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miércoles, 11 de abril de 2018

SAN EZEQUIEL, PROFETA Y MÁRTIR

«Ezequiel es el que vio aquel espectáculo de gloria que el Señor le mostró en la carroza de los querubines. Y habló después, bajo la figura de la lluvia, de los castigos de los enemigos de Dios, y del bien que hace el Señor a los que andan por el recto camino» (Eclesiástico 49, 10-11).

San Ezequiel Profeta
  
San Ezequiel (en hebreo יְחֶזְקֵאל‎, y en siríaco ܚܰܙܩܺܝܐܶܝܠ, “A quien Dios hace fuerte”) era hijo de Buzi y sacerdote del linaje de Aarón, nacido en Sareda de la tribu de Efraín, que en el año 597 antes de Cristo fue transportado junto con el rey Jeconías de Judá y otros diez mil desde Jerusalén hasta Caldea por las tropas de Nabucodonosor, estableciéndose en Tel Abib, a orillas del río Cobar (afluente del Éufrates), cerca de la ciudad de Nippur (Iraq). Cinco años después de la deportación, a los treinta años de su edad (es de suponer por ello que nació el 10 de Enero de 622 antes de Cristo), el día 5 del cuarto mes, tuvo una visión de una semejanza de la majestad de Dios y sus Ángeles. Desde entonces, por espacio de casi veintidós años, no cesó de exhortar, consolar y mover a penitencia a los judíos exiliados mediante sus vaticinios, predicaciones y acciones simbólicas. Sus profecías fueron las más terribles y espantosas, a las cuales llama San Jerónimo “Océano de los misterios de Dios”. En ellas hablaba del cautiverio de Babilonia, de la ruina de otras ciudades y naciones, de la vuelta del cautiverio, del Reino del Mesías y de la vocación de las gentes a la fe divina de nuestro Señor Jesucristo.
  
Como muchos de los registros de la muerte y sepultura de santos veterotestamentarios, su historia proviene del libro La Vida de los Profetas, escrito por los judíos en el siglo I, y con interpolaciones de San Doroteo de Tiro y San Epifanio de Salamis:
«Ezequiel era del distrito de Sareda, de los sacerdotes; y murió en la tierra de Caldea, en tiempos de la cautividad, después de proclamar muchas profecías a aquellos que estaban en Judea. Fue asesinado por el líder de los israelitas exiliados, al cual le reprochó por su culto a los ídolos; y ellos lo sepultaron en la era de Nahor, en la tumba de Sem y Arfaxad, los antepasados de Abrahán. La tumba es una cueva doble, y de acuerdo a ese plan Abrahán también dispuso la tumba de Sara en Hebrón. Es llamada doble porque tiene un pasadizo (escalera) y hay una cámara superior oculta del piso principal, colgando en la roca sobre el nivel del suelo.
 
Este profeta dio al pueblo una señal: que deberían prestar atención al río Cobar, que cuando sus aguas se sequen, debían esperar la hoz de la desolación de los confines de la tierra, y cuando se desborde, el retorno a Jerusalén.
 
Mientras el santo moraba allí, muchos continuando yendo a él; y en una ocasión, cuando una multitud se había congregado ante él, los caldeos temieron un alzamiento y acudieron para destruirlos. Él hizo que el agua cesara de fluir, para que pudieran huir al otro lado; pero cuando el enemigo intentó perseguirlos, ellos se hundieron.
 
Por su oración les proveyó amplio sustento de peces que venían de suyo propio para ser atrapados. A muchos que estaban para morir les animó con las nuevas de la vida que les vendría de Dios. Cuando el pueblo estaba siendo destruido por el enemigo, él fue ante los capitanes enemigos y se asustaron tanto con los prodigios que forjó que cesaron de atacar. Fue entonces que les dijo: “¿Estamos pereciendo? ¿Se acabó nuestra esperanza?”, y por la visión de los huesos secos persuadióles que habría esperanza para Israel tanto ahora como en los tiempos venideros.
 
Mientras estuvo a orillas del río Cobar, le mostró al pueblo de Israel lo que estaban haciendo en Jerusalén y en el Templo. Él mismo fue llevado desde allí, y vino a Jerusalén, para reprender a los infieles. También del mismo modo que Moisés, previó el diseño del Templo, con sus muros y sus disposiciones, como Daniel también declaró que debería construirse.
 
Él pronunció juicio en Babilonia contra las tribus de Dan y Gad, porque habían complotado contra el Señor, persiguiendo a aquellos que guardaban la Ley, y realizó un terrible prodigio, que sus hijos y todo su ganado serían muertos por serpientes. También les predijo que por causa de sus pecados Israel no volvería a su tierra, sino que permanecerían en la Media, hasta el fin de su maldad.
  
Uno de ese pueblo fue el hombre que mató a Ezequiel, porque ellos se le opusieron durante toda su vida».
 
Fue este santísimo profeta figura de nuestro divino Redentor, porque ejercitó los divinos ministerios de profetizar y enseñar a los hombres, y a semejanza de Jesucristo, se llamaba a sí mismo “Hijo del hombre”, y también puso la vida y la sangre en confirmación de la verdad de Dios. Porque como reprendiese a uno de los jefes del pueblo judaico por sus sacrilegios e idolatrías, dicen que no pudiendo sufrir aquel sacrílego apóstata la reprensión del Profeta, mandó que le arrastrasen a la cola de sus caballos, hasta que quebrantada la cabeza y derramados los sesos, dio su vida por la causa de la verdad de Dios que había anunciado en sus divinas profecías. De esta tradición se hace eco en el Martirologio Romano, al encabezar así la conmemoración de los santos en la Prima del 9 de Abril:
«Quárto Idus Aprílis: Apud Babylónem sancti Ezechiélis Prophétæ, qui, a Júdice pópuli Ísraël, quod eum de cultu idolórum argúeret, interféctus, in sepúlcro Sem et Arpháxad, Ábrahæ progenitórum, sepúltus est; ad quod sepúlcrum, oratiónis causa, multi conflúere consuevérunt» (A 10 de Abril: En Babilonia, San Ezequiel Profeta, a quien un juez del pueblo de Israel le dio muerte por reprocharle el culto de los ídolos. A su sepulcro, en la tumba de Sem y Arfaxad, antepasados de Abrahán, acostubraban ir muchos para hacer oración).
 
Las tradiciones de la tumba de los patriarcas Sem y Arfaxad (este último ancestro y epónimo de los caldeos -en hebreo כַּשְׂדִּים y en siríaco ܟܰܠܕܳܝܳܐ-) están significativamente detalladas, indicando que la localización de sus tumbas (o las que se cree lo son) era conocida por el escritor, incluso luego de dos milenios y medio. En todo caso, se ha dicho desde hace tiempo que el sitio de la tumba de Ezequiel sería en un santuario en al-Kifl, a 72,4 kilómetros de Bagdad, y por espacio de muchos siglos fue muy visitado no sólo por los israelitas antes de la operación clandestina de emigración “Esdras y Nehemías” (1950-1952), mas también por los medos y persas. Más agradable a Dios fuera esta devoción, si no se contentasen con venerar solamente la memoria de San Ezequiel, sino que abriesen también los ojos de su alma para reconocer al Hijo del Hombre y divino Mesías Jesucristo, tantas veces y tan solemnemente anunciado por el santo Profeta.
 
El libro profético de Ezequiel abre con un relato de su vocación divina para ser profeta, en la cual describe los cuatro Querubines alrededor del trono de Dios, que se le apareció en la forma de “uno semejante a hijo del hombre”. El sabio divinamente inspirado Jesús Ben Sirácide rememora “el espectáculo de gloria que el Señor le mostró en la carroza de los querubines” como la más notoria y memorable visión de San Ezequiel (Eclesiástico 49, 10), y posteriormente el Apóstol San Juan en el Apocalipsis tendrá una visión celestial en la cual ve cuatro criaturas angélicas de la misma clase -espíritus que tradicionalmente los Cristianos identifican con los cuatro Evangelistas (Apoc. 4, 6-7)- alabando a Dios con el canto del Sanctus como en la visión que tuvo San Isaías sobre los Serafines.
 
Aunque la destrucción de Jerusalén trajo el fin al mandato real de la dinastía davídica en Israel, San Ezequiel sin embargo fue inspirado por Dios para predicar confiadamente la resurrección de los muertos, la restauración de Israel bajo el mandato davídico y el restablecimiento del Templo de Dios con una renovación del sagrado sacerdocio y los sacrificios. Estas visiones, relatadas con detalle extraordinatiamente específico, son usualmente de un carácter profundamente místico y a menudo alegórico. La Enciclopedia Católica resume así:
«[...] La manera en la que Dios restaurará a Su pueblo es indicada solo en forma general. El Señor causará la muerte de los malos pastores; Él reunirá, guiará, y alimentará las ovejas por medio del segundo David, el Mesías (Ezequiel 34). Aunque el monte Seír seguirá siendo un desierto, Israel volverá al suyo. Allí Dios purificará a su pueblo, animará la nación con un nuevo espíritu, y la reestablecerá en su antiguo esplendor para la gloria de su nombre (Ezequiel 35-37). Israel, aunque muerto, se levantará otra vez, y los huesos secos serán cubiertos con carne y dotados con vida antes de los ojos del profeta. Efraín y Judá, bajo del segundo David, serán unificados en un reino, y el Señor morará en medio de él (Ezequiel 37). La invencibilidad y la indestructibilidad del reino restaurado son presentadas simbólicamente en la guerra sobre Gog, su derrota ignominiosa, y la aniquilación de sus ejércitos (Ezequiel 38-39). En la anterior visión profética, Dios muestra el nuevo templo (Ezequiel 40-43), el nuevo culto (Ezequiel 43-46), el retorno a su propia tierra, y la nueva división de esta entre las doce tribus (Ezequiel 47-48), como figura de Su fundación de un reino en donde Él morará entre su pueblo, y donde será servido en Su tabernáculo de acuerdo a reglas estrictas, por sacerdotes de Su elección, y por el príncipe de la casa de David. [...]».
 
La visión de San Ezequiel sobre la terrible guerra que las naciones malvadas de Gog y Magog intentarán mover contra el reino israelita restaurado también aparece en las visiones de San Juan sobre el Fin del mundo y la Segunda Venida de Cristo (Apoc. 20, 7-10). Según las visiones de San Juan, el Juicio final sigue a la aniquilación por parte de Dios de los ejércitos anticristianos de Gog y Magog. Pero entonces, así como San Ezequiel concluye sus profecías con una sobrecogedora visión den nuevo Templo y la Nueva Jerusalén, así San Juan concluye también su Apocalipsis con una visión más gloriosa de la Nueva Jerusalén donde los bienaventurados morarán siempre con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y sanados por las hojas y alimentados por el fruto del Árbol de la Vida. En sus visiones sobre el Nuevo Templo, San Ezequiel prevé el hermoso misterio de la Virginidad Perpetua de Santa María (cap. 44, 1-2) y la misión divina de la Iglesia Católica de restaurar la vida a un mundo que está espiritualmente muerto (cap. 47, 1-12) -la misión donde los Gentiles son agregados al Nuevo Israel (cap. 47, 21-23)-. Es de la visión profética de un río vivificante que brota del santo altar de Dios en el Templo que la Iglesia toma la antífona Vidi aquam en el rito pascual del Aspérges (cf. Ezequiel 47, 1, 9):
«Vidi aquam egrediéntem de templo, a latere dextro, allelúja: et omnes, ad quos pervénit aqua ista, salvi facti sunt, et dicent: allelúja, allelúja». (Vi el agua salir del lado derecho del templo, aleluya; y todos los que acudan a estas aguas eran salvados, y decían: Aleluya, aleluya).
  
REFLEXIÓN
Un viajero moderno, el teniente William Francis Lynch, de los Estados Unidos, nos dice que «el día 4 de mayo de 1848 llegó a Kifl con el propósito de visitar el sepulcro del profeta Ezequiel. El jefe de las tribu le acompañó hasta una espaciosa sala rodeada de columnas. En el fondo de aquella estancia hay una gran caja, en la cual se encierra una copia de los cinco libros de Moisés, escrita en un solo rollo de pergamino: y en el otro extremo del salón, hay una pequeña pieza donde se encierra la tumba de San Ezequiel. El sepulcro es de madera, cubierta de una rica tela de Persia: la bóveda de la recámara está dorada, y perpetuamente iluminada por muchas lámparas, y a un lado del sepulcro, donde arde una sola lámpara, se ven las tumba de los tres discípulos que solían acompañar al santo Profeta». Aprendamos nosotros, hasta por el ejemplo de los mismos judíos e infieles, a venerar a los santos de Dios; aborreciendo la impiedad de los herejes protestantes que ultrajan sus sagradas reliquias y sepulcros: pues ya que nuestro Señor quiso honrarles con tan soberanos dones y maravillas, justo es que también les honremos nosotros como a gloriosos cortesanos de Dios, santísimos miembros del cuerpo místico de Jesucristo, y poderosos abogados nuestros en el cielo.
   
ORACIÓN
Concédenos, oh Dios omnipotente, que los que celebramos el nacimiento para el cielo de tu bienaventurado profeta y mártir Ezequiel, seamos fortalecidos en el amor de tu nombre. Por J. C. N. S. Amén.

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