversión; y después esta Señora hizo oficios de madre amorosa en todas las empresas que para mayor gloria vuestra emprendió el Santo, iluminándole para que escribiese el libro admirable de los Ejercicios y el de las Constituciones y Reglas de la Compañía. Suplícoos, Padre amantísimo de mi alma, que me concedáis una sólida y cordial devoción para con María Santísima vuestra Madre, aquella que es señal cierta de predestinados; que yo sirva a esta Señora con los obsequios del más fiel y obediente hijo, y la gracia que os pido en esta Novena, a mayor gloria de Dios, honor del Santo y provecho de mi alma. Amén.
   
Rezar tres Padre nuestros, y tres Ave Marías. Las oraciones y gozos se rezarán todos los días