lunes, 3 de septiembre de 2018

PENSAMIENTO CATÓLICO O LA OPINIÓN PÚBLICA

Reflexión tomada de CATÓLICOS ALERTA. El artículo es antiguo, pero su esencia y vigencia todavía permanece en nuestros días, en los que el bombardeo opinionístico liberal-modernista en prensa, radio, televisión, redes sociales y plazas públicas es incesante ad náuseam.
 
PENSAMIENTO CATÓLICO O LA OPINIÓN PÚBLICA
  
La historia de la filosofía antigua nos enseña que en la antecámara a la etapa de decadencia del siglo de oro de la cultura griega, aparecieron en escena los filósofos conocidos como sofistas, que colocaban al servicio del mejor postor, muchos de ellos políticos, su pensamiento y su oratoria. Vanagloriándose algunos de ellos de tener la capacidad de convencer y entusiasmar al auditorio, en el mismo día, sobre partidos rivales e ideas opuestas. Era natural que la estructura del pensamiento filosófico de algunos de ellos se volviera sincretista, mezclando la verdad y el error al servicio de un fin determinado; que la moral decayera en pragmatismo, obrando no según los sanos principios morales sino según dictara la conveniencia; y que las conciencias terminaran escépticas, incrédulas a todo razonamiento ante la duda completa de llegar a conocer la verdad. Allí escucharía por primera vez el mundo la frase ilógica y por todas partes repetida el día de hoy: “tu verdad, mi verdad”, aún tratando de principios opuestos. O bien, aquella otra: “nadie es dueño de la verdad”; descartando la capacidad que tenemos de conocerla.
 
Salvando las diferencias, pareciera que estuviéramos describiendo, no el siglo IV A.C. sino nuestro tiempo, en el que no se recurre como los antiguos al areópago para escuchar y aprehender de los filósofos sofistas los principios del comportamiento, sino que se enciende la radio, la televisión o se abre el diario, para saber qué es lo que debemos pensar, decir y hacer. Nuestras convicciones, nuestras bases, nuestros principios, nuestra raigambre, nuestras creencias, se agitan en un vaivén intempestivo, flotan a la deriva esperando ser empujados del puerto seguro a un lugar incierto, para nosotros desconocido pero no para quien domina y manda en los medios de la opinión pública.
  
Analicemos un poco lo que sucede en el país en el que vivimos, en su mayoría compuesto por católicos. ¿Se vive como católico? ¿se sigue pensando como católico, y en consecuencia, se habla como católico? Lo que vemos y oímos nos dice claramente que no. Podemos preguntarnos entonces, ¿qué es lo que sucede?
  
Veamos algunos casos en particular: Tras la muerte de Juan Pablo II, una vez que la prensa agotó al máximo la historia y costumbres de los funerales en el Vaticano, se lanzó con furia al próximo tema candente, el cónclave; no se hicieron esperar las listas, preparadas para este gran momento, ¿quién sería el sucesor? Negro, blanco, italiano, alemán, europeo o latinoamericano, se jugaban listas y todos los gustos tenían su candidato, pero un mensaje en el fondo de todas ellas quedaba en claro: la opinión pública, o lo que es lo mismo, la opinión de la prensa, reclamaba: “debe ser un papa más liberal”. Y tras el principio, declaraba el programa: “tendrá que tocar y renovar sobre estos temas: aborto, homosexualidad, celibato, sacerdocio femenino, relación con otras religiones...”.
  
Es curioso encontrar, después de toda esta propaganda, a nuestros fieles católicos de buenas intenciones, repitiendo lo que aquí había quedado grabado: “sí, tiene que ser un papa liberal”, pensando que este término significaba ser solamente más espléndido en las ayudas y limosnas a los pobres. Pero era con otro significado con que creció el coro de “la opinión pública”.
 
Pero, ¿por qué, preguntará alguno, comenzó comparando esta época a la de los sofistas antiguos? Veamos: Si todo fuera “jugar con el de enfrente” y tener a nuestros guías, maestros y centinelas firmes a nuestro lado, no preocuparía, pero hay que lamentarse de que no es así. Pues además de escuchar al habitual degenerado decir por la radio: “ojo, yo soy católico y respeto mi religión, pero no estoy de acuerdo con que se prohíba...”, todavía hay que escuchar, como en días pasados, a un arzobispo brasileño (Cláudio Aury Affonso Hummes Frank OFM), que nos venga a decir: “no se pueden dar respuestas viejas a preguntas nuevas”. O bien, al típico cura de campo, que gasta lo poco que recuerda de teología para pedir, como hace pocos días sucedió en un pequeño diario de pueblo: “no imponer posturas que ya nos son conocidas de antemano...”; “debatir el modelo de Iglesia que queremos y el modelo de obispos y sacerdotes que éste supone, hay que replantearse la estructura y misión de la Vida Consagrada...”; “para buscar nuevas respuestas a los temas que aún están sin respuestas...”.
  
¿Cómo?, aquéllas “respuestas viejas”, o aquellas “posturas conocidas de antemano”, ¡¿no sirven el día de hoy?! Aquello que fuera la verdad legada, enseñada y estructurada por Jesucristo, ¿hoy ha dejado de ser verdad, de manera que debamos debatir “qué modelo queremos de Iglesia, como sus obispos y sacerdotes, cual es la misión de sus religiosos” y buscar en un NO SÉ DONDE, pues Jesucristo ya no tiene una Verdad ni cierta ni duradera, “para poder dar respuestas nuevas a los temas que aún están sin respuestas”?
   
Parece no coincidir el pensamiento de estos “buenos señores” con la verdad enseñada por Jesucristo y su pensamiento transmitido, a través de todos los tiempos, por Su Iglesia.
 
Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”.
  
La doctrina de la fe que Dios ha revelado, no ha sido propuesta como hallazgo filosófico que deba ser perfeccionado por los ingenios humanos, sino entregada a la Esposa de Cristo como un depósito divino, para ser fielmente guardada e infaliblemente declarada” (SS Pío IX; Conc. Vat. I, De la Fe y de la razón).
  
Así entonces, la opinión pública, que no es la opinión del católico de buena conciencia, también hoy tiene a sus sofistas, entregados al mejor postor. Podríamos repetirles lo que decía el Apóstol Santiago en su carta: “¿No sabéis que la amistad con el mundo es enemistad contra Dios? Quien pues, quiere ser amigo de este siglo [quedar bien con la opinión pública] se constituye enemigo de Dios” (Epíst. Sant. IV, 4).
  
Quiera Dios pues que veamos los acontecimientos de la vida a la luz de los principios de nuestra Fe, que no cambian. Y que sepamos distinguir la paja del trigo para saber defendernos del canto de la sirena.
 
Bien dijo la Verdad Eterna, Jesucristo: “Guardaos de los falsos profetas que vienen a vosotros disfrazados con pieles de ovejas, mas por dentro son lobos rapaces” (Mt. 7,15). “Mi paz os dejo, mi paz os doy... No como el mundo la da” (Jn. 14,27).

P. PEDRO HUGO ESQUIVES SJM. Revista “Integrismo”, Año I, Nº 5 (Mayo de 2005), págs. 59-60.

ENCÍCLICA «Jucúnda Sane», SOBRE SAN GREGORIO MAGNO Y LA RESPONSABILIDAD DE QUIENES GOBIERNAN LA IGLESIA

En estos tiempos actuales, en los cuales vemos que no hay autoridad visible en la Iglesia por la Sede Vacante, y que los usurpadores de la deuterovaticanidad han demostrado ser malos estadistas y pésimos pastores (en realidad ni eso), siendo que la autoridad que se arroga el usurpador actual está en franco tambaleo por sus encubrimientos y la falta de la fe Católica, conviene recordar las palabras que San Pío X redactara en su Encíclica «Jucúnda Sane» sobre el heroico ejemplo de San Gregorio Magno, quien no sólo levantó a una Roma postrada tras la caída del Imperio, sino que dirigió la Iglesia con sabiduría y celo de Dios por las almas.
  
A este ejemplo de San Gregorio Magno, el Papa San Pío X resuelve imitar durante su pontificado, y exhorta a los obispos y sacerdotes para que en su ministerio se comprometan a restaurar en Cristo todas las cosas, llevando una vida piadosa y predicando la sana doctrina, condenando los errores modernos que estaban entonces comenzando a calar en materia bíblica e histórica.
 
ENCÍCLICA «Jucúnda Sane», SOBRE SAN GREGORIO MAGNO Y LA RESPONSABILIDAD DE QUIENES GOBIERNAN LA IGLESIA
  
Papa San Pío X
  
A nuestros Veneables hermanos, los Patriarcas, Primados. Arzobispos, Obispos y demás ordinarios en paz y comunión con la Sede Apostólica.
  
Venerables hermanos: Salud y Bendición Apostólica.
  
HUELLA DE SAN GREGORIO EL GRANDE
Nos viene a la memoria, Venerables Hermanos, el gozoso recuerdo de aquel grande e incomparable varón [1], el Pontífice Gregorio, primero que utilizó ese nombre, del que vamos a celebrar el décimo tercer centenario de su muerte. No sin una especial providencia de Dios, que «da la muerte y la vida..., que humilla y ensalza» [2], hemos de volver los ojos a este santo e ilustre predecesor, ornato y gala de la Iglesia, para que, también vosotros, Venerables Hermanos, llamados a participar en Nuestro apostolado, y todos los fieles que nos han sido encomendados, saquemos adelante cumplidamente nuestra misión, a pesar de las innumerables preocupaciones de Nuestro ministerio apostólico, en medio de tantas y tan profundas ansiedades en que hemos de gobernar la Iglesia universal y de las inquietudes que nos agobian. El ánimo ciertamente se eleva para tener confianza en su poderosa intercesión ante Dios, y es un gozo recordar todo lo que dispuso con sublime magisterio y lo que tan santamente realizó. Porque si con su firme gobierno y con la fecundidad de sus virtudes dejó en la Iglesia una huella tan amplia, tan profunda, tan clara que mereció ser llamado el Grande por sus contemporáneos y por la posteridad -y aún hoy, a pesar del tiempo transcurrido, es actual la alabanza escrita en su sepulcro: «vivió siempre lleno de bondades» [3]-, no podemos menos que seguir su admirabIe ejemplo y, con la ayuda de Dios y a pesar de la fragilidad humana, cumplir con nuestros deberes.
  
ASÍ ESTABAN LAS COSAS CUANDO LLEGÓ AL PONTIFICADO
Apenas es necesario recordar lo que ya es conocido por los datos de la historia. Cuando Gregorio asumió el supremo pontificado, era grande la perturbación de la sociedad; casi extinguida la vieja cultura, el imperio romano decaía dominado e invadido por toda suerte de barbarie. Italia, abandonada por los emperadores de Bizancio, era presa de los Longobardos que, sin asentarse, devastaban todo a hierro y a fuego en sus correrías, dejando todo sumido en luto y muerte. La misma Roma, asediada exteriormente por los enemigos, y afligida desde dentro por la peste, las inundaciones y el hambre, había llegado a tal extremo de miseria, que parecía no tener medio de salvar a sus habitantes ni a los que se refugiaban en ella. Hombres de toda clase y condición, obispos, sacerdotes que llevaban consigo los vasos sagrados para librarlos del pillaje, los religiosos y las esposas sin mancilla de Cristo: todos huían de la espada enemiga o de la inicua violencia de gente impía. El mismo Gregorio nos describe la Iglesia de Roma [4]: «una vieja nave, deshecha por la violencia... que hace agua por todas partes rota a diario por los embates de la tempestad y cuyas tablas carcomidas anuncian el naufragio». Sin embargo, Dios envió para salvarla el piloto que hacía falta, y éste, empuñando el timón, llevarla a puerto entre aquel oleaje proceloso, guardándola de futuras tormentas.
  
LO QUE HIZO EN TRECE AÑOS
Es de admirar todo lo que hizo en poco más de trece años de pontificado. Sobresalió en la restauración de la vida cristiana en general: reanimó la piedad de los fieles, la observancia de los religiosos; la disciplina del clero y el celo pastoral de los sagrados obispos. Fue como un prudentísimo padre en Cristo [5], custodio del patrimonio eclesiástico, que atendió liberalmente y con abundancia las necesidades del pueblo, de la sociedad cristiana y de cada iglesia en particular. Como verdadero enviado de Dios [6], llevó sus energías de organizador más allá de los límites de Roma, y se empleó en el bien de toda la sociedad. Hizo frente a las injustas exigencias de los emperadores de Bizancio, puso límite a la insolencia de los exarcas y funcionarios imperiales, y, como paladín de la justicia social, frenó su execrable avaricia. Aplacó la ferocidad de los Longobardos, no temiendo salir a las mismas puertas de Roma para enfrentarse con Agilulfo, lo mismo que León Magno hiciera con Atila; no desistió en su empeño y ruegos amables hasta ver a aquellas temibles gentes finalmente pacificadas y organizadas con un gobierno y convertidas a la fe católica, cosa que consiguió con la ayuda de la piadosa reina Teodolinda, hija suya en Cristo. Por eso, se le aplica justamente el calificativo de defensor y libertador de Italia, tierra a la que él llama cariñosamente suya [7]. Gracias a sus inagotables atenciones pastorales, acabó con los errores que subsistían en Italia y África organizando la Iglesia en Francia, e impulsó la reciente conversión de los visigodos en España. También convirtió a la verdadera fe de Cristo al noble pueblo británico, que en los remotos confines del mundo, permanece todavía infiel, adorando ídolos de madera y piedra [8], Al enterarse de tan preciosa adquisición, Gregorio tuvo un gozo similar al del padre que abraza a su hijo queridísimo, ofreciéndoselo a Jesús Salvador, por cuyo amor -como él mismo dijo- «nos encontramos en Bretaña con unos hermanos a quienes no conocíamos; por cuya mediación encontramos a quienes, sin saberlo buscábamos» [9], Esas gentes estaban tan agradecidos al santo Pontífice, que le llamaban nuestro maestro, nuestro Apóstol, nuestro Papa, nuestro Gregorio, como si fuese el resello de su apostolado. En fin, fue tanto lo que hizo, que el recuerdo de sus hechos se grabó profundamente en las generaciones posteriores, sobre todo en la Edad Media, hasta el punto de poder decirse que su espíritu las informaba, sus palabras eran como el alimento espiritual, y procuraban imitar su vida y sus costumbres; felizmente, una sociedad inspirada en el cristianismo sustituía a la romana que, con el transcurso del tiempo, había dejado de existir.
   
SU VISIÓN SOBRENATURAL Y SU HUMILDAD
¡Este cambio es obra de la diestra del Altísimo! Y es justo afirmar que Gregorio tuvo el firme convencimiento de que era la mano de Dios la que había hecho aquello. Con las siguientes palabras sobre la conversión de Bretaña -que pueden aplicarse a todo cuanto hizo durante su ministerio apostólico-, se dirige al santo monje Agustín: «¿De quién es obra esto, sino del que dijo: mi Padre sigue actuando, y yo también actúo?» [10]. Para demostrar que la conversión del mundo no se debe a la sabiduría humana, sino a Su poder, eligió como predicadores a los ignorantes, enviándolos al mundo; lo mismo ha ocurrido con el pueblo inglés, porque se ha dignado hacer cosas grandes por medio de los débiles [11]. No se Nos oculta todo lo que el Santo Pontífice, lleno de humildad, no quería atribuirse: su pericia para resolver los asuntos, su habilidad para llevar a feliz término lo que había empezado; su admirable prudencia en las decisiones, su diligente vigilancia y su constante celo. Y también es evidente que no apeteció la fuerza y el poder, como los reyes de este mundo, quien -ocupando la más encumbrada dignidad pontificia-, quiso ser el primero en llamarse «Siervo de los siervos de Dios»; no sacó adelante su carga sólo con ciencia humana o con persuasivas palabras de humana sabiduría [12]; su prudencia no se apoyó en puntos de vista mundanos; tampoco se dedicó a estudiar con prolongado detenimiento los medios de mejorar la sociedad, para ponerlos luego en práctica; finalmente, es admirable que todo eso no respondió aun plan preconcebido que él se hubiese propuesto desarrollar paulatinamente en su ministerio apostólico; por el contrario, como es sabido, tenía la idea fija de que el fin del mundo estaba próximo, y que le quedaba poco tiempo para hacer algo importante. Siendo su cuerpo flaco y débil, aquejado de constantes enfermedades, con frecuencia al borde de la muerte, tenía una increíble fuerza de espíritu, a la que continuamente proporcionaba nuevo aliento su fe viva en la palabra segura de Cristo y en sus divinas promesas. También confió plenamente en el poder divino entregado a la Iglesia, para poder cumplir bien su ministerio la tierra.
  
Como lo demuestra todo lo que dijo e hizo, durante toda su vida se propuso fomentar en sí mismo esa fe y esa confianza, despertándolas con fuerza en los demás; y mientras le llegaba su último día, procuró hacer siempre lo mejor, en todo lo posible. De ahí la firme decisión de este santo de hacer llegar, para la salvación de todos, la abundancia de dones celestiales, con que Dios enriqueció a la Iglesia: la certísima verdad de la doctrina revelada, y su eficaz predicación, como está demostrado; los sacramentos, que tienen el poder de infundir o aumentar la vida del alma; y, por último, con el favor del auxilio divino, la gracia de la oración hecha en nombre de Cristo.
      
NOS PROPONEMOS IMITARLE
El recuerdo de todo esto, Venerables Hermanos, Nos conforta gratamente, y si miramos a nuestro alrededor desde las alturas del Vaticano, sentimos el mismo temor -o mayor quizá- que sintiera Gregorio: tantas son las tempestades que se desencadenan y tantos los ejércitos enemigos que acosan; nos parece estar tan desasistidos de todo poder humano, que no nos vemos con fuerzas para dominar a aquéllas ni para resistir el empuje de éstos. Pero al buscar un punto de apoyo, un suelo firme para esta Sede pontificia, Nos sentimos seguros en la roca de la Santa Iglesia. «¿Quién ignora, escribía Gregorio al patriarca Eulogio de Alejandría, que la Iglesia Santa se apoya en la solidez del Príncipe de los Apóstoles, solidez que nos hace recordar que el nombre de Pedro proviene de piedra?» [13]. La eficacia divina de la Iglesia no ha disminuido con el paso del tiempo, ni las promesas de Cristo han traicionado a la esperanza; esas promesas son las mismas que fortalecían el ánimo de Gregorio, y las que Nos fortalecen, por encima de tantas dificultades actuales y de tantas vicisitudes por las que estamos atravesando.
  
Los reinos y los imperios desaparecen; con frecuencia, las naciones se destruyeron a sí mismas, a pesar de su fama y de su cultura, como agostadas por la vejez. Pero la Iglesia, fiel a su propia naturaleza, sin romper jamás el lazo que la une al celestial Esposo, vive hasta hoy como una flor de juventud perenne, sostenida por la fuerza que proviene del corazón traspasado de Cristo muerto en la Cruz. Los poderosos de la tierra la combatieron; ellos han desaparecido, ella sobrevive. Los filósofos inventaron mil caminos, alabándose a sí mismos, como si por fin hubieran conseguido destruir la doctrina de la Iglesia, hundir los fundamentos de la fe y demostrar lo absurdo de su magisterio. Sin embargo, la historia enseña que aquellos caminos terminaron desiertos, mientras que la luz de la verdad que procede de Pedro ilumina con la misma intensidad con que Jesús la hizo nacer y la mantiene según la divina sentencia: «el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no fallarán» [14].
   
LA IGLESIA, LUZ Y FUERZA DEL MUNDO
Nos, con esta fe y apoyados en esta roca, sin dejar de hacernos cargo de los gravísimos deberes del sagrado gobierno y del poder divino que Nos sostiene, esperamos que callen las voces de los vocingleros y que desaparezcan para siempre de la Iglesia católica sus doctrinas; no tardaremos mucho en ver cómo se abandonan las afirmaciones de una ciencia y de una cultura que rechaza a Dios, o en ver cómo desparecen de la sociedad. Entretanto, no podemos dejar de recordar todos, como hizo Gregorio, cuánta es la necesidad de recurrir a la Iglesia, que da la salvación eterna junto con la paz y la prosperidad terrenas en esta vida.
  
Así, como decía aquel santo Pontífice, «orientad los pasos de la mente, como habéis hecho desde el principio, hacia la seguridad de esa roca sobre la que nuestro Redentor, como sabéis, fundó la Iglesia en todo el mundo, de manera que el recto andar de un corazón sincero no se aparte por caminos equivocados» [15]. Sólo la caridad y la unión con la Iglesia unen lo dividido, pone orden en la confusión, nivela desigualdades y acaba con la imperfección [16]. Estad seguros de que nadie puede gobernar lo terreno si no sabe tratar lo divino, y que la paz de la sociedad depende de la paz de la Iglesia universal [17].
  
De ahí la necesidad de un perfecto entendimiento entre la potestad eclesiástica y la civil, pues la providencia de Dios quiso que se ayudasen mutuamente. En efecto, la autoridad sobre todos los hombres proviene del cielo para ayudar a quienes buscan el bien, para ensanchar el camino de la gloria y para que el reino de la tierra sirva al de que los cielos [18].
   
De estos principios brotaba aquella invencible fortaleza de Gregorio que Nos, con la gracia de Dios, trataremos de imitar, poniendo todos los medios para mantener incólumes los derechos y los privilegios de los que el Pontificado romano es custodio y defensor ante Dios y ante los hombres. De ahí que el mismo Gregorio, hablando de los derechos de la Iglesia universal, escribiese a los patriarcas de Alejandría y Antioquía: «hasta con la muerte debemos protegerlos, porque si no amamos especialmente lo nuestro, dañamos a todos» [19]. Y a Mauricio Augusto: «ante quien con arrogancia alza su cabeza contra el Señor omnipotente y contra lo establecido por los Padres, yo, confiado en Dios todopoderoso, no inclinaré la mía, aunque me amenace con la espada» [20]. Y al diácono Sabiniano: «Estoy dispuesto a morir antes que apartarme de la Iglesia del Santo Apóstol Pedro. Conoces bien mi manera de proceder, porque soy capaz de soportar mucho, pero si decido no soportar más, estoy dispuesto a enfrentarme a todos los peligros» [21].
  
Estas eran las principales enseñanzas del Pontífice Gregorio, obedecidas por todos aquellos a quienes se dirigían, y como los gobernantes y el pueblo hacían caso de ellas, el mundo se encaminaba por la buena senda hacia una convivencia noble y fecunda, tanto mas cuanto que descansaban firmemente en los fundamentos de un recto uso de la razón y de una rectitud de costumbres, que sacaban su fuerza de la doctrina revelada por Dios y de los preceptos del Evangelio.
   
Pero en aquella época, las gentes, aunque ignorantes, incultas y carentes de sentimientos, buscaban la vida; y de nadie podían recibirla sino de Cristo a través de la Iglesia: «Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia [22]. En efecto, la tuvieron ampliamente, puesto que, como la vida sobrenatural procede de la Iglesia, en ella se incluyen y fomentan también las fuerzas que dan vida al orden natural, «Si la raíz es santa, también lo serán las ramas, decía San Pablo a los gentiles, ... y tú, siendo acebuche, participaste con ellas de la raíz y de la abundancia del olivo» [23].
   
LA SITUACIÓN DE NUESTROS DÍAS
Nuestro tiempo, aunque está tan iluminado por el espíritu cristiano que no tiene punto de comparación con el tiempo de Gregorio, sin embargo, parece despreciar la vida de la que principal -y, con frecuencia únicamente- proceden como de una fuente los bienes pasados y presentes, y no sólo eso, sino que con errores y disensiones renovados, se trunca a sí mismo como rama inútil, y busca la raíz profunda del árbol -la Iglesia- pretendiendo secar su savia vital, para abatirlo definitivamente e impedir que vuelva a retoñar.
   
Este error moderno, el mayor de todos y del que proceden los demás, es la causa, que tanto nos duele, de la pérdida de la salvación eterna de los hombres y de los muchos daños que sufre la religión, que se harán mucho peores si no se les aplica la medicina. Niegan la existencia de todo orden sobrenatural: que Dios sea el creador de todas las cosas y que su providencia gobierne todo; niegan que haya milagros y, negándolos, necesariamente destruyen los fundamentos de la religión cristiana. Atacan los argumentos que demuestran la existencia de Dios, y con increíble temeridad -contra los primeros principios de la razón-, se rechaza el poderoso argumento, que no admite prueba en contrario, de que la causa, es decir Dios y sus atributos se conoce por los efectos. Las perfecciones invisibles de Dios, incluidos su eterno poder y su divinidad, se han hecho visibles después de la creación del mundo, por el conocimiento que de ellas nos dan las criaturas [24].
   
Después de esto, queda abierto camino fácil a otros fantásticos errores, que repugnan a la recta razón y corrompen las buenas costumbres. En la gratuita negación del orden sobrenatural a la que se puede llamar «falsa ciencia» [25], se apoyan críticas históricas igualmente falsas. Todo lo que de algún modo forma parte del orden sobrenatural, o lo constituye, o está unido a él o lo presupone, o lo que sin él no tiene explicación, es borrado de la historia sin haberlo siquiera investigado; eso ocurre con la divinidad de Jesucristo; con su carne mortal asumida por obra del Espíritu Santo; con el hecho de que, por su propio poder, resucitó de entre los muertos; y, finalmente, con las demás verdades de nuestra fe. Una vez emprendido ese falso camino, la ciencia no acepta ninguna ley crítica y, confiando en sí misma, suprime de los sagrados todo lo que no le favorece, o juzga que se opone a sus demostraciones. Negado el orden sobrenatural, es necesario buscar otro fundamento a la historia de los orígenes de la Iglesia, e inventan novedades a su antojo, buscan argumentos que se acomodan a su gusto, y no al sentir de los autores.
  
Con semejante aparato doctrinal y tan falsos argumentos, engañan de tal modo a muchos, que éstos abandonan la fe o se debilitan grandemente en ella. Hay también quienes, aun constantes en su fe, critican implacablemente la disciplina, como si fuese la causa del mal, cuando en realidad no es así, sino que, utilizada legítimamente, conduce a investigar con óptimos resultados. Pero ninguno cae en la cuenta de lo que inadvertidamente están admitiendo y proponiendo: una ciencia falsa, que por necesidad les lleva a conclusiones también falsas. Es evidente que todo es confusión, si se parte de un falso principio filosófico. Estos errores nunca podrán ser suficientemente desmentidos, si no se buscan en su misma raíz, es decir, si no se aparta a los equivocados de las posiciones en que se consideran seguros y se les lleva al legítimo campo de la filosofía, cuyo abandono les llenó de errores.
  
Es triste tener que aplicar a hombres de tanta inteligencia y tan cultos las palabras de Pablo, que increpa a quienes no han sido capaces de elevarse desde la tierra hasta lo que no se ve con los ojos: «Devanearon en sus discursos, y quedó su insensato corazón lleno de tinieblas; y alardeando de sabios, vinieron a ser necios» [26]. Completamente necio debe ser llamado todo aquel que utiliza el poder de su inteligencia para construir sobre arena.
  
No son menos dolorosas las desgracias que, para las costumbres humanas y para la vida de la sociedad civil, se siguen de esa negación. Al negar que haya algo divino fuera de la naturaleza visible, no queda nada para controlar las pasiones desatadas y nefandas, que se apoderan de las almas y les causan gravísimos daños. «De suerte que Dios los abandonó a los deseos de su corazón, a los vicios de la impureza, en tanto grado, que ellos mismos deshonraron sus propios cuerpos» [27]. No se os oculta, Venerables Hermanos, cómo se extiende por todas partes la calamidad de costumbres corrompidas, que el poder civil no será capaz de contener, si no busca la ayuda de ese orden más alto, al que nos referimos. Ni tampoco habrá autoridad humana alguna que pueda curar los demás males, si olvida o niega que todo poder viene de Dios. Ese es el único freno con cuya fuerza se puede gobernar, pero esa fuerza ni se emplea con constancia ni está siempre en a mano; y eso lleva consigo que el pueblo padezca como una enfermedad oculta, que no tenga estímulo para nada, que se conduzca a su antojo, que fomente las discordias, alimentando así los más perturbadores desórdenes sociales, y que trastorne todos los derechos humanos y divinos. Olvidando a Dios, no se respetan las leyes civiles, ni las instituciones necesarias; se desprecia la justicia y se oprime hasta la libertad que es un derecho natural; se llega al extremo de disolver la unidad de la familia, que es el primer y más firme fundamento de la sociedad civil. Así, es muy difícil proporcionar a estos tiempos, tan hostiles a Cristo, los eficaces remedios que Él entregó a su Iglesia para cumplir la misión de regir a los pueblos.
  
Sin embargo, fuera de Cristo no hay salvación: «Pues no se ha dado a los hombres otro nombre bajo el cielo, por el cual debamos salvarnos» [28]. Es preciso volverse hacia Él, echarse a sus pies, y escuchar las palabras de vida eterna que salen de su divina boca; sólo Él puede indicar el camino para encontrar la salvación; sólo Él puede dar la vida; sólo puede dar la vida quien dijo de sí mismo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» [29]. De nuevo se ha intentado el gobierno de los asuntos temporales fuera de Cristo; se comenzó a edificar rechazando la piedra fundamental, como Pedro echó en cara a los que crucificaron a Cristo. Una vez más, el sillar se desliza para abatir la cerviz de los que edifican. Jesús sigue siendo la piedra angular de la sociedad humana, que está comprobando la verdad de que la salvación no está más que en Él: «Este es aquella piedra que vosotros desechásteis al edificar, que ha venido a ser piedra angular, y fuera de Él no hay salvación» [30].
   
LA RESPONSABILIDAD DE LOS PASTORES
Por todo esto, comprenderéis fácilmente, VenerabIes Hermanos, hasta qué punto nos acucia a cada uno de nosotros la necesidad de fomentar, todo lo que podamos y con todas nuestras fuerzas, la vida sobrenatural en todos los órdenes de la sociedad humana, desde el más humilde trabajador que con sudor gana cada día su pan, hasta los más poderosos rectores de la tierra. En primer lugar, pidiendo a Dios misericordia -con la oración privada y pública- para que nos conceda su poderoso auxilio, con la misma voz con que clamaban los Apóstoles, zarandeados por la tempestad: «Señor, sálvanos, que perecemos» [31].
  
Pero aun esto es poco. Gregorio culpaba al obispo que, apartándose del amor divino y de la oración, no acudía al campo de batalla para defender decididamente la causa del Señor: «Lleva inútilmente el nombre de obispo» [32], decía con razón. Hay que iluminar las inteligencias predicando constantemente la verdad, y refutando las malas teorías con una verdadera y sólida ciencia filosófica y teológica, y con todos los auxilios que proceden del genuino progreso de la investigación histórica. Además conviene que se hagan llegar a todos las enseñanzas morales de Cristo, para que aprendan a ser dueños de sí mismos, a dominar las pasiones, a reprimir la orgullosa soberbia, a obedecer a la autoridad, a vivir la justicia, a ser caritativos con todos, a mitigar con amor cristiano los odios que hay en la sociedad entre los de fortuna desigual, de modo que todos se conformen con lo que la Providencia les haya dado, y procuren mejorar cumpliendo bien su trabajo; y, sin abismarse en los bienes de la tierra, pongan su esperanza en los bienes sempiternos de la vida futura. Sobre todo, debe procurarse que estas ideas se inculquen y se asienten en el alma de modo que sean más profundas las raíces de una verdadera y sólida piedad, y que cada uno cumpla sus deberes de hombre y de cristiano no de palabra, sino de verdad, y tenga una confianza filial en la Iglesia y sus ministros, pidiéndoles el perdón de los pecados; robustecidos con la gracia de los Sacramentos, acomodarán su vida a los preceptos de la ley cristiana.
   
Estas obligaciones del sagrado ministerio deberán estar empapadas en el amor de Cristo, con cuya inspiración no habrá ningún caído a quien no levantemos, ni afligido sin consuelo, ni necesidad alguna a la que no acudamos. Debemos vivir tan plenamente esta caridad, que ante ella desaparezcan nuestros problemas personales, olvidando nuestro propio interés y nuestra comodidad, de modo que hechos todo para todos [33], busquemos la salvación de todos, incluso a costa de nuestra vida, imitando el ejemplo de Jesucristo, que decía a los pastores de la Iglesia: «el buen pastor da su vida por sus ovejas» [34]. En magníficos documentos se recogen los escritos que Gregorio dejó, aunque dio un ejemplo todavía más valioso con su admirable vida que con sus palabras.
  
LO QUE LOS PASTORES NO DEBEN HACER
Por todo esto, que surge necesariamente de los principios de la revelación cristiana y de las íntimas obligaciones de nuestro apostolado, ya veis, Venerables Hermanos, cuánto se equivocan los que estiman que serán más dignos de la Iglesia y trabajarán con más fruto para la salvación eterna de los hombres si, movidos por una prudencia humana, In vera distribuyen abundante la mal llamada ciencia, movidos por la vana esperanza de que así pueden ayudar mejor a los equivocados, cuando en realidad los hacen compañeros de su propio descarrío. Pero la verdad es única y no puede dividirse; permanece eterna, sin doblegarse a los tiempos: «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre» [35].
   
También se equivocan por completo los que, dedicándose a hacer el bien, sobre todo en los problemas del pueblo, se preocupan mucho del alimento y del cuidado del cuerpo, y silencian la salvación del alma y las gravísimas obligaciones de la fe cristiana. Tampoco les importa ocultar, como con un velo, algunos de los principales preceptos evangélicos, temiendo que se les haga menos caso, e incluso se les abandone. «Al proponer la verdad, será prudente proceder con tacto; cuando se hayan de tratar asuntos con quienes desprecian nuestras instituciones y viven completamente apartados de Dios, como decía Gregorio, al curar las heridas, es preciso tocarlas antes con mano delicada» [36]. Pero este procedimiento se quedaría en prudencia de la carne, si se pusiese en práctica así, sin más; sobre todo, porque daría la impresión de que se tiene en poco a la gracia divina -que no sólo se concede a los sacerdotes, sino a todos los fieles de Cristo-, y con la que nuestras palabras y nuestros hechos acaban venciendo toda resistencia. Esta clase de prudencia fue desconocida para Gregorio, tanto en la predicación del Evangelio, como en todo lo que admirablemente hizo para remediar las desgracias del prójimo. Siempre siguió las huellas de los Apóstoles, que al recibir la primera misión de anunciar a Cristo por la tierra, decían: «Predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para pus los gentiles» [37]. Porque si ha existido algún tiempo en que pareciese más oportuna la prudencia humana, fue aquél, sin duda, ya que los ánimos no estaban preparados para recibir una doctrina nueva que contrastaba con las ambiciones generales, y tan opuesta a la magnífica cultura de los griegos y los romanos. Sin embargo, los Apóstoles no hicieron caso de esa prudencia, porque conocían bien los designios divinos: «Dios quiso salvar a los creyentes por la necedad de la predicación» [38]. Esa necedad, como siempre, también ahora «es poder de Dios para tus los que se salvan, es decir, para nosotros» [39]. Como antes, también contaremos con armas poderosas en el escándalo de la cruz; como entonces, también en adelante venceremos con este signo.

ANTE TODO, LOS PASTORES DEBEN SER SANTOS
Sin embargo, Venerables Hermanos, estas armas perderán toda su eficacia, y no servirán de nada si los que las manejan no llevan una vida de íntima comunión con Cristo, si no tienen una auténtica y profunda piedad y no arden en deseos de dar gloria a Dios y extender su reino. Consideraba todo esto el Papa Gregorio de tanta importancia que procuraba con delicadeza extrema, al ordenar nuevos sacerdotes y obispos, que todos ellos buscasen sólo el honor de Dios y vibrasen en un auténtico celo por las almas. y esta preocupación se refleja en su libro titulado Régula Pastorális, en el que se dan normas para una adecuada formación del clero y para el gobierno de los obispos; normas no sólo válidas para su tiempo sino también para esta época nuestra. Además, mientras describe con detalle cómo ha de ser la vida de éstos, como un Argos luminoso, pasea su mirada llena de una honda preocupación pastoral por todo el orbe de la tierra [40], para ver si se ha producido alguna desviación o negligencia en el clero y corregirlas en seguida. El solo pensamiento de que el fango y la corrupción pudiesen penetrar insensiblemente en la vida de los clérigos, le llenaba de terror. Si descubría que algo se había hecho en contra de la legislación de la Iglesia, se preocupaba muchísimo y no encontraba sosiego. Entonces se le veía amonestar, corregir, amenazar una y otra vez con penas canónicas a los transgresores de la ley; él, personalmente, imponía a veces estas penas y, a los indignos, sin retrasarlo lo más mínimo ni importarle las habladurías de la gente, quitaba las licencias.
  
Solía aconsejar cosas que aparecen con frecuencia reflejadas en sus escritos: «¿Cómo puede interceder por los hombres delante de Dios quien con la dedicación de su propia vida no se muestra consciente de que participa de Su gracia?» [41]. «Si en su conducta se manifiestan las pasiones, ¿con qué atrevimiento se apresura a curar al herido, el que muestra en su rostro las mismas heridas?» [42]. «¿Qué frutos podrán conseguirse en los fieles, si los pregoneros de su doctrina, niegan con sus vidas lo que enseñan con sus palabras?» [43]. «Ciertamente no tiene fuerza para ayudar en las caídas ajenas, aquel a quien sus mismas faltas tienen hundido» [44].
  
Piensa cómo ha de ser un sacerdote verdaderamente ejemplar y lo describe de esta forma: «Muriendo a las pasiones de la carne, vive ya sólo para el espíritu; desprecia los halagos del mundo; no teme las contrariedades y sólo busca una auténtica vida interior; no le mueve la ambición sino que por el contrario entrega con generosidad todo lo suyo; su corazón está pronto para perdonar, pero nunca, por una compasión mal entendida, falta con su perdón a la verdadera justicia, nunca hace cosas malas, y siente y desagravia por los pecados ajenos como por los suyos propios; sufre con los padecimientos ajenos y goza con las alegrías de los otros como con los suyos; puede servir de modelo para los que le rodean, porque en toda su conducta no hay nada de qué avergonzarse; desea vivir de tal forma que pueda inundar del frescor de su doctrina incluso los corazones más áridos de los que con él conviven; y ha aprendido por propia experiencia que por la eperseverancia en la oración puede obtener de Dios lo que le pide» [45].
  
QUÉ CLASE DE SACERDOTES DEBEN ORDENAR LOS OBISPOS
Así pues, Venerables Hermanos, ¡con cuánta profundidad debe reflexionar el obispo en su interior y en la presencia de Dios antes de imponer las manos a los nuevos sacerdotes! y «ni por influencia, ni por súplica alguna -dice Gregorio- se atreva a ordenar a ninguno, sino sólo a aquellos que por su forma de vida se hayan mostrado dignos del sacerdocio» [46]. ¡Cuánta prudencia necesita antes de confiar las tareas pastorales a los recién ordenados sacerdotes! Si no han sido debidamente probados bajo la constante vigilancia de prudentes sacerdotes, si no han demostrado llevar una vida honrada, tener un espíritu piadoso y capacidad de obedecer a todo lo que es enseñanza o experiencia constante de la Iglesia, y de obedecer también a «los obispos a los que el Espíritu Santo colocó para gobernar la Iglesia de Dios» [47], es de prever que sólo se ordenarán sacerdotes no para salvar, sino para perder al pueblo de Dios. Pues no sólo sembrarán discordias, sino que provocarán rebeldías más o menos escandalosas, presentando ante el pueblo un triste espectáculo, como si hubiera falta de unidad dentro de la misma Iglesia, cuando en realidad todo eso se ha de atribuir, lamentablemente, a la soberbia y a la contumacia de unos pocos. ¡Lejos, muy lejos de todo ministerio deben estar los que provocan las discordias! La Iglesia no necesita de semejantes apóstoles y éstos no hacen el apostolado de Jesucristo sino su propio apostolado.
   
Nos parece tener todavía ante nuestros ojos la figura de Gregorio en el Concilio de obispos del mundo entero celebrado en Letrán, en presencia de todo el clero de la Urbe. ¡Con qué fluidez brotaron sus palabras acerca de la misión de los clérigos! ¡Qué amor le consumía! Su discurso cayó sobre los hombres malos como un rayo. Son sus palabras como látigos que hacen reaccionar a los más pasivos. Son llamas de amor de Dios que consumen suavemente a las almas más fervorosas. Leedlas a fondo, Venerables Hermanos, y vuestro clero debe leerlas también, meditarlas; de manera especial en los días de retiro anual llevad a vuestra oración las palabras de este santo Pontífice [48].
   
Con gran tristeza se plantea esta cuestión entre otras: «El mundo está lleno de sacerdotes, pero a pesar de eso, en la mies de Dios apenas se encuentran operarios; porque recibimos el orden sacerdotal, pero no cumplimos los deberes que lleva consigo» [49], y realmente, ¡cuántos hombres reuniría hoy la Iglesia si pudiese contar con un hombre en cada uno de los sacerdotes! ¡Qué abundancia de frutos para los hombres brotaría de la vida divina de la Iglesia, si cada uno se dedicase a explicar la verdadera doctrina! Al actuar de esta forma levantó el Papa Gregorio un gran entusiasmo, que no sólo duró mientras él vivía, sino que se alargó también a los años siguientes. y así, a ese tiempo se le conoce con el nombre «época gregoriana», porque de Gregorio recibió casi todo su impulso: las leyes de gobierno del clero, la institucionalización del estado de perfección y de la vida religiosa, y, por último, la música sacra y la ordenación del culto.
   
PREDICAR LA DOCTRINA
Después vinieron tiempos muy distintos. Frecuentemente decimos que en la vida de la Iglesia nada ha cambiado. La Iglesia posee una fuerza recibida de su divino Fundador por la que, en cualquier época sea la que sea, puede cuidar no sólo de las almas, que es su misión más específica, sino que también contribuye al desarrollo y perfeccionamiento de la humanidad, tarea que deriva de la misma naturaleza de su ministerio.
  
Es más, puede suceder que la misma revelación divina que ha sido entregada a la Iglesia para que la custodie, ponga de relieve en las cosas materiales lo que tienen de verdadero, de bueno, de bello, tanto más cuanto que todo ello hay que referirlo a Dios que es la suma verdad, la suma bondad y la suma belleza.
   
Grandes beneficios proporciona la doctrina divina a la ciencia humana, porque a través de ella puede descubrirse más amplitud de horizontes para nuevos descubrimientos incluso de orden natural, y porque allana el camino para la investigación y previene contra los errores que pueden derivarse bien de la razón, bien del método seguido para investigar la verdad y así resplandece como el faro en un puerto, dando luz a los que navegan en la noche, sobre muchas cosas que permanecerían envueltas en tinieblas y ayudándoles a evitar los escollos que les harían naufragar, si su nave se estrellase contra ellos.
  
En lo que se refiere a las costumbres, el Señor, Salvador nuestro, nos propone como ejemplo supremo de perfección a la misma bondad divina, a su Padre [50], y ¿quién no ve la cantidad de energía que podemos sacar de esto para que la ley natural, inscrita en los corazones de los hombres se cumpla cada vez con más perfección y profundidad, de manera que el individuo, la familia y toda la sociedad humana gocen de una mayor felicidad? Fue realmente esta fuerza la que transformó en civilización la brutalidad de unos hombres bárbaros, la que reivindicó la dignidad de la mujer, la que acabó con la esclavitud, e instauró un orden nuevo, después de romper las cadenas con las que estaban atados las distintas clases de ciudadanos, la que devolvió la justicia, promulgó la .verdadera libertad y veló por la paz, tanto familiar como pública.
   
LAS ARTES AL SERVICIO DE LA VIDA DE PIEDAD
Por último las artes, al tender hacia Dios, ejemplo supremo de toda belleza, y del que proceden las especies y las formas singulares que aparecen en la naturaleza de las cosas, se apartan con más facilidad de todo lo vulgar y expresan con más fuerza la realidad captada por la mente, hecho en el que radica la vida del arte. y es imposible decir cuánto bien ha hecho el arte puesto al servicio de la religión porque ofrece a Dios algo muy digno, por su riqueza, belleza y elegancia de formas. Es éste el motivo y el origen del arte sagrado, sobre el que se ha apoyado y se sigue apoyando todo arte profano. Hace muy poco tiempo hablamos con más detalle de este tema en un Motu próprio, en el que volvíamos en el canto romano y en la música sacra a todo lo establecido por nuestros antecesores. Y como las demás artes, sea cual sea su forma de expresión, se rigen todas por las mismas leyes, lo que se puede decir del canto, igual se puede aplicar a la propia pintura, a la escultura y a la arquitectura que, como muy nobles expresiones del genio humano, la Iglesia siempre promovió y alentó. Educada por tanta belleza la humanidad levanta templos en los que los espíritus se remontan hacia los bienes celestiales, como en la propia casa de Dios, envueltos por el esplendor de las artes, por la sublimidad de las ceremonias, por la armonía de la música.
  
Como hemos dicho ya, el Papa Gregorio aportó estos beneficios a su época y los tiempos que siguieron. Lo mismo podremos conseguir ahora si nos apoyamos en tan sólido fundamento y empleamos medios adecuados para mantener lo bueno que, gracias a Dios, todavía queda, y para instaurar en Cristo [51] todo lo que se ha descaminado.
   
EXHORTACIÓN FINAL
Nos gusta poner fin a nuestra carta con las mismas palabras con que el Papa Gregorio finalizó su discurso pronunciado ante el Concilio de Letrán: «Pensad esto detenidamente y transmitidlo a cuantos os rodean. Preparaos para dar fruto a Dios omnipotente en la tarea que os ha encomendado. Pero esto que os decimos lo conseguiremos mejor rezando que hablando. Oremos: Dios, que nos quisiste llamar como pastores de tu pueblo, concédenos, te rogamos, que lo que decimos con nuestras palabras sea una realidad ante Tus ojos» [52].
  
Mientras confiamos que, por la intercesión del Papa San Gregorio, escuchará benigno nuestras súplicas Dios Nuestro Señor, dador de todos los dones celestiales y testigo de nuestra paternal benevolencia, impartimos, llenos de cariño nuestra Bendición Apostólica para todos vosotros, Venerables Hermanos, para el clero y para vuestro pueblo.
  
Dado en Roma, en San Pedro, el 12 de marzo de 1904, fiesta de San Gregorio, Papa y Doctor de la Iglesia, en el primer año de nuestro Pontificado. PÍO PAPA X.
    
NOTAS 
[1] Martyrológium Románum, día 3 de Septiembre.
[2] 1 Reg. 2, 6-7.
[3] En Juan Diácono, Vita Gregórii I. Papæ, IV, 68
[4] Regístrum Gregórii I, 4 a Juan, obispo de Constantinopla.
[5] En Juan Diácono, Vita Gregórii I. Papæ, II, 51
[6] Inscripción en el sepulcro.
[7] Regístrum Gregórii V, 36 (40) a Mauricio Augusto, emperador bizantino.
[8] Ibid. VIII, 2 (30) a Eulogio, obispo de Alejandría.
[9] Ibid. XI, 36 (28) a Agustín, obispo de Inglaterra.
[10] Joann. 5, 17.
[11] Regístrum Gregórii XI, 36 (28).
[12] I Cor. 2, 4.
[13] Regístrum Gregórii VII, 37 (40).
[14] Matth. 24,35
[15] Regístrum Gregórii VIII, 24 al obispo Sabiniano.
[16] Ibid. V, 58 (53) al obispo Virgilio.
[17] Ibid. V, 37 (20) a Mauricio Augusto, emperador bizantino.
[18] Ibid. III, 61 (65) a Mauricio Augusto, emperador bizantino.
[19] Regístrum Gregórii V, 41 (43).
[20] Ibid, V, 37 (20)..
[21] Ibid. V, 6 (IV, 47).
[22] Joann. 10, 10.
[23] Rom. 11, 16, 17
[24] Rom. 1, 20.
[25] I Tim. 6, 20.
[26] Rom. I, 21, 22.
[27] Ibid. 1, 24.
[28] Acta 4, 12.
[29] Joann. 14, 6.
[30] Acta 4, 11, 12.
[31] Matth. 8, 25.
[32] Regístrum Gregórii VI, 63 (30). Cfr. Régula Pastorális I, 5.
[33] I Cor. 9, 22.
[34] Joann. 10, 11.
[35] Hebr. 13, 8.
[36] Regístrum Gregórii V, 44 (18) a Juan, obispo.
[37] I Cor. 1, 23.
[38] I Cor. 1, 21.
[39] I Cor. 1, 18.
[40] Juan Diácono, Libro II, cap. 55.
[41] Régula Pastorális I, 10.
[42] Ibid. I, 9.
[43] Ibid. I, 2
[44] Ibid. I, 11.
[45] Ibid. I, 10
[46] Regístrum Gregórii V, 63 (58) a todos los obispos de Grecia.
[47] Acta 20, 28.
[48] Homilía XVII sobre el Evangelio de San Lucas, cap. 10, n. 17.
[49] Ibid. n. 3.
[50] Matt. 5, 48.
[51] Ephes. 1, 10.
[51] Homilía citada, n. 18.

domingo, 2 de septiembre de 2018

DEL NUEVO BILLETE DE 500 PESOS MEXICANOS

Reflexión publicada por el lic. Héctor Rosales, historiador.
   
  
Es una vergüenza que la efigie del autor de la Masacre de Bácum (600 indígenas quemados vivos al interior de una Iglesia para robar sus tierras en Sonora), sea el nuevo billete de 500 pesos, Benito Juárez García, masón satanista grado 33, traidor a la patria, criminal dictador por 14 años, que solo la muerte pudo apartar del poder, enemigo de México al servicio de la masonería americana, 4 veces intentó vender el territorio nacional mexicano al enemigo, rindió culto al criminal masón americano invasor de México, General Winfield Scott, “El Carnicero de Veracruz”, asesino de mujeres y niños mexicanos pese a los reclamos internacionales condenatorios, Juárez también es recordado como ladrón y destructor de Iglesias Católicas, hizo que México fuera invadido por Estados Unidos para mantenerse en el poder forzadamente, y asesinó sin ningún motivo ni ley al Emperador Maximiliano de México. Destruyó México y robó millones, tanto que sus hijos y nietos vivieron como monarcas de todo lo que robó Juárez a la nación.
  
En la actualidad, económicamente el hecho de que desaparezca el billete de 20 pesos y pase a ser una monedita insignificante, significa un repunte en la inflación y la pérdida de valor de la moneda nacional. Fue tal enemigo de México Juarez y esclavo de la masonería antimexicana de los Estados Unidos, que la supuesta victoria del 5 de mayo de 1862, la denominada Batalla de Puebla, se celebra en Estados Unidos, mientras que en México es un hecho insignificante que nadie entiende por qué habría de celebrarse. Significó en realidad que México luchaba en favor de su esclavitud a Estados Unidos, caía en manos de la criminal y ladrona masonería iluminati de Estados Unidos, significaba que México se ponía voluntariamente las cadenas de Estados Unidos, que todos sus recursos de México serían robados por los Estados Unidos conforme a la Doctrina Monroe (“América para los americanos”), es decir todo el territorio americano (México, Colombia, Perú, Venezuela, Argentina para los estadounidensenses, los estadounidenses no se llaman a sí mismos estadounidenses, esa palabra ni siquiera existe en inglés, ellos se llaman a sí mismos “americans”, según esta idea los argentinos, mexicanos, colombianos, peruanos, venezolanos, nicaragüenses, ecuatorianos: NO SON AMERICANOS Y NO TIENEN DERECHO A TENER PATRIA). Dicho y hecho, Juárez logró entregrar las riquezas nacionales con la ayuda de los títeres que ellos impusieran en presidencia, títeres criminales “jacobinos mexicanos”, marxistas antes de Marx, que se hacían llamar hipocritamente “liberales”, en realidad socialistas, como Benito Juárez García.
 
Por ello no extraña, que Trump (como un James Polk, ANTIMEXICANO) esté feliz de la llegada de un mediocre traidor antimexicano populista como Manuel Andrés López Obrador (MALO, Bad president), que se publicita como la resurreción del criminal Benito Juárez García. Más repulsivo aún, es el signo de Banxico (Banco de México), fundado por el masón anticatolico, Plutarco Elías Calles fundador del PRI, conforme a las ideas de Juárez, es una organización dictatorial, destructora de la política monetaria de México, y del valor de la moneda nacional, toda la basura historica pesa para el futuro de México, son pesadas cadenas de errores y personajes malditos, que no merecen la simpatia del olvido, sino el implacable tribunal de la historia. [H. Rosales, Nuestra Historia].

UNA MUJER VALIENTE Y HACENDOSA POR LA FE

  
Nuestro querido hermano y amigo Juan Diego Ortega (editor del blog Como ovejas sin pastor) nos ha informado que en la tarde del día de ayer, 1 de Septiembre de 2018, primer sábado de mes (día dedicado especialmente al Inmaculado Corazón de María), descansó en la paz del Señor la hermana Susana María Bulacio, revestida del Escapulario Carmelita y recibiendo los últimos Sacramentos de manos de su director espiritual, el Rev. P. Pedro Hugo Esquives SJM.
  
Susana María Bulacio, nacida en San Miguel de Tucumán (Argentina) un 27 de Junio, fue una firme defensora de la vida desde la concepción, participando incluso en medio de su enfermedad en las marchas contra la legalización del aborto en la Argentina realizadas el pasado mes de Junio. Y además, tuvo la honestidad en reconocer el hecho de la Sede Vacante y actuar en consecuencia abrazando el Catolicismo Tradicional, propagando también el Escapulario Carmelita, y la modestia.
  
Por caridad, pedimos a nuestros hermanos que ofrezcan el Santo Rosario y manden ofrecer Misas por el eterno descanso del alma de la hermana Susana María. Y cuantos quedamos todavía, recordemos que no sabemos el día ni la hora en que hemos de comparecer ante Dios. Seamos verdaderos devotos de la Santísima Virgen, amemos el Santo Rosario y el Escapulario Carmelita, que son insignia y prenda de una vida piadosa, una muerte santa y una eternidad gloriosa.

sábado, 1 de septiembre de 2018

DE AUGURIOS: SE CAE EL TECHO DE LA IGLESIA TITULAR DE COCCOPALMERIO

Traducción de la noticia publicada en NOVUS ORDO WATCH. Tomado de AMOR DE LA VERDAD.
  
Cuando todo comienza a colapsar...
SE DERRUMBA EN ROMA EL TECHO DE LA IGLESIA TITULAR DEL “CARDENAL” COCCOPALMERIO
      
  
[ACTUALIZACIÓN: video agregado a continuación]
  
Si has estado dudando de nuestra tesis de que la Iglesia del Vaticano II está implosionando, ahora podemos ofrecer una confirmación literal de ello. Se informa en medios italianos e internacionales que el techo de la iglesia de San José Artesano (San Giuseppe dei Falegnami) en Roma se ha derrumbado. Esta iglesia que fue construida sobre la llamada Cárcel Mamertina, donde los Santos Pedro y Pablo estuvieron encarcelados antes de sus respectivos martirios. Más interesante aún, sucede que esta es la iglesia titular del “Cardenal” Francesco Coccopalmerio.
  
Un informe inicial de Reuters afirma: “El techo de una iglesia construida sobre una antigua prisión en la que se dice que estuvo preso San Pedro antes de su crucifixión colapsó el jueves en Roma. No hay noticias de heridos”. La foto mostrada arriba fue publicada por el sitio web italiano askanews.it. Aquí se pueden ver más imágenes del techo derrumbado de la iglesia  y las imágenes del interior. Puedes encontrar más información sobre la iglesia aquí.
  
Rome Reports ha publicado un vídeo que muestra la escena después del colapso:
  
  
El P. Coccopalmerio [ordenado válidamente como sacerdote en 1962, N. del E.], ahora de 80 años, fue creado cardenal Novus Ordo por Benedicto XVI en 2012 y se retiró a principios de este año como presidente del Consejo Pontificio para los Textos Legislativos. Coccopalmerio es un notorio defensor de la Amóris Lætítia, ha sugerido que los sacramentos no deberían considerarse válidos o inválidos, y fue noticia en 2017 cuando su secretario, un tal “Mons.” Luigi Capozzi, fue arrestado por la policía del Vaticano por “organizar una orgía homosexual en la que se consumió cocaína en [un departamento dentro de un edificio justo al lado de la Basílica de San Pedro” (fuente). Ayer mismo se reveló que el “Papa” Francisco “había sido informado con anterioridad por alguien sobre los problemas de Luigi Capozzi”, pero de todos modos le permitió tener el apartamento junto a San Pedro (fuente).
  
Estad atentos a nuestra cobertura continua del colapso de la Secta del Vaticano II. ¡Estamos siendo testigos de un momento histórico!

DE LOS SIGNOS Y SEÑALES DE LOS TIEMPOS, POR MONS. JEAN-JOSEPH GAUME

Tomado de FORO CATÓLICO.
  
 
Si los hechos no existieran para atestiguarlo, si las palabras no lo publicasen en voz alta, la separación de la sociedad del bien y de la sociedad del mal que indicamos, sería el inevitable resultado de la enseñanza y de lo que se llama “progreso de la razón” y difusión de las luces.
  
No puede ocultarse que la acción incesante de una instrucción religiosamente contradictoria, o más bien sistemáticamente indiferente a toda religión positiva, debe disolver las almas con una rapidez y fuerza irresistibles. Algunas quedan en la atmósfera del Catolicismo; son las más generosas y más puras; y la masa es rechazada lejos, al campo enemigo [1].
«¿Qué queréis, decía últimamente uno de vuestros escritores, que sea el hombre moral e intelectual en un estado de enseñanza y de sociedad, en que el niño, cual los hijos de aquellos bárbaros que los acostumbraban al nacer al agua hirviendo y al agua helada para hacer su piel insensible a las impresiones de los climas, es lanzado paulatinamente, o de una vez, en el espíritu del siglo y en el santuario, en la incredulidad y en la fe?
  
Sale de la casa de su padre tal vez creyente, tal vez escéptico; ha visto a su madre afirmar, y negar a su padre, y entra en un colegio dividido de espíritu y tendencias. La enseñanza del profesor no está de acuerdo en nada con la del sacerdote; pero aún suponiendo que ambas enseñanzas se toleren y no se contradigan en el colegio, se separan enteramente al fin de la enseñanza elemental; y al salir del colegio, cuyas paredes libraban su fe del aire del siglo, encuentra en la puerta la filosofía, la historia, la ciencia, la libertad y el escepticismo, que se apoderan de él para enseñarle otra fe.     
    
¡Sería preciso tener dos almas cuando solo tiene una! Se la disputan las dos enseñanzas; sus ideas se abisman en la turbación y el desorden, y quedan algunos jirones para la fe y otros tantos para la razón. El joven se asombra de esta contradicción entre lo que oía en la familia, lo que enseñaban en el colegio, y lo que le demuestran en los cursos. Comienza a dudar que no representen con él una comedia, que la sociedad no cree una palabra de lo que enseña, que tiene dos fes, dos morales, dos Dioses en el cielo; una fe y un Dios para los jóvenes, y tal vez otra fe y otro Dios para los hombres formados.
  
Piensa en secreto que es preciso que sea una cosa de muy poca importancia para que la sociedad y el Estado jueguen con ella con tanta ligereza y desprecio; se extingue su fe, se enfría su razón y se seca su alma; su entusiasmo se convierte en indiferencia y desaliento. No le queda de semejante educación más que dos principios opuestos en el alma, la cual se abisma en una guerra interior de pensamientos contrarios para que no pueda vivir en paz consigo mismo en una vida que ha comenzado por la inconsecuencia y se prolonga en la contradicción».
 Después de pasar las jóvenes generaciones por una senda cercada de tan mortíferos escollos, ¿queréis que la masa no se aísle rápidamente del Cristianismo?
 
El progreso de la razón acaba de añadir su poderosa influencia a la voz de los filósofos y preceptores de la juventud para apresurar esta separación. El hombre no ha sido jamás dueño tan absoluto de la creación material con el doble poderío de una gran riqueza y de una inmensa ciencia experimental como ahora, y el mundo parece estar entre sus manos como un juguete en las de un niño.
  
Cada día es un nuevo descubrimiento, un nuevo triunfo, y a cada triunfo la altiva razón se dirige al Cristianismo, y le dice lanzándole al rostro un insulto: «¿Qué necesidad tengo ya de ti? Sin ti soy sabia, rica, reina y Dios». Cada nuevo progreso es un escalón para elevarse en su propio aprecio, y a medida que se eleva, es menos accesible a la humilde fe y al casto amor de la verdad. Añadid que el primer uso que ha hecho de sus conquistas es dirigirlas contra el Cristianismo, si no para atacar sus dogmas, al menos para violar sus leyes, y hacer al hombre cada vez más orgulloso y carnal. Parece que la ciencia y la industria actuales no pueden dar un paso sin ponerse en oposición directa con la Religión. La ciencia ilustra las inteligencias y pervierte los corazones; los crímenes marchan en razón directa de la instrucción.
 
¿Cuál debe ser, cuál es ya el resultado innegable de esta tendencia imposible de ocultar? El hombre se abismará cada vez más profundamente en los sentidos, y perderá con rapidez creciente su vida moral, o en otros términos, se aislará cada vez más del Cristianismo. Si fuera preciso presentar pruebas, las encontraríamos a miles, pero dos serán bastantes.
 
En primer lugar, un pueblo que tiene una Constitución sin Dios, una legislación, escuelas públicas, (en la primera escuela del reino cristianísimo, no se celebra un solo acto colectivo de religión desde el principio al fin del año), una industria, un ejército y una marina sin Dios; y este pueblo lo mira todo con indiferencia por no decir con orgullo.
  
En segundo lugar, un pueblo que sacrifica a sus hijos a miles a una enseñanza anticristiana hace ya más de medio siglo, y mira con indiferencia «esta deportación de sus hijos en las escuelas que miran como focos de perdición, y este aislamiento de la infancia arrastrada violentamente al campo enemigo para servir en sus banderas». En vano un escaso número de personas se esfuerzan en reanimar el fuego en su alma helada; no hay calor suficiente para conseguirlo, y la mayor parte de los padres de familia asisten como espectadores al combate donde se disputa la vida moral de sus hijos.
  
Es fácil prever que muy pronto el Materialismo y el Racionalismo, este lodo cubierto de orgullo que hace tanto tiempo fermenta en las entrañas de las naciones, dará origen a un mundo que se le parezca. De este modo nacieron sucesivamente el mundo que se tragó el diluvio, y el mundo ahogado en la Sangre del Calvario. ¿Cuál será, gran Dios, el mundo hijo del Materialismo y del Racionalismo actual? Tanto más temible cuanto mayor es su ilustración, y tan perverso como culpable. Causa terror la lectura del retrato que ha trazado la pluma inspirada del gran Apóstol:
«Sabed, dice San Pablo, que en los últimos días vendrán los tiempos peligrosos, en que los hombres serán egoístas, concupiscentes, orgullosos, avaros, soberbios y blasfemos, inobedientes a sus superiores, rebeldes a los padres, ingratos, malvados, desnaturalizados, sin afectos, sin paz, acusadores los unos de los otros, incontinentes, crueles, traidores, sin bondad, de una lubricidad cínica, altivos, amantes de los placeres más que de Dios, que con una apariencia de piedad niegan su poder» (II Timoteo III, 1-5).
  
¿Cuál de estos rasgos es el que más o menos no se pueda aplicarse al mundo actual, y cuál le faltará cuando se hayan desarrollado enteramente los dos principios engendradores de todos estos crímenes elevados a su apogeo?
  
El mundo formado a imagen de estos dioses llegará a ser lo que han sido siempre las grandes épocas de la historia: presa de un hombre que personificará todos estos principios, pues Nerón, Constantino, Carlomagno, San Luis, Enrique VIII y Napoleón son pruebas inmortales de esta ley social. Dotado este hombre de un gran poder de asimilación, será tanto más fuerte y más perverso cuanto más enérgicos sean los elementos de la fuerza y del mal. Cuando la corrupción y el orgullo hayan llegado a sus postreros límites, el hombre que los representa será el tirano más espantoso que pueda concebir la imaginación.
  
Robustecido con una inmensa ciencia experimental, hará cosas asombrosas que seducirán la inteligencia; poseyendo una inmensa riqueza, triunfará sin esfuerzo de la resistencia del corazón, disponiendo de un inmenso poder material, hundirá las frentes en el polvo, y lleno de inmensa malicia, destrozará y pisoteará como gusanos a los que no pueda corromper; será el mayor enemigo de Dios y de los hombres que se haya visto jamás, porque será la personificación del mal elevado a su más alto poder.
  
Este hombre, que prevé la razón y anuncia la fe bajo estos diferentes rasgos, lo caracteriza la lengua cristiana con una sola palabra: “Anticristo”. Esta palabra lo dice todo.
 
El estudio detenido de los hechos, de las palabras, de la enseñanza y de las tendencias actuales, nos demuestran palpablemente que la sociedad del mal se separa rápidamente de la del bien, de tal modo que muy pronto no habrá nada de común entre las dos. Mientras una baja, la otra sube; en tanto que una se hunde cada vez más en la materia, la otra se eleva a las regiones del orden espiritual; en tanto que la una se hinche de orgullo y lo invade todo, la otra se fortifica en la humildad y se encierra en sus templos, y es mayor de día en día la oposición que las divide y el intervalo que las separa.
  
Es un espectáculo instructivo el que ofrece la Iglesia separándose visiblemente de la tierra, que no la comprende, y de la masa corrompida, que la rechaza. Ved lo que pasa en Europa tan solo de cincuenta años a esta parte: los lazos espirituales, que unían la Iglesia a las naciones como el alma al cuerpo, están ya rotos o flojos. La Iglesia tenía sus raíces en la tierra, materialmente era rica, poderosa, honrada; los hijos y las hijas de los grandes del mundo ofrecidos al altar conservaban entre ellas y las potencias terrenales una especie de parentesco; se le reservaba un sitio en los Consejos de los Príncipes, su lengua era aún comprendida, y eran comunes muchos intereses.
  
Todo se ha trocado. La división de los corazones ha acarreado la separación de los bienes, el rompimiento de las relaciones antiguas y la diferencia de lenguaje; la Iglesia sólo tiene raíces en las conciencias individuales; generalmente recluta su milicia entre los pobres, no vive más que de su hacienda, de la limosna. Ha desaparecido su influencia nacional; sus ministros, parecidos a vivientes de otros siglos, no son comprendidos, y la virtud personal del sacerdote queda tan solo para asegurarle la escasa consideración de que goza.
  
«La destrucción de los Jesuitas, escribía don Luis Gabriel, vizconde de Bonald en 1796, ha sido el primer acto de la revolución que ha abismado a Francia y amenaza a Europa, y tal vez al “universo” con la gran revolución del Cristianismo al Ateísmo. La religión pública queda muerta en Europa, y sin religión pública, es segura su muerte». A esta primera causa de aislamiento añade otra la progresiva invasión de la impiedad, y todo inclina a creer que esta causa será pronto más eficaz y más general.
  
No está lejos el día en que el padre verdaderamente cristiano comprenderá que no puede, sin comprometer la fe de sus hijos, dejarles tener nada en común con los libros, los periódicos, la enseñanza, la industria, los empleos, y las dignidades del mundo actual. «No ignoro, les dirá, que la ciencia mundana y la participación en los negocios públicos son la condición forzosa de la fortuna y de los honores; mas esta ciencia es anticristiana, sus manantiales están emponzoñados, y esta participación es un escollo para el honor y para la conciencia. No puedo titubear entre las ventajas temporales y el tesoro de la fe, y mi hijo no será nada en el mundo, pero será cristiano». Y este padre raciocinará como los primeros fieles, los héroes de las catacumbas.
  
La Iglesia se fortifica con la sangre de sus Mártires; en cincuenta años ha derramado más sangre que durante toda la Edad Media. «He aquí, dice San Agustín, lo que sucederá en los últimos siglos. La virtud será proporcionada a la prueba, lo mismo que el oro es tanto más puro cuanto más ardiente es el fuego donde se ha templado. ¿Qué somos nosotros en comparación de los Santos de los últimos siglos? ¿Cuál será el heroísmo de los que triunfarán de un enemigo desencadenado si ahora, que se halla entre cadenas, no lo podemos vencer?». (De Civitáte Dei, lib. XX, cap. VIII, n. 2).
 
La separación es cada vez más visible entre las dos sociedades, la del bien y la del mal. El conde José María de Maistre exclamaba:
«Dícese comúnmente que todos los siglos se parecen, y que los hombres han sido siempre los mismos; pero es preciso desconfiar de estas máximas generales que ha inventado la pereza o la irreflexión para evitarse el discurrir. No hay duda que siempre ha habido vicios en el mundo, pero se diferencian en cantidad, en naturaleza, en cualidad dominante y en intensidad; y a pesar de haber existido impíos en todos los siglos, ¡jamás se había visto antes del siglo XVIII, y en el seno del Cristianismo, “una insurrección contra Dios”! Jamás había existido especialmente una conjuración sacrílega de todos los talentos contra su autor; y lo que no habíamos visto nunca, lo vemos en nuestros días…»(Veladas de S. Petersburgo)
 
Sí, hemos visto a la impiedad extenderse por todas partes con inconcebible rapidez, deslizándose por todas partes, desde el palacio hasta la choza, infectándolo todo, siguiendo caminos invisibles, y teniendo una acción oculta pero infalible.
  
Finalmente, presagiando la disolución próxima de la sociedad actual, escribía poco tiempo antes de su muerte al conde Marcelo (Mario Luis “Lodoïs” de Martin du Tyrac) estas palabras notables: «Sé que mi salud y mi espíritu se debilitan de día en día; bien pronto no me quedará de los bienes del mundo mas que un ¡hic jacet! Muero con Europa, lo cual es irse en buena compañía». De Maistre no veía en 1796 más que dos hipótesis para la filosofía: una religión nueva o el rejuvenecimiento extraordinario del Cristianismo. «La generación presente, decía, es testigo de uno de los más grandes espectáculos que haya visto jamás el hombre: el combate a muerte del Cristianismo y del Filosofismo». Al fin de su carrera conoció que existía una tercera hipótesis: “el fin”.
  
Por lo demás la previsión de un cambio próximo y radical en los destinos de la humanidad se halla en el fondo de las inteligencias, y lo anuncian todos los hombres notables sin distinción de banderas: teólogos, filósofos, poetas, viajeros, místicos ilustrados por la divina luz, o seducidos por el padre e la mentira; tradiciones de la Iglesia, tradiciones de los pueblos, aunque cada cual a su modo.
  
Pero precisamente lo que llama más la atención del observador es esta divergencia en la expresión de un mismo pensamiento, porque bajo esta variedad se columbra una especie de instinto profético esparcido en la humanidad entera como en la época del primer advenimiento de Nuestro Señor Jesucristo.
  
He aquí algunas líneas notables de un escritor que, aunque buen católico, está muy distante de ser hostil a las tendencias actuales de la sociedad:
«Grandes cosas están reservadas para el porvenir. Todos los pecados volverán hacia su origen, que es el orgullo, y se concentrarán en su principio, que es el amor de sí mismo. Y el combate será entre la humildad y el orgullo. Y el bien se aproximará al cielo, y el mal al infierno. Y volverán a encontrase el cielo y el infierno, y lucharán otra vez Miguel y Satanás; y la bandera de los hijos de Dios llevará aún escritas estas palabras: “¿Quién como Dios?”. Y el grito de los hijos de Satanás será aún: “Seréis como dioses”. Y todos los malvados querrán ser dioses. Y los buenos abrirán sus almas a Dios, y Él les inspirará con toda la fuerza de su poder. “Y ha llegado ya el principio de estas cosas”. Dios y el demonio se preparan, el mundo espera con ansiedad, la Iglesia con confianza, los Ángeles en la oración, y Cristo tiene suspendida la cruz sobre el mundo» (Carlos de Sainte-Foy, “Libro de los pueblos y de los reyes”, pág. 53).
  
Mons. JEAN-JOSEPH GAUME S.Th.D., Protonotario Apostólico y Vicario de Nevers. Où allons-nous? Coup d’œil sur les tendances de l’époque actuelle (¿A dónde vamos? Una mirada sobre las tendencias de la época actual), edición de los hermanos Gaume, París 1844, págs. 241-263.
  
NOTA DEL ORIGINAL FRANCÉS
[1] Ver la verídica y desconsoladora “Memoria” de los capellanes de los colegios de París.

OBISPO DEL ORDINARIATO ANGLICANO: «PRELADO QUE ASEGURE “NO SABER NADA” DEL CASO McCARRICK ES UN MENTIROSO»

Artículo de Doug Mainwaring para LIFESITE NEWS. Traducción nuestra.
  
HOUSTON, Texas, 30 de Agosto de 2018, (LifeSiteNews) – Uno de los obispos más jóvenes de los Estados Unidos ha expresado su incredulidad, cuando no disgusto, sobre la manera en que los altos prelados han manejado el escándalo McCarrick, que aún está enviando oleaje sobre la Iglesia Católica.
  
Steven Joseph Lopes, Obispo del Ordinariato Personal de la Cátedra de San Pedro.
 
En una homilía dominical en su catedral de Nuestra Señora de Walsingham en Houston, Texas, el obispo Steven Lopes, de 43 años, habló sobre la insatisfactoria respuesta de algunos de los miembros de la vieja guardia de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos (USCCB) al escándalo.
 
«Voy a deciros qué respuesta creo que no es lo bastante buena: Es ese desfile de cardenales y obispos que se precipitan hacia las cámaras de televisión, aferrándose a sus cruces pectorales y asegurando: “¡Yo no sabía nada!», dijo Lopes, designado en 2016 obispo del Ordinariato Anglicano, un rito especial en la Iglesia para los anglicanos que se convirtieron en católicos pero aún pueden retener algunas de sus tradiciones, formalmente llamada la Diócesis del Ordinariato Personal de la Cátedra de San Pedro.
  
    
«No les creo eso. Y soy uno de ellos», continuó Lopes.
  
‘Todos lo sabíamos’
«No me lo creo. Porque como uno de los obispos más jóvenes de la Conferencia, mantengo una interesante perspectiva. Por ejemplo, fui seminarista cuando Theodore McCarrick fue nombrado Arzobispo de Newark, y él visitaba a menudo el seminario. Y todos sabíamos», agregó.
 
«El obispo Steven Lopes dice que no cree en los cardenales y obispos que niegan conocer de los abusos de McCarrick», trinó Matthew Schmitz, editor principal de First Things.
  
La caída de los Apóstoles en nuestro tiempo
«Lo que esto habla es de la caída de los Apóstoles, en vivir la vida moral integral, ciertamente. Pero también actuar, también responder, también salvaguardar el rebaño confiado a su cuidado. Ese es el problema. Y también nosotros, como Iglesia, como obispos, como sacerdotes y diáconos, y como fieles laicos, tenemos todo el derecho de estar furiosos; tenemos derecho a preguntar: “¿Qué podemos suponer que estaban haciendo estos apóstoles?», continuó Lopes.
 
Schmitz luego subió un vídeoclip en Twitter del cardenal Blase Cupich probando el punto del obispo Lopes, mostrando al prelado de Chicago colapsando mientras intenta contestar una pregunta del entrevistador: «¿Cuándo tomó conciencia de las acusaciones a McCarrick?».
  
COMENTARIO PERSONAL: Si Steven Joseph Lopes (quien fuera instalado presbítero en el año 2000 con el rito montiniano y obispo en el 2016 con el mismo rito inválido) sabía desde sus tiempos en el seminario de San Patricio en Menlo Park, CA sobre las andanzas de McCarrick en Newark, ¿POR QUÉ NO DENUNCIÓ EN OPORTUNIDAD?
 
Fuera de eso, queremos exhortar a todos los anglicanos tradicionalistas (tanto los de Canterbury como los de los Ordinariatos creados a partir de Anglicanórum Cœ́tibus) a que se conviertan al Catolicismo Tradicional, a fin de salvar sus almas. Si su preocupación es el conservar su tradición litúrgica, bien pueden rescatar el Uso de Sarum, el principal uso pre-tridentino en la Inglaterra anterior a la separación impuesta por Enrique VIII.

RECOLECCIÓN DE LAS FIESTAS DE NUESTRA SEÑORA

El padre Mathieu Orsini escribe que “Una fiesta es guardada en honor de la Santísima Virgen, llamada Recolección de las Fiestas de Nuestra Señora”
  
Lovaina (en francés Louvain, en neerlandés Leuven y en alemán Löwen), es la capital de la provincia del Brabante flamenco en la región de Flandes en Bélgica. Hubo una vez una capilla llamada Notre-Dame de Leuven, o Nuestra Señora de Lovaina, que se levantó cerca del campanario de una iglesia separada dedicada a San Pedro. La capilla debía su origen a una imagen de la Santísima Virgen María que fue dada por un grupo de monjes de la abadía de Parc como signo de hermandad en el año 1132.
 
Nuestra Señora de Lovaina
   
Según la tradición, la estatua de madera, que representaba a la Santísima Virgen sentada con el Niño Jesús en su regazo, fue un regalo celestial depositado en la tierra por los Ángeles. La imagen excitó un vivo fervor religioso tras su recepción, y hubo numerosos milagros acreditados a la piadosa devoción a la imagen de Nuestra Señora de Lovaina.
   
Más de 350 años después, como la capilla de Nuestra Señora de Lovaina fue construida en un terreno que era necesitado para la construcción de la nueva (y más grande) iglesia de San Pedro, fue necesario demoler la capilla. En una carta datada a 28 de Marzo de 1496, el obispo Jean Horne de Lieja, autorizó la transferencia de materiales de la capilla de Nuestra Señora de Lovaina a la nueva basílica de San Pedro. La antigua capilla fue demolida dos años después en 1498, y la estatua de la Virgen fue ubicada en un altar especial en la iglesia colegiata de San Pedro. Cada año, en la tarde del primer domingo de Septiembre, la milagrosa imagen de Nuestra Señora de Lovaina era llevada en procesión por los canónigos y miembros de la magistratura mientras tañían las campanas y los músicos acompañaban la imagen cantando la Salve Regína. Algún tiempo después la estatua llegó a ser conocida como Notre-Dame-sous-la-Tour (Nuestra Señora bajo la torre).
  
La iglesia original de San Pedro fue hecha enteramente de madera, y construida alrededor de 986. Fue quemada hasta sus cimientos en 1176. Fue reconstruída en estilo románico con una cripta detrás del coro. La iglesia tuvo dos torres en el oeste, y la imagen es todavía usada como el antiguo sello de la ciudad y el de la universidad. La iglesia fue entonces agrandada en 1425 en estilo gótico brabantino. La iglesia de San Pedro fue gravemente dañada en las dos guerras mundiales, pero más importantemente, la imagen original de Nuestra Señora de Lovaina fue completamente destruida en 1944 por un bombardeo de los Aliados durante la II Guerra Mundial, y la que ahora se ostenta en la iglesia es solamente una réplica.
  
ORACIÓN
Oh Dios, que nos llenáis de una santa alegría con el recuerdo consolador de las alegrías y solemnidades de la Concepción, Natividad, Presentación, Anunciación, Visitación, Purificación y Asunción de la bienaventurada Virgen María: concedednos la gracia de alabarla y servirle tan dignamente, para que en todas nuestras necesidades y angustias, principalmente en la hora de la muerte, sintamos su presencia y auxilio; y que después de nuestra muerte podamos por ella y con ella, merezcamos participar de vuestra alegría en los Cielos. Por J. C. N. S. Amén.