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sábado, 8 de febrero de 2020

MARTIRIO DE MARÍA ESTUARDO, REINA DE ESCOCIA

Traducción del artículo publicado en EYEWITNESS ON HISTORY.
  
LA EJECUCIÓN DE MARÍA, REINA DE LOS ESCOCESES, EN 1587
  
   
Los problemas de María comenzaron seis días después de su nacimiento en 1542 (nació el 8 de Diciembre). Fue en ese día (14 de Diciembre) que su padre, el rey Jacobo V de Escocia, murió, y la infanta fue declarada Reina de los Escoceses. Ella fue empujada inmediatamente en una feroz contienda política que contenía una conflictiva mezcla de una enemistad de vieja data entre Escocia e Inglaterra, la fragilidad de la sucesión Tudor al trono inglés, la rivalidad de Inglaterra con Francia, y la violencia religiosa entre los Católicos y los herejes protestantes.
  
Como bisnieta de Enrique VII de Inglaterra, María era la siguiente en la línea para la corona de Inglaterra después de los hijos del apóstata Enrique VIII: Eduardo, María e Isabel. Los escoceses intentaron remover la amenaza posada a la sucesión de Enrique pidiendo que la recién nacida María para que se case con su hijo Eduardo. Este plan pronto se autodestruyó, sin embargo, y los escoceses volvieron a su viejo aliado (y viejo enemigo de Inglaterra) Francia. María fue enviada allí a los seis años para su crianza y educación.
   
A los 18 años, una joven María devotamente Católica regresó a Escocia en 1561 para gobernar como Reina sobre sus súbditos que ahora se habían convertido en herejes protestantes. Contrario a todas las expectaciones, la reina y sus súbditos inicialmente consiguieron una acomodación incómoda. Sin embargo, la situación rápidamente se deterioró.
   
En 1565 María se casó con su primo hermano Enrique, Lord Darnley y dio a luz un hijo –Jacobo– al año siguiente. En 1567, su esposo fue asesinado, y María pronto se casó con el escocés Jacobo Hepburn, IV Conde de Bothwell, una acción que enfureció a la nobleza escocesa, quien porntamente arrestó a María y la forzó a abdicar su trono a su hijo de un año, Jacobo.
   
Al año siguiente, María escapó de su prisión, pero fue forzada a huir a través de la frontera con Inglaterra tras la derrota de sus simpatizantes en la batalla de Langside, cerca de Glasgow, el 13 de Mayo. En vez del refugio que ella anticipara, Marìa fue inmediatamente arrestada por la herética Isabel I y pasó los siguientes 19 años rotando de castillo en castillo mientras su prima deliberaba qué hacer con ella. María se convirtió en un pararrayos para los complots y presuntos complots contra Isabel. Finalmente, en 1587, Isabel fue persuadida de acabar la amenaza para su trono de una vez por todas y ordenó la ejecución de María.
   
La ejecución de María tuvo lugar en el castillo de Fotheringhay. Pierre de Bourdeille, señor de Brantome, fue un miembro de la nobleza francesa que acompañó a María durante su internamiento. Él nos proporciona un relato de la ejecución de María que comienza con la llegada de una delegación de la miserable y excomulgada reina herética anunciando que la antigua Reina de los Escoceses será ejecutada al día siguiente:
«El  7 de Febrero de 1587, los representantes de la reina inglesa llegaron al castillo de Fotheringay, donde la Reina de Escocia estaba confinada entonces, entre las dos y las tres en punto de la tarde. En presencia de su carcelero, Amías Paulet, leyeron su comisión sobre la ejecución de la prisionera, y dijeron que procederían con su tarea a la mañana siguiente entre las siete y las ocho en punto. Al carcelero se le ordenó entonces tener todo  listo.
  
Sin mostrar ningún asombro, la Reina les agradeció por sus buenas nuevas, diciendo que nada podía ser mejor recibido para ella, puesto que ella esperaba un final a sus miserias, y había estado preparada para la muerte desde que había sido enviada prisionera a Inglaterra. Con todo, ella suplicó a los enviados que le dieran algo de tiempo para prepararse, hacer su testamento y poner sus asuntos en orden. Estaba dentro del poder y discreción de ellos el otorgar estos pedidos. Jorge Talbot, VI conde de Shrewsbury, replicó rudamente: “¡No, no, Madam, Vd. debe morir, Vd. Debe morir! Prepárese entre las siete y las ocho de la mañana. No puede estar retrasada un momento más allá de esa hora”».
María pasó el resto del día y las tempranas horas de la mañana siguiente escribiendo cartas de despedida a sus amigos y parientes, despidiéndose de sus damas de compañía y orando. Retomamos el relato de de Bourdeille sobre cómo María entra a la habitación destinada para su ejecución, y le es negado el acceso a su sacerdote, Gabriel Dupréau:
«El cadalso había sido erigido en medio de un gran salón. Medía doce pies por cada lado y dos pies de altura, y estaba cubierto por una gruesa tela de lino.
  
La Reina entró al salón llena de gracia y majestad, como si estuviera entrando a un baile. No hubo cambio en su semblante cuando entró.
  
De pie ante el cadalso, llamó a su mayordomo y le dijo: “Por favor ayudadme a subir esto. Es la única petición que os haré”.
  
Entonces ella le repitió todo lo que le debía decir a su hijo. De pie sobre el cadalso, preguntó por su limonsero (capellán), pidiéndole a los oficiales presentes que le permitieran ingresar. Pero esto fue rechazado tajantemente. Enrique Grey, VI conde de Kent, le dijo que la compadecía grandemente por verla así víctima de la superstición de épocas pasadas, aconsejándola cargar la cruz de Cristo en su corazón que no en su mano. A esto ella replicó que sería difícil sostener algo tan amorosamente en su mano y no sentirlo en su corazón, y lo que todo cristiano empieza en la hora de la muerte era tener consigo el verdadero Símbolo de la Redención.
   
De pie sobre el cadalso, María rechazó furiosamente la oferta de sus captores que un ministro protestante (Richard Fletcher, deán de Peterborough) la confortase. Ella se  arrodilló mientras pedía que sus damas de compañía fueran despedidas y oró pof la conversión de la Isla de Britania y Escocia a la Iglesia Católica.
 
Cuando esto pasó, llamó a sus damas para que la ayudaran a remover su velo negro, su cofia y demás ornamentos. Cuando el verdugo Simón Bull intentó hacerlo, ella gritó: “¡No, buen hombre, no me toquéis!”. Pero ella no pudo impedirle que la tocara, porque cuando su vestido fue bajado hasta la cintura; el canalla la atrapó fuertemente por el brazo y le rompió el doblez. Su falda fue cortada tan bajo que su cuello y garganta, más blancos que el alabastro, fueron revelados. Ella los ocultó tanto como pudo, diciendo que no estaba acostumbrada a desvestirse en público, especialmente ante tan grande asamblea. Habían como cuatrocientas o quinientas personas presentes.
  
El verdugo cayó de rodillas ante ellas e imploró su perdón. La Reina le dijo que lo perdonaba y a todos los que fueron responsables de su muerte, tanto como esperaba que sus pecados fueran perdonados por Dios. Volviéndose a la dama a la que le había dado su pañuelo, se lo pidió.
  
Ella tenía un crucifijo dorado, hecho de la madera de la Vera Cruz, con una imagen de Nuestro Señor en él. Ella iba a dárselo a una de sus damas, pero el verdugo lo prohibió, incluso aunque Su Majestad había prometido que la dama le daría tres veces su valor en dinero.
  
Después de besar a sus damas una vez más, ella las dejó ir, con su bendición, mientras hacía la señal de la cruz sobre ellas. Una de ellas fue incapaz de dejar de llorar, por lo que la Reina tuvo que imponerle silencio diciéndo que ella había prometido que nada de ese tipo interferiría con el negocio a cargo. Ellas fueron saliendo calladamente, orando a Dios por su alma, y dando fiel testimonio de que ella había muerto en el seno de la Santa Religión Católica.
    
Una de las damas entonces ató el pañuelo sobre sus ojos. La Reina rápidamente, y con gran coraje, se arrodilló, sin mostrar signos de vacilación. Tan grande era su valentía que todos los presentes fueron conmovidos, y hubo unos pocos entre ellos que pudieron refrenar las lágrimas. En sus corazones ellos condenaban la injusticia que se estaba haciendo.
  
El verdugo, o mejor, el ministro de satanás no sólo quería matar su cuerpo, sino también su alma, y pasaba interrumpiendo sus oraciones. La Reina repetía en latín el salmo que empieza In te, Dómine, sperávi; non confúndar in ætérnum. Cuando estaba tendiendo su cabeza sobre el bloque y mientras repetía su oración, el verdugo le dio un gran golpe sobre el cuello, el cual, sin embargo, no fue cortado enteramente. Lueho golpeó dos veces más, puesto que era obvio que deseaba hacer más severo el martirio de la víctima. No es cuánto sufrió, sino su causa, lo que hace al mártir.
  
El verdugo entonces tomó la cabeza cortada, y mostrándola a los presentes, gritó: “¡Dios salve a la reina Isabel! ¡Así perezcan todos los idólatras enemigos del Evangelio verdadero!”.
  
Dicho esto, le quitó la cofia a la Reina muerta a fin de mostrar su cabello, que ahora estaba blanco, y que ella en vida siempre temía mostrar a cualquiera, o tenía adecuadamente vestido, como hacía cuando su cabello era claro y brillante.
  
No fue la vejez la que lo tornó blanco, porque ella tenía sólo 35 años cuando esto tuvo lugar, y escasamente cuarenta cua do encontró su muerte, sino los problemas, infortunios y dolores que sufrió, especialmente en su prisión».
El hijo de María se convirtió en el rey Jacobo I de Inglaterra con la muerte de la reina Isabel en 1603. En 1612, hizo exhumar el cuerpo de su madre, y lo sepultó en la Abadía de Westminster, donde permanece actualmente.
   
Referencias:
El relato de Pierre de Bourdeille fue publicado originalmente en su Vie des dames illustres, 1665 y republicado muchas veces después. Este relato aparece en A Treasury of Intimate Biographies, editado por Louis Snyder (1951); y Mary, Queen of Scots, de Antonia Fraser (1969).

ORACIÓN DE MARÍA ESTUARDO, DURANTE SU CAUTIVIDAD
   
LATÍN
O Dómine Deus!
Sperávi in te;
O care mi Jesu!
Nunc líbera me:
In dura caténa
In mísera pœna
Desídero te;
Languéndo, geméndo,
Et genuflecténdo
Adóro, implóro,
Ut líberes me!
  
TRADUCCIÓN
¡Oh Señor Dios!
En ti he esperado;
¡Oh mi querido Jesús!,
Líbrame ahora:
En la dura cadena,
En la mísera pena,
Te deseo;
¡Languideciendo, gimiendo
Y de rodillas,
Adoro e imploro,
Para que me libres!

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