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sábado, 1 de abril de 2017

A LOS MÁRTIRES ESPAÑOLES

 
¡Transeúnte!, que una por una vas a pasar las hojas de este libro sincero:
Léelo todo, regístralo todo en tu corazón, pero refrena el espanto y la cólera.
Es lo mismo, es igual, es lo que hicieron con nuestros antepasados.
Es lo que sucedió en tiempos de Enrique VIII, en tiempo de Nerón y Diocleciano.
¿No beberemos también nosotros el cáliz que bebieron nuestros padres?
La corona que fue de espinas para ellos ¿para nosotros solo será de rosas?
¡La sal que antaño nos pusieron en la lengua era el sabor de este nuevo bautismo!
¿Es posible, Dios mío, que por fin nos concedáis el supremo honor
de que también Os entreguemos algo, pobres de nosotros, estando presentes,
y diciendo con nuestra sangre que es verdad que sois el Hijo de Dios?
¡Verdad es que la maravilla de Vuestra Existencia no puede pagarse más que con sangre!
No podía yo impunemente recibir el Evangelio de Jesucristo.
No es verdad que en este mundo incrédulo se pueda creer impunemente.
No solo para nuestro regalo Os tomasteis el trabajo de nacer
Con todas sus entrañas Os aborrece el mundo, y no es mejor el siervo que el señor.
Pero nosotros sí creemos en Vos, y en el rostro escupimos a Satán.
Esa pobre gente que duda, todos esos cobardes y vacilantes
No necesitan palabras sino actos, una voz clara y el grito de un resplandor.
En el cielo estáis ahora, más allá de la visibilidad y de la nube.
Pero nosotros estamos aquí, entre sus manos… ¡Pues que nos cojan, y ya les ofreceremos por nuestra parte cosas que ver hasta llenarles la vista!
Robespierre, Lenin y toda esa ralea con Calvino no han agotado todos los tesoros del rencor y la rabia.
Voltaire, Renan y Marx no han palpado todavía el fondo de la sandez humana.
Pero, delante de nosotros, aquel millón de mártires, delante de nosotros aquellos inocentes, henchidos de gloria,
No lo han dado todo, no lo han derramado todo.
¡Somos nosotros quienes ahora estamos en su puesto para arrimar el hombro!
¡He aquí, por fin de vuelta, la hora del Príncipe de este mundo,
La hora de la final interrogación, la hora de Iscariote y Caín!
  
¡Santa España, en la extremidad de Europa concentración de la Fe, cuadrado y masa dura, y atrincheramiento de la Virgen Madre,
Última zancada de Santiago, que no se detiene sino donde concluye la tierra,
Patria de Domingo y de Juan, de Francisco el Conquistador y de Teresa,
Arsenal de Salamanca, pilar de Zaragoza, raíz abrasadora de Manresa,
Inquebrantable España, que ningún término medio has aceptado jamás,
Empellón contra el hereje, paso a paso rechazado y repelido,
Exploradora de un firmamento doble, la oración y la sonda razonando,
Profetisa de aquella otra tierra, allá, bajo el sol, y colonizadora del otro mundo!
En esta hora de tu crucifixión, santa España, en este día, hermana España, que es tu día,
Yo te envío mi admiración y mi amor con los ojos llenos de entusiasmo y de lágrimas.
¡Cuando todos los cobardes hacían traición, una vez más tú no transigiste!
¡Como en tiempo de Pelayo y del Cid, una vez más blandiste la espada!
Ha llegado el momento de escoger y desenvainar el alma.
Los ojos en los ojos, ha llegado el momento de encararse con la infame proposición.
¡Ha llegado por fin el momento de que conozca el color de nuestra sangre!
¡Ah! Muchos se figuran que su pie se va solo al cielo por un fácil camino complaciente.
Pero he aquí, de pronto, planteada la opción. ¡He aquí la intimación y el martirio!
Nos ponen el cielo y el infierno en la mano, y tenemos cuarenta segundos para elegir.
¿Cuarenta segundos? ¡Es demasiado! Hermana España, santa España: tú ya elegiste.
Once obispos, diez y seis mil sacerdotes asesinados, y ni una sola apostasía.
¡Ojalá pudiera yo como tú, a voz en grito, dar mi testimonio en el esplendor del mediodía!
Decían que dormías, hermana España, y dormías como quien finge un sueño.
Y he aquí de repente la interrogación, y he aquí de una vez esos diez y seis mil mártires.
¿De dónde me llegan tantos hijos?”, exclama la que suponía ya estéril.
Las puertas del Cielo ya no bastan a ese tropel atropellador.
¿Hablabais de desierto? Pues mirad. ¿Decíais que era el desierto? Pues ahí tenéis el manantial y la palmera.
¡Diez y seis mil sacerdotes: el contingente de una sola hornada, y el cielo con una sola llama colonizado!
¿Por qué tiemblas, alma, y por qué te indignas contra los verdugos?
¡Yo solamente junto las manos y lloro, y digo que así está bien y que es hermoso!
 
¡Y a vosotras, oh piedras, también os saludo desde lo más hondo de mi alma, santas iglesias exterminadas!
Y a las estatuas rotas a martillazos, y a todas esas venerables pinturas, y a ese copón en donde uno de la C.N.T.
Antes de pisotearlo, gruñendo de gusto, revolvió baba y hocico.
¿Para qué tantos santos, si ninguna falta le hacen al pueblo?
A la belleza tanto como a Dios aborrece la bestia inmunda.
¡Grandes librerías: a la hoguera! Revolcándose está Leviatán de nuevo, y con los rayos del sol hace su yacija y su muladar.
Frente a tantas bocas interrogantes era demasiado difícil salvar la propia jugada.
Lo mejor será cerrarles la boca de un puñetazo. ¡Abajo Cristo y viva el toro!
Hay que dejar sitio a Marx y a todas esas biblias de la imbecilidad y del odio.
Mata, camarada, destruye, emborráchate y goza de mujer. ¡Eso, eso es la solidaridad humana!
Todos esos curas, vivos o muertos, que están ahí, mirándonos, ¿no diréis que no nos provocaron?
¡Hacer el bien sin pedir recompensa! ¡No, eso no podía tolerarse!
¡Y a los que están ya muertos iremos a buscarlos dentro de la tierra!
Y esos esqueletos, riéndose, ¡qué divertidos! Un gracioso se ha quitado de la boca el cigarrillo, y se lo ha puesto entre los dientes a ese cadáver –que fue su madre.
¡A quemar todo lo que pueda arder, y juntos en un montón a los muertos y a los vivos!
¡Que traigan petróleo! ¡Hay que abrasar a Dios! ¡Qué peso se nos va a quitar de encima!
Me molestan todos esos ojos, vivos o muertos, que están ahí mirándonos. ¿Para qué servirán?
  
¡Salve, quinientas, iglesias catalanas destruidas! ¡Salve, gran catedral de Vich, catedral de José María Sert!
¡También vosotras habéis sabido dar testimonio, también vosotras sois mártires!
Las mismas iglesias sois que vio Juan: iglesias de Gerona y Tortosa, iglesias de Laodicea y Tiatira.
La vestidura ardió con el sacerdote, y el cirio prendió fuego al candelabro.
Todavía se yergue el campanario -es el último instante- sobre el evangelio animal que se encabrita.
Y con estrépito de trueno el campanario se desploma, se derrumba, desaparece, ha desaparecido.
Todo se acabó, iglesia de mi primera comunión, ya no te veré más.
¡Pero es hermoso morir partido en dos: secti sunt! ¡Es hermoso morir en su puesto con un grito de triunfo!
¡Es hermoso para la iglesia de Dios subir entera al cielo en el incienso y en el holocausto!
Sube al cielo, virgen venerable. ¡Todo derecho! Sube, columna. Sube, ángel. Sube al cielo, gran oración de los antepasados.
No eras admirable sino para los hombres, catedral de José María Sert. Ahora, catedral, eres agradable a Dios.
  
¡Ya está! Se ha consumado la obra, y la tierra por todos sus poros ha bebido de la sangre de que estaba sedienta.
El cielo ha bebido, y profunda la tierra, digiere la misa de los cien mil mártires.
Tambaleándose vuelve a su casa el asesino, y con estupor se mira la mano derecha.
Solamente el santo se ha tomado posesión de su parte, que es la mejor.
Una vez más todo está consumado, y en el cielo hay un silencio de media hora.
También nosotros, con la cabeza descubierta, en silencio… ¡Oh alma mía: guarda silencio ante la tierra sembrada!
La tierra ha concebido en su profunda entraña, y la Reanudación ya ha comenzado.
La tierra está labrada. Ahora es la época de la siembra.
La amputación del árbol ha concluido. Ahora es la época de las represalias.
Bajo tierra la idea ha germinado. ¡Por todas partes en tu corazón, santa España, la represalia inmensa del amor!
Con los pies en el petróleo y en la sangre, creo en Ti, Señor, y en ese día que será tu día.
La mano derecha tendiendo hacia Ti para jurar entre la matanza y la acción de gracias.
Tu cuerpo verdaderamente es un manjar, y Tu sangre verdaderamente es una bebida”.
De la carne que fue estrujada -Tu carne- y de la sangre que fue derramada,
Ni una sola partícula pereció, ni una sola gota se perdió
¡El invierno continúa sobre nuestros surcos, pero la primavera ya ha estallado en las estrellas!
¡Y respetuosamente los ángeles han recogido todo cuanto fue derramado, y lo han trasportado al interior del Velo!
 
PAUL CLAUDEL (Traducción de Jorge Guillén)

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