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jueves, 5 de abril de 2018

SAN VICENTE FERRER, ÁNGEL DEL APOCALIPSIS

«Castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, no sea que habiendo predicado a los otros venga yo a ser reprobado». (1 Corintios 9, 27)
  
San Vicente Ferrer
  
Nació el 23 de enero de 1350 en Valencia, España. Sus padres, Guillermo Ferrer y Constanza Miguel, le inculcaron desde muy pequeñito una fervorosa devoción hacia Jesucristo y a la Virgen María y un gran amor por los pobres. Uno de sus hermanos, Bonifacio, años después, ingresará a la Cartuja. Le encargaron repartir las cuantiosas limosnas que la familia acostumbraba a dar. Así lo fueron haciendo amar el dar ayudas a los necesitados. Lo enseñaron a hacer una mortificación cada viernes en recuerdo de la Pasión de Cristo, y cada sábado en honor de la Virgen Santísima. Estas costumbres las ejercitó durante toda su vida.
   
Se hizo religioso en la Comunidad de los Padres Dominicos de Valencia y, por su gran inteligencia, a los 21 años ya era profesor de filosofía en la universidad de Lérida.
  
Durante su juventud el demonio lo asaltó con violentas tentaciones y, además, como era extraordinariamente bien parecido, varias mujeres de dudosa conducta se enamoraron de él y como no les hizo caso a sus zalamerías, le inventaron terribles calumnias contra su buena fama. Todo esto lo fue haciendo fuerte para soportar las pruebas que le iban a llegar después.
   
Siendo un simple diácono lo enviaron a predicar a Barcelona. La ciudad estaba pasando por un período de hambre y los barcos portadores de alimentos no llegaban. Entonces Vicente en un sermón anunció una tarde que esa misma noche llegarían los barcos con los alimentos tan deseados. Al volver a su convento, el superior lo regañó por dedicarse a hacer profecías de cosas que él no podía estar seguro de que iban a suceder. Pero esa noche llegaron los barcos, y al día siguiente el pueblo se dirigió hacia el convento a aclamar a Vicente, el predicador. Los superiores tuvieron que trasladarlo a otra ciudad para evitar desórdenes.
  
Le angustiaba mucho la situación de la Iglesia Católica de su tiempo. Eran los tiempos del Cisma de Occidente, y hubo dos Sedes pontificias rivales: Roma y Aviñón (luego tres, porque se sumó Alejandro V, elegido por cuatro patriarcas, 22 cardenales y 80 obispos en un concilio en 1409 en Pisa). Contrario a Santa Catalina de Siena (que apoyaba al reclamante romano Urbano VI), San Vicente Ferrer apoyaba al reclamante aviñonés, y ganó a España, Portugal, Nápoles y Escocia para su partido.
   
Al poco tiempo de ser nombrado por su amigo Pedro de Luna (Benedicto XIII de Aviñón) como Penitenciario Apostólico y Maestro del Sacro Palacio, el 3 de octubre de 1398 Vicente se enfermó y estuvo a punto de morir a causa de una fiebre maligna. Pero una noche se le apareció Nuestro Señor Jesucristo, acompañado de los Padres San Francisco y Santo Domingo de Guzmán, diciéndole que pronto sanaría de su enfermedad y que el cisma llegaría a su final, y le dio la orden de dejar la corte papal aviñonesa para dedicarse a predicar la reforma de las costumbres por ciudades, pueblos, campos y países. «Avísales —dijo el Señor— del peligro en que viven, y que se enmienden, porque el Juicio Final esta muy cercano». El Papa Luna le ofreció el Obispado de Valencia y el capelo, pero en vista de la declinación, le nombró Legado Apostólico.
 
Habiendo sabido que Gregorio XII de Roma y Juan XXIII de Pisa habían renunciado a sus reclamaciones al Papado y, para poner fin al cisma y dar paz a la Iglesia se habían sometido a la decisión del Concilio de Constanza, hizo San Vicente cuanto pudo para reducir a Benedicto XIII de Aviñón a que imitase el mismo ejemplo; y, no habiendo podido conseguirlo, el 6 de enero de 1416, predicando en el Castillo de Mallorca, acusó a su otrora amigo Pedro de Luna de ser un falso Papa, perjuro y promotor del cisma, declarando vacante la Sede de Aviñón.
   
Electo Martín V como Papa legítimo de la Iglesia por el Concilio de Constanza en 1417, le hizo Misionero Apostólico. San Vicente recorre toda España, el sur de Francia (a causa de la Guerra de los Cien Años), el norte de Italia, Suiza, Inglaterra e Irlanda, predicando incansablemente, con enormes frutos espirituales. Los primeros convertidos fueron judíos y moros. Se cuenta que convirtió más de 25.000 judíos (entre ellos a catorce rabinos) y 18.000 musulmanes en toda España. Más de una vez entraba a una sinagoga o mezquita, y con una sola homilía, se convertían todos los presentes al Catolicismo. Algo a todas luces admirable porque no hay gente más difícil de convertirse al catolicismo que un judío o un musulmán. Él afirmó al respecto: «El fin del mundo no puede estar muy distante, y el reino de Dios está cerca. ¿Acaso nuestro Señor mismo no dijo que el fruto de la higuera anuncia el próximo verano? (…) Ni tampoco es más infructuosa la higuera judía, ya que vemos a diario produciendo frutos abundantes y más selectos en cada ciudad de España».
  
Las multitudes se apiñaban para escucharle, donde quiera que él llegaba. Tenía que predicar en campos abiertos porque las gentes no cabían en los templos. Su voz sonora, poderosa y llena de agradables matices y modulaciones y su pronunciación sumamente cuidadosa, permitían oírle y entenderle a más de una cuadra de distancia.
  
Sus sermones duraban casi siempre más de dos horas (un sermón suyo de las Siete Palabras en un Viernes Santo duró seis horas), pero los oyentes no se cansaban ni se aburrían porque sabía hablar con tal emoción y de temas tan propios para esas gentes, y con frases tan propias de la S. Biblia, que a cada uno le parecía que el sermón había sido compuesto para él mismo en persona.
   
Antes de predicar rezaba por cinco o más horas para pedir a Dios la eficacia de la palabra, y conseguir que sus oyentes se transformaran al oírle. Dormía en el puro suelo, ayunaba frecuentemente y se trasladaba a pie de una ciudad a otra (los últimos años se enfermó de una pierna y se trasladaba cabalgando en un burrito).
   
En aquel tiempo había predicadores que lo que buscaban era agradar a los oídos y componían sermones rimbombantes que no convertían a nadie. En cambio a San Vicente lo que le interesaba no era lucirse sino convertir a los pecadores. Y su predicación conmovía hasta a los más fríos e indiferentes. Su poderosa voz llegaba hasta lo más profundo del alma. En pleno sermón se oían gritos de pecadores pidiendo perdón a Dios, y a cada rato caían personas desmayadas de tanta emoción. Gentes que siempre se habían odiado, hacían las paces y se abrazaban. Pecadores endurecidos en sus vicios pedían confesores. El santo tenía que llevar consigo una gran cantidad de sacerdotes para que confesaran a los penitentes arrepentidos. Hasta 15.000 personas se reunían en los campos abiertos, para oírle. Por medio de las prédicas de San Vicente Ferrer, Dios llamó a muchísimos pecadores hacia la conversión.
   
Después de sus predicaciones lo seguían dos grandes procesiones: una de hombres convertidos, rezando y llorando, alrededor de una imagen de Cristo Crucificado; y otra de mujeres alabando a Dios, alrededor de una imagen de la Santísima Virgen. Estos dos grupos lo acompañaban hasta el próximo pueblo a donde el santo iba a predicar, y allí le ayudaban a organizar aquella misión y con su buen ejemplo conmovían a los demás.
    
Como la gente se lanzaba hacia él para tocarlo y quitarle pedacitos de su hábito para llevarlos como reliquias, tenía que pasar por entre las multitudes, rodeado de un grupo de hombres encerrándolo y protegiéndolo entre maderos y tablas. El santo pasaba saludando a todos con su sonrisa franca y su mirada penetrante que llegaba hasta el alma.
   
Las gentes se quedaban admiradas al ver que después de sus predicaciones se disminuían enormemente las borracheras y la costumbre de hablar cosas malas, y las mujeres dejaban ciertas modas escandalosas o adornos que demostraban demasiada vanidad y gusto de aparecer. Y hay un dato curioso: siendo tan fuerte su modo de predicar y atacando tan duramente al pecado y al vicio, sin embargo las muchedumbres le escuchaban con gusto porque notaban el gran provecho que obtenían al oírle sus sermones.
   
Vicente fustigaba sin miedo las malas costumbres, causa de tantos males públicos y privados. Invitaba incesantemente a recibir los santos sacramentos de la confesión y de la comunión. Hablaba de la sublimidad de la Santa Misa. Insistía en la grave obligación de cumplir el mandamiento de Santificar las fiestas. Insistía en la gravedad del pecado, en la proximidad de la muerte, en la severidad del Juicio de Dios, y del cielo y del infierno que nos esperan. Y lo hacía con tanta emoción que frecuentemente tenía que suspender por varios minutos su sermón porque el griterío del pueblo pidiendo perdón a Dios, era inmenso.
   
Pero el tema en que más insistía este santo predicador era el Juicio de Dios que espera a todo pecador. La gente lo llamaba «Trompeta del Juicio Final» y «Ángel del Apocalipsis», porque continuamente recordaba a las gentes lo que el libro del Apocalipsis enseña acerca del Juicio Final que nos espera a todos. Predicando en Salamanca, unos espectadores se burlaban de él por esa causa. Ante esto, hizo resucitar a una mujer, que públicamente declaró que San Vicente era el Ángel del Apocalipsis. Él repetía sin cansarse aquel aviso de Jesús: «He aquí que vengo, y traigo conmigo mi salario. Y le daré a cada uno según hayan sido sus obras» (Apocalipsis 22,12). El día 13 de septiembre de 1403, anunció como señal que precedería a los últimos tiempos, que «las mujeres vestirán como hombres y se portarán según sus gustos y licenciosamente, y los hombres vestirán de mujeres…».
  
En una época plagada por el relajamiento moral, San Vicente Ferrer recordaba a sus feligreses que Dios juzgará a vivos y muertos en el Día del Juicio Final.
    
Los milagros acompañaron a San Vicente en toda su predicación. En su proceso de canonización se registró la cifra de 860 milagros, y se dejó de estudiar más casos, puesto que no era posible continuar. Entre estos se destacan más de 30 resurrecciones, 70 personas liberadas de posesión demoníaca, y el hacerse entender en otros idiomas, siendo que él solamente hablaba su lengua materna (valenciano) y el latín. Y sucedía frecuentemente que las gentes de otros países le entendían perfectamente como si les estuviera hablando en su propio idioma. Era como la repetición del milagro que sucedió en Jerusalén el día de Pentecostés, cuando al llegar el Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego, las gentes de 18 países escuchaban a los apóstoles cada uno en su propio idioma, siendo que ellos solamente les hablaban en siríaco.
  
San Vicente se mantuvo humilde a pesar de la enorme fama y de la gran popularidad que le acompañaban, y de las muchas alabanzas que le daban en todas partes. Decía que su vida no había sido sino una cadena interminable de pecados. Repetía: «Mi cuerpo y mi alma no son sino una pura llaga de pecados. Todo en mí tiene la fetidez de mis culpas». Así son los santos. Grandes ante la gente de la tierra, pero se sienten muy pequeñitos ante la presencia de Dios que todo lo sabe.
   
En 1410, moría Martín I el Humano, rey de Aragón, sin dejar descendencia. Hubo seis candidatos para ocupar el trono, y se designó un consejo de nueve notables, tres por cada reino integrante de la Corona aragonesa (Aragón, Valencia y el Principado de Cataluña). San Vicente Ferrer, y su hermano Bonifacio fueron parte de la delegación de Valencia. El 22 de abril de 1412, en la ciudad de Caspe, los nueve notables eligieron unánimes a Fernando de Trastámara como Rey de Aragón, elección que años después facilitará la unificación de España.
  
Los últimos años, ya lleno de enfermedades, lo tenían que ayudar a subir al sitio donde iba a predicar. Pero apenas empezaba la predicación se transformaba, se le olvidaban sus enfermedades y predicaba con el fervor y la emoción de sus primeros años. Era como un milagro. Durante el sermón no parecía viejo ni enfermo sino lleno de juventud y de entusiasmo. Y su entusiasmo era contagioso. Murió en plena actividad misionera, el 5 de abril del año 1419, Miércoles de Pasión, en Vannes de la Bretaña (años antes, Santa Coleta de Corbie, mística y reformadora de las monjas clarisas, le profetizó que moriría en Francia). Fueron tantos sus milagros y tan grande su fama, que el Papa Calixto III (que afirmaba que San Vicnente Ferrer le prometió el pontificado) lo declaró santo a los 36 años de haber muerto, el 3 de junio de 1455.
  
MEDITACIÓN SOBRE EL JUICIO FINAL
I. Todo lo que concierne al juicio final será terrible. Lo precederán señales espantosas: el sol sangrará, abrasarase el aire, se agitará el mar con violenta tempestad, vacilará la tierra sobre su eje; el hambre, la guerra, la peste desolarán la tierra. El Anticristo perseguirá a los fieles con tanta crueldad y refinamiento que apenas si los elegidos podrán resistir a sus tentaciones. Yo creo, Señor, que oiré las terríficas trompetas que me convocarán para dar cuenta de mi vida. «Si te sientes movido a cometer un pecado, piensa en este juicio tremendo para todos» (San Basilio).
  
II. Imagina a todos los pueblos de la tierra congregados en el valle de Josafat, y a Jesucristo que desciende del cielo, seguido de toda la corte celestial, para juzgar al mundo. A su diestra estarán los elegidos acompañados de los ángeles buenos; a su siniestra los réprobos rodeados de una multitud de demonios. Un día estaré en ese valle. ¿Y en qué estado será? Lo ignoro; ignoro si seré colocado a la derecha o a la izquierda, ¡y vivo ahora en medio de placeres, como si nada debiese temer!
   
III. Entra en el sentimiento de los elegidos: ¿qué dirán en ese momento? ¿Se arrepentirán de haber despreciado al mundo y mortificado sus cuerpos? ¿Cuáles serán los sentimientos de los réprobos, viéndose a punto de ser condenados? «He ahí, exclamarán, hablando de los elegidos, aquellos de quienes nos burlamos; los tratamos de insensatos, despreciamos su vida oscura. Y ahora, helos ahí, elevados a la dignidad de hijos de Dios, copartícipes de los santos. Nosotros nos apartamos del camino de la verdad; no brilló para nosotros la luz de la justicia, para nosotros no salió el sol de la inteligencia» (Sab. 5). «¡Qué triste será ver a Dios y perderlo, perecer a vista del Redentor!» (San Euquerio).
  
El pensamiento del juicio. Orad por los predicadores.
  
ORACIÓN (de la Liturgia Dominica)
Oh Dios, que hiciste que la multitud de las naciones viniese al conocimiento de tu Nombre por la admirable predicación de tu confesor el bienaventurado San Vicente, concédenos te suplicamos, que merezcamos tener como Premiador en el cielo a Aquél que anunció en la tierra como Juez venidero, Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

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