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viernes, 27 de marzo de 2020

MES DE MARZO EN HONOR A SAN JOSÉ - DÍA VIGÉSIMO SÉPTIMO

  
PREPARACIÓN PARA CONSAGRARSE COMO ESCLAVO DE CONFIANZA AL CASTO CORAZÓN DE SAN JOSÉ
   
La verdadera devoción a San José consiste esencialmente en la confianza ilimitada en la intercesión de este Santo Varón, en la imitación de sus virtudes y en el amor filial que se le profese. Ser su devoto quiere decir tratar de amar al Padre Celestial como él lo hizo; y poner la vida, los bienes y todos los actos del día bajo su paternal patrocinio.
  
Los que quieran ser fieles devotos del Padre Protector de la Iglesia, y verdaderos servidores de su culto, deben consagrarse a él como sus esclavos. Pero como se ama lo que se conoce, es fundamental para esta alianza admirarse con su vida a través de la Vida y Mes del glorioso patriarca San José que escribiera el Padre Antonio Casimiro Magnat, incluido a continuación.
   
La esclavitud del santo exige recitar una fórmula que indica la dedicación de la vida entera al servicio de su piedad. Significa alabar al benditísimo Patriarca desde que aparece la primera luz del día hasta que se va al lecho, para lo cual, también el último día de este mes, entregaremos una pequeño Devocionario Josefino con las oraciones del cristiano al amparo de San José.
   
Quienes deseen manifestarse como verdaderos devotos del Castísimo Esposo de Nuestra Santa Madre, deben luchar por ser almas de oración que frecuenten los sacramentos, amantes del silencio, la pureza, modestia y humildad, tener una encendida caridad y una vida que se realice en la laboriosidad y el ocultamiento. Y para alcanzar tan altas aspiraciones, es que a él recurriremos diciendo cada día en el Acordaos: “que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado sin consuelo”.
  
ACTO DE CONTRICIÓN
¡Oh, Dios Omnipotente!, arrepentido por las muchas culpas que he cometido contra vuestra divina majestad, vengo a solicitar de vuestra misericordia infinita generoso perdón. Por la valiosa intercesión del Santísimo Patriarca Señor San José os suplico humildemente que me concedáis nuevas gracias para serviros y amaros, a fin de que después de haber combatido denodadamente en esta vida, tenga la dicha de alcanzar el galardón eterno a la hora de la muerte. Así sea.
   
DÍA VIGÉSIMOSÉPTIMO — 27 DE MARZO
  
CATECISMO DE SAN JOSÉ
36-¿De qué muerte falleció San José?
Segun la tradición, San José durante los siete u ocho últimos años de su vida, fue visitado por la enfermedad y los sufrimientos: los largos y penosos viajes que había hecho, los padecimientos de corazón, los trabajos y las privaciones, habían alterado su constitución y arruinado completamente sus fuerzas. Aseguran que esto no fue para él sino un resto de vida tan lánguida, por lo que le fue preciso, según la decisión de Jesús y de María, entregarse al descanso. Observamos que la muerte de San José nada tuvo de sobrehumano. Y sin embargo, no fue una muerte ordinaria la de nuestro santo Patriarca: los males y las enfermedades intervinieron, no para producir la disolución de su vida, sino para concluir de embellecer su corona, y completar su eterna fortuna. Cuando llegó el tiempo de terminar su bella y santa vida, el mal debió alejarse y dejar obrar al amor. Tal es al menos la opinion de muchos autores distinguidos por su ciencia y virtudes, y tal es el sentir de San Francisco de Sales y San Alfonso María de Ligorio. Y ¿cómo hubiera podido morir José de otra manera, exhalando su último suspiro en los brazos de Jesús y de María? Había vivido de amor, y debió morir por amor. El corazon de José era un foco ardiente de fuego, que no se consumía, y pudo llevarlo duranto una larga vida, porque las llamas de este corazón se escapaban por sus servicios como por otras tantas aberturas, pero cuando estas vías se cerraron en un corazón tan activo, su corazón debió derretirse como la cera. Así podemos afirmar con toda seguridad que la muerte de San José fue como la de su santa Esposa, una muerte de amor. Esto lo reveló la Santísima Virgen a Santa Brígida.
      
SAN JOSÉ, REFUGIO DE LOS PECADORES.
San José ha comprendido, oh almas cristianas, mejor que ningún otro, cuánta era la compasión que tenían para con los desgraciados el adorable Corazón de Jesús y el santísimo Corazón de María; por eso nuestro santo dejándose llevar por el mismo sentimiento, implora para ellos la misericordia divina.

Pero evidentemente, entre todos los desgraciados, los más dignos de compasión son los pecadores, y principalmente los pecadores endurecidos: José intercede, pues, por ellos a Dios y suplica a Jesucristo que obre en favor de los mismos el milagro de su gracia que es el único que puede restituirles la verdadera vida.

San José los considera en enemistad con Dios, puestos bajo el poder del demonio, inclinados sobre el borde del abismo infernal y en peligro de ser precipitados en él a cada instante. Recuerda las penas, las angustias que ha experimentado en la pérdida del niño Jesús en Jerusalén, por más que sólo le perdiese exteriormente y de ningún modo por su culpa, y comprende que su estado es todavía más digno de lástima que aquel en que el Santo se encontró, puesto que han perdido a Jesús por su culpa, y de un momento a otro pueden ser definitivamente separados de Él por toda una eternidad.

José intercede por los pecadores llevado de su celo por la gloria de Jesucristo. Sabe que este divino Salvador ha venido al mundo principalmente para librar a los hombres de sus pecados, que su grande obra ha sido el hacer sobreabundar la gracia donde abundaba la iniquidad, y que es el Cordero inmolado para borrar todos los pecados del mundo. Ha considerado y hasta calculado, por decirlo así, lo que Jesús ha hecho para librar a los hombres del infierno. Sabe en cuánto ha apreciado sus almas, por cada una de las cuales después de haberse ofrecido a sí mismo sin reserva alguna a la justicia de su Padre celestial, ha llevado una vida entera de privaciones y de sufrimientos, que debía terminar por el más doloroso o más bien por el sólo verdadero sacrificio. En consecuencia no puede menos de estar penetrado de celo por su salvación y ayudarles con su gran valimiento para que recobrando su perdida inocencia se aseguren por este medió los frutos del sacrificio del Calvario.

José intercede por los pecadores a causa de su conformidad con los sentimientos del Corazón de Jesús, porque comprende el deseo que tiene este adorable Redentor de que todos los hombres se salven. Ve los dolores en que estuvo anegada su alma divina al pensar en el inmenso número de aquellos que rehúsan la salvación que les ofrece y que tanto le ha costado, y por esto mismo hace cuánto está de su parte para que vuelvan al camino del bien, se hagan dignos del Cielo; y de este modo vengan a ser para el Corazón de Jesús un motivó del más dulce e inefable consuelo.

Tales son los principales motivos de la intercesión de San José por los pecadores. Reflexionemos ahora sobre los socorros que les proporciona.

Dios, dice Santa Teresa, ha hecho en cierto modo a San José su ministro, su plenipotenciario y su tesorero general en favor de todos los desgraciados. Por lo mismo el caritativo Patriarca se apresura a apoderarse de los inmensos tesoros de la gracia para venir en socorro de los pecadores, es decir, de aquellas personas que entre todos los desgraciados son los más dignos de compasión y tienen más necesidad de socorros.
  
Sí; José ruega por los pecadores; habla en su favor a Dios Padre y le conjura en nombre de los méritos de Jesucristo a que tenga piedad de sus almas y les dé las gracias necesarias para su conversión. Habla también en su favor a Dios Hijo: recuerda con este objeto a Jesús que su venida al mundo ha sido por ellos, aún más que por los justos según aquellas palabras: “Yo no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores”; ofrece en seguida a su vista el cuadro de todo lo que en su infinita clemencia hizo y sufrió para merecerles el perdón y le pide que no sean inútiles tantos trabajos y dolores; le ruega por los pecadores en nombre de su sagrado Corazón tan compasivo para con estos desgraciados, en nombre de María que es refugio de ellos y a la cual se une en su plegaria, en nombre de todo lo que ha hecho y sufrió por sí mismo en obsequio de este divino Salvador durante los treinta y tres años que estuvo con él en la tierra. Tiene también en su favor la bondad del Espíritu Santo, y con todo su poder los defiende en la presencia de María su augusta esposa: en una palabra, nada de cuanto está de su parte, olvida para preparar y asegurarles su conversión a Dios.

Quién no comprenderá desde luego que obtiene para estos desgraciados poderosas y abundantes gracias de conversión; golpes interiores que excitan sus remordimientos, les hacen ver toda la fealdad del pecado al mismo tiempo que descubren toda la belleza de la virtud; le inspiran el deseo y dan voluntad de poseerla, elevan los sentimientos del alma pecadora hacia el Dios que está siempre dispuesto a perdonar, y la obligan a exclamar como a David: «Señor, yo he pecado», y por último, son la causa de que abrace con ardor y continúe con constancia una vida de expiación, conduciéndola de este modo por medio del arrepentimiento a una perfecta caridad, y por esta a la paz y a la felicidad.

Por lo demás, he aquí un hecho cuya exactitud pueden comprobar todos los que son devotos de San José. ¿Quién es aquel que habiéndole encomendado un pariente o un amigo no ha visto al instante oída su oración aún más allá de sus esperanzas? ¿Qué pecador teniendo que recurrir a él con deseos de alcanzar su conversión, no ha sentido al momento que su corazón se apartaba del vicio y se inclinaba todo entero a la virtud, o cuando menos no ha sido vivamente solicitada por alguna gracia especial? ¿Cuál es la joven que habiendo puesto su porvenir bajo su protección no ha tenido la dicha de preservarse del contagio del vicio, o no haya vuelto prontamente al camino del bien después de haber tenido la desgracia de abandonarlo en un momento de prueba?

No hay cosa, pues, más sólidamente cierta que la intercesión de San José por los pecadores, intercesión que es sumamente eficaz, y que entra perfectamente en las miras de Dios que recurramos a ella con frecuencia, bien para nosotros o bien para nuestros prójimos.

Invoquemos, pues, a San José como intercesor de los pecadores; pidámosle en primer lugar por nosotros, porque son tantas las faltas que cometemos, que somos para él un objeto de compasión: tampoco sabemos si somos dignos de amor o de odio, y por lo tanto, si estaremos en el número de los que se hallan en desgracia de Dios. Pidámosle que ofrezca por nosotros sus trabajos y fatigas en unión con la Sangre de Jesucristo, víctima por cuyo medio pedimos misericordia y esperamos obtenerla.

Penetrémonos también de los sentimientos de San José para con los pecadores: tengamos compasión de su estado, porque no hay personas tan desgraciadas como ellos. Procuremos desarrollar en nosotros un gran celo por la salvación de sus almas, que nos lleve principalmente a rogar por ellos a este gran Santo y ofrecer a Dios algún sacrificio con el fin de obtener su conversión.

Tengamos presente también que este es el mayor obsequio que podemos hacer al Corazón de Jesús. Recomendémosle también a aquellos parientes nuestros que están más descuidados en las prácticas religiosas. Paguémosles la gratitud que les debemos, obteniendo para ellos por intercesión de San José la gracia de su conversión, es decir, el mayor bien que nosotros podemos proporcionarles.
    
COLOQUIO
EL ALMA: Muy frecuentemente se habla en la Escritura de la misericordia de Dios, y el profeta nos dice también con mucha frecuencia que bendigamos a Dios porque su misericordia es infinita. ¿Quisiérais, padre mío, hablarme hoy de la misericordia?
  
SAN JOSÉ: De todos los atributos divinos, hija mía, la misericordia es el que más le glorifica y el que forma principalmente su esencia, porque la naturaleza de Dios es ser bueno, y los hombres le obligan a ser justo. Los principales atributos de la misericordia divina pueden reducirse a tres:
 
El primero es, que cuando el pecador se aleja de Dios, Dios le llama a sí. En cuanto el hombre ha cometido un pecado, hija mía, Dios podría quitarle la vida como ha hecho con muchos, y aún todas las criaturas, indignadas de servir al enemigo de su Criador, le piden en cierto modo permiso para vengar su gloria. ¿Pero qué hace Dios? Los encadena, los obliga como en otro tiempo David a sus tropas, con respecto a Absalón, a respetar la vida de un hijo ingrato y rebelde, prosigue colmando de beneficios al pecador, y le llama con la misma ternura que un padre que ha perdido a su hijo. Para enternecer su corazón, no vacila en dar los primeros pasos, va a su encuentro y ni aún le rechaza el dulce nombre de hijo. ¿Qué pensarías de un juez que invitase a un criminal aprovecharse de su perdón, y qué pensarías del criminal que rehusase esta gracia?
  
El segundo rasgo de la misericordia divina es que cuando el pecador, sordo a la voz de Dios, procura evitarle, Dios, por el contrario, le sigue para salvarle a pesar suyo. Hija mía, Dios renueva diariamente para las almas pecadoras lo que hizo hace poco tiempo todavía por un gran personaje que vivía en la herejía. Este hereje encontró un sacerdote que llevaba el Santo viático para un enfermo. Incomodado por este encuentro huía de calle en calle. Cosa singular: El sacerdote le seguía paso a paso, pues llevaba el camino que conducía a la casa donde era llamado. El herético, cada vez más incomodado, se esconde en la primer puerta que encuentra abierta y sube hasta el piso más elevado; precisamente esta era la habitación del enfermo. De repente se ve rodeado de las personas que acompañaban el Santo Sacramento, y se encuentra confuso e imposibilitado de huir. En este instante, es tocado interiormente de la gracia. «¡Qué, se dijo a sí mismo, yo huyo de Dios y Dios me persigue! ¡No, no quiero resistir más, Dios mío! Yo os ofrezco el homenaje de mi fe. Yo creo, abjuro desde ahora todos mis errores pasados, y en adelante os seré fiel hasta la muerte».
  
En fin, el tercer rasgo de la misericordia de Dios, es que cuando el pecador le persigue, se esfuerza para hacer su felicidad, arrancándole al infierno. He aquí un caso, hija mía, que te probará hasta dónde puede llegar la bondad paternal, y que te dará al mismo tiempo una idea de la misericordia de Dios para con el pecador. Un padre virtuoso había dado a su hijo una educación cristiana, procurando no olvidar el más mínimo detalle; pero el mal natural y las fogosas pasiones del desgraciado joven hicieron inútiles todos los cuidados del buen padre. De desorden en desorden, llegó a ahogar todos los sentimientos que inspira la naturaleza. El espíritu de avaricia, de libertinaje y de independencia le inspiró el horrible proyecto de asesinar al autor de sus días, y llega hasta determinar el momento en que debía ejecutar su espantoso crimen. Informado el padre a tiempo, disimula, y aún se finge más alegre que de ordinario; queriendo hacer el último esfuerzo, propone a su hijo un paseo por el campo. Aceptada la proposición, el bárbaro hijo se regocija por haber encontrado con tanta facilidad una ocasión de cometer el horrible atentado que medita. El padre le conduce a un sitio solitario en lo más intrincado de un bosque, y deteniéndole repentinamente le dice: «Hijo mío, yo te amo; conozco tu designio, y quiero darte la última prueba de mi ternura: estamos absolutamente solos, no tenemos testigos; y tu crimen quedará desconocido. He aquí mi pecho, y ahí tienes un puñal, hiere. Al menos, muriendo en este sitio tan apartado, salvaré a mi hijo de las manos del verdugo». A estas palabras, el joven admirado, confuso, enternecido, cae a los pies de su buen padre, los riega con sus lágrimas, y le ofrece que en adelante sólo vivirá para hacer la felicidad del mejor de los padres. ¡Qué bondad tan admirable la de este padre para con su hijo! ¡Y sin embargo, qué distancia tan enorme a la bondad y misericordia de Dios para con el pecador!
    
RESOLUCIÓN: Demos gracias a Dios desde lo más íntimo de nuestro corazón por no estar en el Infierno, a pesar de haberlo merecido con tanta frecuencia.
  
LETANÍAS DE SAN JOSÉ.
  
Señor, tened piedad de nosotros.
Jesucristo, tened piedad de nosotros.
Señor, tened piedad de nosotros.
  
Jesús, óyenos.
Jesús, acoge nuestras súplicas.
  
Padre celestial, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Hijo redentor del mundo, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Espíritu Santo, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Santísima Trinidad, un solo Dios, tened piedad de nosotros.
   
Santa María, Madre de Dios, Esposa de San José, ruega por nosotros.
San José, nutricio del Verbo encarnado, ruega por nosotros.
San José, coadjutor del gran consejo, ruega por nosotros.
San José, hombre según el corazón de Dios, ruega por nosotros.
San José, fiel y prudente servidor, ruega por nosotros.
San José, custodio de la virginidad de María, ruega por nosotros.
San José, dotado de gracias superiores, ruega por nosotros.
San José, purísimo en virginidad, ruega por nosotros.
San José, profundísimo en humildad, ruega por nosotros.
San José, altísimo en contemplación, ruega por nosotros.
San José, ardientísimo en caridad, ruega por nosotros.
San José, que habéis sido declarado justo por el Espíritu Santo, ruega por nosotros.
San José, que fuisteis instruido divinamente en el misterio de la Encarnación, ruega por nosotros.
San José, que tuvísteis bajo vuestra protección y vuestra obediencia al Señor de los señores, ruega por nosotros.
San José, que tuvísteis durante tantos años la vida del mismo Dios por regla de la vuestra, ruega por nosotros.
San José, que vísteis con María, en las acciones de Jesús, tantos secretos ignorados de los duros hombres, ruega por nosotros.
San José, fidelísimo imitador del gran silencio de Jesús y María, ruega por nosotros.
San José, que fuísteis ignorado de los hombres y conocido sólo de Dios, ruega por nosotros.
San José, que ocupáis el primer puesto entre los Patriarcas, ruega por nosotros.
San José, que habeis muerto santamente en los brazos de Jesús y de María, ruega por nosotros.
San José, que anunciásteis la venida de Cristo a los limbos, ruega por nosotros.
San José, a quien se cree resucitado con Jesucristo, ruega por nosotros.
San José, que habeis sido recompensado en el Cielo con una gloria especialísima, ruega por nosotros.
San José, padre y consolador de los afligidos, ruega por nosotros.
San José, protector de los pecadores arrepentidos, ruega por nosotros.
San José, poderosísimo para socorrernos en los peligros de la vida y en la hora de la muerte, ruega por nosotros.
  
Por vuestra infancia, escúchanos Jesús.
  
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, acoge nuestros ruegos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, perdónanos, Señor.

℣. Ruega por nosotros, bienaventurado San José.
℞. A fin de que seamos dignos de las promesas de Jesucristo.

ORACION
¡Oh Dios! cuya bondad y sabiduría son infinitas, y que al elevar al justo José a la dignidad de esposo de María, le dísteis los derechos y autoridad de padre sobre vuestro único Hijo, haced que, imitando el respeto, la sumision y el cariño que el mismo Jesucristo y su santísima Madre tuvieron a este gran Santo, le veneremos tambíen con piedad filial, a fin de obtener por su intercesion, la gracia de amaros y serviros en este mundo, en espíritu y verdad, para tener la dicha de poseeros.

¡Jesús, María y José, os doy mi corazón, mi espíritu y mi vida!
¡Jesús, María y José, asistidme en vida y en mi última agonía!
¡Jesús, María y José, haced que expire en vuestra compañía! (Cien días de indulgencias cada vez que se recite cada una de estas invocaciones. Pío VII, 28 de abril de 1803).
   
MEMORÁRE
Acordaos, ¡oh castísimo esposo de la Virgen María, San José, mi amable protector!, que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado  sin consuelo. Lleno de confianza en vuestro poder, llego a vuestra presencia, y me recomiendo con fervor. ¡Ah! No desdeñéis mis oraciones, oh vos, que ha­béis sido llamado padre del Redentor, sino escu­chadlas con benevolencia, y dignaos recibirlas favo­rablemente. Así sea. (Trescientos días de indulgencias, una vez por día, apli­cables a los difuntos. Breve de Nuestro Santo Padre el Papa León XIII).

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