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lunes, 24 de octubre de 2016

SOBRE EL MOVIMIENTO “#NIUNAMENOS”

Tomado de RADIO CRISTIANDAD
  
  
Nos encontramos en tiempos de verdadera confusión; tiempos que, donde la influencia del mundo en muchos aspectos relacionados con la moral, están siendo manipulados de tal manera que pueden llegar a corromper y hasta hacer perder absolutamente el buen criterio de, incluso, personas que creen estar bien plantadas en sus principios.

Es tiempo de apostasía, de revolución, de cambios que conducen al mal, de pérdida total del sentido común; época de traición a Dios, en donde sus enemigos toman mayor fuerza, mayor odio y mayor influencia.

Hoy frente a nosotros se desarrolla un fenómeno social al que se ha denominado: Ni una menos.

Decimos fenómeno social porque, según la definición que dan de él, se trataría de La actitud consciente del hombre ante los fenómenos de la vida social y su propia condición social, iniciándose consciente y espontáneamente contra los factores que lo limiten, lo opriman y lo exploten, de manera tal que lo impulsa inevitablemente a un cambio social.

Y este cambio, sabemos efectivamente hacia dónde se encuentra dirigido; y sino, vayamos analizando poco a poco qué hay detrás de esta campaña demoníaca, en donde no vemos “mujeres” sino pobres personas manipuladas, desnaturalizadas, y que han perdido el verdadero sentido de lo que es ser mujer.

También vemos mujeres y varones que han sido confundidos y que creen estar luchando por el bienestar de las mujeres que son golpeadas, abusadas física y mentalmente.

¿Y qué hay de los varones de todas las edades, niños, jóvenes, adultos y ancianos que mueren a diario, que son abusados y nadie pide por ellos?

¿Y los bebés que se encuentran en el vientre materno, que son asesinados a diario y que nadie busca defender, sino más bien, quitar del medio como si fueran lacra…?

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Como mujeres, máxime como católicas, no podemos dejar de dirigir la mirada hacia este panorama catastrófico que se presenta frente a nosotras, no podemos dejar de informar, educar, encender una luz ante tanta oscuridad; tratar de formar a nuestras hijas respecto del verdadero fin de la mujer, tal como lo ha determinado  Dios; no deformar la figura femenina, que no por ser delicada, suave, pura, debe ser débil; muy por el contrario, la mujer debe ser fuerte, sin dejar de ser piadosa, femenina…; ¡debe ser mujer!
  
El ni una menos, muestra a una mujer desnaturalizada, una mujer que no quiere ser mujer, que no acepta ser distinta y diferente al hombre; quiere ser igual (para ser benévolas en ésto, porque, en realidad, busca ser superior).
  
Y en la creación de Dios ya podemos observar que no somos iguales; examinando los seres humanos, comprobamos que ellos se distinguen unos de otros desde la punta de los dedos hasta la “punta del alma”. Se calcula que se agotará la energía y la luz del sol antes de que aparezcan dos hombres con la misma impresión digital; hay hombres altos y bajos, gordos y flacos, rubios y morenos, blancos, amarillos y negros, etc. Si con los pocos trazos de la cara Dios causa una variedad casi infinita de fisonomías, ¿qué se dirá de las características espirituales? Las desigualdades psicológicas y espirituales son todavía mayores que las físicas: la variedad de inteligencias, talentos y virtudes es inmensamente mayor que la de los rostros.
  
No somos iguales ni hombres, ni mujeres, ni siquiera entre nosotros. A pesar de lo dicho, hay en los seres humanos una igualdad fundamental proveniente del hecho de tener una sola naturaleza. De ahí los derechos naturales, comunes a todos los seres humanos e iguales para todos. De este modo, todos tienen igual derecho a vivir, a alimentarse, a trabajar, a descansar, a reproducirse, a tener propiedad, a conocer la verdad, a amar el bien, etc.
  
Más que todo esto, los hombres tienen una suprema igualdad: la de haber sido todos llamados a la misma y eminente dignidad de hijos de Dios, teniendo el mismo origen y el mismo fin.
  
Aunque los hombres posean esa igualdad natural, de esto no se sigue que sean iguales en todo; en los accidentes, los hombres son desiguales: no es igual ser alto que bajo, profesor que alumno, capaz que incapaz.
  
Hay accidentes que no conllevan derechos y los hay que sí generan derechos: a accidentes desiguales corresponden derechos accidentales desiguales. Es justo que el virtuoso, el capaz, el trabajador tenga más derechos que el pecador, el incapaz y el perezoso; el profesor debe tener más derechos que el alumno, así como el padre respecto del hijo, aunque todos ellos sean iguales por naturaleza y tengan derechos naturales iguales.
  
Incluso existen desigualdades en las gracias y en las virtudes, así como en los méritos y en las culpas, lo cual produce desigualdad en la gloria del cielo y en los castigos del infierno.
  
Ahora bien, cuando dos cosas son iguales por su naturaleza pero desiguales en sus accidentes, ellas son semejantes pero no iguales.
  
Esta desigualdad debe ser respetada, y quien no lo haga cometerá graves errores. Si en sus cálculos un arquitecto despreciase la desigualdad entre dos triángulos (iguales en naturaleza, pero desiguales en el tamaño o grados de sus ángulos), su construcción se desmoronaría; de la misma manera, la sociedad moderna comete el mismo error al promulgar constituciones y leyes en las que se considera a todos los hombres iguales, cuando en realidad son semejantes.
  
Por otro lado, y entre paréntesis, aquellos que proclaman la igualdad absoluta de derechos de todos los hombres no dudan, sin embargo, en establecer el derecho a ser distinto no sólo en cuestión religiosa, sino incluso en materia sexual…
  
Entonces, mientras afirmamos la igualdad del hombre y la mujer: igualdad de creación, de elevación al orden sobrenatural, de redención, de incorporación al Cuerpo Místico y de llamado a la vida bienaventurada; al mismo tiempo debemos también enseñar la desigualdad entre el hombre y la mujer: desigualdad en cuanto a sus cualidades físicas y espirituales, que son complementarias entre sí y se ordenan a la vida matrimonial para la procreación y educación de los hijos.

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Además, esa misma sociedad matrimonial exige también desigualdad de jerarquía y de gobierno, pues toda sociedad, como ya hemos visto, requiere una autoridad.
  
La naturaleza dio al hombre más capacidad para gobernar que a la mujer; por lo cual es él la cabeza de la mujer y el jefe de la familia. Esta doctrina es enseñada por San Pablo y San Pedro y nos es revelada ya en el relato mismo de la creación.
Génesis 2: 18-24: “Entonces dijo Yahvé Dios: «No es bueno que el hombre esté solo; le haré una ayuda semejante a él». Formados, pues, de la tierra todos los animales del campo y todas las aves del cielo, los hizo Yahvé Dios desfilar ante el hombre para ver cómo los llamaba, y para que el nombre de todos los seres vivientes fuese aquel que les pusiera el hombre. Así, pues, el hombre puso nombre a todos los animales domésticos, y a las aves del cielo, y a todas las bestias del campo; más para el hombre no encontró una ayuda semejante a él. Entonces Yahvé Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió; y le quitó una de las costillas y cerró con carne el lugar de la misma. De la costilla que Yahvé Dios había tomado del hombre, formó una mujer y la condujo ante el hombre. Y dijo el hombre: «Esta vez sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada varona, porque del varón ha sido tomada». Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se adherirá a su mujer, y vendrán a ser una sola carne”.
  
I Corintios 11: 3 y 8-10: “Mas quiero que sepáis que la cabeza de todo varón es Cristo, y el varón, cabeza de la mujer (…) Pues no procede el varón de la mujer, sino la mujer del varón; como tampoco fue creado el varón por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón. Por tanto, debe la mujer llevar sobre su cabeza la señal de estar bajo autoridad, por causa de los ángeles”.
  
Efesios 5: 22-24: “Las mujeres sujétense a sus maridos como al Señor, porque el varón es cabeza de la mujer, como Cristo cabeza de la Iglesia, salvador de su cuerpo. Así como la Iglesia está sujeta a Cristo, así también las mujeres lo han de estar a sus maridos en todo”.
  
Colosenses 3: 18: “Mujeres, estad sujetas a vuestros maridos, como conviene en el Señor”.
  
I Timoteo 2: 11-15: “La mujer aprenda en silencio, con toda sumisión. Enseñar no le permito a la mujer, ni que domine al marido, sino que permanezca en silencio. Porque Adán fue formado primero y después Eva. Y no fue engañado Adán, sino que la mujer, seducida, incurrió en la transgresión; sin embargo, se salvará engendrando hijos, si con modestia permanece en la fe y amor y santidad”.
  
I Pedro 3: 1-5: “De igual manera, vosotras, mujeres, sed sumisas a vuestros maridos, para que si algunos no obedecen a la predicación sean ganados sin palabra por la conducta de sus mujeres, al observar vuestra vida casta y llena de reverencia. Que vuestro adorno no sea de afuera: el rizarse los cabellos, ornarse de joyas de oro o ataviarse de vestidos, sino el adorno interior del corazón, que consiste en la incorrupción de un espíritu manso y suave, precioso a los ojos de Dios. Porque así también se ataviaban antiguamente las santas mujeres que esperaban en Dios, viviendo sumisas a sus maridos”.
  
Esta desigualdad y sumisión de la mujer respecto del hombre existió también en el estado de justicia original, antes del pecado, pero sin el menor género de repugnancia ni humillación en virtud de la plena conformidad de su voluntad con la del varón, su cabeza y jefe nato.
  
Pero, con el pecado, esa sumisión se hizo penosa y a modo de castigo a causa del mismo:
“Dijo asimismo a la mujer: multiplicaré tus trabajos en tus preñeces; con dolor parirás los hijos, y estarás bajo la potestad de tu marido y él te dominará” (Génesis 3: 16).
  
Santo Tomás lo explica de la siguiente manera: 
“Debe decirse que los primeros padres a causa de su pecado fueron privados del beneficio divino por el que se conservaba en ellos la integridad de la naturaleza humana, por cuya sustracción ésta cayó en los defectos penales. Por lo tanto, fueron castigados atribuyéndoseles las condiciones que convienen a la naturaleza destituida de tal beneficio, y esto en verdad en cuanto al cuerpo y en cuanto al alma. En cuanto al cuerpo, al que pertenece la diferencia de sexo, a la mujer se impuso un castigo y al hombre otro. A la mujer, en efecto, se le aplicó la pena bajo los dos puntos de vista por los cuales está unida al hombre, y que son la generación de los hijos y la comunicación de las obras que pertenecen a la vida doméstica. En cuanto a la generación de los hijos, fue castigada de dos maneras: 1º, en cuanto a las angustias que sufre al llevar en su seno la prole concebida, y esto se da a entender cuando dice, «multiplicaré tus dolores y tus preñeces»; 2º, en cuanto al dolor que sufre al parir, acerca de lo que se dice, «con dolor parirás los hijos». En cuanto a la vida doméstica es castigada al estar sometida al dominio del marido, por lo que se dice, «estarás bajo la potestad de tu marido»” (Suma Teológica, II-II, q. 164, a. 2).
  
¡Pobres las familias en las cuales, invirtiendo el orden querido y establecido por Dios, gobiernan las mujeres!
  
¡Qué triste paradoja!: se predica la igualdad revolucionaria, y se termina sometiendo a aquél que naturalmente es desigual y que, por esa misma desigualdad, sustenta el derecho y el deber de gobernar.
No es ésta, dice S.S. Pío XI en su Encíclica Casti connúbii, la verdadera emancipación de la mujer ni la libertad dignísima y tan conforme con la razón que compete al cristiano y noble oficio de esposos; antes bien, es la corrupción del carácter propio de la mujer y de su dignidad de madre, es el trastorno de toda la sociedad familiar, con lo cual al marido se le priva de la esposa, a los hijos de la madre y a todo el hogar doméstico del custodio que siempre vigila. Más todavía, tal falsa libertad y antinatural igualdad de la mujer con el hombre tórnase en daño de ésta misma, pues si la mujer desciende de la sede, verdaderamente regia, a que el Evangelio la ha levantado dentro de los muros del hogar, bien pronto caerá en la servidumbre, muy real, aunque no lo parezca, de la antigüedad, y se verá reducida a un mero instrumento en manos del hombre, como acontecía entre los paganos”.
  
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Volviendo al tema que hoy tratamos y después de las aclaraciones pertinentes en cuanto a la igualdad y desigualdad entre los hombres, seguimos analizando por qué estos movimientos hoy han tomado tanta fuerza en la sociedad.
  
Podemos ver, entonces detrás de todo estos movimientos feministas una contracara, llevan puesta una careta que tiene pintado: no a la violencia contra la mujer; y por detrás, con suma violencia y odio desmesurado, buscan como primer fin la muerte de los inocentes más indefensos que son sus propios hijos…
  
Incongruencias…, buscan que se las respeten, cuando no respetan; pero lo peor es que no se dan cuenta que en esa especie de liberación, que no es libertad sino libertinaje, son solo marionetas utilizadas para cosas aún más terribles que lo que ellas creen defender. Sólo buscan la foto y no atacar con seriedad el fondo del problema, porque, en definitiva, el feminismo, como típico movimiento radical, sólo busca notoriedad y foto, protestando y presionando para romper el tejido del sistema para así ir construyendo cosas nuevas en función de lo que les marque su jefe superior, el Nuevo Orden Mundial, que no es otra cosa que desorden y revolución.
   
Todo ésto es la dialéctica del comunismo. Así como antes era la lucha de ricos y pobres, explotadores contra explotados, contaminadores contra la naturaleza, niños contra padres, ahora es una guerra mujeres contra hombres. Lógica disgregadora de la sociedad para sectorizarla y así sea más fácil de manejar: divide y triunfarás.
  
No olvidemos que estas mismas mujeres, que hoy organizan y movilizan estas marchas, son las mismas que hacen las marchas feministas, que por desgracia hemos visto hace unas semanas en Rosario, Argentina; que van reclamando algunas leyes, que no dejan de ser justas (como mayor seguridad, por ej.), mezclando (por debajo, como un mensaje que se ve, pero no tanto) otras leyes abominables, como la ley del aborto seguro, o la ridícula figura del femicidio…, que no es más asesinato que el de cualquier ser humano; muchos participan sin conocer estos intereses semiocultos, y se dejan llevar por la sensiblería; pero en definitiva, se olvida cuál es el problema principal generador de todos estos problemas: una sociedad sin Dios; sociedad que vive batallando contra la única y verdadera religión; sociedad enferma por el alejamiento de su Creador y que se revela contra Él, que no sigue sus mandatos y se aparta del Evangelio; sociedad que quiere olvidar y dar vuelta la cara a Quien sabe le hace ver sus retorcidas y desviadas pasiones.

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Por último, no debemos dejar de entender, y a la vez analizar, lo que es una mujer virtuosa, esencialmente femenina, no feminista, capaz de gobernar una casa y que influye en la sociedad natural en la que se mueve.
  
Para esto debemos separarnos de nuestro propio y triste siglo XX del feminismo.
  
Si usted quiere que su hija y demás mujeres entiendan lo que es ser una mujer valiente, debería mirar, por ejemplo, a las mujeres medievales, las mujeres que ayudaron a dar forma a la edad de la fe. Un período, dicho sea de paso, que hoy las feministas representan como la época más opresiva porque no era igualitaria; en cambio, sí era jerárquica y sacra.
  
De hecho, las páginas de la historia de la civilización cristiana resuenan con historias de mujeres maduras, valerosas; personalidades que jugaron un papel importante en el desarrollo de la civilización cristiana.
  
En efecto, es interesante ver que la conversión de Europa dependió de la fe y de la piedad de las madres y esposas; así como la conservación de la Fe en Francia resultó del coraje de una doncella como Santa Juana de Arco.
   
Para ésto tenemos miles de ejemplos de mujeres que han engrandecido la fe y la patria, casos como Santa Clotilde, Santa Ludmila, Santa Margarita de Escocia, o la valiente Reina Blanca de Castilla, madre del joven que se convertiría en San Luis IX de Francia.

Santa Clotilde
  
El papel y la influencia de las esposas y madres católicas virtuosas, que nunca perdieron su feminidad del espíritu, siempre ha sido inmensa. ¡Cómo no pensar en una Alicia, madre de San Bernardo, una Margarita, madre de Don Bosco, una María Celia, madre de Santa Teresita!, por nombrar sólo tres entre las bellas y nobles figuras femeninas que enaltecen el catolicismo.
  
En un momento en el que movimiento feminista avanza, y hace retroceder la civilización, parece oportuno presentar modelos para las niñas y las mujeres jóvenes de hoy, que se encuentran tan vacías de ejemplos de mujeres que no abandonaron sus roles tradicionales, tan esenciales en la formación de la civilización cristiana.
  
Sabemos que no habrá cambios, tenemos bien en claro que esta situación no mejorará, sabemos que esto irá empeorando, porque éstos son síntomas de los últimos tiempos, signos claros de cómo está el mundo y hacia dónde va, y sabemos que el Único que cambiará esta situación es Nuestro Señor Jesucristo.
  
No queda más que decir, solamente:
  • Ni una más que luche por no ser golpeada por un hombre, pero en cambio se deje golpear por la sociedad, que impone ser mujer del montón, que vive en concubinato, se embriaga hasta perder el control, viste indecorosamente, se implanta siliconas y abandona a sus hijos.
  • Ni una más que quiera jugar a ser Dios, y crea que tiene dominio sobre su descendencia, lo cual la lleva a la decadencia.
  • Ni una más que asesine a su hijo dentro de su vientre, sino que afronte su estado si no se ha casado y, si ya lo ha hecho, que celebre el premio que Dios le ha otorgado.
  • Ni una más que piense que el cuerpo es un juguete o un negocio, que tome pastillas y alquile su vientre y se dedique al ocio.
  • Ni una más que quiera convertirse en hombre. Dios determinó su sexo, así como su altura y su raza; que no se admitan lesbianas dentro de la casa.
  • Ni una más que exija ser mal amada, pero no se ame y no ame a Dios y prefiera mozo que Misa, besos e indecencia que peso de conciencia, matar que amamantar, vivir sin prejuicios que bien morir y esperar el juicio.
  • Ni una más que ocupe el rol de papá y descuide el de mamá.
  • Ni una más que descuide su hogar por una posición social.
  • Ni una más que espere encontrar su futuro esposo en un bar o boliche (discoteca, antro o como se diga), porque allí no se sabe amar.
  • NI UNA MENOS que se comporte como una dama, que piense en formar familia, que vista decentemente, que prefiera la casa que buscar la fama, que enseñe a sus hijos a rezar y motive a su esposo a trabajar.
 
“NI UNA MÁS QUE SE CONDENE, NI UNA MENOS QUE SE SALVE”
 
¡Ven Señor Jesús!

G-A-P-L

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