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domingo, 1 de diciembre de 2019

LA “CORONA DE ADVIENTO”, SÌMBOLO PAGANO

Junto con el “Árbol de Navidad” y el “Papá Noel” (“Santi Cló”, “Viejo Pascuero” o como se llame y/o quien haga sus veces), otro símbolo de origen alemán ha irrumpido en muchos hogares para el tiempo de Adviento y Navidad. Nos referimos, pues, a la Corona de Adviento. Frente a la difusión que éste ha tenido en estos tiempos, principalmente en el ámbito conciliar, cabe preguntarse si es una costumbre que puede adoptarse por un Católico, y es el tema de nuestro artículo presente.

Corona de Adviento
 
Antes de abordar el tema central, es oportuno dar un repaso histórico del tiempo de Adviento. La celebración de este tiempo litúrgico tiene su origen en la tradición bizantina como un período de ayuno de cuarenta días que comienza el 15 de Noviembre, el día posterior a San Felipe Apóstol –en el calendario bizantino, ya que en el Romano es el 1 de Mayo con San Santiago el Menor– (de ahí que se le llame también Ayuno de Felipe) y acaba el 24 de Diciembre. Se cree que esta celebración fue importada por San Gregorio Magno –que antes de ser Papa fue legado apostólico en Constantinopla– a la Iglesia occidental. Inicialmente se observaban seis semanas de preparación, comenzando el Domingo posterior a la fiesta de San Martín de Tours –práctica aún conservada en el Rito Ambrosiano donde, si el 24 de Diciembre cae en Domingo, se le considera como domínica aparte–; y en el Rito Hispano-Mozárabe de Toledo, el domingo más cercano a San Acisclo Mártir (fiesta litúrgica: 17 de Noviembre), entre el 13 y el 19 de Noviembre. Un siglo después, se recortó en dos semanas, quedando así su inicio en el Domingo más cercano a San Andrés Apóstol, como es la práctica en el Rito Romano.
   
Según el criterio de muchos historiadores y eruditos, el concepto de la Corona de Adviento tuvo su origen entre los luteranos alemanes del siglo XVI, aunque sus raíces remotas están en el paganismo nórdico, que siguiendo el esquema cíclico de las estaciones y la creencia de la muerte y renacimiento del sol durante el invierno, cortaban ramas de árboles perennifolios que eran dispuestas en forma circular y encendían fuego con la esperanza de que su dios solar Balder, asesinado por su hermano ciego Höðr con un dardo de muérdago fabricado por su tío malvado Loki, retornara con la fertilidad de los campos en la primavera. Y en ese sentido, la fiesta del Yule, en el solsticio de invierno boreal, simboliza el renacimiento del Dios solar después de su muerte en Samhain (31 de Octubre) las hojas han caído y la vida espera bajo la tierra esperando a renacer.
     
En la religión wicca existe el llamado tronco de Yule, sobre el cual se ponen cinco velas que se encienden en el siguiente orden:
  • La primera vela (que representa a la conciencia), es de color negro, ya que contiene a todos los demás colores, simboliza un comienzo nuevo y de un principio de vida tanto física, espiritual así como mental. Representa todo lo básico para ser, es la substancia y de ahí parte todo, tiene que ver el amor a la vida y al encender su luz, simbólicamente disipa cualquier oscuridad existente. En algunos lugares, en vez de velas, se prendían las hogueras y al encenderlas y estando en circulo todos, oran por el bienestar pidiendo lo básico para subsistir y más adelante poder a la vez darlo en ofrenda de vuelta.
  • La segunda vela (que representa el principio masculino, y el número dos), es de color amarillo, simboliza el pan y fruto de la cosecha. Representa la voluntad, la substancia materializada en energía, dándole capacidades como el de la voluntad e imaginación. Con ella se piden estas cualidades y la fuerza necesaria para la vida... y en su llama se quema la falta de voluntad, la cobardía, la falta de acción así como las omisiones que no han hecho bien a nadie.
  • La tercera vela (que representa lo femenino y el mar como principio de la vida, y el número tres), es de color rojo. Al encender esta tercera vela, se pide por la protección, salud, la comida y la economía del hogar, el consuelo, el descanso, la restauración, y la fuerza constructiva y destructora de aquello que no nos conviene. Simbólicamente se puede quemar en un papel todo lo que no hemos asimilado y no hemos desechado de nosotros, todo lo que hemos guardado y almacenado y no conviene más a nuestro ser.
  • La cuarta vela (que representa la gracia, la armonía y el equilibrio, y el número cuatro), es de color verde. Se le atribuyen poderes sanadores, y se considera el que se transforma, el que instruye, es maestro y discípulo a la vez, pues usa los elementos, el que llama, el que consagra, el que porta el cetro y ejerce la autoridad, el que dinamiza, el que festeja, el que maneja la energía, el que programa, así que al encender esta vela, se quema todo lo que impide recibir estos poderes y se pide la restitución de los mismos.
  • La quinta vela (que representa la unificación y la conexión, y el número cinco) es de color blanco, representa la unión espiritual y la conexión con la divinidad, al encender esta vela reiteramos nuestro compromiso con la tradición y nuestro sendero, así damos la bienvenida de nuevo a la luz. Esta vela se enciende la noche de Yule (21 de Diciembre).

Representación artística de un tronco de Yule
   
Ahora bien, la forma más contemporánea de este paramento se adoptó tres siglos después de la rebelión de Lutero (que por alguna razón conservó el temporal del calendario litúrgico de esa “Römisch-kirche” que tanto satanizaba –otra prueba de la hipocresía de los “reformadores”–), por parte del pastor y misionero urbano Johann Hinrich Wichern, fundador de la Misión Interna de Alemania, un movimiento de apostolado social dedicado a la atención de los niños pobres y abandonados. Winchern, ante la continua pregunta de los niños de su escuela misional Rauhes Haus en la ciudad de Hamburgo de si ya había llegado la Navidad, en  el año 1839 hizo construir un gran anillo de madera a partir de una vieja rueda de carreta, sobre la cual dispuso 24 velas pequeñas de color rojo y 4 grandes de color blanco, encendiendo cada día una (las rojas de lunes a sábado, y las blancas el Domingo). A esto se le dio el nombre de Adventskranz.

Ejemplo de Adventskranz (Bundestag, año 2017)
  
Hacia 1860, se adaptó una reforma: en los hogares, escuelas, orfanatorios e iglesias luteranas que acogieron esa práctica, remplazaron la rueda de carreta por una corona con ramas de abeto (es de saber que ya el Árbol de navidad era popular en ese entonces, a partir de la difusión entre la realeza europea), y con el fin de economizar consumibles, se decidió emplear cuatro velas que se encendían cada domingo de Adviento, como se estila en la actualidad: Los colores pasaron a significar los de los ornamentos empleados en este tiempo litúrgico: tres velas moradas (entre los anglicanos y los ordinariatos creados a raíz de Anglicanórum Cœ́tibus, algunos usan velas azul índigo –un color popularizado como Azul Sarum para el Adviento, aunque el Uso de Sarum no tenía colores litúrgicos definidos hasta el siglo XV, cuando se estableció para la Cuaresma y el Adviento el color blanco apagado– y otros moradas) y una rosada que se enciende el tercer Domingo de Adviento (algunos incluso disponen una última vela blanca para el centro de la corona, que se enciende el 25 de Diciembre). Por otro lado, los miembros de la Hermandad Morava (la segunda denominación pre-protestante más antigua) usan velas del color natural de la cera de abejas, en tanto que algunos protestantes en el Reino Unido emplean el color rojo en todas las cuatro velas (en ese país es un color tradicional en la decoración festiva).
 
Ejemplo de Corona de Adviento con velas Azul Sarum –un color popularizado en medios anglicanos, pero no acorde al antiguo Uso de Sarum del que dicen descender–.
 
Como dato curioso, fue uno de los símbolos adoptados también para el Festival Yule en la Alemania nazi, con el cual pretendían remplazar la Navidad, que consideraban superpuesta a la tradición pagana germánica. La Adventskranz devino en el Sonnwendkranz (corona del solsticio) o Lichterkranz (corona de luz), que en su centro tenía el Sol Negro (símbolo nórdico del fin del mundo, y adoptado por las SS en su culto esotérico). Otra variante era el Julbogen (Arco de Yule), adornado con runas, y que se conserva aún en el neopaganismo nórdico para las fiestas del solsticio.

Arco de Yule (fuente: Partido Nacionaldemócrata de Baden-Wurtemberg, Alemania)
    
Supuesto lo anterior, ¿Cuándo se introdujo la práctica en la iglesia conciliar? Si bien se debate cuando sucedió, lo cierto es que en ella es una práctica muy arraigada junto con el Árbol en la Plaza de San Pedro Vaticano, y en el año 2006, Ratzinger Tauber/Antipapa Benedicto XVI fue noticia porque utilizó una corona con cuatro velas rojas (quizá comenzó a adoptarse en tiempo de Wojtyła, pero Ratzinger quiso plasmarle su gusto personal). Incluso existe un ceremonial específico para la bendición y posterior encendido de la corona en el templo, que llega al punto de ser insertado por algunos presbíteros entre el Acto penitencial y el Gloria en el servicio Novus Ordo [Anécdota personal: cuando estaba en la iglesia conciliar –sobre todo cuando fui monaguillo–, ése era uno de los momentos más sufridos: tener que estar de pie con la tortura que representaba escuchar la entonación de un himno (“La corona de Adviento” de Bernardo Velado Graña, o “Ven, ven, Señor, no tardes” de Cesáreo Gabaráin Azurmendi) por parte de una señora con una voz horrorosamente destemplada y sus dos hijas, que más parecían ser forzadas a interpretar música religiosa]. Y aun entre los conciliares tampoco hay acuerdo entre los colores, porque hay quienes usan una vela morada (penitencia), una verde (esperanza), una rosada (alegría por la pronta llegada del Señor), una roja (caridad) y la infaltable vela blanca para el 25 (el nacimiento de Jesús) –incluso hubo quien sustituyera el morado por el amarillo y el verde por el azul celeste, significando la fe y la aceptación de la justicia de Dios respectivamente–.

Ejemplo de una Corona con cinco colores
  
Dado que es una práctica nueva, ciertos autores modernos han hecho circular que esta costumbre de la Corona de Adviento fue cristianizada en la Edad Media, o que fue compartida por los católicos alemanes del siglo XVII (lo que hace que la disposición según los colores litúrgicos expuesta arriba tenga algún sentido). Históricamente no puede ser cierto tal argumento, sobre todo si se tiene en cuenta que la Corona de Adviento sólo se comenzó a adoptar en las regiones católicas de Alemania a partir de 1920 (Colonia: 1925; Múnich: 1930), en la región de Alsacia durante el período de entreguerra, y que en Austria la primera Adventkranz apareciera en 1945 (en todos estos casos, por proselitismo protestante). Por otra parte, en los Estados Unidos esta práctica llegó con la inmigración alemana, que alcanzó su máximo entre 1840 y 1880. Y como es de esperarse, en un país tan pluralista en cuanto al origen de sus habitantes, los católicos estadounidenses lo adoptaron.
  
Otros aseguran que procede de la Cristiandad oriental, basándose en una miniatura medieval representando a San Gregorio Magno con una corona pendiendo en alto sobre su cabeza. Primeramente, el objeto pendiente sobre la cabeza de San Gregorio puede ser una lámpara o una corona votiva que se hacía colgar del baldaquino sobre el altar. En ese último caso, la donación de coronas votivas fue una práctica habitual especialmente entre los reyes y nobles desde Constantinopla hasta Toledo, siendo ejemplo de ello la famosa Corona del rey visigodo Recesvinto (conservada actualmente en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid), y posiblemente también la Corona de Hierro de Lombardía.

San Gregorio Magno dictando una carta a su secretario (Miniatura del Regístrum Gregórii, Biblioteca de Trier, Alemania)
  
Y por otra parte, la costumbre de la Corona de Adviento es muy rara entre los ortodoxos y católicos de rito oriental que viven en Europa y Estados Unidos (para no hablar de los países con importante presencia ortodoxa), y en todo caso es de muy reciente adopción. Sobre todo, teniendo en cuenta que muchos católicos de rito oriental no ven con buenos ojos la latinización litúrgica, no es de extrañar que éstos no acogen pacíficamente la Corona de Adviento.
  
En síntesis, es posible afirmar que la costumbre de la Corona de Adviento no es conveniente que sea acogida por ningún Católico verdadero, no sólo por su origen pagano-protestante, sino también porque no le favorece el hecho de haber sido precisamente adoptada por la iglesia deuterovaticana.
 
Que la Paz de Dios Uno y Trino, que supera todo entendimiento, nos acompañe siempre, y la Virgen Santa María interceda por nosotros para perseverar en la Sana Doctrina y la Espiritualidad Auténtica del Catolicismo Tradicional.

JORGE RONDÓN SANTOS
1 de Diciembre de 2019
Domingo I de Adviento Romano, fiesta de San Eligio Obispo y Confesor.

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