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martes, 31 de julio de 2018

LETANÍA DE SAN IGNACIO DE LOYOLA

   
Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
   
Jesucristo, óyenos.
Jesucristo, escúchanos.
  
Dios Padre Celestial, ten piedad de nosotros.
Dios Hijo Redentor del mundo, ten piedad de nosotros.
Dios Espíritu Santo, ten piedad de nosotros.
Santa Trinidad, un solo Dios, ten piedad de nosotros.

Santa María, concebida sin pecado original, ruega por nosotros.
San Ignacio, fundador de la Compañía de Jesús, ruega por nosotros.
San Ignacio, celosísimo del culto a María, ruega por nosotros.
San Ignacio, destructor de las herejías, ruega por nosotros.
San Ignacio, socorro de la Iglesia militante, ruega por nosotros.
San Ignacio, que has hecho revivir la práctica de los Sacramentos, ruega por nosotros.
San Ignacio, fuerza de los que combaten por la fe, ruega por nosotros.
San Ignacio, sostén de la juventud, ruega por nosotros.
San Ignacio, vaso de elección para llevar el nombre de Jesús, ruega por nosotros.
San Ignacio, defensor de la religión católica, ruega por nosotros.
San Ignacio, enemigo declarado del vicio, ruega por nosotros.
San Ignacio, propagador de las verdades evangélicas, ruega por nosotros.
San Ignacio, ardentísimo para la mayor gloria de Dios, ruega por nosotros.
San Ignacio, templo de la paz y de la Verdad, ruega por nosotros.
San Ignacio, imitador de los trabajos de Jesucristo, ruega por nosotros.
San Ignacio, lumbrera y gloria del mundo cristiano, ruega por nosotros.
San Ignacio, director prudente de las almas, ruega por nosotros.
San Ignacio, esclarecido maestro de la vida espiritual, ruega por nosotros.
San Ignacio, autor de los Ejercicios Espirituales, ruega por nosotros.
San Ignacio, pronto para perdonar las injurias, ruega por nosotros.
San Ignacio, severo examinador de tus pensamientos y de tus acciones,
San Ignacio, espejo de la piedad verdadera, ruega por nosotros.
San Ignacio, prodigio de humildad, ruega por nosotros.
San Ignacio, tú que has dado la salud a los enfermos, ruega por nosotros.
San Ignacio, tú que has dado la vida a los muertos, ruega por nosotros.
San Ignacio, tú que has hecho un gran número de milagros, ruega por nosotros.
San Ignacio, tú que has corrido en busca de almas extraviadas, ruega por nosotros.
San Ignacio, refugio de los desgraciados, ruega por nosotros.
San Ignacio, consuelo de los afligidos, ruega por nosotros.
San Ignacio, abrasado en el amor divino, ruega por nosotros.
San Ignacio, abanderado de la obediencia, ruega por nosotros.
San Ignacio, protector admirable de la castidad, ruega por nosotros.
San Ignacio, gran amador de la pobreza, ruega por nosotros.
San Ignacio, celosísimo de la salvación de las almas, ruega por nosotros.
San Ignacio, terror de los demonios, ruega por nosotros.
San Ignacio, modelo de todas las virtudes, ruega por nosotros.
San Ignacio, prevenido de inspiraciones divinas, ruega por nosotros.
San Ignacio, iniciado en los misterios de la Santísima Trinidad, ruega por nosotros.
San Ignacio, celosísimo por el culto de los Santos Ángeles, ruega por nosotros.
San Ignacio, apóstol a causa de tu solicitud por las almas, ruega por nosotros.
San Ignacio, profeta por la gracia y por el espíritu, ruega por nosotros.
San Ignacio, mártir por la austeridad de la vida, ruega por nosotros.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, perdónanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, escúchanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.

℣. Ruega por nosotros, bienaventurado San Ignacio.
℟. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo.
  
ORACIÓN
¡Oh Dios! Que para propagar la mayor gloria de tu nombre fortaleciste a tu Iglesia militante, por medio de San Ignacio, con un nuevo refuerzo: concédenos que, combatiendo en la tierra con su auxilio y a su imitación, merezcamos ser con él coronados en el cielo. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

lunes, 19 de febrero de 2018

DE LAS MOCIONES DEL ALMA, Y CÓMO MANEJARSE CON RESPECTO A CADA UNA

  
1ª regla. En las personas que van de pecado mortal en pecado mortal, acostumbra comúnmente el enemigo proponerles placeres aparentes, haciendo imaginar delectaciones y placeres sensuales, por más conservarlos y aumentar en sus vicios y pecados; en las cuales personas el buen espíritu usa contrario modo, punzándoles y remordiéndoles las consciencias por el sindérese de la razón.
    
2ª regla. En las personas que van intensamente purgando sus pecados, y en el servicio de Dios nuestro Señor de bien en mejor subiendo, es el contrario modo que en la primera regla; porque entonces propio es del mal espíritu morder, tristar y poner impedimentos inquietando con falsas razones, para que no pase adelante; y propio del bueno dar ánimo y fuerzas, consolaciones, lágrimas, inspiraciones y quietud, facilitando y quitando todos impedimentos, para que en el bien obrar proceda adelante. 
  
3ª regla. De la consolación espiritual: llamo consolación cuando en el ánima se causa alguna moción interior, con la cual viene el ánima a inflamarse en amor de su Criador y Señor, y consequénter cuando ninguna cosa criada sobre la faz de la tierra puede amar en sí, sino en el Criador de todas ellas. Asimismo cuando lanza lágrimas motivas a amor de su Señor, ahora sea por el dolor de sus peccados, o de la pasión de Cristo nuestro Señor, o de otras cosas derechamente ordenadas en su servicio y alabanza; finalmente, llamo consolación todo aumento de esperanza, fe y caridad y toda alegría interna que llama y atrae a las cosas celestiales y a la propia salud de su ánima, quietándola y pacificándola en su Criador y Señor.
 
4ª regla. De la desolación espiritual: llamo desolación todo el contrario de la tercera regla; así como oscuridad del ánima, turbación en ella, moción a las cosas bajas y terrenas, inquietud de varias agitaciones y tentaciones, moviendo a infidencia, sin esperanza, sin amor, hallándose toda perezosa, tibia, triste y como separada de su Criador y Señor. Porque así como la consolación es contraria a la desolación, de la misma manera los pensamientos que salen de la consolación son contrarios a los pensamientos que salen de la desolación.
  
5ª regla. En tiempo de desolación nunca hacer mudanza, mas estar firme y constante en los propósitos y determinación en que estaba el día antecedente a la tal desolación, o en la determinación en que estaba en la antecedente consolación. Porque así como en la consolación nos guía y aconseja más el buen espíritu, así en la desolación el malo, con cuyos consejos no podemos tomar camino para acertar.
  
6ª regla. Dado que en la desolación no debemos mudar los primeros propósitos, mucho aprovecha el intenso mudarse contra la misma desolación, así como es en instar más en la oración, meditación, en mucho examinar y en alargarnos en algún modo conveniente de hacer penitencia.
  
7ª regla. El que está en desolación, considere cómo el Señor le ha dejado en prueba en sus potencias naturales, para que resista a las varias agitaciones y tentaciones del enemigo; pues puede con el auxilio divino, el cual siempre le queda, aunque claramente no lo sienta; porque el Señor le ha abstraído su mucho fervor, crecido amor y gracia intensa, quedándole también gracia suficiente para la salud eterna.
  
8ª regla. El que está en desolación, trabaje de estar en paciencia, que es contraria a las vejaciones que le vienen, y piense que será presto consolado, poniendo las diligencias contra la tal desolación, como está dicho en la sexta regla.
  
9ª regla. Tres causas principales son porque nos hallamos desolados: la primera es por ser tibios, perezosos o negligentes en nuestros ejercicios espirituales, y así por nuestras faltas se aleja la consolación espiritual de nosotros; la segunda, por probarnos para cuánto somos, y en cuánto nos alargamos en su servicio y alabanza, sin tanto estipendio de consolaciones y crecidas gracias; la tercera, por darnos verdadera noticia y conocimiento para que internamente sintamos que no es de nosotros traer o tener devoción crecida, amor intenso, lágrimas ni otra alguna consolación espiritual, mas que todo es don y gracia de Dios nuestro Señor, y porque en cosa ajena no pongamos nido, alzando nuestro entendimiento en alguna soberbia o vanagloria, atribuyendo a nosotros la devoción o las otras partes de la espiritual consolación.
  
10ª regla. El que está en consolación piense cómo se habrá en la desolación que después vendrá, tomando nuevas fuerzas para entonces.
  
11ª regla. El que está consolado procure humiliarse y bajarse cuanto puede, pensando cuán para poco es en el tiempo de la desolación sin la tal gracia o consolación. Por el contrario, piense el que está en desolación que puede mucho con la gracia suficiente para resistir a todos sus enemigos, tomando fuerzas en su Criador y Señor.
  
12ª regla. El enemigo se hace como mujer en ser flaco por fuerza y fuerte de grado, porque así como es propio de la mujer, cuando riñe con algún varón, perder ánimo, dando huída cuando el hombre le muestra mucho rostro; y por el contrario, si el varón comienza a huir perdiendo ánimo, la ira, venganza y ferocidad de la mujer es muy crecida y tan sin mesura; de la misma manera es propio del enemigo enflaquecerse y perder ánimo, dando huída sus tentaciones, cuando la persona que se ejercita en las cosas espirituales pone mucho rostro contra las tentaciones del enemigo haciendo el oppósito per diámetrum; y por el contrario, si la persona que se ejercita comienza a tener temor y perder ánimo en sufrir las tentaciones, no hay bestia tan fiera sobre la faz de la tierra como el enemigo de natura humana, en prosecución de su dañada intención con tan crecida malicia.
  
13ª regla. Así mismo, se hace como vano enamorado en querer ser secreto y no descubierto: porque así como el hombre vano, que hablando a mala parte requiere a una hija de un buen padre, o a una mujer de buen marido, quiere que sus palabras y suasiones sean secretas; y el contrario le displace mucho, cuando la hija al padre o la mujer al marido descubre sus vanas palabras y intención depravada, porque fácilmente colige que no podrá salir con la empresa comenzada: de la misma manera, cuando el enemigo de natura humana trae sus astucias y suasiones al ánima justa, quiere y desea que sean recibidas y tenidas en secreto; mas cuando las descubre a su buen confesor o a otra persona espiritual, que conozca sus engaños y malicias, mucho le pesa: porque colige que no podrá salir con su malicia comenzada, en ser descubiertos sus engaños manifiestos.
  
14ª regla. Así mismo, se ha como un caudillo, para vencer y robar lo que desea; porque así como un capitán y caudillo del campo, asentando su real y mirando las fuerzas o disposición de un castillo, le combate por la parte más flaca; de la misma manera el enemigo de natura humana, rodeando mira en torno todas nuestras virtudes teologales, cardinales y morales; y por donde nos halla más flacos y más necesitados para nuestra salud eterna, por allí nos bate y procura tomarnos.
 
(SAN IGNACIO DE LOYOLA, Ejercicios Espirituales, nros. 314-327)

martes, 15 de agosto de 2017

VISIÓN EXTÁTICA DE SAN IGNACIO EN MANRESA

NOTA, Y APUNTE DE LO QUE NUESTRO PADRE SAN IGNACIO VIO Y ENTENDIÓ EN EL ÉXTASIS, O RAPTO DE OCHO DÍAS, QUE TUVO EN MANRESA
 
San Ignacio de Loyola haciendo penitencia en la Cueva de Manresa (Juan de Valdés Leal)
    
En el primer día tuvo una clara visión de toda su vida pasada, de los pecados cometidos y de los beneficios recibidos de Dios.
  
En el segundo día le fue revelado el modo que había de tener en adelante en su vida, las gracias y dones que le quería dar o comunicar Dios, y por cual había de ser llevado a la perfección.
  
En el tercero vio la alteza del instituto de la Compañía, que Dios quería fundar por él, y todo su progreso; y en esta ocasión se le dio a entender en particular, cómo la Compañía había de degenerar de su primer fervor por los muchos defectos, principalmente por la soberbia, doblez y espíritu político de muchos de ellos.
  
En el cuarto le fueron impresos altísimamente todos los misterios de la vida y pasión de Cristo, conforme aquello de San Pablo: Hoc enim sentíte in vobis, quod in Christo Jesu.
  
En el quinto día le fue dada una clarísima cognición de los ejercicios espirituales que en Manresa hizo, sacando los sentimientos que tuvo de la vida de Cristo.
  
En el sexto día le fue mostrada la forma que había de tener en tratar y comunicar con toda suerte de personas, Prelados, Príncipes, Magistrados, etc., acomodándose al genio de todos, como lo hizo Cristo.
  
En el séptimo le dio a ver la pérdida de todo el lustre de la Compañía y de todas las cosas dichas, a lo cual se resignó él con grandísima prontitud; y por esto en su Vida se dice: que si bien le sería molesta la ruina de la Compañía, pero que no perdería su paz [1].
  
En el octavo tuvo claro conocimiento de la orden que debía tener en sus acciones cotidianas, tanto para con Dios, como para consigo y con los próximos, Roma, etc.
 
En el tercer día de su rapto vio Nuestro Padre San Ignacio la gran caída que daría la Compañía por las causas siguientes:
  1. Por haberse introducido en ella un gobierno político;
  2. Por la mucha ambición;
  3. Por el mucho doblez en el trato;
  4. Por mucha soberbia, y otros varios defectos en muchos de sus hijos.
     
Hállase esta revelación en el Colegio de la ciudad de Termini en Sicilia en un papel manuscrito del P. Domenech, que fue secretario de Nuestro Padre San Ignacio.
 
El padre Flayva, varón ilustre (que floreció en el Brasil a principio de este siglo de 700) escribió una carta al padre provincial de Portugal, en que dice, que eran tres los motivos porque Dios castigaba a la Compañía en Portugal. Primero: la soberbia oculta, que sumamente desagradaba a los divinos ojos, comparándose la Compañía con preferencia a las demás religiones; y que por esta soberbia había de ser abatida más que nunca. Segundo: la falta y desatención al Culto Divino, principalmente en celebrar el Santo Sacrificio de la Misa y en rezar el Oficio Divino, en lo que nos hacían ventaja las demás religiones en que había Coro; y que supuesto no le había en la Compañía, nos debíamos perfeccionar y esmerar en el Rezo Divino. Tercero: porque ya desdecía la Compañía de aquella obediencia ciega en que deseó vernos muy señaladamente Nuestro Padre San Ignacio. Últimamente dijo el padre Flayva que con este azote quería Dios castigar la Compañía, y restituirla a su primer espíritu y ardiente celo de la salvación de las almas; y que así no lo extrañasen, ni sintiesen, aun cuando se viesen despojados de sus propias haciendas.
Es copia del original, que de letra del Padre Procurador de Provincia Antonio Miranda, se halló en su aposento en el Colegio de Córdoba del Tucumán, entre los demás papeles recogidos después de la ejecución del Decreto. Buenos Aires, 12 de Septiembre de 1767. El Obispo de Buenos Aires.
    
PADRE JUAN DE MARIANA SJ. Discurso de las Enfermedades de la Compañía. Madrid, Imprenta de don Gabriel Ramírez, 1768. Págs 277-280.
  
NOTA
[1] San Ignacio dijo: Que la cosa más sensible que podía sucederle, sería ver extinguida su Compañía por declinar de su instituto; pero que con un cuarto de hora que Dios le concediese para resignar su voluntad en la divina, quedaría muy conforme y sin pesar. En estas palabras se descubren vestigios bastantemente claros de la revelación que se ha referido. El Padre Alonso Rodríguez en sus Ejercicios Espirituales tuvo aquellas expresiones por un acto heroico de su resignación, y no por una profecía; y pudo ser uno y otro.

domingo, 31 de julio de 2016

ORACIÓN DE ENTREGA DIARIA A DIOS

  
San Ignacio de Loyola redactó esta oración cuando estaba en la cueva de Manresa, y en los Ejercicios Espirituales recomienda recitarla cada día.
  
Súscipe, Dómine, univérsam meam libertátem. Accipe memóriam, intelléctum atque voluntátem omnem. Quidquid hábeo vel possídeo, mihi largítus es: id tibi totum restítuo, ac tuæ prorsus voluntáti trado gubernándum. Amórem tui solum cum grátia tua mihi dones, et dives sum satis, nec aliud quidquam ultra posco.

TRADUCCIÓN
Recibid, Señor, toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y mi voluntad. Cuanto tengo o poseo, de vuestra Divina Majestad lo he recibido; todo lo vuelvo a mi Dios, y lo consagro a vuestra Divina voluntad, para que me dirija y gobierne en todas las cosas. Dadme, Señor, vuestro Divino amor a continuo con vuestra Divina gracia, y con eso solo soy bastantemente rico, ni pido otra cosa alguna.

Su Santidad el Papa León XIII, mediante rescripto del 26 de Mayo de 1833, otorgó 300 días de Indulgencia una vez al día a cuantos después de Misa rezaren devotamente esta oración.

viernes, 31 de julio de 2015

SAN IGNACIO DE LOYOLA Vs. MARTÍN LUTERO

Adaptado de BOANERGES-RESISTENCIA CATÓLICA
   
Los anuncios de conmemoraciones de la revolución protestante (que el del nacimiento de Pedro Valdo, que el de la muerte de Juan Hus, que el del Tratado de..., que el de la Guerra de...), hecha de rebeldía y odio a los esplendores de la Santa Iglesia Católica, pretendiendo reformar para sólo subvertir, obligan en conciencia a los Católicos a rememorar las verdades más profundas de este duro golpe a la Cristiandad. ¿Qué mejor, siguiendo la más recta espiritualidad católica, que contrastar los espíritus de sus fundadores así como con Cristo nuestro Señor contrastamos los demonios de las falsas religiones?
  
El penitente y el impenitente
El noble Ignacio de Loyola abraza la carrera militar. Las glorias de las armas y sus atractivos le arrastran por caminos mundanos. Sin embargo está dispuesto a ofrecer su propia vida en cumplimiento del deber: Antes morir que rendirse al enemigo. Herido en cumplimiento de su deber y arrojo viril, convalece tras una batalla heroica en Pamplona. Allí lee la vida de Nuestro Señor Jesucristo y vidas de santos. Se siente tocado en el alma. Anhela una vida más perfecta al servicio del Rey de Reyes. Se convierte en un penitente.
   
Lutero, viendo en riesgo su vida (asesinó a un compañero de estudios por envidia y celos, e iba huyendo de la justicia cuando un rayo casi lo mata) promete seguir la vida religiosa si se salva. Pasado el peligro jura votos solemnes de pobreza, obediencia y castidad, ordenándose sacerdote en la orden de San Agustín. “Sacérdos in aetérnum”, sacerdote para siempre. Poco a poco va haciéndose infiel a sus deberes, se aparta de las enseñanzas de la única Iglesia verdadera y, llamado a retractarse y desmontados sus errores, se resiste por amor a sus vicios y pecados: se hace impenitente.
  
Un re-formador y un de-formador
San Ignacio comienza por reformarse a sí mismo. Vence el apetito de la carne ligándose a un voto de castidad. El de las riquezas dejando todo cuanto tenía y se le ofrecía como noble y militar, renuncia a todas las promesas del mundo. La soberbia y ambición las somete con un voto de obediencia y de rehusar dignidades, que hizo más tarde, después de ordenado sacerdote.
  
Lutero comienza por deformarse a sí mismo. Da rienda suelta a los apetitos de la carne, desligándose sin derecho, cometiendo perjurio y sacrilegio, del doble voto de castidad como religioso y sacerdote. Se deforma a si mismo repudiando sus votos de pobreza consumido por el apetito de riquezas. Su soberbia y orgullo destrozan los votos de obediencia, rechazando someterse a autoridad alguna sobre la tierra ni siquiera a la de toda la Iglesia. Se obedece a si mismo y se pretende intérprete y rector de su propia doctrina.

“Compañía de Jesús” y “Compañía ¿de quién?”
San Ignacio, por medio de sus Ejercicios Espirituales, trata de mover a los demás a dejar las riquezas para abrazarse con la pobreza de Cristo Nuestro Señor. A vencer la vanidad de los honores mundanos para abrazarse con los oprobios y menosprecios. A quebrantar el apetito de la soberbia para imitar la mansedumbre y humildad de Cristo. Y por medio de estos escalones llevarlos a las demás virtudes (Ejercicios, Meditación de las dos banderas, etc). Se rodea de jóvenes eminentes de la Universidad de París y dejan todo por Cristo y funda la Compañía de Jesús.

Lutero, por medio de sus elocuentes sermones, conversaciones y escritos, tiende redes y cadenas a los sacerdotes, frailes y monjas, para que rompan sus votos y abandonen la castidad, la pobreza y la obediencia. Despierta apetitos de riquezas, prometiendo a sus secuaces los bienes de los conventos y propiedades eclesiásticas que usurpan, para que fácilmente alcancen el vano honor del mundo y lleguen a “crecida soberbia” con el desprecio de toda autoridad. Por medio de estos escalones les conduce a todos los demás vicios. Así se vio pronto rodeado de una multitud de personas enriquecidas con bienes ajenos y de una caterva de curas, monjas y frailes desertores que piden licencias para sus corrupciones. Lutero formó la Compañía ¿de quién?

San Ignacio cuenta entre sus enemigos a todos los enemigos de Cristo. Lutero cuenta entre sus amigos a los peores enemigos de Cristo y del cristianismo.

¿Quiénes de estos dos conformó mejor su vida con la de Cristo y es, por tanto, más digno de imitación? ¿Es posible, en conciencia, admitir semejanzas o festejos por la funesta hora de la deformación luterana y su rebeldía contra todo lo más santo y elevado?

domingo, 3 de agosto de 2014

MÁS VALE ESTAR LA GREY SIN PASTOR, QUE TENER POR PASTOR A UN LOBO

San Ignacio de Loyola
   
«No debería tolerarse curas o confesores que estén tildados de herejía; y a los convencidos en ella habríase de despojar en seguida de todas las rentas eclesiásticas; que MÁS VALE ESTAR LA GREY SIN PASTOR, QUE TENER POR PASTOR A UN LOBO. Los pastores, católicos ciertamente en la fe, pero que con su mucha ignorancia y mal ejemplo de públicos pecados pervierten al pueblo, parece deberían ser muy rigurosamente castigados, y privados de las rentas por sus obispos, o a lo menos separados de la cura de almas; porque la mala vida e ignorancia de éstos metió a Alemania la peste de las herejías».
San Ignacio de Loyola, Carta a San Pedro Canisio. 13 de Agosto de 1554

jueves, 31 de julio de 2014

CÉDULA DE SAN IGNACIO DE LOYOLA

Cédula de San Ignacio de Loyola
    
Una piadosa práctica muy antigua y apreciada por causa de los milagros que por la intercesión de San Ignacio de Loyola concede Dios a sus fieles, es sin duda la Cédula de San Ignacio de Loyola. Con este sacramental, se protegen las casas contra los asedios e infestaciones del diablo y sus agentes. 
   
Refiere el libro Misiones y Sermones del Padre Pedro de Calatayud, tomo I, págs. 333-335, entre los ejercicios y prácicas de devoción para asegurar el fruto de las Misiones:
«Octava devocion con nuestro Santo Padre Ignacio de Loyola: rezarle cada dia un Padre nuestro, y un Ave María al irse a recoger, y poniendo con gran fe en las puertas de todos los aposentos de las casas, por la parte de adentro, la cédula que llaman de nuestro Santo Padre Ignacio contra duendes, infestaciones del demonio, contra brujas y hechizos para defender las criaturas, y los mismos ganados de ser hechizados, o maleficiados, y para defenderse muchas personas Religiosas, y de vida pura, de tormentos, persecuciones, apariciones, y tentaciones fuertes con que las ejercita. La cédula que solemos poner los Jesuitas en los aposentos, y muchos seglares en sus casas, es de esta suerte.
   
San Ignacio de Loyola, Fundador de la Compañía de Jesus, al demonio, no entres.
  
Son muchos los prodigios y casos que con esta cédula han sucedido por intercesion del Santo, del cual dice la Iglesia en la lección del Breviario: In Dǽmones mirum exércuit impérium; que tuvo un grande imperio contra los espíritus malos. Es cierto que los hechiceros y brujas por pacto del diablo hacen notables daños en las armadas, escuadras, ejércitos, alojamientos, campamentos, en los palacios de los Príncipes, etc. ya poniendo a riesgo, ya echando a pique naves, con furiosas tempestades, huracanes, y vientos contrarios que levantan, ya con incendios, ya de otros modos; por eso en todos los navios de guerra, de comercio, y embarcaciones, en cuarteles, alojamientos, castillos o tiendas de Militares, en los palacios, especialmente de Príncipes, donde por haber mas pecados, tiene mas entrada el demonio; en Comunidades habian de poner la cédula dicha para verse libres de los espíritus malos, hechizos, encantos, duendes o diablos, y otras infestaciones. En Ledesma en un Convento de Religiosas Benedictinas molestaba un duende varias celdas, y estancias del Convento; las Religiosas estaban atribuladas: díjolas el Padre Fernando Ibañez, Misionero de la Compañía de Jesus, y despues mi compañero de Misiones, Vuestras Reverencias pongan la cédula de nuestro Santo Padre Ignacio en las puertas; hiciéronlo así, y el diablo se bajó a otros cuartos y estancias más bajas donde no habían puesto la cédula: mandó que la pusiesen tambien, y el duende no apareció, ni inquietó mas en el Convento. Buscad, buscad, pues, alguna imagen o estampa del Santo para cobrarle mas devocion, y poned tambien la cédula en las puertas de vuestros aposentos y casas».

martes, 22 de julio de 2014

NOVENA A SAN IGNACIO DE LOYOLA, FUNDADOR DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

La Novena fue escrita por un sacerdote de la Compañía de Jesús, y recibió Imprimátur de la Archidiócesis de Madrid en 1829.
  
El tiempo más oportuno para hacer esta Novena al esclarecido Patriarca San Ignacio de Loyola, es aquel en que sus devotos necesitaren conseguir alguna gracia del Señor por medio de su poderosa intercesión. Los que la hicieren sin precisarles alguna urgente aflicción, o por fervor devoto, podrán escoger los tiempos siguientes: desde el día veintidos de julio hasta el día treinta del mismo mes, víspera de su festividad; o nueve dias antes de la Asuncion gloriosa de la Emperatriz de los Cielos a la Gloria, día en que San Ignacio puso los primeros fundamentos a su religión en la iglesia de San Pedro del Monte de los Mártires, extramuros de la ciudad de París; o nueve días hasta el día veinte y siete de septiembre, cuando el Papa Pablo III confirmó la Compañía de Jesús; y en fin se podrá empezar cualquier sábado, concluyéndola el segundo domingo siguiente, en memoria de aquel prodigioso rapto que tuvo el Santo en la cueva de Manresa, que duró de un sábado a otro, en el cual le mostró Dios la idea, nacimiento y progresos de la religión que había de fundar.
   
El fin de hacer esta Novena, ha de ser el que tuvo San Ignacio en todas sus empresas, pensamientos, palabras y obras: “AD MAJÓREM DEI GLÓRIAM”, a la mayor gloria de Dios. Este fin nobilísimo se han de proponer sus devotos en pedir al Santo y conseguir la gracia que desearen, remitiendo al arbitrio del Santo lo que toca al propio interés, porque san Ignacio sabe mejor que nosotros lo que conviene y los que piden sus celestiales favores. Muchas veces, si el Santo concediera la gracia que se le pide, sería para condenación de los que suspiran por ella; y no pueden los Santos desear a sus favorecidos desgracia eternamente lamentable. Pero asegúrense los que hicieren la Novena del glorioso Patriarca San Ignacio, que si no les conviene el favor que piden, les ha de conceder otra alguna gracia mucho más deseable, y que ellos mismos pedirían al Santo, si Dios les abriese los ojos del alma para conocer la necesidad que de ella tienen.
    
Advertencias para todos los días
Hincados de rodillas delante de algún altar o imagen de San Ignacio de Loyola, levantará el corazón a Dios, y se considerará presente a la Santísima Trinidad, a Cristo nuestro Señor, a María Santísima asistida de la celestial corte de innumerables Ángeles y Santos, y especialmente pondrá los ojos del alma en San Ignacio, ofreciendo a Dios por medio del Santo todos sus pensamientos, palabras y obras con la Novena.
 
NOVENA A SAN IGNACIO DE LOYOLA, FUNDADOR DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
  
     
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
    
ACTO DE CONTRICIÓN- PARA TODOS LOS DÍAS DE LA NOVENA
Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Criador y Redentor mio, por ser Vos quien sois y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón de haberos ofendido: propongo firmemente de nunca más pecar, y de apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, y de confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta: ofrézcoos mi vida, obras y trabajos en satisfacción de todos mis pecados; y así como os lo suplico, así confío en vuestra bondad y misericordia infinita me los perdonaréis, por los merecimientos de vuestra preciosísima Sangre, Pasión y Muerte, y me daréis gracia para enmendarme y para perseverar en vuestro santo servicio hasta la muerte. Amén.
   
ORACIÓN INICIAL- PARA TODOS LOS DÍAS DE LA NOVENA
Gloriosísimo Padre y Patriarca San Ignacio, Fundador de la Compañía de Jesús y Padre mío amantísimo: si es para mayor gloria de Dios, honor vuestro y provecho de mi alma que yo consiga la gracia que os pido en esta Novena, alcanzadla del Señor; y si no, ordenad mi petición con todos mis pensamientos, palabras y obras a lo que fue siempre el blasón de vuestras heroicas empresas: A mayor gloria de Dios.
   
DÍA PRIMERO - 22 DE JULIO
Jesús mío dulcísimo, que nos revelasteis los misterios sagrados de vuestra Fe, y por vuestra predicación deseasteis plantarla en los corazones humanos como raíz de todas las buenas obras y de la eterna salvación, ofrézcoos los merecimientos de mi glorioso Padre San Ignacio, y singularmente los de su iluminada fe, con la cual creería cuantos misterios están escritos en las santas Escrituras aunque se perdiesen todos los libros sagrados; y de la cual animado, la defendió contra los herejes, la dilató entre los gentiles y la avivó entre los católicos. Suplícoos, Padre amantísimo de mí alma, me deis una fe vivísima de vuestros divinos misterios, que me ilustre para creerlos y estimarlos como verdadero hijo de la santa Iglesia con fervorosas obras de perfecto cristiano, y me concedáis la gracia que os pido en esta Novena, si es para mayor gloria de Dios, honor del Santo, y bien de mi alma. Amén.
   
Rezar tres Padre nuestros, y tres Ave Marías a la Santísima Trinidad, en obsequio de la devocion que nuestro Padre San Ignacio tuvo a este inefable e incomprensible Misterio.
   
ORACIÓN A SAN IGNACIO DE LOYOLA
Santísimo Padre y Patriarca San Ignacio, a quien Jesús escogió para Capitán de su sagrada Compañía y adornó con todas las virtudes que pedía este supremo cargo: Ángel en la pureza de cuerpo y mente; Arcángel encargado de tantos negocios de la mayor gloria de Dios y bien de las almas; Principado excelentísimo en la dirección de tantos millares de espíritus felices; Potestad poderosísima para echar a los demonios de los cuerpos y de las almas; Virtud prodigiosa en tantos y tan estupendos milagros; Dominación suprema de la Compañía, que formó tan dignos ministros evangélicos, y ahora continúa en formarlos desde el Cielo; Trono elevadísimo en quien descansó la mayor gloria de Dios, corriendo en vuestra fogosa alma por todas las cuatro partes del mundo; Sapientísimo Querubín, cuya mente ilustrada por el Espíritu Santo dictó sabiduría celestial a su pluma; Serafín fogosísimo que aspiró en su vida, y aspira continuamente desde el Cielo, a encender todo el mundo en llamas del divino amor; abreviado paraíso de todas las virtudes y gracias que, a competencia, formaron la heroicidad nunca bastantemente alabada de vuestra grande alma. Yo, Padre mío amantísimo, me gozo de veros tan superior a cuantos elogios puede daros mi balbuciente lengua y concebir mi tardo entendimiento, aunque inspirado de una voluntad ansiosa de amaros y de que os amen todos los hombres. Confiado en vuestras piedades, imploro vuestra benignísima caridad para que me alcancéis que viva yo una vida verdaderamente cristiana, conforme a las obligaciones de mi estado, observando perfectamente la ley santa de Dios y los consejos evangélicos que me pertenecen; y que no buscando en todas mis acciones otra cosa que la mayor gloria de Dios, consiga una muerte dichosa en los brazos de Jesús, en el amparo de María Santísima, y en vuestra presencia. Espero, Padre mío dulcísimo y suavísimo, me concedáis estas gracias tan importantes para mi eterna salvación, y el favor que os pido en esta Novena, si es para mayor gloria de Dios, honor vuestro y provecho de mi alma. Amén. (Aqui se hará la peticion al Santo, alentando la confianza de conseguir la gracia que se desea por los merecimientos de tan poderoso intercesor)
     
ORACIÓN DE ENTREGA
¡Oh Dios infinitamente liberal y misericordioso! Pues he recibido de vuestra Majestad todos los dones naturales y sobrenaturales que tengo, deseoso de ser en alguna manera agradecido a vuestras misericordias, os vuelvo cuanto me habéis dado, con esta oferta familiar en el corazón y en los labios de mi glorioso Padre San Ignacio: “Recibid, Señor, toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y mi voluntad. Cuanto tengo o poseo, de vuestra Divina Majestad lo he recibido; todo lo vuelvo a mi Dios, y lo consagro a vuestra Divina voluntad, para que me dirija y gobierne en todas las cosas. Dadme, Señor, vuestro Divino amor a continuo con vuestra Divina gracia, y con eso solo soy bastantemente rico, ni pido otra cosa alguna”.
   
GOZOS EN HONOR A SAN IGNACIO DE LOYOLA
   
A Ignacio glorificado
Cante el Empíreo victoria:
Gloria a Ignacio, eterna gloria
Cante el mundo alborozado.
   
Un fiero golpe espantoso
Del bronce que le combate
Le hiere, pero no abate
Su espíritu valeroso:
¡Oh corazón generoso,
Magnánimo y esforzado! 
Gloria a Ignacio, eterna gloria
Cante el mundo alborozado.
         
Apenas a orar empieza,
Su plegaria al Cielo sube,
Y baja en cándida nube
La Madre de la Belleza.
¿Qué don le trae? La Pureza,
Don precioso y regalado.
Gloria a Ignacio, eterna gloria
Cante el mundo alborozado.
      
Desde entonces en ferviente
Caridad todo se inflama,
Y esta viva y dulce llama
Crecer en su pecho siente.
Al orbe ya en fuego ardiente
Quisiera ver abrasado.
Gloria a Ignacio, eterna gloria
Cante el mundo alborozado.
    
Quien visto su ardor hubiera,
Su ternura, su desvelo
Ante la Reina del Cielo
Que Montserrat venera,
¿Un Serafín no dijera
Ser del Empíreo bajado?
Gloria a Ignacio, eterna gloria
Cante el mundo alborozado.
  
En la caverna horrorosa
Que el Cardoner limpio baña,
Con admiración vio España
Su penitencia pasmosa,
Tan rígida y espantosa
Que al orbe dejó asombrado.
Gloria a Ignacio, eterna gloria
Cante el mundo alborozado.
   
Pero en cambio allí gustará
Tan regalados favores,
Tantos deliquios y amores,
Que aunque otro bien no esperara
Ya su dicha no trocará
Por un palacio dorado.
Gloria a Ignacio, eterna gloria
Cante el mundo alborozado.
   
Si la deja, va corriendo
A buscar la Palestina,
Donde su sangre Divina
Vertió el buen Jesús muriendo.
¡Cuánto allí crece el incendio
De su espíritu inflamado!
Gloria a Ignacio, eterna gloria
Cante el mundo alborozado.
    
Desde entonces de tal suerte
Arde su amor, que ni penas,
Ni cárceles, ni cadenas,
Ni el tormento, ni la muerte
Le entibian, porque más fuerte
Es el amor acendrado.
Gloria a Ignacio, eterna gloria
Cante el mundo alborozado.
        
Mas si una vez este fuego
En un pecho noble prende,
¿Sofocarlo quién pretende
Que afuera no salga luego?
No hay paz, quietud ni sosiego
Hasta verlo propagado.
Gloria a Ignacio, eterna gloria
Cante el mundo alborozado.
    
Corre inflamado la tierra,
Busca nuevos compañeros,
Alista fuertes guerreros,
Declara al Infierno guerra:
Ya el campo se ve, y la tierra
Y el mundo todo incendiado.
Gloria a Ignacio, eterna gloria
Cante el mundo alborozado.
      
¡Oh que júbilo sentía
Su corazón generoso
Al ver que el Nombre glorioso
De Jesús ya se veía
Por su amada Compañía
En todo el orbe anunciado!
Gloria a Ignacio, eterna gloria
Cante el mundo alborozado.
      
Mas, ¡ay!, que viendo cumplido
Su ardentísimo deseo,
Ansiar el Cielo le veo
Más y más enardecido.
¡Oh fénix de amor herido,
Vuela, vuela arrebatado!
Gloria a Ignacio, eterna gloria
Cante el mundo alborozado.
    
Mueres de amor cual viviste:
Rompa ya el alma esos grillos,
Y júntese a los caudillos
Que acá en la tierra seguiste.
Venciste, Ignacio, venciste,
Tu amor, tu amor ha triunfado.
Gloria a Ignacio, eterna gloria
Cante el mundo alborozado.
    
Recibe, pues, mil albricias
En esas mansiones santas
Donde triunfas, donde cantas
Ventura, amor y delicias,
Y el gozo y tiernas caricias
En que te inunda tu Amado.
Gloria a Ignacio, eterna gloria
Cante el mundo alborozado.
     
A Ignacio glorificado
Cante el Empíreo victoria:
Gloria a Ignacio, eterna gloria
Cante el mundo alborozado.
    
Antífona: Como un hombre prudente, que construyó su casa sobre la roca.
℣. Lo amó el Señor y lo adornó.
℟. Lo revistió con una estola gloriosa.
     
ORACIÓN
Oh Dios, que para la mayor gloria de vuestro Nombre, habéis dado por el bienaventurado Ignacio un nuevo socorro a vuestra Iglesia militante, haced que después de haber combatido en la tierra, siguiendo su ejemplo y bajo su protección, merezcamos ser coronados con él en el Cielo. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
    
DÍA SEGUNDO - 23 DE JULIO
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración inicial...
     
Jesús mío dulcísimo, que prometisteis a vuestros siervos tendrían en vuestra esperanza todos los tesoros del mundo y nada les faltaría de cuanto esperasen, confiados en vuestra liberalidad tan amorosa como infinita, ofrézcoos los merecimientos de mi glorioso Padre San Ignacio, y singularmente aquella firmísima esperanza que le sirvió de tesoro inagotable en su pobreza, de áncora segura en las tormentas de tantas persecuciones, y de una gloria anticipada entre los riesgos de esta miserable vida. Suplícoos, Padre amantísimo de mi alma, me concedáis una esperanza segura de salvarme, afianzada en las buenas obras hechas con vuestra gracia, y revestidas de vuestros méritos y promesas, y también de conseguir los bienes de esta vida, conducentes a mi eterna salvación y proporcionados a mi estado, y la gracia que os pido en esta Novena, si es para mayor gloria de Dios, honor del Santo y provecho de mi alma. Amén.
   
Rezar tres Padre nuestros, y tres Ave Marías. Las oraciones y gozos se rezarán todos los días
   
DÍA TERCERO - 24 DE JULIO
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración inicial...
   
Jesús mío dulcísimo, que tanto deseásteis el amor de vuestras criaturas, que nos intimásteis, como máximo y principal precepto, amar a nuestro Señor Dios con todo el corazón, con toda el alma, y con todas las fuerzas, ofrézcoos los merecimientos de mi Glorioso Padre San Ignacio, y singularmente aquel inflamadísimo amor, con el cual abrasado en un Serafín humano, respiraba solo llamas de amor divino, refiriendo todas sus obras, palabras y pensamientos a la mayor gloria de Dios, y deseando por premio de su amor, más y más amor, y posponiendo la certeza de su eterna felicidad a la gloria de servir a Dios. Suplícoos, Padre amantísimo de mi alma, me concedáis una centella de este fuego sagrado de mi Seráfico Padre San Ignacio, y la gracia que os pido en esta Novena, a mayor gloria de Dios, honor del Santo y provecho de mi alma. Amén.
      
Rezar tres Padre nuestros, y tres Ave Marías. Las oraciones y gozos se rezarán todos los días
    
DÍA CUARTO - 25 DE JULIO
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración inicial...
   
Jesús mío dulcísimo, que nos encomendasteis la caridad y amor a los prójimos como el distintivo y señal de vuestra escuela, diciendo que en esto se habían de conocer vuestros discípulos, ofrézcoos los merecimientos de mi glorioso Padre San Ignacio, y singularmente aquella ardentísima caridad con que deseaba encender en el fuego del divino amor a todos los hombres del mundo, y con que hizo y padeció tanto por su eterna salvación, y por asistirlos en todos sus trabajos. Suplícoos, Padre amantísimo de mi alma, me concedáis una caridad inflamada, con la cual a imitación de mi Padre San Ignacio, trabaje continuamente en el bien y salvación de mis prójimos con mis palabras y ejemplos, y con cuanto necesitaren de mi caritativa asistencia, y la gracia que os pido en esta Novena, a mayor gloria de Dios, honor del Santo, y bien de mi alma. Amén.
   
Rezar tres Padre nuestros, y tres Ave Marías. Las oraciones y gozos se rezarán todos los días
    
DÍA QUINTO - 26 DE JULIO
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración inicial...
   
Jesús mío dulcísimo, que nos encomendásteis la paciencia en los trabajos de esta vida como la senda de la perfección y el camino real de la Gloria, ofrézcoos los merecimientos de mi glorioso Padre San Ignacio, y singularmente los de aquella paciencia invicta con que sufrió desprecios, calumnias, cárceles y cadenas con un espíritu tan constante y alegre en los trabajos, que decía no tener el mundo tantos grillos y cadenas como deseaba padecer por Jesús. Suplícoos, Padre amantísimo de mi alma, fortalezcáis la fragilidad de mi espíritu, para que con invencible paciencia resista a los trabajos, penas y angustias de esta miserable vida, pobreza, dolores y afrentas, fabricando de ellas escala para subir a la Gloria, y la gracia que os pido en esta Novena, si es para mayor gloria de Dios, honor del Santo, y bien de mi alma. Amén.
   
Rezar tres Padre nuestros, y tres Ave Marías. Las oraciones y gozos se rezarán todos los días
    
DÍA SEXTO - 27 DE JULIO
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración inicial...
   
Jesús mío dulcísimo, que con el ejemplo y las palabras nos enseñásteis el contínuo ejercicio de la oración y a vivir con el cuerpo en la tierra, y en el Cielo con el espíritu, ofrézcoos los merecimientos de mi glorioso Padre San Ignacio, y singularmente los de aquella continua y perfectísima oración con que vivió entre los Ángeles mientras moraba entre los hombres, para conducirlos con sus trabajos y fatigas a la Patria bienaventurada. Suplícoos, Padre amantísimo de mi alma, que me concedáis el don de la oración perfecta en aquel grado que me conviene para mi salvación y para llevar a otros muchos a la Gloria, y la gracia que os pido en esta Novena, si es para mayor gloria de Dios, honor del Santo, y bien de mi alma. Amén.
   
Rezar tres Padre nuestros, y tres Ave Marías. Las oraciones y gozos se rezarán todos los días
     
DÍA SÉPTIMO - 28 DE JULIO
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración inicial...
      
Jesús mío dulcísimo, que con las austeridades de vuestra sacratísima vida, pasión y muerte procurasteis inspirarnos una vida austera, rígida, penitente y mortificada, ofrézcoos los merecimientos de mi glorioso Padre San Ignacio, y singularmente los de su espantosa penitencia, con la cual convirtió la gruta de Manresa en un abreviado mapa de los rigores de Egipto, Tebaida y Nitria, y venció todas sus pasiones, hasta reducirlas a ser instrumentos de la divina Gracia. Suplícoos, Padre amantísimo de mi alma, que me concedáis una mortificación interior y exterior tan perfecta, que sujete todas mis pasiones y apetitos a la gracia, y con austeridades y penitencias de la carne, mi cuerpo obedezca a las leyes de una castidad angélica, y la gracia que os pido en esta Novena, a mayor gloria de Dios, honor del Santo, y bien de mi alma. Amén.
   
Rezar tres Padre nuestros, y tres Ave Marías. Las oraciones y gozos se rezarán todos los días
     
DÍA OCTAVO - 29 DE JULIO
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración inicial...
   
Jesús mío dulcísimo, que desde el instante de vuestra Encarnación en el seno purísimo de vuestra Madre Virgen, obedecisteis hasta morir obediente en la Cruz, ofrézcoos los merecimientos de mi glorioso Padre San Ignacio, y singularmente los de su heroica obediencia, con que obedeció a todos sus superiores, especialmente al Sumo Pontífice de Roma, Vicario de Cristo en la tierra, consagrando toda su Religión, la Compañía de Jesús, con particular voto a la obediencia de la Santa Sede. Suplícoos, Padre amantísimo de mi alma, me concedáis una perfectísima obediencia a todos mis superiores, continuada todos los instantes de mi vida, y perfecta en los tres grados de obedecer: en cuanto a la ejecución, en cuanto a la voluntad y en cuanto al entendimiento; y la gracia que os pido en esta Novena, a mayor gloria de Dios, honor del Santo, y bien de mi alma. Amén.
   
Rezar tres Padre nuestros, y tres Ave Marías. Las oraciones y gozos se rezarán todos los días
     
DÍA NOVENO - 30 DE JULIO
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración inicial...
     
Jesús mío dulcísimo, que al morir nos mostrásteis el amor y deseo ardiente que teníais de que los hombres todos amasen, reverenciasen y sirviesen a vuestra Santísima Madre, encomendándola al discípulo amado, ofrézcoos los merecimientos de mi glorioso Padre San Ignacio, y singularmente los que atesoró con la cordialísima devoción que profesaba a María Santísima, a quien escogió por madre desde su conversión; y después esta Señora hizo oficios de madre amorosa en todas las empresas que para mayor gloria vuestra emprendió el Santo, iluminándole para que escribiese el libro admirable de los Ejercicios y el de las Constituciones y Reglas de la Compañía. Suplícoos, Padre amantísimo de mi alma, que me concedáis una sólida y cordial devoción para con María Santísima vuestra Madre, aquella que es señal cierta de predestinados; que yo sirva a esta Señora con los obsequios del más fiel y obediente hijo, y la gracia que os pido en esta Novena, a mayor gloria de Dios, honor del Santo y provecho de mi alma. Amén.
   
Rezar tres Padre nuestros, y tres Ave Marías. Las oraciones y gozos se rezarán todos los días

martes, 31 de julio de 2012

SAN IGNACIO DE LOYOLA, CONFESOR, FUNDADOR Y SOLDADO DE CRISTO

“Haced todo a gloria de Dios”. (1 Corintios 10, 31)

San Ignacio de Loyola
   
SAN IGNACIO nació probablemente, en 1491, en el castillo de Loyola en Azpeitia, población de Guipúzcoa, cerca de los Pirineos. Su padre, don Bertrán, era señor de Ofiaz y de Loyola, jefe de una de las familias más antiguas y nobles de la región. Y no era menos ilustre el linaje de su madre, Marina Sáenz de Licona y Balda. Iñigo (pues ése fue el nombre que recibió el santo en el bautismo) era el más joven de los ocho hijos y tres hijas de la noble pareja. Iñigo luchó contra los franceses en el norte de Castilla. Pero su breve carrera militar terminó abruptamente el 20 de mayo de 1521, cuando una bala de cañón le rompió la pierna durante la lucha en defensa del castillo de Pamplona. Después de que Iñigo fue herido, la guarnición española capituló.
   
Los franceses no abusaron de la victoria y enviaron al herido en una litera al castillo de Loyola (su hogar). Como los huesos de la pierna soldaron mal, los médicos consideraron necesario quebrarlos nuevamente. Iñigo se decidió a favor de la operación y la soportó estoicamente ya que anhelaba regresar a sus anteriores andanzas a todo costo.
   
Pero, como consecuencia, tuvo un fuerte ataque de fiebre con tales complicaciones que los médicos pensaron que el enfermo moriría antes del amanecer de la fiesta de San Pedro y San Pablo. Sin embargo empezó a mejorar, aunque la convalecencia duró varios meses. No obstante la operación de la rodilla rota presentaba todavía una deformidad. Iñigo insistió en que los cirujanos cortasen la protuberancia y, pese a éstos le advirtieron que la operación sería muy dolorosa, no quiso que le atasen ni le sostuviesen y soportó la despiadada carnicería sin una queja. Para evitar que la pierna derecha se acortase demasiado, Iñigo permaneció varios días con ella estirada mediante unas pesas. Con tales métodos, nada tiene de extraño que haya quedado cojo para el resto de su vida.
   
Con el objeto de distraerse durante la convalecencia, Iñigo pidió algunos libros de caballería (aventuras de caballeros en la guerra), a los que siempre había sido muy afecto. Pero lo único que se encontró en el castillo de Loyola fue una historia de Cristo y un volumen de vidas de santos. Iñigo los comenzó a leer para pasar el tiempo, pero poco a poco empezó a interesarse tanto que pasaba días enteros dedicado a la lectura. Y se decía:
Si esos hombres estaban hechos del mismo barro que yo, bien yo puedo hacer lo que ellos hicieron.
     
Inflamado por el fervor, se proponía ir en peregrinación a un santuario de Nuestra Señora y entrar como hermano lego a un convento de cartujos. Pero tales ideas eran intermitentes, pues su ansiedad de gloria y su amor por una dama, ocupaban todavía sus pensamientos. Sin embargo, cuando volvía a abrir el libro de la vida de los santos, comprendía la futilidad de la gloria mundana y presentía que sólo Dios podía satisfacer su corazón. Las fluctuaciones duraron algún tiempo. Ello permitió a Iñigo observar una diferencia: en tanto que los pensamientos que procedían de Dios le dejaban lleno de consuelo, paz y tranquilidad, los pensamientos vanos le procuraban cierto deleite, pero no le dejaban sino amargura y vacío. Finalmente, Iñigo resolvió imitar a los santos y empezó por hacer toda penitencia corporal posible y llorar sus pecados.
  
Aparición de Nuestra Señora a San Ignacio (Sebastián Ricci)
  
Una noche, se le apareció la Madre de Dios, rodeada de luz y llevando en los brazos a Su Hijo. La visión consoló profundamente a Ignacio. Al terminar la convalecencia, hizo una peregrinación al santuario de Nuestra Señora de Montserrat, donde determinó llevar vida de penitente. Su propósito era llegar a Tierra Santa y para ello debía embarcarse en Barcelona que está muy cerca de Montserrat. La ciudad se encontraba cerrada por miedo a la peste que azotaba la región. Así tuvo que esperar en el pueblecito de Manresa, no lejos de Barcelona y a tres leguas de Montserrat. El Señor tenía otros designios más urgentes para Ignacio en ese momento de su vida. Lo quería llevar a la profundidad de la entrega en oración y total pobreza. Se hospedó ahí, unas veces en el convento de los dominicos y otras en un hospicio de pobres. Para orar y hacer penitencia, se retiraba a una cueva de los alrededores. Así vivió durante casi un año.
  
Cueva de Manresa, donde San Ignacio hizo penitencia durante un año (allí nacieron los Ejercicios Espirituales)
     
A fin de imitar a Cristo nuestro Señor y asemejarme a El, de verdad, cada vez más; quiero y escojo la pobreza con Cristo, pobre más que la riqueza; las humillaciones con Cristo humillado, más que los honores, y prefiero ser tenido por idiota y loco por Cristo, el primero que ha pasado por tal, antes que como sabio y prudente en este mundo. Se decidió a escoger el Camino de Dios, en vez del camino del mundo... hasta lograr alcanzar su santidad.
   
A las consolaciones de los primeros tiempos sucedió un período de aridez espiritual; ni la oración, ni la penitencia conseguían ahuyentar la sensación de vacío que encontraba en los sacramentos y la tristeza que le abrumaba. A ello se añadía una violenta tempestad de escrúpulos que le hacían creer que todo era pecado y le llevaron al borde de la desesperación. En esa época, Ignacio empezó a anotar algunas experiencias que iban a servirle para el libro de los Ejercicios Espirituales. Finalmente, el santo salió de aquella noche oscura y el más profundo gozo espiritual sucedió a la tristeza. Aquella experiencia dio a Ignacio una habilidad singular para ayudar a los escrupulosos y un gran discernimiento en materia de dirección espiritual. Más tarde, confesó al P. Diego Laínez que, en una hora de oración en Manresa, había aprendido más de lo que pudiesen haberle enseñado todos los maestros en las universidades. Sin embargo, al principio de su conversión, Ignacio estaba tan sugestionado por la mentalidad del mundo que, al oír a un moro blasfemar de la Santísima Virgen, se preguntó si su deber de caballero cristiano no consistía en dar muerte al blasfemo, y sólo la intervención de la Providencia le libró de cometer ese crimen.
   
En febrero de 1523, Ignacio por fin partió en peregrinación a Tierra Santa. Pidió limosna en el camino, se embarcó en Barcelona, pasó la Pascua en Roma, tomó otra nave en Venecia con rumbo a Chipre y de ahí se trasladó a Jaffa. Del puerto, a lomo de mula, se dirigió a Jerusalén, donde tenía el firme propósito de establecerse. Pero, al fin de su peregrinación por los Santos Lugares, el franciscano encargado de guardarlos le ordenó que abandonase Palestina, temeroso de que los mahometanos, enfurecidos por el proselitismo de Ignacio, le raptasen y pidiesen rescate por él. Por lo tanto, el joven renunció a su proyecto y obedeció, aunque no tenía la menor idea de lo que iba a hacer al regresar a Europa. Otra vez, la Divina Providencia tenía designios para esta alma tan generosa.
     
En 1524, llegó de nuevo a España, donde se dedicó a estudiar, pues pensaba que eso le serviría para ayudar a las almas. Una piadosa dama de Barcelona, llamada Isabel Roser, le asistió mientras estudiaba la gramática latina en la escuela. Ignacio tenía entonces treinta y tres años, y no es difícil imaginar lo penoso que debe ser estudiar la gramática a esa edad. Al principio, Ignacio estaba tan absorto en Dios, que olvidaba todo lo demás; así, la conjugación del verbo latino amáre se convertía en un simple pretexto para pensar: Amo a Dios. Dios me ama. Sin embargo, el santo hizo ciertos progresos en el estudio, aunque seguía practicando las austeridades y dedicándose a la contemplación y soportaba con paciencia y buen humor las burlas de sus compañeros de escuela, que eran mucho más jóvenes que él.
    
Al cabo de dos años de estudios en Barcelona, pasó a la Universidad de Alcalá a estudiar lógica, física y teología; pero la multiplicidad de materias no hizo más que confundirle, a pesar de que estudiaba noche y día. Se alojaba en un hospicio, vivía de limosna y vestía un áspero hábito gris. Además de estudiar, instruía a los niños, organizaba reuniones de personas espirituales en el hospicio y convertía a numerosos pecadores con sus reprensiones llenas de mansedumbre.
    
Había en España muchas desviaciones de la devoción. Como Ignacio carecía de los estudios y la autoridad para enseñar, fue acusado ante el vicario general del obispo, quien le tuvo prisionero durante cuarenta y dos días, hasta que, finalmente, absolvió de toda culpa a Ignacio y sus compañeros, pero les prohibió llevar un hábito particular y enseñar durante los tres años siguientes. Ignacio se trasladó entonces con sus compañeros a Salamanca. Pero pronto fue nuevamente acusado de introducir doctrinas peligrosas. Después de tres semanas de prisión, los inquisidores le declararon inocente. Ignacio consideraba la prisión, los sufrimientos y la ignominia como pruebas que Dios le mandaba para purificarle y santificarle. Cuando recuperó la libertad, resolvió abandonar España. En pleno invierno, hizo el viaje a París, a donde llegó en febrero de 1528.
    
Los dos primeros años los dedicó a perfeccionarse en el latín, por su cuenta. Durante el verano iba a Flandes y aun a Inglaterra a pedir limosna a los comerciantes españoles establecidos en esas regiones. Con esa ayuda y la de sus amigos de Barcelona, podía estudiar durante el año. Pasó tres años y medio en el Colegio de Santa Bárbara, dedicado a la filosofía. Ahí indujo a muchos de sus compañeros a consagrar los domingos y días de fiesta a la oración y a practicar con mayor fervor la vida cristiana. Pero el maestro Peña juzgó que con aquellas prédicas impedía a sus compañeros estudiar y predispuso contra Ignacio al doctor Guvea, rector del colegio, quien condenó a Ignacio a ser azotado para desprestigiarle entre sus compañeros. Ignacio no temía al sufrimiento ni a la humillación, pero, con la idea de que el ignominioso castigo podía apartar del camino del bien a aquéllos a quienes había ganado, fue a ver al rector y le expuso modestamente las razones de su conducta. Guvea no respondió, pero tomó a Ignacio por la mano, le condujo al salón en que se hallaban reunidos todos los alumnos y le pidió públicamente perdón por haber prestado oídos, con ligereza, a los falsos rumores. En 1534, a los cuarenta y tres años de edad, Ignacio obtuvo el título de maestro en artes de la Universidad de París.
    
Las palabras fervorosas de Ignacio, llenas del Espíritu Santo, abrió los corazones de algunos compañeros. Por aquella época, se unieron a Ignacio otros seis estudiantes de teología: Pedro Fabro, que era sacerdote de Saboya; Francisco Javier, un navarro; Diego Laínez y Alfonso Salmerón, que brillaban mucho en los estudios; Simón Rodríguez, originario de Portugal y Nicolás Bobadilla. Movidos por las exhortaciones de Ignacio, aquellos fervorosos estudiantes hicieron voto de pobreza, de castidad y de ir a predicar el Evangelio en Palestina, o, si esto último resultaba imposible, de ofrecerse al Papa para que los emplease en el servicio de Dios como mejor lo juzgase. La ceremonia tuvo lugar en una capilla de Montmartre, donde todos recibieron la comunión de manos de Pedro Fabro, quien acababa de ordenarse sacerdote. Era el día de la Asunción de la Virgen de 1534.
 
Profesión de votos de San Ignacio y los siete primeros jesuitas
   
Ignacio mantuvo entre sus compañeros el fervor, mediante frecuentes conversaciones espirituales y la adopción de una sencilla regla de vida. Poco después, hubo de interrumpir sus estudios de teología, pues el médico le ordenó que fuese a tomar un poco los aires natales, ya que su salud dejaba mucho que desear. Ignacio partió de París, en la primavera de 1535. Su familia le recibió con gran gozo, pero el santo se negó a habitar en el castillo de Loyola y se hospedó en una pobre casa de Azpeitia.
  
Dos años más tarde, se reunió con sus compañeros en Venecia. Pero la guerra entre venecianos y turcos les impidió embarcarse hacia Palestina. Los compañeros de Ignacio, que eran ya diez, se trasladaron a Roma; Pablo III los recibió muy bien y concedió a los que todavía no eran sacerdotes el privilegio de recibir las órdenes sagradas de manos de cualquier obispo. Después de la ordenación, se retiraron a una casa de las cercanías de Venecia a fin de prepararse para los ministerios apostólicos. Los nuevos sacerdotes celebraron la primera misa entre septiembre y octubre, excepto Ignacio, quien la difirió más de un año con el objeto de prepararse mejor para ella. Como no había ninguna probabilidad de que pudiesen trasladarse a Tierra Santa, quedó decidido finalmente que Ignacio, Fabro y Laínez irían a Roma a ofrecer sus servicios al Papa. También resolvieron que, si alguien les preguntaba el nombre de su asociación, responderían que pertenecían a la Compañía de Jesús (San Ignacio no empleó nunca el nombre de “jesuita. Este nombre comenzó como un apodo), porque estaban decididos a luchar contra el vicio y el error bajo el estandarte de Cristo. Durante el viaje a Roma, mientras oraba en la capilla de “La Storta, el Señor se apareció a Ignacio, rodeado por un halo de luz inefable, pero cargado con una pesada cruz. Cristo le dijo: Ego vobis Romæ propítius ero (Os seré propicio en Roma).
 
Aparición en La Storta
   
Pablo III nombró al padre Fabro profesor en la Universidad de la Sapienza y confió a Laínez el cargo de explicar la Sagrada Escritura. Por su parte, Ignacio se dedicó a predicar los Ejercicios y a catequizar al pueblo. El resto de sus compañeros trabajaba en forma semejante, a pesar de que ninguno de ellos dominaba todavía el italiano.
   
Aprobación de Pablo III a los estatutos de la Compañía de Jesús

Ignacio y sus compañeros decidieron formar una congregación religiosa para perpetuar su obra. A los votos de pobreza y castidad debía añadirse el de obediencia para imitar más de cerca al Hijo de Dios, que se hizo obediente hasta la muerte. Además, había que nombrar a un superior general a quien todos obedecerían, el cual ejercería el cargo de por vida y con autoridad absoluta, sujeto en todo a la Santa Sede. A los tres votos arriba mencionados, se agregaría el de ir a trabajar por el bien de las almas adondequiera que el Papa lo ordenase. La obligación de cantar en común el oficio divino no existiría en la nueva orden, “para que eso no distraiga de las obras de caridad a la que nos hemos consagrado. No por eso descuidaban la oración que debía tomar al menos una hora diaria.
  
La primera de las obras de caridad consistiría en enseñar a los niños y a todos los hombres los mandamientos de Dios. La comisión de cardenales que el Papa nombró para estudiar el asunto se mostró adversa al principio, con la idea de que ya había en la Iglesia bastantes órdenes religiosas, pero un año más tarde, cambió de opinión, y Pablo III aprobó la Compañía de Jesús por una bula emitida el 27 de septiembre de 1540. Ignacio fue elegido primer general de la nueva orden y su confesor le impuso, por obediencia, que aceptase el cargo. Empezó a ejercerlo el día de Pascua de 1541 y, algunos días más tarde, todos los miembros hicieron los votos en la basílica de San Pablo Extramuros.
    
Ignacio pasó el resto de su vida en Roma, consagrado a la colosal tarea de dirigir la orden que había fundado. Entre otras cosas, fundó una casa para alojar a los neófitos judíos durante el período de la catequesis y otra casa para mujeres arrepentidas. En cierta ocasión, alguien le hizo notar que la conversión de tales pecadoras rara vez es sincera, a lo que Ignacio respondió: Estaría yo dispuesto a sufrir cualquier cosa por el gozo de evitar un solo pecado. Rodríguez y Francisco Javier habían partido a Portugal en 1540. Con la ayuda del rey Juan III, Javier se trasladó a la India, donde empezó a ganar un nuevo mundo para Cristo. Los padres Luis Gonçalves y Juan Nuñez Barreto fueron enviados a Marruecos a instruir y asistir a los esclavos cristianos. Otros cuatro misioneros partieron al Congo; algunos más fueron a Etiopía y a las colonias portuguesas de América del Sur.
  
El Papa Pablo III nombró como teólogos suyos, en el Concilio de Trento, a los padres Laínez y Salmerón. Antes de su partida, San Ignacio les ordenó que visitasen a los enfermos y a los pobres y que, en las disputas se mostrasen modestos y humildes y se abstuviesen de desplegar presuntuosamente su ciencia y de discutir demasiado. Pero, sin duda que entre los primeros discípulos de Ignacio el que llegó a ser más famoso en Europa, por su saber y virtud, fue San Pedro Canisio, a quien la Iglesia venera actualmente como Doctor. En 1550, San Francisco de Borja regaló una suma considerable para la construcción del Colegio Romano. San Ignacio hizo de aquel colegio el modelo de todos los otros de su orden y se preocupó por darle los mejores maestros y facilitar lo más posible el progreso de la ciencia. El santo dirigió también la fundación del Colegio Germánico de Roma, en el que se preparaban los sacerdotes que iban a trabajar en los países invadidos por el protestantismo. En vida del santo se fundaron universidades, seminarios y colegios en diversas naciones. Puede decirse que San Ignacio echó los fundamentos de la obra educativa que había de distinguir a la Compañía de Jesús y que tanto iba a desarrollarse con el tiempo.
     
En 1542, desembarcaron en Irlanda los dos primeros misioneros jesuitas, pero el intento fracasó. Ignacio ordenó que se hiciesen oraciones por la conversión de Inglaterra, y entre los mártires de Gran Bretaña se cuentan veintinueve jesuitas. La actividad de la Compañía de Jesús en Inglaterra es un buen ejemplo del importantísimo papel que desempeñó en la contrarreforma. Ese movimiento tenía el doble fin de dar nuevo vigor a la vida de la Iglesia y de oponerse al protestantismo. La Compañía de Jesús era exactamente lo que se necesitaba en el siglo XVI para contrarrestar la Reforma. La revolución y el desorden eran las características de la Reforma. La Compañía de Jesús tenía por características la obediencia y la más sólida cohesión. Se puede afirmar, sin pecar contra la verdad histórica, que los jesuitas atacaron, rechazaron y derrotaron la revolución de Lutero y, con su predicación y dirección espiritual, reconquistaron a las almas, porque predicaban sólo a Cristo y a Cristo crucificado. Tal era el mensaje de la Compañía de Jesús, y con él, mereció y obtuvo la confianza y la obediencia de las almas (cardenal Enrique Manning). A este propósito citaremos las, instrucciones que San Ignacio dio a los padres que iban a fundar un colegio en Ingolstadt (Alemania), acerca de sus relaciones con los protestantes: Tened gran cuidado en predicar la verdad de tal modo que, si acaso hay entre los oyentes un hereje, le sirva de ejemplo de caridad y moderación cristianas. No uséis de palabras duras ni mostréis desprecio por sus errores. El santo escribió en el mismo tono a los padres Pascasio Broet y Salmerón cuando se aprestaban a partir para Irlanda.
    
Una de las obras más famosas y fecundas de Ignacio fue el libro de los Los Ejercicios Espirituales. Es la obra maestra de la ciencia del discernimiento. Empezó a escribirlo en Manresa y lo publicó por primera vez en Roma, en 1548, con la aprobación del Papa. Los Ejercicios cuadran perfectamente con la tradición de santidad de la Iglesia. Desde los primeros tiempos, hubo cristianos que se retiraron del mundo para servir a Dios, y la práctica de la meditación es tan antigua como la Iglesia. Lo nuevo en el libro de San Ignacio es el orden y el sistema de las meditaciones. Si bien las principales reglas y consejos que da el santo se hallan diseminados en las obras de los Padres de la Iglesia, San Ignacio tuvo el mérito de ordenarlos metódicamente y de formularlos con perfecta claridad.
  

Portada de la primera edición de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola (Año 1548)
   
La prudencia y caridad del gobierno de San Ignacio le ganó el corazón de sus súbditos. Era con ellos afectuoso como un padre, especialmente con los enfermos, a los que se encargaba de asistir personalmente procurándoles el mayor bienestar material y espiritual posible. Aunque San Ignacio era superior, sabía escuchar con mansedumbre a sus subordinados, sin perder por ello nada de su autoridad. En las cosas en que no veía claro se atenía humildemente al juicio de otros. Era gran enemigo del empleo de los superlativos y de las afirmaciones demasiado categóricas en la conversación. Sabía sobrellevar con alegría las críticas, pero también sabía reprender a sus súbditos cuando veía que lo necesitaban. En particular, reprendía a aquéllos a quienes el estudio volvía orgullosos o tibios en el servicio de Dios, pero fomentaba, por otra parte, el estudio y deseaba que los profesores, predicadores y misioneros, fuesen hombres de gran ciencia. La corona de las virtudes de San Ignacio era su gran amor a Dios. Con frecuencia repetía estas palabras, que son el lema de su orden: A la Mayor Gloria de Dio. A ese fin refería el santo todas sus acciones y toda la actividad de la Compañía de Jesús. También decía frecuentemente: Señor, ¿qué puedo desear fuera de Ti?”. Quien ama verdaderamente no está nunca ocioso. San Ignacio ponía su felicidad en trabajar por Dios y sufrir por su causa. Tal vez se ha exagerado algunas veces el “espíritu militar de Ignacio y de la Compañía de Jesús y se ha olvidado la simpatía y el don de amistad del santo por admirar su energía y espíritu de empresa.
  
Durante los quince años que duró el gobierno de San Ignacio, la orden aumentó de diez a mil miembros y se extendió en nueve países europeos, en la India y el Brasil. Como en esos quince años el santo había estado enfermo quince veces, nadie se alarmó cuando enfermó una vez más. Murió súbitamente el 31 de julio de 1556, sin haber tenido siquiera tiempo de recibir los últimos sacramentos.
   
Fue canonizado en 1622, y Pío XI le proclamó patrono de los ejercicios espirituales y retiros.
   
Adaptado del trabajo de Alban Butler et al, edición en español de R.P. Wilfredo Guinea. La Vida de los Santos de Butler, vol. 3. (Chicago USA: Rand McNally, 1965) pg.222-228.

MEDITACIÓN SOBRE LA VIDA DE SAN IGNACIO
   
I. San Ignacio, en la soledad de Manresa, había trazado el plano del edificio espiritual que debía edificar durante toda su vida. Su libro de los Ejercicios espirituales es un resumen de lo que debe hacerse y de lo que él mismo hizo para llegar a la perfección. Comenzó por llorar sus pecados y expiarlos mediante ruda penitencia. Es el primer paso: lavar nuestros pecados con lágrimas. Así procedieron todos los santos; ¿los imitamos nosotros? Aunque no hubiésemos cometido sino un solo pecado mortal, seria suficiente para llorar hasta la muerte.
   
II. El segundo paso hacia la perfección, dice San Ignacio, es la imitación de Jesús que obra y sufre para la gloria de Dios y la salvación de los hombres. San Ignacio ha seguido paso a paso a este Modelo de los predestinados: después de su conversión llevó primero una vida escondida como Él; después se consagró por entero a la salvación del prójimo, sufriendo a causa de esto injurias, calumnias y prisión. ¿Cómo imitamos nosotros la vida oculta de Jesús, sus trabajos y sus sufrimientos? Sigamos la divisa de San Ignacio: Todo para la mayor gloria de Dios.
  
III. El tercer paso hacia la perfección, que tan alto elevó la santidad de San Ignacio, es la unión perfecta con Dios. Para llegar a ella, hay que desasirse del temor de todo lo que no sea Dios, y darse enteramente a Él. Tenemos amor para las cosas de este mundo, y no lo tenemos para Dios. ¡Todo amamos, todo buscamos, sólo Dios nada vale ante nuestros ojos! (Salviano).
   
El celo por la gloria de Dios. Orad por las órdenes religiosas.
  
ORACIÓN
Oh Dios, que, para la mayor gloria de vuestro Nombre, habéis dado por el bienaventurado Ignacio un nuevo socorro a vuestra Iglesia militante, haced, que después de haber combatido en la tierra, siguiendo su ejemplo y bajo su protección, merezcamos ser coronados con él en el cielo. Por J. C. N. S. Amén.