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jueves, 28 de marzo de 2019

SAN JUAN DE CAPISTRANO, PATRONO DE LOS CAPELLANES CASTRENSES

«Unos confían en sus carros armados, otros en sus caballos: mas nosotros invocaremos el Nombre del Señor nuestro Dios» (Salmo 19, 9).
    
San Juan de Capistrano
  
Los cuarenta años de vida activa del fraile franciscano Juan de Capistrano transcurrieron casi exactamente en la primera mitad del siglo XV, puesto que ingresa en la Orden a los treinta años de su edad, en 1416, y muere a los setenta, en 1456. Si recordamos que en este medio siglo se dan en Europa sucesos tan importantes como el nacimiento de la casa de Austria, el concilio, luego declarado cismático, de Basilea y la batalla de Belgrado contra los turcos, y añadimos después que en todos estos acontecimientos Juan de Capistrano es, más que partícipe, protagonista, se estimará justo que le califiquemos como el santo de Europa.
  
Juan de Capistrano, ya en su persona, parecía predestinado a su misión europea, pues, más que de una sola nación, era representativo de toda Europa.
 
Es europeo el hombre: italiano de nación, porque la villa de Capistrano, donde nace, está situada en los Abruzzos, del Reino de Nápoles; francés, si no por familia, como algunos autores creen, a lo menos por adopción, pues su padre era gentilhombre del duque de Anjou, Luis I; por la estirpe procedía de Alemania, según las «Acta Sanctórum» de los Bolandos, que sigo fundamentalmente en este escrito; por ciudadanía, hablando lenguaje de hoy, podría decirse español, al menos durante un tiempo, como súbdito del rey de Nápoles, cuando lo era Alfonso V de Aragón; por sus estudios y vida seglar, ciudadano de Perusa, a la sazón ciudad pontificia; húngaro también, pues los magiares lo tienen por héroe nacional y le han alzado una estatua en Budapest, y por su muerte, en fin, balcánico, pues falleció en Illok, de la Eslovenia.
  
En cuanto al santo, esto es, el hombre que se santificó en el apostolado, era, si cabe, aún más europeo, ya que se pasó la vida recorriendo Europa de punta a punta. A pie o en cabalgadura hizo y deshizo caminos; por el norte, desde Flandes hasta Polonia; por el sur, desde España, aunque su paso por nuestra patria fuera fugaz, hasta Serbia.
  
La fama de su santidad fue también universal. Corría de una a otra nación y en todas partes se le conocía con el nombre de «padre devoto» y «varón santo». Fue popular en toda Italia, en Austria, en Alemania, en Hungría, en Bohemia, en Borgoña y en Flandes, visitando no una, sino varias veces todas las grandes ciudades europeas.
  
Fue también intensamente europea la época del Santo. El año culminante de su vida, aunque ya en avanzada senectud, es el mismo que abre la Edad Moderna de la historia de Europa: aquel 1453 en que los turcos toman Constantinopla, amenazando seriamente la existencia misma de la cristiandad.
  
Divide esta trágica fecha en dos períodos, aunque muy desiguales, la vida de nuestro andariego fraile; pero llena ambos períodos un mismo afán: la salvación de esa cristiandad en peligro. Peligro, en la primera fase, para la unidad católica de Europa, por la descristianización del pueblo, las discordias intestinas de los príncipes y los brotes crecientes de herejía y de cisma; peligro, en la segunda, por la embestida de los ejércitos del Islam. Por eso dedica el Santo su primer apostolado a reconciliar entre sí y con la Sede Apostólica a los príncipes, a restaurar el espíritu cristiano del pueblo, debelar herejías, cortar el paso al cisma y reformar la Orden franciscana, y consagra sus últimos años a predicar, con la palabra y con el ejemplo, la cruzada contra el turco; con el ejemplo, también, porque el buen fraile en persona toma parte decisiva en la famosa batalla de Belgrado, de julio del 56, en que es derrotado el ejército de Mohamed II, que ya remontaba el Danubio con la ambición de dominar el occidente europeo.
  
Dotó Dios a Juan de Capistrano de prendas singularmente adecuadas a su misión de universalidad. Para ganarse al pueblo, no importa en qué nación, poseía las cualidades que suele el pueblo cristiano pedir a sus santos. Ya fraile y anciano, según nos lo describen sus coetáneos, era de figura ascética: pequeño, magro, enjuto, consumido, apenas piel y huesos, y su gesto austero, pero a la vez dulce y caritativo. Vibraba su palabra en la predicación de las verdades eternas; pero hablaba, sobre todo, con el semblante luminoso y encendido; con los ojos centelleantes, magnéticos; con el ademán sobrio y a la vez cálido y acogedor. Esto explica que en sus correrías trasalpinas, predicando las más de las veces en latín, aun antes de que el intérprete hubiera traducido sus palabras, ya andaban sus oyentes pidiendo a gritos confesión y prometiendo cambiar de vida, y muchos rompían en llanto y hacían hogueras con los objetos de sus vanidades: dados, naipes, afeites y arreos de lujo, y otros le pedían ser admitidos a la vida religiosa: por un solo sermón, al decir de un cronista, 120 escolares, en Leipzig, y, por otro, 130, en Cracovia, tomaron hábitos.
   
Llegado a una villa predicaba por las plazas, porque en los templos no había cabida para la muchedumbre que le seguía. Hablaba durante dos o tres horas sin que la gente desfalleciera y siempre fustigando la corrupción de costumbres e incitando a penitencia; terminada la predicación visitaba sin descanso a los enfermos, haciendo innúmeras curaciones prodigiosas.
   
No sólo por su celo apostólico era hombre santo, sino también por su vida de oración y por su penitencia, que no en vano tuvo por maestro de espíritu y por su mejor amigo al gran San Bernardino de Siena. Dormía dos horas, comía apenas, y andaba con frecuencia enfermo, renqueaba siempre, padecía del estómago y estaba mal de la vista. Pero a todas sus flaquezas se sobreponía su espíritu gigante.
  
A tan extraordinarias dotes para el apostolado popular unía Capistrano otras nada corrientes cualidades que le hacían apto para la diplomacia, arte que ejerció con acierto a lo largo de toda su vida. Era sabio y prudente en juicio y en palabra; había sido en su mocedad un buen jurisconsulto y probado dotes de gobierno cuando ejerció autoridad de juez en Perusa. Era, además, hombre muy docto en las ciencias sagradas y escritor fecundo: sus manuscritos, coleccionados en el siglo XVIII por el P. Antonio Sessa, de Palermo, suman diecisiete grandes volúmenes. Siempre fue muy dócil a la Sede Apostólica y entre sus muchos escritos canónicos sobresalen los que dedica a la defensa de las prerrogativas pontificias.
  
Por gozar de tales prendas fue elevado en la Orden, por dos veces, al cargo de vicario general de la observancia, lo que le permitió emprender la reforma de muchos monasterios y extenderlos por toda Europa, y cuatro Papas –Martín V, Eugenio IV, Nicolás V y Calixto III– le confiaron misiones delicadas: la detracción de los Fraticelli, la lucha en Moravia contra la herejía husita, las negociaciones para la incorporación de los griegos a la Iglesia Romana, la vigilancia de los judíos, la contención del cisma de Basilea, etc. etc.
 
Su fama de virtud y de ciencia no libró al Santo de contradicción. Túvola Capistrano, y la que más puede afligir a un corazón magnánimo y sensible: la que proviene de parte de los afines. Algunos minoristas «conventuales», y el más sobresaliente de ellos, el sajón Matías Döring, descontentos de la reforma de los «observantes» que el Santo llevaba al interior de los conventos, se opusieron a sus innovaciones, acusando al vicario de inquieto y revoltoso, y otros, celosos acaso de su inmensa popularidad, le imputaban ambición de honra y vanagloria; injustísima acusación hecha a un hombre que por dos veces había declinado la mitra episcopal: la de Chieti, que le brindó el papa Martín V, ya en 1428, a quien contestó, por cierto, que no quería verse «encarcelado» en el episcopado, y la de Aquila, su diócesis natal, que le ofreció, más tarde, Eugenio IV.
  
Tampoco le faltaron críticas por parte de personas más autorizadas, tales como el cardenal español Juan de Carvajal y aun el propio Eneas Silvio Piccolomini, en razón de las cuales, sin duda, hubo más tarde dificultades para su canonización, que no culminó hasta 1690, siendo Pontífice Alejandro VIII.
  
Pero, huelga decirlo, el mayor número de sus detractores y los más violentos se encontraban en las filas de los enemigos del Pontificado, sea entre los políticos laicistas de la época, como aquel Jorge de Podiebrad, que pertinazmente le cerró las puertas de la Bohemia, sea entre los herejes, como el arzobispo de Praga Juan de Rokytzana, cabeza de los husitas, o bien entre los judíos, como aquellos de las comunidades italianas que llamaban al de Capistrano «el nuevo Amán» perseguidor del pueblo elegido.
  
Las grandes empresas apostólicas de San Juan de Capistrano al servicio de la Europa cristiana podrían resumirse en estas seis: restauración de la vida cristiana del pueblo mediante la predicación; reforma de la Orden franciscana implantando la observancia; impugnación de la herejía hussita, que resultó ser el primer brote de la gran apostasía luterana; represión de los abusos del judaísmo, que se hallaba enquistado en los pueblos cristianos; contención del cisma incubado en el concilio de Basilea, que minaba la autoridad del Papado, y cruzada contra el turco, que amagaba contra la cristiandad.
  
Dejando a un lado, como menos propias de una hagiografía, aquellas empresas del Santo que presentan un tinte político o diplomático, me detendré en las que ofrecen un carácter enteramente apostólico y misionero.
  
Por aquel tiempo, la Orden de los frailes menores, más o menos recluida hasta entonces en el interior de sus conventos, se echó a peregrinar por pueblos y ciudades, predicando en calles y plazas las verdades eternas y excitando a la reforma de las costumbres. Esta empresa no fue obra de un hombre solo, fue obra de un equipo de hombres excepcionales, a cuya cabeza figuraba el gran San Bernardino de Siena y en el que formaron en seguida otros dos santos: Juan de Capistrano y Santiago de la Marca; dos beatos: Alberto de Sarteano y Mateo de Girgento, y los egregios minoristas Miguel de Carcano y Roberto de Lecce, por no citar sino las figuras más descollantes. Fue la época clásica de los grandes predicadores peregrinos y el origen de las misiones populares.
  
Cada uno de estos grandes misioneros, acompañado de un grupo de seis u ocho frailes de su Orden, tomó por un camino y corrió por su cuenta su aventura apostólica. Pero la mayor parte de ellos se mantuvieron en los límites de la península italiana, en la que consiguieron una verdadera renovación de la vida moral y religiosa de su pueblo. Mérito singular de Capistrano es haber acometido por sí solo, más allá de los Alpes, lo que sus hermanos de Orden hicieron en el interior de Italia, consiguiendo él resultados pariguales en los principados alemanes, en Polonia, en Moravia y hasta en la Saboya, en la Borgoña y en Flandes.
  
Grandes fueron los frutos de este vasto e intenso movimiento religioso. El pueblo cambiaba de vida, corrigiendo innúmeros abusos: el juego, el lujo, la embriaguez, la usura, el concubinato, la profanación de las fiestas, y los príncipes, los consejeros de las ciudades y los jueces se veían compelidos a usar de su autoridad con equidad y clemencia.
  
Cierto que no todos estos frutos fueron durables, acaso por no guardar proporción con estas misiones populares extraordinarias la cura pastoral ordinaria llamada a mantener el fervor despertado por aquéllas; pero también puede tenerse por cierto lo que el mismo Capistrano habría de escribir después, refiriéndose a la predicación de sus hermanos de Orden en Italia: «Si no hubiera sobrevivido la predicación, la fe católica habría venido a menos y pocos la hubieran conservado».
  
Importante aportación del capistranense a la renovación religiosa y moral de su tiempo, en sus cuarenta años de actividad apostólica, fue su labor como cabeza del movimiento por la observancia en lucha contra el conventualismo, empresa que repercutió no sólo en favor de su Orden, sino también en la reforma misma de toda la Iglesia. San Juan sembró la Europa central de nuevos conventos franciscanos y, mediante la reforma de los antiguos, devolvió su primitivo celo a la Orden a la sazón más popular e importante de la Iglesia católica. Y no fue pequeño servicio a la cohesión europea haber tejido por toda la haz de la Europa de entonces esta apretada red de conventos que unían en santa familia a los frailes observantes de todas las naciones.
  
Pasemos ya a relatar la participación personal del Santo en la cruzada contra el turco, recordando primero lo más esencial de este histórico suceso.
  
Corría el año 1453, último del pontificado de Nicolás V, cuando Mohamed II conquista Constantinopla, somete la Tracia al señorío turco, afianza en el Asia Menor el imperio del Islam sobre las ruinas de la Iglesia oriental y amenaza a la suerte de la cristiandad en Occidente.
  
Grave momento para el mundo católico y aun para la propia Iglesia. Porque si bien desde un siglo antes pisaban los turcos tierra europea y tenían sojuzgada una parte de la península balcánica, mientras quedó a sus espaldas la fortaleza de Constantinopla, Europa no se sintió verdaderamente amenazada de dominación y por eso desoyó el llamamiento a cruzada del papa Eugenio IV, ya en 1444. Pero ahora, cuando cayó la capital del viejo Imperio bizantino, toda la cristiandad comprendió que había perdido mucho más que una plaza fortificada.
  
Consciente del peligro, el Papa Nicolás V, cuatro meses después de aquel nefasto día, publica una bula contra los turcos, que enciende en Occidente el antiguo entusiasmo de las cruzadas. En ella amonesta el Pontífice a hacer la paz entre sí, bajo pena de excomunión, a las potencias cristianas y singularmente a los Estados italianos, que, al decir de un cronista, «se despedazaban como canes»: Milán contra Venecia, Génova contra Nápoles... La paz en Italia se consiguió en parte, pero no la alianza para la cruzada.
 
San Juan toma la decisión de marchar a la amenazada Hungría ante el temor de que su gobierno pactara un acuerdo con los turcos, como lo hicieron, poco después, con escándalo de todos, los venecianos. Por el camino predicó la cruzada en Nuremberg, ciudad libre del Imperio y bien armada; en Viena, donde levantó unos cientos de universitarios que tomaron la cruz, y en Neusdtadt, corte del emperador.
 
Sobreviene entonces la muerte del papa Nicolás y en la elección del nuevo Pontífice la Providencia, valiéndose de un juego de factores dentro del conclave, al parecer ajenos a esta inquietud, suscita la elección del pontífice español Calixto III, que luego probó ser la figura indicada para hacer frente a una situación de tan tremendo riesgo.
  
Capistrano, que desde la Estiria había escrito al Papa incitándole a que confirmase la bula de cruzada, marcha a Györ a fin de asistir a la dieta imperial de Hungría, expresamente convocada para tratar de la guerra contra el turco. Aquí las cosas de la cruzada iban mejor, porque el país se sentía directamente amenazado por el sultán y ponían espanto las noticias que llegaban de Serbia sobre los atropellos de la soldadesca turca. Juan Húnyade, el caudillo húngaro, traza un plan que el de Capistrano comunica al Papa, pidiéndole su apoyo. San Juan se aplica durante los meses siguientes a deshacer enemistades entre los caudillos y se reúne en Budapest con Húnyade y con el cardenal español Juan de Carvajal, nombrado legado del Papa para la cruzada en Alemania y en Hungría, de cuyas manos recibe el Santo el breve pontificio que le concede toda clase de facultades para predicar la bula. Los tres Juanes: el legado, el caudillo y el fraile llevarán de ahora en adelante la preparación de la cruzada.
  
Estando reunida la dieta húngara en Budapest, corría el mes de febrero, se recibe la terrible noticia de que Mohamed II se acercaba ya con un poderoso ejército hacia las fronteras del sur de Hungría. Húnyade acude a Belgrado. A partir de este momento cifra el de Capistrano todas sus ilusiones en marchar con el ejército cristiano al encuentro de los infieles, sacrificando en la lucha, si es preciso, su propia vida. Parte para el sur y recorre en predicación todas las regiones meridionales de Hungría, llamando al pueblo a cruzada, hasta que recibe el mensaje apremiante de Juan Húnyade de que suspenda inmediatamente la predicación y reuniendo los cruzados que pueda los conduzca aprisa a Belgrado.
 
Es fascinante el relato que hace de la batalla de Neudorfehervar uno de los frailes compañeros del Santo, fray Juan de Tagliacozzo, testigo presencial del suceso. Él describe con expresivos pormenores la llegada del ejército turco, su bien abastecido y pertrechado campamento de tierra, con más de doscientos cañones, y camellos y búfalos, la fuerte flota turca sobre las aguas del Danubio, el asedio de la amurallada ciudad, la tremenda desproporción de las fuerzas en presencia –sólo los jenízaros eran cincuenta mil–, que hace vacilar al propio Juan Húnyade, el gran luchador de años contra el turco, hasta el punto de pensar en una retirada, y las provocaciones del sultán, que anunciaba a gritos que había de celebrar en Budapest el próximo Ramadán. Describe, asimismo, la batalla naval sobre el Danubio, que, contra toda previsión, ganan los cruzados, el asalto de la ciudadela por los jenízaros, que obliga a los caudillos militares a iniciar la evacuación de la ciudad, y, por último, la increíble y casi milagrosa victoria obtenida por los defensores, con la retirada final del ejército turco en derrota.
  
La intervención del Santo en la batalla fue decisiva y sin ella la ciudad de Belgrado hubiera caído sin remedio en manos de los turcos. Él aportó la legión popular de cruzados, que sostuvieron lo más duro de la lucha, y enardeció con su palabra y con su ejemplo no sólo a ese ejército popular, sino también a los naturales, poniendo en tensión su resistencia.
  
Juan de Capistrano salvó a Belgrado por tres veces: la primera, cuando indujo a Húnyade a lanzar su escuadra contra la flota turca; la segunda, durante el asedio de la ciudad, cuando se negó a la propuesta de evacuarla, y la tercera, en la hora del asalto turco, cuando, al dar por perdida la plaza, los caudillos militares Húnyade y Szilágyi intentaron abandonarla, juzgando la situación insostenible y él se aferró a la resistencia.
 
Dominado el Santo por una confianza sobrenatural en la victoria, condujo a la batalla a los cruzados con ardor y coraje sobrehumanos. Cuenta el cronista allí presente cómo, durante la acción naval, ganó el fraile capitán una altura visible a todos los combatientes y desplegando la bandera cruzada y agitando la cruz, vuelto el semblante al cielo, gritaba sin descanso el nombre de Jesús, que era el lema de sus cruzados. Y cómo, durante los días del asedio, vivía en el campamento con los suyos, sosteniendo su espíritu religioso como única moral de guerra. Y cómo, en fin, en el asalto de la ciudadela, corría de una a otra parte de la muralla, cuando la infantería turca escalaba ya el foso, gritando él a lo más granado de los defensores: «Valientes húngaros, ayudad a la cristiandad».
  
Jamás esgrimió armas el de Capistrano; las suyas eran espirituales. El campamento de los cruzados, más que un cuartel militar, parecía una concentración religiosa. Él mismo daba ejemplo. En diecisiete días durmió siete horas, no se mudó de ropa y comía sólo sopas de pan con vino. Él y sus frailes celebraban a diario la misa y predicaban, y los combatientes en gran número recibían los sacramentos. «Tenemos por capitán un santo y no podemos hacer cosa mal hecha», decían entre sí sus gentes. «Si pensamos en el botín y en la rapiña seremos vencidos». Y todos le obedecían «como novicios». El fraile tenía sobre sus cruzados, al decir de los testigos, mayor poder que hubiera tenido sobre ellos el propio rey de Hungría.
  
En la lucha secular de la Europa cristiana contra el islamismo, la victoria cruzada de Belgrado es un hecho importante, pero no debe exagerarse su trascendencia. Como tampoco la del heroico episodio de la intervención del Santo en ese hecho de armas, aunque el triunfo fuera mérito suyo incontestable. Pero en éste como en los anteriores sucesos de su vida, importa más que los hechos mismos y más que su trascendencia en el campo militar, en el político y aun en el religioso, el valor ejemplar de su propia conducta; su santidad y su heroísmo puestos al servicio de tan noble causa: la unidad cristiana de Europa. En este terreno presentamos a nuestro héroe a la admiración de nuestros contemporáneos y le proponemos como ejemplo.
  
La cristiandad había seguido angustiada la lucha y de entonces viene la tradición del rezo del Ángelus al toque de campana del mediodía; la «campana del turco», que mandó el Papa tañer en todas las iglesias de Europa para que el pueblo cristiano sostuviera con su oración a los cruzados.
  
Cuando, una semana después de la victoria, el cardenal legado, el español Carvajal, entró con un ejército verdadero en la ciudad liberada, era la gran ilusión del capistranense proseguir la guerra y anunciaba en público que para la fiesta de la Navidad celebraría misa en la iglesia del Santo Sepulcro. No eran estos, sin embargo, los planes de la cristiandad, ni hubiera podido tampoco emprenderlos nuestro Santo, pues la peste, terrible compañera de la guerra, pocos días después de la victoria, tomó posesión de su cuerpo y lo entregó en brazos de la muerte, aunque ese pobre cuerpo parecía entonces, al decir de un coetáneo, la muerte misma: un esqueleto sin carne y sin sangre, unos pocos huesos cubiertos de piel. Sólo el rostro, sereno y sonriente, expresaba la interior satisfacción de una misión histórica cumplida.
 
Con la vida de nuestro héroe debe terminar también este relato. Séame permitido, sin embargo, insistir en una conclusión piadosa: a Juan de Capistrano puede, en justicia, llamársele el Santo de Europa. (...) Sea, pues, Juan de Capistrano nuestro intercesor cuando pidamos a Dios por la unidad europea.
  
ALBERTO MARTÍN-ARTAJO (ex-Ministro de Asuntos Exteriores de España) Año Cristiano, tomo I, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1959, págs. 695-705.
   
ORACIÓN
Oh Dios, que por el bienaventurado Juan hiciste triunfar a tus fieles en virtud del nombre de Jesús sobre los enemigos de la Cruz: te suplicamos nos concedas por su intercesión, que superadas las insidias de nuestros enemigos espirituales, merezcamos recibir de ti la corona de justicia. Por el mismo J. C. N. S. Amén.

miércoles, 27 de marzo de 2019

BERGOGLIO RECHAZA EL BESAMANOS DE SUS SÚBDITOS

El pasado 25 de Marzo, en la visita de Francisco Bergoglio a la Basílica de la Santa Casa de Nuestra Señora en Loreto, sucedió un hecho que se hizo viral en redes sociales: Cuando sus feligreses querían besarle la mano, “hacía la cobra” y cambiaba la mano.
  
 
En el vídeo (tomado de CATÓLICOS ALERTA) se puede observar cómo Bergoglio retira violentamente su mano derecha para evitar que le besen el anillo. Recordemos que Bergoglio no tiene el anillo del Pescador, que sigue teniendo Ratzinger. Bergoglio decidió seguir utilizando el anillo que usaba en la Argentina. También le fabricaron una imitación en plata del anillo de Montini, que Bergoglio tampoco utiliza. Vemos entonces claramente que Bergoglio actúa como una concubina que aparenta estar casada con un hombre casado cuando en realidad vive en adulterio.
      
   
A continuación, una explicación del besamano y su significado (fuente: COSTUMBRARIO CATÓLICO TRADICIONAL):
 
  
«Al tratar sobre el saludo cristiano, nos referimos a la laudable costumbre –desgraciadamente en vías de caer en desuso– de besar las manos consagradas de los sacerdotes. Hoy queremos abundar en este tema y referirnos a los ósculos como signos de reverencia y respeto.
  
El beso u ósculo es el acto de rozar algo con los labios. La palabra latina “osculum” significa “boquita” (de “os”: “boca” y “culum”: sufijo diminutivo) y alude a que para besar se hace la boca pequeña contrayendo los labios. De la misma raíz proviene la palabra “adorar”, es decir llevar “ad os”, a la boca algo para besar. Éste es el sentido de la “adoración” del Papa que hacían los cardenales después de su elección. Cada purpurado se acercaba al nuevo pontífice sentado sobre su trono en la Capilla Sixtina y “lo adoraba”, es decir le besaba sucesivamente la mula, la rodilla y el anillo, lo que no significaba en modo alguno un acto de culto de latría.
  
El beso ha sido siempre y en todas partes un signo de afecto y respeto. Por afecto, se besa filialmente a los padres, paternalmente a los hijos, cariñosamente a familiares y amigos, tierna o pasionalmente a la persona amada, benévolamente a los animales domésticos… También se besa sus retratos u objetos que los representan o les pertenecen. Por respeto, se besa la mano de las señoras (antiguamente también la orla de sus vestidos) y, en los pueblos de cultura patriarcal, la mano del paterfamilias.
   
Una hermosa costumbre se refería al pan que se desechaba por haber caído en lugar sucio o por haberse endurecido. Antes de arrojarlo a la basura se lo besaba y la persona se persignaba como pidiendo perdón por tirar “el pan de Dios”, el que Él nos da respondiendo a nuestra petición del Padrenuestro. En tiempos hodiernos las madres ya no enseñan a sus hijos esta señal de delicadeza, que encerraba un hondo significado de solidaridad para con los hambrientos.
  
En la Iglesia Católica existen dos clases de besos u ósculos: los litúrgicos y los reverenciales. Los besos litúrgicos se dan a las personas y objetos sagrados durante los actos del culto: la Santa Misa, la celebración de los sacramentos, bendiciones, procesiones, etc. Normalmente, se besa la mano del celebrante cuando se le entrega o se recibe algo de él y el objeto entregado y recibido. También se besan las cosas bendecidas (palmas, candelas, pan bendito, etc.).
  
Los ósculos reverenciales se dan a las sagradas imágenes y a las estampas de Dios, la Virgen, los ángeles y los bienaventurados y a las reliquias de estos últimos; a los objetos piadosos y de devoción (cruces, rosarios, escapularios, agnusdei, etc.). También a las personas sagradas, empezando por el Papa, objeto de la adoratio (según se ha explicado antes) y cuyo annulum piscatoris (el anillo del Pescador) se ha de besar en audiencia. Los prelados consagrados con el orden episcopal –ya sean cardenales, patriarcas, arzobispos y obispos– son acreedores del ósculo a su anillo pastoral, acto que en el pasado se hallaba indulgenciado [Antes del Enchiridion Indulgentiarum de Montini, por besar el anillo pastoral se ganaban 50 días de Indulgencia, N. del E.]. El beso tanto al anillo papal como al episcopal debe hacerse haciendo genuflexión.
  
A los prelados no constituidos en el orden episcopal y los sacerdotes, tanto seculares como regulares, se les besa la mano por razón de las unciones con que ésta ha sido consagrada para tocar el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo. Y se hace en la mano derecha porque ella es el vehículo de las bendiciones del buen Dios. El gesto se ha de acompañar con una inclinación. ¿Por qué al Papa y a los obispos se les besa el anillo y no la mano como a los demás sacerdotes? Porque el anillo es el signo externo de su autoridad apostólica y de su unión con la iglesia que presiden.
   
En el protocolo epistolar eran sólitas las siguientes fórmula de despedida del remitente de la carta: “que besa la sagrada púrpura de Vuestra Eminencia” (en el caso de dirigirse a un cardenal) y “que besa el pastoral anillo de Vuestra Excelencia” (tratándose de un arzobispo u obispo). El ósculo a la púrpura de un Príncipe de la Iglesia es hoy meramente retórico, pero debió practicarse en el pasado besando la orla de la cauda cardenalicia, como se besaban las de las vestiduras de ciertos potentados y dignatarios civiles y religiosos y de las señoras.
   
El ósculo depositado en una mano consagrada es un acto a la vez de humildad, de piedad y de religión. Es un acto de humildad porque indica el reconocimiento de una subordinación, aunque no a la persona sino a la dignidad (de ahí que nunca hay que substraerse a besar la mano de algún sacerdote aunque se lo considere indigno); es la subordinación del laico al clérigo, que está constituido en un orden superior. Es un acto de piedad porque el hijo rinde homenaje a su padre espiritual y también porque se reconoce y se muestra visiblemente respeto a lo sagrado. Es, en fin, un acto de religión, porque se honra a Dios honrando a sus ministros. En estos tiempos de descreimiento y de galopante apostasía también es de modo especial un elocuente acto de fe, por el cual se reverencia la mano que ha sido consagrada para ofrecer el santo sacrificio de la Misa.
  
Es una pena que se vaya perdiendo la costumbre del besamano a los sacerdotes, pero da aún más pena el que ellos mismos en muchos casos la retiren, rehusando esta muestra de respeto de parte de los fieles. A veces se debe a una actitud de humildad mal entendida porque no se comprende lo que se ha dicho antes: que el homenaje no es a la persona sino a la dignidad que ésta ostenta y representa. Escamotear el honor debido a su dignidad no hace más humilde a la persona del sacerdote ciertamente, pero sí puede llegar a humillar al fiel que se ve retirar la mano que quiere besar, lo cual puede ser tomado como un rechazo. Otras veces esta actitud puede deberse –y esto sí es grave– a una concepción errónea sobre la identidad sacerdotal y sobre la naturaleza de lo sagrado.
  
Pensemos en un san Pío X o en un beato Juan XXIII: han sido reconocidos como modelos de modestia y humildad y, sin embargo, mantuvieron íntegra la etiqueta de la antigua corte pontificia, que hacía de la persona del Papa un objeto de constante pleitesía. ¿Puede dudarse de la sinceridad o la virtud de estos papas? Lo que pasa es que eran perfectamente conscientes de su altísima dignidad y estaban convencidos de que su honra redundaba en el esplendor de la fe católica y en la gloria de Dios.
  
¡Besemos las manos consagradas!».
 
Claro, Bergoglio rechaza el besamanos de sus alegados súbditos y fieles (y tal vez de Angélica Rivera, ex-primera dama de México). Pero... ÉL SÍ SE DEJA BESAR LA MANO DE LA ADÚLTERA ESPOSA DE UN USURPADOR, como lo es Letizia Ortiz Rocasolano, en arte “reina consorte de España”, el 30 de Junio de 2014:

 
de un artista circense semidesnudo luego de una función en el Aula Pablo VI el 7 de Febrero de 2018:
  
  
y de don Mario Pezzi, uno de la tríada fundadora del neocatecumenalismo (secta judaizante a cuál más):
 
  
Y lo peor, LE BESA LA MANO a los judíos, como hizo el 26 de Mayo de 2014 en Yad Vashem, el gran monumento al Holocuento en la Entidad Nazionista (NO, no eran John Rothschild, Henry Kissinger y John Rockefeller. Tampoco es, como dijo un bloguero mexicano, una costumbre polaca -sólo hacia las mujeres, vale aclarar-):
  
  
y a activistas homosexualistas y heréticos con gabán de curas, como a Don Michele De Paolis SDB el 6 de Mayo de 2014 (fallecido de una isquemia cerebral a los 93 años de edad el 29 de octubre de ese mismo año en la ciudad de Foggia, QUE SU ALMA ARDA EN EL INFIERNO POR TODA LA ETERNIDAD) tras concelebrar el servicio novusordiano en la Casa Santa Marta, quien afirmaba que Dios permite la homosexualidad y que la Biblia no es Su Palabra:
  
   
Conciliares, os preguntamos: ¿SEGUÍS, ANTE LA CADA VEZ MÁS APLASTANTE EVIDENCIA, INSISTIENDO EMPECINADAMENTE EN RECONOCER COMO “PAPA” A UNO QUE NO TIENE EL MÁS MÍNIMO RESPETO AL CATOLICISMO QUE DICE REPRESENTAR Y AL CARGO QUE USURPA, COMO LO ES JORGE MARIO BERGOGLIO SÍVORI? Verdaderamente, de ser así, nos causáis vergüenza ajena.
    
JORGE RONDÓN SANTOS
27 de Marzo de 2019 (Resurrección del Señor)
Miércoles de la tercera semana de Cuaresma, y fiesta de San Juan Damasceno, presbítero, confesor y doctor de la Iglesia.

NOVENA EN HONOR A SAN VICENTE FERRER

Novena según se celebraba en el Convento de la Pasión que tenía la misma Orden en Madrid (siguiendo las consideraciones expuestas en la “Historia de la portentosa vida y milagros de San Vicente Ferrer” escrita por el padre Francisco Vidal y Micò OP en 1735), donde fue impresa por Eusebio Aguado en 1832, con las debidas licencias. Puede rezarse en cualquier momento del año, pero especialmente en preparación a su fiesta, que es el 5 de Abril.
  
COMPENDIO DE LA PRODIGIOSA VIDA DEL GLORIOSO SAN VICENTE FERRER
El día 23 de enero del año 1340 nació San Vicente Ferrer en Valencia, ciudad que da nombre a su reino. Su nacimiento verdaderamente fue un rasgo de la gran bondad, misericordia y providencia de Dios para con su Iglesia. Se hallaba ésta entonces sumamente agitada de la corrupción de costumbres e ignorancia en los deberes para con Dios y su santa ley, que reinaban en la mayor parte de las naciones de Europa, y resfriada la caridad y la piedad de muchos de sus hijos. Dios ofendido castigó a casi toda la Europa con la peste horrorosa que la envió el año 1338, y que duró cerca de dos años; al fin de los cuales envió al glorioso San Vicente Ferrer, como un signo de su misericordia, para que como su Apóstol con las señales de un verdadero apostolado reparase la piedad, purificase el santuario, y atrajese a Dios y a su felicidad a los que ni aun aquel castigo horroroso del Señor (la peste dicha) había abierto los ojos de sus almas, cerrados con el sueño de los vicios.
  
Fue prevenido San Vicente con las dulzuras de la gracia, y educado por sus piadosos padres en el santo temor de Dios y virtudes cristianas, cual convenía a las sublimes ideas que el Señor tenía sobre él. Fue un Ángel desde niño, y de un Ángel fueron sus acciones y sus estudios. De diez y siete años era ya filósofo y teólogo, y tenía sublimes conocimientos de la ciencia de los Santos, que no es otra que la de las virtudes fundadas en la humildad y perfeccionadas con la caridad.
   
Para llenar por su parte los designios de Dios, que ya conocía, y de que le había dado exactas ideas y signos nada equívocos, tomó el hábito de Santo Domingo en el convento de Predicadores de Valencia, su patria. Aqui, al paso que se perfeccionó en todas las virtudes, y heroicamente cumplió y llenó sus solemnes votos y leyes de su Orden, hizo otro tanto con las ciencias y con la oratoria sagrada propias de su instituto, que sus Prelados, aun siendo muy joven, le mandaron enseñar públicamente, graduándole de Doctor y Maestro.
   
Dios, como va dicho, le destinaba para su Apóstol en la mayor parte de Europa, y le separó, como en otro tiempo a Pablo y Bernabé, de la enseñanza en las Universidades para la grande obra a que le destinó; a saber, la de llevar su santo nombre a las gentes, a los reinos y a los hijos de Israel, como hizo con aquéllos.
   
Comenzó pues su Apostolado y predicación con tal celo, con tanta erudición, con tales signos prodigiosos, que muy en breve se vieron unos efectos tan admirables, que dieron bien a entender que su misión era de Dios. Judíos, herejes, mahometanos, malos cristianos a millares se convertían al Señor. España, Francia, Inglaterra, parte de Alemania, la Italia, fueron reinos que experimentaron las mayores y mejores reformas con la predicación y vida santa de este nuevo Apóstol.
   
Como a tal, Dios le dio la autoridad y poder de hacer milagros, ilustrándole con los dones de su santo espíritu, señales, dice San Pablo, de un verdadero Apóstol. Con estos, si su doctrina fue alguna vez despreciada de los enemigos de la fe, quedaban todos enmudecidos, confundidos, y convertidos. Predicaba siempre en su nativo idioma, y todas las gentes le entendían en los suyos propios. La naturaleza y sus leyes parece están a su disposición: él mandaba en los elementos, y tenía, digámoslo así, dominio sobre la vida y la muerte.
   
Resucitó muchos muertos, sanó paralíticos, curó toda clase de enfermos, dio vista a los ciegos, oído a los sordos, hizo andar a los cojos y tullidos, lanzó el maligno espíritu de los obsesos, dio partos felices, y aun sacó en ellos de los umbrales de la muerte a muchas mujeres que peligraban. Por último, fueron tantos los milagros que en vida y muerte obró, que averiguados sobre ochocientos por los jueces de su canonización, dejaron ya de comprobar otros muchos por no hacer interminable el proceso. Para conocer si serian muchos los que obró, basta saber que todos los días después del sermón mandaba al compañero que llevaba tocar una campanilla a hacerlos. “Toca á fer milacres”, decía en su idioma nativo.
  
Sobre estos divinos dones el Espíritu Santo le enriqueció con el de profecía, de consejo, de discreción de espíritus, de sabiduría, últimamente de cuantos estuvieron adornados los que el Señor destinó para sus Apóstoles.
   
Mas no por solo este destino sublime y angelical que el Señor dio a su siervo San Vicente le hizo tan poderoso en obras y palabras, sino por el modo con que correspondió a su divina gracia y a sus dones, siendo heroico en todas las virtudes morales y cristianas. Fue humilde hasta el extremo de no firmarse sino con el nombre de pecador, persuadiéndose era el mayor de todos los pecadores. Así es que fue cruelísimo consigo mismo, usando siempre del cilicio, de la disciplina, abstinencias, ayunos y toda obra de mortificación y de penitencia, con que procuraba aplacar al Señor por sus culpas enormes en sola su imaginación. Fue purísimo en alma y cuerpo; paciente, lleno de mansedumbre, de piedad, de celo, de caridad, sosteniendo estas virtudes con una oración continua; en una palabra, era en un todo conforme a Jesucristo.
   
Desde su misma niñez así lo fue, y en él no hubo más alteración que los mayores grados de perfección con que cada día adelantaba en esta conformidad y en sus heroicas virtudes. En medio pues de tanta heroicidad, amado de Dios y de los hombres, entre los dulcísimos nombres de Jesús y de María rindió su espíritu en manos del Señor a 5 de abril de 1419 en Vannes, ciudad de la Bretaña menor en el reino de Francia, y le colocó el Omnipotente en su paraíso celestial, premiando así sus virtudes, su celo apostólico, su heroica santidad, y haciendo que su memoria permanezca por medio de signos prodigiosos y de milagros estupendos en el corazón de sus devotos entre bendiciones, alabanzas y eterna gratitud.
   
Luego que el Santo fue beatificado y canonizado, creciendo cada día más y más la fama de los milagros y beneficios que por su poderosa intercesión Dios hacia a sus devotos, comenzaron éstos a reclamarla por medio de cultos piadosos y religiosos, y de novenarios que hacían en su honor. Nuestra España especialmente ha adoptado éstos, y por su medio ha interesado frecuentemente al Santo.
   
Con los calamitosos tiempos que han transcurrido no ha dejado de resfriarse la piedad y devoción en algunos, que con frecuencia omiten estas y otras prácticas piadosas: y en otros una piedad mal entendida ha hecho emplear las novenas de los Santos en meras estériles alabanzas, sin tratar de edificarse con sus virtudes. Para ocurrir al primer escollo y avivar la piedad de aquellos, ha parecido conveniente ofrecerles esta Novena de San Vicente Ferrer, bastante abreviada, extractada de otra que por dilatada, aunque muy devota, algunos se cansaban de ella: y para evitar el segundo, se ha puesto esta misma por orden de virtudes, para que la consideración de una de ellas cada día nos excite a imitarla en el ejemplar que nos ofrece el mismo Santo: y así al paso que le alabemos y procuremos su favor en la secuela de sus virtudes, nos proporcionemos iguales objetos de alabanza en la Gloria de los bienaventurados.
    
ADVERTENCIAS
  1. Para hacer con fruto esta Novena se debe confesar y comulgar el día que se empiece, con el objeto de que sea con toda pureza de alma y cuerpo, y merecer que el Señor oiga nuestras oraciones. Y será muy bueno repetir esta diligencia el último día.
  2. En el tiempo que se destina para la meditación, procuraremos recoger nuestro interior y dejándonos de rezos y otras devociones, meditaremos precisamente en la virtud que se propone para cada día, procurando fijarla en nuestro corazón.
  3. Cuando pidamos a Dios el socorro en nuestras necesidades corporales, hágase con fe viva, pero resignados en la divina voluntad; porque si no nos conviene, es gran piedad de Dios el que no nos lo conceda.
  4. Será muy bueno que los Predicadores dirijan sus sermones a engrandecer la virtud que toque meditar aquel día, declamando contra el vicio opuesto, y procurando excitar a los fieles a abrazarla con los ejemplos que de ella dio el glorioso San Vicente.
  
NOVENA DEVOTA DEL GLORIOSO APÓSTOL DE VALENCIA SAN VICENTE FERRER, HONOR Y LUSTRE DEL ORDEN DE PREDICADORES.
 
   
Puesto de rodillas delante del Altar o Imagen de San Vicente, y hecha la Señal de la Cruz, dirá el Acto de Contrición siguiente:
  
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
  
ACTO DE CONTRICIÓN
Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Criador y Redentor mío, en cuyos misterios y Fe creo, en cuya misericordia y méritos infinitos de vuestra Pasión y muerte espero ser eternamente feliz, y a quien amo sobre todas las cosas y aun sobre mi propia vida, me pesa, Dios mío, haberos ofendido, por ser Vos quien sois y por vuestra infinita bondad; y propongo perder mil vidas que tuviese, antes que volveros a ofender, y satisfaceros, ayudado de vuestra divina gracia, por mis ofensas. Os doy palabra firme de confesarme y de apartarme de todas las ocasiones de ofenderos: espero en vuestra misericordia infinita me perdonareis todos mis pecados, y me daréis gracia para perseverar en estos mis propósitos firmes, y emplearme en vuestro santo servicio hasta la muerte. Amén.
   
ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Glorioso Padre San Vicente, dignísimo hijo de Santo Domingo, que destinado por Dios para Predicador de las gentes, mereciste que tu alma fuese adornada con todas las virtudes y dones del Espíritu Santo, para que con tu doctrina y ejemplo convirtieses los pecadores a verdadera penitencia, y atrajeses a los infieles a la Fe de Jesucristo: humildemente te pido interpongas tus poderosos méritos ante nuestro Dios y Señor, para que apartando de mí cuanto le sea desagradable, me conceda la gracia de imitar tus virtudes, y con ellas emplearme en su santo servicio hasta el último momento de mi vida. Amén.
   
DÍA PRIMERO – 27 DE MARZO
TEMOR DE DIOS

  
ORACIÓN PARA EL DÍA PRIMERO
Dulcísimo Jesús, que deseando que todos los hombres, ayudados por vuestra divina gracia, obrasen en temor y temblor su eterna felicidad, les manifestasteis siempre con vuestras palabras y ejemplos el fundamento de la verdadera sabiduría en este mismo temor, y que en vuestro siervo San Vicente Ferrer les ofrecisteis un modelo práctico de este precioso don del Espíritu Santo, mandándole anunciase a todas las gentes la proximidad de vuestro Juicio, para que los pecadores se retrajesen de vuestras ofensas, y emprendiesen una saludable penitencia: concededme, Dios mío, por la intercesión del mismo Santo, que penetrada mi alma de este santo temor, y teniendo a la vista vuestros altos juicios, huya de todas las ocasiones de pecar, y me haga digno de vuestras misericordias. Amén.
  
Aquí meditará cada uno el día del Juicio, y procurará imprimir en su alma el santo temor de Dios.
  
Concluida la meditación dirá los versos y oración siguientes, que dispusiera San Vicente Ferrer para implorar una buena muerte:
Misericordia, Señor, y atended piadoso a mi corazón. (Salmo 4, 2)
Misericordia, Dios mío, que mi alma se halla enferma, y las virtudes que (como los huesos al cuerpo) debieran sustentarla, están en ella muy desmayadas y perdidas. (Salmo 6, 3)
Misericordia, Señor, y atended a lo humillado y abatido que me veo de mis enemigos. (Salmo 9, 14)
Misericordia, Señor, que me veo angustiado, y con vista de haber provocado contra mí vuestra justicia, me hallo confuso, y se estremece mi cuerpo. (Salmo 30, 10)
Misericordia, Dios mío, y sea según vuestra gran clemencia. (Salmo 50, 1)
Misericordia, Señor, que me atropella el enemigo; todo el día me impugna y molesta. (Salmo 55, 2)
Misericordia, Señor, pues en Vos confía mi alma, y se alegra mi corazón en Vos. (Salmo 56, 2)
Misericordia, Señor, pues cada día clamo a Vos: Alegra el alma de tu siervo, cuando levanto mi corazón y lo dirijo hacia tu piedad. (Salmo 85, 3)
Misericordia, Señor, misericordia, que estamos afrentados y corridos. (Salmo 122, 3)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, y ahora y siempre, y en los siglos de los siglos. Amén.
  
Señor mío Jesucristo, que cuanto es de ti a todos salvas, y no quieres que nadie se pierda, y a quien nunca se pide sin una segura esperanza de tu misericordia, pues por tu misma boca santa y bendita dijiste: Cuanto en mi nombre pidiereis al Padre Celestial, se os concederá. Suplícote, Señor, por tu Santo Nombre, que en el artículo de mi muerte me des el conocimiento entero, me conserves el habla, y me concedas una grande contrición de mis pecados, una fe viva y constante, una bien ordenada esperanza y una caridad perfecta, para que con puro corazón te pueda decir: En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu; me redimiste, Dios de la verdad, que eres bendito y glorioso en los siglos de los siglos. Amén.
   
ORACIÓN A SAN VICENTE FERRER PARA EL DÍA PRIMERO.
Amado Padre San Vicente, que poseído del santo temor de Dios, diste abundantísimos frutos de verdadera sabiduría, y predicándole a los pecadores e infieles, los ilustraste en los verdaderos caminos de su eterna felicidad: alcánzame, que temiendo yo a Dios siga el camino de las virtudes, de que tantos y tan repetidos ejemplos nos diste, que guía al objeto de mi felicidad, que consiste en la posesión del mismo Dios. Amén.
  
Para alcanzar esta gracia se dirá tres veces el Padre nuestro, Ave María y Gloria, y se concluirá con la siguiente oración:
Glorioso Apóstol de Valencia San Vicente, te consta, Santo mío, la necesidad de mi alma, y el consuelo que necesita; por tanto te suplico humildemente interpongas delante de Dios tus poderosos méritos, para que consiga de su divina piedad las virtudes y la gracia que pido en esta Novena; y que en el artículo de mi muerte me dé conocimiento entero, me conserve el habla para la confesión de mis culpas, me conceda una perfecta contrición de ellas, una Fe viva, una esperanza firme, y una caridad ardiente, para que con toda seguridad y puro corazón pueda decir: En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu, que eres bendito y glorioso en los siglos de los siglos. Amén.
 
GOZOS AL GLORIOSO SAN VICENTE FERRER
    
Pues gozas supremo honor
Por tu virtud eminente:
Sed, Apóstol San Vicente,
Nuestro amado protector.

 
El Cielo antes de nacer
Tu santidad pronostica,
Y con milagros publica
Los prodigios que has de hacer:
De tu virtud superior
Fue el indicio más patente.
Sed, Apóstol San Vicente,
Nuestro amado protector.

 
Valencia en tu nacimiento
Se explicó con alborozo,
Adelantándose el gozo
Para aplaudirte portento.
Hizo inmortal su esplendor
Con las luces del Oriente.
Sed, Apóstol San Vicente,
Nuestro amado protector.

 
Predicador soberano
Quiso constituirte el Cielo,
Siendo esfera tu desvelo
El cielo Dominicano:
Con esto Predicador
Te instituyó propiamente.
Sed, Apóstol San Vicente,
Nuestro amado protector.

 
Su mano el Verbo encarnado
En tu mejilla imprimió,
Con que al mundo te dejó
Predicador señalado.
Predicando tu fervor
Lo mostrabas claramente.
Sed, Apóstol San Vicente,
Nuestro amado protector.

 
Que erais Ángel persuasivo
Predicaste con acierto,
Haciendo tu voz que un muerto
Diese testimonio vivo.
Fue tu crédito mayor
Con el milagro presente.
Sed, Apóstol San Vicente,
Nuestro amado protector.

 
Lo que en un idioma hablabas
Entendían las naciones,
Oyéndose tus sermones,
Aunque ausente predicabas;
Sin ser para oír el clamor,
La distancia inconveniente.
Sed, Apóstol San Vicente,
Nuestro amado protector.

 
Por tres días sin cesar,
Desde un lienzo retratada,
Se oyó tu Imagen sagrada
Con gran fruto predicar.
A todos causó temor
Oír tu voz elocuente.
Sed, Apóstol San Vicente,
Nuestro amado protector.

 
Con portentos singulares
De infieles y hombres perdidos,
Fueron por ti convertidos
Para Dios muchos millares,
Confesando con dolor
Sus culpas públicamente.
Sed, Apóstol San Vicente,
Nuestro amado protector.

 
Por suplir la carestía
Los panes multiplicaste,
Y con quince alimentaste
Dos mil de tu compañía:
Imitando al Redentor
En obra tan excelente.
Sed, Apóstol San Vicente,
Nuestro amado protector.

 
Si alguna vez fatigado,
De hacer milagros cesabas,
Para hacerlos le prestabas
La facultad al Prelado.
Este admirable primor
En ti se vio solamente.
Sed, Apóstol San Vicente,
Nuestro amado protector.

 
A tu piedad peregrina
Concurrían los mortales,
Porque hallaban de sus males
Universal medicina.
Con tu presencia el rigor
Cesaba en todo accidente.
Sed, Apóstol San Vicente,
Nuestro amado protector.

 
De tu virtud cada día
Ve milagros la experiencia,
Siendo especial tu asistencia
En el mal de alferecía,
Dándote por tal favor
Las gracias continuamente.
Sed, Apóstol San Vicente,
Nuestro amado protector.
   
Antífona: Que San Vicente Ferrer sea con nosotros en el ocaso de la vida, para conducirnos por seguro camino a Cristo.
℣. Ruega por nosotros, San Vicente.
℟. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.
  
ORACIÓN
Oh Dios, que hiciste que la multitud de las naciones viniese al conocimiento de tu Nombre por la admirable predicación de tu confesor el bienaventurado San Vicente, concédenos te suplicamos, que merezcamos tener como Premiador en el cielo a Aquél que anunció en la tierra como Juez venidero, Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
  
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
DÍA SEGUNDO – 28 DE MARZO
HUMILDAD.

Por la Señal,…
Acto de Contrición, y Oración “Glorioso Padre San Vicente,…”.
   
ORACIÓN PARA EL DÍA SEGUNDO
Dulcísimo Jesús, que deseoso de plantar en el corazón de los hombres la verdadera humildad, no dudasteis tomar forma de siervo, humillándoos hasta la muerte de Cruz; y que en vuestro siervo San Vicente renovasteis frecuentemente ejemplos de humildad, con los que yo abatiese mi amor propio: ilustrad, Dios mío, mi alma, para que conociendo mi miseria huya del orgullo y vanidad, enemigos capitales de ella, y únicamente apetezca el desprecio y abatimiento, para que así algún día sea por Vos, según vuestra promesa, ensalzado y glorificado entre los verdaderos humildes en la gloria. Amén.
  
Aquí considerará cada uno su propia nada, y pedirá a Dios la verdadera humildad. Luego dirá los versos “Misericordia Señor,…” con la oración.
  
ORACIÓN A SAN VICENTE FERRER PARA EL DÍA SEGUNDO.
Amado Padre San Vicente, espejo clarísimo de humildad, que alabado y aclamado de Pontífices, de Reyes, de Príncipes, y de los pueblos, quienes a porfía te llenaban de honores, supiste conservarte humilde, desechando todo orgullo y vanidad: alcánzame, Santo mío, esta virtud, con la cual a su ejemplo desprecie el vicio de la soberbia, y viendo mi nada y mi miseria, conozca que solo Dios es el grande, a quien únicamente es debido el honor y la gloria; y de él espere la que tiene preparada a los humildes y mansos de corazón. Amen.
  
Se dirá tres veces el Padre nuestro, Ave María y Gloria. La Oración “Glorioso Apóstol de Valencia, San Vicente…” y los Gozos se rezarán todos los días.
  
DÍA TERCERO – 29 DE MARZO
CARIDAD. 
Por la Señal,…
Acto de Contrición, y Oración “Glorioso Padre San Vicente,…”.
   
ORACIÓN PARA EL DÍA TERCERO
Dulcísimo Jesús, que llevado del amor al hombre bajasteis del Cielo a la tierra, os vestisteis de nuestra humana naturaleza, y padecisteis muerte atroz en una cruz, para de este modo llamar su atención a fuerza de beneficios a vuestro amor y servicio, dándole además un ejemplar de heroica caridad en vuestro siervo San Vicente, con cuya virtud supo él tanto agradaros y serviros: os suplico inflaméis mi voluntad con el fuego de esta caridad, para que a Vos solo ame, a Vos solo sirva, y desprecie por Vos aun mi propia vida, ganándola así para mi propia felicidad. Amén.
   
Aquí se considerará el amor que nos tiene nuestro Dios, y la obligación que tenemos de corresponder a este amor. Luego dirá los versos “Misericordia Señor,…” con la oración.
  
ORACIÓN A SAN VICENTE FERRER PARA EL DÍA TERCERO.
Amado Padre San Vicente, que cual Serafín abrasado en amor de Dios, día y noche meditabas su santa ley con el objeto de agradarle en todo; indagabas su divina voluntad para cumplirla, y en continuas alabanzas al Señor explicabas tu caridad: abrasa, Santo mío, mi alma con el fuego de esta heroica virtud, para que a imitación tuya yo sirva a mi Dios, y le ame con todo mi corazón, a fin de que despreciando todas las cosas por su amor, merezca alcanzar su gracia y su gloria. Amén.
  
Se dirá tres veces el Padre nuestro, Ave María y Gloria. La Oración “Glorioso Apóstol de Valencia, San Vicente…” y los Gozos se rezarán todos los días.
  
DÍA CUARTO – 30 DE MARZO
CASTIDAD.
Por la Señal,…
Acto de Contrición, y Oración “Glorioso Padre San Vicente,…”.
  
ORACIÓN PARA EL DÍA CUARTO
Dulcísimo Jesús, que agradándoos en tanto grado la virtud de la pureza, nacisteis de una Madre Virgen y distinguisteis con particular amor a vuestro virgen discípulo San Juan; y sobre estos ejemplares nos habéis dado en vuestro siervo San Vicente un Ángel en esta santa virtud, para que a su ejemplo nosotros seamos puros y castos en obras, palabras y pensamientos: concededme, Jesús mío, por su intercesión poderosa, que aparte yo de mi corazón todo impuro deseo, y sea casto en obras y palabras, para que así sea digno de entonar aquel dulce cántico que cantan los puros y castos en el Cielo. Amén.
   
Aquí se meditará sobre la hermosura de la Pureza, pidiendo al Señor que nos la dé en alma y cuerpo. Luego dirá los versos “Misericordia Señor,…” con la oración.
  
ORACIÓN A SAN VICENTE FERRER PARA EL DÍA CUARTO.
Amado Padre San Vicente, espejo cristalísimo de pureza y castidad, que conservaste con los auxilios de la gracia todo el discurso de tu vida, apartándote de aquellas ocasiones peligrosas que los enemigos de nuestras almas escogen para empañarlas y perderlas, viviendo siempre mortificado en tus sentidos, y conteniendo tus pasiones con el ayuno y la penitencia: alcánzame, Santo mío, que mortificando yo mis pasiones y apetitos, y manteniéndome siempre puro y casto en obras, palabras y pensamientos, sea templo vivo del Espíritu Santo. Amén.
  
Se dirá tres veces el Padre nuestro, Ave María y Gloria. La Oración “Glorioso Apóstol de Valencia, San Vicente…” y los Gozos se rezarán todos los días.
     
DÍA QUINTO – 31 DE MARZO
MORTIFICACIÓN.
Por la Señal,…
Acto de Contrición, y Oración “Glorioso Padre San Vicente,…”.
   
ORACIÓN PARA EL DÍA QUINTO
Dulcísimo Jesús, que venido al mundo a redimir al hombre, y a enseñarle los caminos de su salvación con vuestros ejemplos y doctrina, le guiasteis por el de la mortificación, ayunando, velando, padeciendo hambre, desnudez y cansancio; y le disteis para ejemplar de esta virtud a vuestro siervo San Vicente, para que como él mortificásemos nuestra carne con nuestros apetitos: infundid, Salvador mío, en mi alma vivísimos deseos de imitaros, para que mortificados mis apetitos y pasiones, y macerada mi carne con la penitencia, satisfaga en algún modo a vuestra justicia por mis culpas, y merezca ser escrito en el libro de la vida. Amén.
   
Aquí se meditará cuánta necesidad tenemos de mortificar nuestra carne, para que no se rebele contra el espíritu. Luego dirá los versos “Misericordia Señor,…” con la oración.
  
ORACIÓN A SAN VICENTE FERRER PARA EL DÍA QUINTO.
Amado Padre San Vicente, que para tener siempre sujetos tus apetitos y pasiones, los tuviste toda tu vida clavados en la cruz de Jesucristo, mortificándolos con ayunos, abstinencias, cilicios, disciplinas y demás géneros de penitencias con que pudiste vencer los enemigos de nuestra salud: alcánzame, Santo mío, aquel espíritu de mortificación que vino a enseñarnos Jesucristo, para que crucificado yo con él en la tierra, merezca resucitar con él en su gloria. Amén.
   
Se dirá tres veces el Padre nuestro, Ave María y Gloria. La Oración “Glorioso Apóstol de Valencia, San Vicente…” y los Gozos se rezarán todos los días.
   
DÍA SEXTO – 1 DE ABRIL
PACIENCIA.
Por la Señal,…
Acto de Contrición, y Oración “Glorioso Padre San Vicente,…”.
   
ORACIÓN PARA EL DÍA SEXTO
Dulcísimo Jesús, que anunciado como varón de dolores y enfermedades tolerasteis con la más heroica paciencia los que cargaron sobre Vos por los pecados de los hombres; y lejos de abrir la boca para quejaros de los golpes, injurias, oprobios y contusiones, con que indignamente fuisteis tratado, orasteis por los mismos enemigos, que así os mortificaron y crucificaron; y a mayor abundamiento quisisteis poneros por admirable ejemplar de paciencia a vuestro siervo San Vicente en los trabajos que padeció, para que nos avergonzásemos de nuestro poco sufrimiento: dadme, Dios mío, esta paciencia, para que á imitación vuestra yo sufra, resignado en vuestra divina voluntad, los agravios e injurias de mis prójimos, y los trabajos que de cualquier modo me vengan, y así se cumpla en mí el dicho de vuestro Apóstol: «Si con Cristo padecemos, con Cristo seremos glorificados». Amén.
  
Aquí se meditará la resignación que tuvo Jesucristo en medio de sus tormentos y su muerte, y el poco sufrimiento que tenemos en nuestros trabajos. Luego dirá los versos “Misericordia Señor,…” con la oración.
  
ORACIÓN A SAN VICENTE FERRER PARA EL DÍA SEXTO.
Amado Padre San Vicente, que perfecto imitador de Jesucristo crucificado sufriste con la mayor paciencia y mansedumbre, así los grandes trabajos y enfermedades con que Dios provocaba tu virtud, como los malos pensamientos, falsos testimonios, calumnias y burlas pesadas de hombres perdidos, de mujeres escandalosas, y aun de algunos de tus discípulos, perdonándolos a imitación del mismo Jesucristo, y dispensándoles favores y beneficios: alcánzame, Padre mío, que imite yo esta misma mansedumbre y paciencia, para que con verdad diga a mi Dios: «Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores». Amén.
 
Se dirá tres veces el Padre nuestro, Ave María y Gloria. La Oración “Glorioso Apóstol de Valencia, San Vicente…” y los Gozos se rezarán todos los días.
  
DÍA SÉPTIMO – 2 DE ABRIL
ORACIÓN.
Por la Señal,…
Acto de Contrición, y Oración “Glorioso Padre San Vicente,…”.
   
ORACIÓN PARA EL DÍA SÉPTIMO
Dulcísimo Jesús, que después de haber persuadido a los hombres la necesidad de orar, y enseñándoles el modo de hacerlo, les disteis continuos ejemplos de oración, y quisisteis que dedicado siempre a esta virtud vuestro siervo San Vicente se verificase en él lo que decía San Pablo; que nuestra conversación es en los cielos, para que nosotros, siguiendo sus pasos, nos acostumbrásemos a este santo ejercicio: moved, Jesús mío, mi alma para que se dedique en un todo a la oración, y merezca conseguir por ella vencer los enemigos de mi eterna salud, y tolerar las tribulaciones por donde debo pasar para ser feliz. Amén.
  
Aquí se meditará cuánta necesidad tenemos de los auxilios de Dios, los cuales se consiguen por medio de la oración. Luego dirá los versos “Misericordia Señor,…” con la oración.
  
ORACIÓN A SAN VICENTE FERRER PARA EL DÍA SÉPTIMO.
Amado Padre San Vicente, que penetrado de la bondad y misericordia del Señor para con los hombres, y que solo de sus benéficas manos les han de venir los auxilios y la gracia para amarle, servirle y vencer los enemigos de su salvación, te elevabas en la más alta contemplación para darle gracias por tan incomparables beneficios: alcánzame, Santo mío, que penetrado yo de estos mismos sentimientos, tenga una oración fervorosa, por la que consiga todo cuanto necesito para la salud de mi alma. Amén.
  
Se dirá tres veces el Padre nuestro, Ave María y Gloria. La Oración “Glorioso Apóstol de Valencia, San Vicente…” y los Gozos se rezarán todos los días.
  
DÍA OCTAVO – 3 DE ABRIL
AMOR AL PRÓJIMO.
Por la Señal,…
Acto de Contrición, y Oración “Glorioso Padre San Vicente,…”.
   
ORACIÓN PARA EL DÍA OCTAVO
Dulcísimo Jesús, que llevado del amor a los hombres quisisteis nacer verdadero hombre sin dejar de ser Dios, vivir y conversar con ellos, enseñarles los caminos de la verdadera felicidad, y morir últimamente por ellos; cuyo ejemplar unido con el de vuestro siervo San Vicente, que se desvivía por el bien de sus prójimos, nos dice el mutuo amor que debe reinar entre los hombres: comunicadme, Dios mío, eficaces deseos de amar a mis prójimos, aun a mis enemigos mismos, y de hacerles todo el bien posible en lo temporal y espiritual, para que así merezca oír algún día de vuestra boca lo que oirán vuestros escogidos: «Venid, benditos de mi Padre, al reino que os tengo preparado». Amén.
  
Aquí se meditará la obligación que tenemos de amar a nuestros prójimos, pues todos somos hijos de un mismo Padre, que es Dios. Luego dirá los versos “Misericordia Señor,…” con la oración.
  
ORACIÓN A SAN VICENTE FERRER PARA EL DÍA OCTAVO.
Amado Padre San Vicente, que abrasado en el amor de tus prójimos les procurabas todos los bienes posibles con tu predicación, oraciones y penitencias por su salud eterna, y con tus estupendos milagros por su bien temporal: te suplico, Santo mío, me alcances del Señor iguales deseos de emplearme en la salud de mis hermanos, aunque fuesen mis mayores enemigos, amándolos de todo corazón, y procurando su verdadera felicidad para que yo reciba el premio condigno en el reino de los cielos. Amén.
   
Se dirá tres veces el Padre nuestro, Ave María y Gloria. La Oración “Glorioso Apóstol de Valencia, San Vicente…” y los Gozos se rezarán todos los días.
     
DÍA NOVENO – 4 DE ABRIL
PENITENCIA.
Por la Señal,…
Acto de Contrición, y Oración “Glorioso Padre San Vicente,…”.
   
ORACIÓN PARA EL DÍA NOVENO
Dulcísimo Jesús, que lleno de bondad no queréis la muerte del pecador, sino que se convierta y viva, proporcionándole el remedio de su conversión en la penitencia y aborrecimiento de sus culpas, y dándole un vivo ejemplar en vuestro siervo San Vicente, que a pesar de su inocencia castigaba continuamente su cuerpo, y le reducía a servidumbre para que yo aprendiese a castigar el mío, que tantas veces ha pecado: concededme, Señor mío, fortaleza para satisfaceros con obras de penitencias las muchas ofensas que os tengo hechas, y así justificado como el Publicano merezca vuestro perdón, vuestra gracia y vuestra gloria. Amén.
  
Aquí se meditará cuánto necesitamos ejercitar la penitencia para satisfacer por nuestros pecados. Luego dirá los versos “Misericordia Señor,…” con la oración.
  
ORACIÓN A SAN VICENTE FERRER PARA EL DÍA NOVENO.
Amado Padre San Vicente, clarísimo espejo de inocencia, que no teniendo culpa de grave de que llorar, derramabas lágrimas copiosas de dolor, y castigabas tu inocente cuerpo con el ayuno, el cilicio y las disciplinas, las más veces de sangre, por los defectos leves y precaverlos: alcánzame, Santo mío, un verdadero conocimiento de mis pecados, un dolor intensísimo de haber ofendido a Dios, y un ánimo resuelto de satisfacer al Señor con obras de penitencia, con que pague en esta vida las penas que merezco por ellos, y así purificado y santificado, pueda entrar en el reino de la gloria. Amén.
   
Se dirá tres veces el Padre nuestro, Ave María y Gloria. La Oración “Glorioso Apóstol de Valencia, San Vicente…” y los Gozos se rezarán todos los días.

martes, 26 de marzo de 2019

PATRIARCADO CATÓLICO BIZANTINO A ATHANASIUS SCHNEIDER: “LE FALTÓ CONTUNDENCIA AL CONFRONTAR A FRANCISCO Y SU HEREJÍA”

Un comentarista del blog nos envió este comunicado del Patriarcado Católico Bizantino de Ucrania en referencia a “Monseñor” Atanasio Schneider Trautmann, “obispo auxiliar” de Astaná (Kazajistán), y su encuentro con Francisco Bergoglio el pasado 1 de Marzo.
  
UN APELO AL OBISPO SCHNEIDER

 
Su Excelencia,
  
Vd. públicamente ha atraído la atención a la declaración herética en el documento firmado por Francisco en Abu Dhabi. Ha dicho verdaderamente que la oración sobre la sabiduría de Dios y la diversidad de religiones “lleva a interpretaciones dudosas y heréticas”.
  
Sin embargo, durante su encuentro con Francisco en el Vaticano el 1 de Marzo de 2019, Vd. no trató la herejía como lo requiere la Iglesia. Estaba obligado a decirle claramente a Francisco que no bastaba con tener una conversación privada y cordial, sino que estaba obligado a retractarse de la declaración herética ante toda la Iglesia. Esto es exactamente lo que el Prof. Josef Seifert señala, diciendo que la explicación de Francisco es completamente insuficiente, porque una declaración falsa y completamente inaceptable no se puede arreglar con una conversación privada, sino que se debe revocar públicamente.
  
Desafortunadamente, no asumió esta actitud, por la cual ha confundido al público Católico ortodoxo que confió en Vd. Además, Vd. dijo que estaba en una relación fraternal de unidad con Francisco, y que definitivamente no insistía en un requerimiento claro e intransigente de arrepentimiento adecuado por sus declaraciones heréticas. Lamentablemente, esta es la esencia de su esquizofrenia espiritual.
  
Por tanto, humildemente apelamos a Vd. para que haga al menos una demanda adicional de que Francisco revoque públicamente su declaración herética o renuncie al oficio papal, como incondicionalmente insistiera el Arz. Viganò. Por su actitud ambigua, Vd. bloquea la reforma de la Iglesia más que el manifiestamente hereje card. Marx con sus herejías.
  
En nombre del Patriarcado Católico Bizantino,
 
+ Metodio
Obispo Secretario
  
18 de Marzo de 2019

lunes, 25 de marzo de 2019

DEVOTA MEMORIA DE LAS SIETE CAÍDAS DE NUESTRO SALVADOR

Ejercicio devoto compuesto por el Padre Fray José de San Juan OP, maestro de novicios en el Convento de Santo Tomás de Madrid.
 
DEVOTA MEMORIA DE LAS SIETE CAÍDAS DE NUESTRO SALVADOR JESÚS POR NUESTRO AMOR
 
    
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
  
ORACIÓN PREPARATORIA
Abrid, Señor, nuestra boca para bendecir vuestro santo Nombre: limpiad nuesto corazón de todos los vanos, perversos y ajenos pensamientos; alumbrad nuestro entendimiento y encended nuestro afecto, para que digna, atenta y devotamente hagamos este santo ejercicio, y merezcamos ser oídos en vuestro divino acatamiento. Amén.
 
ORACIÓN
Dulcísimo dueño de las almas, Jesús Nazareno, Corazón de nuestros corazones, nosotros te ofrecemos este ejercicio y oraciones con un grande amor y deseo de ensalzarte, glorificarte y agradecerte aquel infinito amor con que quisiste siete veces caer en tierra por nuestro amor, para confundir nuestra soberbia con tan admirable humildad: y te pedimos las ofrezcas ahora, y en la hora de nuestra muerte a tu Eterno Padre, para que por ellas nos conceda una vida libre de las caídas en los siete vicios capitales, y nos levante a un alto grado de amor de Dios, y de Jesús, María y José, en que vivamos hasta morir. Amén.
  
A Jesucristo adoremos,
Y con tierno corazón
Las caídas contemplemos
Que el Señor dio en su Pasión.
  
La primera caída fue en el huerto, cuando con el mortal sudor de sangre cayó con el rostro en tierra.
  
Ahora besarás el suelo, y contemplarás este paso, mientras se canta esta copla:
Dulce Jesús, que postrado
Sangre sudas por mi amor,
Concédeme que a tus pies
Derrame alma y corazón.
Reza ahora el Padre nuestro, Ave María y Gloria.
  
Alabad al Señor todas las gentes, alabadle todos los pueblos, porque ha confirmado sobre nosotros su misericordia, y la verdad del Señor permanece para siempre.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, y ahora y siempre, y en todos los siglos de los siglos. Amén.
   
Mi Jesús, danos tu mano,
Y por tus siete caídas,
No permitas que caigamos
En ninguna tentación.
  
La segunda caída fue, cuando llevando preso a su Majestad, cayó por el puente del Río Cedrón.
  
Ahora besarás el suelo, y contemplarás este paso, mientras se canta esta copla:
Con el tropel de mis culpas
Te he derribado, Señor,
Lloren mis ojos más agua
Que la que llevó el Cedrón.
Reza ahora el Padre nuestro, Ave María y Gloria, y lo demás como en la primera.
  
La tercera fue cuando delante del Pontífice Anás recibió aquella afrentosa y cruel bofetada, que lo derribó en tierra.
  
Ahora besarás el suelo, y contemplarás este paso, mientras se canta esta copla:
Si de la cruel bofetada
Caes, mi Jesús, al rigor,
Levántate al ruido de estas
Que me da mi contrición.
Reza ahora el Padre nuestro, Ave María y Gloria, y lo demás como en la primera.
 
La cuarta fue cuando le desataron de la Columna, y quedó desmayado sobre su santísima Sangre.
  
Ahora besarás el suelo, y contemplarás este paso, mientras se canta esta copla:
Venid, almas de Jesús,
A morir de compasión,
Que para verle en su Sangre
Desmayado no hay valor.
Reza ahora el Padre nuestro, Ave María y Gloria, y lo demás como en la primera.
 
La quinta fue cuando le arrojaron de golpe la Santa Cruz sobre sus delicados hombros, y dio en tierra con su sacratísimo Cuerpo en el Pretorio de Pilatos.
  
Ahora besarás el suelo, y contemplarás este paso, mientras se canta esta copla:
Después de azotes y espinas,
Cruz y caídas, ¡qué dolor!
Viva mi Jesús, y muera
Quien ingrato le ofendió.
Reza ahora el Padre nuestro, Ave María y Gloria, y lo demás como en la primera.
 
La sexta fue cuando con el peso grande de la Cruz, cayó en la Calle de la Amargura.
  
Ahora besarás el suelo, y contemplarás este paso, mientras se canta esta copla:
Nazareno hermoso, dame
Esa Cruz, que no es razón
Que a ti te postre su peso
Cuando hice el pecado yo.
Reza ahora el Padre nuestro, Ave María y Gloria, y lo demás como en la primera.
  
La séptima fue cuando al subir el Monte Calvario, cayó sobre aquellas piedras, y quedó nuestro amantísimo Jesús muy lastimado y desmayado.
  
Ahora besarás el suelo, y contemplarás este paso, mientras se canta esta copla:
¿Qué habrá hecho el pecado en mí
Si tanto ha causado en Dios?
Pequé contra ti atrevido,
¡Perdón, mi Jesús, perdón!
Reza ahora el Padre nuestro, Ave María y Gloria, y lo demás como en la primera.
   
Aplaca, Señor, tu ira,
Tu justicia y tu rigor.
Dulce Jesús de mi alma,
Misericordia, Señor.
   
Ahora encenderás tu afecto, y haciendo un fervoroso acto de contrición, dirás esta rogativa de los agravios de Jesús:
Jesús, pobre y abatido, Tened piedad de mí, Señor.
Jesús, no conocido y menospreciado, Tened piedad de mí, Señor.
Jesús, aborrecido, calumniado y perseguido, Tened piedad de mí, Señor.
Jesús, dejado de los hombres y del demonio tentado, Tened piedad de mí, Señor.
Jesús, entregado y vendido por vil precio, Tened piedad de mí, Señor.
Jesús, blasfemado, acusado y condenado injustamente, Tened piedad de mí, Señor.
Jesús, vestido de un hábito de oprobios y afrentas, Tened piedad de mí, Señor.
Jesús, abofeteado y burlado, Tened piedad de mí, Señor.
Jesús, arrastrado con una soga al cuello, Tened piedad de mí, Señor.
Jesús, tenido por loco y endemoniado, Tened piedad de mí, Señor.
Jesús, azotado hasta derramar sangre, Tened piedad de mí, Señor.
Jesús, pospuesto a Barrabás, Tened piedad de mí, Señor.
Jesús, despojado de todas sus vestiduras con infamia, Tened piedad de mí, Señor.
Jesús, coronado de espinas y saludado por irrisión, Tened piedad de mí, Señor.
Jesús, cargado con la cruz de mis pecados y las maldiciones del pueblo, Tened piedad de mí, Señor.
Jesús, triste hasta la muerte, Tened piedad de mí, Señor.
Jesús, consumido de dolores, de injurias y de humillaciones, Tened piedad de mí, Señor.
Jesús, afrentado, escupido, ultrajado y escarnecido, Tened piedad de mí, Señor.
Jesús, pendiente de un madero infame entre dos ladrones, Tened piedad de mí, Señor.
Jesús, aniquilado y sin honra para con los hombres, Tened piedad de mí, Señor.
  
ORACIÓN
Oh buen Jesús, que sufristeis por mi amor una infinidad de oprobios y afrentas que yo no puedo comprender; imprimid poderosamente en mi corazón la estimación y amor, y haced que desee la práctica de ellas. Amén.
  
Ahora rezarás tres Ave Marías por las tres necesidades que tuvo María Santísima al pie de la Cruz, y acabarás con la Oración siguiente:
¡Oh santísima Cruz!
¡Oh inocente Cordero!
¡Oh pena grave y cruel!
¡Oh pobreza de Cristo mi Redentor!
¡Oh Llagas muy lastimadas!
¡Oh Corazón traspasado!
¡Oh Sangre de Cristo derramada!
¡Oh muerte de Cristo amargada!
¡Oh Divinidad de Dios, digna de ser reverenciada!
Ayudadme, Señor, para alcanzar la vida eterna en la hora de mi muerte. Amén.
  
Sea bendito y alabado el Santísimo Sacramento del Altar, y la Virgen concebida sin pecado original.
  
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.