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lunes, 18 de enero de 2021

CUANDO EL OSSERVATORE ROMANO COMBATÍA A LOS PROTESTANTES, EN VEZ DE PONDERARLOS

Cielo raso de la Sala de la Signatura (Rafael Sanzio, Museos Vaticanos).
   
Esta era una columna enviada de la diócesis de Shillong (India), a la sazón confiada a los Padres Salesianos como territorio de misión, al semanario vaticano L’Osservatore della Domenica, que la publicó el 7 de Julio de 1935. Hoy en día, en la prostituida secta del Vaticano II, tan aficionada al ecumenismo indiferentista de “Lumen Géntium”, “Unitátis Redintegrátio”, los Encuentros de Asís y el Documento de Abu Dabi (y que hoy comienza su “Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos”, idealmente distinta al Octavario de la Cátedra de la Unidad de la Iglesia), un artículo así sería censurado y su autor, excomulgado por “violentar el sentimiento religioso de los demás”. La traducción es propia
   
LAS SECTAS PROTESTANTES EN LAS MISIONES
   
Entre todas las invenciones capaces de subvertir el buen orden, la moral, la paz y la rectitud en la sociedad, en las aldeas y en las familias, el Protestantismo es ciertamente la más acertada que el Rey del mal haya sabido acuñar. A él solo pertenece esta patente, y toda secta mayor o menor porta, si se considera un poco, su marca de fábrica que son todos los vicios que el Apóstol enumera en su carta a los Gálatas, capítulo 5, 19-21. Se dice que a día de hoy no se pueden contar las ramificaciones de esta cizaña, y cada día se va siempre más multiplicando como los microbios de la malaria en la sangre del infectado.
   
La tierra en la cual trabajan los hijos de Don Bosco en la India, fue casi desde los primeros años del siglo pasado presa de asalto por muchas sectas inglesas y estadounidenses que intentaron monopolizar todo a su favor, y quién sabe cuánto más hicieron para impedir la entrada a la verdadera religión.
    
Desde los primeros años en adelante se nos mueve una guerra encendida subsidiada con calumnias de toda tinta, difamaciones increíbles que superan las que los fariseos dirigieron al Divino Salvador. Pero todo esto vuelve a ellos descrédito y deshonor. Cristo vence. Cri­sto reina. Cristo impera y de sus enemigos hace el escabel para su trono. Nuestra Santa Religión, bajo la heroica y sabia guía de nuestro Pastor Mons. [Louis] Mathias, avanza triunfante, gloriosa y van siempre más a su brazo materno miles y miles de hijos que conocida la Verdad, vomitando el error, entran en la grey. El pánico de los emisarios de satanás es tan enorme que se hace creer que todos han devenido epilépticos. Su única fuerza es el oro, pero este les viene a faltar por la crisis económica y decayendo este factor poderoso, por natural efecto toda su doctrina, más voluble y mutable que una tela cinematográfica, cae y se parte. Toda su sabiduría pues, en último análisis, se reduce a saber alguna frase escritural que parloteada frente al gentío igno­rante enceguecido por el destello de alguna moneda obran aquellas, tan por ellos presumidas, admirables conversiones de un cuarto de hora de perseverancia, pero que muy a menudo pueden llevar a engaño a aquellos aun en buena fe y perfecta igno­rancia. Arrojan además una enorme confusión entre el pueblo puesto que llamándose todos cristianos, pero especificados luego con otro título, a menudo el de su fundador, hacen creer, cuando no pueden hacer prevalecer la suya, que todas las religiones son buenas, llevando así toda cosa a la indiferencia y el escepticismo. Ellos después hacen creer que nuestra Santa Religión sea una secta cualquiera, incluso la más ínfima de todas las existentes, llamándola con el lacónico nombre de Romana. No se sabe cómo todo este basural esté siempre unido en odiar y hacer despreciar a la Religión Católica y sus ministros. Ahora todos saben que las calumnias más viejas, cuando han agotado el fósforo cerebral para encontrar nuevas, son estas que con las cuales van tachando a los Católicos de idolatría, superstición, violencia, prohibición de leer la Biblia, etc., etc.
    
En la diócesis de Shillong, entre las colinas Khasi y Jaintia, la secta más poderosa y que aún se conserva vegeta es la calvinista presbiteriana o Metodista, introducida en 1842 y que hasta la venida de los Padres Salvatorianos en 1889 tuvo el privilegio de gozar incontestada la libertad de difundir sus doctrinas. Los movimientos de aquellos tiempos favorecieron el desarrollo y, si se puede dar fe a las cifras, trabajaban también en difundir su cizaña. Ellos gozaron siempre y gozan hasta ahora de un fuerte subsidio que les suministra anualmente el gobierno para el mantenimiento de las escuelas en las aldeas, pero como les es natural, tal beneficio lo emplean también para su objetivo sectario, puesto que no están destinados sino protestantes, y el maestro de la aldea funge, gracias a una buena paga, también de pastor y catequista. Creo no equivocarme al afirmar que la mayor dificultad que aquí se encuentra no proviene de los paganos, sino más bien de los protestantes que, frecuentemente después de convertidos, conservan aquel su espíritu turbulento, soberbio e independiente. De la Biblia hacen toda suerte de alteraciones como si se tratase de nuevas ediciones revisadas y corregidas de Pinocho. Lo que a ellos place y no hiere sus errores es canónico, de otro modo, según el ejemplo de su venerado Padre y Fundador Lutero, rechazan y desprecian con suma ligereza y facilidad.
    
Es bello ver cómo ridículamente intentan usar nuestras ceremonias, especialmente en cuanto concierne a la Sagrada Comunión. Es siempre una novedad ver al Pastor, acompañado a menudo acompañado por su fiel mitad, seguido por una legión de botones llevando cuanto es necesario para no sentir mínimamente las incomodidades de los viajes, entran en una aldea donde viene preparado de antemano una honorable morada. Aire de dignidad, aspecto grave, reservado de palabras pero abierto de bolsa, lo que más conquista, y él lo sabe por larga experiencia. Entre otros anuncia que mañana distribuirá la comunión, en memoria de aquella que un día Cristo, para dejar una simple memoria de sí, hizo antes de morir. Del mercado vecino compran el pan de arroz aún crocante mientras en una olla viene preparado el té en sustitución del vino. Toma en mano su Biblia y encima pone y te recita no se sabe cuáles palabras, y el Sacrificio está completo. A menudo, sintiéndose él esposado, se llega la mujer, moderna Catalina von Bora, para la distribución de la comunión a los fieles, que luego de orgías y borracheras, y a cualquier hora del día simiescamente imitan cuanto les han hecho creer estos charlatanes.
     
No hace mucho que se trasplantó en Shillong, arrancado de no se sabe cuál vivero, un celoso fundador de otra secta hasta ahora nueva para esta ciudad. Es un sabatista, que sin sonrojo recorre las calles, penetra en todos los agujeros regalando profusamen­te opúsculos de toda suerte ricamente impresos y elegantemente encuadernados. En los días de mercado, en los cuales es enorme el concurso, él no duda en llegarse allá con bolsas llenas de folletos y opúsculos, e infiltrándose entre los recintos de las vacas, los vallados de los cerdos y las jaulas de las gallinas, predica su doctrina como mejor puede, pobrecito, y cuando el mugido y el gruñir de aquellos no sofocan su voz.
   
Las fiestas celebradas en honor de San Juan Bosco y por la consagración episcopal de Mons. Mathias y [Stefano] Ferrando el pasado noviembre agitaron los ánimos de todos y resultaron tan imponentes que conmovieron a los mismos Hindúes y Musulmanes, y causaron el más vivo pánico entre los protestantes, ya que nunca el Assam vio una manifestación más grandiosa. — No fue raro oír exclamar a algún Mahometano o Hindú: «¡Oh, cómo se siente verdaderamente la presencia del Omnipotente en esta religión que produce hombres tan grandes! — ¡Cómo debe ­ser dichoso el servir a un Dios que inunda de alegría tan pura y tan misteriosa el corazón de quien lo sigue y lo sirve!». El Eucarístico Señor tuvo en la clausura de aquellos días memorables el homenaje de todas las gentes, puesto que todos, como atraídos por una fuerza aún desconocida para ellos, doblaron la rodilla cuando la Hostia Santa, inundada por los últimos rayos del sol declinante detrás de las colinas paganas de poniente, venía levantada en alto para bendecir a fieles e infieles. Después de las alabanzas al Redentor, del pecho de todos prorrumpía solemnemente el canto de alabanza a su Vicario en la tierra, al Papa de las Misiones. Estos dos amores no se pueden escindir: quien ama a Cristo ama al Papa, quien está con el Papa está con Cristo, quien no está con el Papa está contra Cristo.

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