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domingo, 20 de agosto de 2017

VERSOS DE SAN BERNARDO PARA IMPETRAR LA GRACIA DE UNA BUENA MUERTE

San Bernardo enfrentando al demonio (Miniatura del Libro de Horas de Federico de Aragón)

Se cuenta que una vez el diablo se apareció a San Bernardo presumiendo que conocía ocho versos de los Salmos, los cuales recitados diariamente ayudan a impetrar el auxilio de Dios, en especial en la hora de la muerte. San Bernardo le preguntó “¿Cuáles son? ¡Dímelos de una vez!”. El diablo le contestó: “Me niego a ello. Tú no lo deberías saber”. A esto replicó el santo diciendo que rezaría el salterio completo todos los días a fin de asegurar la recitación de los versos, y frente a esta declaración de fervor, el demonio se aterrorizó y se vio obligado a revelarlos.

Aunque Erasmo los llamaba “versos mágicos” y los tachaba de engaño risible, y Lutero consideraba errónea dicha práctica devota, aún se conservaba en la edición veneciana del Oficio de la Bienaventurada Virgen María según el rito Benedictino de Montecasino de 1573, y en el Directórium Curatórum o Instrucción de Curas de almas escrito por Mons. Fray Pedro Mártir Coma OP se recomienda para impetrar la gracia de una buena muerte:
 
O bone Jesu! Illúmina óculos meos, ne únquam obdórmiam in morte, nequándo dicat inimícus meus præválui advérsus eum. (Ps. XII, 4)
O Adonái! In manus tuas, Dómine, comméndo spíritum meum; redemísti nos, Dómine, Deus veritátis. (Ps. XXX, 6)
O Messías! Locútus sum in língua mea: Notum fac mihi, Dómine, finem meum, et númerum diérum meórum quis est, ut sciam quid desit mihi. (Ps. XXXVIII, 5-6)
O Elói! Fac mecum signum in bonum, ut vídeant qui odérunt me, et confundántur: quóniam tu, Dómine, adjuvísti me, et consolátus es me. (Ps. LXXXV, 16)
O Emmánuel! Dirupísti víncula mea: tibi sacrificábo hóstiam laudis, et nomen Dómini invocábo. (Ps. CXV, 7)
O Christe! Périit fuga a me, et non est qui requírat ánimam meam (Ps. CXLI, 6)
O clavis David! Clamávi ad te, Dómine; dixi: Tu es spes mea, pórtio mea in terra vivéntium. (Ps. CXLI, 7)
O Yahve! Signátum est super nos lumen vultus tui, Dómine, dedísti lætítiam in corde meo. (Ps. IIII, 7)
℣. Glória Patri, et Fílio, et Spíritui Sancto.
℟. Sicut erat in princípio, et nunc, et semper, et in sǽcula sæculórum. Amen.
 
℣. Salvum fac servum tuum.
℟. Deus meus, sperántes in te.
℣. Mitte ei, Dómine, auxíllio de sancto.
℟. Et de Sion túere eum.
℣. Esto mihi, Dómine, turri fortitudines.
℟. A fácie inimíci.
℣. Nihil profíciat inimícus in nobis.
℟. Et fílius iniquitátis non appónat nocére in nobis.
℣. Ab occúltis meis munda me, Dómine.
℟. Et ab aliénis parce servo tuo.
℣. Dómini, exáudi oratiónem meam.
℟. Et clamor meus ad te véniat.
 
ORATIO
Omnípotens sempitérne Deus, qui Ezechíæ Regi Judæ tecum lácrimis véniam deprecánti vitæ spátium tribuísti: concéde mihi, indígno fámulo tuo ante diem mortis meæ, tantum vitæ spátium, quo, ad mensúram, ut ómnia peccáta mea váleam deploráre, et véniam ac grátiam secúndum misericórdiam tuam conséqui mérear. Per Christum Dóminum nostrum. Amen.
  
Dómine Jesu Christe, per illam amaritúdinem mortis quam sustinuísti pro me in Cruce, máxime cum ánima tua egréssa fuit de córpore tuo: miserére ánima mea in gressu suo. Amen.

TRADUCCIÓN
¡Oh buen Jesús! Ilumina mis ojos, para que nunca duerma en la muerte, ni diga mi enemigo: prevalecí sobre mi contrario. (Salmo 12, 4)
¡Oh Adonái! En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu; Tú nos redimiste, Señor, Dios de la verdad. (Salmo 30, 6)
¡Oh Mesías! Dije con mi lengua: Hazme conocer, Señor, mi fin, y el número de mis días, para saber cuán frágil soy. (Salmo 38, 5-6)
¡Oh Eloí! Haz una señal en mi favor, para que la vean quienes me odian, y se confundan: porque tú, Señor, me socorriste, y me has consolado. (Salmo 85, 16)
¡Oh Emanuel! Rompiste mis cadenas: a ti sacrificaré hostias de alabanza, invocando el nombre del Señor. (Salmo 115, 7)
¡Oh Cristo! Me hallé sin poder huir, y sin nadie que mire por mi alma (Salmo 141, 6)
¡Oh llave de David! Clamé a ti, Señor, y dije: Tú eres mi esperanza, mi heredad en la tierra de los vivientes. (Salmo 141, 7)
¡Oh Yahveh! Impresa está sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro, tú infundiste alegría a mi corazón. (Salmo 4, 7)
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
 
℣. Salva a tu siervo.
℟. Dios mío, que espera en ti.
℣. Envía, Señor, tu auxilio desde el santuario.
℟. Y desde Sión tu protección.
℣. Sé para mí, Señor, una torre de defensa.
℟. Ante mis enemigos.
℣. Que el enemigo nada logre en nosotros.
℟. Y el hijo de iniquidad no pueda dañarnos.
℣. De mis pecados ocultos purifícame, Señor.
℟. Y de los ajenos perdona a tu siervo.
℣. Señor, escucha mi oración.
℟. Y mi clamor llegue hacia ti.
 
ORACIÓN
Omnipotente y sempiterno Dios, que le concediste un espacio de vida al rey Ezequías de Judá, que con lágrimas te lo suplicaba: concédeme a mí, indigno siervo tuyo, antes de mi muerte, tanto tiempo de vida para que pueda llorar dignamente todos mis pecados, y merezca según tu misericordia conseguir tu perdón y gracia. Por Cristo Señor nuestro. Amén.
  
Oh Señor Jesucristo, por aquella amargura que por mí padeciste en la Cruz, especialmente cuando tu alma salió de tu cuerpo, ten piedad de mi alma en su salida. Amén.

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