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martes, 15 de diciembre de 2015

DE SI ES O NO DEBER DE TODO CRISTIANO COMBATIR A LA FRANCMASONERÍA

Jesucristo, Hijo de Dios vivo, al abandonar en cuanto a su presencia visible este mundo, para volver al seno de su Padre, bien que prometiendo estar siempre con su Iglesia para como Cabeza suya dirigirla y ampararla y defenderla, quiso, no obstante, fuésemos los hijos de ella quienes por nuestra parte cooperásemos todos con el esfuerzo, por decirlo así, de nuestros propios brazos, a su conservación y defensa.
  
— Esto es evidente,
 
— Como no lo es menos lo que se deduce.
 
De ahí nacen para el cristiano dos órdenes de deberes: unos relativos a su santificación y salvación individual; otros relativos al fomento y sostén de la Sociedad divina de que forma parte. De un modo parecido a la doble obligación que al hombre compete en su vida civil: una como particular y miembro o jefe de tal o cual familia; otra como público ciudadano de la patria común a la cual le ligan lazos no menos inviolables.
    
— También eso paréceme fuera de discusión.
 
No hablo de los infelices cristianos de solo bautismo, y por tanto casi de solo nombre, que llevando costumbres enteramente ajenas a aquella su profesión gloriosísima, resultan verdaderos gentiles prácticos, en algún modo de peor género que los que por desconocimiento absoluto de la fe nacen y viven y mueren en la verdadera material infidelidad. Contrayendo nuestra consideración a los que por el tenor general de su vida suelen llamarse y reconocerse con el dictado de buenos cristianos, hay todavía muchos de éstos que, atentos sólo al cumplimiento de sus deberes privados e individuales, desconocen u olvidan y ni siquiera atienden menos los otros deberes públicos y por decirlo así sociales, que igualmente les impone la profesión dicha en orden a la Iglesia católica, de la que por el Bautismo fueron hechos miembros y por la Confirmación soldados.
  
— Es cierto, como lo es que la palabra del Papa (León XIII) en su consabida Carta al pueblo italiano dió nueva oportunidad a estas materias, que nosotros, dóciles en todo a tan augusta voz, hemos querido ahora tratar con el carácter mismo que el mismo Vicario de Cristo se ha dignado como presentarnos de su mano en un párrafo del citado Documento, que habla del modo siguiente:
Tratándose (dice) de la secta masónica, que todo lo ha invadido, no es suficiente ponerse en guardia contra ella. Hay que salir al campo y afrontarla con valor. Lo cual haréis vosotros, amados Hijos, oponiendo prensa contra prensa, escuela contra escuela, sociedad contra sociedad, congreso contra congreso, en una palabra acción contra acción
 
—Es realmente gráfica la fórmula, y de las que se pegan al oído. Seguid, que me a interesando el asunto, más de lo que creí.
 
—Lo merece, por cierto, aunque no corresponda a la grandeza de él la poquedad de mi ingenio para ofrecéroslo como demanda su importancia.
  
Sigamos, empero.
 
La acción divina, contra la acción diabólica, ha sido en todos tiempos la ocupación exclusiva de la Iglesia católica y de sus hijos. Del Cenáculo de Jerusalén salió, el día de Pentecostés, armada de todas armas la sociedad cristiana a luchar con el demonio, dueño del mundo e ignominiosamente servido por todos los poderes de él, y lo venció. Y en tal día recibieron divina y celestial investidura de paladines de Cristo, para lanzarse a pelear esas batallas, no solamente los Apóstoles, sino muchos otros discípulos del Salvador, y entre ellos con María varias piadosas mujeres, en número todos de ciento veinte. En lo cual no puede menos de verse una exacta representación de todo el pueblo fiel en sus diversas clases y categorías. De allí procedió como de su primera fuente la acción católica que no cesamos de predicar, y de la que el mismo Soberano Pontífice nos traza como con el dedo el más sintético programa.
 
Es vida el Espíritu Santo, y la vida es movimiento, es fuerza, es actividad; así como la muerte es pasividad absoluta, es la completa inercia, es el no ser. Casi es lo mismo el no obrar. Pidámosle, pues, a Él nos dé tal vida y fuerza como hoy se requieren para corresponder a las presentes necesidades, que tan parecido van tornando el mundo moderno a lo que fué en tiempo de los primeros cristianos y a lo que por el esfuerzo de ellos, sostenidos por la virtud de Dios, dejó de ser muy en breve. Como hoy y más que hoy bramaban en torno del recogido Cenáculo de los primeros discípulos del Crucificado ciegas y enfurecidas muchedumbres; como hoy y más que hoy desatentados gobernantes maquinaban leyes de proscripción contraía Iglesia, y afilaban cuchillos para hacerla desaparecer ahogada en mares de sangre generosa. Y la acción católica arrolló aquella formidable acción diabólica, para no dejar de la última más que el ominoso recuerdo. Hoy, pues, como entonces desarróllese acción contra acción, y sea con iguales medios y sea sobre todo por igual Espíritu de Dios a que agigante nuestra pequeñez. Iguales serán entonces los resultados.
  
— Bien, pero ¿qué queréis sacar para nuestro objeto de estos precedentes?
 
— ¡Friolera! Saco de ellos que si ha de haber y es de ley que haya acción católica, hemos de ser nosotros los católicos, todos los católicos, quienes andemos en ella de continuo contra la otra acción, o sea la anticatólica. Y como ésta hoy por hoy, está sintetizada en el programa doctrinal y perverso en manos de la Masonería, de ahí la necesidad de la Guerra de frente que os estoy predicando, y de la que la dicha demoníaca secta ha de ser el objeto principal. ¿Sigue o no sigue el argumento?
  
—Pues, es claro que lo sigo.
    
¡GUERRA DE FRENTE! 

P. Félix Sardá y Salvany

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