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domingo, 27 de agosto de 2017

LA VERDADERA MISIÓN DE LA COMISIÓN Ecclésia Dei

Tomado de NON POSSUMUS.
  
Cobertura noticiosa de Alberto Escala de la consagración de Écône, y la “excomunión” subsiguiente (Diario La Vanguardia, Barcelona, viernes 1 de Julio de 1988, pág. 23).

LA VERDADERA MISIÓN DE LA COMISIÓN Ecclésia Dei
  
El 22 de noviembre de 1989, Mons. Lefebvre dijo, en una entrevista con François Brigneau en Radio Courtoisie: “A pesar de las persecuciones, podemos decir violentas, de parte de Roma y de la comisión romana (Ecclésia Dei, ndlr) que está encargada de la recuperación de los tradicionalistas para someterlos al Concilio […] la situación es más estable, más fuerte, más dinámica que nunca” (Mes derniers cahiers, première série, nº 1, Pour saluer Mgr Lefebvre, par François Brigneau, Publication FB, p. 35).
 
Ya lo dijo justamente Mons. Lefebvre: La comisión Ecclésia Dei “está encargada de la recuperación de los tradicionalistas”. Hoy en día, esta misión no ha cambiado. Esto lo debemos demostrar. Para hacerlo, es necesario recorrer las grandes etapas que han hecho y hacen la historia de la mencionada comisión. Cuatro documentos se deben tomar en cuenta:
  1. La Carta del 3 de octubre de 1984;
  2. El Motu proprio del 2 de julio de 1988;
  3. El Motu proprio del 7 de julio de 2007;
  4. El Motu proprio del 2 de julio de 2009.
La carta del 28 de octubre de 2013 del Nuncio a la Fraternidad San Pedro servirá de confirmación de la tesis.
 
1) La Carta circular Quáttuor abhinc annos de la Congregación para el Culto divino dirigida a las conferencias episcopales el 2 de octubre de 1984.
Este documento es anterior a la creación de la comisión Ecclesia Dei, pero es extremadamente importante. En efecto, éste permanecerá como el documento fundamental que informará el espíritu de la futura comisión que se referirá a éste.

En 1980, Roma pidió a todos los obispos del mundo hacer un reporte sobre la aplicación de la reforma litúrgica querida por el papa Paulo VI. Este reporte debía, entre otras cosas, expresarse sobre “las dificultades encontradas en la realización de la reforma litúrgica” y “las eventuales resistencias” que se debían “haber superado”.
 
Después de las respuestas enviadas a Roma, parecía que el problema de los sacerdotes y los fieles apegados al rito tridentino estaba, por así decirlo, arreglado.
  
En realidad, el problema de la misa antigua subsistía completamente. La Roma modernista dándose cuenta que no podía asfixiar el movimiento en favor de la antigua misa, decidió tratar de tomar el control:
 
“El soberano pontífice, deseando dar satisfacción a estos grupos” concedió la celebración de la misa tridentina “pero observando las siguientes normas”, siendo la primera: “Que quede muy claro que estos sacerdotes y estos fieles no tienen nada que ver con aquellos que ponen en duda la legitimidad y la rectitud doctrinal del Misal Romano promulgado por el papa Paulo VI en 1970, y que su posición sea sin ninguna ambigüedad y públicamente reconocida”.
  
Por lo tanto quedó bien establecido que un sacerdote no podía beneficiarse de la misa antigua más que a condición de abandonar el combate contra la misa de Paulo VI, y que esta posición fuera pública y conocida de todos.
  
Por otra parte, esta concesión debía “ser utilizada sin perjuicio de la observancia de la reforma litúrgica en la vida de las comunidades eclesiales”. Quedaba claro también que esta concesión no podía tener la pretensión de suplantar la misa de Paulo VI y que ésta debía conservar todos sus derechos de “primacía” litúrgica.
  
Hay que sacar varias conclusiones de este indulto:
  1. Su publicación hizo creer al mundo entero que la misa de San Pio V estaba prohibida, siendo que no lo estaba ni podía estarlo (el documento del 7 de julio de 2007 de Benedicto XVI lo confesó);
  2. Hizo creer, en consecuencia, que era necesario un permiso especial para celebrar la misa antigua;
  3. Lejos de ser liberada, la misa antigua estaba, en razón de las condiciones a cumplir para beneficiarse de ella, instrumentalizada para lograr la aceptación de la nueva misa de Paulo VI.
  
Este indulto fue entonces una “trampa doctrinal”. Así, aquellos que pretendieron gozar de la misa de San Pio V “legalmente” hicieron, en realidad, una profesión “legal” de aceptar oficialmente la nueva misa que ellos habían rechazado hasta ese momento. En consecuencia, este Motu proprio, lejos de ser una victoria para los sostenedores de la liturgia antigua, fue en realidad una victoria de la Roma modernista en favor de la reforma litúrgica conciliar. Estaba claro entonces que la FSSPX no podía de ninguna manera valerse de tal indulto. Los sacerdotes de esta Fraternidad no debieron pedir nunca el permiso de celebrar su misa en una iglesia o un santuario con base a este indulto. Las condiciones impuestas les prohibieron, de todas maneras, la obtención de esta facultad, pues su posición respecto a la nueva misa no les permitió cumplir con los requisitos.
  
2) La Carta apostólica Ecclésia Dei del 2 de julio de 1988, en forma de motu proprio del papa Juan Pablo II.
Ecclésia Dei son las dos primeras palabras de un texto publicado por Roma el día siguiente de la pretendida excomunión de Mons. Lefebvre. En efecto, el 30 de junio de 1988, el obispo procedió a lo que llamó “la operación supervivencia de la Tradición” consagrando cuatro obispos a los cuales no les dio jurisdicción. Éstos, apoyados en los principios del Derecho canónico de la Iglesia, debían asegurar una suplencia (prevista por la ley eclesiástica en varias materias) en el seno de la crisis conciliar por la predicación de la fe, la administración del sacramento de la confirmación y del sacramento del orden.
  
La excomunión, si bien existente en el papel, estaba en realidad desprovista de fundamento. Mons. Lefebvre, antes de consagrar, estudió e hizo estudiar el antiguo Derecho canónico para asegurarse que actuaba según el Espíritu de la Iglesia contenido en este axioma: Supréma lex, salus animárum. Una tesis del P. Murray tuvo incluso, en 1995, la audacia de probar que, según el nuevo derecho de Juan Pablo II, ¡la excomunión no estaba fundada!
  
La excomunión del 1º de julio de 1988
El 1º de julio de 1988, el decreto Dóminus Marcéllus Lefebvre excomulgaba injustamente, tanto desde el punto de vista del Derecho canónico de 1917 como del nuevo de 1983, al obispo consagrante y los cuatro obispos consagrados.
  
Excomunión nula y sin efecto, excomunión fantasma, excomunión de papel haciendo el papel de espantapájaros para causar temor a la pobre gente que había reencontrado la esperanza en la Iglesia gracias al Atanasio del siglo XX.
 
El Motu proprio Ecclésia Dei del 2 de julio
El espantapájaros iba a cumplir su papel eficaz para precipitar a la gente buena, los formalistas y los temerosos en los “brazos abiertos” de la Roma conciliar: la amenaza de cisma y por lo tanto el temor de la pérdida eterna de su alma. Todo iba entonces para apartarlos eficazmente de la Fraternidad de Mons. Lefebvre y llevarlos para siempre hacia la Iglesia conciliar.
  
Es así que Juan Pablo II decretó la institución de una comisión para aquellos “que desean permanecer unidos al sucesor de Pedro en la Iglesia católica, conservando sus tradiciones espirituales y litúrgicas”.
  
Por lo tanto se trataba absolutamente de una comisión de recuperación de los fieles y sacerdotes que habían frecuentado la FSSPX.
  
Los efectos no se hicieron esperar: clérigos, más formalistas que canonistas, creyeron ser su deber el abandonar la Fraternidad de Mons. Lefebvre para fundar la Fraternidad San Pedro con el fin de estar “en la legalidad”. Legalidad conciliar, no hace falta decirlo.
  
Ellos fueron acogidos por una comisión que llevaba un nombre compuesto de las tres palabras del principio de la carta que era el origen de esta comisión: Ecclésia Dei afflícta. Es decir: La Iglesia de Dios está afligida… ¿Afligida por qué? Por el pretendido cisma de Mons. Lefebvre, cisma que nadie nunca pudo probar ni demostrar, y que muchos especialistas han desmentido.
  
Fue, para estos sacerdotes, aceptar someterse a una comisión conciliar y, de este hecho, ir contra el espíritu de la ley: “Aquel que, por conservar la letra de la ley, va contra el espíritu de la ley, ha pecado contra la ley” (Régula juris 88). Por formalismo, cometió una especie de “pecado jurídico”: un pecado contra la ley bajo pretexto de estar en regla con ella.
 
Disociarse de la FSSPX
No pretendo hacer aquí un análisis completo de este Motu proprio de 1988. Todos los párrafos merecen, no solamente un comentario, sino una severa crítica, tanto la presentación que hacen de los hechos es contraria a la realidad.
  
Yo quisiera simplemente llamar la atención sobre el llamado que hace Juan Pablo II a disociarse de la FSSPX en este documento: “En las presentes circunstancias, deseo sobre todo dirigir una llamada a la vez solemne y ferviente, paterna y fraterna, a todos los que hasta ahora han estado vinculados de diversos modos con las actividades del arzobispo Lefebvre, para que cumplan el grave deber de permanecer unidos al Vicario de Cristo en la unidad de la Iglesia católica y dejen de sostener de cualquier forma que sea esa reprobable forma de actuar. Todos deben saber que la adhesión formal al cisma constituye una grave ofensa a Dios y lleva consigo la excomunión debidamente establecida por la ley de la Iglesia” (§ 5, c).
  
Como se explicó anteriormente, en compensación por esta separación “se constituye una Comisión, con la tarea de colaborar con los obispos, con los dicasterios de la Curia Romana y con los ambientes interesados, para facilitar la plena comunión eclesial de los sacerdotes, seminaristas, comunidades, religiosos o religiosas, que hasta ahora estaban ligados de distintas formas a la Fraternidad fundada por el arzobispo Lefebvre y que deseen permanecer unidos al Sucesor de Pedro en la Iglesia católica, conservando sus tradiciones espirituales y litúrgicas” (§6, a).
  
La misión de la comisión Ecclésia Dei es por lo tanto muy clara: combatir la obra de salud espiritual del obispo fundador de la FSSPX. Entonces él tenía razón de decir que la comisión Ecclésia Dei estaba “encargada de la recuperación de los tradicionalistas”.
 
De 1984 a 1988: mismo combate
Otro punto extremadamente importante: el Motu proprio del 2 de julio de 1988 precisa en el punto 6 c: “se habrá de respetar en todas partes, la sensibilidad de todos aquellos que se sienten unidos a la tradición litúrgica latina, por medio de una amplia y generosa aplicación de las normas emanadas hace algún tiempo por la Sede Apostólica, para el uso del Misal Romano según la edición típica de 1962”.
 
Este párrafo envía a la nota 9 de pie de página, la cual hace referencia al documento del 3 de octubre de 1984: Cf. Congregación para el Culto Divino, Carta Quáttuor abhinc annos, 3 de octubre de 1984: AAS 76, 1984, 1.088-1.089. Está claro entonces que la comisión Ecclésia Dei continuaba en su línea original: sólo estarán en la legalidad si ya no combaten la misa de Paulo VI, si no causan perjuicio a la reforma litúrgica conciliar y si su posición es conocida públicamente por todo el mundo.
Así que la comisión Ecclesia Dei tenía como finalidad:
  1. Marginalizar la obra de Mons. Lefebvre y volverla inaccesible;
  2. Alejar de ella a los sacerdotes y los fieles;
  3. Hacer aceptar la nueva misa a todos los recalcitrantes;
  4. Ya no permitir a nadie la exclusividad de la antigua misa;
  5. Y finalmente, hacer cesar el combate de la Tradición. Ecclésia Dei se convirtió en el refugio de los católicos que “prefieren la antigua misa” por gusto personal, pero que han cesado el buen combate que consiste en rechazar la nueva misa por motivos de fe y conservar la antigua por la misma razón.
 
Por o contra la FSSPX
Desde entonces se planteó la cuestión de una “opción Ecclésia Dei” que, finalmente, se tradujo en un dilema “por o contra Mons. Lefebvre” o “por o contra la FSSPX”. De manera más general, aparece ahora un falso problema: “en la Iglesia con Ecclésia Dei, o fuera de la Iglesia con la FSSPX”. Todavía más simple: católico o excomulgado. Allí había un falso dilema en conciencia y, al parecer, un dilema en materia grave, que comprometía lógicamente la salvación de los que elegían con conocimiento de causa. No se trataba, en realidad, más que de un escrúpulo de conciencia inventado por los hombres de Iglesia conciliares para llevar a buen puerto su revolución litúrgica y hacer desaparecer para siempre la obra de Mons. Lefebvre.
 
3) La Carta apostólica Summórum pontíficum del 7 de julio de 2007 en forma de Motu proprio de Benedicto XVI.
Este documento es el que condujo a muchos católicos a creer que la misa de San Pio V había sido “liberada”. Merece un comentario integral. Sin embargo es necesario, en este artículo, limitarse a lo que sigue.
 
Después de aplicar falsamente a la nueva misa de Paulo VI todo lo que pudiera decirse con toda verdad del rito de San Pío V, el papa recuerda que: “En algunas regiones, sin embargo, no pocos fieles adhirieron y siguen adhiriéndose con mucho amor y afecto a las anteriores formas litúrgicas, que habían impregnado su cultura y su espíritu de manera tan profunda, que el Sumo Pontífice Juan Pablo II, movido por la preocupación pastoral respecto a estos fieles, en el año 1984, con el indulto especial «Quáttuor abhinc annos», emitido por la Congregación para el Culto Divino, concedió la facultad de usar el Misal Romano editado por el beato Juan XXIII en el año 1962; más tarde, en el año 1988, con la Carta Apostólica «Ecclésia Dei», dada en forma de Motu Proprio, Juan Pablo II exhortó a los obispos a utilizar amplia y generosamente esta facultad en favor de todos los fieles que lo solicitasen”. La línea de pensamiento es clara: la Roma conciliar siempre está en la vía trazada por el documento del 3 de octubre de 1984.
  
Vienen enseguida doce artículos, de los cuales el primero finaliza en estos términos: “Por eso es lícito celebrar el Sacrificio de la Misa según la edición típica del Misal Romano promulgado por el beato Juan XXIII en 1962, que nunca se ha abrogado, como forma extraordinaria de la liturgia de la Iglesia. Las condiciones para el uso de este misal establecidas en los documentos anteriores «Quáttuor abhinc annos» y «Ecclésia Dei», se sustituirán como se establece a continuación”. Siguen 11 artículos que enuncian las nuevas condiciones para beneficiarse de la antigua misa.
 
Se podría creer que todo había cambiado, que la antigua misa era definitivamente libre, pues las facultades acordadas parecían verdaderamente más “amplias”. En verdad no es así, pues el artículo 11 del documento afirma sin rodeos: “La Pontificia Comisión «Ecclésia Dei», erigida por Juan Pablo II en 1988, sigue ejerciendo su misión”. Y remite a la nota 5 que dice: “Cf. JUAN PABLO II, Lett. ap. en forma de Motu proprio Ecclésia Dei, 2 julio 1988, 6: AAS 80 (1988), 1498”. ¿Cuál es esta misión? La que se encuentra fijada en el documento de 1988 ya citado: alejar a los fieles de la obra de Mons. Lefebvre y, en referencia al documento del 3 de octubre de 1984, no conceder el rito Tridentino más que a los que no cuestionan la nueva misa, sin perjuicio de la reforma litúrgica y cuya posición es públicamente conocida.
  
El artículo 12 prevé que “La misma Comisión, además de las facultades de las que ya goza, ejercerá la autoridad de la Santa Sede vigilando sobre la observancia y aplicación de estas disposiciones”. Y de hecho, los artículos 7 y 8 remiten a la mencionada comisión en caso de litigio en las peticiones de celebrar el antiguo rito.
 
La línea es por lo tanto siempre la misma y el Motu proprio de 2007 no hace más que ampliar materialmente la facultad de utilizar el rito antiguo.
  
Pues, formalmente, su uso es siempre condicionado por los mismos principios y el mismo espíritu: los formulados en el documento del 2 de julio de 1988 que se refieren al documento del 3 de octubre de 1984. A pesar de las apariencias, la misa antigua no fue liberada, sigue estando cautiva de la reforma conciliar y finalizada por una renuncia: cesar el combate de la Fe en lo que concierne a la misa de Paulo VI y aceptar en principio la reforma litúrgica conciliar. El artículo de Wikipedia al respecto no se equivoca: “Las disposiciones presentadas en esta carta siguen la lógica de los textos anteriores Quáttuor abhinc annos y Ecclésia Dei”.
 
4) La Carta apostólica Ecclésiæ unitátem del 2 de julio de 2009 en forma de motu proprio de Benedicto XVI.
En este documento, el sucesor de Juan Pablo II recuerda el párrafo 6 a del documento del 2 de julio de 1988 que quiere “facilitar la plena comunión eclesial de los sacerdotes, seminaristas, comunidades, religiosos o religiosas, que hasta ahora estaban ligados de distintas formas a la Fraternidad fundada por el arzobispo Lefebvre y que deseen permanecer unidos al sucesor de Pedro en la Iglesia católica, conservando sus tradiciones espirituales y litúrgicas” (n° 2). Haciendo esto, el papa quiso “ampliar y actualizar… la indicación general contenida en el motu proprio Ecclésia Dei” (n° 3).
 
Es útil subrayar aquí dos puntos significativos:
  1. La comisión conserva su nombre de origen y por lo tanto conserva como texto fundante el Motu proprio del 2 de julio de 1988, con todo lo que comporta, especialmente su referencia al indulto del 3 de octubre de 1984. Ella continúa entonces con su misión original: apartar a los católicos de la obra de Mons. Lefebvre;
  2. El párrafo 2 remite explícitamente al documento de origen: Juan Pablo II, motu proprio Ecclésia Dei, 2 de julio de 1988, n° 6: AAS 80 [1988] 1498. Así que este nuevo documento permanece en la línea de 1984 y 1988. Es siempre la misma guerra contra la Tradición.
 
Por otro lado, en este documento, Benedicto XVI toma una decisión de grandes consecuencias. Quiere “reformar la estructura de la Comisión Ecclésia Dei, uniéndola de manera estrecha a la Congregación para la doctrina de la fe”. He aquí el objeto de la carta: unir la comisión Ecclésia Dei a la Congregación para la doctrina de la Fe. El objetivo de esta maniobra se indica en el n° 5: “Precisamente porque los problemas que se deben tratar actualmente con la Fraternidad son de naturaleza esencialmente doctrinal, he decidido —a los veintiún años del motu proprio Ecclésia Dei y de acuerdo con lo que me había reservado hacer (cf. motu proprio Summórum Pontíficum, art. 11)— reformar la estructura de la Comisión Ecclésia Dei, uniéndola de manera estrecha a la Congregación para la doctrina de la fe”. Con el pretexto de centrar las discusiones sobre el plano doctrinal (lo que es justo), Benedicto XVI toma una medida que obligará a la FSSPX a tener por interlocutor, ya no a la Congregación para la doctrina de la Fe, ¡sino a una comisión que fue fundada para hacerla desaparecer! ¿Cuál es esta comisión? Ecclésia Dei.
 
A partir de aquí, la FSSPX será obligada a dialogar con su enemigo jurado desde el 2 de julio de 1988: la comisión Ecclésia Dei. Y esta comisión, hay que recordarlo, reposa, como sobre su piedra fundamental, en la excomunión de Mons. Marcel Lefebvre.
 
5) La bendición del papa Francisco con ocasión de los 25 años de la fundación de la Fraternidad San Pedro.
Los hechos vienen a demostrar que la comisión Ecclésia Dei y el Vaticano II siguen llevando a cabo el mismo combate. En su carta del 28 de octubre de 2013, el Nuncio apostólico de París, Luigi Ventura, aseguró a los miembros de la Fraternidad San Pedro que “el papa Francisco se une a la acción de gracias de sus miembros por la obra cumplida en el curso de un cuarto de siglo al servicio de la comunión eclesial cum Petro et sub Petro”. ¿De qué obra eclesial se trata? La que ha consistido, como lo indica el Motu proprio del 2 de julio de 1988, en apartar a los fieles de la FSSPX para llevarlos a la Iglesia conciliar. El papa, por otra parte, hace referencia a los acontecimientos que le dieron nacimiento, es decir, las consagraciones de 1988 y la excomunión de Mons. Lefebvre: “Es en un momento de gran prueba para la Iglesia, que nació la Fraternidad San Pedro”.
 
Enseguida Francisco los alienta “a continuar su misión de reconciliación entre todos los fieles, sea cual fuere su sensibilidad”. No se puede tratar, lógicamente, más que de reconciliación con la Iglesia conciliar y el nuevo rito. He aquí la prueba: “Que celebrando los Misterios sagrados según la forma extraordinaria del rito romano (Misa de San Pio V) y las orientaciones de la Constitución sobre la Liturgia Sacrosánctum Concílium (surgido del Vaticano II), así como transmitiendo la fe apostólica tal cual es presentada en el Catecismo de la Iglesia católica (conciliar), contribuyan, en la fidelidad a la Tradición viva de la Iglesia, a una mejor comprensión y aplicación del concilio Vaticano II”.
 
Conclusión
Mons. Lefebvre tenía toda la razón al afirmar que la comisión romana (Ecclésia Dei) está encargada de la recuperación de los tradicionalistas para someterlos al Concilio.
 
La misión de la comisión Ecclésia Dei, desde el 2 de julio de 1988, es entonces reconciliar a los sacerdotes y fieles apegados a la obra de Mons. Lefebvre con la Iglesia conciliar.
  
Con este objetivo, ella continúa su misión todavía ahora: la “recuperación” de los sacerdotes y fieles de la FSSPX y de sus comunidades amigas para hacer cesar el combate de la Fe.
  
Que todos los que se imaginan que hay identidad de vocación entre los institutos Ecclésia Dei y la FSSPX abran los ojos. La comisión Ecclésia Dei y los institutos unidos a ella son un gran peligro para la obra fundada por Mons. Marcel Lefebvre. Ellos tienen por vocación neutralizarla, paralizarla y disolverla.
 
Esto está inscrito claramente en los textos fundadores de esta comisión. Contra factum, non fit arguméntum. Contra los hechos, no hay nada que replicar.
  
P. Guy Castelain (FSSPX), Revista “El Combate de la Fe”, Marzo de 2016.

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