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jueves, 19 de marzo de 2020

MES DE MARZO EN HONOR A SAN JOSÉ - DÍA DÉCIMO NOVENO

  
PREPARACIÓN PARA CONSAGRARSE COMO ESCLAVO DE CONFIANZA AL CASTO CORAZÓN DE SAN JOSÉ
   
La verdadera devoción a San José consiste esencialmente en la confianza ilimitada en la intercesión de este Santo Varón, en la imitación de sus virtudes y en el amor filial que se le profese. Ser su devoto quiere decir tratar de amar al Padre Celestial como él lo hizo; y poner la vida, los bienes y todos los actos del día bajo su paternal patrocinio.
  
Los que quieran ser fieles devotos del Padre Protector de la Iglesia, y verdaderos servidores de su culto, deben consagrarse a él como sus esclavos. Pero como se ama lo que se conoce, es fundamental para esta alianza admirarse con su vida a través de la Vida y Mes del glorioso patriarca San José que escribiera el Padre Antonio Casimiro Magnat, incluido a continuación.
   
La esclavitud del santo exige recitar una fórmula que indica la dedicación de la vida entera al servicio de su piedad. Significa alabar al benditísimo Patriarca desde que aparece la primera luz del día hasta que se va al lecho, para lo cual, también el último día de este mes, entregaremos una pequeño Devocionario Josefino con las oraciones del cristiano al amparo de San José.
   
Quienes deseen manifestarse como verdaderos devotos del Castísimo Esposo de Nuestra Santa Madre, deben luchar por ser almas de oración que frecuenten los sacramentos, amantes del silencio, la pureza, modestia y humildad, tener una encendida caridad y una vida que se realice en la laboriosidad y el ocultamiento. Y para alcanzar tan altas aspiraciones, es que a él recurriremos diciendo cada día en el Acordaos: “que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado sin consuelo”.
  
ACTO DE CONTRICIÓN
¡Oh, Dios Omnipotente!, arrepentido por las muchas culpas que he cometido contra vuestra divina majestad, vengo a solicitar de vuestra misericordia infinita generoso perdón. Por la valiosa intercesión del Santísimo Patriarca Señor San José os suplico humildemente que me concedáis nuevas gracias para serviros y amaros, a fin de que después de haber combatido denodadamente en esta vida, tenga la dicha de alcanzar el galardón eterno a la hora de la muerte. Así sea.
   
DÍA DÉCIMONOVENO — 19 DE MARZO
  
CATECISMO DE SAN JOSÉ
22- ¿A qué motivos se atribuirá la turbación de José su resolución de abandonar a María?
Si José se turba por la preñez de María, si resuelve separarse de ella secretamente, lejos de nosotros debe estar la idea de creer que José sospechase culpabilidad en su Esposa. Y ¿cómo podría creerla culpable, él, que conocía tan bien la belleza de su alma, su perfecta, pureza y las altas virtudes con que el Cielo la había adornado; él, que no podía dejar de admirar su rara modestia y su incomparable prudencia? La determinación de José debe, pues, ser atribuida a otro motivo más digno de este santo Patriarca; luego este motivo no es otro sino su profunda humildad. Asegurado de la preñez de su Esposa, y no teniendo ninguna duda de su santidad, José se persuadió de que era la Virgen que Isaías había anunciado, y que el niño que llevaba era el Hijo de Dios mismo.
  
SAN JOSÉ, MODELO EN LA ESPERANZA.
De todos los sentimientos que se encierran en el corazón del hombre, la esperanza en Dios es la que parece agradar más a este soberano Señor, porque es el homenaje que se dirige más directamente a su bondad. Así que forma parte esencial del culto que le debemos y ella ha sido la virtud de todos los verdaderos adoradores. Vemos efectivamente en las Santas Escrituras que Abrahán esperó contra toda esperanza al subir sobre la montaña para inmolar en ella a su hijo Isaac, puesto que Dios le había prometido que sería padre de una raza más numerosa que las estrellas del Cielo. Vemos también al santo rey David poner en Dios toda su esperanza y tener una confianza plena y entera en su bondad. El santo hombre Job nos da también un bellísimo ejemplo de su esperanza en Dios, puesto que después de las pérdidas más crueles y en medio de sus innumerables dolores, exclama que aun cuando le matara esperaría aún en Él. Matatías inspira el mismo sentimiento a sus hijos cuando los exhorta a que pongan su confianza en el Señor para triunfar de sus enemigos… La casta Susana viéndose atacada en su inocencia, levanta, llorando, sus ojos al Cielo, porque, nos dice la Santa Escritura, tenía confianza en el Señor.

Pero si todos los justos han glorificado la bondad divina por su esperanza, San José lo ha hecho de una manera mucho más excelente, puesto que fue eminentemente justo. Consideremos pues hoy bajo este punto de vista a nuestro glorioso Patriarca y reflexionemos en el objeto, en los motivos y en las cualidades de su esperanza. Y desde luego San José no ha esperado las ventajas de la tierra comprendiendo demasiado bien la vanidad de todo lo que pasa. Lo que él ha deseado y esperado con confianza, es la protección de Dios, su bendición y su gracia, son los bienes eternos, es la corona que nunca se empaña. San José esperó la redención prometida a nuestros primeros padres; siempre abrigaba en su alma la esperanza de que el gran día de la venida del Salvador iluminaria al mundo en el tiempo señalado por los profetas. Y cuando vio este día deseado, su esperanza se acrecentó más y más; tuvo confianza en que muy luego la Iglesia, la nueva Jerusalén vería acudir a todos los pueblos a su recinto, que el reinado de Jesucristo iba a establecerse por todas partes sobre la tierra, y a perpetuarse hasta la consumación de los siglos. El ángel al revelarle el misterio de la Encarnación le había dicho: «Daréis a este niño el nombre de Jesús, porque él es quien salvará a su pueblo librándole de sus pecados». Y José está seguro de que esta emancipación se hará y que también la primer falta será rescatada por Jesús y la inocencia volverá a los hombres.

He aquí cuál fue el objeto de la esperanza de San José; consideremos ahora cuáles eran los motivos de esta virtud. José esperó, porque tenía una gran fe en la veracidad de Dios. Conocía efectivamente las promesas divinas y sabía que el Señor cumple todo lo que promete; su fe le decía de antemano que el Cielo y la tierra faltarían, pero las palabras de Aquel que es la verdad por esencia no faltarían. Esperaba porque creía en la bondad y en el poder de Dios. ¡Ah! Entró muy adentro en el corazón de su buen Maestro él que fue el más fiel de sus servidores y vio que el sentimiento que le dominaba es la bondad, la misericordia; por lo que se entregó a la más dulce confianza, San José tenia por motivo de su esperanza la protección de María, las súplicas de esta augusta Virgen que ha sido llamada con justicia una poderosísima intercesora y a quien Dios nada puede negar. Sin embargo, el mayor motivo de la esperanza de San José tenía por objeto el mismo Jesús. ¿Y cómo dejaría de tener una confianza ilimitada, cuando tenía en sus brazos el Mediador del Cielo y de la tierra? ¿Cómo hubiera podido dudar de los auxilios de Dios quien al rogarle le presentaba su adorable Hijo en estado de víctima suplicante? Los israelitas estaban llenos de confianza cuando tenían con ellos el arca del Señor: ¿cuánto mayor debía tenerla José que llevaba en sus brazos al mismo Señor?

Tales son en San José los principales motivos de la virtud y de la esperanza; pero consideremos además cuáles eran las cualidades.

La esperanza de San José fue constante y entera, firme, prudente y eficaz. A cada instante de su vida pudo decir a Dios: «Señor he esperado en vos desde mi primera juventud, espero ahora, y en la hora de mi muerte me dormiré en la esperanza». Sí, ha esperado en todo tiempo, lo mismo que en todas las circunstancias de su vida. Recordemos su viaje de Nazaret a Belén, y sobre todo la huida a Egipto. No se turba, no se entrega a la inquietud, no concibe tristeza alguna, ni ninguna aprensión, aun cuando tenía tantos motivos aparentes: sabe que está en manos de Dios y confía en su paternal bondad. Notemos sobre todo, que jamás se apoderó de él el desaliento. Comprendía que este desfallecimiento del alma ultraja a Dios de la manera más sensible, en su tierno corazón, porque equivale a una declaración de que no se cree ya en su bondad y en los cuidados de su providencia. Y notad, almas cristianas, que su fe no dejó de ser muy probada, y en efecto juzgad por su viaje a Belén, cuántas dificultades se presentarían a su espíritu para un viaje semejante; y sin hablar de las que procedían del estado de la Santísima Virgen, ¿no tenía las de lo largo del camino? ¿No necesitaba reunir provisiones suficientes, asegurarse asilos para la noche, y precaverse contra los rigores de la estación? Ahora bien, todo esto era punto menos que imposible a José, que no tenía más recursos que su trabajo diario. El viaje que emprende, iba a ser para él y para María una larga serie de sufrimientos, pero no se desalienta, espera en el Señor. Vedle además recorriendo las calles de Belén, para encontrar un abrigo para él y para su esposa, y experimentar las más crueles repulsas. ¡Qué posición para este santo Patriarca, verse así rechazado con una esposa tan joven aun, tan delicada y en un estado difícil! Pero José no se queja, espera en el Señor. Y su viaje a Egipto ¡qué nueva prueba tan cruel! El ángel le había dicho que el Hijo de María salvaría á los hombres, y he aquí que el pobre carpintero, sin tener nada para su propia defensa, se ve obligado a huir para salvar al Niño. Pero tampoco se desalienta José, pone su confianza en el Señor, obedece prontamente las órdenes que se le han dado persuadido de que si se le manda ir a Egipto, consiste en que es necesario para salvar la vida del Niño, así que lejos de desmayar la confianza de José, al contrario se vigoriza por la prueba. Y sin embargo, no creemos que la confianza de San José fue tal que nada hiciera por su parte para asegurar el logro de los designios de Dios. No había en él inquietud, mas no había tampoco incuria. José, al confiarse en Dios obraba antes por su parte con todas sus fuerzas. Su esperanza fue conforme con las reglas de la prudencia, y no se asemeja en modo alguno con la presunción que cuenta que la Providencia hará todo por su parte sin que nosotros hagamos por la nuestra lo que nos sea posible. Consideremos, por último, los efectos de esta virtud en San José. Por lo mismo que tiene una confianza tan perfecta, nada encuentra demasiado difícil en lo que Dios exige de él: rinde homenaje a la bondad divina y se asegura su protección; se fortifica contra la adversidad que le ataca apoyándose en Dios. Goza anticipadamente, hasta cierto grado, de las cosas que espera, y es feliz con lo que aún no tiene como si lo poseyera ya; se establece por su confianza una gran tranquilidad, no menos satisfactoria para su corazón que agradable a Dios, cuya providencia glorifica.

Esforcémonos, pues, almas cristianas, por ser, bajo el punto de la esperanza, dignos imitadores del glorioso san José; echemos de nuestro corazón toda ingratitud y nunca nos dejemos llevar del desaliento. ¿No es Dios nuestro padre Todopoderoso, y siempre lleno de bondad para nosotros? ¿Su providencia, novela por nosotros? Y además, ¿no estamos seguros de poder obtenerlo todo por Jesús nuestro medidor y por la intercesión de María nuestra buena Madre? Oremos y trabajemos ardientemente en nuestra salvación, y en seguida excitemos en nosotros una gran confianza, que al mismo tiempo que nos llevará a hacer generosamente todos nuestros esfuerzos, nos dará la paz interior por la persuasión de que Dios bendecirá nuestros esfuerzos. ¡Oh, qué ventajosa nos seria semejante confianza! ¡Qué valor para el bien excitaría en nuestras almas! Por consecuencia, ¡cuántos méritos no adquiriríamos y qué homenaje no rendiríamos a la Providencia! Así Dios nos recompensaría con la paz del corazón en esta vida, y en la otra por un aumento de felicidad infinita, que es la única que puede llenar nuestros deseos.
   
COLOQUIO


EL ALMA: Bienaventurado San José, después de haberme instruido en la fe, ¿tendríais a bien hablarme de la esperanza?

SAN JOSÉ: La esperanza es un don de Dios, por la que esperamos con firme confianza, fundada en los méritos de Jesucristo, la eterna felicidad y los medios necesarios para conseguirla, es decir, la gracia de Dios que ayudará al hombre a vencer sus viciosas inclinaciones y a cumplir sus deberes. En cuanto a los motivos de tu esperanza, son la omnipotencia de Dios que puede salvarte, y su misericordia que así lo quiere.

EL ALMA: ¡Ay, venerable Padre mío! he ofendido tanto a Dios con mi vida, que no me atrevo a ir a Él con confianza, que sólo pueden tener sus hijos muy queridos y sus fieles servidores; él sólo debe mirarme con horror.

SAN José: ¿Olvidas, hija mía, que la misericordia de Dios es infinita? «La misericordia rodea a aquel que espera en el Señor», dice David, y el Eclesiastés dice casi en los mismos términos: «Ninguno de los que esperaron en el Señor, fue confundido». Cree en las divinas Escrituras y desecha esos pensamientos de desaliento que el demonio sugiere para perderte. ¿Puedes desesperar de tu salvación después de todo lo que Jesucristo ha hecho por salvarte? ¿No vino a buscar lo que estaba perdido? ¿No es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo? ¡Ay, hija mía! Te ha rescatado por atroces dolores y el suplicio cruel e infame de la Cruz: ¿qué puede negarte después de haberte dado semejantes pruebas de amor?

EL ALMA: Padre bondadoso, lo conozco; Dios es infinitamente misericordioso, no puede negar un perdón que se le pida en nombre y por los méritos de su adorable Hijo; pero una serie continuada de años pasados en el pecado, me han dado hábitos que no puedo vencer. Ahora bien; Dios, en su justicia, no puede perdonar los pecados al que no se enmienda.

SAN José: Es verdad; pero cualquiera que sea la fuerza de tus hábitos puedes triunfar con el auxilio de la gracia, y Dios se ha comprometido a dártela. Jesucristo ha dicho: «En verdad, en verdad os digo; todo lo que pidáis a mi Padre en mi nombre, os será otorgado». Pídele de todo corazón la fuerza necesaria para vencer tus pasiones, y lo conseguirás; pero no te dejes arrastrar nunca por la desconfianza: esto sería pecar contra la esperanza.

EL ALMA: ¿Y de cuántas maneras se peca contra la esperanza?

SAN JOSÉ: De dos maneras: por desesperación, considerando el número y enormidad de las faltas, se duda de la misericordia de Dios, y se duda de su salvación, diciendo: «He pecado mucho y Dios no puede perdonarme». ¿Y quién eres tú para limitar así la bondad de Dios? Tú has cometido muchos pecados, hasta crímenes. ¡Ah!, detéstalos en buen hora; llorarlos es lo mejor que puedes hacer; pero no desesperes de tu salvación. Mira el Corazón de Jesús abierto al arrepentimiento; óyele cómo ruega a su Padre celestial por sus verdugos. ¡Ah! Créelo, desea más vivamente tu salvación que tú mismo, y no puede hacérsele mayor injuria que dudar de su misericordia y de su amor. Judas, el infame Judas, le ha ultrajado de un modo más sensible desesperando de su perdón que entregándole a sus enemigos. Peca también por desesperación el que desconfía como tú a la vista de sus malas inclinaciones, y debilidades. ¡Ah! Si estuvieras solo podrías desesperar, porque el demonio te acecha incesantemente, como un león furioso para devorarte; pero Dios está contigo y es bastante poderoso para auxiliarte Ruégale, pues, hija mía, y pon manos a la obra; un hábito se vence por otro distinto, y la palma de la gloria no se alcanza más que por esfuerzos perseverantes; porque la conversión no es obra de un día; ora, vela sobre ti constantemente y cuenta con el socorro de Dios, que no te faltará.

EL ALMA: Seguiré vuestros consejos, ¡oh Padre mío! Pondré toda mi confianza en Dios, y cualesquiera que sean las faltas que pueda cometer, esperaré siempre en su misericordia.

SAN JOSÉ: Evita, hija mía, dar en el escollo opuesto, que es la presunción, segundo modo de pecar contra la esperanza. Debe contarse ilimitadamente con la misericordia de Dios y con el poder de su gracia: pero debes por tu parte trabajar asiduamente en evitar el mal y en practicar el bien. Aquel que se apoyara en la misericordia de Dios para pecar más libremente, heriría más gravemente su justicia y su bondad. ¿Con que si Dios estuviera siempre armado de los rayos de su justicia, velarías más por tú? Y porque te se manifiesta con el semblante de un Padre tierno y compasivo, ¿no temes ultrajarle, herir su Corazón? ¡Este pensamiento horroriza! Se peca también por presunción cuando al contar con sus propias fuerzas, se expone voluntariamente a la ocasión del pecado. Finalmente, pecan también por presunción los que quieren conducirse por sí mismos por el sendero de la salvación. No hay seguridad más que en la obediencia a los superiores espirituales, y los presuntuosos están expuestos a grandes caídas. No cuentes sólo contigo, hija mía; pon toda tu esperanza en Dios y en su santa Madre, que quiere ser la tuya: la Iglesia la llama esperanza, y el que pone la confianza en ella no será confundido.
      
RESOLUCIÓN: Hacer frecuentemente en el día actos de esperanza. No desconfiar nunca de la bondad de Dios.
   
LETANÍAS DE SAN JOSÉ.
  
Señor, tened piedad de nosotros.
Jesucristo, tened piedad de nosotros.
Señor, tened piedad de nosotros.
  
Jesús, óyenos.
Jesús, acoge nuestras súplicas.
  
Padre celestial, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Hijo redentor del mundo, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Espíritu Santo, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Santísima Trinidad, un solo Dios, tened piedad de nosotros.
   
Santa María, Madre de Dios, Esposa de San José, ruega por nosotros.
San José, nutricio del Verbo encarnado, ruega por nosotros.
San José, coadjutor del gran consejo, ruega por nosotros.
San José, hombre según el corazón de Dios, ruega por nosotros.
San José, fiel y prudente servidor, ruega por nosotros.
San José, custodio de la virginidad de María, ruega por nosotros.
San José, dotado de gracias superiores, ruega por nosotros.
San José, purísimo en virginidad, ruega por nosotros.
San José, profundísimo en humildad, ruega por nosotros.
San José, altísimo en contemplación, ruega por nosotros.
San José, ardientísimo en caridad, ruega por nosotros.
San José, que habéis sido declarado justo por el Espíritu Santo, ruega por nosotros.
San José, que fuisteis instruido divinamente en el misterio de la Encarnación, ruega por nosotros.
San José, que tuvísteis bajo vuestra protección y vuestra obediencia al Señor de los señores, ruega por nosotros.
San José, que tuvísteis durante tantos años la vida del mismo Dios por regla de la vuestra, ruega por nosotros.
San José, que vísteis con María, en las acciones de Jesús, tantos secretos ignorados de los duros hombres, ruega por nosotros.
San José, fidelísimo imitador del gran silencio de Jesús y María, ruega por nosotros.
San José, que fuísteis ignorado de los hombres y conocido sólo de Dios, ruega por nosotros.
San José, que ocupáis el primer puesto entre los Patriarcas, ruega por nosotros.
San José, que habeis muerto santamente en los brazos de Jesús y de María, ruega por nosotros.
San José, que anunciásteis la venida de Cristo a los limbos, ruega por nosotros.
San José, a quien se cree resucitado con Jesucristo, ruega por nosotros.
San José, que habeis sido recompensado en el Cielo con una gloria especialísima, ruega por nosotros.
San José, padre y consolador de los afligidos, ruega por nosotros.
San José, protector de los pecadores arrepentidos, ruega por nosotros.
San José, poderosísimo para socorrernos en los peligros de la vida y en la hora de la muerte, ruega por nosotros.
  
Por vuestra infancia, escúchanos Jesús.
  
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, acoge nuestros ruegos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, perdónanos, Señor.

℣. Ruega por nosotros, bienaventurado San José.
℞. A fin de que seamos dignos de las promesas de Jesucristo.

ORACION
¡Oh Dios! cuya bondad y sabiduría son infinitas, y que al elevar al justo José a la dignidad de esposo de María, le dísteis los derechos y autoridad de padre sobre vuestro único Hijo, haced que, imitando el respeto, la sumision y el cariño que el mismo Jesucristo y su santísima Madre tuvieron a este gran Santo, le veneremos tambíen con piedad filial, a fin de obtener por su intercesion, la gracia de amaros y serviros en este mundo, en espíritu y verdad, para tener la dicha de poseeros.

¡Jesús, María y José, os doy mi corazón, mi espíritu y mi vida!
¡Jesús, María y José, asistidme en vida y en mi última agonía!
¡Jesús, María y José, haced que expire en vuestra compañía! (Cien días de indulgencias cada vez que se recite cada una de estas invocaciones. Pío VII, 28 de abril de 1803).
   
MEMORÁRE
Acordaos, ¡oh castísimo esposo de la Virgen María, San José, mi amable protector!, que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado  sin consuelo. Lleno de confianza en vuestro poder, llego a vuestra presencia, y me recomiendo con fervor. ¡Ah! No desdeñéis mis oraciones, oh vos, que ha­béis sido llamado padre del Redentor, sino escu­chadlas con benevolencia, y dignaos recibirlas favo­rablemente. Así sea. (Trescientos días de indulgencias, una vez por día, apli­cables a los difuntos. Breve de Nuestro Santo Padre el Papa León XIII).

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