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martes, 3 de marzo de 2020

MES DE MARZO EN HONOR A SAN JOSÉ - DÍA TERCERO

PREPARACIÓN PARA CONSAGRARSE COMO ESCLAVO DE CONFIANZA AL CASTO CORAZÓN DE SAN JOSÉ
   
La verdadera devoción a San José consiste esencialmente en la confianza ilimitada en la intercesión de este Santo Varón, en la imitación de sus virtudes y en el amor filial que se le profese. Ser su devoto quiere decir tratar de amar al Padre Celestial como él lo hizo; y poner la vida, los bienes y todos los actos del día bajo su paternal patrocinio.
  
Los que quieran ser fieles devotos del Padre Protector de la Iglesia, y verdaderos servidores de su culto, deben consagrarse a él como sus esclavos. Pero como se ama lo que se conoce, es fundamental para esta alianza admirarse con su vida a través de la Vida y Mes del glorioso patriarca San José que escribiera el Padre Antonio Casimiro Magnat, incluido a continuación.
   
La esclavitud del santo exige recitar una fórmula que indica la dedicación de la vida entera al servicio de su piedad. Significa alabar al benditísimo Patriarca desde que aparece la primera luz del día hasta que se va al lecho, para lo cual, también el último día de este mes, entregaremos una pequeño Devocionario Josefino con las oraciones del cristiano al amparo de San José.
   
Quienes deseen manifestarse como verdaderos devotos del Castísimo Esposo de Nuestra Santa Madre, deben luchar por ser almas de oración que frecuenten los sacramentos, amantes del silencio, la pureza, modestia y humildad, tener una encendida caridad y una vida que se realice en la laboriosidad y el ocultamiento. Y para alcanzar tan altas aspiraciones, es que a él recurriremos diciendo cada día en el Acordaos: “que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado sin consuelo”.
  
ACTO DE CONTRICIÓN
¡Oh, Dios Omnipotente!, arrepentido por las muchas culpas que he cometido contra vuestra divina majestad, vengo a solicitar de vuestra misericordia infinita generoso perdón. Por la valiosa intercesión del Santísimo Patriarca Señor San José os suplico humildemente que me concedáis nuevas gracias para serviros y amaros, a fin de que después de haber combatido denodadamente en esta vida, tenga la dicha de alcanzar el galardón eterno a la hora de la muerte. Así sea.
   
DÍA TERCERO — 3 DE MARZO
  
CATECISMO DE SAN JOSÉ
4. ¿Qué significa el nombre de José?
Este augusto nombre, según san Anselmo y san Juan Damasceno, quiere decir en hebreo abundancia, fecundidad, y ambos significados convienen de tal modo a san José y se han cumplido en él de una manera tan admirable, que muchos padres de la Iglesia juzgan que fue el mismo Dios quien le dio este nombre bendito, y que inspirándole a sus padres, José quiere decir abundancia, y en efecto, bajo los auspicios de este santo Patriarca debía creer el Dios niño que debía venir a visitar la tierra estéril, herida con anatemas y a esparcir en ella la abundancia de sus gracias y liberalidades. José quiere también decir fecundidad, aumento, porque fue por el niño Dios relevado de la humillación y del olvido, y por consecuencia ante de los ángeles y los hombres apareció con un aumento de gloria y, de merecimientos.
   
El nombre de José encierra, pues, un compendio histórico de este santo Patriarca. Tenemos por consecuencia un poderoso motivo para que le supliquemos nos otorgue lo que su santo nombre significa. ¡Roguémosle, pues, que vea con lástima a nuestra alma pobre y estéril, y que para ella solicite el rocío celeste para que se enriquezca y se fecunde! ¡Supliquémosle que por sus cuidados el padre de familia logre una abundante cosecha y que no falten obreros para recogerla! ¡Pidámosle también que por su poderosa intercesión vea la santa Iglesia el aumento de su imperio y su dominación maternal, y que cuanto antes, por su abundancia de misericordia y por el rápido progreso de la sociedad cristiana, no haya más que un rebaño y un sólo pastor!
   
SAN JOSÉ, HONRADO POR LOS SANTOS
San José, por sus relaciones con Jesús y la parte que tuvo en el misterio de la Encarnación, es superior a los Ángeles y a los demás bienaventurados que se complacen en reverenciar al padre adoptivo de Jesús, al casto esposo de la Reina del cielo y de la tierra. Su incomparable grandeza fue representada por las once estrellas con el sol y la luna a sus pies, que vio el primer José en un sueño misterioso. Según los comentadores de la Sagrada Escritura, aquellas estrellas representaban los santos que brillan en el Cielo como astros y cuya claridad, dice el Apóstol, es proporcionada al mérito. Estas once estrellas figuraban los Apóstoles del acompañamiento de Jesucristo, a bien los nueve coros de los Ángeles con los santos del antiguo y nuevo Testamento, o todos los santos, cuyo número puede sólo conocer Dios, que llama las estrellas por su nombre. Todos los bienaventurados están sometidos a José desde que Jesús el divino Sol de justicia, y María, bella como la Luna le sirvieron y honraron durante treinta años.
   
Los más célebres doctores honraron y celebraron a porfía las sublimes prerogativas de este gran Patriarca: –San Agustin ha manifestado la excelencia de su unión con María; –San Juan Crisóstomo ensalzó las virtudes admirables que le hicieron ser escogido entre los hombres para padre adoptivo del Hijo único de Dios; –San Jerónimo ha defendido contra los heréticos su perpetua virginidad; –San Bernardo le ha asociado a los elogios tan patéticos y tan llenos de celestial suavidad que hace de María; –San Bernardino de Sienna ha exaltado en magníficas frases su ascensión gloriosa al Cielo en cuerpo y alma; –Santo Tomás de Aquino ha dicho las cosas más admirables sobre la eminencia de los títulos y gracias privilegiadas que le han sido concedidas; –Santa Brígida, cuyas revelaciones han sido aprobadas por la lglesia, nos ha dejado como procedente de María misma, un compendio magnífico de la vida de este santo Patriarca:
«José, le dice la santísima Vírgen, me consideraba como su soberana, y yo por mi parte llenaba respecto a él todos los deberes de la más humilde sierva.
  
En medio de estos servicios y cuidados mutuos nunca vi salir de sus labios una palabra ligera de murmuración de impaciencia. Sufría la pobreza con admirable resignación; en la necesidad, se entregaba sin descanso a los más rudos trabajos; se manifestaba lleno de dulzura y mansedumbre con los que le ofendían. Me servía con tanta fidelidad como cariño; era el fiel guardián de mi virginidad y el irrecusable testigo de las maravillas que Dios habia obrado en mí; estaba enteramente muerto para las afecciones de la carne y del mundo, y sólo suspiraba por el Cielo. Tenía una confianza tan firme en las promesas divinas, que muchas veces le oí exclamar: ¡Ah! si deseo vivir, sólo es por ver cumplida la voluntad divina. En efecto, todos sus designios, todos sus esfuerzos se reducían a hacer esta admirable voluntad, y por esto es tan grande la gloria de que está rodeado en el Cielo».
Pero ¿qué diremos de Santa Teresa, que tan poderosamente ha contribuido a extender la devoción a San José por todo el mundo, y que tan bellas páginas le consagró en sus inmortales escritos? Sus sentimientos por San José eran superiores a todo lo que se puede decir, así que, en lugar de describirlos, dejemos que los revele ella misma:
«Al verme paralítica de todos mis miembros tan joven aún, nos dice esta gran santa, y viendo que los médicos de la tierra me hacían más mal que bien, recurrí a los médicos del Cielo para obtener mi curación. Tomé por intercesor y abogado al glorioso San José cuyo poder adivinaba; me encomendé mucho a su caridad y no fue en vano. En esta ocasión y en otras muchas en que se trataba nada menos que de mi honor y mi salvación, su bondad sobrepujó a mis deseos y a mis esperanzas. Además, no recuerdo haberle pedido nunca nada sin haberlo obtenido; y cuando me pongo a reflexionar en todos los favores que Dios me ha hecho, de todos los riesgos de que me ha libertado por su intercesión, no puedo menos de admirar su poder. Si los demás Santos pueden también socorrernos en algunas de nuestras necesidades, sé por experiencia que José nos socorre en todas. Consiste esto en que Nuestro Señor que siempre le estuvo tan sumiso en este mundo, nada puede negar a sus súplicas. Todas las personas a quienes he aconsejado que se encomienden a él, han experimentado como yo su poderosa intercesión, así que le han consagrado una devoción tierna y confiada. Yo misma reconozco todos los días lo bueno que es acudir a él. Desde los primeros beneficios que se dignó concederme, nada he omitido de cuanto dependía de mí para procurar que se celebrara su fiesta de una manera solemne, que era lo menos que podía hacer para manifestar mi gratitud a sus beneficios. He aprovechado todas las ocasiones para hacer a los demás que participasen de mi devoción, tanto por honrar a este gran santo, cuanto por su bien. Mis esperanzas no han sido ilusorias, porque de todos los que me han creído, no he visto uno siquiera a quien no haya valido grandes progresos en la perfección».
Todo el mundo sabe el celo con que San Francisco de Sales se aplicaba a hacer que amasen y reverenciasen a San José todas las almas que dirigía. No tenía en su breviario más que una imagen, la de San José, y hablando cierto día a sus religiosas de la Visitación del padre adoptivo del Salvador, exclamaba:
«¡Oh! ¡cuán santo es el glorioso esposo de la santísima Vírgen; no es solo Patriarca, sino el corifeo de los Patriarcas; es más que confesor y aún más que mártir, por que la fidelidad de los unos y la generosidad de los otros, se encuentran en él en grado eminente! ¡qué santo puede comparársele en virginidad, en humildad y en constancia! ¿Quién puede dudar despues de esto de la influencia que goza en el reino de los cielos? Tengamos, pues, confianza en él, y recurramos a su poderosa intercesión».
Pero véase cómo este gran santo no se descuidaba en hacer lo que recomendaba a los demás, y cómo fue uno de los discípulos más adictos a este Santo Patriarca. Todo el mundo sabe en efecto, que dedicó su bello Tratado del amor de Dios, no solo a María sino a José su fiel esposo; que los dio por patronos a la iglesia del monasterio de Annecy; que ordenó que en todas las casas de la orden se celebrará solemnemente su fiesta; y por últímo, que prescribió atodos que le tuvieran una tierna devoción.
   
¿Pero qué diremos de los sentimientos del fundador de la compañía de Jesús respecto de este santo Patriarca? El precioso libro de sus Ejercicios es una especie de monumento para atestiguar su devoción y su confianza en este gran Santo. Sólo añadiremos un hecho referido en los anales de la Compañía de Jesús. San Ignacio tenía en su oratorio una imagen de San José; en presencia de este gran maestro de la vida interior le gustaba hacer oración y celebrar el santo sacrificio de la Misa; a los pies de este director por excelencia de las almas piadosas, depositaba por escrito sus dificultades más graves para obtener la solucion. Dirigido por él es como llegó a ser tan hábil en el discernimiento de los espíritus y en la direccion de las almas.
   
San Vicente de Paúl puede ser citado también como un perfecto servidor de San José. Tenía un gran placer en proponerle a sus sacerdotes como un modelo perfecto del sacerdocio. Dio por patrón a sus seminarios a este glorioso Patriarca, que después de haber tenido la dicha de educar él mismo al Hijo de Dios, ha obtenido una gracia particular para proteger a los que se preparan en la soledad al ejercicio del santo ministerio: Vicente felicitó al superior de su comunidad de Génova, que había recurrido a la intercesión del casto esposo de la Madre de Dios, para proporcionarse obreros llenos de un santo celo y capaces de cultivar y fecundar la viña del Señor, que estaba entonces cubierta de espinas y maleza. Le aconsejó dijera o hiciera durante seis meses la misa en honor de san José en la capilla que le estaba dedicada.

A estos ejemplos tan edificantes podríamos añadir un gran número de otros; podríamos hablar de la dicha y de la piedad con que San Alfonso Ligorio celebraba las alabanzas de San José; compuso una novena en honor suyo y le declaró patron de su instituto; solemnizaba todos los años su fiesta en sus diversas casas; le invocaba frecuentemente él mismo, y nunca comenzaba ningun escrito, carta, ni aun una simple nota sin poner a la cabeza las iniciales de Jesús, María y José. Unamos, pues, almas cristianas, nuestros respetos y nuestras alabanzas a los que la Iglesia militante y triunfante ha tributado al Santo Patriarca que Dios mismo ha elevado por encima de todos los Santos, y le ha hecho en el Cielo su primer ministro y distribuidor de sus gracias. 
  
COLOQUIO
EL ALMA: Prosternada al pie de vuestro altar, permitidme, ¡oh mi glorioso padre!, expresaros toda la satisfacción que acabo de experimentar al ver cuánto os han amado todos los justos, y en qué términos han hablado de vos. ¡Oh!, yo quisiera también hablar tan admirablemente de vos, de vuestras grandezas y méritos, pero ya que no puedo, quiero al manos amaros y haceros amar cuanto me sea posible.

SAN JOSÉ: Recibo con placer, hija mía, las promesas que me haces de amarme y de extender mi culto cuanto puedas. Estoy seguro de tu buena voluntad, ¿pero cumplirás tu promesa? ¡Oh!, quiero creer que sí; así que me apresuro a decirte que si la cumples, con fidelidad serás recompensada superabundantemente por las gracias y favores que obtendré para ti. Mucho deseo, hija mía, que mi culto se extienda cuanto sea posible, y esto por grandes razones; pero antes de exponértelas, déjame te diga algunas palabras sobre el culto que se debe a los Santos, y sobre las ventajas que los hombres pueden sacar en recompensa.
 
La Iglesia al colocar los Santos sobre los altares y proponerlos a la veneración de los fieles, ha obrado muy prudentemente y de un modo enteramente conforme con las intenciones de Dios y los más caros intereses de los hombres. ¿Cuál es, en efecto, hija mía, el fin de todos los cristianos en la tierra? Tú sabes que es el de dirigirse hacia su patria, hacia el Cielo; pero el camino del Cielo ya sabes que es penoso y difícil, puesto que está sembrado de espinas y abrojos; y es preciso ganarle, merecerle, y sólo los que reprimen le obtienen. Ahora bien, en medio de los riesgos y tropiezos que los hombres encuentran en el camino de la vida, ¿qué mejor estímulo que el ejemplo de los Santos? Puesto que los Santos han pasado en la tierra por las penas, aflicciones, sufrimientos y pruebas de todas clases, ¿cuál es el cristiano que se desaliente o que en algunos momentos de debilidad no tome nuevo ardor al ver que otros, más débiles tal vez que él, pasaron por el mismo camino y alcanzaron el fin? –¿Si lo han hecho los santos, por qué no lo haré yo mismo? –Puesto que ellos sufrieron sin quejarse, ¿por qué no he de sufrir yo con la misma resignacion? –Puesto que han vencido los mismos obstáculos que se oponen en mi camino, ¿por qué no he de superarlos yo tambien? –Puesto que ellos han llegado al Cielo, ¿por qué no he de llegar como ellos, seguro de que nunca me faltará la gracia de Dios? He aquí, hija mía, y con mucha razón, lo que el ejemplo de los Santos debe hacer pensar a cada cristiano en la tierra.
   
Una de las principales razones por las que los hombres deben honrar a los Santos, es porque estos son los amigos de Dios. En efecto, si los Santos están en el Cielo, es porque Dios los ha llamado a Él; si poseen una dicha incomparable y sin fin, es porque Dios se la ha dado; si gozan de una gloria sin igual, aunque diferente para cada uno de ellos, es porque Dios ha querido dársela para recompensarlos de la gloria que le han procurado sobre la tierra. Los Santos, son, pues, evidentemente amigos de Dios, y como son amigos de Dios, son muy influyentes con él. Pero si Dios los recompensa con tanta grandeza de lo que han hecho sobre la tierra, es porque sus vidas fueron conforme a su divina ley. Ya ves, hija mía, que el honor que los hombres tributan a los Santos es muy natural, porque esta veneración sólo consiste en imitarlos e invocarlos, y la vida de los Santos ha sido conforme a la ley de Dios, por cuya razón los ha recompensado: que los hombres obren como ellos, los imiten y obtendrán la misma recompensa.
   
He dicho antes que mucho deseaba que mi culto se extendiese cuanto fuere posible, y voy ahora a darte la razón. Cuando yo vivía en la tierra con Jesús y María, estuve dedicado enteramente a ellos; alimenté a ambos con el sudor de mi frente; los protegí contra sus enemigos; fuí el fiel custodio de los dos; y finalmente, los amé con el cariño más entrañable que pude. Ahora bien, Jesús y María, queriendo recompensarme por todos estos cuidados, me colmaron de gracias de inestimable valor, proporcionándome al mismo tiempo todas las ocasiones posibles para crecer en gracia y en méritos. Pero el reconocimiento de Jesús y María no se limitó al tiempo en que vivía en la tierra, continúa aún, y en grado más eminente, ahora que estoy en el Cielo, y lo que es más misericordioso todavía, que Dios Padre participa también de esta gratitud en recuerdo del puesto que ocupé en representación suya respecto a Jesús como su padre adoptivo, y también el Espíritu Santo por haber sido su representante sobre la tierra como esposo de María. Para que comprendas toda la extensión de este reconocimiento, me bastará decirte, que siempre que se ha pedido una merced al Cielo por mi intercesión, ha sido inmediatamente concedida con placer. Dios la concede como autor de la gracia, y en reconocimiento de las funciones que he desempeñado en representacion suya respecto a Jesús y María. María la concede como canal de la gracia y en recuerdo de mi amor y bondades para con ella, y también porque su mayor deseo es que yo sea amado y reverenciado en la tierra. Jesús por haber merecido la gracia por su pasión y muerte, concede también la merced que se le pide, con bondad, y en recompensa de mi abnegación por él sobre la tierra, así como por agradar a María.
  
Santa Teresa ha escrito, hija mía, que yo la había concedido grandes mercedes, y es muy cierto; la misma ha dicho también que siempre que ha pedido a Dios alguna cosa por mi intercesión ha sido oída favorablemente, y también es verdad. Aconseja fervorosamente a los que lean sus escritos a que me tengan una tierna devoción, asegurándoles que serán favorablemente oídos en todo lo que me pidan, y Santa Teresa tiene razón.

Ya lo ves, hija mía, si deseo que mi culto se extienda cuanto sea posible por la tierra, no es seguramente por la gloria que pueda yo reportar, puesto que este honor y esta gloria se la cedo a Dios, á quien se deben. Si tengo este deseo vehemente es solo por el interés que me inspiran los hombres, y de mi grande amor hacia ellos. ¿Quieres agradarme, hija mía, y complacerme singularmente? Sé muy devota mía, ten en mí una confianza ilimitada, y pide a Dios cuanto necesites por mi intercesión. Me has dicho que quieres servirme: pues bien, trabaja porque me conozca el mayor número posible de gentes: díles como Santa Teresa, cuán grande es mi influencia para con Dios en premio de las sublimes funciones que he desempeñado en representación suya y del Espíritu Santo respecto de Jesús, y extiende mi culto lo lejos que puedas y por todos los medios que estén a tu alcance. ¡Oh, hija mía, cuán agradable serás, obrando así, a las tres Divinas Personas, a la santa humanidad de Jesucristo y a María la Reina de los Ángeles! ¡Oh!, cuán agradable me serás también, y cómo te recompensaré de todos tus esfuerzos por mí. Tú sabes que soy el abogado de la buena muerte, ¡pues bien!, te prometo en recompensa protegerte durante tu vida como he protegido la vida de Jesús; te prometo también, cuando se acerque el momento de tu muerte, ir a visitarte, consolarte, ayudarte a soportar tu enfermedad con resignación, ofrecer tus sufrimientos a Dios, y echar los demonios que acudan a perderte; y te prometo además, cuando dés el último suspiro, tomar tu alma, y presentarla acompañado de María a nuestro divino Hijo Jesús, quien pronunciará en tu favor una sentencia absolutoria, y te colocará para siempre en la morada de la gloria.
  
RESOLUCIÓN: Hacer que amen a San José el mayor número posible de personas, y en particular nuestros padres, amigos, conocidos y parientes. Extender también por todos los medios posibles el culto de este gran Santo, y principalmente por la novena que precede a su fiesta, por los piadosos ejercicios del mes de Marzo y también por la devoción de los siete domingos.
   
LETANÍAS DE SAN JOSÉ.
  
Señor, tened piedad de nosotros.
Jesucristo, tened piedad de nosotros.
Señor, tened piedad de nosotros.
  
Jesús, óyenos.
Jesús, acoge nuestras súplicas.
  
Padre celestial, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Hijo redentor del mundo, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Espíritu Santo, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Santísima Trinidad, un solo Dios, tened piedad de nosotros.
   
Santa María, Madre de Dios, Esposa de San José, ruega por nosotros.
San José, nutricio del Verbo encarnado, ruega por nosotros.
San José, coadjutor del gran consejo, ruega por nosotros.
San José, hombre según el corazón de Dios, ruega por nosotros.
San José, fiel y prudente servidor, ruega por nosotros.
San José, custodio de la virginidad de María, ruega por nosotros.
San José, dotado de gracias superiores, ruega por nosotros.
San José, purísimo en virginidad, ruega por nosotros.
San José, profundísimo en humildad, ruega por nosotros.
San José, altísimo en contemplación, ruega por nosotros.
San José, ardientísimo en caridad, ruega por nosotros.
San José, que habéis sido declarado justo por el Espíritu Santo, ruega por nosotros.
San José, que fuisteis instruido divinamente en el misterio de la Encarnación, ruega por nosotros.
San José, que tuvísteis bajo vuestra protección y vuestra obediencia al Señor de los señores, ruega por nosotros.
San José, que tuvísteis durante tantos años la vida del mismo Dios por regla de la vuestra, ruega por nosotros.
San José, que vísteis con María, en las acciones de Jesús, tantos secretos ignorados de los duros hombres, ruega por nosotros.
San José, fidelísimo imitador del gran silencio de Jesús y María, ruega por nosotros.
San José, que fuísteis ignorado de los hombres y conocido sólo de Dios, ruega por nosotros.
San José, que ocupáis el primer puesto entre los Patriarcas, ruega por nosotros.
San José, que habeis muerto santamente en los brazos de Jesús y de María, ruega por nosotros.
San José, que anunciásteis la venida de Cristo a los limbos, ruega por nosotros.
San José, a quien se cree resucitado con Jesucristo, ruega por nosotros.
San José, que habeis sido recompensado en el Cielo con una gloria especialísima, ruega por nosotros.
San José, padre y consolador de los afligidos, ruega por nosotros.
San José, protector de los pecadores arrepentidos, ruega por nosotros.
San José, poderosísimo para socorrernos en los peligros de la vida y en la hora de la muerte, ruega por nosotros.
  
Por vuestra infancia, escúchanos Jesús.
  
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, acoge nuestros ruegos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, perdónanos, Señor.

℣. Ruega por nosotros, bienaventurado San José.
℞. A fin de que seamos dignos de las promesas de Jesucristo.

ORACION
¡Oh Dios! cuya bondad y sabiduría son infinitas, y que al elevar al justo José a la dignidad de esposo de María, le dísteis los derechos y autoridad de padre sobre vuestro único Hijo, haced que, imitando el respeto, la sumision y el cariño que el mismo Jesucristo y su santísima Madre tuvieron a este gran Santo, le veneremos tambíen con piedad filial, a fin de obtener por su intercesion, la gracia de amaros y serviros en este mundo, en espíritu y verdad, para tener la dicha de poseeros.

¡Jesús, María y José, os doy mi corazón, mi espíritu y mi vida!
¡Jesús, María y José, asistidme en vida y en mi última agonía!
¡Jesús, María y José, haced que expire en vuestra compañía! (Cien días de indulgencias cada vez que se recite cada una de estas invocaciones. Pío VII, 28 de abril de 1803).
   
MEMORÁRE
Acordaos, ¡oh castísimo esposo de la Virgen María, San José, mi amable protector!, que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado  sin consuelo. Lleno de confianza en vuestro poder, llego a vuestra presencia, y me recomiendo con fervor. ¡Ah! No desdeñéis mis oraciones, oh vos, que ha­béis sido llamado padre del Redentor, sino escu­chadlas con benevolencia, y dignaos recibirlas favo­rablemente. Así sea. (Trescientos días de indulgencias, una vez por día, apli­cables a los difuntos. Breve de Nuestro Santo Padre el Papa León XIII).

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