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sábado, 21 de enero de 2017

ORACIÓN A SANTA INÉS PARA OBTENER FORTALEZA

Martirio de Santa Inés
  
¡Cuán dulce y fuerte es, oh Santa Inés, el amor de tu Esposo Jesús! ¡De qué manera se apodera de los corazones inocentes, para transformarlos en corazones intrépidos! Así sucedió contigo. El mundo y sus goces, el suplicio y sus tormentos, todo ello era sin importancia para ti. El juez pagano te condenó a un insulto peor que mil muertes, sin saber que el Ángel del Señor te defendería. ¿Por qué no tuviste temor? Fue porque el amor de Jesús llenó tu corazón. La hoguera no era nada, la espada no era nada, incluso el infierno que movían los hombres, no significó nada para ti, porque tu amor te decía bien alto, que ninguna violencia humana sería capaz de arrebatarte el corazón de Jesús, tu divino Esposo; tenías su palabra y conocías muy bien su fidelidad.
 
¡Oh niña, inocente aún en medio de la capital de la pagana corrupción, y libre de corazón en medio de un pueblo esclavo, qué bien vemos en ti las virtudes de nuestro Emmanuel! Él es Cordero, y tú eres sencilla como Él; es el León de la tribu de Judá, y como Él eres tú invencible. ¡Verdaderamente, esos Cristianos, como decían los paganos, son una nueva raza bajada del cielo para poblar la tierra! Una familia que tiene Mártires y héroes y heroínas como tú, ¡santa valerosa!, que tiene jóvenes vírgenes, inflamados como sus pontífices y guerreros, de un ardor celestial y que no pretenden otra cosa que salir de este mundo después de haber depositado en él la semilla de las virtudes, es el pueblo de Dios, que no puede extinguirse. Sus Mártires son para nosotros la representación de las virtudes de Jesucristo. De suyo eran tan frágiles como nosotros; tenían una desventaja que nosotros no tenemos: vivir en la misma entraña del paganismo, paganismo que había corrompido la tierra entera, y no obstante eso, fueron fuertes y castos.
 
Ten piedad de nosotros y ayúdanos, ¡oh Inés, que eres una de las más resplandecientes entre los santos! Él amor de Jesús languidece en nuestros corazones. Tus luchas nos conmueven hasta llorar al oír contar tu heroica conducta, pero somos cobardes en la lucha que tenemos que librar contra el mundo y nuestras pasiones. El ansia habitual por la facilidad y las comodidades ha alimentado en nosotros cierta afeminación y, al volver nuestro interés hacia nimiedades, ¿cómo podemos tener seriedad y valor frente al deber? ¡La santidad! No podemos entenderla, y cuando oímos o leemos sobre ella, ¡gravemente decimos que los Santos hicieron cosas extrañas e imprudentes, y que se condujeron por nociones exageradas! ¿Qué debemos pensar en tu fiesta, de tu desprecio al mundo y sus placeres, de tu celestial entusiasmo y de tu afán por ir a tu Jesús mediante el sufrimiento? Tú, Inés, fuiste cristiana; ¿y nosotros no lo somos? Ruega por nosotros para que podamos amar como cristianos, esto es, con un amor generoso y activo, con un amor que pueda sentir indignación cuando nos pidan menos desapego a todo lo que no es de nuestro Dios. Ruega por nosotros para que nuestra piedad sea la del Evangelio, y no la piedad a la moda que le agrada al mundo y que nos hace agradables a nosotros mismos. Cierto es que existen almas valerosas que te siguen, pero son pocas; auméntalas con tu intercesión para que el Cordero pueda ser seguido doquiera vaya en el Cielo, por un cortejo innumerable de Vírgenes y Mártires.
 
Oh inocente santa, te presentas a nosotros, cada año, en la cuna del divino Niño; y nos regocijamos en tu fiesta al pensar en el maravilloso amor que hay entre Jesús y su valiente y pequeña Mártir. Este Cordero está para morir por nosotros también, invítanos a Belén; háblale a Él por nosotros, que la intercesión de una santa que Le amó como tú lo hiciste pueda obrar maravillas aún en los pecadores, cual somos nosotros. Condúcenos a la Virgen y Madre María, tú que imitaste su pureza virginal, y alcánzanos de ella una de esas plegarias suyas tan poderosas que purifican corazones aún peores que los nuestros.
 
Ruega, oh Inés, por la Santa Iglesia, que también es la Esposa de Jesús. Ella fue la que te hizo nacer a su amor; de ella tenemos también nosotros la luz y la vida. Alcánzale que sea bendecida cada vez más con un número siempre creciente de vírgenes fieles. Ampara a Roma, la ciudad que guarda tus reliquias y que te ama tan tiernamente. Bendice a los Prelados de la Iglesia, y obten para ellos la dulzura del cordero, la solidez de la roca y el celo del buen Pastor por la oveja perdida. Y finalmente, ¡oh esposa de Jesús!, escucha las oraciones de todos cuantos te invocan; enciéndase tu caridad hacia estos tus hermanos exiliados, y enséñanos del Sagrado Corazón de Jesús el secreto de encendernos con más fervor en un mundo cada vez más decadente. Amén.
  
Dom Prosper Gueranger OSB. El Año Litúrgico -edición inglesa-, vol. III. J. M. O'Toole & Son Printing, Dublín, 1868. Págs. 384-386

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