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viernes, 6 de marzo de 2020

MES DE MARZO EN HONOR A SAN JOSÉ - DÍA SEXTO

PREPARACIÓN PARA CONSAGRARSE COMO ESCLAVO DE CONFIANZA AL CASTO CORAZÓN DE SAN JOSÉ
   
La verdadera devoción a San José consiste esencialmente en la confianza ilimitada en la intercesión de este Santo Varón, en la imitación de sus virtudes y en el amor filial que se le profese. Ser su devoto quiere decir tratar de amar al Padre Celestial como él lo hizo; y poner la vida, los bienes y todos los actos del día bajo su paternal patrocinio.
  
Los que quieran ser fieles devotos del Padre Protector de la Iglesia, y verdaderos servidores de su culto, deben consagrarse a él como sus esclavos. Pero como se ama lo que se conoce, es fundamental para esta alianza admirarse con su vida a través de la Vida y Mes del glorioso patriarca San José que escribiera el Padre Antonio Casimiro Magnat, incluido a continuación.
   
La esclavitud del santo exige recitar una fórmula que indica la dedicación de la vida entera al servicio de su piedad. Significa alabar al benditísimo Patriarca desde que aparece la primera luz del día hasta que se va al lecho, para lo cual, también el último día de este mes, entregaremos una pequeño Devocionario Josefino con las oraciones del cristiano al amparo de San José.
   
Quienes deseen manifestarse como verdaderos devotos del Castísimo Esposo de Nuestra Santa Madre, deben luchar por ser almas de oración que frecuenten los sacramentos, amantes del silencio, la pureza, modestia y humildad, tener una encendida caridad y una vida que se realice en la laboriosidad y el ocultamiento. Y para alcanzar tan altas aspiraciones, es que a él recurriremos diciendo cada día en el Acordaos: “que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado sin consuelo”.
  
ACTO DE CONTRICIÓN
¡Oh, Dios Omnipotente!, arrepentido por las muchas culpas que he cometido contra vuestra divina majestad, vengo a solicitar de vuestra misericordia infinita generoso perdón. Por la valiosa intercesión del Santísimo Patriarca Señor San José os suplico humildemente que me concedáis nuevas gracias para serviros y amaros, a fin de que después de haber combatido denodadamente en esta vida, tenga la dicha de alcanzar el galardón eterno a la hora de la muerte. Así sea.
   
DÍA SEXTO — 6 DE MARZO
  
CATECISMO DE SAN JOSÉ
8-¿Qué fue para el mundo el nacimiento de San José?
Según el mundo, el nacimiento de San José fue pobre y sin importancia alguna. Verdad es que era de regia estirpe, mas su raza había perdido toda su influencia y prestigio, saliendo de ella el cetro de David. José debió el ser a padres pobres que si bien eran desconocidos de los hombres, estaban llenos de virtudes, temerosos de Dios y guardando sus preceptos: ejemplo admirable para todos aquellos que han sido víctimas da los caprichos de la fortuna. Un tiempo se elevaron como los cedros del Líbano, y ahora caídos merecen apenas el aprecio de las gentes: ¡Felices cuando se encuentra en ellos sumisión a la Providencia, único bien que les regía y puede consolarles en su infortunio! ¡Felices aún si, siguiendo los pasos de los padres de José, no sólo tienen la sumisión, sino que añaden repitiendo como el santo Job: «Señor, todo me lo habéis dado, todo me lo habéis quitado, bendito sea vuestro santo nombre». Esta resignación es una de las más excelentes virtudes, porque ella nos santifica y nos conduce a la gloria.
  
9- ¿Qué fue, a los ojos de Dios, el nacimiento de San José?
Si el nacimiento de José, según el mundo, fue oscuro, muy alto y esclarecido fue delante de Dios. Destinado a una misión sublime, san José recibió del cielo los mayores privilegios, y toda la Trinidad Santa le honró con sus más preciosos dones. El Padre Eterno consideró con amor a este hombre que sobre la tierra debía ser la imagen de su autoridad, y a quien iba pronto a someter a su Hijo único, este Hijo en quien Él tenía todas sus complacencias. El Verbo Divino contempló con ternura a este feliz mortal, que reconociendo el poseer un Dios tierno, le tendría una afección tan ilimitada y previsora, exponiendo él mismo su vida para librarle del furor de sus enemigos. El Espíritu Santo se complació en ver al casto protector de su Esposa muy amada, de esta augusta María, tan tímida, tan joven, a la cual era menester unir por prudencia un alma pura como la suya, y un corazón constante en medio de los peligros. Nunca nacimiento, excepto el de Jesús y María, fue más grande, ni más santo a los ojos de Dios, que el del augusto y divino José.
  
SAN JOSÉ, COLMADO DE GRACIAS Y MÉRITOS.
Que San José estuvo lleno de gracias y de méritos, es una verdad tan incontestable como consoladora para todos nosotros. Nadie puede dudar de eso, pero no importa; examinemos hoy las razones en que se apoya esta verdad, ya para convencernos más, ya para aumentar más en nosotros si es posible, la confianza que debemos tener en este gran Santo.

Para juzgar de las gracias que Dios comunica a sus servidores, hay que atender a los dos grandes principios siguientes que son: primero, las relaciones que estos santos tienen con Jesucristo, y segundo, la excelencia de su dignidad y de su vocación. Ahora bien; bajo cualquiera de estos aspectos que consideremos al augusto San José, encontraremos que a excepción de María, ningún Santo debió ser tan colmado de gracias y méritos.

Sea cualquiera su especie, dice Santo Tomás, cuanto más se acerca una cosa a su principio, tanto más participa de este principio (Santo Tomás, parte III, cuestión 27). Ahora bien, ningún Santo después de María, nos dicen Suarez y otros teólogos, está más cerca de Cristo, fuente de la gracia, y de la Virgen, canal universal de la gracia. Y, en efecto, los espíritus celestes no son respecto a María más que simples súbditos, puesto que esta augusta Virgen es la Madre de Cristo de Cristo, la Reina de los Ángeles, la Soberana del Cielo y de la tierra. En cuanto a los bienaventurados que están en el Cielo, no son tampoco más que simples súbditos e hijos adoptivos. Pero José está incomparablemente más elevado que estos espíritus celestes y estos bienaventurados, puesto que contrajo con la Virgen el lazo más íntimo que un hombre mortal puede contraer con la Madre inmaculada de Cristo: el lazo conyugal. La inteligencia humana no concibe, para un hombre mortal, para una simple criatura, un lazo más elevado, más íntimo y más superior a este lazo; no encontramos otro más que el contraído por las tres personas divinas con la Virgen.

Pero por lo mismo que San José está más cerca del canal universal de la gracia, está más inmediato al principio y origen de la gracia, es decir a Cristo. Y en efecto, San Juan Bautista es uno de los santos que ha tenido mayor relación con Jesucristo, puesto que fue santificado desde el vientre de su madre, por la presencia de este divino Salvador a quien bautizó a orillas del Jordán; pero José ha sido mucho más íntimo aún; porque Jesús sólo se humilló una vez delante de San Juan, mientras que estuvo sometido a José toda su vida. San Juan prepara el camino al Salvador, pero José coopera en cierto modo al misterio de la Encarnación. En su persona recibieron los Patriarcas y Profetas a este divino Mesías que les estaba prometido, por sus ojos le vieron, con sus brazos le abrazaron. Los Apóstoles tuvieron también estrechísimas relaciones con Jesucristo, puesto que vivieron con Él durante muchos años, pero José las tuvo infinitamente mayores; hecho padre de Cristo, y esposo de la Virgen por la misma Santísima Trinidad, José ejerce en nombre de esta Trinidad, los cargos y empleos más íntimos. Durante treinta años alberga a Cristo y su madre, guarda a Cristo y a su madre; es el jefe de la santa familia, la dirige y la sustenta con el sudor de su frente. Durante treinta años es el inseparable de Cristo y de su madre. Permanece treinta años junto al origen y canal de la gracia, es decir, de Cristo y de la Virgen, y su alma, la más pura que Dios ha creado después de la de Cristo y la Virgen, bebe en ellos hasta saciarse. Tiene en sus brazos a Aquel que es el principio y manantial de la gracia, estrecha contra su corazón a aquel a quien los serafines adoran desde lejos. En sus accesos de cariño, introduce en lo más recóndito de su corazón a aquel de cuyo corazón se esparce el divino amor sobre el paraíso de la Iglesia, sobre los hombres y los ángeles.

Si José fue de todos los Santos el que estuvo más cerca del canal universal de la gracia, que es María, y de la fuente de la gracia, que es Jesús, ¿qué lengua humana podrá expresar, quien podrá hacernos comprender las gracias con que fue colmado este santo Patriarca?

Si María, como habla San Bernardino de Siena, es la dispensadora de todas las gracias que Dios concede a los hombres, figurémonos con cuánta profusión habrá enriquecido a su esposo, que amaba tanto y de quien era tan amada. Si los dos discípulos que fueron a Emaús se sintieron abrasados de amor divino en los cortos momentos que acompañaron al Salvador y le oyeron hablar, ¡qué vivas llamas de caridad no debieron encenderse en el corazón de José, por haber conversado tantos años con Jesucristo, por haber oído las palabras de vida eterna que salían de su boca, y haber observado los maravillosos ejemplos de humildad, paciencia y obediencia que daba, al manifestarse tan solícito a ayudarle en todas sus necesidades!

Existe la diferencia, nos dice un piadoso autor, entre San José y los demás Santos, relativamente a las gracias con que fueron favorecidos; que estos últimos recibieron frecuentemente privilegios que atañían más principalmente a la perfección de aquellos que les estaban confiados, que a su propia santidad, mientras que todos los dones que recibió San José, aumentaban en él las virtudes y la santidad, porque cuanto más santo era, más digno era también de ser esposo de María y padre de Jesús.

Luego debemos confesarlo, San José por haber estado más cerca de Jesús y de María y a causa de su misma unión con ellos, debió ser colmado de gracias; y además, debiera ser así porque si María fue saludada por el Ángel llena de gracia, y si de sus castas entrañas debía salir el Autor de la gracia, era conveniente que San José fuera también colmado de gracias.

Si consideramos ahora, almas cristianas, a San José bajo el punto de vista de su ministerio, encontraremos que jamás criatura alguna ha ejercido ministerio tan sublime, y que por este motivo debió ser colmado de gracias y méritos. En efecto, como padre de Jesús estaba investido con toda la autoridad del Padre Eterno, y por consiguiente podía mandar a Aquel que ha hecho todas las cosas de la nada, al que ha visto todas las naciones sujetas a su imperio, en fin, al que lleva el terror de su nombre hasta el Infierno. Como esposo de María tenía sobre esta augusta Virgen toda la autoridad del Espíritu Santo, y mandar a la Reina del cielo y de la tierra, a la que era hija del Padre, madre del Hijo y esposa del Espíritu Santo; a la que era predilecta de la Santísima Trinidad, y en fin, a la que es la honra del Cielo, esperanza de la Tierra y terror de los Infiernos. Ahora bien, preguntamos: ¿ahora cuál es el santo; el Ángel o el Serafín, que haya ejercido nunca un ministerio tan sublime y tan glorioso? Luego si, como lo hemos dicho, la excelencia del ministerio de un Santo es la medida de las gracias que Dios le ha dado, comprended, si podéis, con las que San José debió verse colmado.

Ya lo veis, almas cristianas, jamás santo alguno, después de María, se ha visto colmado de tantas gracias y méritos como José. Oh, sí, glorioso San José, fuisteis colmado de gracias; sí, fuisteis como vuestra esposa lleno de gracia, y como ella bendito entre todos los Ángeles y bienaventurados. Bendito sea, pues, vuestro sagrado cuerpo, trono viviente del Verbo Encarnado, tabernáculo ambulante de la divinidad habitando entre nosotros, y altar animado de la hostia destinada al rescate del universo. Benditas sean todas las partes de vuestro cuerpo virginal, consagradas al servicio de Jesús y de María. Bendito sea vuestro regazo purísimo, que recibió a Jesús en su nacimiento, y donde tantas veces reposó con placer. Bendita sea vuestra augusta cabeza, llena de la eterna sabiduría. Benditos sean vuestros ojos, que vieron los primeros al Deseado de las naciones.

Benditos sean también los labios que besaron al que no se acercan los espíritus puros, sino temblando y cubiertos con sus alas. Bendita sea la lengua que habló tan frecuentemente con Jesús. Benditos sean los oídos acostumbrados a la verdad eterna y fueron dignos de oír de la boca del Ángel las primeras armonías del nombre de Jesús. Benito sea vuestro cuello, que el divino Niño estrechaba con tanta frecuencia con sus pequeñas manos. Benditos sean los brazos que sostuvieron a Aquél en el cual se contienen todos los tesoros de la sabiduría de Dios. Benditas sean las manos que tocaron a la santa humanidad del Salvador, de la que emanaban continuamente virtudes saludables a los cuerpos y saludables a las almas. Benditas sean las rodillas, que sostuvieron la Palabra increada que sostiene y conserva todas las ideas, y a quien los Serafines se considerarían por muy honrados con servirle de escabel en el Cielo. Benditos sean vuestros pies sagrados, que por amor a Jesús han hecho tantos viajes penosos y fatigosos. Pero, sobre todo, bendito sea vuestro corazón, oh José, corazón purísimo, corazón altísimo, en el cual y por el cual fue exaltado el Todopoderoso, corazón abrasado con el fuego de amor divino, corazón identificado con el Corazón de Jesús y María. En fin, bendita sea para siempre vuestra santa alma, ¡oh José!, la más bella que el Creador ha producido después de la de su Hijo y de la bienaventurada Virgen, alma verdaderamente feliz, dotada de un entendimiento clarísimo, de una voluntad muy inclinada al bien, pero sobre todo feliz por haber sido el cielo de la gracia, palacio de las virtudes y trono de la virginidad.

COLOQUIO
EL ALMA: Acabo de considerar, ¡oh glorioso san José!, cuánto os ha colmado Dios de gracias y méritos y comprendo perfectamente ahora por qué todos los Santos y Doctores de la Iglesia han hablado tan altamente de vos, por qué os han venerado tanto, y porque os han colocado en el cielo, en el puesto inmediato a la augusta María, y muy por encima de todos los Espíritus de la milicia celestial. Supuesto que por una parte habéis sido colmado de gracias y méritos, y por otra Dios recompensa a sus Santos según su mérito. ¡Oh! cuán sublime debe ser vuestra gloria en el cielo, y cuán grande vuestro poder con Dios.

SAN JOSÉ: Es verdad, hija mía; Dios recompensa a sus Santos según su mérito, y también es cierto que mi poder en el Cielo es muy grande; pero lejos de mí el pensamiento de atribuirme la más pequeña gloria. Toda la gloria de mi poder pertenece a Dios, de quien procede; a Él sólo se debe el homenaje, y en efecto, a Él es a quien yo se lo rindo contento. He recibido grandes beneficios del Señor; mi poder es grande en el Cielo, pero Dios ha obrado en mí todas estas cosas; a Él sólo se debe la gloria; que sea, pues, bendito y glorificado por siempre. Tú también has recibido grandes gracias de Dios, pues bien, glorifícale y muéstrale tu reconocimiento.

EL ALMA: ¡Oh! Sin duda mi buen padre, yo he recibido inmensos beneficios del Señor, ¿pero os he apreciado siempre bien ni siquiera agradecido? ¡Oh! he aquí lo que estoy muy lejos de creer. Tened, pues, a bien, ¡oh mi glorioso padre!, vos que tan fielmente habéis correspondido a todas las gracias y a los designios de Dios para con vos, tened a bien, os lo suplico, el darme a conocer el conjunto de los beneficios que he recibido de Dios, a fin de que yo se lo agradezca en lo más íntimo de mi corazón y que a ejemplo de María y al vuestro, le rinda todo el homenaje que se le debe.

SAN JOSÉ: La multitud de beneficios que Dios te ha concedido, es tan grande, hija mía, que sobrepuja a todo cuando puede idear el pensamiento y expresar el lenguaje humano, y sería mucho más fácil contar las arenas del mar que enumerarlos. Pero pueden, sin embargo, reducirse a tres grupos que son: beneficios naturales, beneficios de la gracia y beneficios de la gloria. Los beneficios naturales son, hija mía, la creación por la cual Dios te ha dado el ser, en el grado eminente en que le tienes. Considera, en efecto atentamente y mirar a las diversas criaturas, animadas e inanimadas, desprovistas de razón. Dios hubiera podido colocarte entre el número de estas criaturas, porque todas son obras de sus manos, pero no ha querido; quiso al contrario darte la razón, este don sublime que separa al hombre del bruto. Sí, hija mía, como hombre eres la más notable y la más perfecta de las criaturas corporales; si estás dotada de entendimiento y voluntad; si eres la imagen de Dios, y la obra maestra de sus manos, a Dios se lo debes, es a la infinita bondad de Dios a quien se lo debes. Y considera las consecuencias que se desprenden de la razón, que Dios te ha dado con preferencia a otros seres. En efecto, ¿no es cierto que el mundo tiene algo muy bello? Si levantas la cabeza, tu mirada se extiende por la inmensidad de los cielos, y los cielos refieren la gloria de Dios; si la bajas, encuentras la tierra que se cubre todos los años con los más bellos adornos, que produce flores y frutos de todas clases y que encierra en su seno los metales más preciosos y más útiles, Ahora bien, ¿para qué ha creado Dios todas estas cosas? ¿Ha sido para Él? No, puesto que no lo necesitaba. ¿Para los Ángeles? Tampoco, puesto que todas estas cosas son materiales, y ellos son espíritus puros. ¿Dios ha creado estas cosas para sí mismas? No seguramente, porque todos estos seres están desprovistos de razón y nacen, viven y mueren sin tener conciencia de su estado. Ya lo ves, hija mía; si Dios ha creado el cielo y la tierra y todo lo que encierra, fue para el hombre, fue para ti. Y he aquí por qué el santo rey David convencido de esta verdad, exclamó en su tiempo: «Sí, Señor, por un favor especialísimo, habéis coronado al hombre de gloria y de honor; le habéis establecido sobre todas las obras de vuestras manos; habéis hecho todas es tas cosas para él, sujetándolas a su imperio».

Paso ahora, hija mía, a los beneficios de la gracia. Comprenden estos beneficios la Encarnación del Hijo de Dios, su nacimiento, todos los misterios de su vida y muerte y las santas Escrituras. Comprenden también los buenos libros, la predicación del Evangelio, el bautismo, la santa Eucaristía y los demás sacramentos, Comprenden la gracia santificante, las virtudes, infusas, los dones del Espíritu Santo, las gracias actuales, los buenos, pensamientos, las santas afecciones, los consuelos interiores, la vocación para el estado religioso, y otras mil que sería demasiado prolijo enumerar. Y otros muchos beneficios que son desconocidos de los hombres, porque el hombre, hija mía, como lo hace observar el Apóstol San Pablo (I Cor. 15), «ha sido enriquecido con todo lo necesario para su salvación por mediación de Jesucristo, y hasta tal punto que no le falta gracia alguna, teniendo además los dones del Espíritu Santo». Así que el hombre puede exclamar con el mismo Apóstol (Efesios 1, 3): «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que, por consideración a éste nos ha llenado de todas las bendiciones celestiales».

Y en cuanto a los beneficios de la gloria, hija mía, que son mucho mayores, contienen el estado de beatitud y cuanto pasa en el Cielo; comprenden, por consiguiente, la vista clara y evidente de Dios en el Cielo, y por esta vista el goce de la esencia divina, de la infinita belleza, de la infinita bondad, y de todas las infinitas perfecciones de esta incomprensible naturaleza. Comprenden también el amor ardiente que el hombre tendrá a Dios en el Cielo, con la seguridad de no perder más este amor, que constituirá su mayor dicha; los torrentes de alegría y de delicias de que se verá inundado; la vista de la santa humanidad de Jesucristo, la de la Reina del cielo y de la multitud innumerable de Ángeles que forman la corte celestial. Comprenden, en fin, lo que Dios ha preparado a sus elegidos en el Cielo.

Últimamente, hija mía, el hombre ha sido colmado de tantos beneficios, que sería imposible enumerarlos. Que el hombre se vuelva donde quiera, que mire a cualquier parte que quiera, y que todo lo que quiera: abajo, arriba, a derecha e izquierda; su cuerpo, su alma, sus riquezas, su ciencia y su virtud; el cielo, la tierra y todos los bienes que encierran, y se verá obligado a reconocer que todas estas cosas sólo fueron hechas para él, y que son otros tantos favores y testimonios del amor de Dios para con él; por manera, que puede decirse con verdad, que el hombre es un compuesto de los beneficios de Dios y el fin donde todo viene a concluir: la naturaleza para servirle, la gracia para salvarle, y por último, la gloria para hacerle eternamente feliz.

RESOLUCIÓN: Dar frecuentemente gracias a Dios por todos los beneficios que hemos recibido de Él; no enorgullecernos nunca con las ventajas que podamos tener, sino por el contrario, atribuirlas a Dios sólo.
   
LETANÍAS DE SAN JOSÉ.
  
Señor, tened piedad de nosotros.
Jesucristo, tened piedad de nosotros.
Señor, tened piedad de nosotros.
  
Jesús, óyenos.
Jesús, acoge nuestras súplicas.
  
Padre celestial, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Hijo redentor del mundo, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Espíritu Santo, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Santísima Trinidad, un solo Dios, tened piedad de nosotros.
   
Santa María, Madre de Dios, Esposa de San José, ruega por nosotros.
San José, nutricio del Verbo encarnado, ruega por nosotros.
San José, coadjutor del gran consejo, ruega por nosotros.
San José, hombre según el corazón de Dios, ruega por nosotros.
San José, fiel y prudente servidor, ruega por nosotros.
San José, custodio de la virginidad de María, ruega por nosotros.
San José, dotado de gracias superiores, ruega por nosotros.
San José, purísimo en virginidad, ruega por nosotros.
San José, profundísimo en humildad, ruega por nosotros.
San José, altísimo en contemplación, ruega por nosotros.
San José, ardientísimo en caridad, ruega por nosotros.
San José, que habéis sido declarado justo por el Espíritu Santo, ruega por nosotros.
San José, que fuisteis instruido divinamente en el misterio de la Encarnación, ruega por nosotros.
San José, que tuvísteis bajo vuestra protección y vuestra obediencia al Señor de los señores, ruega por nosotros.
San José, que tuvísteis durante tantos años la vida del mismo Dios por regla de la vuestra, ruega por nosotros.
San José, que vísteis con María, en las acciones de Jesús, tantos secretos ignorados de los duros hombres, ruega por nosotros.
San José, fidelísimo imitador del gran silencio de Jesús y María, ruega por nosotros.
San José, que fuísteis ignorado de los hombres y conocido sólo de Dios, ruega por nosotros.
San José, que ocupáis el primer puesto entre los Patriarcas, ruega por nosotros.
San José, que habeis muerto santamente en los brazos de Jesús y de María, ruega por nosotros.
San José, que anunciásteis la venida de Cristo a los limbos, ruega por nosotros.
San José, a quien se cree resucitado con Jesucristo, ruega por nosotros.
San José, que habeis sido recompensado en el Cielo con una gloria especialísima, ruega por nosotros.
San José, padre y consolador de los afligidos, ruega por nosotros.
San José, protector de los pecadores arrepentidos, ruega por nosotros.
San José, poderosísimo para socorrernos en los peligros de la vida y en la hora de la muerte, ruega por nosotros.
  
Por vuestra infancia, escúchanos Jesús.
  
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, acoge nuestros ruegos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, perdónanos, Señor.

℣. Ruega por nosotros, bienaventurado San José.
℞. A fin de que seamos dignos de las promesas de Jesucristo.

ORACION
¡Oh Dios! cuya bondad y sabiduría son infinitas, y que al elevar al justo José a la dignidad de esposo de María, le dísteis los derechos y autoridad de padre sobre vuestro único Hijo, haced que, imitando el respeto, la sumision y el cariño que el mismo Jesucristo y su santísima Madre tuvieron a este gran Santo, le veneremos tambíen con piedad filial, a fin de obtener por su intercesion, la gracia de amaros y serviros en este mundo, en espíritu y verdad, para tener la dicha de poseeros.

¡Jesús, María y José, os doy mi corazón, mi espíritu y mi vida!
¡Jesús, María y José, asistidme en vida y en mi última agonía!
¡Jesús, María y José, haced que expire en vuestra compañía! (Cien días de indulgencias cada vez que se recite cada una de estas invocaciones. Pío VII, 28 de abril de 1803).
   
MEMORÁRE
Acordaos, ¡oh castísimo esposo de la Virgen María, San José, mi amable protector!, que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado  sin consuelo. Lleno de confianza en vuestro poder, llego a vuestra presencia, y me recomiendo con fervor. ¡Ah! No desdeñéis mis oraciones, oh vos, que ha­béis sido llamado padre del Redentor, sino escu­chadlas con benevolencia, y dignaos recibirlas favo­rablemente. Así sea. (Trescientos días de indulgencias, una vez por día, apli­cables a los difuntos. Breve de Nuestro Santo Padre el Papa León XIII).

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