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jueves, 10 de mayo de 2018

PROFECÍA DE SAN ÁNGEL JEROSOLIMITANO, MÁRTIR CARMELITA

San Ángel Jerosolimitano, mártir Carmelita
 
Refiere el Venerable Enoc, Patriarca de Jerusalén, en su Vida de San Ángel Carmelita, y lo repite el Padre Juan Bautista Lezzana en sus Anales de la Orden Carmelita, que en el año de gracia 1219, reinando el Papa Honorio III y el Sacro Emperador Federico IX, teniendo cinco años el fraile carmelita San Ángel Jerosolimitano de vivir en el desierto, en altísima contemplación y realizando ininterrumpidas oraciones fervientes, mereció ver a Nuestro Señor, rodeado de un gran cortejo de Ángeles y de Bienaventurados, y le dijo: 
«Bastante, ¡oh Ángel!, has permanecido en estas cuevas, bastante te has dedicado a la contemplación con provecho de tu alma. Es necesario ahora, con toda prontitud y celeridad, cumplir todo lo que te ha destinado mi Eterno Padre (que te eligió en la gloria). Prepárate pues a padecer en Licata, castillo de la diócesis de Agrigento en la isla de Sicilia, donde recibirás la corona del martirio, muchas privaciones, sudores y fatigas en la defensa de la Verdad, y en predicarle al mundo la voluntad de mi Eterno Padre.

Te dirigirás primero a Jerusalén, y en las iglesias del Oriente reafirmarás a los fieles en todo lo que es voluntad de mi Eterno Padre. A su tiempo, Atanasio, Patriarca de Alejandría, te entregará por mandato mío las reliquias de San Juan Bautista, San Jeremías, San Jorge y Santa Catalina, como también la imagen de mi Madre pintada por mi discípulo San Lucas a instancia y devoción de la virgen Santa Tecla, discípula del Apóstol San Pablo; no siendo conveniente que las mismas permanezcan en aquellos templos, los cuales serán profanados, contaminados y deshonrados por la impiedad de los bárbaros, que presto enfurecerán contra los sagrarios. Transportarás estas reliquias a Italia, en la antigua ciudad de Roma, y las entregarás al Sumo Pontífice Honorio, y a Federico de Claramonte.
  
Luego te dirigirás a Sicilia, donde, predicando el Evangelio, exclamarás con celo contra las vilezas enormes de los cristianos, a los cuales echarás en cara los horrendos sacrilegios, los execrables incestos, las durezas de corazón, las irreverencias hacia mi Nombre, la inobservancia de las leyes, su falta de temor de Dios, y la casi nula Fe que tienen.
    
Se multiplican, ¡oh Ángel!, tantos excesos, que queda sumamente ofendido mi Eterno Padre, y esto por la falta de quienes con celo católico los reprenda. Por lo cual, predicando mi ley, exclamarás en abominación y detestación de los impíos y sacrílegos; y si obstinados persisten en el mal, anúnciales que mi Eterno Padre está para desenvainar la espada y vengará con furor las ofensas hechas contra su divina Majestad».
 
Habiendo recibido las órdenes de Cristo y entendido la voluntad del Padre, San Ángel se postró reverente a los pies de Cristo, adorándole con pureza y humildad, y ofrecióse obediente a morir por la gloria del Nombre de Dios, y a dedicarse con toda fuerza y fervor para que todos conocieran la voluntad de Dios. Pero, conmiserándose por el infeliz estado de Jerusalén, los Santos Lugares y el Cristianismo, le suplicó al Redentor que los sustrajere de las manos de los bárbaros, en atención a que Él los había consagrado con su Pasión.
  
Ante esto, Jesús le predijo que los Santos Lugares serían invadidos por los Agarenos (musulmanes), y luego por el Imperio Otomano; y los males que recibirá la Cristiandad en castigo de sus culpas:
«Sabe, ¡oh Ángel, siervo mío!, y predícalo a mis seguidores con constante corazón y celo por mi Ley, que la ciudad de Jerusalén permanecerá largo tiempo bajo el dominio de los Agarenos, la cual, no mucho tiempo después de haberla poseído, será por ellos casi totalmente arrasada y destruida. La misma Judea, Samaria, Galilea y toda la Tierra de la promesa, Capadocia y Egipto, con muchos otros reinos y muchas provincias de Asia y del África, pasados pocos años, pasarán totalmente al poder de los Ismaelitas, y todos los lugares donde ves ahora celebrar mis alabanzas, esto es, los monasterios, los hospicios, las iglesias y los santuarios, serán abatidos y destruidos.
 
Los ritos cristianos quedarán casi completamente abolidos en todas partes; y, poco tiempo después, toda aquella parte del mundo denominada Asia Menor caerá bajo el dominio de Mahoma por obra de los Otomanos, cuyos sucesores invadirán la Grecia teniéndola casi totalmente ocupada y poseída, creciendo siempre más su poder por mar y tierra, e infundirán terror a casi todos los pueblos y naciones, envolviendo en su dominio hasta el reino de Albania, la Dalmacia y la Rascia (Serbia).
 
No mucho después, la misma ciudad de Jerusalén, con todo lo que está en poder de los Ismaelitas, caerá bajo la dominación de los Otomanos, los cuales seguirán expugnando las más conocidas fortalezas de los Cristianos. La Hungría misma será por ellos invadida más y más veces, asaltada y casi destruida, en señal de que Europa sentirá terror y molestia.
 
La Italia incluso, en cuyo seno yace la Sede de Pedro, vendrá por largo tiempo y muchas veces azotadas por largas y horrendas guerras, y será espectadora de incendios, derramamiento de sangre, ruina y un casi total exterminio. Pestes, carestías y divisiones precederán y acompañarán estos estragos y desastres, porque han exacerbado hasta lo sumo el corazón de mi Padre, que se vengará con ira y furor sobre los hijos ingratos e indignos.
 
Acaecerán estos castigos por las abominaciones, y principalmente por la enormidad de aquellos que hacen de la Cristiandad una Babilonia, disipan el Santuario, siembran iniquidad, odio y rencor en el pueblo, y lo escoltan y conducen hacia la impiedad, las más torpes inmundicias, maldades y pecados».
 
Afligido el Santo al escuchar de la boca de Cristo los flagelos que vendrían al Cristianismo, preguntóle con lágrimas y suspiros cuándo vendrá el enojo divino, a fin de aprovecharse con mayor celo en la predicación, a fin de enmendar a tiempo de aquellas maldades provocatrices de tan dolorosos eventos. Cristo le responde:
  • Cuando la Iglesia, gastado y perdido el antiguo esplendor, devenga a ser poco menos que una viuda, derelicta y abandonada;
  • Cuando el solio pontificio, y principalmente su reino, tenga muchos pretendientes, y vengan estos a contender entre sí;
  • Cuando, bajo manto de santidad y religión, sean engañados los pueblos por personas hipócritas, y la Iglesia esté cundida de sectas, en las cuales alzarán el trono la soberbia, la ambición y la lascivia, con toda la comitiva de los vicios;
  • Cuando los príncipes, divididos entre sí, entren a contienda el uno contra el otro por el dominio, y estén los monarcas contrarios entre sí y surja pontífice contra pontífice, será turbada plenamente la paz y quietud de los pueblos, cuyas discordias internas serán ocasión de estragos y ruinas;
  • Cuando las herejías sean prevalentes prácticamente en todas partes y la verdadera Fe poco menos que extinta, y los súbditos, con sus soberanos o regidores, estén pervertidos por las vanidades y locuras;
  • Entonces será el tiempo en el que mi Eterno Padre desfogará su ira y furor, y permitirá que sus hijos ingratos sean atormentados por los enemigos de mi Nombre.
«Todo esto, ¡oh Ángel!, predicarás con constancia e intrepidez al pueblo cristiano, para que sepan que los castigos preanunciados son debidos a sus culpas», agregó el Señor.
  
Al oir los terribles castigos amenazados, el Santo se volvió a Jesucristo conmovido y aterrado, y le oró así:
«¡Ay, Señor, ten piedad de tu Iglesia; aleja tu ira de tu pueblo, por el cual misericordiosamente has padecido tanto; libra de tales flagelos a tus hijos que redimiste a precio de sangre! Envía finalmente a quien libere Jerusalén, tu ciudad santa, y la saque de la esclavitud y del poder de sus enemigos».

Ante esto, el Divino Salvador respondió: «Luego que mi pueblo reconozca sus propios errores y contrito haga penitencia de sus pecados, abrace la justicia y persevere en ella, vendrá el que debe liberarlos y a la santa ciudad; él establecerá la paz entre las gentes, y será la consolación de los justos».
   
Profundamente conmovido, con santo ardor replicó San Ángel: «¿Quién será aquel hombre que habrá de liberar tu ciudad?». Y Cristo le respondió benignamente:
«Vendrá un Rey de la antigua gente y estirpe Francesa, insigne por su piedad ante Dios; éste será bien recibido y amado por todos los príncipes cristianos profesantes de la fe ortodoxa. Crecerá sobremanera su poder por mar y tierra, ayudará a la Iglesia a recuerar sus pertenencias más indispensables ya de hecho prácticamente perdidas, y junto al Romano Pontífice, purgará a la Cristiandad de sus errores, y restituirá a la Iglesia en aquel estado que fue siempre deseado por los buenos.
  
Él reunirá ejércitos, y los enviará a donde sea necesario; gran multitud armada le seguirá voluntariamente; en estos combates aquellos que derramen su sangre en honor de mi Nombre tendrán gloria y premio sempiterno.
  
En cuanto este monarca, habiendo alistado una poderosa flota, cruzará el mar, liberará la santa ciudad de Jerusalén, restablecerá mi culto y reedificará las iglesias destruidas».
  
Habiendo dicho Cristo todo esto, desapareció a la vista de San Ángel en una nube candidísima.
  
Fuente: Mons. CARLO DOMENICO CERRI, Misionero Apostólico (compilador). Il vaticinatore. Nuova raccolta di profezie e predizioni. Turín, Tipografía de Francesco Martinengo y Cía., 1862. págs. 268 a 274 (Traducción nuestra).
  
COMENTARIO: Sin entrar a pronunciarnos en cuanto al tema del “Gran Monarca”, hemos de admirar que la profecía de San Ángel Jerosolimitano describe detalladamente cómo se ha expandido el Islam en tierras europeas, las disensiones entre los gobernantes de los países de la antigua Cristiandad, y cómo la Fe Católica Tradicional se ha reducido a mínimas proporciones por causa de las herejías e inmoralidades de la secta deuterovaticana. Todo esto precisamente en castigo por la Apostasía que ha calado en el seno de la Iglesia.
  
Como San Ángel, nosotros los que formamos parte del Remanente Católico, debemos perseverar en el apostolado al que Dios Uno y Trino nos ha llamado en estos tiempos finales, proclamando la Oración y Creencia tradicional y combatiendo el error, aún cuando por la Fe debamos recibir el martirio.

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