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martes, 25 de marzo de 2014

DECLARACIÓN CONJUNTA DEL ARZOBISPO MARCEL LEFEBVRE Y DE MONS. ANTONIO DE CASTRO-MAYER SOBRE ASÍS 1986

     
Roma nos ha hecho preguntar si teníamos la intención de proclamar nuestra ruptura con el Vaticano, en ocasión del Congreso de Asís.
     
Nos parece que la pregunta tendría mas bien que ser la siguiente: ¿Cree Ud. y tiene la intención de proclamar que el Congreso de Asís consuma la ruptura de las autoridades romanas con la Iglesia Católica?
        
Pues, por cierto, es esto lo que preocupa a aquellos que aun permanecen católicos.
      
Es bien evidente, en efecto, que desde el Concilio Vaticano II el Papa y los episcopados se alejan cada vez más netamente de sus predecesores.
       
Todo aquello que fue realizado por la Iglesia para defender la fe en los siglos pasados, y todo lo que fue realizado por los misioneros para difundirla, hasta el martirio inclusive, es considerado de ahora en más como una falta de la cual la Iglesia debería acusarse y hacerse perdonar.
       
La actitud de los once Papas que, desde 1789 hasta 1958, en sus documentos oficiales, han condenado la Revolución liberal, es considerado [hoy] como una falta de comprensión del espíritu cristiano que ha inspirado la Revolución.
    
De allí el giro completo de Roma a partir del Concilio Vaticano II, que nos hace repetir las palabras de Nuestro Señor a aquellos que venían a arrestarle: “Hæc est hora vestra et potéstas tenebrárum”, Luc. 22, 52-531.
      
Adoptando la religión liberal, del protestantismo y de la Revolución, los principios naturalistas de J. J. Rousseau, las libertades ateas de la Constitución de los Derechos del Hombre, el principio de la dignidad humana carente de relación con la verdad y la dignidad moral, las autoridades romanas vuelven la espalda a sus predecesores y rompen con la Iglesia Católica, poniéndose al servicio de los destructores de la Cristiandad y del Reinado universal de Nuestro Señor Jesucristo.
      
Los recientes actos de Juan Pablo II y de los episcopados nacionales ilustran este cambio radical de la concepción de la fe, de la Iglesia, del sacerdocio, del mundo, de la salvación por la gracia.
        
El colmo de esta ruptura con el magisterio anterior de la Iglesia se realizó en Asís, luego de la visita a la Sinagoga. El pecado público contra la unicidad de Dios, contra el Verbo encarnado y Su Iglesia, hace estremecer de horror: Juan Pablo II alentando a las falsas religiones a rezar a sus falsos dioses: escándalo sin medida y sin precedente.
       
Podríamos retomar aquí nuestra Declaración del 21 de noviembre de 1974, que permanece más actual que nunca.
        
Para nosotros, permaneciendo indefectiblemente adheridos a la Iglesia Católica y Romana de siempre, estamos obligados a constatar que esta religión modernista y liberal de la Roma moderna y conciliar, se aleja cada vez más de nosotros, que profesamos la fe católica de los once Papas que han condenado esta falsa religión.
        
Por lo tanto, la ruptura no viene de nosotros, sino de Pablo VI y de Juan Pablo II, que rompen con sus predecesores.
        
Este renegar de todo el pasado de la Iglesia por éstos dos Papas y los Obispos que los imitan, es una impiedad inconcebible y una humillación insoportable para aquellos que permanecen católicos, en la fidelidad a veinte siglos de profesión de la misma fe.
         
POR LO TANTO, CONSIDERAMOS COMO NULO TODO AQUELLO QUE HA SIDO INSPIRADO POR ESTE ESPÍRlTU DE NEGACIÓN: TODAS LAS REFORMAS POST-CONCILIARES Y TODOS LOS ACTOS DE ROMA QUE SE HAN REALIZADO SEGÚN ESTA IMPIEDAD.
       
Contemos con la gracia de Dios y el sufragio de la Virgen Fiel, de todos los mártires, de todos los Papas hasta el Concilio, de todos los Santos y santas fundadores de Ordenes contemplativas y misioneras, para que vengan en nuestra ayuda para la renovación de la Iglesia por la fidelidad integral a la Tradición.
         
✠ Su Exc. MONS. MARCEL LEFEBVRE
Arzobispo-Obispo emérito de Tulle
         
✠ Su Exc. MONS. ANTONIO DE CASTRO-MAYER
Obispo emérito de Campos
      
en perfecto acuerdo con la presente Declaración
Buenos Aires, 2 de diciembre de 1986.

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