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jueves, 21 de enero de 2021

NOVENA EN HONOR AL BEATO SEBASTIÁN VALFRÉ

Novena dispuesta por el padre Luis Maria Zúñiga CO, y publicada en México por la imprenta de Luis Abadiano y Valdés en 1851, con las licencias necesarias.
  
PRÓLOGO
De un Santo que con toda justicia debe ser apellidado Varón de Misericordia, todo debe esperarse. Durante el curso de su preciosa vida, todo respiraba en él compasión, indulgencia y conmiseración de las aflicciones ajenas. Parece que el Señor, que es admirable en sus santos, crió y levantó para sí este fiel siervo, con el fin de hacer palpable a todas horas y en todas circunstancias, la bondad, la misericordia infinita con que trata a los hombres; poniéndoles delante este modelo visible de heroica compasión, esta alma pura y fiel depositaría de sus abundantes misericordias. No hubo desgraciado a quien no consolara, no hubo aflicción que no aliviara, ni hubo necesidades que no socorriera. Su vida fue un ejercicio, un tejido continuo de estas virtudes admirables.
   
Hoy en los cielos es un protector seguro de los que con fe le invocan. Todo necesitado puede ocurrir a él, con la seguridad de encontrarlo, tan bueno, tan amable, tan compasivo como era en este mundo. Como por otra parte, la oración constante y repetida, es medio más eficaz para alcanzar lo que se desea; se ha dispuesto esta Novena para invocar la intercesión del Santo en varios días continuos, y solicitar particularmente su protección nueve antes de su festividad, que es á 30 de Enero.
   
No se nos prohíbe pedir las cosas temporales que no son contrarias a la salud de nuestras almas; pero es indudable, que lo que con toda preferencia debemos solicitar de la bondad de Dios, son los bienes espirituales; los que nos enseñó Jesucristo á pedir en el Padre nuestro. Con este fin se prescribe que se repita esta divina oración tres veces en cada día de la Novena. Asimismo se repite igual número de veces el Ave María, por ser la Virgen sacratísima, el conducto y canal por donde descienden a los hombres las gracias del Señor.
   
Se propone en cada día una lección sobre una de las virtudes del santo, para que sirva de meditación, y con ella se encienda en el corazón el fuego de la caridad, que mueva al alma a practicar esas mismas virtudes, según la capacidad que Dios lo haya dado, y con el ejercicio de ellas, dé al mismo Dios el honor y gloria que le dio el Beato SEBASTIÁN.
   
Es de creer que ninguno de los fieles que quiera hacer esta Novena ignora que las oraciones hechas en estado de pecado mortal son obras muertas; y que el que quiera agradar a Dios y a sus Santos, y merecer ante su trono excelso la liberalidad de sus misericordias, ha de estar en su gracia; y que ésta, cuando se ha perdido, se recobra con la digna recepción de los Sacramentos. Así es que, la mejor disposición para hacer esta Novena, es confesar y comulgar el primero y último día; y hacerlo alguno o algunos de los días intermedios a discreción del confesor. 
   
La Novena debe comenzar el 21 de Enero, pero se podrá hacer en cualquier tiempo del año: no olvidando, que primera y principalmente deben pedirse a Dios, por la intercesión del Beato SEBASTIÁN, las gracias espirituales que conducen a la salud eterna, o a la perfección del alma en el ejercicio de las virtudes, pues que buscando primero el reino de Dios, lo demás lo dará su Majestad por añadidura; y si se solicitaren de Dios cosas temporales, sea con sumisión absoluta a su voluntad sacrosanta, que siempre quiere para nosotros lo mejor.
   
NOVENA EN HONOR DEL GLORIOSO Y BIENAVENTURADO SEBASTIÁN VALFRÉ, PREPÓSITO DEL ORATORIO DE SAN FELIPE NERI DE TURÍN
   
    
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
ACTO DE CONTRICIÓN
¿Es posible, amado Redentor mío, que sufras en tu presencia a esta criatura, vil y miserable por su depravada naturaleza, todavía más vil y despreciable por la fealdad de sus culpas? ¡Oh!, bien se conoce que eres Padre, y que a pesar del estado lastimoso a que me veo reducido por mis pecados, no solo me permites llegar a tus pies, sino que me ofreces en tu costado abierto, un asilo para mi seguridad y consuelo. ¿Todavía me ofreces el perdón, después de haberme hecho sordo tantas veces a tus llamamientos? ¿Todavía muestras abiertas las puertas de tu misericordia a quien siempre te ha cerrado las de su corazón? ¡Cuán admirable es tu clemencia! Eso mismo me obliga a deplorar con amargo llanto mis culpas, arrepintiéndome de veras de haberte ofendido, siendo como eres tan digno de ser amado, Perdona, Jesús mío, perdona mis iniquidades; acoge mi dolor y mis lágrimas; acepta mi arrepentimiento. Mayor es el precio de tus merecimientos y tu Sangre que la muchedumbre de mis pecados. Lávalos con ella, para que de hoy en adelante no vuelva á ofenderte, y emplee mi vida en amarte con ardor proporcionado a lo mucho  que me perdonas, y en la eternidad alabe tus incomprensibles misericordias. Amén.
   
ORACIÓN QUE SE DICE TODOS LOS DÍAS
Glorioso SEBASTIÁN, carísimo protector mío, me tienes postrado a tus pies, para rogarte que te dignes presentar ante el trono del Altísimo mis humildes peticiones. Estoy plenamente persuadido de la grandeza de tus méritos y del poder que tienes para con Dios; por lo mismo espero confiadamente en que tu bondad me alcanzará favorable despacho. Vives ya en las eternidades de la gloria, gozando el premio de tus heroicas virtudes; no te olvides en medio de tanta bienaventuranza, de los muchos peligros, trabajos y adversidades que rodean en este mundo a tus pobres hermanos. Dígnate, pues, dichosísimo SEBASTIÁN, dirigirnos desde la cumbre de tu gloria, una de aquellas muchas miradas de compasión y de ternura, con que viviendo en este mundo, enjugaste mil veces las lágrimas de los afligidos, y derramaste en su seno el alivio y el consuelo. Alcánzanos gracia, perseverancia, paz y salud. Alcánzanos la dilatación de la fe católica, la conversión a ella de los herejes e infieles, la verdadera conversión de todos los pecadores, el fervor y adelanto en las virtudes de las almas justas, y el descanso eterno de las almas del Purgatorio. Amén. 
    
DÍA PRIMERO – 21 DE ENERO
DE LA FE DEL BEATO SEBASTIÁN.
Es la Fe un acto puramente interno: pero su perfección, fuerza y grandeza, es preciso que produzca efectos exteriores y visibles. Los que produjo la fuerte y viva Fe que animaba el grande espíritu de SEBASTIÁN, se conocen por las fatigas continuas con que por muchos años se dedicó A enseñar la Doctrina cristiana, a preservar a los católicos de la infección de la herejía, y a reducir a los herejes al seno de la Iglesia. Por el espacio de cuarenta años explicó la Doctrina cristiana en la iglesia de la Congregación; sin que la hora inoportuna en que lo hacía, ni el calor excesivo de la estación, ni aún la importunidad de los niños que le rodeaban, ni sus continuas enfermedades, ni su muy avanzada edad, pudiesen arrancarlo de este ejercicio santo, que llamaba sus delicias y su más dulce entretenimiento. Se aprovechaba de la reunión de mendigos que ocurrían a la portería de la Congregación a pedir limosna, y mientras se las distribuía, como en conversación amistosa les enseñaba alguna oración, o el modo de recibir los santos Sacramentos, o algún artículo principal de la santa Religión. Como los pobres de la ciudad lo amaban tanto, luego que salía a la calle corrían a él de todas partes, y aprovechaba inmediatamente la ocasión de instruirlos en los Misterios de la Fe, usando con ellos de heroica paciencia: pero si iba de prisa, les preguntaba las señas de sus casas, para, en estando desocupado, ir a ellas a llenar sus santos deseos. Lo mismo hacía en las casas de niños expósitos, en los cuarteles, en los presidios, en las cárceles, en los colegios y en los hospitales. En uno de ellos, testifica su director, que había reunidos mil y quinientos pobres, y que el siervo de Dios se empeñó tanto en instruirlos y doctrinarlos a todos, que logró por fruto el que muchos llegaran a muy alto grado de virtud.
     
El año de 1710, un Domingo del mes de Enero, en que le restaban muy pocos días de vida, luego que acabó de explicar la Doctrina en la iglesia de la Congregación; partió inmediatamente a la ciudadela de Turín, no obstante que se sentía un fría insoportable: reunidos sobre uno de los bastiones todos los presos, se puso a explicarles la Doctrina, sin usar de ningún abrigo contra el aire frigidísimo ni contra la nieve.
  
Con ocasión de la guerra que desolaba el Piamonte, se reunieron en Turín tropas de católicos y protestantes: inmediatamente se explicó el celo del Beato SEBASTIÁN alcanzando del gran Duque de Saboya, que mandase a las tropas compuestas de protestantes que no profanasen las iglesias, que no pervirtiesen a los católicos, y que tratasen con el debido respeto a los eclesiásticos. Alcanzó igualmente, que en los regimientos católicos se pusiesen capellanes sabios y virtuosos, que con su ejemplo y predicación los fortificasen en la Fe y los preservasen del contagio. Cuando supo que algunos de los herejes andaban por las casas sembrando sus errores, los desafió desde el pulpito diciéndoles: «En vez de andar disputando en vuestras conversaciones con las mujeres, venid a mí, que con el auxilio de Dios yo sabré responderos». Tres de los principales de ellos admitieron el desafío y se dirigieron a él muy bien prevenidos de razones y argumentos: los recibió con toda urbanidad y comenzó la disputa con el primero, que hallándose concluido sin tener que replicar ni que responder, se vio obligado a callar; y continuó la cuestión con el otro que corrió igual suerte y lo mismo el tercero. Fueron innumerables los que de esta manera logró reducir a la Religión Católica.
   
Su celo también logró convertir a dos famosos apóstatas y a muchos judíos, entre los cuales se hizo célebre la conversión de una mujer, que ya catequizada, no quiso recibir el Bautismo, y con sentimiento general se volvió a la Sinagoga. Luego que lo supo el Beato SEBASTIÁN, fue al lugar de su morada, y le pidió con mucha dulzura que rezase en su compañía el Padre nuestro; concluido que fue, le preguntó si quería hacerse cristiana, y le respondió que sí con mucho gusto, y sin más resistencia recibió el Bautismo. Si eres padre de familia, aprende el modo de cumplir exactamente con la estrecha obligación que tienes de doctrinar a tus hijos y domésticos; si no lo eres, aprende a ejercitar una obra de tan grande misericordia, cuando se te presentare la ocasión.
  
Se rezan tres Padre nuestros y tres Ave Marías con Gloria Patri.
  
ORACIÓN
Señor Dios, fidelísimo en tus promesas, que has premiado con gloria inefable la heroica Fe de tu siervo SEBASTIÁN: concédenos por su intercesión v méritos, el aumento y firmeza de la Fe a que nos has llamado, su triunfo contra los enemigos que la combaten, y su extensión entre las gentes que no te conocen. Hazlo así por los merecimientos de nuestro Señor Jesucristo, que contigo y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
   
ORACIÓN A SANTA MARÍA
Virgen Santísima MARÍA, Madre tierna, y amante protectora de tu fidelísimo hijo SEBASTIÁN, que jamás se puso al confesonario, jamás salió a la calle ni recibió un novicio, ni emprendió cosa alguna sin encomendarse a ti de todo corazón, como asiento y Madre de la sabiduría increada: dígnate recibir de su mano nuestras preces y oraciones, y presentarlas ante el acatamiento del Altísimo, para recabar de allí las gracias y mercedes que te pedimos. Favorécenos en vida y en muerte. Alcánzanos las gracias que necesitamos para vivir santamente, sin apartarnos un punto de los caminos del Señor. Alcánzanos, que seamos perfectos imitadores de la viva fe, de la fortísima esperanza, de la encendida caridad, de todas las virtudes de tu glorioso hijo SEBASTIÁN, para que algún día con él alabemos y bendigamos eternamente tus piedades y misericordias. Amén. 
   
℣. Ruega por nosotros, bienaventurado Sebastián.
℞. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.

ORACIÓN
Concédenos te suplicamos, oh Señor, que así como suscitaste admirablemente a tu Confesor el bienaventurado Sebastián para la salvación de muchos, podamos también perseverar en tu amor, para socorrer a las almas. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
   
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
  
DÍA SEGUNDO – 22 DE ENERO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración para todos los días.
   
ESPERANZA Y CONFIANZA QUE TUVO EN DIOS EL BEATO SEBASTIÁN
En medio de tanto como emprendió en su larga vida, este gran siervo de Dios por la salvación de las almas, jamás pudo acobardarse por ninguna clase de obstáculos que se le interpusiesen; porque estaba vivamente animado de la esperanza y confianza mas firme de que Dios siempre le ayudaba. Subiendo en una ocasión una escalera muy larga y muy incómoda para confesar un enfermo, le compadecían algunos, viendo el trabajo que esto le costaba por su mucha ancianidad; mas él les respondió con semblante risueño y sereno: «No me compadezcáis, porque no me da pena tener que subir a esa altura, cuando algún día, por la misericordia de Dios, espero subir otra escala más alta que llega hasta el Paraíso». Otra vez en que un pariente suyo se alegraba de verlo tan honrado y tan estimado en Turín, le respondió sencillamente: «Créeme, nada de eso me mueve, porque tengo mis ojos puestos únicamente en la gloria y honor del Paraíso, el cual he de conseguir algún día por la gran misericordia de Dios».
   
Pero lo más admirable y digno de ponderación es que esta vivísima y bien fundada esperanza, que jamás le faltó en su vida, estuvo acompañada de un profundo temor de los juicios divinos, cuya consideración lo llenaba alguna vez de angustias inexplicables. Venían acompañadas de una profunda oscuridad interior de que no podía salir, y la pena llegaba hasta estorbarle la respiración. Decía que habría dado un mundo entero por un poco de luz en tales lances para conocer cual era la voluntad divina; mas no hallaba consuelo alguno en el interior. Ni podía encontrarlo exteriormente, pues no tenía con quién aconsejarse, a causa de que el enorme peso de esta cruz no lo conoce sino quien lo ha experimentado. Suspiraba, gemía en medio de este desamparo y desolación inexplicables, y cuando se creía abandonado de Dios par a siempre, era precisamente al tiempo mismo en que su interior estaba conformándose perfectamente con la voluntad Divina desechando el consuelo de las criaturas, y esperándolo única y solamente de Dios; y este era el sentimiento y afecto que le acompañaba constantemente en medio de esas horribles batallas y sugestiones de los espíritus infernales. Prueba inequívoca de la estrechísima unión de su santa alma con el autor de la santidad; y prueba inequívoca de su generosa y bien fundada confianza. No le duró poco esta terrible aflicción, pues le atormentó de cuando en cuando por el espacio de cuarenta años; y a tanto llegó la grandeza de su pena, que por dos veces le causó una grave enfermedad. En una de ellas, observó el padre enfermero que estaba a su lado, que contra su inalterable modestia y sufrimiento, daba algunas señales de estar padeciendo algún grave trabajo. No pudiendo atribuirlo a la enfermedad, porque esas siempre las sufría sin proferir una sola queja, creyó que era, sin duda, efecto de alguna interior angustia; y así en un día de su convalecencia, le preguntó de donde procedían la agitación y los suspiros que le había observado; el siervo de Dios por complacerlo, le respondió: «La causa de mis inquietudes era que me hallaba interiormente oprimido con el peso de la eternidad y del espanto que me causaba la cuenta que debo dar a Dios de mi vida». En la otra ocasión, dijo: «Los médicos no conocen de donde nace mi enfermedad, procede del pensamiento de que tengo que dar cuenta a Dios. Ahora que me estoy encomendando a la Virgen Santísima y al Patriarca San José, abogado de la buena muerte, estoy ya tranquilo, y voy aliviándome notoriamente». Estamos mirando repetirse los terrores de San Jerónimo, al oír la voz omnipotente que lo llamaba a juicio. Y ¿cómo nos estamos tan serenos y tranquilos, viendo temblar a una columna de la Iglesia, y viendo angustiarse hasta caer gravemente enfermo por el temor del juicio de Dios, al puro, al inocente, al angelical VALFRÉ?
   
Nunca dio a conocer en el exterior la agudeza y fuerza de sus tormentos. En medio de ellos conservó siempre su conversación y trato amables, y un rostro apacible y risueño; tanto, que al verlo en una de las enfermedades antes dichas un respetable eclesiástico que fue a visitarlo, no pudo contenerse y exclamó: «¡He aquí la cara de un predestinado!». En esto se conoce, que en tan rudos encuentros siempre fue vencedor y no vencido, y que Dios lo puso en medio de tan crueles batallas para hacerlo merecer mucho, y elevarlo a muy alto grado de perfección. Por lo mismo fue heroica su confianza, porque fue probada con fortísimas pruebas.
   
Se rezan tres Padre nuestros, con Ave María y Gloria Patri.
     
ORACIÓN
Dios y Señor nuestro, cuyos juicios son inescrutables: atraviesa nuestras almas con el dardo de tu santo temor, y por la intercesión del Beato SEBASTIÁN haz que no nos apartemos en esta vida de las sendas de tu justicia, para que, llegando su término, te demos cuenta fiel de los talentos que nos concediste. Hazlo por tu Hijo Jesucristo, que en unión tuya y del Espíritu Santo, vive y reina por todos los siglos. Amén.
   
Las otras Oraciones se rezarán todos los días.
   
DÍA TERCERO – 23 DE ENERO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración para todos los días.
      
AMOR A DIOS Y DEVOCIÓN DEL BEATO SEBASTIÁN
El fuego de la caridad en que ardía el corazón del Beato SEBASTIÁN se manifestaba con signos vehementes, como en su glorioso Padre San Felipe Neri. Tenía, como él, que desabotonarse el pecho, para refrigerar el calor que le abrasaba. Otras veces caía como desmayado, a la violencia dulce del deliquio que padecía. Algunas veces se le veían centellear los ojos como dos estrellas: y muchas derramaba, hablando de Dios, un torrente de lágrimas, que en vano procuraba contener u ocultar. Le fastidiaba todo lo que le divertía y apartaba el pensamiento de Dios: le daba horror oír hablar de festines y convites: sentía que entre gente espiritual se olvidase alguna vez el negocio de la perfección: frecuentemente repetía: «¡Oh Dios mío! ¡Ha de llegar el día que yo sea todo tuyo por puro amor!». También decía: «Nada, nada del mundo me importa: ni la pérdida de mis padres, que es lo que más amo, ni la pérdida de los bienes, ni de la vida, ni de nada; solo una cosa me atormenta, y es ver una ofensa de Dios».
    
Fuéle a comunicar una vez el P. Agustín Ainesio, de nuestra Congregación, un gran trabajo que mucho le atormentaba; y oídolo con gran paz, le respondió: «En eso no hay pecado. El pecado es el único verdadero mal; todo lo demás importa nada». ¡Sentencia digna de un Santo, que debemos grabar profundamente en nuestros corazones! Cuando alguna vez oía alguna palabra, u observaba alguna acción que era ofensa de Dios, se le encendía el rostro, sin poder disimular el horror y la pena de que estaba lleno. Otra vez llegó esa angustia mortal (como él la llamó) a postrarlo enfermo en cama, y en términos tales, que él mismo aseguró que no podía ser curado si primero no se tranquilizaba su corazón que estaba profundamente herido. La causa de su mal era haber sabido ciertos desórdenes de una comunidad del Piamonte.
    
Aborrecía de muerte el pecado venial, y procuraba con todas sus fuerzas que todo el mundo lo aborreciera. Habiendo díchole una mentira un sobrino suyo, le amonestó en términos muy fuertes, y le intimó que si caía otra vez en semejante culpa, no volviese a poner un pie en su cuarto. De la misma manera aborrecía la tibieza; era gran maestro en conocerla y corregirla. Grande fue su devoción al Señor Sacramentado, a la Pasión del Señor, a la Virgen Santísima, a los Ángeles y Santos. Todas las mañanas hacia una larga visita al Santísimo Sacramento, y si se lo estorbaba alguna ocupación, la hacía al entrar y salir de casa, después de comer y después de cenar. Todos los días iba a donde estaba expuesto, por razón de la indulgencia de las cuarenta horas; y se adscribió a la Cofradía de Veladores del Santísimo, escogiendo para sí las horas más incómodas, e hizo que se asentasen en ella muchas personas respetables.
    
No es fácil describir la majestad, la decencia, la ternura y el decoro con que administraba a los fieles la sagrada comunión. La más leve desatención o irreverencia lo conmovía y disgustaba sobre manera. Todo lo que pertenece a tan augusto Sacramento, quería que fuese muy limpio y decente. Tanto era su respeto al Templo, que recibiendo en él una vez a la gran Duquesa su soberana, después de darle el agua bendita, quiso ella decirle alguna cosa; pero el Beato se quedó como una estatua, sin responderla una palabra. Tampoco puede describirse su devoción, decoro y compostura al celebrar el santo Sacrificio de la Misa, al dar gracias después de celebrado, y al ayudarla; lo que hacía cuando sus ocupaciones se lo permitían. En las Misas de Semana Santa, al leer la Sagrada Pasión del Señor, era tanto lo que lloraba y suspiraba, que a cada paso tenía que interrumpir la lectura.
       
Lo mismo que N. Padre San Felipe Neri, tenía a la Virgen Santísima por la primera fundadora del Oratorio. La invocaba en todo negocio y en todo instante, la pedía licencia al salir de su cuarto, y si salía a la calle, besaba el pie de una santa Imagen que estaba al término de la escalera, de modo que con el tiempo llegó a despintarla. En todos sus sermones concluía exhortando a los fieles a la más tierna devoción hacia esta amabilísima Señora. Lo mismo recomendaba a los novicios y a sus penitentes. Se preparaba siempre a la celebración de sus festividades con singular fervor, penitencias y oraciones. De la misma manera explicaba su tiernísima devoción hacia su glorioso Padre San Felipe, al Ángel Santo de su guarda, y a otros varios Santos. Imitémosle.
   
Se rezan tres Padre nuestros, con Ave María y Gloria Patri.
     
ORACIÓN
Dios y Señor nuestro, eterno amor y eterna caridad: dígnate ver con ojos propicios nuestra flaqueza, y por la intercesión de tu amante siervo el Bienaventurado SEBASTIÁN, haz descender sobre nosotros el Espíritu de tu amor, para que abrasados por él durante nuestra peregrinación en el mundo, gocemos de ti en la eterna bienaventuranza. Por nuestro Señor Jesucristo, que contigo vive y reina en unidad del mismo Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
   
Las otras Oraciones se rezarán todos los días.
   
DÍA CUARTO – 24 DE ENERO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración para todos los días.
     
DE LA ORACIÓN DEL BEATO SEBASTIÁN
Todo el tiempo que no estaba dedicado el Beato SEBASTIÁN al servicio del prójimo, lo empleaba, como su Padre San Felipe, en oración continua. Nunca faltó al ejercicio diario de Oración que se tiene públicamente en el Oratorio. Si al acercarse la hora se hallaba fuera de casa, ni la más deshecha lluvia, ni la nieve, ni cosa alguna lo detenía para volverse al Oratorio. Siempre se admiró en él que ni al fin de su avanzada edad, ni cuando estaba molestado de sus achaques, se dispensó jamás de estar de rodillas todo el tiempo de la Oración, siendo así que podía sentarse o apoyarse: mas fue condescendiente con los demás en este punto, pero nunca consigo mismo. Cuando estaba enfermo, que no podía moverse de la cama, hacía que se leyera el punto de la Meditación, y pedía que le dejaran solo. Pero alguna vez el padre enfermero quedaba allí cerca, y le oía desahogar su amante corazón en la presencia del Señor con fervorosos afectos, que no conteniéndose en el silencio del interior, los explicaba con suspiros y con palabras llenas de fuego.
   
Cada año interrumpía sus incesantes fatigas, y se retiraba a hacer los Ejercicios espirituales de San Ignacio. Deseaba que todo el mundo hiciese lo mismo; y era de opinión que las personas que viven en comunidad los hiciesen de manera, que fueran hermanados con sus mismas ocupaciones y oficios ordinarios; mas guardando un rigoroso silencio, porque, añadía «de este modo no se carga nadie con el oficio ajeno, y cada uno aprende a desempeñar el suyo con silencio y santo recogimiento».
   
Era tan estrecha la unión de su alma para con Dios, que en todas sus acciones se conocía con claridad que andaba interiormente embriagado en el suavísimo vino de su abrasado amor: y Dios, como ya se ha dicho, entretejía estas dulzuras con la fortísima prueba de la desolación, del desamparo y del terror que le producía la memoria del juicio divino. Todos los días sucedía que andando en las calles de Turín, como N. Padre San Felipe en las de Roma, iba tan absorto en Dios, que le saludaban y no advertía, ni correspondía al saludo, si el compañero no se lo avisaba.
  
Con mucha frecuencia estaba repitiendo: «Alabado sea Dios»; y compendiando en breve los actos de las Virtudes Teologales, decía incesantemente: «Creo en ti, Dios mío, en ti espero y te amo». Otras veces no podía contenerse, y gritaba: «¡Oh amor, amor! ¡Oh amado mío: cuándo llegará el día en que rotos estos lazos, vuele a unirme contigo, único bien mío!».
  
Siempre rezó de rodillas el Oficio Divino, y por lo común en la iglesia ante el altar del Santísimo Sacramento. A todos los sacerdotes aconsejaba que hicieran lo mismo, y decía que si por necesidad lo tenían que rezar sentados o con la cabeza cubierta, lo hiciesen donde ninguno los viera. Del mismo modo quería que se rezaran cualesquiera otras oraciones, que, como San Felipe Neri, aconsejaba que fueran pocas, pero bien rezadas.
    
Era tan continuo en la lección espiritual como en la oración; y para ella aprovechaba cuanto tiempo tenía: bien en la iglesia, en el confesionario, en el aposento de de noche, ahora sano o enfermo. Los libros que prefería, eran los Ejercicios de Perfección, de San Alonso Rodríguez; después las vidas de los santos, y entre ellas, en primer lugar, la de San Felipe Neri, la de San Carlos Borromeo y de San Francisco de Sales. Estos libros leía y releía muchas veces, desaprobando la devoradora lectura de muchos libros porque decía que esto «no es más que curiosidad y no devoción».
   
Fue muy poderosa su oración ante Dios: se puede decir que alcanzó de su Majestad cuanto pidió. Había un sujeto contraído una ilícita amistad, de que nadie pudo arrancarlo; parientes, amigos, correcciones, todo era inútil. Se ocurrió por último recurso al Beato, rogándole que orara por él. Apenas acababa su oración SEBASTIÁN, cuando aquel miserable se sintió cambiado súbitamente, y lleno de horror por la gravedad de su culpa, abandonó su infame amistad. Pidámosle encarecidamente que ruegue por nosotros, para que salgamos de nuestros vicios y aprendamos las virtudes.
      
Se rezan tres Padre nuestros, con Ave María y Gloria Patri.
     
ORACIÓN
Dios de toda piedad, que pusiste tanta eficacia en las oraciones de tu siervo; haz que favorecidos por ellas ante la Majestad de tu trono, alcancemos las gracias que están prometidas a los que oran y piden sin intermisión y sin descanso. Hazlo, por Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
   
Las otras Oraciones se rezarán todos los días.
     
DÍA QUINTO – 25 DE ENERO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración para todos los días.
     
AMOR QUE TUVO AL PRÓJIMO EL BEATO SEBASTIÁN
Es muy sabido que el amor de Dios y del prójimo están estrechamente unidos entre sí. Cuánto sería el amor que tuvo a Dios el Beato SEBASTIÁN, cuando su amor al prójimo fue tan constante, tan universal, tan heroico, que sin ninguna exageración puede decirse, que nunca este Santo hombre vivió para sí; y vivió ochenta y un años; sino que siempre, siempre vivió para sus prójimos. Misericordia, benevolencia, compasión, ternura, afabilidad, indulgencia, cuantos afectos produce en el alma el amor, tantos ejercitó a todas horas y en todo instante, en un grado sublime y altamente, ennoblecido por el espíritu que animaba esos afectos, y era el honor, la gloria, el amor de Dios, y la salvación de las almas.
    
Apenas hubo pecador, por duro y obstinado que fuera, que pudiera resistir a su dulzura, a sus cariñosos modales, y a sus inflamadas exhortaciones. No faltaron personas que quisieron engañarlo, fingiéndose convertidas para aprovecharse de sus limosnas: pero aún descubriendo esta maldad, no se irritó jamás, ni se dio por vencido, trabajando en ganarlas de veras a Dios por todos los modos posibles. Una vez sola se le vio dejar a un lado la dulzura, y aplicar un castigo públicamente. Fue el caso, que atravesando una calle donde estaba un hombre que tenía la horrenda costumbre de blasfemar, por la cual ya se le había amonestado y corregido, le oyó que en aquel acto estaba profiriendo detestables blasfemias, y movido de un particular espíritu, horrorizado, y conmovida su alma purísima y amantísima de Dios, de aquel escandaloso ultraje que se le hacía, se acercó al blasfemo y le dio una fuerte bofetada. Aquel hombre de un natural soberbio y de brutales y feroces costumbres, contra la expectativa general, quedó hecho un cordero, sin proferir una sola palabra, y lo principal y más admirable, quedó para siempre corregido de su horrible impiedad. Prueba inequívoca de que en esa acción fue el Beato movido por un singular espíritu.
   
Este mismo espíritu, el gran respeto que se tenía a su elevada santidad, y el fuego del honor de Dios que abrasaba y consumía sus entrañas, le hacían introducirse frecuentemente en las casas de gente disoluta y libertina, yendo siempre acompañado; y hallándose en medio de aquellas deshonestas reuniones, les afeaba con tanto celo y fervor la gravedad de sus culpas y las ofensas que allí cometían contra Dios, que avergonzados y confusos se salían los concurrentes, comprometiéndose algunos a ocurrir a él en la iglesia de la Congregación, para que los confesase. A las mujeres hacía recibir en algún recogimiento, donde con gran dulzura y suavidad, las hacía abrazar el camino de la penitencia, sosteniéndolas en lo temporal, y dotando algunas de ellas para que se colocasen en el estado del matrimonio. De esta manera sacó del cieno de los vicios más de doscientas.
   
En el año de 1776, en que estuvo sitiado Turín, como había sido menester encerrar en la ciudad gran número de tropas, se colocó a muchos soldados en los portales de la plaza de San Carlos, donde unos dormían al descubierto y otros dentro de carros, por no haber ya otro lugar en qué recogerlos. Había entre ellos varias mujeres, por lo que el celo del siervo de Dios encontró desde luego mucho en qué ejercitarse, rondando principalmente de noche aquellos portales, por quitar la ocasión de los pecados con sus consejos, con sus providencias y con su presencia, que era tan respetable, que hacía temblar a los mayores malvados, y enmudecía a los más atrevidos. Nadie se resistió, todos le obedecieron en el largo tiempo que duró en este afán. Era tanto el respeto que generalmente se le profesaba, que sabiendo que había un convite poco honesto, en una casuca cerca de la parroquia de San Eusebio, se dirigió a ella, y llegando a la puerta exclamó en alta voz: «¿Qué se hace aquí?». La respuesta fue salirse cuantos allí estaban. Entonces él mismo echó llave a la puerta, y se la llevó consigo, sin que nadie se la pidiese, ni ocupase la casa por mucho tiempo. Se le llegó a llamar el perseguidor de los pecados, y para extirparlos, buscaba quien le ayudase en sus apostólicas fatigas, y exhortaba vivamente a los sacerdotes a que se dedicasen al confesonario, donde él se hallaba a todas horas. Vencidas grandes dificultades fundó en Ferrara una Congregación de Misioneros de San Vicente de Paúl, aplicando a esto parte de los bienes de la Marquesa de Villa, que lo dejó por su albacea.
   
Se rezan tres Padre nuestros, con Ave María y Gloria Patri.
     
ORACIÓN
Dios infinitamente bueno, que así amaste al mundo, que entregaste por él a la muerte a tu muy amado Unigénito: haz, por los méritos de tu Venerable siervo SEBASTIÁN, que vencidas nuestras malas inclinaciones, nos amemos unos a otros con caridad ardiente y sincera. Te lo rogamos por tu mismo Unigénito Hijo, que contigo y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
   
Las otras Oraciones se rezarán todos los días.
    
DÍA SEXTO – 26 DE ENERO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración para todos los días.
      
EXTRAORDINARIA SOLICITUD DEL BEATO SEBASTIÁN EN LA ASISTENCIA ESPIRITUAL DE LOS ENFERMOS, Y EL SOCORRO DE LOS POBRES
«¿De qué aprovecha, decía, que estemos prontos a servir a nuestros prójimos, confesándolos o doctrinándolos en el pulpito, si les faltamos con nuestros auxilios en el muy peligroso trance de la muerte?». Partiendo de este principio, jamás pudo cosa alguna, consideración ninguna, detenerlo ni desalentarlo en la asistencia de los enfermos y moribundos. Contra todas las razones de la falsa prudencia, contra todas las molestias e incomodidades del tiempo, de su edad o de sus achaques, les visitaba con frecuencia, los disponía suave y amorosamente a recibir los Sacramentos, los exhortaba eficazmente a la resignación y conformidad, y aún velaba muchas noches continuas a su cabecera, sin enfado, sin asco de la suciedad y pobreza de los enfermos, y sin proferir una sola queja. El hermano Andrés Robbioni, que fue muchos años portero de la Congregación, atestigua: que en cualquiera hora del día o de la noche en que se le llamara para un enfermo, lo encontró siempre prontísimo a salir; y varias veces sucedió, que habiendo salido a medianoche, apenas estaba de vuelta en casa, cuando volvían a llamarle, y con su inalterable paz y prontitud acostumbrada, salía inmediatamente. Durante el sitio que sufrió Turín por el ejército francés, se le vio todos los días o en el hospital militar confesando a los heridos, o en los baluartes, corriendo al primer grito que oía, y precisamente se le veía ocurrir a los puntos a donde más se dirigían las baterías enemigas, y allí, en medio de un diluvio de balas, asistía a cuantos caían víctimas del furor de la guerra, exhortándoles a la contrición y penitencia.
    
Igual caridad y asistencia la debían los ajusticiados. Muchos fueron los que confesó y acompañó hasta el patíbulo; y no fueron pocos los que obstinados e impenitentes, le hicieron redoblar sus esfuerzos y cuidados para reducirlos, como efectivamente los redujo a la penitencia, de un modo admirable. Varias personas se habían fatigado toda una noche inútilmente en ablandar a uno de estos desgraciados; perdidas del todo las esperanzas, ya al amanecer, se ocurrió al Beato SEBASTIÁN como último recurso: el que fue a llamarle, apenas llegó a la puerta de su aposento, cuando oyó que de dentro le decía: «voy inmediatamente a confesarlo»; quedando sorprendido de que sin verlo, ni haber oído su mensaje, le respondiera. Llegado al calabozo pidió a los presentes que con él rezasen ciertas oraciones para alcanzar de Dios la conversión de aquel miserable: apenas habían comenzádolas, cuando lleno de compunción y arrepentimiento, empezó a gritar que quería confesarse y morir como cristiano.
   
Yendo una vez acompañado de un Cura, paró repentinamente en la puerta de una casa, y con vivas instancias le hizo que subiera al último piso: lo verificó, encontrándose en él a una pobre mujer en agonía, acostada sobre la paja, y del todo desamparada. Comenzó a ejercer con ella su sagrado ministerio, la absolvió y recomendó el alma y la vio espirar plácidamente. A un Padre de la Congregación hizo salir después de la media noche, sin que nadie le llamara, mandándole solamente que se fuese de largo por una extensa y muy poblada calle: hízolo así, y hábiéndola casi andado toda sin encontrar a nadie, vio de repente abrir una puerta y salir una mujer que le dijo llena de dolor que su marido acababa de accidentarse y salía por un confesor. Encontró en efecto al hombre agonizando, que al verlo se reanimó, y espiró después de haberle confesado.
   
Se hallaba en Turín un personaje Alemán, enviado de su corte, por un motivo de etiqueta: enfermó de fiebre, y en una de las noches en que no aparecía signo alguno de muerte, se reunieron en una pieza todos los que le asistían para tomar descanso, y siendo medianoche, y estando cerradas todas las puertas del palacio, se les presentó repentinamente el BEATO preguntando por el enfermo. Llevado a su estancia, se detuvo con él hasta la madrugada, en que se retiró sin decir una palabra. Ocurrieron los domésticos y encontraron ya muerto al Conde: antes habían tenido cuidado de registrar las puertas, y todas las hallaron cerradas.
   
Estaban otra vez dos sacerdotes auxiliando a una moribunda, y rezando ya el De profúndis, por creerla muerta, entró el BEATO y acercándose a ella le puso la mano en la cabeza, llamándola dos veces. Abrió entonces los ojos y con voz espantosa exclamó: «Iba a ser condenada por no haber habido quien me sugiriera un acto de contrición»; y mirando al BEATO, continuó: «¡Ah Padre! En el punto de mi muerte, cuando creía con seguridad que iba a salvarme, Dios me ha mostrado que me habría condenado por la soberbia». Iba a decir más; pero el BEATO no la dejó proseguir, amonestándola paternalmente al arrepentimiento de sus culpas.
   
Cuando era tan niño que apenas puede decirse que le alumbraba la razón, mostró un amor extraordinario a los pobres. No habiendo en su casa que darles, se ponía a llorar lastimosamente, hasta que conmovidos los vecinos iban a informarse de la causa de su llanto, y sabida, les daban la limosna que él no había podido darles. ¿Qué se debía esperar de él en su mayor edad, cuando tan temprano había despertado en su alma la misericordia? Así fue, que siendo pobre toda su vida, repartió sin embargo en limosnas un millón seiscientos cincuenta mil francos, de la moneda que hoy corre en Turín. Si le faltaba con qué socorrer la necesidad que tenia a la vista, se le oprimía el corazón con dolor tan vehemente, que suspirando y con las lágrimas en los ojos, ocurría primero a Dios y después a los ricos, para obtener el socorro que necesitaba. Solicitaba dinero para las comunidades pobres, como lo hizo para los ermitaños de San Agustín. Era el continuo limosnero del Hospicio de la Caridad, para el que andaba solicitando los socorros del soberano de Turín y de los ricos. Puso maestros que enseñaran a leer y escribir a los muchos pobres que allí se encierran; y tanto bien les hacía, que cuando tuvieron la noticia de su muerte, honraron su santa memoria con un llanto general, y con demostraciones de profundo sentimiento.
   
Sabiendo que en el hospital de San Juan Bautista, por dar lugar a nuevos enfermos se despedían otros a media convalecencia, lo que hacía que recayeran en sus males y murieran, logró con parte de los bienes de la testamentaría de la marquesa de Villa, que se les destinaran veinte camas, y cuatro más para los incurables. Tenía en su aposento toda clase de ropa y comestibles, que ordinariamente repartía y hacía que otros repartieran. Llegó una vez a tener en su rededor tres mil pobres, a todos los que distribuyó un regular socorro de pan y dinero.
    
Si sucedía que en medio de tanto bullicio y tantas atenciones (entre las cuales siempre conservó su celestial y admirable tranquilidad) se le pasase algún pobre sin socorrerle, y de ello se acordaba estando ya de noche en la cama, se levantaba inmediatamente a corregir su olvido. Una vez, siendo ya de cerca de ochenta años, se quitó su vestido en medio del frío mas rigoroso, para darlo a un pobre casi desnudo que fue a pedirle limosna. Otra vez se echó a cuestas y llevó a una casa a un mendigo tan sucio y asqueroso, que no podía verse sin basca. A los presos y presidarios, gente feroz y desalmada, dominó tanto a fuerza de beneficios, que lo amaban y respetaban como a su Padre. Muchos, muchos ganó para Dios, conservándose después muy honrados y buenos cristianos. A los artesanos pobres compraba carísimos sus efectos, sin haberlos menester, solo por socorrerlos, y les daba la comida en las fiestas principales del año, para que no tuvieran necesidad de trabajar en ellas.
    
Andaba siempre buscando protectores entre los ricos y señores de la corte para los forasteros que venían a ella por sus negocios, para que así sufrieran y gastaran menos. Socorría con profusión a los pobres vergonzantes; y sabiendo una vez que una joven de familia muy noble, reducida a un estado miserable, había tenido una caída vergonzosa, lleno del mas profundo dolor ocurrió a un hombre caritativo, que le dio mil escudos, que sirvieron para casarla, y llegó a ser espejo y ejemplar de madres de familia. Hallándose una ocasión muy afligido porque nada tenia que dar a una multitud de pobres que le esperaba, le trajo un ángel, en forma visible, un talego lleno de oro: esto no sucedió solamente una vez.
   
En otra semejante aflicción ocurrió al altar de N. Padre San Felipe, para pedirle con qué socorrer tanto pobre que le cercaba, y volviendo al aposento, que había dejado cerrado, halló puesto sobre la mesa el dinero que necesitaba. Dios le revelaba frecuentemente las necesidades para que las remediara, y entre los varios casos sucedidos, es notable el siguiente. Una joven de diez y seis años tuvo la desgracia de casarse con el hombre mas brutal y celoso del mundo: la sacó del poblado, y la llevó a vivir a una choza en medio del campo a poca distancia de Turín. Allí la tenía todo el día encerrada, sin darle más que un poco de pan, y ¡cosa inaudita!, tan escasa ración de agua, que apenas podía aquietar la sed. Un año llevaba de esta bárbara prisión, cuando se determinó a quejarse. Lo hizo llorando y rogando a su marido con toda dulzura que le diese otro trato menos duro: pero aquel bruto correspondió su humildad con injurias y golpes, tales, que la dejó casi al perder un ojo. Marchóse en seguida, sin darle ni un mendrugo de pan, y dejándola encerrada como siempre. Quedó aquella infeliz anegada en llanto, luchando con el tormento de mil encontradas pasiones, y sufriendo cruelísimas angustias. Sentíase ya, en medio de tanta aflicción, tentada a quitarse la vida; cuando, de repente se abre la puerta y se le presenta el BEATO SEBASTIÁN, a quien no conocía. Un poco se alegró al principio, mirando aquel rostro de ángel; pero la memoria de su terrible verdugo la aterra inmediatamente, y suplica al SANTO que se retire. Mas éste le inspira confianza, la consuela y exhorta a continuar sufriendo todavía su pesada cruz con resignación y paciencia; le sana el ojo, le deja pan, vino y otros manjares, y se despide, quedando cerrada la puerta como lo había estado. Viene al día siguiente el marido, y como en vez de encontrarla muerta de hambre, halla los restos de la comida, la embiste con furor de demonio y la habría quitado la vida si Dios, protector de la inocencia, no hubiera llevado allí segunda vez al BEATO, que abriendo milagrosamente la puerta como en el día anterior, lanza una mirada terrible sobre el asesino, le echa en cara su brutalidad, y le reprende sus maldades con tanta energía, que aquel oso salvaje cambiado en cordero, se arroja a sus pies; y mirándolo entonces el SANTO con su ordinaria dulzura, lo levanta, lo abraza, y lo cambia de modo, que en lo sucesivo vivió con su mujer en la mejor armonía y conformidad.
   
Se rezan tres Padre nuestros, con Ave María y Gloria Patri.
     
ORACIÓN
Dios, infinitamente bueno, protector seguro de los afligidos y menesterosos: haz que imitemos las acciones misericordiosas de tu glorioso siervo, para que podamos alcanzar misericordia ante tus divinos ojos. Por Jesucristo nuestro Señor, que contigo y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
   
Las otras Oraciones se rezarán todos los días.       
DÍA SÉPTIMO – 27 DE ENERO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración para todos los días.
     
HUMILDAD Y OBEDIENCIA DEL BEATO SEBASTIÁN
Hemos visto la grande y merecida reputación que gozaba, y los altos dones con que el Señor lo había enriquecido: pues esta alma inocente y siempre pura, este fiel Sacerdote, este prodigio de caridad, de oración y de misericordia; como digno hijo de San Felipe Neri, se juzgaba a sí mismo por un gran malvado, por un vilísimo pecador, el ínfimo entre todos, indigno de vivir en la Congregación del Oratorio. Oigamos lo que decía en una conferencia espiritual: «¡Qué concepto tan bajo debo tener de mí mismo! ¡Cómo debo humillarme profundamente ante los inescrutables juicios de Dios! Nada soy a sus ojos, no he hecho ningún bien; no he sido mas que un hombre inclinado al mal; merecedor no más que del infierno eterno. ¡Señor, ten misericordia de mí pecador! ¡Ten misericordia de mí!».
   
Una vez estando enfermo, le dijo el médico que su salud importaba a la Congregación. Herido de estas palabras como de un rayo, todo conmovido y lleno de profundo dolor, exclamó: «¡Qué decís, Señor! Yo, hombrecillo despreciable, necesario e importante a la Congregación? No me ha menester. Si me echara fuera [lo que Dios por quien es no permita] no sería extraño; pues no se me oculta, que no soy digno de estar en ella».

Siempre ejercitó con gran gozo los oficios más viles. Cuando los nuestros mudaron su habitación a la Parroquia de San Eusebio, SEBASTIÁN, en unión de tres de los novicios, llevó en hombros un gran cuadro que representaba a nuestro Padre San Felipe, atravesando con él las calles más concurridas de la ciudad, y siendo el blanco de las burlas y risas de los ociosos. Fue muy docto y gran literato en todo género de literatura: sin embargo fue mucho más modesto, pues encubrió siempre cuanto pudo su vasta erudición, y solo habló en materias científicas por mandato de sus superiores. En tales casos, solía de propósito echarse fuera del asunto, hablando de materias incoherentes, para deslucirse con este artificio. En muchos años predicó el Sermón de la festividad de su Santo, y siempre repitió el mismo discurso, con las mismas palabras, y se llenaba de gozo cuando oía sobre esto algunas burlas humillantes. 
   
Siempre tenia en la boca su humilde nacimiento: Yo soy, decía muchas veces desde el pulpito, «Yo soy hijo de un pobre boyero, admitido por caridad entre los hijos de San Felipe, y mis hermanos no son más que unos miserables campesinos». Con estos alegatos, se esforzó en renunciar la Silla Arzobispal de Turín, donde se empeñó en sentarlo Víctor Amadeo, gran duque de Saboya. Viendo que esto no bastaba, hizo traer a su hermano, y con los mismos vestidos y de la misma manera con que venía de trabajar el campo lo introdujo por todas las antecámaras y guardias del Palacio, hasta ponerlo en presencia del soberano. «Ved aquí a uno de mis hermanos»; le dijo. «Decid y haced cuanto queráis, le respondió el gran duque, pero habéis de ser Arzobispo de Turín». Si no lo fue, lo debió a las muchas y muy fervientes oraciones que hizo a Dios para no serlo. A su propia madre no quiso hablar, hasta verla vestida con su traje de aldeana. Continuamente hablaba a sus penitentes, y a los Padres y Hermanos del Oratorio, acerca de esta hermosísima virtud. Entre muchas de sus sentencias, repetía estas: «La señal más cierta y segura de ser predestinados, es ser humildes. Nadie crea haber dado un solo paso en el camino de la virtud, mientras no se repute a sí mismo por el último de todos».
    
Siendo tan humilde, era preciso que fuera obedientísimo. En efecto, continuamente decía: «Va derecho al cielo quien lleva el camino de la obediencia»; y sus obras iban del todo conformes con sus palabras. Entre muchos casos, no permite la brevedad que se refiera más que el siguiente. Había tenido siempre un vivísimo deseo de visitar a Roma, sus famosos Santuarios, y principalmente el incorrupto cuerpo de nuestro Padre San Felipe Neri: nunca se le había proporcionado el viaje, por los graves negocios que le ocupaban siempre, bien de la Congregación, del Arzobispo, del Soberano de Turín o del Nuncio Apostólico; pero al fin llegó tan deseada ocasión, y habiendo obtenido el permiso de su superior, que no solo se lo concedió con todo gusto, sino es que le dio varias comisiones y encargos para la santa ciudad. Se despidió del Soberano, del Nuncio, del Arzobispo, y de otros muchos personajes. Partió al lugar donde debía embarcarse, acompañándole un Padre de la Congregación y muchos de sus devotos; cuando al salir ya del puerto, se le puso en las manos un billete del Prepósito en que le decía: «Que al momento que lo leyera, se volviera a la Congregación, sin pensar más en el viaje de Roma». Toma al instante el manteo, salta de la barca, y dice: «Vamos a casa, que el viaje era muy hermoso, pero ya concluyó».
   
Se rezan tres Padre nuestros, con Ave María y Gloria Patri.
     
ORACIÓN
Soberano Señor de todas las cosas, gloria de los humildes: haz que en lodo obremos según tu santa ley. Vístenos de humildad profunda, y haz que con pronta voluntad imitemos la heroica obediencia de tu siervo SEBASTIÁN; para que como él alcancemos algún día los premios y coronas que tienes prometidos a los humildes. Te lo rogamos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
   
Las otras Oraciones se rezarán todos los días.     
DÍA OCTAVO – 28 DE ENERO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración para todos los días.
     
FORTALEZA, PACIENCIA Y MANSEDUMBRE DEL BEATO SEBASTIÁN
Para emprender cosas tan arduas y difíciles como él emprendió en beneficio de sus prójimos, se necesita superar grandes dificultades que nacen a cada paso, se necesita una continuada lucha con mil géneros de obstáculos que aterran inmediatamente al hombre débil y le hacen dejar la obra cuando apenas la ha comenzado: se necesita, por decirlo así, un alma de bronce insensible e imperturbable: se necesita, en fin, haber recibido de Dios la virtud de la fortaleza. SEBASTIÁN la recibió en grado muy levantado y heroico; y sin ella era imposible haber soportado una vida tan larga y tan fatigada como la suya.
   
A su constancia y fortaleza se debe la subsistencia del Oratorio en Turín. Tuvo en su establecimiento graves contradicciones: sus fundadores entraron a una casa estrecha y muy incómoda; y desde luego se desalentaron y fastidiaron, y crecía cada vez más el desaliento y fastidio, porque a pesar de haber mudado varias veces de habitación, no encontraban casa y templo, no ya buenos, pero siquiera capaces de alojarlos y poder ejercer en ellos su sagrado ministerio, con limpieza y decencia. Hubiera indefectiblemente muerto la Congregación en su infancia, a no ser por el tesón y firmeza con que el BEATO alentaba y sostenía los caídos espíritus de los Padres. Después cogió el fruto de su constancia, dejando a la Congregación bien puesta y afianzada.
   
Le encomendó el Arzobispo la reforma de uno de los principales monasterios de la ciudad, en que se habían introducido desórdenes de mucha consecuencia; y basta decir, que lo que hubo en ello que trabajar y sufrir, necesitaba de todo un SEBASTIÁN. Su heroica fortaleza y constancia le acompañaron hasta el último día de su vida; la cual fue milagrosa a juicio de los que le trataban familiarmente, pues que las noches en que no estaba al lado de algún moribundo, las pasaba orando y estudiando. Ocupaba todo el día en predicar, confesar, enseñar la doctrina cristiana y en toda clase de obras de misericordia, sin faltar nunca a estas apostólicas tareas hasta su muerte, y sin que por su avanzada edad o por sus achaques, creyera que debía relajar algo el rigor de sus fatigas.
  
Fue mansísimo y pacientísimo en sufrir todo género de injurias; y no se crea que era por temperamento frío, pues al contrario, era de natural tan vivo, que le costó diez y ocho años de lucha y trabajo vencer la ira, hasta el punto de llegar a la mas perfecta imperturbabilidad, en medio de las mayores contradicciones e injurias. Una mañana le negó el sacristán el ornamento que le pedía para celebrar misa. Siendo Prepósito y pudiendo obligarlo a obedecer, no se inmutó en lo más pequeño; ni le respondió, sino haciéndole entender que se sujetaba a su voluntad. El sacristán, asombrado de tanta mansedumbre, se echó a sus pies pidiéndole perdón. De la ventana de una casa donde le aborrecían de muerte, le echaron una ocasión tan gran cantidad de inmundicias, que le bañaron de la cabeza a los pies: sin alterar un punto la serenidad de su alma y la amabilidad de su semblante, se volvió a casa, persuadiendo a su compañero, que aquello había sido una inadvertencia. Distribuyendo frutas en la cárcel, algunos de los presos, después de comerlas, le tiraban con los huesos a la cara. El sacerdote que le acompañaba, indignado de una acción tan villana, le hacía instancias para que salieran de allí; mas el BEATO le contestó: «No, no abandonemos a estos pobrecillos, que son hermanos de Jesucristo; disimulemos para ganarlos, compadezcámoslos. ¡Pobres! me dan mucha compasión!». Espantado quedó el sacerdote al oír estas palabras.
   
Ya se ha dicho cuanto bien hizo SEBASTIÁN al Hospicio de la Caridad, Sucedió una vez que estando rodeado de muchos de sus dependientes, se le acercó el Director, y con palabras muy duras le echó en cara, que por él había perdido la casa una gruesa limosna que pensaba hacerle el soberano: entre muchos improperios, le dijo que era un necio, ignorante, que se maravillaba de que el rey depositara en él su confianza. Sin embargo de ser falsa la imputación que le hacía, y sin embargo de no tener nada de tonto ni de ignorante, lo dejó desfogar su cólera, y sin chistar una palabra, sin mutación alguna de semblante, se despidió luego con demostraciones de humildad y de cortesía. Enfermó a poco el Director, y al punto fue el BEATO a visitarlo; y aunque no le dejaban verlo, continuó diariamente en sus visitas todo el tiempo que duró la enfermedad. ¡Así se vengan los santos!
  
Decía que la buena vida del cristiano consistía en acomodarse al gusto de Dios. Sobre esta materia escribía a una religiosa que se quejaba de que por una enfermedad no podía practicar sus ejercicios espirituales, y la decía: «Siempre queremos vivir a nuestro modo. Sus enfermedades le impiden la asistencia al coro y demás actos de comunidad, pero no le impiden que sea paciente y sufrida». ¡Ojalá y lleguemos a imitarle en su mansedumbre y sufrimiento!
    
Se rezan tres Padre nuestros, con Ave María y Gloria Patri.
     
ORACIÓN
Señor mío Jesucristo, que por nosotros sufriste con divina mansedumbre los improperios de tus enemigos: te suplicamos por los méritos de tu fiel imitador SEBASTIÁN, que nos hagas mansos a la medida de tu Corazón, para que con el Padre y Espíritu Santo, gocemos de ti por toda la eternidad. Amén.
   
Las otras Oraciones se rezarán todos los días.   
DÍA NOVENO – 29 DE ENERO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración para todos los días.
   
PUREZA Y MORTIFICACIÓN DE L BEATO SEBASTIÁN
Conservó el BEATO por todo el curso de su larga vida, intacta e inmaculada esta celestial y delicadísima virtud que como una rosa fragante, como una brillante azucena se marchita si se le manosea; y como un tesoro de precio inestimable, como un licor de muy subido precio depositado en frágiles vasos, si no se custodia cuidadosamente, será presa de la rapacidad de vigilantes enemigos que le asechan. Sabía muy bien que esta soberana virtud está íntimamente hermanada con la templanza, y así fue abstinentísimo aún antes que pudiera dejar de ser casto; porque en su muy tierna infancia ayunaba las cuaresmas enteras a pan y agua; y fuera de ese santo tiempo, en la misma tierna edad no comía mas que pan y yerbas; y disimulaba su abstinencia aparentando en la mesa que comía los otros manjares. Solo ya muy viejo tomó vino, y ese muy aguado: y habiendo sido su carrera tan laboriosa, no por eso se dispensaba del rigor de su heroica templanza, y siempre comía solamente pan, legumbres y alguna fruta.
    
Castigaba su cuerpo con durísimas disciplinas y cilicios, y con las continuas vigilias de que ya se ha hablado; siendo de advertir, que estos rigores eran tan excusados y secretos, que solo viviendo en una comunidad, pudieron descubrirlos sus más íntimos confidentes. Más no pudo ocultar la delicadísima custodia de sus sentidos, pues que nunca se le vio fijar los ojos en mujer alguna, conservándolos cerrados, o dándoles dirección a otra parte. Tampoco las hablaba a solas; y cuando confesaba alguna, en tiempo en que ya no había gente en la Iglesia, llamaba a un pobre, y dándole limosna, lo hacía que se estuviera presente todo el tiempo que duraba la confesión. Bajó una vez a la portería a hablar a una señora que le llamaba; observó el padre que iba en su compañía que la señora estaba indecentemente vestida, y se supuso que el BEATO o no le hablaría o le daría la reprensión correspondiente. Mas contra sus esperanzas no sucedió ni uno ni otro; y no pudo menos que preguntarle, ida la señora, «¿por qué no la había reprendido?». No podía responder el purísimo SEBASTIÁN, porque no quería confesar que no la había visto.
   
Aborrecía que le tocaran el vestido o la mano, y ni aún permitió que se la besara una sobrina suya que no le había visto en muchos años. «Esos contactos, decía, pueden ser causa de gravísimas caídas». Nunca llevó en paciencia, no ya los juegos de manos que detestaba, pero ni aún que uno a otro se pusiese la mano sobre el hombro o cosa semejante a esto. Aconsejaba que a los niños no se dejase jugar de manos entre sí, ni menos con sus hermanas, ni se les dejase acariciar a los animales. No quería que las mujeres anduviesen solas en la calle cuando podían ir acompañadas; ni que recibiesen al médico o cirujano a solas jamás; ni que tomasen lecciones de dibujo, música, &c. de maestros, sino en presencia de sus padres, o las enseñasen personas de su sexo. Era celosísimo sobre la desnudez de las mujeres, jamás permitió llegar al confesonario a comulgatorio a ninguna si no iba decentemente vestida. Encontró una vez en una calle muy concurrida a una sobrina suya, vestida no con mucha modestia. Sacó inmediatamente un pañuelo y se lo arrojó para que se cubriese mejor, como lo hizo sin réplica.
   
Una de sus hermanas fue a Turín desde Verduno (lugar del nacimiento del Santo) en el tiempo en que por la guerra estaba el país lleno de soldados. Mandóle reprender por los peligros en que se había puesto, negándose a recibir su visita; y solo se dejó ver de ella a instancia de varias personas respetables que mediaron con su santo hermano.
   
Detestaba las figuras obscenas: y viendo una vez que un amigo suyo sacaba una preciosa caja de polvos adornada con una miniatura indecente, se la pidió, y a su vista la hizo pedazos. Otra vez vio en la casa de ese mismo caballero colgado en el despacho un cuadro de un relieve de alabastro, bellísimamente trabajado, y guarnecido de un rico marco, pero que contenía figuras obscenas. Reprendió con santa libertad a su dueño, quien estaba entre sí fluctuando entre el respeto que profesaba a SEBASTIÁN y la estimación que hacía de su cuadro; cuando éste, sin faltar el clavo que le sostenía, milagrosa y súbitamente cayó al suelo y quedó reducido a menudas piezas, con admiración de cuantos se hallaban presentes.
   
Cuando en la Congregación se  trataba de asuntos morales, tenía prevenido, que no se hablara ni propusiera cuestión alguna sobre materias de impureza. Nunca permitió que albañiles, ni otra clase de menestrales que se hallaban en la casa, profirieran palabra alguna inmodesta: bien que solo su venerable presencia enmudecía a los más disolutos. Un ángel, en fin, en carne humana, no se habría mostrado más amante de la pureza.

Mucho recomendaba la devoción a la sacratísima Virgen para conservarla, y ahora también debe recomendarse la devoción al BEATO; porque se ha manifestado particular protector de quien le invoca en estos conflictos. Sucedió, después de la muerte del Santo, que una religiosa gravísimamente molestada de tentaciones en esta materia, que no le habían dejado un momento de reposo en mucho tiempo, ni habían cedido a cuantas prácticas puso en ejecución para librarse de su violencia; estando un día muy afligida, se sintió inspirada a encomendarse al glorioso SEBASTIÁN. Se puso de rodillas para invocar su protección, hízole una brevísima súplica, y se levantó, sintiendo al instante un consuelo inexplicable, y quedando libre para siempre de tan molesto enemigo.
   
Se rezan tres Padre nuestros, con Ave María y Gloria Patri.
     
ORACIÓN
Dios de toda pureza, Dios de toda santidad, que hiciste del corazón de tu siervo la arca fiel del purísimo maná de los cielos, de la virginal limpieza que tan preciosa es a tus ojos: concédenos por sus singulares méritos, que conservemos intacta esta blanca azucena, según nuestro estado, para que con las vírgenes que siguen al Cordero, te alabemos eternamente. Por Jesucristo nuestro Señor, que contigo y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
   
Las otras Oraciones se rezarán todos los días.

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