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jueves, 6 de febrero de 2020

MARX: SIMÓN BOLÍVAR ERA UN TIRANO COBARDE

Por César Cervera para ABC.

Marx culpa al criollo de las dificultades que tuvo la revolución de despegar debido a su cobardía y tendencia a acaparar poder.
  
La muerte de Simón Bolívar (Antonio Herrera Toro).
  
Lejos del relato clásico de la lucha de los americanos por conseguir su independencia respecto a los españoles, las sucesivas guerras de emancipación que se vivieron en los territorios del Imperio español fueron, en esencia, una guerra civil entre españoles, esto es, españoles de América contra españoles de Europa. Simón Bolívar, un criollo de ascendencia española y dueño de grandes plantaciones, era tan español como el que más. Un buen representante del caudillismo y la intromisión de elementos militares en la política tan característicos de la historia ibérica en el siglo XIX.
  
Fiel a su sueño de crear a toda costa unos EE.UU. en el sur de América, Bolívar no dudó en imponer su idea del nuevo país a territorios en los que, como en Perú, se veía con recelo sus intromisiones. Su visión democrática estaba deformado de origen por la idea de que él y los militares que habían participado en las guerras de independencia debían gozar de una posición especial de forma vitalicia. En sus últimos años de vida, el «libertador» empezó a acaparar poder y actuar de forma despótica, incluyendo dos años de dictadura pretoriana. La amenaza del ejército peruano de José de La Mar, la insubordinación del general de su mayor confianza, José María Córdoba, y un intento de asesinato el 25 de septiembre de 1828 señalaron la puerta de salida al caudillo. Bolívar, gravemente enfermo y en proceso depresivo, presentó su dimisión en 1830 ante el Congreso colombiano y vivió sus últimos días torturado por las noticias que llegaban de más y más fragmentaciones de las repúblicas americanas.
   
A su muerte, la figura de Bolívar fue víctima de un proceso de mitificación en términos inverosímiles, que dura hasta la actualidad. Sin embargo, no han faltado desde entonces pensadores, incluso de un espectro ideológico progresista, que comprendieron lo limitada que era la idea que el libertador tenía de la democracia. El prusiano Karl Marx, considerado junto a Engels el padre del comunismo práctico, no dudó en criticar con dureza a Bolívar en un texto titulado «Bolívar y Ponte», escrito en 1858, donde le presenta como un pésimo militar con tendencia a acaparar poder.
   
«El Napoleón de las retiradas»
El documento traza la biografía política de Bolívar, poniendo énfasis en sus tímidos inicios revolucionarios. De hecho, Marx culpa al criollo del fracaso, en 1812, de la revolución iniciada por Francisco de Miranda debido a su cobardía. Cuenta el prusiano que estando Bolívar al frente de Puerto Cabello, la principal plaza fuerte de Venezuela, se produjo una insurrección por parte de prisioneros de guerra leales a la Corona.
«Aunque los españoles estaban desarmados, mientras que él disponía de una fuerte guarnición y de un gran arsenal, se embarcó  precipitadamente por la noche con ocho de sus oficiales, sin poner al tanto de lo ocurría ni a sus propias tropas, arribó al amanecer a Guaira y se retiró a su hacienda de San Mateo».
Una precipitada huida que permitió a los realistas tomar la plaza y, a su vez, forzó a Miranda a suscribir, el 26 de julio de 1812, el tratado de La Victoria, que sometió nuevamente a Venezuela al dominio del Rey. Además, Bolívar y varios de sus oficiales arrestaron en persona a Miranda mientras dormía y lo entregaron al jefe realista, que lo remitió a Cádiz, donde Miranda murió después de varios años de cautiverio. «Debe satisfacerse el pedido del coronel Bolívar, como recompensa al servicio prestado al Rey de España con la entrega de Miranda», dejó escrito el mando realista cuando Bolívar solicitó un pasaporte para salir de Venezuela.   


No en vano, Bolívar faltó a su palabra de marcharse del continente para encabezar a principios de 1813 una nueva rebelión contra la Corona. Sus tropas tomaron Caracas en un rápido movimiento y abrieron la puerta a que el caudillo danzara en un desfile propio de los generales de la Antigua Roma. En palabras de Marx, el libertador entró «de pie, en un carro de triunfo, al que arrastraban doce damiselas vestidas de blanco y ataviadas con los colores nacionales, elegidas todas ellas entre las mejores familias caraqueñas, Bolívar, la cabeza descubierta y agitando un bastoncillo en la mano, fue llevado en una media hora desde la entrada la ciudad hasta su residencia». Se proclamó, a continuación, Dictador y Libertador de las Provincias Occidentales de Venezuela y creó la Orden del Libertador, un cuerpo de tropas escogidas a las que denominó guardia de corps y se rodeó de la pompa propia de una corte.
  
Hugo Chavez rinde homenaje ante el féretro de Simón Bolívar, en el cementerio de Caracas

Según apreció el padre del marxismo, esta dictadura degeneró pronto en una anarquía militar, en la cual «asuntos más importantes quedaban en manos de favoritos que arruinaban las finanzas públicas y luego recurrían a medios odiosos para reorganizarlas». Tampoco tarde el entusiasmo popular en transformarse en descontento, dando tiempo a las fuerzas realistas a contraatacar y a reconquistar Caracas. Cuando Bolívar se vio obligado a refugiarse en Jamaica, en manos inglesas, junto a sus generales de confianza, aún dejó a su espalda a un grupo de revolucionarios que resistió en Venezuela hasta sus últimas consecuencias. Siempre se las arregló para poner tierra de por medio a tiempo.
     
En estas huidas preventivas, opina Marx y los historiadores que se han acercado a su figura que Bolívar se presentaba como víctima de alguna facción o enemigo secreto, imaginario o imaginado, que le había obligado a dejar a sus partidarios atrás para salvar la vida. Una tendencia a escapar cuando las cosas pintaban mal que llevó a uno de los generales revolucionarios, el negro María Francisco Piar, a amenazarlo con llevar el caso a un consejo de guerra por deserción, apodándole con sarcasmo «El Napoleón de las retiradas». Las acusaciones de Piar instigaron su condena a muerte por el Consejo Supremo de la Nación acusado de haber conspirado contra los blancos, atentado contra la vida de Bolívar y aspirar al poder supremo. Fue fusilado el 16 de octubre de 1817.

 
El giro más dictatorial
Aparte de la timidez en combate, Marx considera al libertador un incompetente en sus decisiones tácticas. En la campaña decisiva que terminó con la independencia de Venezuela, Bolívar acumuló un sinfín de derrotas a pesar de contar con superioridad numérica. Para finales de mayo de 1818, el criollo español había perdido ya unas doce batallas y parte de la ventaja que había obtenido Piar antes de ser ejecutado. La salvación de la causa revolucionaria vino en esas fechas procedente de Inglaterra a través de hombres, buques, munición e incluso oficiales ingleses, franceses, alemanes y polacos. Marx atribuye al ejercicio de los ingleses la victoria definitiva en Nueva Granada en el verano de 1819 y responsabiliza a Bolívar de retrasar la campaña por «perder tiempo en homenajes» en las distintas ciudades que ocupaba.
   
El mando directo sobre esta legión extranjera permitió a Bolívar imponer los términos de lo que debía ser la Gran Colombia que sustituyera a las instituciones realistas:
«Mediante su guardia de corps colombiana manipuló las decisiones del Congreso de Lima, que el 10 de febrero de 1823 le encomendó la dictadura; gracias a un nuevo simulacro de renuncia, Bolívar se aseguró la reelección como presidente de Colombia. Mientras tanto su posición se había fortalecido, en parte con el reconocimiento oficial del nuevo estado por Inglaterra, en parte por la conquista de las provincias altoperuanas por Sucre, quién unificó a las últimas en una república independiente, la de Bolivia. En este país, sometido a las bayonetas de Sucre, Bolívar dio curso libre a sus tendencias al despotismo y proclamó el Código Boliviano, remedo del Código de Napoleón. Proyectaba trasplantar ese código de Bolivia al Perú, y de éste a Colombia, y mantener a raya a los dos primeros estados por medio de tropas colombianas, y al último mediante la legión extranjera y soldados peruanos. Valiéndose de la violencia, pero también de la intriga, de hecho logró imponer, aunque tan sólo por unas pocas semanas, su código al Perú».
Como presidente y libertador de Colombia, protector y dictador del Perú y padrino de Bolivia, alcanzó la cúspide de su poder y, a partir de ese punto, comenzó su giro más autoritario. En sus dos últimos años de una dictadura sin disimulo, Marx señala que ejerció durante un tiempo «una especie de terror militar», que incluyó la condena a muerte, sin un proceso legal con suficientes garantías, de varias personas acusadas de haberle intentado asesinar. En medio de este ambiente cada vez más opresivo, presentó su dimisión en 1830 ante el Congreso colombiano, si bien murió sin abandonar completamente el país cuando ya buscaba la forma de regresar de nuevo al poder.
       

1 comentario:

  1. Ducoudray-Holstein relata este bochornoso incidente de Bolívar en la mesa del general criollo Juan Pío de Tristán y Moscoso, último Virrey (interino) de Perú (prueba de que los criollos sí accedían a los más altos cargos), durante un convite en Arequipa:
    «Hallándose Bolívar sentado en la mesa, al acabarse la comida, esto es, cuando ya el vino se le había subido a la cabeza, lo que era en él muy frecuente, se paró repentinamente sobre la mesa, y se puso a pasear de un extremo a otro de ella con un vaso de vino en la mano para decir un brindis. Después de pisotear los platos, vasos y botellas, y de arrojar al suelo con los pies cuanto había en la mesa, prorrumpió su desconcertado discurso, o su improvisado brindis. Está acción brutal sorprendió, como era natural a las personas sensatas que se hallaban ahí, y llenas de estupor, sorpresa y confusión no sabían que hacer, ni a qué atribuir ese acto de locura. El general Tristán vio bien tristemente ese desacato, y la destrucción de su servicio de mesa de rica porcelana, selecta cristalería, y lujosas alfombras. Los concurrentes se levantaron de la mesa y se aprestaron a huir de allí, después de haber sido sus vestidos bastante salpicados con las salsas de los guisos y con los vinos que contenían las botellas que arrojaba en el aire frenético Bolívar». (Memorias de Simón Bolívar y de sus principales generales, Boston 1828).

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